Razón Española, nº 108; El amanecer de Europa

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El amanecer de Europa

Por José Orlandis

Una lección del Imperio Romano indice España en la poesia de García Nieto

El amanecer de Europa

1. ¿HACIA UNAS NUEVAS INVASIONES?



Un día del mes de abril del año 1992 sostuve en París una larga conversción con Michel Rouche, catedrático de Historia medieval en la Universidad de la Sorbona, a donde había ido invitado a dictar una conferencia sobre un tema español: Recaredo, rey católico de España. La conversación fue derivando desde el pasado remoto al futuro, desde los tiempos de las invasiones germánicas al porvenir inmediato de Europa. En este punto Michel Rouche -lo recuerdo perfectamente- me dijo con la mayor convicción: el mayor problema que los países europeos tendrán que afrontar en el siglo XXI va a ser el de las nuevas invasiones barbáricas.

Hace una década, cuando el profesor Roche hacía esta afirmación, ninguna «patera» había abordado todavía las playas andaluzas, procedente de las costas del norte de Africa. Hoy, las inmigraciones masivas llegadas del continente africano, de América del sur, de Filipinas o del este deEuropa son ya una realidad. Las nuevas invasiones han comenzado y el problema ha cobrado una candente actualidad. Por eso no constituye un mero ejercicio de erudición tratar de revivir las grandes líneas de un fenómeno que, entre los siglos IV y VI transformó la faz y el destino histórico del Viejo Continente. Pienso, por el contrario, que hacerlo revivir es un servicio que el historiador de la Tardía Antigüedad puede prestar a sus contemporáneos, llamados a presenciar y protagonizar la gran aventura del cambio social en el siglo XXI.

El fenómeno histórico que tratamos de analizar es extraordinariamente complejo; por esa razón habremos de limitarnos a esbozar sus rasgos fundamentales, con el deseo de que el lector pueda hacerse una idea lo más aproximada posible de la realidad. Es evidente que la mayoría de los lectores no será especialista en la época de la Tardía Antigüedad y Temprana Edad Media. Ello obliga a escribir con brevedad, pero a la vez con rigor, de manera que la idea que esos lectores puedan formarse refleje fielmente un período de la historia tan denso en acontecimientos como pródigo en consecuencias.





2. EL IMPERIO ROMANO OCCIDENTAL EN LA EPOCA DE LAS INVASIONES BARBARICAS



Es necesario comenzar por exponer cuáles van a ser los límites de este ensayo. El objeto a considerar es el espacio geográfico que constituyó la base territorial y humana del Imperio de Occidente. Las dos Partes Imperio -Oriente y Occidente-, reunidas por última vez bajo el gran Teodosio, se convierten a partir de su muerte en dos Imperios, el Oriental y el Occidental, bajo el gobierno de dos emperadores, Arcadio del primero y Honorio del segundo. Su destino en la historia iba a ser muy distinto: el Imperio oriental perduraría más de mil años; el Occidental desaparecía en la segunda mitad del si-
glo V.

El Imperio de Occidente, sobre el cual recaerá desde ahora nuestra atención, estaba dividido en dos grandes demarcaciones político-administrativas: las «Prefecturas del Pretorio» de las Galias y de Italia. La primera, cuya capitalidad se replegó más tarde de Treveris a Arles, comprendía las «diócesis» civiles de Britania, la Galia, Siete Provincias e Hispania. La «Prefectura» de Italia agrupaba las «diócesis» de Iliria, Italia Annonaria, Italia Suburbicaria y Africa. Las «diócesis» estaban formadas por «provincias», la demarcación territorial romana más antigua. El número de provincias en los últimos tiempos del Imperio unido ascendía a unas ciento veinte.

Como puede observarse, en este mapa político, el mar Mediterráneo no constituía una línea divisoria. Las dos «prefecturas» tenían tierras al norte y sur de ese mar; la divisoria no seguía la línea de los paralelelos, sino la de los meridianos. Hasta la aparición del Islam y su extensión por las tierras ribereñas del norte de Africa, el Mediterráneo unía, no separaba. La lengua y la cultura comunes de las provincias del Imperio occidental era latina, pese a la natural subsistencia de pecualiridades regionales.

¿Quiénes eran los habitantes del Imperio occidental antes de las invasiones? Eran las poblaciones indígenas de los diversos territorios, unidos por el vínculo de la pertenencia durante medio milenio a un mismo mundo político-cultural, social y económico. El grado de «romanización» de las provincias era , sin embargo, desigual. La península italiana era la cuna de la latinidad, y al estatuto jurídico de los itálicos habían sido equiparados los habitantes de las otras provincias, antes de la concesión general de la ciudadanía por el emperador Caracalla. En las Galias, las poblaciones de las provincias del sureste próximas al Mediterráneo eran las más romanizadas. En Hispania, la romanización -muy unida de ordinario al desarrollo urbano- era más intensa en la Bética, la Tarraconense y el sur de la Lusitania. La Britania romana ocupaba la mitad meridional de la Isla. Una barrera defensiva la protegía de los salvajes «pictos» de Escocia, pero la situación era precaria y aquella línea -el "Vallum Antonini" del siglo II- había tenido que retroceder al más meridional "Vallum Hadriani". De la provincia de la Iliria -en especial la costa dálmata- procedían personalidades tan relevantes como el emperador Diocleciano y San Jerónimo. En cuanto al Africa romana, bastará recordar que en el siglo II había sido la tierra natal de Tertuliano, en el siglo III de San Cipriano y en el siglo IV de San Agustín. Agustín, entre las invasiones bárbaras y las desgracias de Roma, tan difíciles de comprender para muchos cristianos de entonces, trató de discernir los designios de Dios en su Providencia y escribió con ese fin un inmenso tratado de Teología de la historia, La Ciudad de Dios. Pero al insigne Padre de la Iglesia africana le tocaría en suerte algo más: hubo de sufrir al final de la vida el zarpazo de las invasiones y murió sitiado por los vándalos en su ciudad episcopal, Hipona.

El "Limes", una frontera que seguía a grandes trazos los cursos del Rhin y del Danubio, separaba el mundo cultural latino del germánico, el espacio de la romanidad de las tierras exteriores habitadas por los pueblos «bárbaros», esto es extranjeros. Los pueblos germánicos fueron los protagonistas de la primera oleada invasora, la más importante para la configuración de la joven Europa. Más tarde llegarían nuevas oleadas de pueblos -eslavos, magiares, wikingos y, naturalmente, islámicos. Pero solamente sobre los primeros -los invasores de los siglos IV al VI- fijaremos aquí la atención.





3. LOS PUEBLOS GERMANICOS INVASORES DEL IMPERIO



¿Cuáles eran los precedentes históricos de estos pueblos y la situación de cada uno en vísperas de las invasiones? Varios de ellos parecen provenir, aunque fuera remotamente, de Escandinavia, de aquella «Skanza Insula» que la Getica del historiador alano Jordanes (siglo VI) definía como taller o fragua de pueblos y matriz engendradora de naciones: «cuasi officina gentium aut certe velut vagina nationum» (Get. IV, 25). Ese origen lo tenían ante todo los godos, pero también, posiblemente, otros más: los vándalos, los burgundios, los longobardos. Las lenguas de esos pueblos estaban hondamente diferenciadas, hasta el punto de no permitir la intercomprensión. Dos de aquellas lenguas llegaron a ponerse por escrito, una nórdica en caracteres rúnicos y más tarde la gótica, a que habrá que volver a hacer referencia. El universo religioso de los germanos era muy amplio, con divinidades mayores como Wotan y Tiwaz -el dios de la guerra- o Donar. Por debajo de esos dioses pululaba una muchedumbre de divinidades menores o seres semidivinos, como los «elfos» o las «walkirias» y estirpes familiares e, incluso, cosas impregnadas de sacralidad. Sin embargo, ha de tenerse en cuenta que el paganismo germánico se hallaba muy decaído entre los pueblos protagonistas de las primeras invasiones, mientras que en Escandinavia mantenía un considerable vigor.

Un extremo sobre el que conviene llamar la atención es la existencia de importantes contactos entre romanos y bárbaros, desde largo tiempo antes de las invasiones. Un vehículo de esos contactos fueron los intercambios comerciales y viajes de mercaderes entre uno y otro lado del «limes». Pero la principal ocasión la deparó el reclutamiento de soldados «bárbaros», con vistas a la defensa del Imperio. El eclipse del espíritu militar, que se dejó sentir especialmente entre las poblaciones italicas, obligó a la recluta de mercenarios germanos, sobre todo en calidad de «limitanei», encargados de la cobertura del «limes» fronterizo. La «barbarización» del ejército romano alcanzó a los mandos superiores. En los rangos más altos de la milicia pueden encontrarse francos, como Bauto y Merobaudes, suevos como Ricimero y un vándalo tan insigne que emparentó incluso con la familia imperial: Estilicón, que casó con Serena, sobrina de Teodosio I, y María, hija del caudillo vándalo, fue la prometida esposa del nuevo emperador Honorio. El eskiro Odoacro fue más tarde el autor del golpe de Estado que derrocó a Rómulo Augústulo, y puso fin en el año 476 al Imperio romano de Occidente.





4. ETNOGENESIS Y DEMOGRAFIA DE LOS BARBAROS



¿En qué territorios se hallaban asentados a mediados del siglo IV los pueblos que protagonizaron las primera invasiones bárbaras? En las regiones más orientales se encontraban los pueblos godos. Los godos, tras cruzar el mar Báltico, habían llevado a cabo entre los siglos I y III una larga migración en dirección al sur, que los llevó desde las costas polacas o lituanas hasta las tierras meridionales de Rusia y Ucrania. Dividido el pueblo en dos ramas, los ostrogodos se establecieron en Crimea y la región al noroeste del mar Negro, mientras los visigodos se asentaban, con el beneplácito del emperador Aureliano, en la antigua provincia romana de la Dacia, la Rumanía actual. Más al Oeste, en el corazón del Viejo Continente, se hallaban asentados los pueblos que romperían en el año 406 el «limes» romano del Rhin: los vándalos, ya citados, los alanos, originarios de la región del mar Caspio, y los suevos, establecidos desde tiempo atrás en lugares dispersos de Europa central. Otros pueblos, como los burgundios, los alemanes y los francos, no cruzaron el Rhin en 406. Varios de ellos se hallaban en una fase más retrasada del proceso de configuración nacional. Estos procesos de etnogénesis suscitan especialmente la atención de los más modernos historiadores. Uno de éstos -J. Pampliega- ha publicado recientemente un libro -Los germanos en España-, sobre la etnogénesis de los pueblos bárbaros que se instalaron en la Península ibérica.

Dos puntos quedan todavía por precisar: el primero es si puede hacerse un cálculo, aunque sólo sea muy aproximado, del peso demográfico de los pueblos germánicos invasores. Lo único que cabe afirmar con seguridad es que su cuantía era muy reducida, con relación a las poblaciones provinciales romanas de los territorios donde fueron a instalarse; numéricamente nunca representaría más del cinco por ciento, aunque su peso específico fuera mayor, dado que en sus manos estaba el poder político y el militar. Según algunos cálculos fundados en indicios razonables, los pueblos «mayores» -ostrogodos, visigodos- pudieron sumar, al menos en ciertos momentos, alrededor de doscientas mil almas. Pueblos de corte intermedio -concretamente los vándalos- alcanzarían cifras en torno a los ochenta mil individuos, que es la que les asigna el historiador contemporáneo Víctor de Vita. Habría pueblos de más débil peso demográfico, como los burgundios o los suevos de Galicia.

El segundo punto es el de la forma política dominante entre los pueblos bárbaros en la época de las migraciones. Esa forma era la monárquica, encarnada en estirpes familiares de gran prestigio, a las que se atribuía a veces un origen semidivino o sacral. Tal era el caso de los Amalos ostrogodos, de los Balthos visigodos, de la raza de Meroveo entre los francos, o de la dinastía «bávara» entre los longobardos, la de la célebre reina Teodelinda. Los visigidos estaban, sin embargo, dirigidos por duques al hacer su entrada en suelo romano, y fue ya sobre ese suelo donde se restauró la monarquía, en la persona del baltho Alarico I. Los longobardos conocieron también un breve perío-do de exclusivo gobierno ducal, poco después de su instalación en la península italiana. Procede hacer ahora una sucinta exposición del curso de las invasiones y de cuál fue el mapa político resultante cuando -en torno al año 430- podía darse por concluido el primer ciclo migratorio.





5. EL DESARROLLO HISTORICO DE LAS PRIMERAS MIGRACIONES



El inmediato factor determinante de las invasiones germánicas fue la irrupción de los hunos, un pueblo asiático que inició su «carrera» europea hacia los años 374-375, atacando y sometiendo a su poder a los ostrogodos instalados en la Ucrania meridional. Los visigodos, sintiéndose también en peligro por la amenaza húnica, pidieron licencia -y la obtuvieron- del Imperio oriental para instalarse en las provincias romanas de Tracia y Moesia, al sur del Danubio, dejando el gran río a sus espaldas, como escudo protector. Mas la armonía duró poco y el pueblo visigodo, descontento por las condiciones de su asentamiento, se alzó en armas contra la autoridad romana, y en agosto de 378, el emperador Valente fue vencido y muerto en la batalla de Adrianópolis. Hacia el año 400, los visogidos, dirigidos por su rey Alarico, iniciaron la marcha hacia Italia y Occidente. El 24 de agosto de 410, la Ciudad Eterna cayó en manos de los godos, que la saquearon durante tres días y siguieron hacia el sur de la Península, llevando consigo un enorme botín y numerosos cautivos, entre ellos la princesa Gala Placidia, hermana de los emperadores Arcadio y Honorio. La intención de Alarico era llevar a su pueblo al Africa romana. Es interesante constatar el atractivo que el Africa latina ejercía sobre los bárbaros, gracias a su fama de provincia «frumentaria», gran proveedora de vino y aceite para la Urbe imperial. Los visigodos fracasaron en su intento, como fracasarían de nuevo al repetirlo cinco años después, desde las costas andaluzas. Los vándalos, en cambio, coronaron con éxito la empresa desde el sur de España, en la primavera del 429.

Entre tanto, en el año 406, se había producido la ruptura del «limes» romano del Rhin. Suevos, vándalos y alanos, tras atravesar las Galias, penetraron en Hispania, venciendo la única resistencia que encontraron, la de un ejército privado dirigido por los hermanos Dídimo y Veriniano, dos jóvenes próceres emparentados con la familia imperial de Teodosio.

Sin descender a más detalles, bastará con decir que, hasta la segunda mitad del siglo VI, sobre las tierras del antiguo Imperio occidental, se habían constituido los siguientes reinos:

El reino visigodo de las Galias, con capital en Toulouse, se extendía por el norte hasta el río Loire, a la vez que consideraba la Península ibérica, teóricamente imperial en su mayor parte, como zona de influencia; en la región noroccidental de Hispania, los suevos habían creado su propio reino de Galicia. En la Sapaudia, Savoya, con capital en Lyon, se había constituido hacia mediados del siglo V un reino burgundio. La Britania romana había sufrido una dramática crisis cuando, a principios del siglo V, las guarniciones imperiales evacuaron la isla. Gildas de Ruis, en su obra De excidio Britanniae, hace una impresionante descripción de la ruina de Britania, seguida medio siglo después por el desembarco de anglos y sajones. Su consecuencia fue la «Heptarquía», una nueva realidad política, cuya historia fue escrita a comienzos del siglo XIII por Beda el Venerable, en su Historia Ecclesiastica Gentis Anglorum. Más tarde, en Italia, tras la desaparición del Imperio occidental, el pueblo ostrogodo cruzó los Alpes en el verano de 489, con licencia del emperador oriental, que nombró a su rey Teodorico «patricio» y «maestro de la milicia». El reino ostrogodo de Italia fundado por Teodorico, estaba destinado a tener una brillante, aunque no dilatada, historia. El cuadro político occidental resultante de las invasiones se completaba, finalmente, con el reino vándalo de Africa del norte.





6. OBJETIVOS POLITICOS DE LOS INVASORES



Conviene arrojar luz sobre algunas cuestiones, que fueron tema de discusión de los historiadores durante siglos y que importa aclarar para tener una comprensión adecuada del sentido, los propósitos y las consecuencias de las invasiones. El primer interrogante que procede plantear es el siguiente: ¿constituía la destrucción del Imperio occidental y su sustitución por otras formas estatales un objetivo preferente de los invasores germánicos? La respuesta parece que debe ser negativa, salvo en algún momento concreto y pasajero de la historia de aquellos años. El visigodo Ataulfo, que a la muerte en Italia de Alarico I le había sucedido al frente de su pueblo, albergó durante algún tiempo ese designio. Vale la pena recordar a este propósito un pasaje del libro VII de las Historias contra los paganos, del hispano Paulo Orosio.

Escribe Orosio que, hallándose en Belén, fue testigo del relato que hizo a San Jerónimo un ilustre ciudadano de Narbona, que había tenido estrecha amistad con Ataulfo, durante su permanencia en aquella ciudad de las Galias. Ataulfo, en un principio, habría deseado borrar el nombre romano de la faz de la tierra y crear un imperio de los godos «o, para decirlo llanamente, que fuese Gotia lo que había sido Romania, y que Ataulfo fuese ahora lo que en otro tiempo fue César Augusto». Pero la experiencia de la barbarie de su pueblo le llevó a mudar de opinión, y él mismo «resolvió buscar para sí la gloria de restaurar en su integridad y aún acrecentar el nombre romano con las fuerzas de los godos, para que así la posteridad le considerase como autor de la restauración romana, ya que no había podido ser su transformador». Orosio atribuía el cambio operado en Ataulfo a la influencia de Gala Placidia, la princesa hecha prisionera en el saco de Roma, con la que el rey había contraído solemnemente matrimonio en Narbona. Es significativo que al único hijo de esa unión bárbaro-romana -fallecido prematuramente- se le impusiera el nombre de Teodosio, el gran emperador padre de Placidia.

La realidad histórica es que las invasiones germánicas no perseguían la destrucción del Imperio de Occidente, lo que no excluye que la mera existencia de los nuevos reinos y la consiguiente «sustitución» del poder romano por el barbárico contribuyera a debilitar progresivamente la autoridd imperial. El Imperio se derrumbó por la creciente caquexia de la autoridad efectiva y moral de unos emperadores que guardan parecido con los futuros «últimos merovingios», los llamados reyes holgazanes. El Imperio se extinguió sin tragedia y es probable que la gran mayoría de sus súbditos ni siquiera fuese consciente de su muerte. Ni aún hizo falta atentar contra la vida de Rómulo Augústulo, el ultimo emperador. Este insignificante soberano fue enviado a Sicilia, donde prosiguió apaciblemente su existencia. Odoacro, el jefe bárbaro que lo había depuesto, se limitó a enviar las insignias imperiales a Constantinopla, la sede del Imperio oriental.





7. HOSPITALIDAD MILITAR Y REPARTO DE TIERRA



Los invasores bárbaros vinieron en busca de tierras y pactaron «foedera» -tratados- con el Imperio, en los que, a cambio de ellas, se ofrecían a servir como tropas auxiliares en el ejército romano. El asentamiento popular se llevó a cabo con arreglo a las normas de la «hospitalidad militar», y en las comarcas donde se asentaron los inmigrantes bárbaros, exigió un reparto de tierras con los nuevos «huéspedes». El Código de Eurico -el más antiguo de los cuerpos legales de los nuevos reinos germánicos- llama «sortes gothicae» y «tercias de los romanos» las porciones correspondientes a cada uno de los «consortes».

La historiografía y hasta el arte de la época del Romanticismo ofrecieron a menudo una visión »catastrofista» de la penetración de los bárbaros en tierras del Imperio. Es cierto que en ocasiones se produjeron situaciones de opresión y violencia. Como paradigma de ellas puede presentarse la toma y saqueo de Roma por Alarico I, y no faltan otros episodios similares, aunque de menor entidad. Baste recordar la matanza del rector -magistrado romano- y de los «notables» de Lugo, perpetrada por los suevos en el año 460, aprovechando la fiesta de la Pascua; o los desmanes que habían sufrido tres años antes las poblaciones de Astorga y Palencia, por parte de un ejército visigodo y en teoría «amigo». En Italia, el gran monarca Teodorico de Rávena ensombreció el final de su reinado con la prisión y ejecución del ilustre Severino Boecio, su antiguo ministro; y también allí las postrimerías de aquel reino que había pretendido ser una feliz síntesis de romanismo y germanismo, fueron ensangrentadas por el sacrificio de trescientos jóvenes de familias senatoriales, que los ostrogodos retenían como rehenes. Pero fue sin duda el Africa del norte vándala el reino bárbaro donde la población romana sufrió más, aunque en este caso -como luego se verá- la motivación religiosa tuvo decisiva importancia.





8. LOS PROBLEMAS DE CONVIVENCIA



Todos esos hechos son reales, pero sería equivocado ex-
traer de ellos la impresión de que las migraciones crearon un clima generalizado de violencia entre bárbaros y romanos. La liturgia de la Iglesia nunca compuso una invocacióin específica frente a la amenaza de estos pueblos germanos, como aquella de «a furore normannorum» -del furor de los wikingos- «libera nos Domine!», que se introdujo más tarde en algunas regiones en las Letanías de los Santos. Tampoco puede hablarse de un reiterado incumplimiento de sus compromisos de federados por parte de los invasores germánicos. En Hispania, hacia el año 415 pudo verse a los visigodos del rey Valia combatir a los otros pueblos bárbaros entrados en la Península en el 409, con el fin de restablecer la autoridad romana; medio siglo más tarde, aquellos visigodos vendrían desde su reino de las Galias a luchar contra los suevos de Rekhiario que devastaban la provincia Tarraconense, todavía dependiente, al menos en teoría, del moribundo Imperio romano occidental. En el año 453 pudo verse a Teodorico I y sus godos luchar codo a codo con las legiones romanas de Aecio y derrotar en los Campos Cataláunicos a Atila, en una histórica jornada en que el viejo rey visigodo halló la muerte. También hay que recordar la participación de dignatarios romanos en las tareas de gobierno de los reinos germánicos. El galo-romano Aniano suscribió en Tolosa como canciller el Breviario de Alarico II. En Italia, el rey ostrogodo Teodorico tuvo como ministros a personalidades como Boecio -hasta su desgracia- y Casiodoro; y durante la mayor parte de su reinado trató de mantener buenas relaciones con la clase senatorial romana.

Es posible que las fricciones más frecuentes entre romanos y bárbaros se produjeran en la convivencia próxima y cotidiana. Tenemos noticia por Sidonio Apolinar de los abusos derivados de un afán de colaboracionismo servil de Seronato, alto funcionario romano de la auvernia, que, durante el reinado de Eurico, adulaba rastreramente a los godos mientras maltrataba a sus conciudadanos romanos. Las relaciones entre el godo y el indígena provincial, «consortes» de un mismo fundo, serían a veces poco amistosas. Un sermón del Pseudo Fulgencio, de tiempos del reino visigodo de Tolosa, exhortaba a los fieles a recibir a Cristo como huésped, y añadía: «¡Ojalá venga El a nosotros como huésped bendito y deje de estar a nuestra vera el huésped godo y bárbaro. Porque este huésped lleva consigo armas y flechas, mientras que Aquél, paz y alegría: es un huésped que no viene a atormentar, sino a sanar, que no viene a despojar, sino a vestir; no a herir, sino a curar». La propia diferencia de cultura y educación podía constituir una dificultad más. El refinado patricio Sidonio Apolinar, aunque asiduo cortesano de Teodorico II y Eurico, no podía ocultar la repugnancia que le causaban los ancianos godos malolientes, que se reunían aún, coincidiendo con la luna nueva, en asamblea popular: «manchan sus vestidos -escribía- y los sucios lienzos ensanchan su magra espalda, sin que sus mantos de piel puedan alcanzar la rodilla; con un pobre nudo sujetan sus borceguíes de equino».

Hay que concluir afirmando que, en la mayor parte de las tierras romanas, las invasiones bárbaras no provocaron una ruptura del orden social establecido. Tal vez una relativa excepción la constituyera el reino vándalo de Africa y, más tarde, el reino longobardo de Italia. Hay abundantes noticias de la continuidad de grandes patrimonios de familias senatoriales que seguían existiendo en las Galias y en Borgoña, un relevante grupo social que ha sido modernamente estudiado por Stroheker. Por lo que hace a la Hispania del siglo VI, bastará recordar que el magnate de origen ostrogodo Theudis contrajo matrimonio con una opulenta dama hispano-romana y gracias a la fortuna de su mujer pudo reclutar un numeroso ejército privado y hacerse con la corona visigoda. Las Vidas de los Padres de Mérida nos informan de que, algunas décadas después, un matrimonio de «senatores» hispano-romanos poseía el mayor patrimonio de la provincia de Lusitania.





9. EL ARRIANISMO GERMANICO



Es hora ya de considerar otra cuestión de capital importancia para comprender el fenómeno de las invasiones barbáricas, el factor religioso: en el siglo V, todos los reinos germánicos nacidos sobre tierras del Imperio Romano occidental -los reyes y sus respectivos reinos- eran arrianos, mientras las poblaciones provinciales romanas eran mayoritariamente católicas. El problema del arrianismo germánico tuvo extraordinaria importancia para la historia occidental a lo largo de tres siglos.

Los visigidos fueron los introductores del arrianismo entre los pueblos germánicos invasores de los siglos IV y V, no cristianizados hasta entonces y que profesaban todavía un viejo paganismo residual y decadente. Pero conviene dejar claro que fueron algunos emperadores romanos de Constantinopla los últimos responsables de la arrianización de los invasores bárbaros. Se trata de un fenómeno histórico del mayor interés y perdurables consecuencias.

La herejía arriana, condenada en el primer concilio ecuménico de Nicea, no sólo sobrevivió a la condena, sino que pareció incluso que iba a prevalecer como confesión religiosa del Imperio. La razón fue la política eclesiástica de los príncipes filoarrianos sucesores de Constantino el Grande en el trono imperial de Constantinopla. Mas, a medida que avanzó la segunda mitad del siglo IV, el cristianismo católico, sostenido por el prestigio y la acción de los grandes Padres de la Iglesia y el favor popular, fue imponiéndose definitivamente y la herejía declinó sin remedio. Esta fue la coyuntura histórica en que los visigodos se dirigieron al Imperio, solicitando licencia para instalarse en tierras romanas.

Jordanes, en la citada Gética, da puntual noticia del acontecimiento. En el año 376, los visigodos se dirigieron al emperador Valente ofreciendo que «si se les entregaba una parte de Tracia o Moesia para cultivarla, vivirían con las leyes de éstos y se someterían al Imperio, y para que tuviera mayor confianza en ellos, prometieron que si se les daban doctores de su lengua se harían cristianos». Valente, que era arriano, accedió a la demanda y las circunstancias favorecieron su natural deseo de que el pueblo visigodo abrazase el arrianismo. Efectivamente, en la ciudad romana de Nicópolis existía una comunidad de godos cristianos que años antes habían sido expulsados de la Dacia por sus connacionales, todavía paganos en su gran mayoría; la causa de la expulsión había sido, justamente, su conversión al cristianismo. Esta comunidad gótico-cristiana era arriana, porque su obispo, Ulfilas, había abrazado en Constantinopla el arrianismo. Este prelado había creado en Nicópolis una escuela, en la cual se formó un clero gótico-arriano, capaz de catequizar a los visigodos en su lengua, tal como los jefes del pueblo habían solicitado. Ulfilas llevó a cabo, además, una empresa de extraordinaria importancia para la historia de la Filología: creó un alfabeto gótico, pues el godo no había sido hasta entonces una lengua escrita; y seguidamente realizó una versión gótica de la Biblia, que había de constituir un precioso instrumento para la conversióin del pueblo.

La conversión de los visigidos al arrianismo llevada a cabo por los clérigos de la escuela de Ulfilas, se completó durante las dos décadas finales del siglo IV, esto es mientras permanecieron en las provincias romanas de los Balcanes, y antes de emprender la larga marcha hacia Occidente. El ejemplo se extendió con rapidez y todos los pueblos invasores que por esos años abandonaron el viejo paganismo abrazaron el cristianismo arriano; y bajo esta forma, como la modalidad propia del cristianismo germánico, el arrianismo prolongó su existencia durante otros tres siglos.





10. LA EVOLUCION DE LA PROBLEMATICA RELIGIOSA



¿Cuál pudo ser la razón de la opción unánime de los invasores germánicos de esta época por el cristianismo arriano? Pudo darse el deseo de que la disparidad confesional contribuyera a la defensa de la personalidad de la minoría germánica dominante, frente al peligro de absorción por la mayoritaria población romano-provincial, que profesaba la religión católica. Así se explicaría también que el arrianismo no fuera proselitista con respecto a los «indígenas» católicos sujetos a su poder político, mientras se esforzaba por arrastrar a la herejía a otros pueblos de su misma etnia germánica. Eso sucedió en el reino suevo de Galicia a donde, tras su derrota militar, los visigodos de Toulouse enviaron un misionero, Ajax, con el fin de convertir al pueblo al arrianismo: al pueblo suevo -se entiende-, no a la mayoritaria población galaico católica.

Un arrianismo no proselitista no tenía que ser, en principio, perseguidor, y no lo fue las más de las veces. Una excepción pudo darse en el reino visigodo de las Galias en tiempo de Eurico, cuando, según Sidonio Apolinar, hubo destierros de obispos y clausura de iglesias. Pero verdadera persecución solamente parece haberse dado en el reino vándalo de Africa del norte. La Iglesia católica tenía a la llegada de los vándalos una fuerte implantación territorial. La Notitia provinciarum et civitatum Africae, un elenco existente en el archivo de la iglesia de Cartago, menciona la existencia en el siglo V de más de 450 diócesis y obispos. La persecución, iniciada por el primer rey vándalo Gensérico, llegó a su máxima virulencia durante el reino de su hijo y sucesor, Hunérico (477-484). La Historia de la persecución de la provincia africana, de la que es autor un escritor contemporáneo, Víctor de Vita, ofrece un pormenorizado relato de la dramática existencia de la Iglesia bajo el dominio vándalo.

La situación religiosa cambió en la España visigoda, años después de la desaparición de los reinos vándalo y ostrogodo. Leovigildo inició una nueva línea política encaminada a promover la integración de los dos pueblos, godo y romano, de su reino. A lo largo de los quince años que duró su reinado (571-586) el monarca consiguió la anexión del reino suevo del noroeste; en el plano social resulta significativa la derogación de la legislación prohibitiva de los matrimonios mixtos entre godos y romanos; pues, aunque esa norma fuera de origen romano y figurase en el Código y en la práctica hubiese sido quebrantada muchas veces, su derogación expresa y oficial tenía el claro significado de una medida en pro de la unidad entre los súbditos de origen romano y germánico. La promoción de la unidad religiosa constituyó un propósito fundamental de la política leovigildiana. A más de medidas de presión en forma de destierros y favores, el rey promovió en el plano teológico la formulación de un arrianismo tardío y mitigado -prácticamente un Macedonianismo-, con la esperanza de que resultara aceptable a los católicos. La política confesional de Leovigildo acabó en un profundo fracaso: la unidad religiosa se consiguió, por su hijo Recaredo, bajo la forma de unidad católica.





11. UN NUEVO MAPA POLITICO DEL MUNDO OCCIDENTAL



El siglo VI fue testigo de una radical transformación del mapa político occidental, tal como había quedado configurado a raíz de la primera oleada de las invasiones bárbaras. Dos fueron las causas que determinaron más decisivamente un cambio tan revolucionario: una, la penetración del pueblo franco en las Galias, que supuso su entrada en escena en el gran tablero del Continente europeo; la otra causa fue la expansión bizantina hacia Occidente, promovida y llevada adelante por el emperador oriental Justiniano.

La aparición de los francos en la gran historia de Europa tuvo como protagonista a Clodoveo, un joven príncipe que vivió entre los años 465 y 511, y que demostró tener excepcionales dotes de estadista. Clodoveo y el pueblo franco seguían siendo paganos cuando iniciaron su entrada en las Galias. Era el momento en que se planteaba una toma de decisión acerca de la conversión cristiana del monarca, y Clodoveo, apartándose de lo que había sido hasta entonces criterio unánime entre los pueblos germánicos, optó por hacerse católico, y un día de Navidad entre los años 498 y 506, recibió las aguas del bautismo en Reims, de manos del obispo San Remigio.

La conversión católica de Clodoveo tuvo una inmensa resonancia entre la población romana de las Galias. Avito de Vienne, el principal obispo del reino burgundio y miembro de una destacada familia de la aristocracia provincial galo-romana, declaraba su entusiasmo en una carta a Clodoveo, escrita con ocasión de su bautismo: vestra fides -le decía- nostra victoria est!, ¡vuestra fe es nuestra victoria!, y anunciaba un hecho de gran transcendencia política: en adelante, el emperador oriental ya no será el único soberano católico del Orbe; Occidente tendrá también el suyo: el rey de los francos. Y este rey se disponía a afrontar una empresa militar que habría de tener extraordinaria importancia para el futuro destino de las Galias y de la propia historia europea.

Desde hacía casi un siglo, los visigodos, con su reino de Tolosa, dominaban -como ya se dijo- las principales provincias galo-romanas, desde el río Loire hasta el Prineo. La cuestión que ahora se planteaba era ésta: ¿de quién serían definitivamente las Galias, de los visigodos del mediodía del país o de los francos que llegaban desde el norte? El dilema sólo podía tener una solución militar, y a ella se llegó en el año 507, en la decisiva batalla de Vouillé: Clodoveo y los francos derrotaron a los visigodos , y su rey, Alarico II, murió en la batalla. Con gran celeridad los francos ocuparon el reino tolosano, con excepción de los territorios del sureste, ceranos a las costas del Mediterráneo. Las Galias serían defintivamente Francia, el país de los francos. El pueblo godo trasladó sus sedes a la Península ibérica y allí creó el reino visigodo español, destinado a sobrevivir durante otros dos siglos.





12. EL EXPANSIONISMO BIZANTINO



El otro acontecimiento histórico que habría de convulsionar el mapa político surgido de las primeras invasiones bárbaras fue la nueva política expansionista del Imperio oriental, destinada a extender el dominio bizantino sobre las antiguas provincias romanas del centro y el occidente de la cuenca mediterránea. Tal fue el gran designio político de Justiniano, el más ilustre de los emperadores que ocuparon el trono de Bizancio.

Justiniano fue sobrino y hombre de confianza del emperador Justino, que reinó en Constantinopla entre los años 518 y 527, y que antes de morir le asoció al trono. Proclamado emperador a su muerte, Justiniano tuvo un largo reinado (527-565), de tal manera que puede decirse que dirigió los destinos del Imperio bizantino durante cerca de medio siglo. Su obra dejó una huella en terrenos tan diversos como la Iglesia o el Derecho, las Bellas Artes o la estrategia militar. Pero aquí bastará recordar el mayor designio de su política exterior: la reconstrucción de la unidad del antiguo Imperio romano. Pera ello, su objetivo inmediato fue recuperar la soberanía sobre el Africa latina y la Península italiana, en manos ahora de dos pueblos germánicos, el vándalo y el ostrogodo, respectivamente.

La expansión bizantina hacia Occidente ha quedado recogida en dos obras de un escritor contemporáneo, Procopio de Cesarea: el Bellum Vandalicum y el Bellum Gothicum. Los comienzos de la ofensiva imperial fueron deslumbrantes. La primera de las empresas, la guerra vandálica, merece el apelativo de «guerra relámpago». El 30 de agosto de 533, el ejército bizantino, al mando de Belisario, desembarcó en las costas de la Byzacena, y dos semanas después, el 15 de septiembre, los bizantinos entraban en la capital del reino, Cartago. Gelimer, el último monarca vándalo, se retiró hacia el oeste y trató de ofrecer una última resistencia desde los montes de Numidia; pero derrotado de nuevo, aceptó una propuesta de rendición. El Africa vándala desapareció tras un siglo de existencia, y en abril de 534, Justiniano creó la prefectura del Pretorio de Africa, que comprendía todos los territorios que habían constituido la base territorial del desaparecido reino germánico: las tierras continentales y las grandes islas mediterráneas: Sicilia, Cerdeña, Córcega y las Baleares. El pueblo vándalo, como tal, quedó borrado de la historia y los supervivientes que permanecieron en Africa se fundieron con las poblaciones latina o mora.

La guerra gótica puede considerarse como el reverso de la medalla de la vandálica. Fue una lucha larga, enconada, con muchas alternativas, que se prolongó durante casi veinte años, y en la que los imperiales hubieron de superar una resistencia heroica, encabezada por una serie de reyes-caudillo entre los que destacaron Vitiges y Tótila. La guerra, iniciada con el desembarco bizantino en Calabria, en el verano de 636, terminó con la rendición de las últimas fortalezas godas, bien entrada la segunda mitad del siglo VI. El pueblo ostrogodo, como antes el vándalo, se extinguió y los últimos residuos se diluyeron, mezclados con la población ítalo-romana. El 13 de agosto de 554, el emperador Justiniano, en virtud de la «Pragmática Sanción», constituyó sobre la base territorial de la península la prefectura del Pretorio de Italia. Los longobardos llegarían poco después y aportaron una nueva presencia popular germánica en buena parte de Italia.

El final de la guerra gótica vino a coincidir con la expedición bizantina a España, a donde los imperiales acudieron durante la guerra civil entre los reyes visigodos Agila y Atanagildo y aprovecharon esa oportunidad para crear un dominio bizantino en el sureste de la Península ibérica, que perduró a lo largo de sesenta años. Este fue el máximo avance conseguido por la expansión bizantina hacia el Occidente mediterráneo. La política de Justiniano había obtenido logros impresionantes, pero no llegó a conseguir el gran objetivo originario, la restauración de la unidad imperial en la cuenca mediterránea. Y es que Bizancio hubo de replegarse hacia Oriente y dedicar sus mejores fuerzas a hacer frente a dos graves amenazas: primero, la gran ofensiva del Imperio persa y poco después la aparición del Islam, un acontecimiento destinado a dar un nuevo giro a la historia.





13. LA IRRUPCION DEL ISLAM



En el siglo VII, que se inició durante el pontificado del gran papa Gregorio Magno, parecen esbozarse con más nitidez los rasgos propios de la futura Europa occidental. Francia caminaba hacia la unidad, pese a las divisiones internas entre reinos particulares -Austrasia, Neustra, Borgoña-, regidos todos por príncipes merovingios de la estirpe de Clodoveo. Por eso, Gregorio de Tours pudo recoger los avatares de cada uno de aquellos reinos en una única historia, titulada con toda razón Historia Francorum. La Inglaterra anglosajona se cristianizó durante este siglo. y de ahí que los misioneros anglosajones tomaran el relevo a los irlandeses durante el siglo VIII en la evangelización de la Europa central, una empresa en la que el sajón Winifrido -San Bonifacio- recogió el testigo del celta San Columbano. España -el reino visigodo español- experimentó en el siglo VII un espléndido florecimiento cultural -la «Era isidoriana»- que pueden simbolizar las palabras de San Isidoro, impregnadas de patriotismo hispánico: «¡Oh España, madre sagrada y siempre feliz de príncipes y de pueblos, tu eres la más hermosa de todas las tierras que se extienden desde el Occidente hasta la India!». La excepción en ese esbozo de futuro mapa europeo la constituía la Península italiana, escenario de una difícil convivencia de bizantinos y longobardos.

Pero en el siglo VII, lejos del Occidente europeo, se fraguaba un fenómeno que iba a alterar radicalmente el curso previsible del devenir histórico. ¿Quién hubiera podido predecir a comienzos de aquella centuria que unos beduinos del desierto de Arabia fuesen a entrar por la puerta grande en la historia universal y a cambiar revolucionariamente la marcha del mundo? Y, sin embargo, así fue... La «Hégira», punto de arranque de la Era islámica, coincide con el año 622 de la Era cristiana. Mahoma, el fundador del Islam, murió diez años más tarde y la expansión musulmana dio comienzo casi de inmediato. En el año 636, los árabes tomaron Damasco, en 638 Jerusalén, en 640 El Cairo, en 642, Alejandría; y hacia mediados del siglo el Imperio persa caía en sus manos. La marcha hacia Occidente progresó de modo implacable a lo largo del norte de Africa, hasta alcanzar las playas del Atlántico.

En el año 711, los árabes cruzaron el estrecho de Gibraltar, poniendo así pie en el continente europeo. El reino visigodo español, minado por rivalidades entre clases político-familiares, se derrumbó como un castillo de naipes y pocos años después, en 711, los invasores rebasaron la línea del Pirineo. Y, para hacer todavía más dramática la situación, los árabes atacaban a la vez el mismo corazón del Imperio bizantino y la capital, Constantinopla, sufrió durante un año un durísimo asedio por parte del ejército y la flota del Califato de Damasco, que se prolongó desde agosto de 717 a agosto de 718. El continente europeo, asaltado por oriente y occidente, parecía destinado a ser sumergido por la marea del Islam. Europa, apenas intuida, corría el riesgo de no llegar a ser. Pero en este momento crítico, el curso de la historia dio un nuevo giro.

Constantinopla se salvó y el Imperio bizantino prolongó aún su vida durante largos siglos. En Occidente, el avance del Islam fue detenido en Poitiers por Carlos Martel. No deja de ser significativo que en el corazón de la España musulmana, el anónimo autor de la Crónica Mozárabe se hiciera eco del acontecimiento y llamase «europenses» a los francos que derrotaron a los árabes y contribuyeron decisivamente a hacer posible la Europa cristiana.

José Orlandis



 

Una lección del Imperio Romano indice España en la poesia de García Nieto

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