Razón Española, nº 109; Revisión de la guerra civil

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Revisión de la guerra civil

Por J. M. Cuenca Toribio

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Revisión de la guerra civil

Llegado el siglo XXI es oportuno revisar el revisionismo que al final del largo periodo autoritario llevó a cabo un amplio haz de historiadores nacionales y foráneos de la visión que de la Segunda República y de la guerra civil ofreció la historiografía franquista.

En la actualidad resulta difícil en el mundo científico e intelectual encontrar una empresa adánica, sin raíces ni orígenes, remotos o próximos. Cuando hace unas décadas el cáncer de la politización de los estudios de nuestro ayer más reciente amenazaba con invadir todo el cuerpo de la historiografía contemporaneísta, algunos investigadores de las más recientes hornadas comprendieron la urgencia de un poderoso golpe de timón al rumbo hasta entonces seguido, iniciando la crítica respetuosa de ciertas versiones muy autocomplacientes y conformistas de la España de la primera mitad del novecientos. Loable empeño, que, sin embargo, anduvo poco trecho, al contrarrestarlo, con vigor aplastante, el loby mediático que hodierno controla en el país la actividad cultural y, de modo saliente, la historiográfica de mayor audiencia e impacto.

De ahí, por ende, la sorpesa provocada cuando un francotirador, provisto sólamente de los utensilios otorgados por Atenea a sus predilectos, irrumpió en la anquilosada palestra de los estudios sobre el inmediato pasado con ánimo de avivar a lo que se había convertido en el sesteante tinglado de la antigua farsa. Las columnas del templo se remecieron; no pocos velos se rasgaron; y muchas caretas quedaron al descubierto en el instante mismo en que un antiguo militante de la acracia más violenta -según tenían buen cuidado de informar los escrupulosos profesionales de los periódicos y radios de ámbito nacional- daba a la luz, sin ningún sacramento canónico, un libro acerca de aquel periodo de la II República en que se malbarataran las mejores virtualidades para su consolidamiento. Subitámente, un "parvenu" se alzaba con el santo y la limosna en el obsceno clima de la cultura española de fines de la centuria pasada. Por efecto casi demiúrgico, el público otorgaba una confianza insólita a una obra no pandereteada ni difundida a través de los canales consagrados de la edición y la crítica hispanas.

Al no poder impedir su espectacular irradiación -seis ediciones auténticas y verdaderas, por el momento-, la eficaz arma del silencio fue la única utilizada por los ambientes y medios patrimonialistas del pasado y presente de la identidad de uno de los cuatro o cinco pueblos de mayor aportación a la cultura universal. Los abundantes espacios dedicados en dichas empresas a dar cuenta y razón de libros y publicaciones soslayaron cualquier alusión a una obra favorecida por la atención de los lectores a lo largo de dos años. Divorcio muy significativo de la vida intelectual española, reproducido asimismo a otras escalas y dimensiones, con pariguales secuelas de deturpación de la realidad y quebranto de la verdad.

Por fortuna y de modo también infrecuente, la atmósfera asfíctica en la que aspiraban a envolver el renovador trabajo de Pío Moa - a las veces, incluso, revolucionario: tal es la esclerosis del discurso oficial en torno al pasado contemporáneo del país-, no ahogó las ilusiones del recio vigués, materializadas sin solución de continuidad en otro libro de notable arboladura. Afilada inteligencia, sana crítica, información copiosa, afán desmedido de repristinar la vieja y eternamente válida concepción ciceroniana de la historia, he aquí lo esencial del bagaje con que el autor de los personajes de la República vistos por ellos mismos se enfrentara con una parcela sustantiva del proceso iniciado en la primavera de 1931 con los mejores augurios.

Pues, en efecto, por vía paradójica, un sistema que reclamaba como principio enquiciador la democracia quedó, desde su misma botadura, encerrado -en la toma de decisiones y en el protagonismo esencial- en el paisaje dibujado por sus elites, y, dentro de ellas, por un reducido número de líderes, de algunos de los más renombrados se ocupa, sine ira et studio, la obra acabada de mencionar. Aunque todavía nos hallamos en el primer tramo de su recorrido público, no faltan síntomas que hacen vaticinar la idéntica suerte de su precedente; aplauso, en ocasiones, hasta encendido, del público; ignorancia dolosa por la crítica especializada y esotérica.

No es posible predecir con certeza la reacción que suscite el libro La guerra civil española (ed. Encuentro, Madrid 2000). Cualquier pretensión de tutelarla sería tan improcedente como equivocada. Pero es harto probable que el dueño y señor de toda creación cultural u obra artística y literaria, esto es, el público -no el autor ni aún menos el crítico- continúe otorgando a Pío Moa igual o, si ello cupiera, superior respaldo a su reconstrucción de los años más dramáticos de un siglo en el que la incordia, desunión y antagonismo acompañaron, como la sombra al cuerpo, el caminar de los españoles por los senderos de la historia. La envidiable y muy difícil mezcla de serenidad y ardor en el tratamiento; la acribiosa erudición; el buido análisis de la mayoría de las muchas cuestiones controvertidas de la tragedia -v. gr., la ayuda extranjera, la deriva totalitaria en uno y otro bando, la represión, etc., etc.-; la novedad de ciertos enfoques -por ejemplo-; el decidido enfrentamiento con leyendas negras y rosáceas; y, en fin, la bella escritura -sólo se aprehende el secreto último del ayer a través de la pulsión literaria- ganarán a pulso los plácemes del lector.

Los del libro pertenecen a la raza más deseada a la vez que temible para los autores. La curiosidad acezante por un tema militar del pasado con mayor poder configurador sobre el hoy y la elevada responsabilidad de su condición lectora, le imbuyen espontánemanete de una fuerza analítica y una capacidad dialéctica muy plausibles para los autores de innegable vigor creativo y descollante honestidad intelectual.

En la gavilla, no muy abultada, de autores rigurosos e innovadores volcados a la reconstrucción de la contemporaneidad nacional que, en este excitante umbral de siglo, puede ofrecer la cultura española figura o debiera figurar Pío Moa. Venido del hielo, de un tiempo atravesado por las utopías más desencantadoras en su choque con la infalible realidad, luchador y partícipe de los combates ideológicos y políticos de los albores de la democracia, ansioso de la verdad como catapulta indispensable para la justicia, ha escrito páginas en procura del mejor entendimiento de los españoles que construirán una convivencia más armónica y fecunda que la que dió vado al conflicto de 1936.

Un alto poeta, nacido en Córdoba escribió, en unas de las elegías más tremantes de una literatura como la española de particular sensibilidad para lo mórbido y tanático, que "la flor de la guerra civil es siempre infecunda". Con su talento de historiador «per naturam», Pío Moa lo subraya con trazos que, incluso en el movedizo e inestable terreno de la historiografía, desearíamos indelebles.



J.M. Cuenca Toribio



 

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