Razón Española, nº 108; La censura hoy

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La censura hoy

Por Angel Maestro

El Estado de Derecho indice Ofensa premeditada

La censura hoy

Uno de los comodines que se ha empleado para demonizar la era de Franco fue el de la censura de cine, teatro e imprenta. Pero, pronto se demostró que ninguna obra maestra quedó inédita por culpa de los censores. Inútilmente se ha esperado la publicación de una novela o de una obra de pensamiento que entonces fuera tachada por el lápiz rojo. Nada; ni bueno, ni mediocre, ni malo. Se ha contado hasta el cansancio la anécdota de una lamentable película norteamericana cuyo argumento se alteró en el doblaje para ocultar un adulterio. Se han desenterrado otras historietas de este porte, fácilmente explicables porque la mayoría de los censores eran eclesiásticos y opinaban que no se debía estimular la líbido en los medios de comunicación de masas. Tales eclesiásticos seguramente ignoraban que lo que más anula la líbido es la pornografía porque acaba inhibiendo los reflejos viriles. La experiencia de la decadencia romana era conocidísima; también otras tan contemporáneas como la sueca. Eso sí, perdimos entonces las fotografías de la epidermis y del vello pubiano de unos centenares de modelos destapadas, explotadas y siliconadas. ¡Terrible pérdida para la cultura hispánica!

Franco, que había sido jefe de la nada pacata Legión, pero que era estrictamente puritano consigo mismo, fue ampliamente tolerante respecto a las intimidades amorosas de las personas, incluso de las altas jerarquías del Estado. El jesuíta, Padre Llanos, luego comunista, organizó una sonada algarada para protestar contra la «permisividad» de un Gobierno de Franco que había autorizado la escena cinematográfica donde Rita Hayworth bailaba y se descalzaba unos guantes.

Soy muy partidario de la libertad de expresión de ideas y de hechos; pero tengo muchas dudas respecto a la libertad de exhibir los órganos genitales y ciertas funciones biológicas en los medios de comunicación de masas. Los usos que en esta materia practica la sociedad norteamericana son más dignos de un ser racional que la pornografía. El «mironismo» sexual es una práctica inferior. Pero todo esto es marginal; lo que interesa es la actualidad.

Hoy existe en España una fuerte censura ejercida por los propietarios de los medios de comunicación de masas y de sus agentes. Se ocultan hechos y se exige acatamiento expreso o tácito a la ideología del medio. Por ejemplo, acerca de la familia real se impone una monótona e idílica versión rosa. ¿Es imaginable que «El País» publique un artículo en favor del magistrado que procesó al Sr. Polanco?. En general, los intelectuales que no han abjurado de la era de Franco están proscritos en los medios de comunicación de masas. Existe una impuesta «corrección política» que equivale a una censura férrea. Esa barrera hipócrita e inconfesa es difícilmente infranqueable.

Consecuencia de tal situación es la censura que ejercen los escritores sobre sí mismos para poder seguir publicando. El «palo a Franco», la adhesión al permisivismo moral, la intocabilidad del modelo autonómico, la sacralización del sistema de partidos, etc. son los nuevos dogmas que condenan al ostracismo al escritor que los ponga en duda, aunque sea sólo tangencialmente. ¡Ay de quien se salga del camino trillado! Sobre él caerá, por lo menos, el silencio y, con frecuencia, la descalificación.

El tema ha sido reactualizado por un artículo del nada sospechoso novelista Juan Goytisolo y, sobre todo, por sus declaraciones subsiguientes (Vid. «Gaceta de los Negocios», 16-II-2001). Allí, respecto a la España actual, afirma: «que un escritor escriba lo que piensa se considera algo anormal». Ese es, literalmente su punto de partida. Y añade: «La censura oficial ha sido sustituida por una autocensura mucho más mortífera y peligrosa». Es, sin duda, la inducida por el oportunismo, el temor o la necesidad de sobrevivir. ¿Quiénes son esos autocensurados que denuncia el novelista? Y responde: «Al tipo del intelectual orgánico al servicio de un partido o de un Gobierno se le han unido ahora los intelectuales al servicio de grupos empresariales o de medios de comunicación». Hay, pues, dos clases de autocensurados o manipulados, los politizados y los mercantilizados, a veces, coincidentes.

Hace muchos años, se atribuyó a un destacado periodista español la cínica sentencia: «Yo no me vendo, me alquilo». La prensa al servicio de un partido se remonta a principios del siglo XIX. Aún es más antigua la existencia de juristas áulicos entregados a la defensa del poderosos; y, a veces, al que se resistía, como Tomas Moro, se le cortaba la cabeza. La Inquisición -la española y las otras- prohibían toda manifestación heterodoxa. Y ¿quién en los siglos del absolutismo monárquico podía postular la república sin gravísimo riesgo? Cromwell para poder hacerlo tuvo que vencer en una guerra civil y que decapitar a un rey. Pero, entonces, ningún Estado proclamaba la libertad de escribir.

Lo grave de la situación actual es que, proclamada retóricamente la libertad de expresión, tal libertad no existe de hecho. Lo peculiar del momento español es que medios y escritores a los que la palabra libertad no se les cae de la pluma, ejercen o aceptan la censura más rígida. El señor Goytisolo que, autoexiliado, vive bajo un autocratismo casi medieval en la bellísima ciudad de Marrakech, y que ha sido comunistizante y procastrista, se ha atrevido a expresar una verdad monumental: que ahora se considera anormal que un escritor diga lo que piensa. Entre tales excepciones estamos, a mucha honra, los colaboradores de esta revista, auténtica isla de libertad en un lago de «corrección política» y de huecos tópicos. Ahora, la opinión publicada, no es la opinión pública y, menos aún, la privada.



Angel Maestro



 

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