LIBROS: Hablan los militares. nº 109 Razón Española

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LIBROS: Hablan los militares. nº 109

Comentarios de Armando Marchante Gil al libro de M. Platón.

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LIBROS: Hablan los militares

Platón, Miguel: Hablan los militares. Testimonios para la historia (1939-1996). Madrid, 2001. 730 págs.



Aunque sea a través de la pluma de Miguel Platón, «los militares» hablan. Ya era hora. Hay que añadir que todo lo recogido en el libro, basado en las aportaciones de generales y almirantes es un testimonio verdadero, aunque no contenga toda la verdad.

Las memorias tienden a ser exculpatorias y este libro, en lo que tiene de memorias, lo es, sin que por eso su valor sea menor pues aporta datos de primera mano. La variedad de testimonios y la sistemática adoptada hacen que el resultado sea irregular a pesar del empeño del autor.

El libro mantiene una tesis fundamental: las Fuerzas Armadas españolas a partir de 1939 y hasta hoy no han actuado institucionalmente en política y han demostrado una disciplina absoluta obedeciendo siempre a los gobernantes. Ello hizo posible la sustitución del régimen de Franco por la actual partitocracia bajo la especie de monarquía parlamentaria.

A juicio de los inspiradores del libro, y aunque sea en un segundo plano, aparece la idea de que tan esforzada disciplina no ha sido reconocida ni por los gobernantes ni por la sociedad española que mantiene hacia los Ejércitos una actitud de desconfianza y menosprecio. Según ellos, la realización de misiones «humanitarias» en los últimos años ha modificado en parte esta situación. Acontecimientos bien recientes como la forma en que se ha puesto fin al servicio militar obligatorio e incluso las palabras del Rey en la última Pascua Militar demuestran que esta mejora es relativa. Las apelaciones que desde instancias ministeriales se hacen a la mal llamada «cultura de la defensa» no van seguidas por ninguna acción concreta y sí por otras que, como la supresión de museos, monumentos y otros símbolos de nuestra historia militar, van en sentido contrario.

Los tres primeros capítulos del libro están dedicados a los Ejércitos bajo el mandato de Franco. Durante la II Guerra Mundial fueron un factor importante, junto con la sagacidad del Generalísimo, para mantener a España fuera del conflicto. Los altos jefes militares se opusieron siempre a las presiones de determinados políticos para la entrada en la guerra y fueron los primeros en ver que Alemania iba a ser vencida. Muy interesantes son las páginas dedicadas a la División Azul que, con su heroísmo, contribuyó a que se respetase nuestra posición de neutralidad. El ejército y la Guardia Civil rechazaron, poco después, la invasión comunista por los Pirineos, ahora «rehabilitada» al igual que las Brigadas Internacionales de reclutamiento staliniano.

En las dificultades de la postguerra, las Fuerzas Armadas sufrieron sacrificios iguales o mayores que las capas más desfavorecidas de la sociedad. Pocos ejércitos vencedores lo hubieran hecho, pero los nuestros aceptaron disciplinadamente unos sacrificios que les llevaron a situaciones difíciles al evacuar Marruecos y en la defensa de Ifni y el Sahara español contra la invasión de bandas marroquíes.

La actitud de los Ejércitos bajo Franco se resume en el libro en tres puntos: respeto y fidelidad al Generalísimo, profesionalidad y austeridad. Aunque las Fuerzas Armadas fuesen consideradas como uno de los pilares del régimen, nunca intervinieron en política corporativamente, con independencia de que algunos de sus miembros ocupasen cargos políticos. No intervinieron en conflictos internos, y jamás se declaró el estado de guerra como en los regímenes anteriores. Cuando, al final, actuaron los Consejos de Guerra en lucha contra el terrorismo se aceptó disciplinadamente este papel, pero hubo disconformidad por parte de los mandos militares en todos los escalones.

Las Fuerzas Armadas fueron disciplinadas y leales al régimen de Franco; lealtad y apoyo en el que no estaban solas. Por su parte, el régimen las mantuvo alejadas de la política; pobres en sus componentes y en sus medios, con la excepción de la modernización relativa que supuso la ayuda norteamerica. Incluso cuando comenzó el desarrollo económico se mantuvo aquella situación; pero fueron siempre respetadas en su legítima autonomía interna y en el seno de la sociedad española a cuya mejora, cohesión y desarrollo mucho contribuyeron.

Una última prueba para las Fuerzas Armadas fue el abandono del Sahara, contra la expresa voluntad de un Franco agonizante. A pesar de la certeza de que las Unidades allí destacadas tenían fuerza más que suficiente para rechazar la invasión, las Fuerzas Armadas aceptaron, una vez más, la desacertada política de entrega en la que tuvo no poca parte Gutiérrez Mellado desde el Alto Estado Mayor. Disciplinadamente abandonaron un territorio cuya importancia para España no era desdeñable, con consecuencias tan negativas para los intereses españoles que hoy continúan.

Subraya el libro que al comenzar la llamada «transición» los Ejércitos llevaban muchos años separados de la política. Así querían seguir, y más cuando en virtud del testamento de Franco traspasaron al Rey la lealtad que a aquél profesaban. Esta voluntad se mantuvo cuando el Rey en su primer mensaje dirigido a las Fuerzas Armadas, y que el libro recoge, les dijo «sois los depositarios de los más altos valores de la Patria y la salvaguardia y garantía del cumplimiento de cuanto está establecido en nuestras Leyes Fundamentales, fiel reflejo de la voluntad de nuestro pueblo».

Desgraciadamente, Suárez desconocía completamente muchas cosas, entre ellas la índole de los Ejércitos, instalándose en poco tiempo una desconfianza mutua que iba a dar malos frutos. Utilizó para sus relaciones con las Fuerzas Armadas al general Gutiérrez Mellado, de dudosa y escasa hoja de servicios, alejado muchos años del Ejército al que regresó para poder ascender a general y que incubaba un inexplicable resentimiento que unido a su carácter soberbio y despótico con los subordinados -tal y como aparece en el libro- no hacían de él una persona indicada para el papel que se le asignó. Además, determinada e influyente prensa, en un ejercicio de grave irresponsabilidad, contrapuso a Gutiérrez Mellado con el resto de sus compañeros de generalato, atribuyendo a la totalidad de ellos un cúmulo de imaginarias necedades y torvas intenciones.

El burdo engaño de que fueron objeto los mandos militares en relación con la legalización del partido comunista, la desafortunadísima actuación del entonces Ministro del Ejército, Alvarez Arenas, la dimisión del Tte. General De Santiago y su sustitución por Gutiérrez Mellado son algunas de las provocaciones cometidas por Suárez y sus colaboradores, que demostraban su falta de capacidad para hacer frente a la situación que habían desencadenado. Si a ello se unen los asesinatos terroristas de policías, guardias civiles y miembros del Ejército, la forma en que Gutiérrez Mellado trataba a las víctimas cuyos entierros quería hacer casi de forma clandestina, sus giras por las guarniciones para dar mítines sin réplica posible pues quien expresaba una opinión distinta era arrestado y perseguido, y la aparición de los ascensos «a dedo», fórmula jamás utilizada por Franco, a lo que se venía a unir la actuación absolutamente falaz e irresponsable de conocidos periodistas, produjeron gran crispación en las Fuerzas Armadas. Al repasar las hojas del libro, parece increíble la forma en que determinados periodistas y políticos, con Suárez a la cabeza y Gutiérrez Mellado en el séquito, acumularon los materiales para que se produjese una explosión.

Si no fue así y todo quedó en los sucesos lamentabilísimos del 23 de febrero de 1981, es cosa que hay que poner en el haber de las Fuerzas Armadas que, una vez más, se tragaron todos los sapos acumulados contra ellas y supieron dar un ejemplo de disciplina absoluta jamás correspondido. El intento de golpe, instrumentado en gran parte por el Cesid, lo hicieron fracasar las Fuerzas Armadas al no sumarse a él. Hubiera bastado un gesto del general Juste, jefe de la División Acorazada, para que los implicados triunfaran, pero no fue así. Eso le valió el fin de su brillante carrera.

Entonces se produjo un hecho que el libro no es capaz de explicar: las Fuerzas Armadas que habían salvado al régimen, a su clase política y los muchos intereses que lleva adheridos, no fueron capaces de exigir que se respetase su posición en la sociedad y se las dejase cumplir la misión asignada por la Constitución. So capa de asegurar una lealtad que había sido bien demostrada y sometida a dura prueba, una vez llegados al poder los socialistas, los Ejércitos sufrieron una verdadera persecución; sus miembros más representativos fueron «depurados» de una u otra forma, se alteró abiertamente el orden de los ascensos, se instituyeron listas negras para los destinos, se espió a muchos de sus componentes incluso en su vida privada, se inventaron intentonas golpistas por los servicios de información -los mismos que habían montado los sucesos del 23 de febrero- con inmediata filtración a la prensa y formación de Consejos de Guerra de composición manipulada; se ignoraron o se castigaron sañudamente los más respetuosos y reglamentarios escritos de queja. Jefes y oficiales eran calumniados sistemáticamente en libros y periódicos, quedaron indefensos ante la inhibición de mandos y el lento proceder y carestía de la justicia civil, condicionada por la propia prensa mendaz. De todo esto el libro habla poco.

Desde un punto de vista administrativo, las repetidas reorganizaciones del Ministerio de Defensa no tenían más finalidad que arrebatar facultades y funciones al mando militar. Hasta la enseñanza militar y el reclutamiento se pusieron en manos de civiles, entre ellos algún periodista. Simultáneamente se reorganizaban las Fuerzas Armadas, especialmente el Ejército de Tierra, con reducciones importantes pero prometiendo siempre mejores medios y modernización del material sin que jamás se cumpliese más que la primera parte: la supresión de Unidades y reducción de cuadros de mando. Eso sí, los «gabinetes negros» y «asesores ejecutivos» estaban a la orden del día.

Esto, bien que a veces entre líneas, sí está en las páginas del libro.

Una omisión importante de la obra es la de aquellos, pocos pero dignos, componentes de las Fuerzas Armadas que protestaron con su inmediata dimisión; entre ellos no se puede olvidar al Teniente General Ascanio Togores que presentó la renuncia a su puesto de Jefe del Estado Mayor del Ejército tras denunciar públicamente en la Pascua Militar el engaño de que había sido objeto por parte del ministro Serra.

Si esta general inhibición, mansedumbre y dejación de obligaciones por parte de los responsables de las Fuerzas Armadas en aquellos tristísimos años se quiere confundir con la virtud militar de la disciplina, evidentemente puede hacerse. Ni Daoiz, Velarde y Ruiz lo hicieron en 1808, ni lo hicieron los alzados en 1936.

Como no hay bien ni mal que cien años dure, este proceso ha ido amortiguándose con los años pero no ha desaparecido. Hoy se olvida con triunfalistas declaraciones que el servicio militar obligatorio ha prestado a la nación española, especialmente a sus clases más humildes y desamparadas, enormes servicios a lo largo de su vigencia. A los privilegiados, que ahora abominan de él, no tantos.

El libro en su última parte recoge tanto la integración de las Fuerzas Armadas en la OTAN y UEO como la realización de las «misiones humanitarias». En ambas se ha demostrado de nuevo la calidad profesional de nuestros Ejércitos, su afán de servicio y su sacrificio permanente, hoy en que todo sacrificio parece proscrito. Ninguna de ambas actividades es nueva ni han aparecido hoy como se quiere hacer creer; de ello dan testimonio las páginas de este volumen.

Un libro tan importante y revelador se presta a otras muchas consideraciones por lo que no dice, aunque puede que esté en el ánimo de sus colaboradores. A pesar de que la Ley Orgánica del Estado, aprobada por referéndum, encomendaba a las Fuerzas Armadas velar por el orden institucional, éste se rompió sin la oposición de aquéllas que no apreciaron la prestidigitación política que se estaba realizando. La atención de los mandos militares se distrajo por medio del engaño desde la cumbre política, los atentados terroristas y la contínua presión de los medios de comunicación en connivencia con Gutiérrez Mellado y su entorno. Así se centró el interés en la legalización del PCE, pactada antes de la muerte de Franco, cuando tal medida no fue sino la consecuencia de las premisas ya admitidas. Unas Cortes se autoproclamaron constituyentes sin serlo, lo que técnicamente era un nuevo golpe de Estado; también aquí jugó un engaño en el que participaron los políticos de nuevo cuño y, con pocas y beneméritas excepciones, los procedentes del régimen anterior que intentaban situarse en el nuevo.

Una última consideración. La actual Restauración ha logrado que las Fuerzas Armadas desaparezcan como institución de la vida española y no sean ni siquiera escuchadas en cuestiones que les atañen directamente, hecho que no tiene igual en todas las sociedades occidentales. Existe un clarísimo paralelismo entre esa desaparición, el extremo debilitamiento entre los ciudadanos del sentimiento de España como nación y el progreso de los separatismos. Quien no lo quiera ver así o se hace el ciego o lo está.



Armando Marchante Gil



 

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