Razón Española, nº 109; El actual mimetismo español

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El actual mimetismo español

Por I. San Miguel

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El actual mimetismo español

Dostoyevsky no sólo era un patriota; también era nacionalista. Esto le llevaba en el Diario de un escultor, a sobrevalorar el carácter y las virtudes rusas y a despreciar al resto de los europeos. Y entre las supuestas virtudes de los rusos destacaba esa conformidad, esa apertura a todo, esa adaptabilidad que, según él, constituía la más notable característica de los rusos, de la que los demás europeos carecían. Pero… ¿todo esto no suena a hacer de la necesidad virtud?

Porque lo cierto es que esa adaptabilidad y maleabilidad más bien apuntan a una ausencia total de carácter. Los pueblos con carácter lo tienen en un sentido definido, conformado a través de siglos de historia, de experiencia. Pueblos así no están disponibles para cambios que puedan alterar su esencial forma de ser. Son pueblos rectores, que pueden colonizar, pero no ser colonizados. España fue así en su mejor época.

Dostoyevsky se ilusionó vanamente con el pueblo ruso. Auguró grandes males para Europa y su salvación gracias al cristianismo de Rusia. Ocurrió justamente al revés. Hubo grandes males en Europa, en efecto, pero Rusia no ejerció ningún papel salvador. Por el contrario, convertida en gran potencia atea, engulló buena porción de Europa y amenazó al resto. Su versión del marxismo fué la más degradada. Desde hace una década, caído el régimen comunista, su versión del capitalismo es asimismo la más salvaje y delictiva.

Uno no tiene más remedio que relacionar estas trágicas circunstancias con esa condición de magma disponible y maleable del espíritu ruso, que lo inclina a aceptar pasivamente las peores influencias, las peores desviaciones.

William Somerset Maugham, muy aficionado a España, declara en Don Fernando que lo que precisamente hizo grandes a los españoles, más que el arte, la literatura o el pensamiento, fue el carácter. El carácter, en el que no han sido sobrepasados por ningún pueblo, y solamente igualados por los antiguos romanos, según afirma.

Pero ¿queda algo de aquel antiguo carácter? Aparentemente, no. Porque lo que más distingue a la España actual es la aceptación crítica de lo foráneo, manifestación evidente de la falta de carácter. Sigue siendo un país excepcional, pero en el sentido de su obsesión por dejar atrás todo lo que le distinguió; por borrarlo, en suma. Su ideal presente consiste en parecerse lo más posible al resto de Europa. Acepta todo lo que considera más avanzado y pretende colocarse en primera línea. No se espere que oponga reparos morales a las costumbres más deterioradas del mundo occidental. Admite el aborto y se prepara para declararlo libre totalmente. Su Tribunal Constitucional dictamina que al feto no se le puede aplicar el derecho a la vida que proclama la Constitución. Su clase científica se declara decidida a emplear los embriones almacenados para la clonación de tejidos humanos, cuando en otros países europeos se discute sobre la licitud ética de esta utilización. Un profesor de ética y filósofo de cierto renombre manifiesta que no ve ningún obstáculo moral para la clonación de seres humanos, y nadie le contradice. Se ensalza al homosexual, y un político que tímidamente señala las ventajas del matrimonio sobre las parejas de hecho, causa un escándalo. Los eclesiásticos se distinguen por su silencio, tanto respecto del dogma católico como de su moral. Se podría seguir largamente…

Alguno dirá que esto pertenece a la religión, la ética y las costumbres, y que éstas han evolucionado. Pero no es que hayan evolucionado, sino que se han ido disolviendo. Y sin religión, ética y costumbres adecuadas, sin ese cemento, las civilizaciones se hunden y desaparecen. Y esto, que es la consecuencia última de la Revolución, es aceptado de buena gana, y como progreso, por la nación que más se ha opuesto históricamente a la Revolución en sus diversos aspectos.

Sigue existiendo entre los españoles como un anhelo de que se nos admita con plenitud de derechos en no sé qué nirvana de supuesta civilización superior, y se olvide de una vez por todas el significado que tuvimos en el pasado. Tanto es así que ni siquiera es bien visto nombrar a España, y lo normal no es proclamarse español, sino oriundo de alguna de sus regiones. Y se pretende borrar u olvidar la historia de España.

Decididamente, no se puede hablar de un pueblo con carácter. Eso pertenece al pasado. Porque sólo los países sin personalidad, postrados, aceptan acríticamente los modelos foráneos y reniegan de su Historia. El genio de un pueblo no puede consistir en su apertura o disponibilidad, que son características precisamente de la falta de genio, de la falta de sustancia propia. El pueblo con personalidad no se cerrará definitivamente a cualquier cambio, pero sí lo adecuará a las líneas maestras de su cosmovisión. Y otras novedades, las rechazará ¿por qué no?

España ha aceptado ávidamente los errores del mundo occidental. El precio consiste en una grave desorientación, mayor si cabe que la del resto de las naciones europeas. Como dice Marías con precisión, muchas personas "sienten que se han evaporado muchas cosas que eran habituales y se daban por buenas…" "…sienten malestar, a veces muy agudo, ante la configuración que han adquirido muchas dimensiones de la vida".

Pero ese "estado de error" podría haber sido neutralizado si España no hubiese adoptado, desechando sus valores tradicionales que constituían su médula, esa posición de pasiva disponibilidad hacia todo lo moderno y europeo, simplemente por ser moderno y europeo. Con falta de carácter, y falta de fe en su destino, ha abierto sus puertas a vientos indeseables. Y no es acertado llamar virtud a tal ausencia de criterio propio.



Ignacio San Miguel



 

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