El actual
mimetismo español
Dostoyevsky
no sólo era un patriota; también era nacionalista. Esto
le llevaba en el Diario de un escultor, a sobrevalorar el
carácter y las virtudes rusas y a despreciar al resto de
los europeos. Y entre las supuestas virtudes de los rusos
destacaba esa conformidad, esa apertura a todo, esa
adaptabilidad que, según él, constituía la más
notable característica de los rusos, de la que los
demás europeos carecían. Pero
¿todo esto no
suena a hacer de la necesidad virtud?
Porque lo cierto es que esa adaptabilidad y maleabilidad
más bien apuntan a una ausencia total de carácter. Los
pueblos con carácter lo tienen en un sentido definido,
conformado a través de siglos de historia, de
experiencia. Pueblos así no están disponibles para
cambios que puedan alterar su esencial forma de ser. Son
pueblos rectores, que pueden colonizar, pero no ser
colonizados. España fue así en su mejor época.
Dostoyevsky se ilusionó vanamente con el pueblo ruso.
Auguró grandes males para Europa y su salvación gracias
al cristianismo de Rusia. Ocurrió justamente al revés.
Hubo grandes males en Europa, en efecto, pero Rusia no
ejerció ningún papel salvador. Por el contrario,
convertida en gran potencia atea, engulló buena porción
de Europa y amenazó al resto. Su versión del marxismo
fué la más degradada. Desde hace una década, caído el
régimen comunista, su versión del capitalismo es
asimismo la más salvaje y delictiva.
Uno no tiene más remedio que relacionar estas trágicas
circunstancias con esa condición de magma disponible y
maleable del espíritu ruso, que lo inclina a aceptar
pasivamente las peores influencias, las peores
desviaciones.
William Somerset Maugham, muy aficionado a España,
declara en Don Fernando que lo que precisamente hizo
grandes a los españoles, más que el arte, la literatura
o el pensamiento, fue el carácter. El carácter, en el
que no han sido sobrepasados por ningún pueblo, y
solamente igualados por los antiguos romanos, según
afirma.
Pero ¿queda algo de aquel antiguo carácter?
Aparentemente, no. Porque lo que más distingue a la
España actual es la aceptación crítica de lo foráneo,
manifestación evidente de la falta de carácter. Sigue
siendo un país excepcional, pero en el sentido de su
obsesión por dejar atrás todo lo que le distinguió;
por borrarlo, en suma. Su ideal presente consiste en
parecerse lo más posible al resto de Europa. Acepta todo
lo que considera más avanzado y pretende colocarse en
primera línea. No se espere que oponga reparos morales a
las costumbres más deterioradas del mundo occidental.
Admite el aborto y se prepara para declararlo libre
totalmente. Su Tribunal Constitucional dictamina que al
feto no se le puede aplicar el derecho a la vida que
proclama la Constitución. Su clase científica se
declara decidida a emplear los embriones almacenados para
la clonación de tejidos humanos, cuando en otros países
europeos se discute sobre la licitud ética de esta
utilización. Un profesor de ética y filósofo de cierto
renombre manifiesta que no ve ningún obstáculo moral
para la clonación de seres humanos, y nadie le
contradice. Se ensalza al homosexual, y un político que
tímidamente señala las ventajas del matrimonio sobre
las parejas de hecho, causa un escándalo. Los
eclesiásticos se distinguen por su silencio, tanto
respecto del dogma católico como de su moral. Se podría
seguir largamente
Alguno dirá que esto pertenece a la religión, la ética
y las costumbres, y que éstas han evolucionado. Pero no
es que hayan evolucionado, sino que se han ido
disolviendo. Y sin religión, ética y costumbres
adecuadas, sin ese cemento, las civilizaciones se hunden
y desaparecen. Y esto, que es la consecuencia última de
la Revolución, es aceptado de buena gana, y como
progreso, por la nación que más se ha opuesto
históricamente a la Revolución en sus diversos
aspectos.
Sigue existiendo entre los españoles como un anhelo de
que se nos admita con plenitud de derechos en no sé qué
nirvana de supuesta civilización superior, y se olvide
de una vez por todas el significado que tuvimos en el
pasado. Tanto es así que ni siquiera es bien visto
nombrar a España, y lo normal no es proclamarse
español, sino oriundo de alguna de sus regiones. Y se
pretende borrar u olvidar la historia de España.
Decididamente, no se puede hablar de un pueblo con
carácter. Eso pertenece al pasado. Porque sólo los
países sin personalidad, postrados, aceptan
acríticamente los modelos foráneos y reniegan de su
Historia. El genio de un pueblo no puede consistir en su
apertura o disponibilidad, que son características
precisamente de la falta de genio, de la falta de
sustancia propia. El pueblo con personalidad no se
cerrará definitivamente a cualquier cambio, pero sí lo
adecuará a las líneas maestras de su cosmovisión. Y
otras novedades, las rechazará ¿por qué no?
España ha aceptado ávidamente los errores del mundo
occidental. El precio consiste en una grave
desorientación, mayor si cabe que la del resto de las
naciones europeas. Como dice Marías con precisión,
muchas personas "sienten que se han evaporado muchas
cosas que eran habituales y se daban por buenas
"
"
sienten malestar, a veces muy agudo, ante la
configuración que han adquirido muchas dimensiones de la
vida".
Pero ese "estado de error" podría haber sido
neutralizado si España no hubiese adoptado, desechando
sus valores tradicionales que constituían su médula,
esa posición de pasiva disponibilidad hacia todo lo
moderno y europeo, simplemente por ser moderno y europeo.
Con falta de carácter, y falta de fe en su destino, ha
abierto sus puertas a vientos indeseables. Y no es
acertado llamar virtud a tal ausencia de criterio propio.
Ignacio San Miguel
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