Razón Española, nº 108; Una lección del Imperio Romano

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Una lección del Imperio Romano

Por Luis Suárez Fernández

Editorial: Razón de ser indice El amanecer de Europa

Una lección del Imperio Romano

En el ocaso de las ideologías, que tanta sangre derramaron antes de que se abriera una conciencia de su terrible fracaso, se interroga frecuentemente a los historiadores acerca del futuro. Son muchos los que creen que la tarea de éstos no consiste en formar la conciencia sobre los datos de que disponemos -explicar el presente como término de llegada de un largo proceso- sino en descubrir lo que inmediatamente puede acae-cer. Algunas veces también el historiador se siente tentado por esa especie de virtualidad que consiste en reflexionar sobre qué acontecimientos hubieran tenido lugar si la nariz de Cleopatra hubiera sido más larga o en el caso de que la lluvia no hubiera sobrevenido en la mañana de Waterloo. Y aunque la respuesta ha de ser, en todo caso, negativa, queda una constancia: de cómo las cosas fueron en el pasado deberíamos extraer una experiencia. Es verdad que el ser humano es suficientemente tonto para tropezar dos veces con la misma piedra. Pero si está convenientemente advertido, la descubre y puede evitarla.

La metodología marxista, incorporada a los nacionalismos radicales, ha causado gran daño, reduciendo la Historia global -seis mil años, que son los que abarcan nuestras fuentes- a límites reducidos de tiempo, en el caso de la primera, y de espacio, por influencia de los segundos. Pero si pretendemos reconducir la conciencia de las actuales generaciones a lo que sucedió únicamente después de 1848 o a lo que afecta a los estrechos limites de una nacionalidad, causamos un daño terrible a las conciencias. La piedra situada más allá de la fecha límite o del espacio concreto, no será descubierta, e inevitablemente tropezaremos en ella.

De todas partes nos llegan advertencias muy serias: la Humanidad camina al desastre a menos que se restablezca el equilibrio en la Naturaleza, se ponga freno al despilfarro de bienes, se ayude a los pobres a producir por sí mismos aquello de que carecen y se detengan la violencia, el erotismo y la drogadicción. Pero no nos engañemos: estamos hablando de una restauración del orden moral y no sólo de la ética cambiante que establecen los hombres. Hace ya más de tres mil años que Moisés lo encontró grabado en tablas de piedra, como una revelación de las bases sobre las que se apoya el Universo. Esa moral, aunque se expresa en términos negativos -no matarás, no mentirás, no adulterarás, etc.- a fin de hacerse más asequible a la conciencia, reclama primordialmente acciones positivas: amar al mundo, amar al prójimo, amar en definitiva a Dios, de donde todo principio emana. Dar y defender la vida, decir la verdad, respetar la unicidad del ser humano. Ahí reside el secreto.

Ni el racismo ha muerto -asoma su fea cara tras los nacionalismos- ni el marxismo ha perdido la batalla esencial en torno a su mensaje materialista dialéctico que hace de la lucha, del odio, motor esencial de la existencia. Ninguna de las previsiones que se hicieran desde el cientificismo absoluto del siglo XIX se ha cumplido. No hay más control de los gobernados sobre los gobernantes, como anunciara Fukuyama en su importante mensaje al servicio del Departamento de Estado, sino, al contrario, desarrollo de poderes fácticos supranacionales que se estorban a la hora de hacer más equitativo reparto de los bienes de consumo, y acentúan la distancia entre paises ricos y pobres. Tampoco se ha producido un incremento de la racionalidad: al contrario, la democracia se inclina en favor de un voluntarismo esencial que separa a los que «son» de derechas de los que también «son» de izquierdas; el voto se mueve por la adhesión al «mío» o por el temor al «otro». No han desaparecido las guerras. Al contrario, son más crueles, al hacerse más directas. La Segunda Guerra mundial y sus aledaños contemplaron millones de víctimas cuya culpa era únicamente ser lo que eran. Y después, se decidió juzgar los crímenes así cometidos, pero siendo jueces los vencedores y reos únicamente los vencidos.

Tras la gran contienda, cuando humeaban las ruinas causadas por la lucha, se descubrió el gran error cometido en 1648, cuando los vencedores de otra contienda larga y cruel, decidieron suprimir los últimos resquicios que aun quedaban de una autoridad moral cristiana y encomendar a los Estados, como Hobbes aconsejaba, también el sostenimiento del orden ético. Pues no triunfaron ni la paz ni el «Derecho de gentes» -aunque este estaba perfectamente definido como resultado de un trabajo que iniciaran maestros españoles- sino únicamente la fuerza en un equilibrio de poder, pronto a romperse. Europa se ignoró a sí misma prescindiendo de sus raíces, para convertirse en el mas dilatado campo de batalla que nadie pudiera imaginar, en un ritmo creciente de destrucciones: guerras de Luis XIV, de la Sucesión de España, de la Pragmática, del Báltico y de los Siete Años, terribles guerras de Napoleón de las que podríamos presentar los españoles heridas lacerantes, y de Crimea, y del 70 y del 14 y del 39. En cada etapa el número de víctimas seguía la progresión geométrica .

De ahí la necesidad de establecer, de alguna manera, una autoridad que limitase la tendencia al enloquecimiento que parecía acometer a los Estados nacionales, aquellos que aprendían mucho descalificando al vecino como boche, gabacho o gringo o, entre nosotros, maqueto. Al mismo tiempo la ciencia no estaba devolviendo a esa concepción esencial: existe un punto de partida para el comienzo del Universo y una ordenación de éste en forma tal que, cuando se conculca, hasta los componentes del mismo se destruyen. Filósofos judíos y cristianos en época temprana, ya señalaron su coincidencia con el esquema moral que Dios ha comunicado al hombre. Todas las cosas han sido creadas con un fin y el ser humano no tiene derecho a alterarlo. Puede hacerlo, ya que ha sido dotado de libertad responsable. Pero cuando sustituye los términos, lo paga. Y de qué modo.

El Imperio romano no sucumbió a la invasión de los bárbaros venidos de Germania sino a causa de un grave desorden moral que ya San Pablo denunciaba en términos muy duros a principios del siglo I. Alterando el orden de la Naturaleza permitió una inversión completa en las costumbres. Primer error, concertó un mercado único y cerrado señalando a cada provincia lo que debía producir sin excederse. Era el equilibrio sin posible competencia. A fin de cuentas un hecho moral, ya que se trataba de regatear los bienes impidiendo el crecimiento. Hizo desaparecer el espíritu militar ciudadano convirtiendo las armas en una profesión: los romanos se apartaron de ella dejando que los germanos les sustituyeran a cambio de un salario. Con ello les proporcionaron los medios para adueñarse del poder. Rechazaron la doble finalidad del sexo -generar vida, producir amor- y la cambiaron por el egoísmo del placer. Sustituyeron el saber por la técnica y acabaron sometiéndose a ella. Y, sobre todo, impusieron una civilización de masas que sustituía el deber por el Derecho,y fomentaba los placeres de la competencia, el deporte de masas y el erotismo. Es útil e importante una lectura atenta de los autores latinos de la baja época. Coinciden en más de un aspecto con los de nuestro tiempo.

Hay, sin embargo, una lección ulterior. Constantino, que no era cristiano -su bautismo no se produce hasta el último minuto- contemplando las ruinas que en su entorno demostraban el hundimiento del inmenso edificio, descubrió también que la otra cara de la moneda, hasta entonces menospreciada y perseguida, esto es, la moral cristiana que, con su sentido de la existencia, estaba en condiciones de prestar al Imperio aquella vena esencial que éste necesitaba. No podemos decir que sirviera al cristianismo sino, mas bien, que se sirvió de él. Pero el resultado fue sorprendente: demolido en Occidente el nombre romano pudo conservarse en Oriente todavía mil años, en torno a una capital que se llamaba precisamente Constantinopla. Una ulterior reflexión a la europea debería ponernos ante el hecho de que este nombre haya sido sustituido por el turco de Istambul. No es la puerta, sino la tabla de salvación, la ciudad que no había conocido nunca mártires cristianos.

Muchas cosas deben ser tenidas en cuenta contemplando los modelos del pasado. Vivimos una postmodernidad que significa que los presupuestos de la ciencia moderna se encuentran superados: el conocimiento humano no se limita ya a la observación y la experimentación de los individuo concretos; admite que hay más allá de ellos realidades que deben ser tenidas en cuenta. Descubrimos que se ha cometido el grave error de confundir libertad con independencia irresponsable, como si todos los ciudadanos estuviesen autorizados a decir o hacer lo que les dé la gana. El éxito de las empresas se mide nuevamente por el nivel del beneficio que obtienen, no por los beneficios que producen. Aparecen de cuando en cuando historiadores o ensayistas, como Fukuyama que, afirmando que el nuestro es el mejor de los mundos que puede alcanzarse, nos invitan a colgar el cartel que Dante halló en la puerta del Infierno: «dejad fuera la esperanza» porque aquí está el fin supremo. Y en el libro de texto de la desaparecida Universidad Patricio Lumumba de Moscú se comenzaba afirmando el absurdo de que la ciencia puede demostrar la no existencia de Dios. Pero no es la fe el resultado de un razonamiento científico, sino una certeza comunicada a la que el hombre puede adherirse o no. También, en este caso, el rechazo se paga.

Dos grandes desafíos contempla la Humanidad en nuestros días: construir Europa y establecer normas universales de convivencia que garanticen la paz necesaria. Detrás de ambos existe un problema moral. Pues Europa no es, simplemente, un mercado -no voy a entrar en discusiones acerca de si fue este el modo mejor de comenzar- sino un conjunto de valores, una manera de ser y de pensar. Y todo ello, lo mismo que su bandera azul con estrellas, está impregnado de cristianismo. Si de alguna manera no vuelve a sus raíces, tratando de convertir la convivencia ciudadana en una proyección de los valores éticos, como muchos intentaron aunque nunca consiguieron, el resultado será, sin duda alguna, un desastre semejante al del Imperio romano. El orden moral devuelve las cosas a su punto, las hace correctas y eficaces; el desorden enloquece al hombre. Muchos síntomas hemos tenido. En el fondo de la insania de los totalitarismos no hay más que una inversión en el orden de valores como recordarán Pío XI y el cardenal Schuster hace ya muchos años: en vez de colocar al Estado al servicio de los ciudadanos, puso a éstos en el sometimiento al Estado. Y de esta inversión no hemos salido. Lo saben muy bien las grandes empresas multinacionales.

Esas normas universales de convivencia reclaman una previa definición del ius. Fue un gran descubrimiento romano, aunque se aplicara de modo parcial, a unos pocos ciudadanos con olvido de los demás. Tomás de Aquino, mente universal, descubrió sus auténticas dimensiones al definirlo con pocas palabras «suum unicuique tribuere». Precisamente es esta una de las dimensiones esenciales del orden moral cristiano, reconocer a cada uno aquello que es suyo. Tengamos el valor de renunciar a la tolerancia, que admite lo ajeno como un mal que se respeta pero sin modificar su índole, y entremos en el mandato universal del amor. La tolerancia hacia los judíos es el lejano antecedente de las persecuciones, la expulsión y el holocausto. El amor al prójimo es el mandato perentorio de Cristo.

La generación a la que pertenezco se vio influida por autores que, como Spengler, trataban de difundir el convencimiento de que las civilizaciones están condenadas a muerte desde el momento mismo de su nacimiento pues no pueden sustraerse al destino biológico a que se someten todos los organismos vivos. Toynbee, que operaba desde la conciencia de la crisis provocada por la Segunda Guerra, hizo ya una clara advertencia, que se abre camino, mostrando además cómo algunas de las altas culturas han sido capaces de remontar períodos de decadencia, renovándose en nuevas etapas. Pues la amenaza que se cierne sobre ellas es de carácter moral y consiste en esa especie de juego que significan el desafío y la respuesta. Es algo que nos obliga a meditar: la cuestión no estriba en un envejecimiento de las células sino en una pérdida de capacidad para resolver de manera correcta los problemas que se van plan-teando. Podríamos ir un poco más lejos. Si una sociedad se aparta decisivamente del orden moral tiende a dar respuestas inadecuadas y destruye, poco a poco, sus fundamentos: desaparece la familia y con ella la capacidad de producir amor de dilección, que es sustituido por esa extraña función deleitosa que en nuestros días calificamos de «hacer el amor»; desaparece la noción rigurosa de justicia y todo se convierte en juego de intereses; se extingue el respeto a la verdad y entramos en el reino de la gran mentira; perdemos la conciencia del bien y se implanta el egocentrismo; dejamos que sueñe la razón y surgen los monstruos.



Apuntan en el horizonte propuestas importantes. Todavía son leves y parecen por ello desvaídas. El Concilio Vaticano II ha venido a recordar a todos los hombres que la llamada a la santidad -esto es, a la vida recta y justa- no está limitada a pequeños grupos sino que es universal; las naciones se han unido por primera vez para crear una plataforma de diálogo en que todos los problemas puedan discutirse; hay una conciencia de que los derechos humanos -¿por que no decir deberes?- afectan a todos y sin su observancia nada puede construirse; se ha rectificado el juicio acerca de la feminidad, volviendo a una doctrina que ya se formulara en el siglo XII; y algunas cosas más. La pregunta que todos estos signos nos están formulando conduce siempre a un núcleo esencial, el de la conciencia moral: el hombre es capaz de descubrir lo bueno, pero no lo es, del mismo modo, de seguirlo.

La civilización europea que comenzó a construirse en el siglo XI, cuando pudieron darse por superadas las secuelas de la ruina del Imperio romano ha cumplido algo más de mil años. Durante ellos la superioridad de Europa, que entonces se llamaba «Universitas christiana», demostrando de ese modo su esencia nuclear, fue un hecho manifiesto. No quiere decirse que todo lo hiciera bien, pero es preciso reconocer que todas las naciones tuvieron que aprender de ella europeizándose. Los japoneses figuran hoy entre los mejores intérpretes de Beethoven, y el cine nipón ha podido aprovechar los argumentos de Shakespeare. Europa fue capaz de construir América haciendo de ella un espejo en el que mirarse. Que son probablemente más las cosas que los europeos deben a América que las aportaciones con que sirvieran a su edificación. Y en todo este formidable trabajo sólo podríamos descubrir una de las razones de su superioridad, el rigor moral que proporcionó el cristianismo. Esa es la reserva que aun posee, incluso con una ventaja: ha conseguido superar algunas de sus limitaciones y es capaz de descubrir en el «otro» valores que coinciden con los suyos y aun los amplían.

El salto en torno al año 1000 fue formidable. Deberíamos repetirlo. Tal vez sería conveniente abrir de nuevo la tumba de Carlomagno y ver lo que de nuestra herencia patrimonial debe ser rescatado para el tiempo futuro. Nacieron entonces la libertad para los campesinos, la conciencia humana, y el pensamiento racional maduro. Fue informada la conducta por una convicción: los dos valores esenciales que Dios ha regalado al hombre, instalándolos en su naturaleza, son la capacidad racional que permite descubrir la verdad y elaborar las normas de conducta, y la libertad para elegir entre ellas el bien. La amenaza para nosotros no está en las armas formidables, ni en los tremendos recursos de la naturaleza, sino en los hombres que manejan las primeras y son capaces de alterar la segunda. Son muchos los obstáculos y muchos más los recursos. El desafío del nuevo milenio está precisamente ahí: en la capacidad de dar una adecuada respuesta moral.



Luis Suárez Fernández



 

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