LIBROS: La esperanza todavía nº 108 Razón Española

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LIBROS: La esperanza todavía. nº 108

Comentarios de G. Fernández de la Mora al libro de José Utrera Molina.

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LIBROS: La esperanza todavía

Utrera Molina, José: La esperanza todavía, ed. no venal, Madrid 2001, 246 págs.



En el 75 cumpleaños de su padre, los ocho hijos del ex ministro José Utrera le han dedicado la edición de este pulcro volumen que recoge 31 textos aparecidos en publicaciones periódicas entre 1974 y 2000, quince homenajes a amigos muertos, y tres testimonios sobre el autor que firman M. Alcántara en 1975, y A. Canales y R. González en 1977.

En el «Abc», que entonces admitía su colaboración, denuncia Utrera el espíritu de la transición: «el súbito e increíble regreso de nuestros viejos demonios familiares, el olvido torvo y deliberado de la figura excepcional de Franco, el afán revisionista de actitudes e instituciones, la vaguedad programática, el recurso a las grandes palabras -democracia, amnistía, libertad- para esconder la menesterosidad de las ideas», y una «derecha que se avergüenza de confesar su nombre» (10-III-76).

El autor, que es partidario de la representación orgánica, explica que «ha votado no al proyecto de reforma» (20-XI-76), y confiesa su «sospecha de que esta Constitución puede ser instrumento liquidador de nuestra propia identidad nacional», y la convicción de que «el término nacionalidades es una auténtica bomba de relojería situada bajo la línea de flotación de la unidad nacional». Y concluye: «callar cuando la unidad nacional está en peligro sería la peor de las cobardías» (22-VI-78). Días después añade: «es la Constitución que puede producir el estrago irreparable del desmembramiento substancial de la unidad española» (3-XI-78).

Esta profunda preocupación por la unidad de España aparece constantemente: «Si la monarquía tiene alguna razón de ser es en función de garantizar la unidad de la patria y no como fórmula decorativa para presidir algún gregarismo.» Y cita las palabras del marxista Negrín en 1937: «No se puede consentir esa sorda y persistente campaña separatista, y tiene que ser cortada de raíz. En punto a la integridad de España soy irreductible y la defenderé de los de afuera y de los de dentro».

El talante general de estos escritos es el repudio del pesimismo y la invitación a la esperanza; este último es un vocablo que se reitera incluso durante la década de los ochenta; pero los hechos van descartando este voluntarismo, por generoso y bienintencionado que fuera.

Hay una descalificación del ex falangista Adolfo Suárez: «incompetencia modélica y ligereza»; «carencia de sentido histórico», «personaje de los más sombríos, nefastos e insolventes de la historia de España»; «ridícula pedantería y espléndida fatuidad del duque». En cambio, aparecen quince camaradas, la mayoría desconocidos, a quienes Utrera rinde tributo por su decencia y su patriotismo. Estas notas de duelo son evocadoras de tiempos de honestidad y decoro público. Entre tales elegías destaca, vibrante, la dedicada a su primo Angel, fallecido en 1976.

La lección de este libro es que su autor es un caballero a quien repugnan los oportunismos, los transfuguismos, las deslealtades, las traiciones y la corrupción, ahora tan abundantes. Con limpia y gallarda tenacidad, Utrera, a lo largo del último cuarto de siglo, no ha querido «cambiar de bandera», como reza el título de sus ejemplares memorias. Esta dignidad no ha implicado inmovilismo ante los cambios, al contrario, deseo de creciente perfección. Aunque la nostalgia sea un sentimiento muy noble, Utrera no deja de pensar en el futuro y de invitar a la acción creadora. Lo que rechaza es lo involutivo, lo degradante, lo degenerativo, aunque se presente maquillado de «progresismo» retórico. Y las dolorosas e indeseadas previsiones sobre los efectos desintegradores de la Constitución autonómica de 1978, se confirman cada día; los hechos dan la razón a Utrera no sólo en el País Vasco, donde la conciencia española no ha cesado de resquebrajarse sin pausa, y donde la libertad brilla por su patética ausencia.

Utrera, que es autor de buenos versos, cultiva una prosa lúcida, de adjetivación brillante y de sintaxis impecable. A veces es lírico, y con frecuencia, afectivo. El españolismo y la ética no le dejan emotivamente indiferente y se revela literalmente conmovido. Esta expresión de sinceridad abierta concuerda con su culto al honor.

La II Restauración ha condenado al ostracismo político a hombres como Utrera por el fundamental motivo de que no han traicionado ni renegado. Es pésimo que las virtudes sean declaradas crímenes imperdonables, es la suma decadencia moral.



G. Fernández de la Mora



 

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