Razón Española, nº 108; Progresistas

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Progresistas

Por Angel Palomino

Ofensa premeditada indice Las autonomías reinventan el Ini

Progresistas

La acomplejada actitud de la derecha política y periodística ha conducido al absurdo de que la izquierda de perenne vocación totalitaria, incluida la explícitamente marxista, se apropie el calificativo progresista. Hoy se presentan como progresistas las momias supervivientes del socialismo y del comunismo revolucionarios; hoy se disfrazan de héroes de la lucha por la libertad, viejos comunistas y socialistas de correaje, pistola al cinto, checas y cementerios privados. Algo parecido hacen algunos colaboradores de la prensa subvencionada por el demócrata Stalin y sus sucesores mediante curiosos artificios económico financieros, ajetreo de maletines y otros trucos que nada tienen que ver con la lucha por la libertad.

La técnica (victoriosa) para el secuestro del sello progresista consiste en una doble acción: aplicar el adulterado calificativo a todo político, artista o personaje público que haya militado en el partido comunista, en cualquiera de los que tengan un pasado marxista o en los asociados y afines, por ejemplo Izquierda Republicana, azañistas, participantes en el golpe de Estado de 1934 y componentes del Frente Popular en 1936. La acción complementaria consiste en excluir del progresismo a los otros; para marcarlos han consolidado diferentes adjetivos taxonómicamente desorientadores y, en su intención, peyorativos, casi calumniosos: se aplica el de conservador a los demócratas próximos al centro, y el de reaccionario, a los de la derecha aunque esta no exista oficialmente, como sucede en España, única democracia occidental en la que el semicírculo llamado arco parlamentario es solamente un cuadrante (90 grados): no hay derecha. Cuando son, al mismo tiempo, creyentes y contrarios a saludables progresos sociales como la interrupción del embarazo y la enternecedora, humanitaria y progresista adopción de niños por parejas homosexuales, se les cuelga el cartel de ultraderechistas. Y si osan discutir con los progresistas se les apedrea con el más descalificador de los insultos, el mismo que se blande contra los terroristas etarras: fascistas.

La aparente desaparición de medio espectro parlamentario se produce incluso en Galicia donde no solo el electorado sino los políticos del supuesto centro son antigua e influyente derecha, en la que, curiosamente, cabría el alcalde socialista de La (sí, La) Coruña. Entre los supuestos fascistas o reaccionarios coloca la izquierda a cualquiera que haya luchado con éxito contra el comunisno: eso no se perdona.

Rusia creó el término «macartysmo» en una lograda campaña mundial de descrédito del senador republicano por Wisconsin Joseph R. McCarty que, en opinión de los tontos útiles, «veía comunistas por todas partes» y creó un comité dedicado a desenmascarar a los personajes que en la política, las artes -especialmente el cine- y la prensa trabajaban para el Partido Comunista de los EEUU, dependiente, como todos, de la Unión Soviética.

Cuenta Isaac Bashevis Singer en su novela Sombras sobre el Hudson:

«A principios de septiembre se celebró una fiesta de gala en un céntrico hotel de Nueva York para recaudar fondos en beneficio de las víctimas de la guerra en Rusia. En realidad, el dinero se destinaba al Partido Comunista estadounidense, un acomodo que sólo los organizadores conocían. Los actores que trabajaban con Yasha Kotit (actor judío ruso huído de la URSS) le vendieron dos entradas a veinticinco dólares cada una… Todos eran rojos: los actores, el productor, el director y hasta los adinerados «ángeles» que habían financiado la producción… Si Broadway era rojo y Hollywood era rojo, el fugitivo del terror soviético Yasha Kotit también lo sería…» Y lo fue: el judío perseguido por el comunismo pagaba el alto precio de las invitaciones a sabiendas de que el beneficio no era para las víctimas de la guerra sino para los colaboradores norteamericanos de los verdugos.

Esto era lo que investigaba y perseguía el Comité creado por el senador McCarty. Y fue tal su intolerable éxito que se movilizó contra él toda la progresía del mundo. Acabó desacreditado en Europa, en los Estados Unidos, en el Senado y en su mismo partido. Y ellos, los republicanos humillan, contritos, la cabeza.

Con la misma técnica han sido desacreditados: Reagan, que venció a Rusia en la Guerra Fría y causó el desplome de la Unión Soviética; Bush, que remató la faena; la señora Thatcher, su aliada inquebrantable; el Papa Juan Pablo II porque dio soporte espiritual al anticomunismo en Polonia y, además, tiene el descaro de afirmar que la vida es sagrada; y Franco, el único general que venció por las armas al comunismo, a un ejército con oficiales y estados mayores hispano-soviéticos. Algunos de sus mandos serían mariscales en la II Guerra Mundial: Zhukov (Moscú, Stalingrado); Voronov (el mejor artillero del mundo); Paulov (general jefe de Minsk, fusilado por Stalin); Gorev (defendió Madrid pero perdió Bilbao, Santander y Asturias), Stalin lo rescató de las montañas asturianas mediante una «misión imposible», se lo llevó a Moscú y lo fusiló. Todos los jefes de Estado que lucharon contra la invasión soviética de sus países eran desacreditados, condenados por la historia. En cambio, tiranos comunistas, Castro, Tito, Ortega, Mao, siguen gozando de la comprensión de la derecha y la adhesión de la izquierda. Mientras tanto, son despreciados, incluso en Occidente, los escritores rusos que criticaron al comunismo: Solzhenitsin, Pasternak…

Hoy son progresistas ministros del gobierno español que pasaron por las piscinas bautismales de los partidos ultracomunistas revolucionarios; los que carecen de tales credenciales, se adhieren a Azaña; algo es algo. Hay banqueros también. Escribe el inglés Paul Johnson (El País, 1-8-00) «los estudiantes querían el poder para ejercer inmediatamente de profesores y ahorrarse los pasos intermedios: el estudio, el trabajo… El 68 ofrece, visto desde ahora, una pintoresca colección de capitalistas y banqueros… No conozco ninguna generación que presente un grupo tan impresionante de banqueros con pasado revolucionario».

El Partido Socialista Obrero, se autotitula últimamente en Madrid PSOE progresista. El progreso se lo apropia la izquierda, pero no hay un solo país en la historia del hombre al que la izquierda le haya proporcionado progreso: la Cuba de Castro, la Nicaragua sandinista, la Chile de Allende, la China de Mao, la Rusia de Stalin, toda la Europa aherrojada tras el telón de acero… Hay naciones -que se nos muestran como un experimento de laboratorio- divididas por procesos perfectamente comparables, mensurables: Corea del Norte-Corea del Sur; China-Taiwan; Berlín Oeste-Berlín Este; España Nacional-España Roja. Y, sin embargo, en el Muro de Berlín un gran letrero anunciaba: «Ha entrado usted en la República Democrática Alemana». El progreso nos abría los brazos tras aquel monumento a la iniquidad.



Angel Palomino



 

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