La Diplomacia
Victoria
de Berlusconi. Es interesante realizar algunas
consideraciones sobre las acusaciones vertidas contra el
pesidente de Forza Italia, contra sus socios de
coalición y contra su programa de gobierno. En ellas se
refleja el poder de la izquierda, su capacidad para
centrar las iras de la opinión en sus adversarios
ideológicos y políticos.
De entrada, llama la atención la asimetría con la que
se ha tratado a la coalición del Olivo y a la Casa de
las Libertades. Se ha descalificado a Berlusconi por dar
cabida bajo su paraguas a la Alianza Nacional, por su
pasado fascista. Sin embargo, el partido de Fini
renunció al fascismo hace más de una década para
convertirse en una formación conservadora, lo que
provocó la salida de los viejos dinosaurios del
Movimiento Social Italiano fundado por Giorgio Almirante.
Resulta curioso que se descalifique esa iniciativa y no
se haya hecho lo mismo con la reconversión del antiguo
Partido Comunista en los Demócratas de Izquierdas. Es
hipócrita anatematizar a la Alianza Nacional y haber
guardado silencio sobre la inclusión en la alianza de
centro-izquierda de Refundación Comunista o de los
comunistas italianos, de observancia marxista leninista.
Se han señalado las diferencias entre los planteamientos
de Forza Italia, de la Alianza Nacional y de la Liga
Lombarda. Pero éstas existían mucho más marcadas en el
Olivo, que reunía a los ex comunistas de D'Alema, a los
comunistas de Bertinotti y Cossutta, a los centristas de
Castagnetti, a los conservadores de Dini, a los
democristianos de Mastella, a los demócratas de Rutelli
y a los verdes de Boselli y Francescato. Muchos más
partidos que los integrados en la Casa de las Libertades
y con modelos sociales que van de la derecha católica o
liberal a la izquierda marxista-leninista.
Por otra parte, se ha afirmado que la victoria de
Berlusconi pondría en peligro la democracia. Su acceso
al poder en 1994 no se tradujo en una reducción de las
libertades o en una amenza para la alternancia. De hecho,
perdió los siguientes comicios y abandonó la jefatura
de gobierno de manera pacífica. Sería necesario
explicar por qué es ahora una amenaza mayor para el
sistema democrático italiano de lo que era hace unos
años. Entonces también concentraba un enorme poder
mediático en sus manos. En la práctica, el Olivo y sus
aliados han intentado deslegitimar como antidemocrática
cualquier opción que no fuese la suya. Esta es una
táctica tradicional de la izquierda, que en el caso
italiano ha contado con aliados de la derecha resentidos
con el líder de Forza Italia. El caso de Indro
Montanelli es un ejemplo. Se negó a aceptar que el
dueño de su periódico, Berlusconi, influyese en sus
contenidos y se fue. Estaba en su derecho, como lo estaba
el empresario milanés al querer que su diario dijese lo
que él deseaba. En eso consiste el derecho de propiedad.
Ahora bien, su acceso al Gobierno ha de ir acompañado de
medidas destinadas a que una misma mano no controle los
más influyentes medios de comunicación italianos: los
audiovisuales públicos y privados. Si Berlusconi no es
tonto, y no parece serlo, no cometerá esa torpeza. De lo
contrario, su posición se verá muy debilitada y, antes
o después, tendrá problemas muy serios. Su actitud en
este campo será una prueba de fuego para saber hasta
qué punto su compromiso con la modernización política
y económica de Italia es firme. En todo caso, el odio a
Berlusconi de una buena parte de la clase política
italiana refleja su rechazo a que un outsider ocupe su
lugar, y el de algunos grandes empresarios, como Carlo de
Benedetti, la pelusa de un competidor que ha tenido más
éxito. Con demasiada frecuencia, la envidia se disfraza
de valores morales.
Sin duda, Berlusconi no es un santo. Tampoco huelen a
santidad la mayoría de los políticosy grandes
empresarios italianos. Además, el nacimiento y el
desarrollo de la corrupción en la Italia de los últimos
cuarenta años es impensable sin la colaboración tácita
de una población y de una judicatura que sólo a
comienzos de los noventa consideraron políticamente
inaceptable ese fenómeno. Esto puede sonar cínico, pero
es la realidad. En este contexto, la elevación a la
presidencia del gabinete del hombre más rico del país
quizá sea una posibilidad de oro para regenerarle. En
todo caso, es curiosa la brutal hostilidad hacia
Berlusconi por su gris pasado y el silencio que ha
acompañado el posible triunfo electoral de un
delincuente convicto como Alan García. Perú no es
Italia ni García es de derechas.
Con todas sus insuficiencias e incoherencias, con las
tensiones que puede tener en su acción de gobierno con
Fini y Bossi, la filosofía del programa de Berlusconi es
la adecuada para Italia. Su apuesta por un Estado más
pequeño, por mercados libres, por una imposición más
baja es terapia correcta por la italoesclerosis que en
forma de estatismo rampante atenaza las energías del
país y le impide crecer. La combinación del federalismo
con la necesidad de un Gobierno central fuerte, pero
limitado, no es una paradoja, sino un criterio sensato
para articular un país que en buena medida está aún
invertebrado. Al mismo tiempo, su visión de una Europa
basada en los Estados y su oposición a la
centralización armonizadora es muy similar a la
sostenida por el Reino Unido o España. En este sentido,
la Italia de Berlusconi puede ayudar a crear un
contrapeso a la hegemonía del eje franco alemán
L. Bernaldo de Quirós
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