Razón Española, nº 109; Editorial: Verdad y Razón

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Verdad y Razón

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Editorial: Verdad y Razón

Para los realistas, que son la casi totalidad del género humano, la verdad es la concordancia, no la identidad, entre el pensamiento y las cosas. Los sentidos, como en el caso de los espejismos, pueden ser engañosos y, para averiguar si suministran información verdadera, hay que repetir las experiencias desde supuestos diversos. También la interpretación de los datos sensoriales puede ser equivocada, como suponer que la sucesión entre dos hechos revela una causalidad. Para comprobar si la interpretación es verdadera, procede comprobar y contrastar otras hipótesis de explicación. Los prejuicios del observador pueden ser tan intensos que se proyecten hacia el exterior y, en vez de conocer la realidad, se la invente, es el "ver como querer". Para evitar tal corrupción cognoscitiva se imponen la autocrítica y la permanente referencia a los datos. La verdad no se manifiesta espontáneamente a través de los sentidos, sino que es el resultado de complejas y laboriosas operaciones de la razón.



Pero hay una ulterior y más importante etapa cognoscitiva, la de esclarecer la esencia de las cosas, lo cual supone dividirlas en partes, correlacionarlas y, finalmente, insertarlas en el contexto universal. También estas operaciones, que son las más propiamente racionales, están protagonizadas por el logos. En suma, la conformidad entre el pensamiento y las cosas nos aproxima a la verdad, no pasivamente a través de los sentidos, sino, sobre todo, activamente mediante raciocinios cada vez más fundados y sistemáticos. Sólo hay un medio de acercarse a la verdad: el planteamiento de problemas, la crítica de las sensaciones, la crítica de los testimonios, la crítica de las interpretaciones, la propuesta de hipótesis explicativas, y el constante contraste de lo mental con la realidad. Razonalismo y realismo coinciden.



Lo contrario de lo verdadero es lo falso, que coincide con lo parcial o lo totalmente irracional. La manifestación socialmente más habitual de la falsedad es la mentira o discordancia entre lo que se piensa y lo que se afirma. El engaño suele ser una forma de explotación del engañado. Se le miente para utilizarle, para moverle a determinados comportamientos que el mentiroso considera que le benefician. Aparece la mentira en las relaciones afectivas, en las comerciales y, sobre todo, en la política. Esto último es tan reiterado en los regímenes de opinión pública que ha llegado a identificarse la veracidad con lo impolítico. En las actuales sociedades desarrolladas, la mentira es el instrumento principal de dominación, más practicado que el de la coacción física. Es altamente deseable que una progresiva racionalización de la convivencia conduzca a un gobierno de transparente veracidad; pero el presente dinamismo de los medios de comunicación de masas aleja ese ideal en el tiempo hasta perderlo en la lejanía.



En las relaciones afectivas, que son básicamente irracionales y que están más cerca del arte que de la ciencia, la ficción es un factor de embellecimiento de la realidad. Además, el amor declarado es cortés y fluidifica la convivencia humana. La impenetrabilidad de los sentimientos colabora a perpetuar una atmósfera de difuso misterio y de benévola imaginación en los intercambios afectivos. Y no habrá alteraciones sustanciales mientras el hombre sea un ser básicamente sentimental.



En las relaciones comerciales, la mentira es de muy breve eficacia y no es generalizable. Al estafado se le suele engañar sólo una vez. En cambio, la palabra verdadera y mantenida suele ser rentable. El fundamento mas firme y eficaz del mercado es la veracidad.



En los saberes, el "summum" de la irracionalidad es la contradicción porque de dos juicios contradictorios, por lo menos uno es necesariamente falso. las proposiciones científicas son falsables, es decir, pueden ser rectificadas o desmentidas por nuevas experiencias y otras interpretaciones. La investigación científica es una constante huida del error y de la inexactitud, una permanente aproximación a la exactitud. Es la más racionalizada de las empresas humanas y, por eso, donde la exigencia de verdad es más intensa e irrenunciable.



La verdad es progresiva porque permite avanzar en el conocimiento y en la utilización del mundo. También es progresista porque disminuye la explotación engañosa. La verdad es útil y es moral. En cambio, la ignorancia y el error son reaccionarios porque alejan de la realidad y de su eficaz manejo, y porque facilitan la manipulación del otro. En la mentira hay iniquidad.



Toda actitud pasional es gravemente sospechosa de falsedad. Una de sus manifestaciones más frecuentes en las sociedades actuales es la politización, o sea, la adopción de posiciones, en función del interés partidista o del sentimiento. Así la Historia se convierte en propaganda, el testimonio en alegato, la resolución en negocio, la sentencia en clientelismo, la adhesión en inversión, la función en cacicato, en suma, la parcialidad se impone por doquier, el voluntarismo ahoga a la razón. En medio de tal parcialidad ¿se puede esperar que el hombre de la calle disponga del tiempo, de la preparación y de la capacidad suficientes para someter a crítica, como en un laboratorio, las informaciones falsas o trucadas que recibe? En el actual nivel de desarrollo occidental no es previsible que el ciudadano medio, a corto plazo, deje de ser víctima de la metira política. Sólo cuando el pensamiento único niega las más elementales evidencias, como aconteció en los países europeos del socialismo real, la gran mentira, al fin, se autoanula. La razón, y no la pasión, hace libre al hombre, y aporta progreso. La suprema falacia es la de los parciales y pasionales que se adjudican el calificativo de progresistas. Veáse a que abismo llevaron tales progresistas a Rusia.



Cuanto más realista y veraz es una sociedad, mayor es us proÊgreso; cuanto más fabuladora y mendaz, más regresiva. No al prejuicio y a la pasión que engañan. Sí al logos que va revelando verdades y libera.



 

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