Editorial:
Verdad y Razón
Para los realistas, que son la casi
totalidad del género humano, la verdad es la
concordancia, no la identidad, entre el pensamiento y las
cosas. Los sentidos, como en el caso de los espejismos,
pueden ser engañosos y, para averiguar si suministran
información verdadera, hay que repetir las experiencias
desde supuestos diversos. También la interpretación de
los datos sensoriales puede ser equivocada, como suponer
que la sucesión entre dos hechos revela una causalidad.
Para comprobar si la interpretación es verdadera,
procede comprobar y contrastar otras hipótesis de
explicación. Los prejuicios del observador pueden ser
tan intensos que se proyecten hacia el exterior y, en vez
de conocer la realidad, se la invente, es el "ver
como querer". Para evitar tal corrupción
cognoscitiva se imponen la autocrítica y la permanente
referencia a los datos. La verdad no se manifiesta
espontáneamente a través de los sentidos, sino que es
el resultado de complejas y laboriosas operaciones de la
razón.
Pero hay una ulterior y más importante etapa
cognoscitiva, la de esclarecer la esencia de las cosas,
lo cual supone dividirlas en partes, correlacionarlas y,
finalmente, insertarlas en el contexto universal.
También estas operaciones, que son las más propiamente
racionales, están protagonizadas por el logos. En suma,
la conformidad entre el pensamiento y las cosas nos
aproxima a la verdad, no pasivamente a través de los
sentidos, sino, sobre todo, activamente mediante
raciocinios cada vez más fundados y sistemáticos. Sólo
hay un medio de acercarse a la verdad: el planteamiento
de problemas, la crítica de las sensaciones, la crítica
de los testimonios, la crítica de las interpretaciones,
la propuesta de hipótesis explicativas, y el constante
contraste de lo mental con la realidad. Razonalismo y
realismo coinciden.
Lo contrario de lo verdadero es lo falso, que coincide
con lo parcial o lo totalmente irracional. La
manifestación socialmente más habitual de la falsedad
es la mentira o discordancia entre lo que se piensa y lo
que se afirma. El engaño suele ser una forma de
explotación del engañado. Se le miente para utilizarle,
para moverle a determinados comportamientos que el
mentiroso considera que le benefician. Aparece la mentira
en las relaciones afectivas, en las comerciales y, sobre
todo, en la política. Esto último es tan reiterado en
los regímenes de opinión pública que ha llegado a
identificarse la veracidad con lo impolítico. En las
actuales sociedades desarrolladas, la mentira es el
instrumento principal de dominación, más practicado que
el de la coacción física. Es altamente deseable que una
progresiva racionalización de la convivencia conduzca a
un gobierno de transparente veracidad; pero el presente
dinamismo de los medios de comunicación de masas aleja
ese ideal en el tiempo hasta perderlo en la lejanía.
En las relaciones afectivas, que son básicamente
irracionales y que están más cerca del arte que de la
ciencia, la ficción es un factor de embellecimiento de
la realidad. Además, el amor declarado es cortés y
fluidifica la convivencia humana. La impenetrabilidad de
los sentimientos colabora a perpetuar una atmósfera de
difuso misterio y de benévola imaginación en los
intercambios afectivos. Y no habrá alteraciones
sustanciales mientras el hombre sea un ser básicamente
sentimental.
En las relaciones comerciales, la mentira es de muy breve
eficacia y no es generalizable. Al estafado se le suele
engañar sólo una vez. En cambio, la palabra verdadera y
mantenida suele ser rentable. El fundamento mas firme y
eficaz del mercado es la veracidad.
En los saberes, el "summum" de la
irracionalidad es la contradicción porque de dos juicios
contradictorios, por lo menos uno es necesariamente
falso. las proposiciones científicas son falsables, es
decir, pueden ser rectificadas o desmentidas por nuevas
experiencias y otras interpretaciones. La investigación
científica es una constante huida del error y de la
inexactitud, una permanente aproximación a la exactitud.
Es la más racionalizada de las empresas humanas y, por
eso, donde la exigencia de verdad es más intensa e
irrenunciable.
La verdad es progresiva porque permite avanzar en el
conocimiento y en la utilización del mundo. También es
progresista porque disminuye la explotación engañosa.
La verdad es útil y es moral. En cambio, la ignorancia y
el error son reaccionarios porque alejan de la realidad y
de su eficaz manejo, y porque facilitan la manipulación
del otro. En la mentira hay iniquidad.
Toda actitud pasional es gravemente sospechosa de
falsedad. Una de sus manifestaciones más frecuentes en
las sociedades actuales es la politización, o sea, la
adopción de posiciones, en función del interés
partidista o del sentimiento. Así la Historia se
convierte en propaganda, el testimonio en alegato, la
resolución en negocio, la sentencia en clientelismo, la
adhesión en inversión, la función en cacicato, en
suma, la parcialidad se impone por doquier, el
voluntarismo ahoga a la razón. En medio de tal
parcialidad ¿se puede esperar que el hombre de la calle
disponga del tiempo, de la preparación y de la capacidad
suficientes para someter a crítica, como en un
laboratorio, las informaciones falsas o trucadas que
recibe? En el actual nivel de desarrollo occidental no es
previsible que el ciudadano medio, a corto plazo, deje de
ser víctima de la metira política. Sólo cuando el
pensamiento único niega las más elementales evidencias,
como aconteció en los países europeos del socialismo
real, la gran mentira, al fin, se autoanula. La razón, y
no la pasión, hace libre al hombre, y aporta progreso.
La suprema falacia es la de los parciales y pasionales
que se adjudican el calificativo de progresistas. Veáse
a que abismo llevaron tales progresistas a Rusia.
Cuanto más realista y veraz es una sociedad, mayor es us
proÊgreso; cuanto más fabuladora y mendaz, más
regresiva. No al prejuicio y a la pasión que engañan.
Sí al logos que va revelando verdades y libera.
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