El amanecer de
Europa
1.
¿HACIA UNAS NUEVAS INVASIONES?
Un día del mes de abril del año 1992 sostuve en París
una larga conversción con Michel Rouche, catedrático de
Historia medieval en la Universidad de la Sorbona, a
donde había ido invitado a dictar una conferencia sobre
un tema español: Recaredo, rey católico de España. La
conversación fue derivando desde el pasado remoto al
futuro, desde los tiempos de las invasiones germánicas
al porvenir inmediato de Europa. En este punto Michel
Rouche -lo recuerdo perfectamente- me dijo con la mayor
convicción: el mayor problema que los países europeos
tendrán que afrontar en el siglo XXI va a ser el de las
nuevas invasiones barbáricas.
Hace una década, cuando el profesor Roche hacía esta
afirmación, ninguna «patera» había abordado todavía
las playas andaluzas, procedente de las costas del norte
de Africa. Hoy, las inmigraciones masivas llegadas del
continente africano, de América del sur, de Filipinas o
del este deEuropa son ya una realidad. Las nuevas
invasiones han comenzado y el problema ha cobrado una
candente actualidad. Por eso no constituye un mero
ejercicio de erudición tratar de revivir las grandes
líneas de un fenómeno que, entre los siglos IV y VI
transformó la faz y el destino histórico del Viejo
Continente. Pienso, por el contrario, que hacerlo revivir
es un servicio que el historiador de la Tardía
Antigüedad puede prestar a sus contemporáneos, llamados
a presenciar y protagonizar la gran aventura del cambio
social en el siglo XXI.
El fenómeno histórico que tratamos de analizar es
extraordinariamente complejo; por esa razón habremos de
limitarnos a esbozar sus rasgos fundamentales, con el
deseo de que el lector pueda hacerse una idea lo más
aproximada posible de la realidad. Es evidente que la
mayoría de los lectores no será especialista en la
época de la Tardía Antigüedad y Temprana Edad Media.
Ello obliga a escribir con brevedad, pero a la vez con
rigor, de manera que la idea que esos lectores puedan
formarse refleje fielmente un período de la historia tan
denso en acontecimientos como pródigo en consecuencias.
2. EL IMPERIO ROMANO OCCIDENTAL EN LA EPOCA DE LAS
INVASIONES BARBARICAS
Es necesario comenzar por exponer cuáles van a ser los
límites de este ensayo. El objeto a considerar es el
espacio geográfico que constituyó la base territorial y
humana del Imperio de Occidente. Las dos Partes Imperio
-Oriente y Occidente-, reunidas por última vez bajo el
gran Teodosio, se convierten a partir de su muerte en dos
Imperios, el Oriental y el Occidental, bajo el gobierno
de dos emperadores, Arcadio del primero y Honorio del
segundo. Su destino en la historia iba a ser muy
distinto: el Imperio oriental perduraría más de mil
años; el Occidental desaparecía en la segunda mitad del
si-
glo V.
El Imperio de Occidente, sobre el cual recaerá desde
ahora nuestra atención, estaba dividido en dos grandes
demarcaciones político-administrativas: las
«Prefecturas del Pretorio» de las Galias y de Italia.
La primera, cuya capitalidad se replegó más tarde de
Treveris a Arles, comprendía las «diócesis» civiles
de Britania, la Galia, Siete Provincias e Hispania. La
«Prefectura» de Italia agrupaba las «diócesis» de
Iliria, Italia Annonaria, Italia Suburbicaria y Africa.
Las «diócesis» estaban formadas por «provincias», la
demarcación territorial romana más antigua. El número
de provincias en los últimos tiempos del Imperio unido
ascendía a unas ciento veinte.
Como puede observarse, en este mapa político, el mar
Mediterráneo no constituía una línea divisoria. Las
dos «prefecturas» tenían tierras al norte y sur de ese
mar; la divisoria no seguía la línea de los
paralelelos, sino la de los meridianos. Hasta la
aparición del Islam y su extensión por las tierras
ribereñas del norte de Africa, el Mediterráneo unía,
no separaba. La lengua y la cultura comunes de las
provincias del Imperio occidental era latina, pese a la
natural subsistencia de pecualiridades regionales.
¿Quiénes eran los habitantes del Imperio occidental
antes de las invasiones? Eran las poblaciones indígenas
de los diversos territorios, unidos por el vínculo de la
pertenencia durante medio milenio a un mismo mundo
político-cultural, social y económico. El grado de
«romanización» de las provincias era , sin embargo,
desigual. La península italiana era la cuna de la
latinidad, y al estatuto jurídico de los itálicos
habían sido equiparados los habitantes de las otras
provincias, antes de la concesión general de la
ciudadanía por el emperador Caracalla. En las Galias,
las poblaciones de las provincias del sureste próximas
al Mediterráneo eran las más romanizadas. En Hispania,
la romanización -muy unida de ordinario al desarrollo
urbano- era más intensa en la Bética, la Tarraconense y
el sur de la Lusitania. La Britania romana ocupaba la
mitad meridional de la Isla. Una barrera defensiva la
protegía de los salvajes «pictos» de Escocia, pero la
situación era precaria y aquella línea -el "Vallum
Antonini" del siglo II- había tenido que retroceder
al más meridional "Vallum Hadriani". De la
provincia de la Iliria -en especial la costa dálmata-
procedían personalidades tan relevantes como el
emperador Diocleciano y San Jerónimo. En cuanto al
Africa romana, bastará recordar que en el siglo II
había sido la tierra natal de Tertuliano, en el siglo
III de San Cipriano y en el siglo IV de San Agustín.
Agustín, entre las invasiones bárbaras y las desgracias
de Roma, tan difíciles de comprender para muchos
cristianos de entonces, trató de discernir los designios
de Dios en su Providencia y escribió con ese fin un
inmenso tratado de Teología de la historia, La Ciudad de
Dios. Pero al insigne Padre de la Iglesia africana le
tocaría en suerte algo más: hubo de sufrir al final de
la vida el zarpazo de las invasiones y murió sitiado por
los vándalos en su ciudad episcopal, Hipona.
El "Limes", una frontera que seguía a grandes
trazos los cursos del Rhin y del Danubio, separaba el
mundo cultural latino del germánico, el espacio de la
romanidad de las tierras exteriores habitadas por los
pueblos «bárbaros», esto es extranjeros. Los pueblos
germánicos fueron los protagonistas de la primera oleada
invasora, la más importante para la configuración de la
joven Europa. Más tarde llegarían nuevas oleadas de
pueblos -eslavos, magiares, wikingos y, naturalmente,
islámicos. Pero solamente sobre los primeros -los
invasores de los siglos IV al VI- fijaremos aquí la
atención.
3. LOS PUEBLOS GERMANICOS INVASORES DEL IMPERIO
¿Cuáles eran los precedentes históricos de estos
pueblos y la situación de cada uno en vísperas de las
invasiones? Varios de ellos parecen provenir, aunque
fuera remotamente, de Escandinavia, de aquella «Skanza
Insula» que la Getica del historiador alano Jordanes
(siglo VI) definía como taller o fragua de pueblos y
matriz engendradora de naciones: «cuasi officina gentium
aut certe velut vagina nationum» (Get. IV, 25). Ese
origen lo tenían ante todo los godos, pero también,
posiblemente, otros más: los vándalos, los burgundios,
los longobardos. Las lenguas de esos pueblos estaban
hondamente diferenciadas, hasta el punto de no permitir
la intercomprensión. Dos de aquellas lenguas llegaron a
ponerse por escrito, una nórdica en caracteres rúnicos
y más tarde la gótica, a que habrá que volver a hacer
referencia. El universo religioso de los germanos era muy
amplio, con divinidades mayores como Wotan y Tiwaz -el
dios de la guerra- o Donar. Por debajo de esos dioses
pululaba una muchedumbre de divinidades menores o seres
semidivinos, como los «elfos» o las «walkirias» y
estirpes familiares e, incluso, cosas impregnadas de
sacralidad. Sin embargo, ha de tenerse en cuenta que el
paganismo germánico se hallaba muy decaído entre los
pueblos protagonistas de las primeras invasiones,
mientras que en Escandinavia mantenía un considerable
vigor.
Un extremo sobre el que conviene llamar la atención es
la existencia de importantes contactos entre romanos y
bárbaros, desde largo tiempo antes de las invasiones. Un
vehículo de esos contactos fueron los intercambios
comerciales y viajes de mercaderes entre uno y otro lado
del «limes». Pero la principal ocasión la deparó el
reclutamiento de soldados «bárbaros», con vistas a la
defensa del Imperio. El eclipse del espíritu militar,
que se dejó sentir especialmente entre las poblaciones
italicas, obligó a la recluta de mercenarios germanos,
sobre todo en calidad de «limitanei», encargados de la
cobertura del «limes» fronterizo. La «barbarización»
del ejército romano alcanzó a los mandos superiores. En
los rangos más altos de la milicia pueden encontrarse
francos, como Bauto y Merobaudes, suevos como Ricimero y
un vándalo tan insigne que emparentó incluso con la
familia imperial: Estilicón, que casó con Serena,
sobrina de Teodosio I, y María, hija del caudillo
vándalo, fue la prometida esposa del nuevo emperador
Honorio. El eskiro Odoacro fue más tarde el autor del
golpe de Estado que derrocó a Rómulo Augústulo, y puso
fin en el año 476 al Imperio romano de Occidente.
4. ETNOGENESIS Y DEMOGRAFIA DE LOS BARBAROS
¿En qué territorios se hallaban asentados a mediados
del siglo IV los pueblos que protagonizaron las primera
invasiones bárbaras? En las regiones más orientales se
encontraban los pueblos godos. Los godos, tras cruzar el
mar Báltico, habían llevado a cabo entre los siglos I y
III una larga migración en dirección al sur, que los
llevó desde las costas polacas o lituanas hasta las
tierras meridionales de Rusia y Ucrania. Dividido el
pueblo en dos ramas, los ostrogodos se establecieron en
Crimea y la región al noroeste del mar Negro, mientras
los visigodos se asentaban, con el beneplácito del
emperador Aureliano, en la antigua provincia romana de la
Dacia, la Rumanía actual. Más al Oeste, en el corazón
del Viejo Continente, se hallaban asentados los pueblos
que romperían en el año 406 el «limes» romano del
Rhin: los vándalos, ya citados, los alanos, originarios
de la región del mar Caspio, y los suevos, establecidos
desde tiempo atrás en lugares dispersos de Europa
central. Otros pueblos, como los burgundios, los alemanes
y los francos, no cruzaron el Rhin en 406. Varios de
ellos se hallaban en una fase más retrasada del proceso
de configuración nacional. Estos procesos de
etnogénesis suscitan especialmente la atención de los
más modernos historiadores. Uno de éstos -J. Pampliega-
ha publicado recientemente un libro -Los germanos en
España-, sobre la etnogénesis de los pueblos bárbaros
que se instalaron en la Península ibérica.
Dos puntos quedan todavía por precisar: el primero es si
puede hacerse un cálculo, aunque sólo sea muy
aproximado, del peso demográfico de los pueblos
germánicos invasores. Lo único que cabe afirmar con
seguridad es que su cuantía era muy reducida, con
relación a las poblaciones provinciales romanas de los
territorios donde fueron a instalarse; numéricamente
nunca representaría más del cinco por ciento, aunque su
peso específico fuera mayor, dado que en sus manos
estaba el poder político y el militar. Según algunos
cálculos fundados en indicios razonables, los pueblos
«mayores» -ostrogodos, visigodos- pudieron sumar, al
menos en ciertos momentos, alrededor de doscientas mil
almas. Pueblos de corte intermedio -concretamente los
vándalos- alcanzarían cifras en torno a los ochenta mil
individuos, que es la que les asigna el historiador
contemporáneo Víctor de Vita. Habría pueblos de más
débil peso demográfico, como los burgundios o los
suevos de Galicia.
El segundo punto es el de la forma política dominante
entre los pueblos bárbaros en la época de las
migraciones. Esa forma era la monárquica, encarnada en
estirpes familiares de gran prestigio, a las que se
atribuía a veces un origen semidivino o sacral. Tal era
el caso de los Amalos ostrogodos, de los Balthos
visigodos, de la raza de Meroveo entre los francos, o de
la dinastía «bávara» entre los longobardos, la de la
célebre reina Teodelinda. Los visigidos estaban, sin
embargo, dirigidos por duques al hacer su entrada en
suelo romano, y fue ya sobre ese suelo donde se restauró
la monarquía, en la persona del baltho Alarico I. Los
longobardos conocieron también un breve perío-do de
exclusivo gobierno ducal, poco después de su
instalación en la península italiana. Procede hacer
ahora una sucinta exposición del curso de las invasiones
y de cuál fue el mapa político resultante cuando -en
torno al año 430- podía darse por concluido el primer
ciclo migratorio.
5. EL DESARROLLO HISTORICO DE LAS PRIMERAS MIGRACIONES
El inmediato factor determinante de las invasiones
germánicas fue la irrupción de los hunos, un pueblo
asiático que inició su «carrera» europea hacia los
años 374-375, atacando y sometiendo a su poder a los
ostrogodos instalados en la Ucrania meridional. Los
visigodos, sintiéndose también en peligro por la
amenaza húnica, pidieron licencia -y la obtuvieron- del
Imperio oriental para instalarse en las provincias
romanas de Tracia y Moesia, al sur del Danubio, dejando
el gran río a sus espaldas, como escudo protector. Mas
la armonía duró poco y el pueblo visigodo, descontento
por las condiciones de su asentamiento, se alzó en armas
contra la autoridad romana, y en agosto de 378, el
emperador Valente fue vencido y muerto en la batalla de
Adrianópolis. Hacia el año 400, los visogidos,
dirigidos por su rey Alarico, iniciaron la marcha hacia
Italia y Occidente. El 24 de agosto de 410, la Ciudad
Eterna cayó en manos de los godos, que la saquearon
durante tres días y siguieron hacia el sur de la
Península, llevando consigo un enorme botín y numerosos
cautivos, entre ellos la princesa Gala Placidia, hermana
de los emperadores Arcadio y Honorio. La intención de
Alarico era llevar a su pueblo al Africa romana. Es
interesante constatar el atractivo que el Africa latina
ejercía sobre los bárbaros, gracias a su fama de
provincia «frumentaria», gran proveedora de vino y
aceite para la Urbe imperial. Los visigodos fracasaron en
su intento, como fracasarían de nuevo al repetirlo cinco
años después, desde las costas andaluzas. Los
vándalos, en cambio, coronaron con éxito la empresa
desde el sur de España, en la primavera del 429.
Entre tanto, en el año 406, se había producido la
ruptura del «limes» romano del Rhin. Suevos, vándalos
y alanos, tras atravesar las Galias, penetraron en
Hispania, venciendo la única resistencia que
encontraron, la de un ejército privado dirigido por los
hermanos Dídimo y Veriniano, dos jóvenes próceres
emparentados con la familia imperial de Teodosio.
Sin descender a más detalles, bastará con decir que,
hasta la segunda mitad del siglo VI, sobre las tierras
del antiguo Imperio occidental, se habían constituido
los siguientes reinos:
El reino visigodo de las Galias, con capital en Toulouse,
se extendía por el norte hasta el río Loire, a la vez
que consideraba la Península ibérica, teóricamente
imperial en su mayor parte, como zona de influencia; en
la región noroccidental de Hispania, los suevos habían
creado su propio reino de Galicia. En la Sapaudia,
Savoya, con capital en Lyon, se había constituido hacia
mediados del siglo V un reino burgundio. La Britania
romana había sufrido una dramática crisis cuando, a
principios del siglo V, las guarniciones imperiales
evacuaron la isla. Gildas de Ruis, en su obra De excidio
Britanniae, hace una impresionante descripción de la
ruina de Britania, seguida medio siglo después por el
desembarco de anglos y sajones. Su consecuencia fue la
«Heptarquía», una nueva realidad política, cuya
historia fue escrita a comienzos del siglo XIII por Beda
el Venerable, en su Historia Ecclesiastica Gentis
Anglorum. Más tarde, en Italia, tras la desaparición
del Imperio occidental, el pueblo ostrogodo cruzó los
Alpes en el verano de 489, con licencia del emperador
oriental, que nombró a su rey Teodorico «patricio» y
«maestro de la milicia». El reino ostrogodo de Italia
fundado por Teodorico, estaba destinado a tener una
brillante, aunque no dilatada, historia. El cuadro
político occidental resultante de las invasiones se
completaba, finalmente, con el reino vándalo de Africa
del norte.
6. OBJETIVOS POLITICOS DE LOS INVASORES
Conviene arrojar luz sobre algunas cuestiones, que fueron
tema de discusión de los historiadores durante siglos y
que importa aclarar para tener una comprensión adecuada
del sentido, los propósitos y las consecuencias de las
invasiones. El primer interrogante que procede plantear
es el siguiente: ¿constituía la destrucción del
Imperio occidental y su sustitución por otras formas
estatales un objetivo preferente de los invasores
germánicos? La respuesta parece que debe ser negativa,
salvo en algún momento concreto y pasajero de la
historia de aquellos años. El visigodo Ataulfo, que a la
muerte en Italia de Alarico I le había sucedido al
frente de su pueblo, albergó durante algún tiempo ese
designio. Vale la pena recordar a este propósito un
pasaje del libro VII de las Historias contra los paganos,
del hispano Paulo Orosio.
Escribe Orosio que, hallándose en Belén, fue testigo
del relato que hizo a San Jerónimo un ilustre ciudadano
de Narbona, que había tenido estrecha amistad con
Ataulfo, durante su permanencia en aquella ciudad de las
Galias. Ataulfo, en un principio, habría deseado borrar
el nombre romano de la faz de la tierra y crear un
imperio de los godos «o, para decirlo llanamente, que
fuese Gotia lo que había sido Romania, y que Ataulfo
fuese ahora lo que en otro tiempo fue César Augusto».
Pero la experiencia de la barbarie de su pueblo le llevó
a mudar de opinión, y él mismo «resolvió buscar para
sí la gloria de restaurar en su integridad y aún
acrecentar el nombre romano con las fuerzas de los godos,
para que así la posteridad le considerase como autor de
la restauración romana, ya que no había podido ser su
transformador». Orosio atribuía el cambio operado en
Ataulfo a la influencia de Gala Placidia, la princesa
hecha prisionera en el saco de Roma, con la que el rey
había contraído solemnemente matrimonio en Narbona. Es
significativo que al único hijo de esa unión
bárbaro-romana -fallecido prematuramente- se le
impusiera el nombre de Teodosio, el gran emperador padre
de Placidia.
La realidad histórica es que las invasiones germánicas
no perseguían la destrucción del Imperio de Occidente,
lo que no excluye que la mera existencia de los nuevos
reinos y la consiguiente «sustitución» del poder
romano por el barbárico contribuyera a debilitar
progresivamente la autoridd imperial. El Imperio se
derrumbó por la creciente caquexia de la autoridad
efectiva y moral de unos emperadores que guardan parecido
con los futuros «últimos merovingios», los llamados
reyes holgazanes. El Imperio se extinguió sin tragedia y
es probable que la gran mayoría de sus súbditos ni
siquiera fuese consciente de su muerte. Ni aún hizo
falta atentar contra la vida de Rómulo Augústulo, el
ultimo emperador. Este insignificante soberano fue
enviado a Sicilia, donde prosiguió apaciblemente su
existencia. Odoacro, el jefe bárbaro que lo había
depuesto, se limitó a enviar las insignias imperiales a
Constantinopla, la sede del Imperio oriental.
7. HOSPITALIDAD MILITAR Y REPARTO DE TIERRA
Los invasores bárbaros vinieron en busca de tierras y
pactaron «foedera» -tratados- con el Imperio, en los
que, a cambio de ellas, se ofrecían a servir como tropas
auxiliares en el ejército romano. El asentamiento
popular se llevó a cabo con arreglo a las normas de la
«hospitalidad militar», y en las comarcas donde se
asentaron los inmigrantes bárbaros, exigió un reparto
de tierras con los nuevos «huéspedes». El Código de
Eurico -el más antiguo de los cuerpos legales de los
nuevos reinos germánicos- llama «sortes gothicae» y
«tercias de los romanos» las porciones correspondientes
a cada uno de los «consortes».
La historiografía y hasta el arte de la época del
Romanticismo ofrecieron a menudo una visión
»catastrofista» de la penetración de los bárbaros en
tierras del Imperio. Es cierto que en ocasiones se
produjeron situaciones de opresión y violencia. Como
paradigma de ellas puede presentarse la toma y saqueo de
Roma por Alarico I, y no faltan otros episodios
similares, aunque de menor entidad. Baste recordar la
matanza del rector -magistrado romano- y de los
«notables» de Lugo, perpetrada por los suevos en el
año 460, aprovechando la fiesta de la Pascua; o los
desmanes que habían sufrido tres años antes las
poblaciones de Astorga y Palencia, por parte de un
ejército visigodo y en teoría «amigo». En Italia, el
gran monarca Teodorico de Rávena ensombreció el final
de su reinado con la prisión y ejecución del ilustre
Severino Boecio, su antiguo ministro; y también allí
las postrimerías de aquel reino que había pretendido
ser una feliz síntesis de romanismo y germanismo, fueron
ensangrentadas por el sacrificio de trescientos jóvenes
de familias senatoriales, que los ostrogodos retenían
como rehenes. Pero fue sin duda el Africa del norte
vándala el reino bárbaro donde la población romana
sufrió más, aunque en este caso -como luego se verá-
la motivación religiosa tuvo decisiva importancia.
8. LOS PROBLEMAS DE CONVIVENCIA
Todos esos hechos son reales, pero sería equivocado ex-
traer de ellos la impresión de que las migraciones
crearon un clima generalizado de violencia entre
bárbaros y romanos. La liturgia de la Iglesia nunca
compuso una invocacióin específica frente a la amenaza
de estos pueblos germanos, como aquella de «a furore
normannorum» -del furor de los wikingos- «libera nos
Domine!», que se introdujo más tarde en algunas
regiones en las Letanías de los Santos. Tampoco puede
hablarse de un reiterado incumplimiento de sus
compromisos de federados por parte de los invasores
germánicos. En Hispania, hacia el año 415 pudo verse a
los visigodos del rey Valia combatir a los otros pueblos
bárbaros entrados en la Península en el 409, con el fin
de restablecer la autoridad romana; medio siglo más
tarde, aquellos visigodos vendrían desde su reino de las
Galias a luchar contra los suevos de Rekhiario que
devastaban la provincia Tarraconense, todavía
dependiente, al menos en teoría, del moribundo Imperio
romano occidental. En el año 453 pudo verse a Teodorico
I y sus godos luchar codo a codo con las legiones romanas
de Aecio y derrotar en los Campos Cataláunicos a Atila,
en una histórica jornada en que el viejo rey visigodo
halló la muerte. También hay que recordar la
participación de dignatarios romanos en las tareas de
gobierno de los reinos germánicos. El galo-romano Aniano
suscribió en Tolosa como canciller el Breviario de
Alarico II. En Italia, el rey ostrogodo Teodorico tuvo
como ministros a personalidades como Boecio -hasta su
desgracia- y Casiodoro; y durante la mayor parte de su
reinado trató de mantener buenas relaciones con la clase
senatorial romana.
Es posible que las fricciones más frecuentes entre
romanos y bárbaros se produjeran en la convivencia
próxima y cotidiana. Tenemos noticia por Sidonio
Apolinar de los abusos derivados de un afán de
colaboracionismo servil de Seronato, alto funcionario
romano de la auvernia, que, durante el reinado de Eurico,
adulaba rastreramente a los godos mientras maltrataba a
sus conciudadanos romanos. Las relaciones entre el godo y
el indígena provincial, «consortes» de un mismo fundo,
serían a veces poco amistosas. Un sermón del Pseudo
Fulgencio, de tiempos del reino visigodo de Tolosa,
exhortaba a los fieles a recibir a Cristo como huésped,
y añadía: «¡Ojalá venga El a nosotros como huésped
bendito y deje de estar a nuestra vera el huésped godo y
bárbaro. Porque este huésped lleva consigo armas y
flechas, mientras que Aquél, paz y alegría: es un
huésped que no viene a atormentar, sino a sanar, que no
viene a despojar, sino a vestir; no a herir, sino a
curar». La propia diferencia de cultura y educación
podía constituir una dificultad más. El refinado
patricio Sidonio Apolinar, aunque asiduo cortesano de
Teodorico II y Eurico, no podía ocultar la repugnancia
que le causaban los ancianos godos malolientes, que se
reunían aún, coincidiendo con la luna nueva, en
asamblea popular: «manchan sus vestidos -escribía- y
los sucios lienzos ensanchan su magra espalda, sin que
sus mantos de piel puedan alcanzar la rodilla; con un
pobre nudo sujetan sus borceguíes de equino».
Hay que concluir afirmando que, en la mayor parte de las
tierras romanas, las invasiones bárbaras no provocaron
una ruptura del orden social establecido. Tal vez una
relativa excepción la constituyera el reino vándalo de
Africa y, más tarde, el reino longobardo de Italia. Hay
abundantes noticias de la continuidad de grandes
patrimonios de familias senatoriales que seguían
existiendo en las Galias y en Borgoña, un relevante
grupo social que ha sido modernamente estudiado por
Stroheker. Por lo que hace a la Hispania del siglo VI,
bastará recordar que el magnate de origen ostrogodo
Theudis contrajo matrimonio con una opulenta dama
hispano-romana y gracias a la fortuna de su mujer pudo
reclutar un numeroso ejército privado y hacerse con la
corona visigoda. Las Vidas de los Padres de Mérida nos
informan de que, algunas décadas después, un matrimonio
de «senatores» hispano-romanos poseía el mayor
patrimonio de la provincia de Lusitania.
9. EL ARRIANISMO GERMANICO
Es hora ya de considerar otra cuestión de capital
importancia para comprender el fenómeno de las
invasiones barbáricas, el factor religioso: en el siglo
V, todos los reinos germánicos nacidos sobre tierras del
Imperio Romano occidental -los reyes y sus respectivos
reinos- eran arrianos, mientras las poblaciones
provinciales romanas eran mayoritariamente católicas. El
problema del arrianismo germánico tuvo extraordinaria
importancia para la historia occidental a lo largo de
tres siglos.
Los visigidos fueron los introductores del arrianismo
entre los pueblos germánicos invasores de los siglos IV
y V, no cristianizados hasta entonces y que profesaban
todavía un viejo paganismo residual y decadente. Pero
conviene dejar claro que fueron algunos emperadores
romanos de Constantinopla los últimos responsables de la
arrianización de los invasores bárbaros. Se trata de un
fenómeno histórico del mayor interés y perdurables
consecuencias.
La herejía arriana, condenada en el primer concilio
ecuménico de Nicea, no sólo sobrevivió a la condena,
sino que pareció incluso que iba a prevalecer como
confesión religiosa del Imperio. La razón fue la
política eclesiástica de los príncipes filoarrianos
sucesores de Constantino el Grande en el trono imperial
de Constantinopla. Mas, a medida que avanzó la segunda
mitad del siglo IV, el cristianismo católico, sostenido
por el prestigio y la acción de los grandes Padres de la
Iglesia y el favor popular, fue imponiéndose
definitivamente y la herejía declinó sin remedio. Esta
fue la coyuntura histórica en que los visigodos se
dirigieron al Imperio, solicitando licencia para
instalarse en tierras romanas.
Jordanes, en la citada Gética, da puntual noticia del
acontecimiento. En el año 376, los visigodos se
dirigieron al emperador Valente ofreciendo que «si se
les entregaba una parte de Tracia o Moesia para
cultivarla, vivirían con las leyes de éstos y se
someterían al Imperio, y para que tuviera mayor
confianza en ellos, prometieron que si se les daban
doctores de su lengua se harían cristianos». Valente,
que era arriano, accedió a la demanda y las
circunstancias favorecieron su natural deseo de que el
pueblo visigodo abrazase el arrianismo. Efectivamente, en
la ciudad romana de Nicópolis existía una comunidad de
godos cristianos que años antes habían sido expulsados
de la Dacia por sus connacionales, todavía paganos en su
gran mayoría; la causa de la expulsión había sido,
justamente, su conversión al cristianismo. Esta
comunidad gótico-cristiana era arriana, porque su
obispo, Ulfilas, había abrazado en Constantinopla el
arrianismo. Este prelado había creado en Nicópolis una
escuela, en la cual se formó un clero gótico-arriano,
capaz de catequizar a los visigodos en su lengua, tal
como los jefes del pueblo habían solicitado. Ulfilas
llevó a cabo, además, una empresa de extraordinaria
importancia para la historia de la Filología: creó un
alfabeto gótico, pues el godo no había sido hasta
entonces una lengua escrita; y seguidamente realizó una
versión gótica de la Biblia, que había de constituir
un precioso instrumento para la conversióin del pueblo.
La conversión de los visigidos al arrianismo llevada a
cabo por los clérigos de la escuela de Ulfilas, se
completó durante las dos décadas finales del siglo IV,
esto es mientras permanecieron en las provincias romanas
de los Balcanes, y antes de emprender la larga marcha
hacia Occidente. El ejemplo se extendió con rapidez y
todos los pueblos invasores que por esos años
abandonaron el viejo paganismo abrazaron el cristianismo
arriano; y bajo esta forma, como la modalidad propia del
cristianismo germánico, el arrianismo prolongó su
existencia durante otros tres siglos.
10. LA EVOLUCION DE LA PROBLEMATICA RELIGIOSA
¿Cuál pudo ser la razón de la opción unánime de los
invasores germánicos de esta época por el cristianismo
arriano? Pudo darse el deseo de que la disparidad
confesional contribuyera a la defensa de la personalidad
de la minoría germánica dominante, frente al peligro de
absorción por la mayoritaria población
romano-provincial, que profesaba la religión católica.
Así se explicaría también que el arrianismo no fuera
proselitista con respecto a los «indígenas» católicos
sujetos a su poder político, mientras se esforzaba por
arrastrar a la herejía a otros pueblos de su misma etnia
germánica. Eso sucedió en el reino suevo de Galicia a
donde, tras su derrota militar, los visigodos de Toulouse
enviaron un misionero, Ajax, con el fin de convertir al
pueblo al arrianismo: al pueblo suevo -se entiende-, no a
la mayoritaria población galaico católica.
Un arrianismo no proselitista no tenía que ser, en
principio, perseguidor, y no lo fue las más de las
veces. Una excepción pudo darse en el reino visigodo de
las Galias en tiempo de Eurico, cuando, según Sidonio
Apolinar, hubo destierros de obispos y clausura de
iglesias. Pero verdadera persecución solamente parece
haberse dado en el reino vándalo de Africa del norte. La
Iglesia católica tenía a la llegada de los vándalos
una fuerte implantación territorial. La Notitia
provinciarum et civitatum Africae, un elenco existente en
el archivo de la iglesia de Cartago, menciona la
existencia en el siglo V de más de 450 diócesis y
obispos. La persecución, iniciada por el primer rey
vándalo Gensérico, llegó a su máxima virulencia
durante el reino de su hijo y sucesor, Hunérico
(477-484). La Historia de la persecución de la provincia
africana, de la que es autor un escritor contemporáneo,
Víctor de Vita, ofrece un pormenorizado relato de la
dramática existencia de la Iglesia bajo el dominio
vándalo.
La situación religiosa cambió en la España visigoda,
años después de la desaparición de los reinos vándalo
y ostrogodo. Leovigildo inició una nueva línea
política encaminada a promover la integración de los
dos pueblos, godo y romano, de su reino. A lo largo de
los quince años que duró su reinado (571-586) el
monarca consiguió la anexión del reino suevo del
noroeste; en el plano social resulta significativa la
derogación de la legislación prohibitiva de los
matrimonios mixtos entre godos y romanos; pues, aunque
esa norma fuera de origen romano y figurase en el Código
y en la práctica hubiese sido quebrantada muchas veces,
su derogación expresa y oficial tenía el claro
significado de una medida en pro de la unidad entre los
súbditos de origen romano y germánico. La promoción de
la unidad religiosa constituyó un propósito fundamental
de la política leovigildiana. A más de medidas de
presión en forma de destierros y favores, el rey
promovió en el plano teológico la formulación de un
arrianismo tardío y mitigado -prácticamente un
Macedonianismo-, con la esperanza de que resultara
aceptable a los católicos. La política confesional de
Leovigildo acabó en un profundo fracaso: la unidad
religiosa se consiguió, por su hijo Recaredo, bajo la
forma de unidad católica.
11. UN NUEVO MAPA POLITICO DEL MUNDO OCCIDENTAL
El siglo VI fue testigo de una radical transformación
del mapa político occidental, tal como había quedado
configurado a raíz de la primera oleada de las
invasiones bárbaras. Dos fueron las causas que
determinaron más decisivamente un cambio tan
revolucionario: una, la penetración del pueblo franco en
las Galias, que supuso su entrada en escena en el gran
tablero del Continente europeo; la otra causa fue la
expansión bizantina hacia Occidente, promovida y llevada
adelante por el emperador oriental Justiniano.
La aparición de los francos en la gran historia de
Europa tuvo como protagonista a Clodoveo, un joven
príncipe que vivió entre los años 465 y 511, y que
demostró tener excepcionales dotes de estadista.
Clodoveo y el pueblo franco seguían siendo paganos
cuando iniciaron su entrada en las Galias. Era el momento
en que se planteaba una toma de decisión acerca de la
conversión cristiana del monarca, y Clodoveo,
apartándose de lo que había sido hasta entonces
criterio unánime entre los pueblos germánicos, optó
por hacerse católico, y un día de Navidad entre los
años 498 y 506, recibió las aguas del bautismo en
Reims, de manos del obispo San Remigio.
La conversión católica de Clodoveo tuvo una inmensa
resonancia entre la población romana de las Galias.
Avito de Vienne, el principal obispo del reino burgundio
y miembro de una destacada familia de la aristocracia
provincial galo-romana, declaraba su entusiasmo en una
carta a Clodoveo, escrita con ocasión de su bautismo:
vestra fides -le decía- nostra victoria est!, ¡vuestra
fe es nuestra victoria!, y anunciaba un hecho de gran
transcendencia política: en adelante, el emperador
oriental ya no será el único soberano católico del
Orbe; Occidente tendrá también el suyo: el rey de los
francos. Y este rey se disponía a afrontar una empresa
militar que habría de tener extraordinaria importancia
para el futuro destino de las Galias y de la propia
historia europea.
Desde hacía casi un siglo, los visigodos, con su reino
de Tolosa, dominaban -como ya se dijo- las principales
provincias galo-romanas, desde el río Loire hasta el
Prineo. La cuestión que ahora se planteaba era ésta:
¿de quién serían definitivamente las Galias, de los
visigodos del mediodía del país o de los francos que
llegaban desde el norte? El dilema sólo podía tener una
solución militar, y a ella se llegó en el año 507, en
la decisiva batalla de Vouillé: Clodoveo y los francos
derrotaron a los visigodos , y su rey, Alarico II, murió
en la batalla. Con gran celeridad los francos ocuparon el
reino tolosano, con excepción de los territorios del
sureste, ceranos a las costas del Mediterráneo. Las
Galias serían defintivamente Francia, el país de los
francos. El pueblo godo trasladó sus sedes a la
Península ibérica y allí creó el reino visigodo
español, destinado a sobrevivir durante otros dos
siglos.
12. EL EXPANSIONISMO BIZANTINO
El otro acontecimiento histórico que habría de
convulsionar el mapa político surgido de las primeras
invasiones bárbaras fue la nueva política expansionista
del Imperio oriental, destinada a extender el dominio
bizantino sobre las antiguas provincias romanas del
centro y el occidente de la cuenca mediterránea. Tal fue
el gran designio político de Justiniano, el más ilustre
de los emperadores que ocuparon el trono de Bizancio.
Justiniano fue sobrino y hombre de confianza del
emperador Justino, que reinó en Constantinopla entre los
años 518 y 527, y que antes de morir le asoció al
trono. Proclamado emperador a su muerte, Justiniano tuvo
un largo reinado (527-565), de tal manera que puede
decirse que dirigió los destinos del Imperio bizantino
durante cerca de medio siglo. Su obra dejó una huella en
terrenos tan diversos como la Iglesia o el Derecho, las
Bellas Artes o la estrategia militar. Pero aquí bastará
recordar el mayor designio de su política exterior: la
reconstrucción de la unidad del antiguo Imperio romano.
Pera ello, su objetivo inmediato fue recuperar la
soberanía sobre el Africa latina y la Península
italiana, en manos ahora de dos pueblos germánicos, el
vándalo y el ostrogodo, respectivamente.
La expansión bizantina hacia Occidente ha quedado
recogida en dos obras de un escritor contemporáneo,
Procopio de Cesarea: el Bellum Vandalicum y el Bellum
Gothicum. Los comienzos de la ofensiva imperial fueron
deslumbrantes. La primera de las empresas, la guerra
vandálica, merece el apelativo de «guerra relámpago».
El 30 de agosto de 533, el ejército bizantino, al mando
de Belisario, desembarcó en las costas de la Byzacena, y
dos semanas después, el 15 de septiembre, los bizantinos
entraban en la capital del reino, Cartago. Gelimer, el
último monarca vándalo, se retiró hacia el oeste y
trató de ofrecer una última resistencia desde los
montes de Numidia; pero derrotado de nuevo, aceptó una
propuesta de rendición. El Africa vándala desapareció
tras un siglo de existencia, y en abril de 534,
Justiniano creó la prefectura del Pretorio de Africa,
que comprendía todos los territorios que habían
constituido la base territorial del desaparecido reino
germánico: las tierras continentales y las grandes islas
mediterráneas: Sicilia, Cerdeña, Córcega y las
Baleares. El pueblo vándalo, como tal, quedó borrado de
la historia y los supervivientes que permanecieron en
Africa se fundieron con las poblaciones latina o mora.
La guerra gótica puede considerarse como el reverso de
la medalla de la vandálica. Fue una lucha larga,
enconada, con muchas alternativas, que se prolongó
durante casi veinte años, y en la que los imperiales
hubieron de superar una resistencia heroica, encabezada
por una serie de reyes-caudillo entre los que destacaron
Vitiges y Tótila. La guerra, iniciada con el desembarco
bizantino en Calabria, en el verano de 636, terminó con
la rendición de las últimas fortalezas godas, bien
entrada la segunda mitad del siglo VI. El pueblo
ostrogodo, como antes el vándalo, se extinguió y los
últimos residuos se diluyeron, mezclados con la
población ítalo-romana. El 13 de agosto de 554, el
emperador Justiniano, en virtud de la «Pragmática
Sanción», constituyó sobre la base territorial de la
península la prefectura del Pretorio de Italia. Los
longobardos llegarían poco después y aportaron una
nueva presencia popular germánica en buena parte de
Italia.
El final de la guerra gótica vino a coincidir con la
expedición bizantina a España, a donde los imperiales
acudieron durante la guerra civil entre los reyes
visigodos Agila y Atanagildo y aprovecharon esa
oportunidad para crear un dominio bizantino en el sureste
de la Península ibérica, que perduró a lo largo de
sesenta años. Este fue el máximo avance conseguido por
la expansión bizantina hacia el Occidente mediterráneo.
La política de Justiniano había obtenido logros
impresionantes, pero no llegó a conseguir el gran
objetivo originario, la restauración de la unidad
imperial en la cuenca mediterránea. Y es que Bizancio
hubo de replegarse hacia Oriente y dedicar sus mejores
fuerzas a hacer frente a dos graves amenazas: primero, la
gran ofensiva del Imperio persa y poco después la
aparición del Islam, un acontecimiento destinado a dar
un nuevo giro a la historia.
13. LA IRRUPCION DEL ISLAM
En el siglo VII, que se inició durante el pontificado
del gran papa Gregorio Magno, parecen esbozarse con más
nitidez los rasgos propios de la futura Europa
occidental. Francia caminaba hacia la unidad, pese a las
divisiones internas entre reinos particulares -Austrasia,
Neustra, Borgoña-, regidos todos por príncipes
merovingios de la estirpe de Clodoveo. Por eso, Gregorio
de Tours pudo recoger los avatares de cada uno de
aquellos reinos en una única historia, titulada con toda
razón Historia Francorum. La Inglaterra anglosajona se
cristianizó durante este siglo. y de ahí que los
misioneros anglosajones tomaran el relevo a los
irlandeses durante el siglo VIII en la evangelización de
la Europa central, una empresa en la que el sajón
Winifrido -San Bonifacio- recogió el testigo del celta
San Columbano. España -el reino visigodo español-
experimentó en el siglo VII un espléndido florecimiento
cultural -la «Era isidoriana»- que pueden simbolizar
las palabras de San Isidoro, impregnadas de patriotismo
hispánico: «¡Oh España, madre sagrada y siempre feliz
de príncipes y de pueblos, tu eres la más hermosa de
todas las tierras que se extienden desde el Occidente
hasta la India!». La excepción en ese esbozo de futuro
mapa europeo la constituía la Península italiana,
escenario de una difícil convivencia de bizantinos y
longobardos.
Pero en el siglo VII, lejos del Occidente europeo, se
fraguaba un fenómeno que iba a alterar radicalmente el
curso previsible del devenir histórico. ¿Quién hubiera
podido predecir a comienzos de aquella centuria que unos
beduinos del desierto de Arabia fuesen a entrar por la
puerta grande en la historia universal y a cambiar
revolucionariamente la marcha del mundo? Y, sin embargo,
así fue... La «Hégira», punto de arranque de la Era
islámica, coincide con el año 622 de la Era cristiana.
Mahoma, el fundador del Islam, murió diez años más
tarde y la expansión musulmana dio comienzo casi de
inmediato. En el año 636, los árabes tomaron Damasco,
en 638 Jerusalén, en 640 El Cairo, en 642, Alejandría;
y hacia mediados del siglo el Imperio persa caía en sus
manos. La marcha hacia Occidente progresó de modo
implacable a lo largo del norte de Africa, hasta alcanzar
las playas del Atlántico.
En el año 711, los árabes cruzaron el estrecho de
Gibraltar, poniendo así pie en el continente europeo. El
reino visigodo español, minado por rivalidades entre
clases político-familiares, se derrumbó como un
castillo de naipes y pocos años después, en 711, los
invasores rebasaron la línea del Pirineo. Y, para hacer
todavía más dramática la situación, los árabes
atacaban a la vez el mismo corazón del Imperio bizantino
y la capital, Constantinopla, sufrió durante un año un
durísimo asedio por parte del ejército y la flota del
Califato de Damasco, que se prolongó desde agosto de 717
a agosto de 718. El continente europeo, asaltado por
oriente y occidente, parecía destinado a ser sumergido
por la marea del Islam. Europa, apenas intuida, corría
el riesgo de no llegar a ser. Pero en este momento
crítico, el curso de la historia dio un nuevo giro.
Constantinopla se salvó y el Imperio bizantino prolongó
aún su vida durante largos siglos. En Occidente, el
avance del Islam fue detenido en Poitiers por Carlos
Martel. No deja de ser significativo que en el corazón
de la España musulmana, el anónimo autor de la Crónica
Mozárabe se hiciera eco del acontecimiento y llamase
«europenses» a los francos que derrotaron a los árabes
y contribuyeron decisivamente a hacer posible la Europa
cristiana.
José Orlandis
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