Razón Española, nº 109; El corporativismo de Gil-Robles

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El corporativismo de Gil-Robles

Por A. Rojas Quintana

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El corporativismo de Gil-Robles

1. EL HOMBRE

José María Gil-Robles (1898-1980) es uno de los grandes desconocidos de los pensadores y políticos conservadores de la Edad Contemporánea de España. Como muestra de ello obsérvese que en el año 1998 los especialistas hicieron numerosas referencias al centenario del «desastre» y al cuarto centenario de la muerte de Felipe II; pero nadie se acordó del centenario del nacimiento de José María Gil-Robles, excepto la familia, y alguna figura política como el alcalde de Madrid, Alvarez del Manzano, que puso una placa en la casa donde vivió Gil Robles.

Figura descollante en la vida política española anterior a nuestra última guerra civil, quedó por completo marginado durante un largo período. Después fue silenciado por quienes protagonizaron la transición política hacia la democracia. Su nombre continuó, sin embargo, ocupando un lugar destacado en la vida pública española: comentador excepcional de la actualidad desde las páginas de importantes rotativos, abogado de primer orden en procesos de resonancia incluso internacional, promotor de corrientes y agrupaciones en las que germinarán nuevos ideales democráticos. Pero muchos estudiosos desconocen que Gil-Robles publicó libros fundamentales para el conocimiento de nuestra inmediata historia. Además, dejó inéditos valiosos escritos. Hasta el año 2000 las biografías eran incompletas y habían envejecido (1).

En nuestros días continúa aún discutiéndose cuál fue el verdadero papel de Gil-Robles en la República. Hasta finales de los años setenta había un cierto consenso entre los historiadores en señalar que la actuación de la CEDA y la de su «Jefe» fue sinceramente democrática. Nadie se había atrevido a decir que la causa de la guerra civil había que buscarla en Gil-Robles. Por el contrario, cuando en 1936 estalló la guerra civil, los dos bandos se apresuraron a decir que el máximo responsable de la catástrofe no era otro que José María Gil-Robles. Así, los falangistas publicaban artículos en los periódicos de la España nacional contra su figura, mientras que los comunistas publicaban en Mundo Obrero el primer día del Alzamiento unos dibujos de Gil-Robles y de Franco, responsabilizándoles de la tragedia (2). Durante la República socialistas y comunistas acusaban al joven político castellano, de estar fomentando un golpe de Estado para aplastar a la clase obrera e imponer el Estado corporativo; y sin embargo, Renovación Española le acusaba de ser un blando con los partidos revolucionarios y de no estar aprovechando su cargo de Ministro de la Guerra para dar un golpe de Estado. Ambos planteamientos se equivocaban: no conocían de cerca la figura y personalidad del líder católico, alejado de ambos extremos. Su pensamiento, formado en las fuentes de la tradición española, estaba en contra de toda violencia: como conservador, se oponía a la revolución comunista y atea, y como católico estaba en contra del panteísmo de los regímenes fascistas.

Durante la era del general Franco fue acusado de liberal y monárquico, y su figura fue denostada por muchos sectores de la España vencedora de la guerra civil. El general Franco, cuando leyó las Memorias de Gil-Robles, le acusó de ingenuo, de haber creído que respetando la legalidad republicana iba a conseguir el poder (3).

Durante su larga estancia en Portugal, que duró desde 1936 hasta 1953, Gil Robles apoyó la causa monárquica de don Juan. Trató de que el hijo de don Juan no cayera en la órbita de Franco; pero no lo consiguió. En 1948, a raíz de la entrevista de don Juan con Franco en el Azor, el pretendiente emprendía el camino de la colaboración con el régimen franquista. Por este motivo, 1948 representa el inicio del alejamiento de Gil-Robles de la causa del conde de Barcelona.

En 1953, para que sus hijos pudieran cumplir el servicio militar en España, el antiguo líder de la CEDA decidió volver a España. Se dedicaba a la profesión de abogado en su despacho de la madrileña calle Velázquez. Sin embargo, nunca perdió su espíritu de concordia y paz entre todos los españoles de cualquier ideología. En 1962, como Presidente de la AECE preparó la reunión del Congreso del Movimiento Europeo en Munich, viajando a esta ciudad para entrevistarse con Salvador de Madariaga. El resultado es bien conocido: la prensa del régimen llamó a este episodio "el contubernio de Munich", y a José María Gil-Robles se le condenó de nuevo a pasar dos largos años de exilio en Ginebra. Don Juan ni siquiera le ayudó. Es más, el pretendiente, en plena colaboración con Franco, condenó duramente el Congreso de Munich y expulsó a José María Gil Robles. Al volver del exilio, decidió publicar sus Memorias. Su libro No fue posible la paz, fue un acontecimiento editorial en la España de 1968. Anteriormente había publicado La fe a través de mi vida y Cartas del pueblo español. En ellos se formula un pensamiento demócrata cristiano. Era una actualización de su famosa teoría posibilista o accidentalista. Pero no todo fueron en estos años facilidades. Su libro Pensamiento Político estuvo retenido por la censura durante más de un año. Al final, José María Gil-Robles, presionado por su entorno, decidió librar su última batalla electoral con funestos resultados: en las elecciones de 1977, el Equipo Español de la Democracia Cristiana no logró ningún escaño. Esa media España que le apoyó en los años republicanos ahora le volvía la espalda. El antiguo líder de la CEDA ya no se sentaría jamás en el Congreso. En 1980 murió olvidado por casi todos.

2. El corporativismo

El corporativismo es una forma de democracia distinta a la predominante en nuestros días, que es la democracia liberal o inorgánica. Los sistemas demoliberales parten de la idea de que el individuo es un ser aislado, con tendencia a convivir, que libremente pacta con otros hombres y crea una sociedad concreta. El sujeto de la política es, pues, el individuo que ha sustituido a su comunidad. En consecuencia, no hay más técnica de representación popular que el sufragio universal inorgánico en el que cada individuo tiene un solo voto igual. Por el contrario, la democracia orgánica o corporativismo defiende que el individuo no es un ser aislado sino que está integrado en los órganos de la sociedad. Este tipo de democracia admite una pluralidad de cuerpos sociales intermedios tanto territoriales (municipio, comarca, región, nación, etc.) como institucionales (iglesias, administración, ejército, etc.) o profesionales (agricultura, industria, servicios, etc.). La diferencia entre estos dos tipos de democracia es obvia. En la democracia inorgánica o liberal, los individuos ejercen sus derechos a través de los partidos políticos, que no reconocen capacidad política representativa a los demás cuerpos sociales. Es más, es fácil que degeneren en partitocracia y que no defiendan los derechos de los ciudadanos sino los intereses de los partidos. Representan, en primer lugar, a la oligarquía del partido, y en segundo lugar, los intereses de su ideología, imagen, programa, etc. En cambio, un diputado orgánico, de un municipio o de un sindicato, representa unos intereses localizados y concretos. Además, no están sometidos a la férrea disciplina de un partido político y no corren el riesgo de que unas elecciones inorgánicas provoquen una revancha revisionista de los partidos opuestos, aún a pesar del interés general de la nación.

Erróneamente se suele identificar a la democracia orgánica con el fascismo o el catolicismo. En España el máximo teórico de la democracia orgánica fue el principal discípulo de Krause, Enrique Ahrens, quien a partir de 1839 difundió la doctrina en multiples ediciones y traducciones de su obra capital, Cours de Droit Naturel. Asimismo, durante el siglo XIX los máximos defensores de la democracia orgánica no fueron los tradicionalistas, sino los llamados krausistas que militaban en la izquierda política, especialmente Julián Sanz del Río, Nicolás Salmerón, Francisco Giner de Los Ríos, y Eduardo Pérez Puyol. Y si nos fijamos en el siglo XX los krausistas residuales como Adolfo G. Posada (uno de los profesores de derecho de José María Gil-Robles), Salvador de Madariaga, Julián Besteiro o Fernando de Los Ríos, fueron acérrimos defensores de la representación corporativa. El que acuñó la expresión "democracia orgánica" fue el socialista Fernando de Los Ríos en 1917, y el que la desarrolló fue Madariaga en 1934 (4). Por tanto, sólo desde un sectarismo manipulador o ignorante puede interpretarse el corporativismo como una creación de los pensadores tradicionalistas, Alfredo Brañas y Juan Vázquez de Mella, que formularon sus esquemas a finales del siglo XIX. Otros defensores españoles de la democracia orgánica fueron liberales como Manuel Durán y Bas, Antonio Maura, Enrique Prat de la Riba o Angel Herrera, el promotor político del futuro líder de la CEDA (5).

3. Publicaciones durante la II República

El ideal de José María Gil-Robles durante la lI República fue dotar a España de una democracia corporativa por medios pacíficos. Como hijo de un teórico del tradicionalismo español, Enrique Gil y Robles (1841-1908) (6), estuvo muy influido por sus ideas, además de las de Balmes y Menéndez Pelayo (7).

Son cuatro los folletos que escribió o los libros que prologó durante estos agitados años en donde expresa sus ideales corporativos (8). El primero de ellos es el prólogo al libro de José Medina y Togores escrito en septiembre de 1932. En éste, Gil-Robles reconoce que, aunque es demasiado pronto para enjuiciar la obra de la República, sí se puede hacer ya un primer análisis. Lo primero que destaca Gil-Robles es que las elecciones que se celebraron el 28 de junio de 1931 cogieron desprevenidas a las derechas y el resultado electoral proporcionó una victoria a las izquierdas demasiado abultada, que había sido fruto del entusiasmo de los primeros momentos. Este espejismo hizo creer a los republicanos que España entera estaba con ellos y que podían tomar medidas radicales, aunque con ellas estuvieran excluyendo a media España:



«A nuestros revolucionarios les ha faltado el sentido de la medida. No se contentaron con una mayoría sólida, sino que se empeñaron en llegar a los límites del copo; no buscaron sólo la victoria , sino que aspiraron a aniquilar al adversario; no se satisficieron con una Cámara predominantemente revolucionaria, sino que cifraron su ideal en conseguir una Asamblea uniforme. Mas nada de eso bastaba. Tras el aniquilamiento numérico de las oposiciones debía venir su aplastamiento en la mecánica parlamentaria. Votos son triunfos. Y con este criterio brutal de mayorías, se ha ido a la realización integral del programa revolucionario, que en divorcio con el sentir de una masa enorme del pueblo, ha desatado la guerra espiritual entre los españoles, ha avivado con táctica suicida la hoguera de la lucha de clases, y está poniendo en gravísimo riesgo la misma existencia material de la nación. ¿Qué gobernar es transigir, impulsar en una dirección sin que los resortes salten, transformar lentamente la realidad en lugar de destruirla a mano airada? Cierto. ¿Pero qué importa todo esto al espíritu revolucionario español, nutrido de idealismos trasnochados y de atrasados rencores? (...) Las Constituyentes no han concluido su labor. Empeñadas en prolongar su divorcio con el país, aún consumarán nuevas violencias. Preparémonos por nuestra parte, para cuando llegue el momento de la rectificación, que impondrá la sociedad misma. Y cuando ese instante llegue, afrontemos la situación con hondo espíritu de justicia. No olvidemos la tremenda lección que la Providencia nos ha dado, para ejemplo de las generaciones futuras.» (9)



Siguiendo un orden cronológico, la segunda publicación sería el artículo de «Blanco y Negro» La vuelta al pasado. Gil-Robles denuncia los movimientos filosóficos que, según él, desde el Renacimiento no han hecho más que contribuir al ataque sistemático contra la espiritualidad del hombre. Era necesario que el espíritu ascético que representó la Edad Media se recuperara de algún modo:



«Las grandes convulsiones del mundo contemporáneo, desde la Revolución francesa hasta el comunismo, pasando por el positivismo filosófico, son consideradas por los modernos pensadores como etapas de la evolución renacentista, que ha agotado su poder creador. Se alzan voces que claman por la vuelta a la Edad Media, a su ascetismo dignificador del hombre a su sentido de la universalidad, a los principios inmutables y eternos en que España supo modelar esa suprema cultura que hoy revive y que late en lo más hondo del alma de la vieja ciudad castellana, símbolo de las glorias del pasado y guión de las empresas espirituales del futuro...» (10).



La tercera publicación sería el prólogo al libro del gran historiador Jesús Pabón y Suárez de Urbina, diputado también por la CEDA. El prólogo está escrito precisamente durante la revolución de octubre de 1934, y sintetiza la táctica de la CEDA para transformar el régimen republicano, haciéndolo más moderado. La actitud de la CEDA en palabras de Gil-Robles es de proselitismo y optimismo:



«España no ha cambiado solamente un régimen social secular, sino, lo que es más grave, ha perdido su alma y con ella su misma razón de ser como nación. Sujeta a los violentos vaivenes de la pasión desatada, pretenderá, cuando pase la primera oleada subversiva, buscar nuevamente el camino de su vida. Camino de dolor, de sacrificio, de lenta reconquista de pasado espiritual, que le haga obtener la victoria, que ha de ser ante todo la victoria sobre si misma. Proceso difícil y erizado de peligros, camino áspero y pedregoso, en cada una de cuyas revueltas encontrará el pueblo español un aspirante a guía de sus afanes, que le mostrará el atajo salvador capaz de evitarle la subida dolorosa hacia la cumbre... Para esa subida fatigosa pidió Pabón un puesto de vanguardia. Era preciso animar a los vacilantes; llamar con voces de amor a los tibios, correr en busca de los desalentados, que por miedo a los rigores de la ascensión marchan por el atajo al borde del precipicio; encender una antorcha de fe cuanto más densa sea la niebla que borra el sendero y oculta la cima; refrescar el alma con un donaire cuando la calumnia, la insidia o la murmuración pretenden clavar en ella sus garras... ese es el hombre y esa es la labor que en su libro se refleja. En los comienzos de la lucha, el toque de clarín que convoca a las huestes dispersas; seguidamente, la orientación doctrinal, segura que traza un programa y que define una táctica, después sin perder un minuto, la lucha incansable de difusión y proselitismo; mas tarde, la valoración exacta de la primera etapa de la marcha victoriosa; y siempre la palabra justa, la orientación certera, la frase emotiva, el humorismo sano, el optimismo creyente.» (11)



Su última publicación es la más importante de todo el período republicano, porque aquí se encuentra una pregunta fundamental. La de si era corporativista. La respuesta es sí, pero matizado, porque su corporativismo está inspirado en las doctrinas tradicionales. Su corporativismo era posibilista. Es decir, aceptaba de momento el régimen existente en España y trataba de cambiarlo, modelarlo, pero siempre de un modo evolucionista. A la altura de 1935 Gil-Robles conservaba íntegro ese pensamiento corporativo de su juventud, es decir, tradicional y conservador pero con algunos elementos liberales, ya que no consideraba la eliminación de los partidos políticos como objetivo prioritario, sino solamente como un ideal. Gil-Robles rechazaba ese liberalismo jacobino de la Revolución Francesa:



«Concluyó con los tenues vestigios que aún perduraban de vida corporativa, y construyó todo su sistema sobre la base del individuo. De aquí nacieron, por modo necesario, los dos ejes de la vida social y política contemporánea: el partido político y el sindicato de clase.» (12) Este racionalismo liberal «ha destruido los principios unificadores de la opinión pública; y el individualismo, al destruir o desconocer los núcleos sociales condensadores de esa misma opinión, ha dejado como única realidad los partidos políticos. ¿Quiere esto decir que los partidos sean cosa insustituible, y que en su necesidad radique el título moral y jurídico de su existencia? En modo alguno. La convivencia nacional exige su limitación primero, y como ideal, incluso su desaparición, al menos como factor decisivo de la política de un país. Mas esa labor limitadora habrá de ser en máxima parte obra de la sociedad misma, por virtud de un aumento de la labor educativa de las masas, y de un retorno a los grandes principios universales. Pretender la desaparición de los partidos por la acción violenta y coactiva del poder público equivale en práctica, por mucho que se pretenda encubrir esa realidad con fórmulas pomposas, a consagrar el absoluto predominio de un partido, cuyo programa y cuyos principios se identifican con los del Estado mismo. (...) Hoy, que con tanta desorientación y ligereza se habla de las nuevas estructuras del Estado, bueno será reivindicar para la escuela social católica la gloria purísima de haber defendido en, plena época de predominio individualista, la integridad del principio corporativo». Y luego al respecto de éste dice Gil-Robles: "El primer inconveniente con que se tropieza al ir a concretar el pensamiento sobre el tema corporativo es su propio contenido. Para unos, el corporativismo es tan sólo un sistema de economía dirigida. Hay quienes piensan que puede ser un sindicalismo al estilo de Sorel, aunque despojado de su espíritu revolucionario, y no son pocos quienes aseguren que es pura y simplemente la fase social de un sistema político totalitario. Cualquiera de estos dos enfoques es erróneo por parcial y limitado. El verdadero corporativismo es un sistema completo. Abarca el orden económico, el social y el político; tiene por base agrupaciones de hombres según la comunidad de sus intereses naturales; y aspira a la representación pública y distinta de tales organismos, como remate y coronamiento del sistema. Con razón se ha dicho, pues que el corporativismo no es una nueva economía, ni una nueva organización sindical, ni una política, ni un nuevo Estado. Es todo ello. Es un orden nuevo, y, por lo mismo, la unidad resultante de una conveniente disposición de todos sus elementos componentes.» (13)

4. La Guerra Civil

Existen varias publicaciones de Gil-Robles durante la guerra civil que permiten comprobar su apoyo al Alzamiento (14). Gil-Robles pertenecía a la media España que no se resignaba a morir por la arbitrariedad y anarquía de un gobierno como el del Frente Popular. De la misma manera que Cambó, Madariaga, Maeztu, Ortega, D'Ors, Menéndez Pidal, Pemán, Unamuno, Marañón, Baroja, Ayala, Serrano Suñer, Benavente, Falla y una larga lista de figuras de la intelectualidad y de la política, Gil-Robles dio todo su apoyo al bando nacional. Sus escritos lo corroboran.

En su primera publicación, España encadenada, Gil-Robles hace un breve recorrido de lo que significó la República: la exclusión desde 1931 de media España a pesar de que aceptó el régimen y estaba dispuesta a colaborar (15). El Alzamiento fue una respuesta contra la anarquía que fomentaba el Gobierno, cada vez más inclinado a los elementos extremistas del Frente Popular:



«A elementos muy significados del sector moderado del Partido Socialista, les oí yo personalmente decir que la política de anarquía iniciada en febrero preparaba un movimiento militar. Todos consideraban inminente un levantamiento. El asesinato del señor Calvo Sotelo, preparado por el Gobierno, que el mismo día pretendió asesinarme a mí, fue la chispa que hizo brotar el incendio de la indignación nacional. Se equivocan quienes afirman que el movimiento nacional español es un levantamiento meramente militar, al estilo de los del siglo XIX. El Ejército ha sido el iniciador, y es el instrumento eficaz de la victoria. Pero al lado suyo están todos los españoles que no se resignan a caer en las garras del comunismo, sin distinción de regiones ni de clases sociales. Es el movimiento de todo un país que al salvarse a sí mismo, va a salvar a toda la civilización occidental. Dentro del movimiento estamos todos los partidos de derecha, tanto los que propugnaron siempre soluciones de fuerza, como los que luchamos realmente en el terreno de la democracia.» (16)

En el segundo escrito, prólogo al libro de Ramón Ruiz Alonso Corporativismo, escrito en 1937, se aprecia que es partidario del sistema corporativo, que entronca con la tradición católica española, buscando en ella las raíces para un nuevo Estado. Cada nación goza de unas características propias que no pueden traspasarse a otras, por lo que no hay un único modelo corporativo para todas las naciones. Ni siquiera dentro de una nación las agrupaciones tienen características idénticas (17). Pero sobre todo hay que señalar que Gil-Robles rechaza explícitamente el panteísmo que significan los sistemas fascistas porque en ellos el individuo sólo actúa dentro del Estado y se subordina a sus necesidades (18).

Asimismo, durante su estancia en Portugal, Gil-Robles prologó un libro de Salazar, como ferviente admirador que era del estadista portugués. En él veía un ejemplo de austeridad y de honradez. Era un hombre modesto y políticamente desconocido, que por primera vez habló a Portugal en un lenguaje claro y sencillo. Gil-Robles lo presenta como una especie de cirujano de hierro que estaba operando sobre las vísceras de su pueblo (19). Al mismo tiempo admira el corporativismo de Salazar, tomando como modelo su Constitución corporativa, que garantizaba los derechos de la persona; situándose lejos del individualismo liberal y del estatismo panteísta (20). En suma, el fracaso de la experiencia liberal en España durante la II República y la Guerra Civil le llevaría a Gil-Robles a desarrollar más aún un modelo corporativo para España encarnado en la persona de Don Juan de Borbón.

5. Un modelo corporativo para España

El antiguo líder de la CEDA al igual que otros grandes intelectuales de su época como Salvador de Madariaga, pensó que el modelo de democracia que había vivido España durante los años treinta, fracasó en la guerra civil. Por eso había que buscar una síntesis entre el parlamentarismo a ultranza de la II República española y el régimen de Franco. El creyó, como Madariaga, que la solución estaba en el corporativismo católico, con algunos matices parlamentarios. durante la II República el pensamiento de Gil-Robles fue en líneas generales demócrata-liberal. Aunque las juventudes de Acción Popular acusaron el tirón autoritario de la época, él supo mantenerse dentro de la democracia. Su posibilismo, no defendía explícitamente ningún régimen político; sino que acataba y respetaba el existente en aquellos momentos en España. El «Jefe» pensó que así prestaba un gran servicio a España tratando de situarse a medio camino de los que defendían soluciones revolucionarias basadas en la dictadura del proletariado (el ala dura del Partido Socialista capitaneada por Largo Caballero, el Partido Comunista y los anarquistas), y aquellos que solamente pensaban en un golpe de Estado para acabar con la República e imponer un Estado totalitario. También rechazó el anticlericalismo de Azaña porque no respetaba a la mayor parte de los españoles, que se consideraban católicos. En los años cuarenta, él y muchos otros hombres de la CEDA pensaban que volver a ese sistema parlamentario de la República solamente podía conducir a España de nuevo al caos revolucionario.

En 1944 José María Gil-Robles estaba apartado en Bussaco por presión expresa de Franco a Oliveira Salazar. Allí decidió escribir Derecho Público Cristiano, con la tímida esperanza de que ayudara a fijar las ideas en la hora de la confusión que se avecinaba. Erróneamente, Gil-Robles creía que los aliados iban a presionar a Franco cuando ganaran la II Guerra Mundial. Este libro no aspiraba a ser un tratado doctrinal, sino un simple resumen de la doctrina tradicional aplicada a los más graves problemas del momento:



«Un Cristianismo que no convierta la defensa de los principios salvadores en bandera de persecución de los adversarios; que imponga fervientemente las normas de la justicia en las relaciones de los individuos y de las clases; y que sin mengua de firmeza en el mantenimiento de la doctrina, lleve torrentes de caridad a los desvalidos y extraviados.» (21)



Gil-Robles piensa que el cristianismo fue el principal elemento transformador del mundo romano, ya que éste se basaba en un fuerte paganismo y que el cristianismo se mostró desde el primer momento incompatible con una concepción absorcionista del hombre por el Estado. Después de la caída del Imperio Romano, el catolicismo apareció como el único modelo de Gobierno ordenado y estable porque en su seno se armonizaron la tradición romana de autoridad y el principio de la libertad basado en la dignidad que corresponde al hombre por el mero hecho de serlo. Después, durante la primera parte de la Edad Media, el feudalismo fue un modelo de equilibrio basado en una serie de instituciones que dieron a la sociedad el comienzo de una estructura orgánica, marcándose la distinción y la jerarquía de las clases; afirmando la libertad de las clases medias y de los núcleos rurales. La Edad Media fue un poderoso condensador de energías espirituales que conservaron una reserva inagotable de potencia generadora: el vigoroso impulso del Renacimiento no hubiera sido posible sin el inmenso caudal acumulado por las fuerzas del espíritu. Pero por desgracia, la corriente renacentista no tardó mucho en ser infiel a los principios del cristianismo. El humanismo no fue una disciplina mental, sino que se erigió en ideal social y estético, empapando de individualismo la vida de todo el Renacimiento (22).

Para Gil-Robles, este individualismo feroz llevó a un totalitarismo porque al desaparecer las corporaciones, el individuo quedó solo frente al Estado. Es decir, el Estado solitario estaba ya a dos pasos del Estado totalitario, impregnado de filosofía racionalista que negaba la filosofía tradicional. Rousseau, defensor máximo de la doctrina individualista, tenía un nexo de unión con el panteísmo de Hegel, inspirador de los antihumanos estatismos contemporáneos, que habían fracasado estrepitosamente (23).

Pasando al concepto de nación, Gil-Robles la define como «la forma estatal más perfecta de organización de la sociedad política. Sus elementos integrantes son: una colectividad humana, superior por su extensión a la simple agrupación familiar o gentilicia; un territorio propio en que poder desenvolver sus actividades; y una independencia soberana. Sin estos tres factores esenciales, la nación no existe». No obstante, señala que la nación es producto de una multitud de factores, morales y materiales, que han hecho surgir una personalidad colectiva con caracteres diferenciales perfectamente definidos. Algunos de estos factores que dieron alma a la nación fueron: el territorio con sus agentes físicos, las razas, con sus notas especificas, y la historia. Para Gil-Robles, contra esta concepción de la nación, pugnó el principio racista contemporáneo y el materialismo histórico, desvalorizadores ambos de las más puras esencias humanas (24). Él defiende la existencia de un sentimiento nacional patriótico en cada nación pero rechazando los nacionalismos porque se identifican con la existencia de un poder estatal fuerte. Este nacionalismo de los liberales españoles y europeos, destruyó en el siglo XIX todas las personalidades infraestatales, desarticulando, por tanto, a los miembros de la nación; dejando reducida la sociedad a una masa inorgánica, apta para todos los ensayos revolucionarios y empujada al borde mismo de la disolución y la muerte.

Como pensador católico tradicional, se opone al concepto de libertad que presentan los defensores del protestantismo y de la filosofía racionalista. Es decir, la libertad absoluta e ilimitada, generadora de una total emancipación del pensamiento y de la vida porque es un elemento disgregador de la estructura social: esa libertad que aspiró a romper toda norma superior a la orgullosa razón humana. En 1944, vuelve a reivindicar el concepto de libertad corporativa, o lo que es lo mismo, la libertad moral que el hombre tiene para elegir, pero sometida a una voluntad superior y limitada a la realización del bien colectivo. En resumen, la libertad está limitada por los derechos ajenos, empezando por Dios y siguiendo por la libertad de los demás. Los derechos del individuo acaban donde empiezan los derechos de los demás, dentro del orden supremo de la creación (25).

Para Gil-Robles la libertad basada exclusivamente en el individuo significa el desbordamiento revolucionario. La consecuencia a esta idea de libertad es para nuestro pensador su oposición a una libertad absoluta de pensamiento:



«Si todo pensamiento es lícito por sí mismo, como producto de una razón que es su propia ley, ¿como pueden ser ilícitos los actos que a ese pensamiento se acomoden? A un ser que le es permitido pensar todo lo que quiera, se le debe también tolerar que realice todo lo que se le antoje. ¿Podría subsistir sociedad alguna en condiciones tales?» (26)

También se opone a la libertad de cultos porque una tolerancia religiosa puede llevar a la división religiosa hasta asegurar a los cultos no verdaderos una condición de paridad en su ejercicio con la verdadera religión. Pero, en cambio, se muestra partidario de proteger a las personas que practican otras religiones, para que puedan ejercitar sus cultos mientras no pugnen con los principios fundamentales de la moral. En lo que se refiere a la enseñanza, tiene que estar en manos de los padres y de la Iglesia, de las corporaciones y del Estado. Gil-Robles critica frontalmente el monopolio de la educación por parte de los Estados totalitarios (27).

En otro de los apartados de este libro, Gil-Robles sintetiza la teoría de las élites que Ortega y Gasset expuso en La rebelión de las masas, al considerar que uno de los fenómenos más llamativos de la vida contemporánea ha sido la irrupción de las multitudes en la política. Sin embargo, no se muestra partidario de una solución autoritaria, sino de una solución nutrida de espíritu tradicional. Critica el maquinismo, el industrialismo y la vida moderna que han originado la democracia liberal, la cual ha sido responsable de muchas carencias sociales de las clases humildes. La autoridad tiene que ser de derecho divino natural, o lo que es igual de derecho que deriva de la naturaleza de la sociedad civil, creada por Dios (28). No obstante, señala que el catolicismo no es incompatible con la participación del pueblo en las tareas de Gobierno, pero a través de los órganos de la sociedad.



Otro de los puntos que hay que destacar de Gil-Robles sobre la obediencia a la autoridad es la rebeldía legítima frente a un poder tiránico. Para él, hay que distinguir entre la resistencia pasiva a las órdenes de la autoridad y la resistencia activa o insurrección. La primera no es sólo legítima, sino obligatoria cuando las órdenes a la autoridad conculcan los preceptos divinos, o desconocen esos fundamentales derechos con cuyo ejercicio busca el hombre su perfeccionamiento espiritual y la realización de un fin ultraterreno. Sostener en este caso la obediencia debida es, para don Jose María, equivalente a admitir la legitimidad de la injusta ordenación soberana; recordando a Balmes, quien dijo que la obligación de obedecer es correlativa al derecho de mandar.

Un problema mas delicado es el referente a la resistencia activa, por las fatales consecuencias que su aplicación puede entrañar aún en casos de legitimidad absoluta, y por el riesgo de generalizar abusivamente de un medio extraordinario que sólo puede aplicarse en coyunturas extremas. Aquí en este punto, Gil-Robles rechaza frontalmente el tiranicidio porque la paz y estabilidad de la sociedad civil quedarían a merced de la maldad de un asesino o de la locura de un fanático, elevado, por una corriente ficticia de opinión pública descarriada, a la categoría de ejecutor de justicia social. Esto, para él, quiere decir que para que la insurrección pueda considerarse lícita se necesita el concurso de varias circunstancias graves: que el abuso de la autoridad sea habitual y grave, o que ponga en riesgo evidente los intereses supremos de la colectividad, que no haya medio normal de evitar o de atenuar el daño que de ese ilegítimo ejercicio del poder se siga, y que se tenga la seguridad racional de que al empleo de la violencia no se habrán de seguir mayores males de aquellos que se quisieron evitar, limitándose a lo indispensable para lograr los fines propuestos (29).

La monarquía y la república, fueron uno de los principales aspectos del pensamiento y actuación política de José María Gil-Robles. Siempre se consideró monárquico. Por eso apoyo a don Juan cuando éste se lo pidió. La idea de Gil Robles de la monarquía estaba por encima de los partidos y de las clases, ya que la fuerza misma de la Institución que encarnaba el rey, estaba por encima de todo, excepto de Dios. El rey, como no recibía su voto precario de una mayoría no tenía que preocuparse por captar adeptos, ni ganar sufragios, ni contentar clientelas, y tenía, por tanto, mayores posibilidades de resolver los problemas de una sociedad o de corregir los excesos y desviaciones pasionales de un momento determinado. En suma, la monarquía era para él un factor de estabilidad. Sin embargo, él seguía la doctrina de León XIII, de acatamiento leal a los poderes establecidos. Por eso, Gil-Robles acató lealmente la República, sin necesidad de declararse republicano. En esto consistía su posibilismo: en acatar la forma de gobierno existente en cada momento.

Gil-Robles opina que de las instituciones surgidas a raíz de la democracia revolucionaria, ninguna había suscitado más críticas ni había sido más perjudicial que las asambleas parlamentarias. Estas no representan la pretendida soberanía del pueblo más que en el instante en que se vota. Cuando ese momento pasa, dice Gil-Robles, se vuelve a una servidumbre efectiva, mientras que la soberanía queda entregada a una colectividad irresponsable, designada de hecho -aún en la mas amplia aplicación del sufragio universal- por una pequeña parte de la sociedad. El tan poderoso absolutismo de los reyes, había sido reemplazado por la ilimitada tiranía de las soberanías parlamentarias. Como modelo de representación nacional, Gil-Robles, reivindica, al igual que su padre, el sistema político de la Edad Media (30).

6. Conclusión

José María Gil-Robles fue un político muy controvertido. Su ideal era transformar la estructura política española de la II República, basada en continuos enfrentamientos entre los distintos partidos, en un sistema corporativo. De este modo, según su pensamiento, podrían calmarse los ánimos y evitar la guerra civil. Sin embargo, sabía que implantar en España el corporativismo no era una empresa fácil y en todo caso había que conseguirlo por medios pacíficos. Por eso la CEDA fue posibilista. Su táctica política consistía en aceptar el juego parlamentario de la República para moderar o frenar, en la medida de lo posible, la peligrosa pendiente revolucionaria.

Los socialistas también tenían una especie de posibilismo. Su ideal era la dictadura del proletariado. Pero mientras que Gil-Robles no se apartó de la legalidad, el PSOE prefirió pasar a la acción en octubre de 1934 para derribar la República parlamentaria e imponer por la fuerza su ideal: la dictadura del proletariado. Admitiendo que el futuro de la República dependía del PSOE y de la CEDA fueron los socialistas y no los partidarios de Gil-Robles los primeros en apartarse de la legalidad. El argumento de que Gil-Robles pensaba acabar con la Constitución de 1931 por la fuerza era falso porque «¿qué ocasión mejor que la que le proporcionaron sus adversarios alzándose contra la misma Constitución en octubre de 1934, precisamente cuando él, desde el poder, pudo como reacción haberse declarado en dictadura?» Lejos de haber demostrado en los hechos apego al fascismo Gil-Robles salió de esta crisis como un convicto y confeso parlamentario (31).

Pero además, ya desde una fecha tan temprana como 1931, Largo Caballero venía amenazando con la guerra civil (32). La CEDA no empezaría a hacer contraamenazas hasta 1934. Si la revolución se echaba a la calle, ellos no dudarían en defenderse. Así lo dijo Gil-Robles en la concentración masiva de la JAP en San Lorenzo de El Escorial el 22 de abril de 1934. En realidad, como ha demostrado Pío Moa, la guerra civil empezó en octubre de 1934. El período que sigue hasta julio de 1936 no es más que un paréntesis de los dos bandos para afilar las armas y prepararse para la lucha final (33).

Lógicamente, la guerra civil supuso para Gil-Robles una especie de decepción o reconocimiento de que su táctica posibilista había sido un fracaso. Es por eso por lo que se inclinó fuertemente hacia el corporativismo. Creyó que Franco abandonaría, voluntariamente u obligado por las circunstancias, el poder en 1945 para dar paso a Don Juan. Creía que si el hijo de Alfonso XIII se hubiera convertido en el Jefe del Estado, no hubiera sido para traer la democracia liberal, sino una democracia corporativa. La prueba de ello es que Gil-Robles, su asesor principal durante estos años, preparaba a conciencia una estructura corporativa para España. Las Bases de Estoril, ejemplo de democracia corporativa, fueron en parte redactadas por Gil-Robles tomando como modelo su libro Derecho Público Cristiano. No obstante, el liberalismo no se extinguió completamente en el pensamiento de Gil-Robles. Renacería con mucha fuerza en los años sesenta y sería definitivamente el elemento dominante de su pensamiento, aunque siempre con un fondo de corporativismo (34).



Alfonso Rojas Quintana

Notas

1 Véase Rojas Quintana, F.A.: José María Gil-Robles (1898-1980). Una biografía política. Tesis doctoral inédita, Universidad Complutense, 2000 (en vías de publicación). Arrabal, J.: José María Gil-Robles, Avila, 1935; fue una especie de biografía electoral llena de admiración. Véase también la biografía de Boissel, A.: Un jefe. Gil-Robles, San Sebastián, Librería Internacional, 1934, que es básicamente un resumen de la de Juan Arrabal. Por su parte, Gil-Robles, caudillo frustrado, Madrid, 1967, de Gutiérrez Ravé, J.A., nos ofrece también una versión positiva, aunque ataca a Gil-Robles por su actitud ante el famoso «contubernio de Munich». Según Beltrán de Heredia, cuando apareció esta biografía se creyó que Gil-Robles la había financiado. Este señor es el máximo especialista sobre Gil-Robles. Lo conoció por primera vez en 1929, cuando don Pablo era un niño de doce años y Gil-Robles (como antiguo alumno) visitó su colegio, «María Auxiliadora», de los Salesianos, en Salamanca, para dar una conferencia. En 1931, en los locales de Acción Popular escuchó también otra conferencia sobre Derecho Político Comparado, y en 1935, en la inauguración de la Casa Museo de Menéndez Pelayo, en Santander, volvió a coincidir con don José María. Su amistad con él comienza en 1938, cuando don Pablo, desde El Ferrol, le envió una carta a Estoril solidarizándose con él por la tremenda campaña contra su figura que se había desatado en la prensa falangista. Don José María se lo agradeció y fueron amigos durante toda la vida. Gracias a don Pablo fueron posibles muchos de los libros de Gil-Robles, como La Monarquía por la que yo luché. No fue posible la paz, Cicerón y Agusto, etc. Hace unos años publicó en la colección «Clásicos de todos los años», que dirige desde hace muchos años, un capítulo inédito de la segunda parte de las memorias de Gil-Robles, continuación de No fue posible la paz. Gil-Robles, J. M.ª: Oliveira Salazar, Prólogo de Pablo Beltrán de Heredia. Colección «Clásicos de todos los años», número 26. Santander, 1997. También ha publicado el extracto de un libro inédito: Gil-Robles, J. M.ª: Últimos encuentros con Franco. Colección «Colofón del año», núm. 13. Santander, 1997.

2 «Mundo Obrero», 18-7-1936.

3 Franco Salgado-Araujo, F.: Mis conversaciones privadas con Franco, Barcelona, Planeta, 1977, págs. 524-525.

4 Madaragiada, S. de: Anarquía o Jerarquía, Madrid, Aguilar, 1934. Madariaga ofreció uno de los primeros ejemplares de este libro al general Franco, quien lo leyó con mucho interés. Madariaga no expone en este libro las excelencias de la democracia liberal, sino que propone para España la democvracia orgánica. Es decir, una democracia autoritaria sin partidos políticos y con las instituciones «naturales» de la sociedad: la familia, el municipio y las corporaciones, como fuentes principales de la vida política. Dos años antes de la guerra civil lo que propuso Madariaga fue el régimen que aplicó el general Franco, basado en este modelo de democracia orgánica. Véase también Los teóricos izquierdistas de la democracia orgánica..., op. cit., págs. 91-95.

5 Fernández de la Mora, G.: Los teóricos izquierdistas de la democracia orgánica, Barcelona, Plaza & Janes, 1985, págs. 12-20. Idem: Herrera y la democracia orgánica, en «Razón Española» npum. 27, mayo 1987, págs. 325-333.

6 Enrique Gil y Robles era corporativsta en el sentido de que afirmaba la existencia de cuerpos intermedios que se escalonanentre el individuo y el Estado, como la familia, el municipio, la provincia y la religión. Véase Gil y Robles, E.: Tratado de Derecho Político según los principios y filosofía del derecho cristiano, Salamanca, 1899 (dos vols.); El absolutismo y la democracia, Salamanca, 1892, Ensayo de metodología jurídica, Salamanca, 1893; Guía y programa de derecho administrativo, Salamanca, 1899; El catolicismo liberal y la libertad de enseñanza, Salamanca, 1896. Véase Rojas Quintana, F. A.: La Restauración erdida: Enrique Gil y Robles, en «Cánovas y su época» (dos vols.), Madrid, Veintiuno, 1999, págs. 547-566.

7 En 1919, poco después de comenzar la publicación del «Boletín de la Biblioteca de Menéndez Pelayo» se anunció un concurso sobre el tema «La Patria y la región, según Menéndez Pelayo». Obtuvo el primer premio el estudio de Pedro Sainz Rodríguez, y el accésit se concedió al trabajo que realizaron José María Gil-Robles y Luis García Rives, del cuerpo de bibliotecarios. Véase Gil-Robles, J. M.ª, García Rives, L.: La Patria y la región, según Menéndez Pelayo, en «Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos», XLIII, págs. 260-280 y 453-454, Madrid, 1922.

8 Medina y Togores, J.: Un año de Cortes Constituyentes (impresiones parlamentarias). Prólogo de José María Gil-Robles, Madrid, Editorial Ibérica, 1932; Gil-Robles, J. M.ª: La vuelta al pasado, «Blanco y Negro», Madrid, 11 de junio de 1933; Tardieu, A.: La reforma del Estado. Su problema en España, preámbulo de José María Gil-Robles, Madrid, Librería Internacional, 1935; Pabón y Suiárez de Urbina, J.: Palabras en la oposición, prólogo de José María Gil-Robles, Sevilla, Talleres Gráficos, 1935. Además de estos artículos de pensamiento fueron impresos los siguientes discursos del líder de la CEDA: Gil-Robles, J. M.ª: Cómo me encontré el Ejército y lo que quise hacer de él, Madrid, Imprenta de Ernesto Giménez, S. A., 1935. Gil-Robles, J. M.ª: Discurso pronunciado por don José María Gil-Robles en la Asamblea de las juventudes de Acción Popular el día 9 de septiembre de 1934, Oviedo, 1934.

9 Un año de Cortes Constituyentes..., op. cit., págs. VII-VIII (prólogo).

10 La vuelta al pasado, Madrid, «Blanco y Negro», 11 de junio de 1933.

11 Palabras en la oposición..., op. cit., págs. 8-9 (prólogo).

12 La reforma del Estado. Su problema en España..., op. cit., pág. 25.

13 Ibid..., págs. 29-32.

14 Salazar, O.: El pensamiento de la Revolución Nacional (prólogo y traducción de José María Gil-Robles), Buenos Aires, Editorial Poblet, 1938. Gil-Robles, J. M.ª: España encadenada, El Paso, Texas, Editorial Revista Católica, 1936. Ruiz Alonso, R.: Corporativismo. Prólogo de José María Gil-Robles, Salamanca, Imprenta Comercial Salmantina, 1937.

15 España encadenada, op. cit., pág. 28.

16 Ibid, pág. 28.

17Corporativismo..., op. cit., pág. 22.

18 Ibid, págs. 25-26.

19 El pensamiento de la revolución nacional..., op. cit., pág. 9.

20 Ibid, págs. 15-16.

21 Gil-Robles, J. M.ª: Derecho público cristiano, Bussaco, 1944, págs. IBV. Original inédito mecanografiado de José María gil-Robles. Archivo Gil-Robles. Depositado en el Fondo Histórico de la Universidad de Navarra. Sección Pablo Beltrán de Heredia.

22 Ibid, pág. 7

23 Vemos por lo tanto que José María Gil-Robles está en contra del fascismo y del nazismo.

24 Gil-Robles, en notas a pie de página, hace una defensa de la encíclica «Mit brenender sorge», de Pío XII, contra los postulados racistas de Rosenberg, el filósofo del nazismo, autor de El mito del siglo XX, libro que inspiró la doctrina racista de Hitler.

25 Ibid, pág. 39. Gil-Robles recoge esta cita de su prólogo al Pensamiento de la revolución nacional, de Oliveira Salazar, publicado en 1937.

26 Ibid, pág. 47. Insisto en que este pensamiento de gil-Robles no debe ser juzgado con criterios actuales, porque daría lugar a un error de interpretación. Es producto del pensamiento de los españoles de su época, que abominaban de la democracia porque creían que había conducido a la guerra civil.

27 La II República española trató de controlar la escuela para formar conciencias republicanas; no respetando el derecho natural que tienen los padres de elegir la enseñanza que más crean conveniente para sus hijos. El director general de Enseñanza Primaria, Rodolfo Llopis, escribió un libro explicando este programa. Véase Llopis, R.: La revolución en la escuela, Madrid, Aguilar, 1933: «La escuela ha sido siempre el arma ideológica de todas las revoluciones. La escuela tiene que convertir a los súbditos de la Monarquía borbónica en ciudadanos de la República» (pág. 22).

28 Ibid, pág. 64.

29 Aquí puede observarse que Gil-Robles está explicando su postura ante el Alzamiento de julio de 1936, que apoyó, para luego, según su pensamiento, desligarse del régimen de Franco, porque creía que habrían de seguirse mayores males de aquellos que se quisieron evitar, como un régimen autoritario demasiado prolongado. La postura que siguió Gil-Robles de desligarse del régimen nada más acabada la guerra civil es coherente con su pensamiento. S uapartamiento de Franco bno puede explicarse por una actitud de resentimiento personal. Para Gil-Robles el régimen de Franco debería de haberse acortado para dar paso a la monarquía católica tradicional con don Juan, pero no a la democracia liberal.

30 Ibid, pág. 110.

31 Madariaga, S. de: España. Ensayo de Historia Contemporánea, Madrid, Espasa-Calpe, 1979, págs. 362-363.

32 En noviembre de 1931, Francisco Largo Caballero amenazó con que si las Cortes eran disueltas antes de que hubieran completado su mandato: «La Unión General de Trabajadores (UGT) y los socialistas interpretarían este hecho como una provocación que nos obligaría a proceder a una guerra civil». Véase Carr, R.; Fusi, J.P.: República y guerra civil. La crisis de la España contemporánea (1931-1939), Madrid, Espasa-Calpe, 1999, pág. 18.

33 Moa, P.: Los orígenes de la guerra civil, Madrid, Ediciones Encuentro, 1999; Los personajes de la República vistos por ellos mismos, Madrid, Ediciones Encuentro, 2000.

34 Unos meses antes de morir Gil-Robles pronunció el 19 de junio de 1980 una conferencia en el hotel Eurobuilding de Madrid sobre la personalidad de Navarra y contra los deseos expansionistas del nacionalismo vasco. En la última conferencia de su vida reivindicpo los elementos infraestatales: municipio, provincia y región. Véase Gil-Robles, J. M.ª: La aventura de las autonomías, Madrid, Rialp, 1980, págs. 202-210.



 

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