Independencia a
plazos
En los
comienzos de la llamada transición -palabra a la que
juicio de muchos sobran letras-, un periodista ilustre,
Ramón Sierra y Bustamante, Director que fue del «Diario
Vasco», calificó a ETA y al PNV como partidarios, de la
independencia del País Vasco, respectivamente, «al
contado» y «a plazos». Los hechos van confirmando tal
apreciación. Las ambigüedades de la Constitución de
1978 respecto a la unidad nacional, los va-cíos
constitucionales, debidos a una técnica imprecisa y
confusa en aras del consenso, están llevando a gran
número de españoles a desesperar sobre el fin de
nuestra Patria, tal como se concibió durante siglos.
Ahora, en trance de federalismo, anárquico e
independentista, se halla en trámite de desunión. Su
unidad apenas se defiende, incluso por los partidos
políticos autodenominados «constitucionalistas»,
siempre en vías de consensuar con los
«independentistas» «a plazos» los propios principios
constitucionales; pese a que unos los votaron y los
otros, sin votarlos, los admitieron en su día.
Un breve repaso a lo sucedido en las elecciones del 13 de
mayo lleva a unas probables consecuencias.
El tácito consenso entre los partidos comenzó con la
campaña electoral. Fue una campaña proindependentista
del PNV, EA y sus afines, tolerada por PP y PSOE, y
financiado por todos los españoles a través de un
Gobierno españolista con mayoría absoluta. Ciertamente,
todos financiamos con impuestos unas elecciones en la que
el triunfo de la coalición PNV-EA ha sido el fruto de la
campaña proindependentista; es decir, contra la unidad
constitucional de España.
Subrayó César Alonso de los Ríos (16 de mayo) cómo ya
no tienen excusa alguna los españoles que, a estas
alturas, se nieguen a admitir la aspiración real de los
nacionalistas vasco de la independencia. «Dejando a un
lado -dice- a aquellos que les resulta indiferente la
cuestión ya que carecen de la más mínima conciencia
española o son tan inconscientes de los peligros que
supondría la separación de una parte del territorio
nacional, son muchos los que se niegan a plantearse el
problema por miedo a las respuestas que éste debería
tener por parte del Estado y por parte de la ciudadanía.
Prefieren pensar que se trata de una mera ensoñación o
de una forma de chantar que jamás nadie se atrevería a
plantear en serio. Durante años venimos oyendo decir a
muchos constitucionalistas que la reivindicación
independentista es respetable si no viene acompañada de
la violencia. ¿Siguen manteniendo esta tesis después de
las elecciones vascas del 13 de mayo?» La respuesta es
afirmativa. Aznar declaró a raíz de las elecciones:
«En España se puede defender lo que se quiera. Ha
habido partidos que se han presentado a las elecciones
defendiendo el soberanismo o la independencia. A mí no
me gusta, pero es legítimo» («Diario de Navarra», 18
de mayo).
El proceso de una independencia a plazos, querida por las
que han ganado las elecciones, bien pudiera desarrollarse
así:
En una primera fase el Parlamento Vasco plantea la
autodeterminación=soberanía=independencia de
«Euskadi» y acuerda el sí.
La segunda fase puede ser la de «Navarra, Euskadi da»
(Navarra es Euscadi), a través de un referéndum
autodeterminativo consentido por el Gobierno y los otros
partidos políticos en aras de una paz «democrática».
En tal fase, la confusa Disposición Transitoria 4.º de
la Constitución -que supuso un contrafuero para Navarra-
puede también jugar su papel. Después, la bendición de
una tal «política» constitucionalista por PNV, EA, IU
con apoyos puntuales de catalanistas y «polanquistas».
Y como nadie parece hacer una política españolista
eficaz, se produce la partición de la Patria.
Política eficaz, digo, pues hasta ahora los partidos han
teorizado sobre la Constitución, pero no la han puesto
en práctica. Cuando lo intentan, el nacionalismo
independentista reacciona, toda vez que antepone la
independencia a todo. Un conocido columnista resume así
este proceso: «Quieren segregarse de España en unas
condiciones o en otras, y esas condiciones es lo único
que consideran discutible. Y eso es el producto natural y
previsible de veinticinco años de cesiones, paciencia y
complacencia en una terca y progresiva política de
educación de los jóvenes y de incitación de los
adultos. La enseñanza, la propaganda y el terror han
dado sus frutos malignos, y esos frutos son los que han
ganado las elecciones del 13 de mayo. Un pedazo de la
carne de España se encuentra herido y desgarrado» (J.
Capmany, 16.V)
¿Seguirán otras fases «consentidas» para que otras
tierras de España se desgarren de la Patria común? No
es una pregunta inútil.
¿Qué dicen algunos de los consagrados principios
constitucionales en estos puntos? Veámoslo:
- La soberanía nacional reside en el pueblo español
(art º 1, 2 de la Constitución)
- La Constitución se fundamenta en la unidad de la
Nación española, patria común e indivisible de todos
los españoles (artº 2)
- Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército del
Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e
independencia de España y defender su integridad
territorial (artº 8)
- Una ley orgánica regulará los estados de alarme, de
excepción y de sitio (artº 116.1)
- La suspensión de derechos y libertades cuando se
acuerde la declaración de estado de excepción
(Capítulo V del Título I de la Constitución)
- En ningún caso se admitirá la federación de
Comunidades Autónomas (artº 146.1)
- El Estado tiene competencia exclusiva sobre la
regulación de las condiciones básicas que garanticen la
igualdad de todos los españoles en el ejercicio de los
derechos y en el cumplimiento de los deberes
constitucionales (artº 149.1º)
Los partidos constitucionalistas que pensaron y dijeron
aquello de «fuera de la Constitución todo es caos», ni
pensaron ni practicaron -y así continúan- el consejo de
Sófocles en una de sus clásicas tragedias: «!No des
órdenes que no puedas hacer cumplir». Aún más, ni
siquiera pretenden, Constitución en mano, cumplir lo que
ésta previene ni hacer efectivos sus mandatos. Hacen
real el pensamiento de Quevedo en su Política de Dios y
Gobierno de Cristo: «Quien ordena lo que no hace,
deshace lo que ordena».
Este abandono -¿no poder o no querer?- en la defensa de
España en su unidad de siglos, lleva a la tolerancia,
teórica y práctica, hacia los separatismos. La
independencia, pretendida por algunas autonomías, no se
controla permitiendo su predicación, sino prohibiéndola
mediante la aplicación de los principios básicos de la
Constitución en manos del Gobierno nacional. De esos
principios que prohíben cualquier soberanismo
independentista, incluso el pretendido «a plazos»
Javier Nagore Yárnoz
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