La persecución
religiosa oficializada
Durante
la persecución religiosa que sufrió la Iglesia
católica en toda España, cabe señalar dos etapas: la
acaecida desde el mes de mayo de 1931 -justo al mes de
ser proclamada la II República-, con la quema de
iglesias y conventos, hasta el 18 de julio de 1936, y
desde ésta fecha hasta el 31 de marzo de 1939, durante
el tiempo que duró la guerra civil, en la zona roja,
omitiendo y prescindiendo de las acciones represivas de
tipo político y social habidas tanto en zona roja como
en la nacional, ya que estas no tuvieron carácter
antirreligioso, aunque estas acciones pusieron en
evidencia la violencia de la lucha fratricida. Tampoco se
puede aludir a las víctimas registradas en operaciones
militares ni a los asesinados por motivos políticos, y
sí a los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas,
seminaristas, hombres y mujeres de Acción Católica y
otros seglares que entregaron sus vidas por amor a Dios.
Resulta verdaderamente clarificador conocer una serie de
opiniones.
El cardenal Vicente Enrique y Tarancón, que vivió
aquellos tristes hechos de la guerra civil, dejó una
frase lapidaria: "Los rojos pretendían
descristianizar a España: era obligatorio empuñar las
armas en defensa de la fe [...]. Los rojos, pretendían,
además, hacer de España un satélite de Rusia".
Andrés Nin, jefe del POUM (Partido Obrero de
Unificación Marxista), en un discurso pronunciado en
Barcelona el 8 de agosto de 1936, no tuvo inconveniente
alguno en declarar: «Había muchos problemas en
España... El problema de la Iglesia... Nosotros lo hemos
resuelto totalmente, yendo a la raíz: hemos suprimido
los sacerdotes, las iglesias y el culto".
El secretario general de la sección española de la III
Internacional, José Díaz, afirmaba en Valencia el 5 de
marzo de 1937: "En las provincias en que dominamos,
la Iglesia ya no existe. España ha sobrepasado en mucho
la obra de los soviets, porque la Iglesia, en España,
está hoy día aniquilada".
Al ser preguntado el Presidente de la Generalitat de
Cataluña, Lluís Companys, a finales de agosto de 1936,
por una periodista de L'Oeuvre, sobre la posibilidad de
reanudar el culto católico, respondió: "¡Oh!,
este problema no se plantea siquiera, porque todas las
iglesias han sido destruidas".
El diario socialista-anarquista, Solidaridad Obrera, el
15 de agosto de 1936, incitaba en estos términos:
"Hay que extirpar a esa gente. La Iglesia ha de ser
arrancada de cuajo de nuestro suelo", y en el
número correspondiente al 25 de mayo de 1937, publicaba
lo siguiente: "¿Qué quiere decir restablecer la
libertad de cultos? ¿Qué se puede volver a decir misa?
Por lo que respecta a Barcelona y Madrid, no sabemos
dónde se podrá hacer esta clase de pantomimas. No hay
un templo en pie ni un altar donde colocar un cáliz...
Tampoco creemos que haya muchos curas por este lado...
capaces de esta misión".
En la Comisaría de Policía de Bilbao fue hallado un
documento con los sellos de la CNT y de la FAI, fechado
en Gijón en octubre de 1936, en el que se decía
textualmente: "Al portador de este salvoconducto no
puede ocupársele en ningún otro servicio, porque está
empleado en la destrucción de iglesias».
Un testimonio elocuente es el de Manuel de Irujo Ollo,
dirigente del Partido Nacionalista Vasco, ministro sin
cartera (septiembre 1936-mayo 1937) en los dos Gobiernos
de Largo Caballero, y ministro de Justicia en el gabinete
de Negrín (18 de mayo de 1937), que en una reunión del
gobierno celebrada en Valencia el 9 de enero de 1937,
presentó el siguiente Memorándum sobre la persecución
religiosa: "La situación de hecho de la Iglesia, a
partir de julio pasado, en todo el territorio leal,
excepto el vasco, es la siguiente: a) Todos los altares,
imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas
excepciones, han sido destruidos, los más con
vilipendio. b) Todas las iglesias se han cerrado al
culto, el cual ha quedado total y absolutamente
suspendido. c) Una gran parte de los templos, en
Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron. d)
Los parques y organismos oficiales recibieron campanas,
cálices, custodias, candelabros y otros objetos de
culto, los han fundido y aun han aprovechado para la
guerra o para fines industriales sus materiales. e) En
las iglesias han sido instalados depósitos de todas
clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y
otros modos de ocupación diversos, llevando a cabo -los
organismos oficiales los han ocupado en su edificación
obras de carácter permanente. f) Todos los conventos han
sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los
mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas
clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y
derruidos. g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos,
sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa
por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan
aún, no tan sólo en la población rural, donde se les
ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las
poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes
ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles
sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o
religioso. h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de
retención privada de imágenes y objetos de culto. La
policía que practica registros domiciliarios, buceando
en el interior de las habitaciones, de vida íntima
personal o familiar, destruye con escarnio y violencia
imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el
culto se relaciona o lo recuerda". Este Memorándum
demuestra que es históricamente falso afirmar, como
muchos autores siguen sosteniendo, que los asesinos eran
grupos de incontrolados, ya que las masas más violentas
que desencadenaron la ofensiva contra la Iglesia en el
año 1936 fueron instigados por el anticlericalismo
fomentado desde el Gobierno y radicalizados desde la
victoria, el 16 de febrero de 1936, del Frente Popular.
La publicación catalana, L 'Esquella de la Torratxa, en
julio de 1937 proclamaba: «¡Ya vivimos tranquilos!
Porque hemos matado a todos los curas, a todos los que
parecían curas, y a todos aquellos que nos parecían
curas».
El historiador Stanley G. Payne escribe, a propósito del
"furor rojo", que "éste no fue el
producto ciego y espontáneo de la furia popular, sino
que fue ejercido por pequeños grupos de los partidos
revolucionarios que se constituyeron específicamente
para esta tarea, con la aprobación en muchos casos, y la
iniciativa algunas veces, de los dirigentes de las
organizaciones. Tampoco todas las 'escuadras de la
muerte' estaban constituidas por elementos de las
organizaciones revolucionarias. En Madrid, por ejemplo,
algunas fueron organizadas como unidades regulares de
policía, dependientes del Ministerio de la Gobernación,
dirigido por la Izquierda Republicana durante los meses
de julio y agosto de 1936". Dicho Ministerio
"apenas hizo nada, de julio a septiembre de 1936,
por detener el terror... En Madrid, nunca se apeló a las
unidades de policía todavía disponibles para defender a
las víctimas del terror. En Barcelona, Companys ni
siquiera se atrevió a proteger a su propio ministro de
Orden Público, Escofet, ex capitán del ejército, a
quien la FAI obligó a huir a Francia por haberse
manifestado públicamente contra el terror".
"El terror en España se parecía al de la guerra
civil rusa en cuanto, en ambos casos, el clero fue una de
las víctimas principales de la violencia. La
persecución de la Iglesia católica fue la mayor jamás
vista en Europa occidental, incluso en los momentos más
duros de la Revolución francesa... Los anarquistas
tenían la reputación de ser los más violentos
anticlericales entre los revolucionarios, pero hubo
también matanzas en zonas, como el centro-sur, en que
los anarquistas eran débiles... Los socialistas no se
mostraron renuentes a hacer su aportación a la
hecatombe".
El británico Hugh Thomas, en su libro La Guerra Civil
española 1936-1939, escribe: "posiblemente en
ninguna época de la historia de Europa, y posiblemente
del mundo, se ha manifestado un odio tan apasionado
contra la religión y cuanto con ella se encuentra
relacionado".
El 11 de diciembre de 1937, presentaba sus cartas
credenciales al presidente Azaña el nuevo embajador de
Francia en Barcelona, Erik Pierre Labonne, protestante,
profundamente religioso y gran entusiasta de la causa
republicana. El nuevo embajador dirigió el 16 de febrero
de 1938 un extenso informe a su ministro de Asuntos
Exteriores. Se lamentaba de que "la actitud de la
España republicana en materia religiosa fuera una
verdadera paradoja" y explicaba así la situación
que había encontrado: "¡Qué espectáculo!...
desde hace cerca de dos años y después de afrentosas
masacres en masa de miembros del clero, las iglesias
siguen devastadas, vacías, abiertas a todos los vientos.
Ningún cuidado, ningún culto. Nadie se atreve a
aproximarse a ellas. En medio de calles bulliciosas o de
parajes desiertos, los edificios religiosos parecen
lugares pestíferos. Temor, desprecio o indiferencia, las
miradas se desvían. Las casas de Cristo y sus heridas
permanecen como símbolos permanentes de la venganza y
del odio. En las calles, ningún hábito religioso,
ningún servidor de la Iglesia, ni secular ni regular.
Todos los conventos han sufrido la misma suerte. Monjes,
hermanas, frailes, todos han desaparecido. Muchos
murieron de muerte violenta. Muchos pudieron pasar a
Francia gracias a los meritorios esfuerzos de nuestros
cónsules, puerto de gracia y aspiración de refugio para
tantos españoles desde los primeros días de la
tormenta. Por decreto de los hombres, la religión ha
dejado de existir. Toda vida religiosa se ha extinguido
bajo la capa de la opresión del silencio. A todo lo
largo de las declaraciones gubernamentales, ni una
palabra; en la prensa, ni una línea. Sin embargo, la
España republicana se dice democrática. Sus
aspiraciones, sus preocupaciones políticas esenciales,
la empujan hacia las naciones democráticas de Occidente.
Su Gobierno desea sinceramente, así lo proclama, ganar
la audiencia del mundo, hacer evolucionar a España
según sus principios y siguiendo sus vías. Como ellas,
se declara partidario de la libertad de pensamiento, de
la libertad de conciencia, de la libertad de expresión.
Hace mucho tiempo ha aceptado el ejercicio del culto
protestante y del culto israelita. Pero permanece mudo
hacia el catolicismo y no lo tolera en absoluto. Para él
el catolicismo no merece ni la libre conciencia, ni el
libre ejercicio del culto. El contraste es tan flagrante
que despierta dudas sobre su sinceridad, que arrastra el
descrédito sobre todas sus restantes declaraciones y
hasta sobre sus verdaderos sentimientos. Sus enemigos
parecen tener derecho a acusarle de duplicidad o de
impotencia. Como su interés, como infinitas ventajas le
llevarían con toda evidencia a volverse hacia la
Iglesia, se le acusa sobre todo de impotencia. A pesar de
sus denegaciones, a pesar de todas las pruebas aducidas
de su independencia y de su autonomía, se le cree ligado
a las fuerzas extremistas, a los ateísmos militantes, a
las ideologías extranjeras. Si fuera verdaderamente
libre, se dice, si su inspiración e influencias
procedieran efectivamente de Inglaterra o de Francia,
¿cómo ese Gobierno no ha atemperado el rigor de sus
exclusivismos, olvidando su venganza, y reniega de su
ideología?"
La persecución se desarrolló con toda crueldad, y así
los asesinatos estuvieron precedidos de torturas tanto
psicológicas como físicas, con mutilaciones, golpes,
insultos, violaciones, etc. Según el pontífice Pío XI,
todo ello se hizo "con un odio, una barbarie y una
ferocidad que no se hubiera creído posible en nuestro
siglo".
Otras de las terribles escenas de esa vorágine
antirreligiosa fueron las innumerables ejecuciones en
masas, sin discriminación de sexo, edad o condición de
las víctimas, sin ninguna connotación política o
social que pudiera, si no justiffcarlas, por lo menos
explicarlas. En los meses de julio y agosto de 1936
ocurrieron casos bien significativos de esos asesinatos
masivos, tales como los ocurridos en Barbastro (Huesca)
donde exterminaron el teologado de los claretianos, tras
ejecutar a 45 estudiantes menores de veinticuatro años y
a seis superiores. En Barcelona asesinaron juntos a 45
hermanos maristas, 39 de la congregación de San Gabriel
y siete monjes de Montserrat. En el cementerio de
Lérida, fueron asesinados a la vez 74 sacerdotes
diocesanos. En Calafell, población costera de la
provincia de Barcelona, quince hermanos de San Juan de
Dios fueron inmolados por no haber querido abandonar a
los enfermos del Hospital Marítimo de dicha población.
En Rafelbuñol (Valencia), los nueve hijos de un
matrimonio muy católico fueron asesinados a la vez, y en
la misma diócesis fueron ejecutadas 17 hermanas de la
Doctrina Cristiana. En El Escorial fueron inmolados
juntos 51 agustinos.
Fue una persecución anticristiana y antireligiosa, ya
que matando a los sacerdotes, creían eliminar todo lo
sagrado. De ahí los sacrilegios, profanando la
Eucaristía, disparando contra el Santísimo Sacramento,
bebiendo con cálices, esparciendo y pisando por las
calles las Sagradas Formas, destrozando todo lo que
tuviese un carácter sacro, tesoros artísticos e
históricos, retablos, imágenes de grandes escultores,
tapices, custodias, vasos.
El 20 de julio de 1936, por Radio Barcelona se dio la
siguiente consigna: "Hay que destruir la Iglesia y
todo lo que tenga rastro de ella. ¿Qué importa que las
iglesias sean monumentos del arte? El buen miliciano no
se detendrá ante ellos. Hay que destruir la
Iglesia". Fue tan impresionante la destrucción del
patrimonio histórico-artístico eclesiástico y de toda
clase de bienes de la Iglesia, que la revista francesa L
'Illustration del 5 de febrero de 1938, escribía lo
siguiente: "Su carácter religioso es precisamente
lo que desencadenó un vandalismo destructor contra esas
grandes obras de arte. Las degradaciones, mutilaciones,
profanaciones que en ellas contemplamos manifiestamente,
no son debidas a ninguna acción de guerra... Esas obras
de arte, casi en su totalidad, han sido reducidas al
estado en que se hallan, de una manera voluntaria, sin
objetivo alguno militar, lejos de la zona de combate, y
aun a menudo, en momentos en que el Gobierno tenía pleno
dominio de las regiones en que se hallaban... Los
vándalos no han obrado por un inconsciente y brusco
frenesí. Han obedecido órdenes recibidas de los
comités".
Es necesario dejar bien claro, una vez más, que la
razón única de muchas condenas fueron por ser cura,
religioso o monja, aunque hubiesen sido bienhechores de
pobres y necesitados, de enfermos y de ancianos.
Para corroborar el fin que persiguieron los socialistas,
anarquistas, comunistas, separatistas y demás gente
izquierdista con su salvaje persecución, basta leer
algunas notas aparecidas en la prensa roja, en el primer
año de la contienda:
Solidaridad Obrera (26 de julio de 1936). "No queda
ninguna iglesia ni convento en pie, pero apenas han sido
suprimidos de la circulación un dos por ciento de los
curas y monjas. La hidra religiosa no ha muerto. Conviene
tener esto en cuenta y no perderlo de vista para
ulteriores objetivos".
Diario de Barcelona (órgano de ERC). (16 de agosto de
1936)."Creemos son exagerados los escrúpulos que
hacemos ante la quema de las iglesias. Vale la pena
sacrificar el poco patrimonio que eso pueda representar
pues si dejamos en pie los templos, a la larga volverán
a salir las procesiones".
La Batalla (POUM) (19 de agosto de 1936). "No se
trata de incendiar iglesias y de ejecutar a los
eclesiásticos, sino de destruir a la Iglesia como
institución social ".
Un testimonio de gran valor es el que dejó reflejado
Salvador de Madariaga sobre la persecución religiosa,
aun haciendo constar sus disensiones profundas con la
España de Franco y con la propia Iglesia española. Dice
así: "Nadie que tenga a la vez buena fe y buena
información puede negar los horrores de esta
persecución. Que el número de sacerdotes asesinados
haya sido dieciséis mil o mil seiscientos, el tiempo lo
dirá. Pero que durante meses y años bastase el mero
hecho de ser sacerdote para merecer pena de muerte ya de
los muchos tribunales más o menos irregulares que como
hongos salían del pueblo, ya de revolucionarios que se
erigían a sí mismos en verdugos espontáneos, ya de
otras formas de venganza o ejecución popular, es un
hecho plenamente confirmado. Como lo es también el que
no hubiera culto católico de un modo general hasta
terminada la guerra, y que aún como casos excepcionales
y especiales, sólo ya casi terminada la guerra hubiera
alguno que otro. Como lo es también que iglesias y
catedrales sirvieran de almacenes, mercados y hasta en
algunos casos de vías públicas incluso para vehículos
de tracción animal».
En suma, la persecución del catolicismo obedeció, sin
lugar a dudas, a un propósito sistemático.
Eduardo Palomar Baró
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