La censura hoy
Uno de
los comodines que se ha empleado para demonizar la era de
Franco fue el de la censura de cine, teatro e imprenta.
Pero, pronto se demostró que ninguna obra maestra quedó
inédita por culpa de los censores. Inútilmente se ha
esperado la publicación de una novela o de una obra de
pensamiento que entonces fuera tachada por el lápiz
rojo. Nada; ni bueno, ni mediocre, ni malo. Se ha contado
hasta el cansancio la anécdota de una lamentable
película norteamericana cuyo argumento se alteró en el
doblaje para ocultar un adulterio. Se han desenterrado
otras historietas de este porte, fácilmente explicables
porque la mayoría de los censores eran eclesiásticos y
opinaban que no se debía estimular la líbido en los
medios de comunicación de masas. Tales eclesiásticos
seguramente ignoraban que lo que más anula la líbido es
la pornografía porque acaba inhibiendo los reflejos
viriles. La experiencia de la decadencia romana era
conocidísima; también otras tan contemporáneas como la
sueca. Eso sí, perdimos entonces las fotografías de la
epidermis y del vello pubiano de unos centenares de
modelos destapadas, explotadas y siliconadas. ¡Terrible
pérdida para la cultura hispánica!
Franco, que había sido jefe de la nada pacata Legión,
pero que era estrictamente puritano consigo mismo, fue
ampliamente tolerante respecto a las intimidades amorosas
de las personas, incluso de las altas jerarquías del
Estado. El jesuíta, Padre Llanos, luego comunista,
organizó una sonada algarada para protestar contra la
«permisividad» de un Gobierno de Franco que había
autorizado la escena cinematográfica donde Rita Hayworth
bailaba y se descalzaba unos guantes.
Soy muy partidario de la libertad de expresión de ideas
y de hechos; pero tengo muchas dudas respecto a la
libertad de exhibir los órganos genitales y ciertas
funciones biológicas en los medios de comunicación de
masas. Los usos que en esta materia practica la sociedad
norteamericana son más dignos de un ser racional que la
pornografía. El «mironismo» sexual es una práctica
inferior. Pero todo esto es marginal; lo que interesa es
la actualidad.
Hoy existe en España una fuerte censura ejercida por los
propietarios de los medios de comunicación de masas y de
sus agentes. Se ocultan hechos y se exige acatamiento
expreso o tácito a la ideología del medio. Por ejemplo,
acerca de la familia real se impone una monótona e
idílica versión rosa. ¿Es imaginable que «El País»
publique un artículo en favor del magistrado que
procesó al Sr. Polanco?. En general, los intelectuales
que no han abjurado de la era de Franco están proscritos
en los medios de comunicación de masas. Existe una
impuesta «corrección política» que equivale a una
censura férrea. Esa barrera hipócrita e inconfesa es
difícilmente infranqueable.
Consecuencia de tal situación es la censura que ejercen
los escritores sobre sí mismos para poder seguir
publicando. El «palo a Franco», la adhesión al
permisivismo moral, la intocabilidad del modelo
autonómico, la sacralización del sistema de partidos,
etc. son los nuevos dogmas que condenan al ostracismo al
escritor que los ponga en duda, aunque sea sólo
tangencialmente. ¡Ay de quien se salga del camino
trillado! Sobre él caerá, por lo menos, el silencio y,
con frecuencia, la descalificación.
El tema ha sido reactualizado por un artículo del nada
sospechoso novelista Juan Goytisolo y, sobre todo, por
sus declaraciones subsiguientes (Vid. «Gaceta de los
Negocios», 16-II-2001). Allí, respecto a la España
actual, afirma: «que un escritor escriba lo que piensa
se considera algo anormal». Ese es, literalmente su
punto de partida. Y añade: «La censura oficial ha sido
sustituida por una autocensura mucho más mortífera y
peligrosa». Es, sin duda, la inducida por el
oportunismo, el temor o la necesidad de sobrevivir.
¿Quiénes son esos autocensurados que denuncia el
novelista? Y responde: «Al tipo del intelectual
orgánico al servicio de un partido o de un Gobierno se
le han unido ahora los intelectuales al servicio de
grupos empresariales o de medios de comunicación». Hay,
pues, dos clases de autocensurados o manipulados, los
politizados y los mercantilizados, a veces, coincidentes.
Hace muchos años, se atribuyó a un destacado periodista
español la cínica sentencia: «Yo no me vendo, me
alquilo». La prensa al servicio de un partido se remonta
a principios del siglo XIX. Aún es más antigua la
existencia de juristas áulicos entregados a la defensa
del poderosos; y, a veces, al que se resistía, como
Tomas Moro, se le cortaba la cabeza. La Inquisición -la
española y las otras- prohibían toda manifestación
heterodoxa. Y ¿quién en los siglos del absolutismo
monárquico podía postular la república sin gravísimo
riesgo? Cromwell para poder hacerlo tuvo que vencer en
una guerra civil y que decapitar a un rey. Pero,
entonces, ningún Estado proclamaba la libertad de
escribir.
Lo grave de la situación actual es que, proclamada
retóricamente la libertad de expresión, tal libertad no
existe de hecho. Lo peculiar del momento español es que
medios y escritores a los que la palabra libertad no se
les cae de la pluma, ejercen o aceptan la censura más
rígida. El señor Goytisolo que, autoexiliado, vive bajo
un autocratismo casi medieval en la bellísima ciudad de
Marrakech, y que ha sido comunistizante y procastrista,
se ha atrevido a expresar una verdad monumental: que
ahora se considera anormal que un escritor diga lo que
piensa. Entre tales excepciones estamos, a mucha honra,
los colaboradores de esta revista, auténtica isla de
libertad en un lago de «corrección política» y de
huecos tópicos. Ahora, la opinión publicada, no es la
opinión pública y, menos aún, la privada.
Angel Maestro
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