Una lección del
Imperio Romano
En el
ocaso de las ideologías, que tanta sangre derramaron
antes de que se abriera una conciencia de su terrible
fracaso, se interroga frecuentemente a los historiadores
acerca del futuro. Son muchos los que creen que la tarea
de éstos no consiste en formar la conciencia sobre los
datos de que disponemos -explicar el presente como
término de llegada de un largo proceso- sino en
descubrir lo que inmediatamente puede acae-cer. Algunas
veces también el historiador se siente tentado por esa
especie de virtualidad que consiste en reflexionar sobre
qué acontecimientos hubieran tenido lugar si la nariz de
Cleopatra hubiera sido más larga o en el caso de que la
lluvia no hubiera sobrevenido en la mañana de Waterloo.
Y aunque la respuesta ha de ser, en todo caso, negativa,
queda una constancia: de cómo las cosas fueron en el
pasado deberíamos extraer una experiencia. Es verdad que
el ser humano es suficientemente tonto para tropezar dos
veces con la misma piedra. Pero si está convenientemente
advertido, la descubre y puede evitarla.
La metodología marxista, incorporada a los nacionalismos
radicales, ha causado gran daño, reduciendo la Historia
global -seis mil años, que son los que abarcan nuestras
fuentes- a límites reducidos de tiempo, en el caso de la
primera, y de espacio, por influencia de los segundos.
Pero si pretendemos reconducir la conciencia de las
actuales generaciones a lo que sucedió únicamente
después de 1848 o a lo que afecta a los estrechos
limites de una nacionalidad, causamos un daño terrible a
las conciencias. La piedra situada más allá de la fecha
límite o del espacio concreto, no será descubierta, e
inevitablemente tropezaremos en ella.
De todas partes nos llegan advertencias muy serias: la
Humanidad camina al desastre a menos que se restablezca
el equilibrio en la Naturaleza, se ponga freno al
despilfarro de bienes, se ayude a los pobres a producir
por sí mismos aquello de que carecen y se detengan la
violencia, el erotismo y la drogadicción. Pero no nos
engañemos: estamos hablando de una restauración del
orden moral y no sólo de la ética cambiante que
establecen los hombres. Hace ya más de tres mil años
que Moisés lo encontró grabado en tablas de piedra,
como una revelación de las bases sobre las que se apoya
el Universo. Esa moral, aunque se expresa en términos
negativos -no matarás, no mentirás, no adulterarás,
etc.- a fin de hacerse más asequible a la conciencia,
reclama primordialmente acciones positivas: amar al
mundo, amar al prójimo, amar en definitiva a Dios, de
donde todo principio emana. Dar y defender la vida, decir
la verdad, respetar la unicidad del ser humano. Ahí
reside el secreto.
Ni el racismo ha muerto -asoma su fea cara tras los
nacionalismos- ni el marxismo ha perdido la batalla
esencial en torno a su mensaje materialista dialéctico
que hace de la lucha, del odio, motor esencial de la
existencia. Ninguna de las previsiones que se hicieran
desde el cientificismo absoluto del siglo XIX se ha
cumplido. No hay más control de los gobernados sobre los
gobernantes, como anunciara Fukuyama en su importante
mensaje al servicio del Departamento de Estado, sino, al
contrario, desarrollo de poderes fácticos
supranacionales que se estorban a la hora de hacer más
equitativo reparto de los bienes de consumo, y acentúan
la distancia entre paises ricos y pobres. Tampoco se ha
producido un incremento de la racionalidad: al contrario,
la democracia se inclina en favor de un voluntarismo
esencial que separa a los que «son» de derechas de los
que también «son» de izquierdas; el voto se mueve por
la adhesión al «mío» o por el temor al «otro». No
han desaparecido las guerras. Al contrario, son más
crueles, al hacerse más directas. La Segunda Guerra
mundial y sus aledaños contemplaron millones de
víctimas cuya culpa era únicamente ser lo que eran. Y
después, se decidió juzgar los crímenes así
cometidos, pero siendo jueces los vencedores y reos
únicamente los vencidos.
Tras la gran contienda, cuando humeaban las ruinas
causadas por la lucha, se descubrió el gran error
cometido en 1648, cuando los vencedores de otra contienda
larga y cruel, decidieron suprimir los últimos
resquicios que aun quedaban de una autoridad moral
cristiana y encomendar a los Estados, como Hobbes
aconsejaba, también el sostenimiento del orden ético.
Pues no triunfaron ni la paz ni el «Derecho de gentes»
-aunque este estaba perfectamente definido como resultado
de un trabajo que iniciaran maestros españoles- sino
únicamente la fuerza en un equilibrio de poder, pronto a
romperse. Europa se ignoró a sí misma prescindiendo de
sus raíces, para convertirse en el mas dilatado campo de
batalla que nadie pudiera imaginar, en un ritmo creciente
de destrucciones: guerras de Luis XIV, de la Sucesión de
España, de la Pragmática, del Báltico y de los Siete
Años, terribles guerras de Napoleón de las que
podríamos presentar los españoles heridas lacerantes, y
de Crimea, y del 70 y del 14 y del 39. En cada etapa el
número de víctimas seguía la progresión geométrica .
De ahí la necesidad de establecer, de alguna manera, una
autoridad que limitase la tendencia al enloquecimiento
que parecía acometer a los Estados nacionales, aquellos
que aprendían mucho descalificando al vecino como boche,
gabacho o gringo o, entre nosotros, maqueto. Al mismo
tiempo la ciencia no estaba devolviendo a esa concepción
esencial: existe un punto de partida para el comienzo del
Universo y una ordenación de éste en forma tal que,
cuando se conculca, hasta los componentes del mismo se
destruyen. Filósofos judíos y cristianos en época
temprana, ya señalaron su coincidencia con el esquema
moral que Dios ha comunicado al hombre. Todas las cosas
han sido creadas con un fin y el ser humano no tiene
derecho a alterarlo. Puede hacerlo, ya que ha sido dotado
de libertad responsable. Pero cuando sustituye los
términos, lo paga. Y de qué modo.
El Imperio romano no sucumbió a la invasión de los
bárbaros venidos de Germania sino a causa de un grave
desorden moral que ya San Pablo denunciaba en términos
muy duros a principios del siglo I. Alterando el orden de
la Naturaleza permitió una inversión completa en las
costumbres. Primer error, concertó un mercado único y
cerrado señalando a cada provincia lo que debía
producir sin excederse. Era el equilibrio sin posible
competencia. A fin de cuentas un hecho moral, ya que se
trataba de regatear los bienes impidiendo el crecimiento.
Hizo desaparecer el espíritu militar ciudadano
convirtiendo las armas en una profesión: los romanos se
apartaron de ella dejando que los germanos les
sustituyeran a cambio de un salario. Con ello les
proporcionaron los medios para adueñarse del poder.
Rechazaron la doble finalidad del sexo -generar vida,
producir amor- y la cambiaron por el egoísmo del placer.
Sustituyeron el saber por la técnica y acabaron
sometiéndose a ella. Y, sobre todo, impusieron una
civilización de masas que sustituía el deber por el
Derecho,y fomentaba los placeres de la competencia, el
deporte de masas y el erotismo. Es útil e importante una
lectura atenta de los autores latinos de la baja época.
Coinciden en más de un aspecto con los de nuestro
tiempo.
Hay, sin embargo, una lección ulterior. Constantino, que
no era cristiano -su bautismo no se produce hasta el
último minuto- contemplando las ruinas que en su entorno
demostraban el hundimiento del inmenso edificio,
descubrió también que la otra cara de la moneda, hasta
entonces menospreciada y perseguida, esto es, la moral
cristiana que, con su sentido de la existencia, estaba en
condiciones de prestar al Imperio aquella vena esencial
que éste necesitaba. No podemos decir que sirviera al
cristianismo sino, mas bien, que se sirvió de él. Pero
el resultado fue sorprendente: demolido en Occidente el
nombre romano pudo conservarse en Oriente todavía mil
años, en torno a una capital que se llamaba precisamente
Constantinopla. Una ulterior reflexión a la europea
debería ponernos ante el hecho de que este nombre haya
sido sustituido por el turco de Istambul. No es la
puerta, sino la tabla de salvación, la ciudad que no
había conocido nunca mártires cristianos.
Muchas cosas deben ser tenidas en cuenta contemplando los
modelos del pasado. Vivimos una postmodernidad que
significa que los presupuestos de la ciencia moderna se
encuentran superados: el conocimiento humano no se limita
ya a la observación y la experimentación de los
individuo concretos; admite que hay más allá de ellos
realidades que deben ser tenidas en cuenta. Descubrimos
que se ha cometido el grave error de confundir libertad
con independencia irresponsable, como si todos los
ciudadanos estuviesen autorizados a decir o hacer lo que
les dé la gana. El éxito de las empresas se mide
nuevamente por el nivel del beneficio que obtienen, no
por los beneficios que producen. Aparecen de cuando en
cuando historiadores o ensayistas, como Fukuyama que,
afirmando que el nuestro es el mejor de los mundos que
puede alcanzarse, nos invitan a colgar el cartel que
Dante halló en la puerta del Infierno: «dejad fuera la
esperanza» porque aquí está el fin supremo. Y en el
libro de texto de la desaparecida Universidad Patricio
Lumumba de Moscú se comenzaba afirmando el absurdo de
que la ciencia puede demostrar la no existencia de Dios.
Pero no es la fe el resultado de un razonamiento
científico, sino una certeza comunicada a la que el
hombre puede adherirse o no. También, en este caso, el
rechazo se paga.
Dos grandes desafíos contempla la Humanidad en nuestros
días: construir Europa y establecer normas universales
de convivencia que garanticen la paz necesaria. Detrás
de ambos existe un problema moral. Pues Europa no es,
simplemente, un mercado -no voy a entrar en discusiones
acerca de si fue este el modo mejor de comenzar- sino un
conjunto de valores, una manera de ser y de pensar. Y
todo ello, lo mismo que su bandera azul con estrellas,
está impregnado de cristianismo. Si de alguna manera no
vuelve a sus raíces, tratando de convertir la
convivencia ciudadana en una proyección de los valores
éticos, como muchos intentaron aunque nunca
consiguieron, el resultado será, sin duda alguna, un
desastre semejante al del Imperio romano. El orden moral
devuelve las cosas a su punto, las hace correctas y
eficaces; el desorden enloquece al hombre. Muchos
síntomas hemos tenido. En el fondo de la insania de los
totalitarismos no hay más que una inversión en el orden
de valores como recordarán Pío XI y el cardenal
Schuster hace ya muchos años: en vez de colocar al
Estado al servicio de los ciudadanos, puso a éstos en el
sometimiento al Estado. Y de esta inversión no hemos
salido. Lo saben muy bien las grandes empresas
multinacionales.
Esas normas universales de convivencia reclaman una
previa definición del ius. Fue un gran descubrimiento
romano, aunque se aplicara de modo parcial, a unos pocos
ciudadanos con olvido de los demás. Tomás de Aquino,
mente universal, descubrió sus auténticas dimensiones
al definirlo con pocas palabras «suum unicuique
tribuere». Precisamente es esta una de las dimensiones
esenciales del orden moral cristiano, reconocer a cada
uno aquello que es suyo. Tengamos el valor de renunciar a
la tolerancia, que admite lo ajeno como un mal que se
respeta pero sin modificar su índole, y entremos en el
mandato universal del amor. La tolerancia hacia los
judíos es el lejano antecedente de las persecuciones, la
expulsión y el holocausto. El amor al prójimo es el
mandato perentorio de Cristo.
La generación a la que pertenezco se vio influida por
autores que, como Spengler, trataban de difundir el
convencimiento de que las civilizaciones están
condenadas a muerte desde el momento mismo de su
nacimiento pues no pueden sustraerse al destino
biológico a que se someten todos los organismos vivos.
Toynbee, que operaba desde la conciencia de la crisis
provocada por la Segunda Guerra, hizo ya una clara
advertencia, que se abre camino, mostrando además cómo
algunas de las altas culturas han sido capaces de
remontar períodos de decadencia, renovándose en nuevas
etapas. Pues la amenaza que se cierne sobre ellas es de
carácter moral y consiste en esa especie de juego que
significan el desafío y la respuesta. Es algo que nos
obliga a meditar: la cuestión no estriba en un
envejecimiento de las células sino en una pérdida de
capacidad para resolver de manera correcta los problemas
que se van plan-teando. Podríamos ir un poco más lejos.
Si una sociedad se aparta decisivamente del orden moral
tiende a dar respuestas inadecuadas y destruye, poco a
poco, sus fundamentos: desaparece la familia y con ella
la capacidad de producir amor de dilección, que es
sustituido por esa extraña función deleitosa que en
nuestros días calificamos de «hacer el amor»;
desaparece la noción rigurosa de justicia y todo se
convierte en juego de intereses; se extingue el respeto a
la verdad y entramos en el reino de la gran mentira;
perdemos la conciencia del bien y se implanta el
egocentrismo; dejamos que sueñe la razón y surgen los
monstruos.
Apuntan en el horizonte propuestas importantes. Todavía
son leves y parecen por ello desvaídas. El Concilio
Vaticano II ha venido a recordar a todos los hombres que
la llamada a la santidad -esto es, a la vida recta y
justa- no está limitada a pequeños grupos sino que es
universal; las naciones se han unido por primera vez para
crear una plataforma de diálogo en que todos los
problemas puedan discutirse; hay una conciencia de que
los derechos humanos -¿por que no decir deberes?-
afectan a todos y sin su observancia nada puede
construirse; se ha rectificado el juicio acerca de la
feminidad, volviendo a una doctrina que ya se formulara
en el siglo XII; y algunas cosas más. La pregunta que
todos estos signos nos están formulando conduce siempre
a un núcleo esencial, el de la conciencia moral: el
hombre es capaz de descubrir lo bueno, pero no lo es, del
mismo modo, de seguirlo.
La civilización europea que comenzó a construirse en el
siglo XI, cuando pudieron darse por superadas las
secuelas de la ruina del Imperio romano ha cumplido algo
más de mil años. Durante ellos la superioridad de
Europa, que entonces se llamaba «Universitas
christiana», demostrando de ese modo su esencia nuclear,
fue un hecho manifiesto. No quiere decirse que todo lo
hiciera bien, pero es preciso reconocer que todas las
naciones tuvieron que aprender de ella europeizándose.
Los japoneses figuran hoy entre los mejores intérpretes
de Beethoven, y el cine nipón ha podido aprovechar los
argumentos de Shakespeare. Europa fue capaz de construir
América haciendo de ella un espejo en el que mirarse.
Que son probablemente más las cosas que los europeos
deben a América que las aportaciones con que sirvieran a
su edificación. Y en todo este formidable trabajo sólo
podríamos descubrir una de las razones de su
superioridad, el rigor moral que proporcionó el
cristianismo. Esa es la reserva que aun posee, incluso
con una ventaja: ha conseguido superar algunas de sus
limitaciones y es capaz de descubrir en el «otro»
valores que coinciden con los suyos y aun los amplían.
El salto en torno al año 1000 fue formidable.
Deberíamos repetirlo. Tal vez sería conveniente abrir
de nuevo la tumba de Carlomagno y ver lo que de nuestra
herencia patrimonial debe ser rescatado para el tiempo
futuro. Nacieron entonces la libertad para los
campesinos, la conciencia humana, y el pensamiento
racional maduro. Fue informada la conducta por una
convicción: los dos valores esenciales que Dios ha
regalado al hombre, instalándolos en su naturaleza, son
la capacidad racional que permite descubrir la verdad y
elaborar las normas de conducta, y la libertad para
elegir entre ellas el bien. La amenaza para nosotros no
está en las armas formidables, ni en los tremendos
recursos de la naturaleza, sino en los hombres que
manejan las primeras y son capaces de alterar la segunda.
Son muchos los obstáculos y muchos más los recursos. El
desafío del nuevo milenio está precisamente ahí: en la
capacidad de dar una adecuada respuesta moral.
Luis Suárez Fernández
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