Razón de ser
La
lengua española dispone de una distinción de alta
densidad filosófica, la que existe entre los verbos
«ser» y «estar». El primero atribuye al sujeto una
cualidad que le corresponde por naturaleza, mientras que
el segundo se la atribuye de modo circunstancial y
transitorio. «Ser» posee un estatuto ontológico muy
superior a «estar». Se puede «ser» siempre, mientras
que sólo se «está» de paso y ocasionalmente. Más que
razones de estar hay meras causas.
Las posiciones de poder político, administrativo o
empresarial se alcanzan en virtud de ciertos méritos
personales, pero no proporcionales a la responsabilidad
asumida y no necesariamente ligados a lo que la persona
esencialmente es. Por ejemplo, el hombre que ha ejercido
la presidencia de los Estados Unidos con la posibilidad
de aniquilar a la mayor parte de la Humanidad, una vez
que cesa, es decir, que ya no «está» en la Casa
Blanca, retorna a lo que es por naturaleza, generalmente
un ciudadano medio, quizás titular de algún privilegio
casi póstumo, accidental y como sobrepuesto a su
identidad natural.
El gobernante, que se trata con los grandes del mundo y
es recibido con solemne ceremonia y adulado por los
aspirantes a su favor, una vez que cesa en el mando
pierde su jerarquía. Todo lo que se debe al «estar» es
anecdótico y, con frecuencia, efímero. Por eso los
políticos se aferran desesperadamente a los escalones de
su carrera porque lo arriesgan prácticamente todo. No es
excepcional el tránsito desde la soberanía hasta el
abandono o la mediocridad, si no al cadalso. Ese es uno
de los motivos de que muchos prudentes rehuyan la
profesión de político. El «ex» es una sombra, a
veces, un pozo de nostalgia cuando no de rencor.
En suma, las razones de estar son siempre extrínsecas y
aleatorias. Estar es una forma de interinidad.
Por el contrario, «ser» es una situación permanente,
aunque, en el caso del hombre, sujeta a la inexorable
contingencia del envejecimiento y de la muerte. Las
posiciones que se ocupan exclusivamente en función de lo
que realmente se es son duraderas. El éxito social del
artista o del técnico podrá depender del azar del
mercado; pero la naturaleza de tales personas permanece
por encima de los avatares sociales. Séneca o Cicerón,
desposeidos de todo poder político, continuaron siendo
lo que realmente eran por sí mismos, dos astros de la
cultura romana y universal. De ahí el respeto tácito o
expreso que todas las gentes, incluidos muchos
accidentalmente poderosos como los políticos, sienten
hacia las personas valiosas por lo que son, no por el
lugar que ocupan en la escala de potestad.
Nadie puede destituir a alguien de lo que auténticamente
es. En último extremo se le podrá condenar, como a
Sócrates o a Servet, a muerte. Se le podrá obligar al
exilio, como a Aristóteles. Se le podrá aislar con el
silencio. Son recursos viles porque brotan de la
iniquidad, del resentimiento y de la inferioridad. Todo
aquel que contempla un valor y no lo reconoce es un
espíritu ruín, un ciudadano de tercera clase, un ilota.
De tal distinción verbal se deducen otras muy
reveladoras. Por ejemplo, la condición es algo que se
es, mientras que en la situación se está. Ser de buena
condición es algo constitutivo, mientras que encontrarse
en buena situación es anecdótico. En el ámbito
intelectual, aparecen el que escribe para realizarse y
ser él mismo, y también el otro que lo hace para
situarse. Estos últimos se pliegan al pensamiento
único, a la corrección política, a las modas, a la
ideología dominante, piensan para estar según los que
están, se mueven al margen del genuino ser. Nada perdura
en el ámbito del estar porque es un verbo transitivo con
tendencia a estabilizarse en pasado, en donde se ha
estado y ya no se permanece. Depender del estar suscita
angustia, inseguridad y, a veces, impele a la
inautenticidad y a la traición. Estar, en deterioro del
ser, es dramático y digno de piedad.
Las sociedades que priman el «estar» sobre el «ser»,
como es el caso de las amiguistas, oportunistas o
envidiosas, llevan en la mezquindad su pena inmanente y
connatural porque son inestables, porque dependen de
falsos prestigios, y porque postergan a los verdaderos
valores que son los fecundos más aún para el género
humano que para sus titulares. Los países decaen cuando
pasan del culto al «ser», como en los tiempos de
nuestra Isabel I, a la idolatría del «estar» como en
los años de Isabel II. Para diagnosticar la
potencialidad de un pueblo, antes que las estadísticas
económicas, hay que medir un parámetro sociológico
vertebral, el de si el «estar» coincide con el «ser»,
en suma, si cada cual está donde se merece por lo que
efectivamente es.
Es la sabiduría anglosajona: «The right man in the
right place». El respeto al ser.
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