Revisión de la
guerra civil
Llegado
el siglo XXI es oportuno revisar el revisionismo que al
final del largo periodo autoritario llevó a cabo un
amplio haz de historiadores nacionales y foráneos de la
visión que de la Segunda República y de la guerra civil
ofreció la historiografía franquista.
En la actualidad resulta difícil en el mundo científico
e intelectual encontrar una empresa adánica, sin raíces
ni orígenes, remotos o próximos. Cuando hace unas
décadas el cáncer de la politización de los estudios
de nuestro ayer más reciente amenazaba con invadir todo
el cuerpo de la historiografía contemporaneísta,
algunos investigadores de las más recientes hornadas
comprendieron la urgencia de un poderoso golpe de timón
al rumbo hasta entonces seguido, iniciando la crítica
respetuosa de ciertas versiones muy autocomplacientes y
conformistas de la España de la primera mitad del
novecientos. Loable empeño, que, sin embargo, anduvo
poco trecho, al contrarrestarlo, con vigor aplastante, el
loby mediático que hodierno controla en el país la
actividad cultural y, de modo saliente, la
historiográfica de mayor audiencia e impacto.
De ahí, por ende, la sorpesa provocada cuando un
francotirador, provisto sólamente de los utensilios
otorgados por Atenea a sus predilectos, irrumpió en la
anquilosada palestra de los estudios sobre el inmediato
pasado con ánimo de avivar a lo que se había convertido
en el sesteante tinglado de la antigua farsa. Las
columnas del templo se remecieron; no pocos velos se
rasgaron; y muchas caretas quedaron al descubierto en el
instante mismo en que un antiguo militante de la acracia
más violenta -según tenían buen cuidado de informar
los escrupulosos profesionales de los periódicos y
radios de ámbito nacional- daba a la luz, sin ningún
sacramento canónico, un libro acerca de aquel periodo de
la II República en que se malbarataran las mejores
virtualidades para su consolidamiento. Subitámente, un
"parvenu" se alzaba con el santo y la limosna
en el obsceno clima de la cultura española de fines de
la centuria pasada. Por efecto casi demiúrgico, el
público otorgaba una confianza insólita a una obra no
pandereteada ni difundida a través de los canales
consagrados de la edición y la crítica hispanas.
Al no poder impedir su espectacular irradiación -seis
ediciones auténticas y verdaderas, por el momento-, la
eficaz arma del silencio fue la única utilizada por los
ambientes y medios patrimonialistas del pasado y presente
de la identidad de uno de los cuatro o cinco pueblos de
mayor aportación a la cultura universal. Los abundantes
espacios dedicados en dichas empresas a dar cuenta y
razón de libros y publicaciones soslayaron cualquier
alusión a una obra favorecida por la atención de los
lectores a lo largo de dos años. Divorcio muy
significativo de la vida intelectual española,
reproducido asimismo a otras escalas y dimensiones, con
pariguales secuelas de deturpación de la realidad y
quebranto de la verdad.
Por fortuna y de modo también infrecuente, la atmósfera
asfíctica en la que aspiraban a envolver el renovador
trabajo de Pío Moa - a las veces, incluso,
revolucionario: tal es la esclerosis del discurso oficial
en torno al pasado contemporáneo del país-, no ahogó
las ilusiones del recio vigués, materializadas sin
solución de continuidad en otro libro de notable
arboladura. Afilada inteligencia, sana crítica,
información copiosa, afán desmedido de repristinar la
vieja y eternamente válida concepción ciceroniana de la
historia, he aquí lo esencial del bagaje con que el
autor de los personajes de la República vistos por ellos
mismos se enfrentara con una parcela sustantiva del
proceso iniciado en la primavera de 1931 con los mejores
augurios.
Pues, en efecto, por vía paradójica, un sistema que
reclamaba como principio enquiciador la democracia
quedó, desde su misma botadura, encerrado -en la toma de
decisiones y en el protagonismo esencial- en el paisaje
dibujado por sus elites, y, dentro de ellas, por un
reducido número de líderes, de algunos de los más
renombrados se ocupa, sine ira et studio, la obra acabada
de mencionar. Aunque todavía nos hallamos en el primer
tramo de su recorrido público, no faltan síntomas que
hacen vaticinar la idéntica suerte de su precedente;
aplauso, en ocasiones, hasta encendido, del público;
ignorancia dolosa por la crítica especializada y
esotérica.
No es posible predecir con certeza la reacción que
suscite el libro La guerra civil española (ed.
Encuentro, Madrid 2000). Cualquier pretensión de
tutelarla sería tan improcedente como equivocada. Pero
es harto probable que el dueño y señor de toda
creación cultural u obra artística y literaria, esto
es, el público -no el autor ni aún menos el crítico-
continúe otorgando a Pío Moa igual o, si ello cupiera,
superior respaldo a su reconstrucción de los años más
dramáticos de un siglo en el que la incordia, desunión
y antagonismo acompañaron, como la sombra al cuerpo, el
caminar de los españoles por los senderos de la
historia. La envidiable y muy difícil mezcla de
serenidad y ardor en el tratamiento; la acribiosa
erudición; el buido análisis de la mayoría de las
muchas cuestiones controvertidas de la tragedia -v. gr.,
la ayuda extranjera, la deriva totalitaria en uno y otro
bando, la represión, etc., etc.-; la novedad de ciertos
enfoques -por ejemplo-; el decidido enfrentamiento con
leyendas negras y rosáceas; y, en fin, la bella
escritura -sólo se aprehende el secreto último del ayer
a través de la pulsión literaria- ganarán a pulso los
plácemes del lector.
Los del libro pertenecen a la raza más deseada a la vez
que temible para los autores. La curiosidad acezante por
un tema militar del pasado con mayor poder configurador
sobre el hoy y la elevada responsabilidad de su
condición lectora, le imbuyen espontánemanete de una
fuerza analítica y una capacidad dialéctica muy
plausibles para los autores de innegable vigor creativo y
descollante honestidad intelectual.
En la gavilla, no muy abultada, de autores rigurosos e
innovadores volcados a la reconstrucción de la
contemporaneidad nacional que, en este excitante umbral
de siglo, puede ofrecer la cultura española figura o
debiera figurar Pío Moa. Venido del hielo, de un tiempo
atravesado por las utopías más desencantadoras en su
choque con la infalible realidad, luchador y partícipe
de los combates ideológicos y políticos de los albores
de la democracia, ansioso de la verdad como catapulta
indispensable para la justicia, ha escrito páginas en
procura del mejor entendimiento de los españoles que
construirán una convivencia más armónica y fecunda que
la que dió vado al conflicto de 1936.
Un alto poeta, nacido en Córdoba escribió, en unas de
las elegías más tremantes de una literatura como la
española de particular sensibilidad para lo mórbido y
tanático, que "la flor de la guerra civil es
siempre infecunda". Con su talento de historiador
«per naturam», Pío Moa lo subraya con trazos que,
incluso en el movedizo e inestable terreno de la
historiografía, desearíamos indelebles.
J.M. Cuenca Toribio
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