El
corporativismo de Gil-Robles
1. EL HOMBRE
José
María Gil-Robles (1898-1980) es uno de los grandes
desconocidos de los pensadores y políticos conservadores
de la Edad Contemporánea de España. Como muestra de
ello obsérvese que en el año 1998 los especialistas
hicieron numerosas referencias al centenario del
«desastre» y al cuarto centenario de la muerte de
Felipe II; pero nadie se acordó del centenario del
nacimiento de José María Gil-Robles, excepto la
familia, y alguna figura política como el alcalde de
Madrid, Alvarez del Manzano, que puso una placa en la
casa donde vivió Gil Robles.
Figura descollante en la vida política española
anterior a nuestra última guerra civil, quedó por
completo marginado durante un largo período. Después
fue silenciado por quienes protagonizaron la transición
política hacia la democracia. Su nombre continuó, sin
embargo, ocupando un lugar destacado en la vida pública
española: comentador excepcional de la actualidad desde
las páginas de importantes rotativos, abogado de primer
orden en procesos de resonancia incluso internacional,
promotor de corrientes y agrupaciones en las que
germinarán nuevos ideales democráticos. Pero muchos
estudiosos desconocen que Gil-Robles publicó libros
fundamentales para el conocimiento de nuestra inmediata
historia. Además, dejó inéditos valiosos escritos.
Hasta el año 2000 las biografías eran incompletas y
habían envejecido (1).
En nuestros días continúa aún discutiéndose cuál fue
el verdadero papel de Gil-Robles en la República. Hasta
finales de los años setenta había un cierto consenso
entre los historiadores en señalar que la actuación de
la CEDA y la de su «Jefe» fue sinceramente
democrática. Nadie se había atrevido a decir que la
causa de la guerra civil había que buscarla en
Gil-Robles. Por el contrario, cuando en 1936 estalló la
guerra civil, los dos bandos se apresuraron a decir que
el máximo responsable de la catástrofe no era otro que
José María Gil-Robles. Así, los falangistas publicaban
artículos en los periódicos de la España nacional
contra su figura, mientras que los comunistas publicaban
en Mundo Obrero el primer día del Alzamiento unos
dibujos de Gil-Robles y de Franco, responsabilizándoles
de la tragedia (2). Durante la República socialistas y
comunistas acusaban al joven político castellano, de
estar fomentando un golpe de Estado para aplastar a la
clase obrera e imponer el Estado corporativo; y sin
embargo, Renovación Española le acusaba de ser un
blando con los partidos revolucionarios y de no estar
aprovechando su cargo de Ministro de la Guerra para dar
un golpe de Estado. Ambos planteamientos se equivocaban:
no conocían de cerca la figura y personalidad del líder
católico, alejado de ambos extremos. Su pensamiento,
formado en las fuentes de la tradición española, estaba
en contra de toda violencia: como conservador, se oponía
a la revolución comunista y atea, y como católico
estaba en contra del panteísmo de los regímenes
fascistas.
Durante la era del general Franco fue acusado de liberal
y monárquico, y su figura fue denostada por muchos
sectores de la España vencedora de la guerra civil. El
general Franco, cuando leyó las Memorias de Gil-Robles,
le acusó de ingenuo, de haber creído que respetando la
legalidad republicana iba a conseguir el poder (3).
Durante su larga estancia en Portugal, que duró desde
1936 hasta 1953, Gil Robles apoyó la causa monárquica
de don Juan. Trató de que el hijo de don Juan no cayera
en la órbita de Franco; pero no lo consiguió. En 1948,
a raíz de la entrevista de don Juan con Franco en el
Azor, el pretendiente emprendía el camino de la
colaboración con el régimen franquista. Por este
motivo, 1948 representa el inicio del alejamiento de
Gil-Robles de la causa del conde de Barcelona.
En 1953, para que sus hijos pudieran cumplir el servicio
militar en España, el antiguo líder de la CEDA decidió
volver a España. Se dedicaba a la profesión de abogado
en su despacho de la madrileña calle Velázquez. Sin
embargo, nunca perdió su espíritu de concordia y paz
entre todos los españoles de cualquier ideología. En
1962, como Presidente de la AECE preparó la reunión del
Congreso del Movimiento Europeo en Munich, viajando a
esta ciudad para entrevistarse con Salvador de Madariaga.
El resultado es bien conocido: la prensa del régimen
llamó a este episodio "el contubernio de
Munich", y a José María Gil-Robles se le condenó
de nuevo a pasar dos largos años de exilio en Ginebra.
Don Juan ni siquiera le ayudó. Es más, el pretendiente,
en plena colaboración con Franco, condenó duramente el
Congreso de Munich y expulsó a José María Gil Robles.
Al volver del exilio, decidió publicar sus Memorias. Su
libro No fue posible la paz, fue un acontecimiento
editorial en la España de 1968. Anteriormente había
publicado La fe a través de mi vida y Cartas del pueblo
español. En ellos se formula un pensamiento demócrata
cristiano. Era una actualización de su famosa teoría
posibilista o accidentalista. Pero no todo fueron en
estos años facilidades. Su libro Pensamiento Político
estuvo retenido por la censura durante más de un año.
Al final, José María Gil-Robles, presionado por su
entorno, decidió librar su última batalla electoral con
funestos resultados: en las elecciones de 1977, el Equipo
Español de la Democracia Cristiana no logró ningún
escaño. Esa media España que le apoyó en los años
republicanos ahora le volvía la espalda. El antiguo
líder de la CEDA ya no se sentaría jamás en el
Congreso. En 1980 murió olvidado por casi todos.
2. El corporativismo
El
corporativismo es una forma de democracia distinta a la
predominante en nuestros días, que es la democracia
liberal o inorgánica. Los sistemas demoliberales parten
de la idea de que el individuo es un ser aislado, con
tendencia a convivir, que libremente pacta con otros
hombres y crea una sociedad concreta. El sujeto de la
política es, pues, el individuo que ha sustituido a su
comunidad. En consecuencia, no hay más técnica de
representación popular que el sufragio universal
inorgánico en el que cada individuo tiene un solo voto
igual. Por el contrario, la democracia orgánica o
corporativismo defiende que el individuo no es un ser
aislado sino que está integrado en los órganos de la
sociedad. Este tipo de democracia admite una pluralidad
de cuerpos sociales intermedios tanto territoriales
(municipio, comarca, región, nación, etc.) como
institucionales (iglesias, administración, ejército,
etc.) o profesionales (agricultura, industria, servicios,
etc.). La diferencia entre estos dos tipos de democracia
es obvia. En la democracia inorgánica o liberal, los
individuos ejercen sus derechos a través de los partidos
políticos, que no reconocen capacidad política
representativa a los demás cuerpos sociales. Es más, es
fácil que degeneren en partitocracia y que no defiendan
los derechos de los ciudadanos sino los intereses de los
partidos. Representan, en primer lugar, a la oligarquía
del partido, y en segundo lugar, los intereses de su
ideología, imagen, programa, etc. En cambio, un diputado
orgánico, de un municipio o de un sindicato, representa
unos intereses localizados y concretos. Además, no
están sometidos a la férrea disciplina de un partido
político y no corren el riesgo de que unas elecciones
inorgánicas provoquen una revancha revisionista de los
partidos opuestos, aún a pesar del interés general de
la nación.
Erróneamente se suele identificar a la democracia
orgánica con el fascismo o el catolicismo. En España el
máximo teórico de la democracia orgánica fue el
principal discípulo de Krause, Enrique Ahrens, quien a
partir de 1839 difundió la doctrina en multiples
ediciones y traducciones de su obra capital, Cours de
Droit Naturel. Asimismo, durante el siglo XIX los
máximos defensores de la democracia orgánica no fueron
los tradicionalistas, sino los llamados krausistas que
militaban en la izquierda política, especialmente
Julián Sanz del Río, Nicolás Salmerón, Francisco
Giner de Los Ríos, y Eduardo Pérez Puyol. Y si nos
fijamos en el siglo XX los krausistas residuales como
Adolfo G. Posada (uno de los profesores de derecho de
José María Gil-Robles), Salvador de Madariaga, Julián
Besteiro o Fernando de Los Ríos, fueron acérrimos
defensores de la representación corporativa. El que
acuñó la expresión "democracia orgánica"
fue el socialista Fernando de Los Ríos en 1917, y el que
la desarrolló fue Madariaga en 1934 (4). Por tanto,
sólo desde un sectarismo manipulador o ignorante puede
interpretarse el corporativismo como una creación de los
pensadores tradicionalistas, Alfredo Brañas y Juan
Vázquez de Mella, que formularon sus esquemas a finales
del siglo XIX. Otros defensores españoles de la
democracia orgánica fueron liberales como Manuel Durán
y Bas, Antonio Maura, Enrique Prat de la Riba o Angel
Herrera, el promotor político del futuro líder de la
CEDA (5).
3. Publicaciones durante la II República
El
ideal de José María Gil-Robles durante la lI República
fue dotar a España de una democracia corporativa por
medios pacíficos. Como hijo de un teórico del
tradicionalismo español, Enrique Gil y Robles
(1841-1908) (6), estuvo muy influido por sus ideas,
además de las de Balmes y Menéndez Pelayo (7).
Son cuatro los folletos que escribió o los libros que
prologó durante estos agitados años en donde expresa
sus ideales corporativos (8). El primero de ellos es el
prólogo al libro de José Medina y Togores escrito en
septiembre de 1932. En éste, Gil-Robles reconoce que,
aunque es demasiado pronto para enjuiciar la obra de la
República, sí se puede hacer ya un primer análisis. Lo
primero que destaca Gil-Robles es que las elecciones que
se celebraron el 28 de junio de 1931 cogieron
desprevenidas a las derechas y el resultado electoral
proporcionó una victoria a las izquierdas demasiado
abultada, que había sido fruto del entusiasmo de los
primeros momentos. Este espejismo hizo creer a los
republicanos que España entera estaba con ellos y que
podían tomar medidas radicales, aunque con ellas
estuvieran excluyendo a media España:
«A nuestros revolucionarios les ha faltado el sentido de
la medida. No se contentaron con una mayoría sólida,
sino que se empeñaron en llegar a los límites del copo;
no buscaron sólo la victoria , sino que aspiraron a
aniquilar al adversario; no se satisficieron con una
Cámara predominantemente revolucionaria, sino que
cifraron su ideal en conseguir una Asamblea uniforme. Mas
nada de eso bastaba. Tras el aniquilamiento numérico de
las oposiciones debía venir su aplastamiento en la
mecánica parlamentaria. Votos son triunfos. Y con este
criterio brutal de mayorías, se ha ido a la realización
integral del programa revolucionario, que en divorcio con
el sentir de una masa enorme del pueblo, ha desatado la
guerra espiritual entre los españoles, ha avivado con
táctica suicida la hoguera de la lucha de clases, y
está poniendo en gravísimo riesgo la misma existencia
material de la nación. ¿Qué gobernar es transigir,
impulsar en una dirección sin que los resortes salten,
transformar lentamente la realidad en lugar de destruirla
a mano airada? Cierto. ¿Pero qué importa todo esto al
espíritu revolucionario español, nutrido de idealismos
trasnochados y de atrasados rencores? (...) Las
Constituyentes no han concluido su labor. Empeñadas en
prolongar su divorcio con el país, aún consumarán
nuevas violencias. Preparémonos por nuestra parte, para
cuando llegue el momento de la rectificación, que
impondrá la sociedad misma. Y cuando ese instante
llegue, afrontemos la situación con hondo espíritu de
justicia. No olvidemos la tremenda lección que la
Providencia nos ha dado, para ejemplo de las generaciones
futuras.» (9)
Siguiendo un orden cronológico, la segunda publicación
sería el artículo de «Blanco y Negro» La vuelta al
pasado. Gil-Robles denuncia los movimientos filosóficos
que, según él, desde el Renacimiento no han hecho más
que contribuir al ataque sistemático contra la
espiritualidad del hombre. Era necesario que el espíritu
ascético que representó la Edad Media se recuperara de
algún modo:
«Las grandes convulsiones del mundo contemporáneo,
desde la Revolución francesa hasta el comunismo, pasando
por el positivismo filosófico, son consideradas por los
modernos pensadores como etapas de la evolución
renacentista, que ha agotado su poder creador. Se alzan
voces que claman por la vuelta a la Edad Media, a su
ascetismo dignificador del hombre a su sentido de la
universalidad, a los principios inmutables y eternos en
que España supo modelar esa suprema cultura que hoy
revive y que late en lo más hondo del alma de la vieja
ciudad castellana, símbolo de las glorias del pasado y
guión de las empresas espirituales del futuro...» (10).
La tercera publicación sería el prólogo al libro del
gran historiador Jesús Pabón y Suárez de Urbina,
diputado también por la CEDA. El prólogo está escrito
precisamente durante la revolución de octubre de 1934, y
sintetiza la táctica de la CEDA para transformar el
régimen republicano, haciéndolo más moderado. La
actitud de la CEDA en palabras de Gil-Robles es de
proselitismo y optimismo:
«España no ha cambiado solamente un régimen social
secular, sino, lo que es más grave, ha perdido su alma y
con ella su misma razón de ser como nación. Sujeta a
los violentos vaivenes de la pasión desatada,
pretenderá, cuando pase la primera oleada subversiva,
buscar nuevamente el camino de su vida. Camino de dolor,
de sacrificio, de lenta reconquista de pasado espiritual,
que le haga obtener la victoria, que ha de ser ante todo
la victoria sobre si misma. Proceso difícil y erizado de
peligros, camino áspero y pedregoso, en cada una de
cuyas revueltas encontrará el pueblo español un
aspirante a guía de sus afanes, que le mostrará el
atajo salvador capaz de evitarle la subida dolorosa hacia
la cumbre... Para esa subida fatigosa pidió Pabón un
puesto de vanguardia. Era preciso animar a los
vacilantes; llamar con voces de amor a los tibios, correr
en busca de los desalentados, que por miedo a los rigores
de la ascensión marchan por el atajo al borde del
precipicio; encender una antorcha de fe cuanto más densa
sea la niebla que borra el sendero y oculta la cima;
refrescar el alma con un donaire cuando la calumnia, la
insidia o la murmuración pretenden clavar en ella sus
garras... ese es el hombre y esa es la labor que en su
libro se refleja. En los comienzos de la lucha, el toque
de clarín que convoca a las huestes dispersas;
seguidamente, la orientación doctrinal, segura que traza
un programa y que define una táctica, después sin
perder un minuto, la lucha incansable de difusión y
proselitismo; mas tarde, la valoración exacta de la
primera etapa de la marcha victoriosa; y siempre la
palabra justa, la orientación certera, la frase emotiva,
el humorismo sano, el optimismo creyente.» (11)
Su última publicación es la más importante de todo el
período republicano, porque aquí se encuentra una
pregunta fundamental. La de si era corporativista. La
respuesta es sí, pero matizado, porque su corporativismo
está inspirado en las doctrinas tradicionales. Su
corporativismo era posibilista. Es decir, aceptaba de
momento el régimen existente en España y trataba de
cambiarlo, modelarlo, pero siempre de un modo
evolucionista. A la altura de 1935 Gil-Robles conservaba
íntegro ese pensamiento corporativo de su juventud, es
decir, tradicional y conservador pero con algunos
elementos liberales, ya que no consideraba la
eliminación de los partidos políticos como objetivo
prioritario, sino solamente como un ideal. Gil-Robles
rechazaba ese liberalismo jacobino de la Revolución
Francesa:
«Concluyó con los tenues vestigios que aún perduraban
de vida corporativa, y construyó todo su sistema sobre
la base del individuo. De aquí nacieron, por modo
necesario, los dos ejes de la vida social y política
contemporánea: el partido político y el sindicato de
clase.» (12) Este racionalismo liberal «ha destruido
los principios unificadores de la opinión pública; y el
individualismo, al destruir o desconocer los núcleos
sociales condensadores de esa misma opinión, ha dejado
como única realidad los partidos políticos. ¿Quiere
esto decir que los partidos sean cosa insustituible, y
que en su necesidad radique el título moral y jurídico
de su existencia? En modo alguno. La convivencia nacional
exige su limitación primero, y como ideal, incluso su
desaparición, al menos como factor decisivo de la
política de un país. Mas esa labor limitadora habrá de
ser en máxima parte obra de la sociedad misma, por
virtud de un aumento de la labor educativa de las masas,
y de un retorno a los grandes principios universales.
Pretender la desaparición de los partidos por la acción
violenta y coactiva del poder público equivale en
práctica, por mucho que se pretenda encubrir esa
realidad con fórmulas pomposas, a consagrar el absoluto
predominio de un partido, cuyo programa y cuyos
principios se identifican con los del Estado mismo. (...)
Hoy, que con tanta desorientación y ligereza se habla de
las nuevas estructuras del Estado, bueno será
reivindicar para la escuela social católica la gloria
purísima de haber defendido en, plena época de
predominio individualista, la integridad del principio
corporativo». Y luego al respecto de éste dice
Gil-Robles: "El primer inconveniente con que se
tropieza al ir a concretar el pensamiento sobre el tema
corporativo es su propio contenido. Para unos, el
corporativismo es tan sólo un sistema de economía
dirigida. Hay quienes piensan que puede ser un
sindicalismo al estilo de Sorel, aunque despojado de su
espíritu revolucionario, y no son pocos quienes aseguren
que es pura y simplemente la fase social de un sistema
político totalitario. Cualquiera de estos dos enfoques
es erróneo por parcial y limitado. El verdadero
corporativismo es un sistema completo. Abarca el orden
económico, el social y el político; tiene por base
agrupaciones de hombres según la comunidad de sus
intereses naturales; y aspira a la representación
pública y distinta de tales organismos, como remate y
coronamiento del sistema. Con razón se ha dicho, pues
que el corporativismo no es una nueva economía, ni una
nueva organización sindical, ni una política, ni un
nuevo Estado. Es todo ello. Es un orden nuevo, y, por lo
mismo, la unidad resultante de una conveniente
disposición de todos sus elementos componentes.» (13)
4. La Guerra Civil
Existen
varias publicaciones de Gil-Robles durante la guerra
civil que permiten comprobar su apoyo al Alzamiento (14).
Gil-Robles pertenecía a la media España que no se
resignaba a morir por la arbitrariedad y anarquía de un
gobierno como el del Frente Popular. De la misma manera
que Cambó, Madariaga, Maeztu, Ortega, D'Ors, Menéndez
Pidal, Pemán, Unamuno, Marañón, Baroja, Ayala, Serrano
Suñer, Benavente, Falla y una larga lista de figuras de
la intelectualidad y de la política, Gil-Robles dio todo
su apoyo al bando nacional. Sus escritos lo corroboran.
En su primera publicación, España encadenada,
Gil-Robles hace un breve recorrido de lo que significó
la República: la exclusión desde 1931 de media España
a pesar de que aceptó el régimen y estaba dispuesta a
colaborar (15). El Alzamiento fue una respuesta contra la
anarquía que fomentaba el Gobierno, cada vez más
inclinado a los elementos extremistas del Frente Popular:
«A elementos muy significados del sector moderado del
Partido Socialista, les oí yo personalmente decir que la
política de anarquía iniciada en febrero preparaba un
movimiento militar. Todos consideraban inminente un
levantamiento. El asesinato del señor Calvo Sotelo,
preparado por el Gobierno, que el mismo día pretendió
asesinarme a mí, fue la chispa que hizo brotar el
incendio de la indignación nacional. Se equivocan
quienes afirman que el movimiento nacional español es un
levantamiento meramente militar, al estilo de los del
siglo XIX. El Ejército ha sido el iniciador, y es el
instrumento eficaz de la victoria. Pero al lado suyo
están todos los españoles que no se resignan a caer en
las garras del comunismo, sin distinción de regiones ni
de clases sociales. Es el movimiento de todo un país que
al salvarse a sí mismo, va a salvar a toda la
civilización occidental. Dentro del movimiento estamos
todos los partidos de derecha, tanto los que propugnaron
siempre soluciones de fuerza, como los que luchamos
realmente en el terreno de la democracia.» (16)
En el segundo escrito, prólogo al libro de Ramón Ruiz
Alonso Corporativismo, escrito en 1937, se aprecia que es
partidario del sistema corporativo, que entronca con la
tradición católica española, buscando en ella las
raíces para un nuevo Estado. Cada nación goza de unas
características propias que no pueden traspasarse a
otras, por lo que no hay un único modelo corporativo
para todas las naciones. Ni siquiera dentro de una
nación las agrupaciones tienen características
idénticas (17). Pero sobre todo hay que señalar que
Gil-Robles rechaza explícitamente el panteísmo que
significan los sistemas fascistas porque en ellos el
individuo sólo actúa dentro del Estado y se subordina a
sus necesidades (18).
Asimismo, durante su estancia en Portugal, Gil-Robles
prologó un libro de Salazar, como ferviente admirador
que era del estadista portugués. En él veía un ejemplo
de austeridad y de honradez. Era un hombre modesto y
políticamente desconocido, que por primera vez habló a
Portugal en un lenguaje claro y sencillo. Gil-Robles lo
presenta como una especie de cirujano de hierro que
estaba operando sobre las vísceras de su pueblo (19). Al
mismo tiempo admira el corporativismo de Salazar, tomando
como modelo su Constitución corporativa, que garantizaba
los derechos de la persona; situándose lejos del
individualismo liberal y del estatismo panteísta (20).
En suma, el fracaso de la experiencia liberal en España
durante la II República y la Guerra Civil le llevaría a
Gil-Robles a desarrollar más aún un modelo corporativo
para España encarnado en la persona de Don Juan de
Borbón.
5. Un modelo corporativo para España
El
antiguo líder de la CEDA al igual que otros grandes
intelectuales de su época como Salvador de Madariaga,
pensó que el modelo de democracia que había vivido
España durante los años treinta, fracasó en la guerra
civil. Por eso había que buscar una síntesis entre el
parlamentarismo a ultranza de la II República española
y el régimen de Franco. El creyó, como Madariaga, que
la solución estaba en el corporativismo católico, con
algunos matices parlamentarios. durante la II República
el pensamiento de Gil-Robles fue en líneas generales
demócrata-liberal. Aunque las juventudes de Acción
Popular acusaron el tirón autoritario de la época, él
supo mantenerse dentro de la democracia. Su posibilismo,
no defendía explícitamente ningún régimen político;
sino que acataba y respetaba el existente en aquellos
momentos en España. El «Jefe» pensó que así prestaba
un gran servicio a España tratando de situarse a medio
camino de los que defendían soluciones revolucionarias
basadas en la dictadura del proletariado (el ala dura del
Partido Socialista capitaneada por Largo Caballero, el
Partido Comunista y los anarquistas), y aquellos que
solamente pensaban en un golpe de Estado para acabar con
la República e imponer un Estado totalitario. También
rechazó el anticlericalismo de Azaña porque no
respetaba a la mayor parte de los españoles, que se
consideraban católicos. En los años cuarenta, él y
muchos otros hombres de la CEDA pensaban que volver a ese
sistema parlamentario de la República solamente podía
conducir a España de nuevo al caos revolucionario.
En 1944 José María Gil-Robles estaba apartado en
Bussaco por presión expresa de Franco a Oliveira
Salazar. Allí decidió escribir Derecho Público
Cristiano, con la tímida esperanza de que ayudara a
fijar las ideas en la hora de la confusión que se
avecinaba. Erróneamente, Gil-Robles creía que los
aliados iban a presionar a Franco cuando ganaran la II
Guerra Mundial. Este libro no aspiraba a ser un tratado
doctrinal, sino un simple resumen de la doctrina
tradicional aplicada a los más graves problemas del
momento:
«Un Cristianismo que no convierta la defensa de los
principios salvadores en bandera de persecución de los
adversarios; que imponga fervientemente las normas de la
justicia en las relaciones de los individuos y de las
clases; y que sin mengua de firmeza en el mantenimiento
de la doctrina, lleve torrentes de caridad a los
desvalidos y extraviados.» (21)
Gil-Robles piensa que el cristianismo fue el principal
elemento transformador del mundo romano, ya que éste se
basaba en un fuerte paganismo y que el cristianismo se
mostró desde el primer momento incompatible con una
concepción absorcionista del hombre por el Estado.
Después de la caída del Imperio Romano, el catolicismo
apareció como el único modelo de Gobierno ordenado y
estable porque en su seno se armonizaron la tradición
romana de autoridad y el principio de la libertad basado
en la dignidad que corresponde al hombre por el mero
hecho de serlo. Después, durante la primera parte de la
Edad Media, el feudalismo fue un modelo de equilibrio
basado en una serie de instituciones que dieron a la
sociedad el comienzo de una estructura orgánica,
marcándose la distinción y la jerarquía de las clases;
afirmando la libertad de las clases medias y de los
núcleos rurales. La Edad Media fue un poderoso
condensador de energías espirituales que conservaron una
reserva inagotable de potencia generadora: el vigoroso
impulso del Renacimiento no hubiera sido posible sin el
inmenso caudal acumulado por las fuerzas del espíritu.
Pero por desgracia, la corriente renacentista no tardó
mucho en ser infiel a los principios del cristianismo. El
humanismo no fue una disciplina mental, sino que se
erigió en ideal social y estético, empapando de
individualismo la vida de todo el Renacimiento (22).
Para Gil-Robles, este individualismo feroz llevó a un
totalitarismo porque al desaparecer las corporaciones, el
individuo quedó solo frente al Estado. Es decir, el
Estado solitario estaba ya a dos pasos del Estado
totalitario, impregnado de filosofía racionalista que
negaba la filosofía tradicional. Rousseau, defensor
máximo de la doctrina individualista, tenía un nexo de
unión con el panteísmo de Hegel, inspirador de los
antihumanos estatismos contemporáneos, que habían
fracasado estrepitosamente (23).
Pasando al concepto de nación, Gil-Robles la define como
«la forma estatal más perfecta de organización de la
sociedad política. Sus elementos integrantes son: una
colectividad humana, superior por su extensión a la
simple agrupación familiar o gentilicia; un territorio
propio en que poder desenvolver sus actividades; y una
independencia soberana. Sin estos tres factores
esenciales, la nación no existe». No obstante, señala
que la nación es producto de una multitud de factores,
morales y materiales, que han hecho surgir una
personalidad colectiva con caracteres diferenciales
perfectamente definidos. Algunos de estos factores que
dieron alma a la nación fueron: el territorio con sus
agentes físicos, las razas, con sus notas especificas, y
la historia. Para Gil-Robles, contra esta concepción de
la nación, pugnó el principio racista contemporáneo y
el materialismo histórico, desvalorizadores ambos de las
más puras esencias humanas (24). Él defiende la
existencia de un sentimiento nacional patriótico en cada
nación pero rechazando los nacionalismos porque se
identifican con la existencia de un poder estatal fuerte.
Este nacionalismo de los liberales españoles y europeos,
destruyó en el siglo XIX todas las personalidades
infraestatales, desarticulando, por tanto, a los miembros
de la nación; dejando reducida la sociedad a una masa
inorgánica, apta para todos los ensayos revolucionarios
y empujada al borde mismo de la disolución y la muerte.
Como pensador católico tradicional, se opone al concepto
de libertad que presentan los defensores del
protestantismo y de la filosofía racionalista. Es decir,
la libertad absoluta e ilimitada, generadora de una total
emancipación del pensamiento y de la vida porque es un
elemento disgregador de la estructura social: esa
libertad que aspiró a romper toda norma superior a la
orgullosa razón humana. En 1944, vuelve a reivindicar el
concepto de libertad corporativa, o lo que es lo mismo,
la libertad moral que el hombre tiene para elegir, pero
sometida a una voluntad superior y limitada a la
realización del bien colectivo. En resumen, la libertad
está limitada por los derechos ajenos, empezando por
Dios y siguiendo por la libertad de los demás. Los
derechos del individuo acaban donde empiezan los derechos
de los demás, dentro del orden supremo de la creación (25).
Para Gil-Robles la libertad basada exclusivamente en el
individuo significa el desbordamiento revolucionario. La
consecuencia a esta idea de libertad es para nuestro
pensador su oposición a una libertad absoluta de
pensamiento:
«Si todo pensamiento es lícito por sí mismo, como
producto de una razón que es su propia ley, ¿como
pueden ser ilícitos los actos que a ese pensamiento se
acomoden? A un ser que le es permitido pensar todo lo que
quiera, se le debe también tolerar que realice todo lo
que se le antoje. ¿Podría subsistir sociedad alguna en
condiciones tales?» (26)
También se opone a la libertad de cultos porque una
tolerancia religiosa puede llevar a la división
religiosa hasta asegurar a los cultos no verdaderos una
condición de paridad en su ejercicio con la verdadera
religión. Pero, en cambio, se muestra partidario de
proteger a las personas que practican otras religiones,
para que puedan ejercitar sus cultos mientras no pugnen
con los principios fundamentales de la moral. En lo que
se refiere a la enseñanza, tiene que estar en manos de
los padres y de la Iglesia, de las corporaciones y del
Estado. Gil-Robles critica frontalmente el monopolio de
la educación por parte de los Estados totalitarios (27).
En otro de los apartados de este libro, Gil-Robles
sintetiza la teoría de las élites que Ortega y Gasset
expuso en La rebelión de las masas, al considerar que
uno de los fenómenos más llamativos de la vida
contemporánea ha sido la irrupción de las multitudes en
la política. Sin embargo, no se muestra partidario de
una solución autoritaria, sino de una solución nutrida
de espíritu tradicional. Critica el maquinismo, el
industrialismo y la vida moderna que han originado la
democracia liberal, la cual ha sido responsable de muchas
carencias sociales de las clases humildes. La autoridad
tiene que ser de derecho divino natural, o lo que es
igual de derecho que deriva de la naturaleza de la
sociedad civil, creada por Dios (28). No obstante,
señala que el catolicismo no es incompatible con la
participación del pueblo en las tareas de Gobierno, pero
a través de los órganos de la sociedad.
Otro de los puntos que hay que destacar de Gil-Robles
sobre la obediencia a la autoridad es la rebeldía
legítima frente a un poder tiránico. Para él, hay que
distinguir entre la resistencia pasiva a las órdenes de
la autoridad y la resistencia activa o insurrección. La
primera no es sólo legítima, sino obligatoria cuando
las órdenes a la autoridad conculcan los preceptos
divinos, o desconocen esos fundamentales derechos con
cuyo ejercicio busca el hombre su perfeccionamiento
espiritual y la realización de un fin ultraterreno.
Sostener en este caso la obediencia debida es, para don
Jose María, equivalente a admitir la legitimidad de la
injusta ordenación soberana; recordando a Balmes, quien
dijo que la obligación de obedecer es correlativa al
derecho de mandar.
Un problema mas delicado es el referente a la resistencia
activa, por las fatales consecuencias que su aplicación
puede entrañar aún en casos de legitimidad absoluta, y
por el riesgo de generalizar abusivamente de un medio
extraordinario que sólo puede aplicarse en coyunturas
extremas. Aquí en este punto, Gil-Robles rechaza
frontalmente el tiranicidio porque la paz y estabilidad
de la sociedad civil quedarían a merced de la maldad de
un asesino o de la locura de un fanático, elevado, por
una corriente ficticia de opinión pública descarriada,
a la categoría de ejecutor de justicia social. Esto,
para él, quiere decir que para que la insurrección
pueda considerarse lícita se necesita el concurso de
varias circunstancias graves: que el abuso de la
autoridad sea habitual y grave, o que ponga en riesgo
evidente los intereses supremos de la colectividad, que
no haya medio normal de evitar o de atenuar el daño que
de ese ilegítimo ejercicio del poder se siga, y que se
tenga la seguridad racional de que al empleo de la
violencia no se habrán de seguir mayores males de
aquellos que se quisieron evitar, limitándose a lo
indispensable para lograr los fines propuestos (29).
La monarquía y la república, fueron uno de los
principales aspectos del pensamiento y actuación
política de José María Gil-Robles. Siempre se
consideró monárquico. Por eso apoyo a don Juan cuando
éste se lo pidió. La idea de Gil Robles de la
monarquía estaba por encima de los partidos y de las
clases, ya que la fuerza misma de la Institución que
encarnaba el rey, estaba por encima de todo, excepto de
Dios. El rey, como no recibía su voto precario de una
mayoría no tenía que preocuparse por captar adeptos, ni
ganar sufragios, ni contentar clientelas, y tenía, por
tanto, mayores posibilidades de resolver los problemas de
una sociedad o de corregir los excesos y desviaciones
pasionales de un momento determinado. En suma, la
monarquía era para él un factor de estabilidad. Sin
embargo, él seguía la doctrina de León XIII, de
acatamiento leal a los poderes establecidos. Por eso,
Gil-Robles acató lealmente la República, sin necesidad
de declararse republicano. En esto consistía su
posibilismo: en acatar la forma de gobierno existente en
cada momento.
Gil-Robles opina que de las instituciones surgidas a
raíz de la democracia revolucionaria, ninguna había
suscitado más críticas ni había sido más perjudicial
que las asambleas parlamentarias. Estas no representan la
pretendida soberanía del pueblo más que en el instante
en que se vota. Cuando ese momento pasa, dice Gil-Robles,
se vuelve a una servidumbre efectiva, mientras que la
soberanía queda entregada a una colectividad
irresponsable, designada de hecho -aún en la mas amplia
aplicación del sufragio universal- por una pequeña
parte de la sociedad. El tan poderoso absolutismo de los
reyes, había sido reemplazado por la ilimitada tiranía
de las soberanías parlamentarias. Como modelo de
representación nacional, Gil-Robles, reivindica, al
igual que su padre, el sistema político de la Edad Media
(30).
6. Conclusión
José
María Gil-Robles fue un político muy controvertido. Su
ideal era transformar la estructura política española
de la II República, basada en continuos enfrentamientos
entre los distintos partidos, en un sistema corporativo.
De este modo, según su pensamiento, podrían calmarse
los ánimos y evitar la guerra civil. Sin embargo, sabía
que implantar en España el corporativismo no era una
empresa fácil y en todo caso había que conseguirlo por
medios pacíficos. Por eso la CEDA fue posibilista. Su
táctica política consistía en aceptar el juego
parlamentario de la República para moderar o frenar, en
la medida de lo posible, la peligrosa pendiente
revolucionaria.
Los socialistas también tenían una especie de
posibilismo. Su ideal era la dictadura del proletariado.
Pero mientras que Gil-Robles no se apartó de la
legalidad, el PSOE prefirió pasar a la acción en
octubre de 1934 para derribar la República parlamentaria
e imponer por la fuerza su ideal: la dictadura del
proletariado. Admitiendo que el futuro de la República
dependía del PSOE y de la CEDA fueron los socialistas y
no los partidarios de Gil-Robles los primeros en
apartarse de la legalidad. El argumento de que Gil-Robles
pensaba acabar con la Constitución de 1931 por la fuerza
era falso porque «¿qué ocasión mejor que la que le
proporcionaron sus adversarios alzándose contra la misma
Constitución en octubre de 1934, precisamente cuando
él, desde el poder, pudo como reacción haberse
declarado en dictadura?» Lejos de haber demostrado en
los hechos apego al fascismo Gil-Robles salió de esta
crisis como un convicto y confeso parlamentario (31).
Pero además, ya desde una fecha tan temprana como 1931,
Largo Caballero venía amenazando con la guerra civil (32).
La CEDA no empezaría a hacer contraamenazas hasta 1934.
Si la revolución se echaba a la calle, ellos no
dudarían en defenderse. Así lo dijo Gil-Robles en la
concentración masiva de la JAP en San Lorenzo de El
Escorial el 22 de abril de 1934. En realidad, como ha
demostrado Pío Moa, la guerra civil empezó en octubre
de 1934. El período que sigue hasta julio de 1936 no es
más que un paréntesis de los dos bandos para afilar las
armas y prepararse para la lucha final (33).
Lógicamente, la guerra civil supuso para Gil-Robles una
especie de decepción o reconocimiento de que su táctica
posibilista había sido un fracaso. Es por eso por lo que
se inclinó fuertemente hacia el corporativismo. Creyó
que Franco abandonaría, voluntariamente u obligado por
las circunstancias, el poder en 1945 para dar paso a Don
Juan. Creía que si el hijo de Alfonso XIII se hubiera
convertido en el Jefe del Estado, no hubiera sido para
traer la democracia liberal, sino una democracia
corporativa. La prueba de ello es que Gil-Robles, su
asesor principal durante estos años, preparaba a
conciencia una estructura corporativa para España. Las
Bases de Estoril, ejemplo de democracia corporativa,
fueron en parte redactadas por Gil-Robles tomando como
modelo su libro Derecho Público Cristiano. No obstante,
el liberalismo no se extinguió completamente en el
pensamiento de Gil-Robles. Renacería con mucha fuerza en
los años sesenta y sería definitivamente el elemento
dominante de su pensamiento, aunque siempre con un fondo
de corporativismo (34).
Alfonso Rojas Quintana
Notas
1
Véase Rojas Quintana, F.A.: José María Gil-Robles
(1898-1980). Una biografía política. Tesis doctoral
inédita, Universidad Complutense, 2000 (en vías de
publicación). Arrabal, J.: José María Gil-Robles,
Avila, 1935; fue una especie de biografía electoral
llena de admiración. Véase también la biografía de
Boissel, A.: Un jefe. Gil-Robles, San Sebastián,
Librería Internacional, 1934, que es básicamente un
resumen de la de Juan Arrabal. Por su parte, Gil-Robles,
caudillo frustrado, Madrid, 1967, de Gutiérrez Ravé,
J.A., nos ofrece también una versión positiva, aunque
ataca a Gil-Robles por su actitud ante el famoso
«contubernio de Munich». Según Beltrán de Heredia,
cuando apareció esta biografía se creyó que Gil-Robles
la había financiado. Este señor es el máximo
especialista sobre Gil-Robles. Lo conoció por primera
vez en 1929, cuando don Pablo era un niño de doce años
y Gil-Robles (como antiguo alumno) visitó su colegio,
«María Auxiliadora», de los Salesianos, en Salamanca,
para dar una conferencia. En 1931, en los locales de
Acción Popular escuchó también otra conferencia sobre
Derecho Político Comparado, y en 1935, en la
inauguración de la Casa Museo de Menéndez Pelayo, en
Santander, volvió a coincidir con don José María. Su
amistad con él comienza en 1938, cuando don Pablo, desde
El Ferrol, le envió una carta a Estoril solidarizándose
con él por la tremenda campaña contra su figura que se
había desatado en la prensa falangista. Don José María
se lo agradeció y fueron amigos durante toda la vida.
Gracias a don Pablo fueron posibles muchos de los libros
de Gil-Robles, como La Monarquía por la que yo luché.
No fue posible la paz, Cicerón y Agusto, etc. Hace unos
años publicó en la colección «Clásicos de todos los
años», que dirige desde hace muchos años, un capítulo
inédito de la segunda parte de las memorias de
Gil-Robles, continuación de No fue posible la paz.
Gil-Robles, J. M.ª: Oliveira Salazar, Prólogo de Pablo
Beltrán de Heredia. Colección «Clásicos de todos los
años», número 26. Santander, 1997. También ha
publicado el extracto de un libro inédito: Gil-Robles,
J. M.ª: Últimos encuentros con Franco. Colección
«Colofón del año», núm. 13. Santander, 1997.
2 «Mundo Obrero», 18-7-1936.
3 Franco Salgado-Araujo, F.: Mis conversaciones privadas
con Franco, Barcelona, Planeta, 1977, págs. 524-525.
4 Madaragiada, S. de: Anarquía o Jerarquía, Madrid,
Aguilar, 1934. Madariaga ofreció uno de los primeros
ejemplares de este libro al general Franco, quien lo
leyó con mucho interés. Madariaga no expone en este
libro las excelencias de la democracia liberal, sino que
propone para España la democvracia orgánica. Es decir,
una democracia autoritaria sin partidos políticos y con
las instituciones «naturales» de la sociedad: la
familia, el municipio y las corporaciones, como fuentes
principales de la vida política. Dos años antes de la
guerra civil lo que propuso Madariaga fue el régimen que
aplicó el general Franco, basado en este modelo de
democracia orgánica. Véase también Los teóricos
izquierdistas de la democracia orgánica..., op. cit.,
págs. 91-95.
5 Fernández de la Mora, G.: Los teóricos izquierdistas
de la democracia orgánica, Barcelona, Plaza & Janes,
1985, págs. 12-20. Idem: Herrera y la democracia
orgánica, en «Razón Española» npum. 27, mayo 1987,
págs. 325-333.
6 Enrique Gil y Robles era corporativsta en el sentido de
que afirmaba la existencia de cuerpos intermedios que se
escalonanentre el individuo y el Estado, como la familia,
el municipio, la provincia y la religión. Véase Gil y
Robles, E.: Tratado de Derecho Político según los
principios y filosofía del derecho cristiano, Salamanca,
1899 (dos vols.); El absolutismo y la democracia,
Salamanca, 1892, Ensayo de metodología jurídica,
Salamanca, 1893; Guía y programa de derecho
administrativo, Salamanca, 1899; El catolicismo liberal y
la libertad de enseñanza, Salamanca, 1896. Véase Rojas
Quintana, F. A.: La Restauración erdida: Enrique Gil y
Robles, en «Cánovas y su época» (dos vols.), Madrid,
Veintiuno, 1999, págs. 547-566.
7 En 1919, poco después de comenzar la publicación del
«Boletín de la Biblioteca de Menéndez Pelayo» se
anunció un concurso sobre el tema «La Patria y la
región, según Menéndez Pelayo». Obtuvo el primer
premio el estudio de Pedro Sainz Rodríguez, y el
accésit se concedió al trabajo que realizaron José
María Gil-Robles y Luis García Rives, del cuerpo de
bibliotecarios. Véase Gil-Robles, J. M.ª, García
Rives, L.: La Patria y la región, según Menéndez
Pelayo, en «Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos»,
XLIII, págs. 260-280 y 453-454, Madrid, 1922.
8 Medina y Togores, J.: Un año de Cortes Constituyentes
(impresiones parlamentarias). Prólogo de José María
Gil-Robles, Madrid, Editorial Ibérica, 1932; Gil-Robles,
J. M.ª: La vuelta al pasado, «Blanco y Negro», Madrid,
11 de junio de 1933; Tardieu, A.: La reforma del Estado.
Su problema en España, preámbulo de José María
Gil-Robles, Madrid, Librería Internacional, 1935; Pabón
y Suiárez de Urbina, J.: Palabras en la oposición,
prólogo de José María Gil-Robles, Sevilla, Talleres
Gráficos, 1935. Además de estos artículos de
pensamiento fueron impresos los siguientes discursos del
líder de la CEDA: Gil-Robles, J. M.ª: Cómo me
encontré el Ejército y lo que quise hacer de él,
Madrid, Imprenta de Ernesto Giménez, S. A., 1935.
Gil-Robles, J. M.ª: Discurso pronunciado por don José
María Gil-Robles en la Asamblea de las juventudes de
Acción Popular el día 9 de septiembre de 1934, Oviedo,
1934.
9 Un año de Cortes Constituyentes..., op. cit., págs.
VII-VIII (prólogo).
10 La vuelta al pasado, Madrid, «Blanco y Negro», 11 de
junio de 1933.
11 Palabras en la oposición..., op. cit., págs. 8-9
(prólogo).
12 La reforma del Estado. Su problema en España..., op.
cit., pág. 25.
13 Ibid..., págs. 29-32.
14 Salazar, O.: El pensamiento de la Revolución Nacional
(prólogo y traducción de José María Gil-Robles),
Buenos Aires, Editorial Poblet, 1938. Gil-Robles, J.
M.ª: España encadenada, El Paso, Texas, Editorial
Revista Católica, 1936. Ruiz Alonso, R.: Corporativismo.
Prólogo de José María Gil-Robles, Salamanca, Imprenta
Comercial Salmantina, 1937.
15 España encadenada, op. cit., pág. 28.
16 Ibid, pág. 28.
17Corporativismo..., op. cit., pág. 22.
18 Ibid, págs. 25-26.
19 El pensamiento de la revolución nacional..., op.
cit., pág. 9.
20 Ibid, págs. 15-16.
21 Gil-Robles, J. M.ª: Derecho público cristiano,
Bussaco, 1944, págs. IBV. Original inédito
mecanografiado de José María gil-Robles. Archivo
Gil-Robles. Depositado en el Fondo Histórico de la
Universidad de Navarra. Sección Pablo Beltrán de
Heredia.
22 Ibid, pág. 7
23 Vemos por lo tanto que José María Gil-Robles está
en contra del fascismo y del nazismo.
24 Gil-Robles, en notas a pie de página, hace una
defensa de la encíclica «Mit brenender sorge», de Pío
XII, contra los postulados racistas de Rosenberg, el
filósofo del nazismo, autor de El mito del siglo XX,
libro que inspiró la doctrina racista de Hitler.
25 Ibid, pág. 39. Gil-Robles recoge esta cita de su
prólogo al Pensamiento de la revolución nacional, de
Oliveira Salazar, publicado en 1937.
26 Ibid, pág. 47. Insisto en que este pensamiento de
gil-Robles no debe ser juzgado con criterios actuales,
porque daría lugar a un error de interpretación. Es
producto del pensamiento de los españoles de su época,
que abominaban de la democracia porque creían que había
conducido a la guerra civil.
27 La II República española trató de controlar la
escuela para formar conciencias republicanas; no
respetando el derecho natural que tienen los padres de
elegir la enseñanza que más crean conveniente para sus
hijos. El director general de Enseñanza Primaria,
Rodolfo Llopis, escribió un libro explicando este
programa. Véase Llopis, R.: La revolución en la
escuela, Madrid, Aguilar, 1933: «La escuela ha sido
siempre el arma ideológica de todas las revoluciones. La
escuela tiene que convertir a los súbditos de la
Monarquía borbónica en ciudadanos de la República»
(pág. 22).
28 Ibid, pág. 64.
29 Aquí puede observarse que Gil-Robles está explicando
su postura ante el Alzamiento de julio de 1936, que
apoyó, para luego, según su pensamiento, desligarse del
régimen de Franco, porque creía que habrían de
seguirse mayores males de aquellos que se quisieron
evitar, como un régimen autoritario demasiado
prolongado. La postura que siguió Gil-Robles de
desligarse del régimen nada más acabada la guerra civil
es coherente con su pensamiento. S uapartamiento de
Franco bno puede explicarse por una actitud de
resentimiento personal. Para Gil-Robles el régimen de
Franco debería de haberse acortado para dar paso a la
monarquía católica tradicional con don Juan, pero no a
la democracia liberal.
30 Ibid, pág. 110.
31 Madariaga, S. de: España. Ensayo de Historia
Contemporánea, Madrid, Espasa-Calpe, 1979, págs.
362-363.
32 En noviembre de 1931, Francisco Largo Caballero
amenazó con que si las Cortes eran disueltas antes de
que hubieran completado su mandato: «La Unión General
de Trabajadores (UGT) y los socialistas interpretarían
este hecho como una provocación que nos obligaría a
proceder a una guerra civil». Véase Carr, R.; Fusi,
J.P.: República y guerra civil. La crisis de la España
contemporánea (1931-1939), Madrid, Espasa-Calpe, 1999,
pág. 18.
33 Moa, P.: Los orígenes de la guerra civil, Madrid,
Ediciones Encuentro, 1999; Los personajes de la
República vistos por ellos mismos, Madrid, Ediciones
Encuentro, 2000.
34 Unos meses antes de morir Gil-Robles pronunció el 19
de junio de 1980 una conferencia en el hotel Eurobuilding
de Madrid sobre la personalidad de Navarra y contra los
deseos expansionistas del nacionalismo vasco. En la
última conferencia de su vida reivindicpo los elementos
infraestatales: municipio, provincia y región. Véase
Gil-Robles, J. M.ª: La aventura de las autonomías,
Madrid, Rialp, 1980, págs. 202-210.
|