Razón Española, nº 108; Ofensa premeditada

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Ofensa premeditada

Por Fernando Murillo Rubiera

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Ofensa premeditada

1. El hecho. Se sabía desde antes de comenzar el año que, en los primeros días de marzo, se podría asistir a un acontecimiento singular: el acto de beatificación más numeroso de la Iglesia universal.

En cierto modo, ya vimos, unos meses antes, algo que lo anunciaba. El 7 de mayo del pasado año el mundo pudo contemplar, en su más adecuado escenario, el Coliseo romano, la insólita ceremonia ecuménica de la exaltación de los mártires de la fe de todas las confesiones cristianas a lo largo del siglo XX. En un mundo dominado hasta la saturación por el hedonismo y el indiferentismo religioso, era la proclamación de la fidelidad heroica hasta el sacrificio supremo por la fe que se profesa. La presentación a la luz del día de una realidad a contrapelo del mundo.

Allí también tuvieron su lugar los que ofrecieron su sacrificio en España en los dolorosos días que ésta conoció en el período trágico de 1934 a 1939. Ahora, el 11 de marzo, la celebración era más concreta y con un contenido preciso: la beatificación por la Iglesia de aquellos, hombres y mujeres, sacerdotes, religiosos y laicos que, en virtud de un proceso riguroso y documentado, son mostrados ante los fieles creyentes como beatos, exaltados por su testimonio y propuestos como modelo por su heroísmo y, por todo ello, elevados a los altares.

Era natural la alegría en muchos lugares. No pocas familias habían conocido años atrás, no tantos, el sufrimiento y la angustia de los suyos, padres, hermanos, hijos, cuyo dolor les era realidad muy próxima, quizás vivencias que todavía conservaban, no en la imaginación o en el recuerdo, sino en la retina. Era necesario compartir aquella y, si ese era el caso, identificarse con éste, acercarse siempre con respeto y emoción, con consideración. Por supuesto, sin ofender.



2. Un fraude y una vergüenza. Mientras se colocaban las sillas en la Plaza de San Pedro, ya estaba concluida la tirada de un nuevo título por la editorial Planeta. Las existencias se repartieron por toda España rápidamente. Los "Wips" exhiben la novedad. Luciente de color, la cubierta muestra una carmelita, bonita de cara, podía haber sido de joven la Madre Maravillas, en las manos, abrazado sobre el pecho, un crucifijo. El título gritaba agresivo: pecado escarlata, autor: Cándido.

El domingo 18 de febrero, el Abc dominical publicó dos páginas con una entrevista en que se relata, en conversación con el autor: "Los periodistas éramos considerados verdaderos lacayos del Régimen", y por eso tuvo que someterse a una acción fraudulenta: escribir la historia de unos mártires que exaltaría la gloria del martirio como propaganda de la causa nacional-franquista, como fuera (los acabará inventando), y en mes y medio, plazo perentorio; pero él sería sólo el "negro", porque un personaje de renombre (un fraile) firmaría como autor, y cobraría doce veces más de lo que recibiría Cándido, el lacayo. El diario dice textualmente que Cándido, autor, fue "marioneta de la Iglesia y del poder político y social, cogida en la doble cornamenta de la Iglesia y el poder".

El 3 de marzo, el suplemento cultural del mismo periódico incluyó otra entrevista. Ahora, la redacción preparó una cabecera con otra frase del homenajeado autor: "España es un país dotado para las guerras civiles." Justifica la acción, que él mismo califica de falacia, y haber actuado sin conciencia, además de haber incurrido en plagio para su "trabajo", diciendo: "La miseria fue moral, social, de todo orden. Los siguientes veinticinco o treinta años fueron dramáticamente empobrecedores.Varias generaciones no han tenido maestros. La libertad casi fue una cosa artificial, conseguida, fabricada, conquistada. A nosotros nos tocó vivir en la libertad como una cosa que se pone encima de la mesa y que te la pueden tirar a la cabeza."

La acusación a la Iglesia se hace más directa: el libro es una denuncia de todo eso. "Y también, porqué no decirlo, del oportunismo de la Iglesia. Un oportunismo constante, milimétrico. La Iglesia metía bajo palio a Franco: los obispos alzaban el brazo, eran nacionalsindicalistas..." Y agrega: "Durante muchos años estuvimos alimentándonos con los muertos . Los muertos por Franco, los muertos por la Guerra Civil, los muertos de la Cruzada, eran un pasto con el que engordábamos nuestras convicciones franquistas."

Esta segunda entrevista precedía, en ese suplemento, a una crítica literaria de Rafael Conte titulada "Voltaire bajo el franquismo". Crítica inteligente, con las esperadas concesiones al homenajeado, pero que da algunas claves acertadas para juzgar la que, con precisión, califica de "fábula moral y colectiva agazapada bajo las apariencias de un esperpento tan valleinclanesco como conceptista".

Ahora bien, no es un ejercicio de crítica literaria lo que aquí interesa, sino medir la gravedad de una ofensa y poder apreciar su verdadera dimensión.



3. La patología del resentimiento. El punto de apoyo para la fabulación del libro de ahora, está ya en su anticipo, las Memorias prohibidas (1995), un primer ensayo para echar fuera de su conciencia una acción que le producía repugnancia, por haberse prestado a ella en un pasado que se sitúa en el comienzo mismo de su lanzamiento como escritor. Ese pasado actúa de vomitivo, pero no por eso logra alivio. El ejercicio literario no puede tener esa propiedad. En cierto modo él mismo lo expresa de forma gráfica en el proceso anímico que describe y en el final que impone a su propia criatura, ese Bernardo Rico que quiere ser trasunto del propio Carlos Luis Alvarez "que fue".

La invención que recrea la base real de la primera parte, la falsea de forma interesada. En la década de los 50, él gozó de la consideración que significaba entonces alcanzar a escribir como periodista del Abc, que volvía a su ser. Accedió a este periódico de la mano de Fernández de la Mora y del brazo del propio Torcuato Luca de Tena, su director, quien, con renovados bríos, recuperó lo que le pertenecía por su cuna.

Pero, incluso después de que Torcuato fuera cesado, el futuro Cándido siguió gozando de la confianza y la estima del nuevo director, Luis Calvo, como hombre destacado de la casa. Cuando a Emilio Romero le dieron en 1957 el premio Planeta, en la cena está él. Y hace la crónica para el diario dinástico.

Hubo hombres y actuaciones profesionales admirables, también entonces, en aquellos años. Los ha descrito Miguel Delibes. Se pagaban errores que hay que saber delimitar, para no incurrir en falsas generalizaciones. No era todo la frívola estupidez y la vaciedad que pinta Cándido en la redacción que nos describe en su novela. Esa es la libertad que cree haber alcanzado al pasar de las memorias, que exigen una precisión de la que libera el género novela.

Pero sí, hubo la sombra, que especialmente se complace en retratar más que cualquier otra, y que se proyectó sobre aquella realidad. Un personaje conocido por su prepotencia en la vida real de la prensa periódica, Juan Aparicio, a quien conocimos bien cuantos entonces comenzamos a vivir y a tener contacto con publicaciones periódicas o el mundo de las letras. Aparicio era muy capaz de urdir esa operación de la que hizo cómplice a "Cándido", y hasta me explico ahora que adoptara el refugio volteriano de ese nombre.

Pero no puede pintársele a él "estrujado de una manera inmisericorde", como acepta que le pinte un redactor (Antonio Astorga), lacayo del diario ahora antifranquista. Hay muchas formas de incurrir en lacayunismo. Esa es una caricatura para hacerse la víctima que no era. Mientras él se beneficiaba de apoyos y consideraciones, hasta de escribir con mucha libertad, muchos otros, con grandes limitaciones trabajaban, estudiaban, hacían oposiciones, se esforzaban en vivir con humildad y honradez.

Si él aceptó la vileza de falsear unas vidas de mártires, para ganarse un puñado de pesetas, y así lo confesó a Tomás Borras, es cosa suya. Pero por allí estaba un Menéndez Chacón, o un Enrique Llovet, y muchos otros de aquella redacción, en los mismos años, que no se prestaron a cosas así. Tiene que haber otros componentes para que salga la mezcla.

Además, se necesitaba dar vida a otra persona para que la figura del "negro" se completara. El autor fraudulento será un eclesiástico, puesto que de mártires se trataba. Hace aparecer efectivamente, a un benedictino, muy conocido, que intervendrá en el fraude: sería fray Justo Pérez de Urbell (sic) abad del Valle de los Caidos, (trocado en el padre Paciano de Jesús Sacramentado, abad de monasterio del "Valle de los Silbos").

Presentados los actores, Cándido teje una trama que rebasa en mucho el aparente objetivo de inventarse unos mártires y en realidad es una acusación a la Iglesia como instrumento de corrupción, más que como víctima.

Tengo en mi biblioteca un ejemplar del libro que se publicó en 1956 por el padre Justo Pérez de Urbel. El permiso de impresión eclesiástico es el mismo que se da en la novela, de forma que, como bien dice Conte en su comentario al libro: "lo único exacto aquí es la ficha del mismo".



4. La ofensa que hay que denunciar. De las varias cuestiones que suscita este libro de Cándido, quiero dejar de lado ésta de la existencia real de un libro titulado Los mártires de la Iglesia. Testigos de su fe, que firma el citado benedictino y que recibió el imprimatur, preceptivo en aquellos años, del obispo de la diócesis de Barcelona, a la sazón Gregorio Modrego. Contiene una veintena de relatos de mártires, una cifra similar a la ficción, precedidos de una Introducción, una a manera de prólogo, un epílogo, y una que titula "oración última". El contenido de la introducción y el epílogo nunca hubiera podido ser ni imaginado por Carlos Luis Alvarez, y los personajes reales de los martirios están registrados en la monumental Historia de la persecución religiosa en España de monseñor Montero.

También la novela de Cándido se refiere a una veintena de mártires, pero el desarrollo de la trama grotesca que sigue, y que en sí es independiente del relato irreverente sobre unos supuestos mártires, encierra el núcleo esencial de un ataque directo a la Iglesia, en la que se cita expresamente desde a los Papas Pío XII y Juan Pablo II, al obispo de Valencia, al teólogo José Patiño y, naturalmente al mencionado Pérez de Urbel, mudado en el padre Paciano de Jesús Sacramentado.

Ese es un aspecto que, aunque contenga gravísimas ofensas, no me interesa aquí. Abogados tienen la curia, o la orden benedictina, o el episcopado para que se ocupen de ello y defiendan lo que tendrán que defender.

Sí extraña el total silencio, y la indiferencia o pasividad con que se pueda dejar correr semejante cosa sin que se levante alguna voz. La única publicación que podía haber denunciado con proyección el atropello, ha guardado silencio. Hasta la fecha en que levanto la mía para expresar mi indignación y mi consternación, sólo he encontrado unas líneas, perdidas en un pequeño comentario, deslizado en el Abc (19-3 2001), vehículo de la zafia tropelía. Jorge Trías Sagnier, en una breve columna, titulada "Mártires", confiesa, casi compungido, "lo que me produce incluso conmoción es ir conociendo las circunstancias del martirologio de las 233 personas que fueron beatificadas el otro día por el Papa Juan Pablo II, personas de carne y hueso y no de las inventadas por (aquí también ha de llegar el innecesario elogio) nuestro amigo el admirado Cándido, quienes murieron exclusivamente por defender su fe".

Es penosa la mofa y el veneno que ha sido capaz de acumular el tan "admirado" Cándido, para tener que intentar liberarse del pesado lastre que llevaba dentro. Ha querido soltarlo en un momento en que no podíamos esperarlo. Cuando estábamos tan ocupados en asistir con alegría a la exaltación hasta donde no existe el rencor ni el dolor, de aquellas y aquellos que tanto supieron de uno y otro, y en tan alto grado.

El resentimiento requerido para inventar y escribir las casi trescientas páginas del libro, algo que se sabe falso y por ello lleno de maldad, nos pone ante una rara y alarmante modalidad de increencia. No es la increencia que advertimos dominante en nuestra sociedad, apacible y despreocupada. Ésta es de la misma especie de los que mataban y torturaban a personas que sólo defendían su fe. Personas, efectivamente, de carne y hueso. Que tuvieron sus familias, las mismas que conocieron aquellas angustias que padecieron con ellas. Y que todavía viven para asistir ahora a una burla horrible.

La complacencia y el elogio en casos como éste, es una forma de asegurar el envilecimiento de la sociedad.



Fernando Murillo Rubiera



 

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