Razón Española, nº 108; Editoria: Razón de ser

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Razón de ser

Editorial

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Razón de ser

La lengua española dispone de una distinción de alta densidad filosófica, la que existe entre los verbos «ser» y «estar». El primero atribuye al sujeto una cualidad que le corresponde por naturaleza, mientras que el segundo se la atribuye de modo circunstancial y transitorio. «Ser» posee un estatuto ontológico muy superior a «estar». Se puede «ser» siempre, mientras que sólo se «está» de paso y ocasionalmente. Más que razones de estar hay meras causas.



Las posiciones de poder político, administrativo o empresarial se alcanzan en virtud de ciertos méritos personales, pero no proporcionales a la responsabilidad asumida y no necesariamente ligados a lo que la persona esencialmente es. Por ejemplo, el hombre que ha ejercido la presidencia de los Estados Unidos con la posibilidad de aniquilar a la mayor parte de la Humanidad, una vez que cesa, es decir, que ya no «está» en la Casa Blanca, retorna a lo que es por naturaleza, generalmente un ciudadano medio, quizás titular de algún privilegio casi póstumo, accidental y como sobrepuesto a su identidad natural.

El gobernante, que se trata con los grandes del mundo y es recibido con solemne ceremonia y adulado por los aspirantes a su favor, una vez que cesa en el mando pierde su jerarquía. Todo lo que se debe al «estar» es anecdótico y, con frecuencia, efímero. Por eso los políticos se aferran desesperadamente a los escalones de su carrera porque lo arriesgan prácticamente todo. No es excepcional el tránsito desde la soberanía hasta el abandono o la mediocridad, si no al cadalso. Ese es uno de los motivos de que muchos prudentes rehuyan la profesión de político. El «ex» es una sombra, a veces, un pozo de nostalgia cuando no de rencor.



En suma, las razones de estar son siempre extrínsecas y aleatorias. Estar es una forma de interinidad.



Por el contrario, «ser» es una situación permanente, aunque, en el caso del hombre, sujeta a la inexorable contingencia del envejecimiento y de la muerte. Las posiciones que se ocupan exclusivamente en función de lo que realmente se es son duraderas. El éxito social del artista o del técnico podrá depender del azar del mercado; pero la naturaleza de tales personas permanece por encima de los avatares sociales. Séneca o Cicerón, desposeidos de todo poder político, continuaron siendo lo que realmente eran por sí mismos, dos astros de la cultura romana y universal. De ahí el respeto tácito o expreso que todas las gentes, incluidos muchos accidentalmente poderosos como los políticos, sienten hacia las personas valiosas por lo que son, no por el lugar que ocupan en la escala de potestad.



Nadie puede destituir a alguien de lo que auténticamente es. En último extremo se le podrá condenar, como a Sócrates o a Servet, a muerte. Se le podrá obligar al exilio, como a Aristóteles. Se le podrá aislar con el silencio. Son recursos viles porque brotan de la iniquidad, del resentimiento y de la inferioridad. Todo aquel que contempla un valor y no lo reconoce es un espíritu ruín, un ciudadano de tercera clase, un ilota.



De tal distinción verbal se deducen otras muy reveladoras. Por ejemplo, la condición es algo que se es, mientras que en la situación se está. Ser de buena condición es algo constitutivo, mientras que encontrarse en buena situación es anecdótico. En el ámbito intelectual, aparecen el que escribe para realizarse y ser él mismo, y también el otro que lo hace para situarse. Estos últimos se pliegan al pensamiento único, a la corrección política, a las modas, a la ideología dominante, piensan para estar según los que están, se mueven al margen del genuino ser. Nada perdura en el ámbito del estar porque es un verbo transitivo con tendencia a estabilizarse en pasado, en donde se ha estado y ya no se permanece. Depender del estar suscita angustia, inseguridad y, a veces, impele a la inautenticidad y a la traición. Estar, en deterioro del ser, es dramático y digno de piedad.



Las sociedades que priman el «estar» sobre el «ser», como es el caso de las amiguistas, oportunistas o envidiosas, llevan en la mezquindad su pena inmanente y connatural porque son inestables, porque dependen de falsos prestigios, y porque postergan a los verdaderos valores que son los fecundos más aún para el género humano que para sus titulares. Los países decaen cuando pasan del culto al «ser», como en los tiempos de nuestra Isabel I, a la idolatría del «estar» como en los años de Isabel II. Para diagnosticar la potencialidad de un pueblo, antes que las estadísticas económicas, hay que medir un parámetro sociológico vertebral, el de si el «estar» coincide con el «ser», en suma, si cada cual está donde se merece por lo que efectivamente es.

Es la sabiduría anglosajona: «The right man in the right place». El respeto al ser.



 

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