Razón Española, nº 108; La Diplomacia

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La Diplomacia

Por L. Bernaldo de Quirós

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La Diplomacia

Victoria de Berlusconi. Es interesante realizar algunas consideraciones sobre las acusaciones vertidas contra el pesidente de Forza Italia, contra sus socios de coalición y contra su programa de gobierno. En ellas se refleja el poder de la izquierda, su capacidad para centrar las iras de la opinión en sus adversarios ideológicos y políticos.

De entrada, llama la atención la asimetría con la que se ha tratado a la coalición del Olivo y a la Casa de las Libertades. Se ha descalificado a Berlusconi por dar cabida bajo su paraguas a la Alianza Nacional, por su pasado fascista. Sin embargo, el partido de Fini renunció al fascismo hace más de una década para convertirse en una formación conservadora, lo que provocó la salida de los viejos dinosaurios del Movimiento Social Italiano fundado por Giorgio Almirante. Resulta curioso que se descalifique esa iniciativa y no se haya hecho lo mismo con la reconversión del antiguo Partido Comunista en los Demócratas de Izquierdas. Es hipócrita anatematizar a la Alianza Nacional y haber guardado silencio sobre la inclusión en la alianza de centro-izquierda de Refundación Comunista o de los comunistas italianos, de observancia marxista leninista.

Se han señalado las diferencias entre los planteamientos de Forza Italia, de la Alianza Nacional y de la Liga Lombarda. Pero éstas existían mucho más marcadas en el Olivo, que reunía a los ex comunistas de D'Alema, a los comunistas de Bertinotti y Cossutta, a los centristas de Castagnetti, a los conservadores de Dini, a los democristianos de Mastella, a los demócratas de Rutelli y a los verdes de Boselli y Francescato. Muchos más partidos que los integrados en la Casa de las Libertades y con modelos sociales que van de la derecha católica o liberal a la izquierda marxista-leninista.

Por otra parte, se ha afirmado que la victoria de Berlusconi pondría en peligro la democracia. Su acceso al poder en 1994 no se tradujo en una reducción de las libertades o en una amenza para la alternancia. De hecho, perdió los siguientes comicios y abandonó la jefatura de gobierno de manera pacífica. Sería necesario explicar por qué es ahora una amenaza mayor para el sistema democrático italiano de lo que era hace unos años. Entonces también concentraba un enorme poder mediático en sus manos. En la práctica, el Olivo y sus aliados han intentado deslegitimar como antidemocrática cualquier opción que no fuese la suya. Esta es una táctica tradicional de la izquierda, que en el caso italiano ha contado con aliados de la derecha resentidos con el líder de Forza Italia. El caso de Indro Montanelli es un ejemplo. Se negó a aceptar que el dueño de su periódico, Berlusconi, influyese en sus contenidos y se fue. Estaba en su derecho, como lo estaba el empresario milanés al querer que su diario dijese lo que él deseaba. En eso consiste el derecho de propiedad.

Ahora bien, su acceso al Gobierno ha de ir acompañado de medidas destinadas a que una misma mano no controle los más influyentes medios de comunicación italianos: los audiovisuales públicos y privados. Si Berlusconi no es tonto, y no parece serlo, no cometerá esa torpeza. De lo contrario, su posición se verá muy debilitada y, antes o después, tendrá problemas muy serios. Su actitud en este campo será una prueba de fuego para saber hasta qué punto su compromiso con la modernización política y económica de Italia es firme. En todo caso, el odio a Berlusconi de una buena parte de la clase política italiana refleja su rechazo a que un outsider ocupe su lugar, y el de algunos grandes empresarios, como Carlo de Benedetti, la pelusa de un competidor que ha tenido más éxito. Con demasiada frecuencia, la envidia se disfraza de valores morales.

Sin duda, Berlusconi no es un santo. Tampoco huelen a santidad la mayoría de los políticosy grandes empresarios italianos. Además, el nacimiento y el desarrollo de la corrupción en la Italia de los últimos cuarenta años es impensable sin la colaboración tácita de una población y de una judicatura que sólo a comienzos de los noventa consideraron políticamente inaceptable ese fenómeno. Esto puede sonar cínico, pero es la realidad. En este contexto, la elevación a la presidencia del gabinete del hombre más rico del país quizá sea una posibilidad de oro para regenerarle. En todo caso, es curiosa la brutal hostilidad hacia Berlusconi por su gris pasado y el silencio que ha acompañado el posible triunfo electoral de un delincuente convicto como Alan García. Perú no es Italia ni García es de derechas.

Con todas sus insuficiencias e incoherencias, con las tensiones que puede tener en su acción de gobierno con Fini y Bossi, la filosofía del programa de Berlusconi es la adecuada para Italia. Su apuesta por un Estado más pequeño, por mercados libres, por una imposición más baja es terapia correcta por la italoesclerosis que en forma de estatismo rampante atenaza las energías del país y le impide crecer. La combinación del federalismo con la necesidad de un Gobierno central fuerte, pero limitado, no es una paradoja, sino un criterio sensato para articular un país que en buena medida está aún invertebrado. Al mismo tiempo, su visión de una Europa basada en los Estados y su oposición a la centralización armonizadora es muy similar a la sostenida por el Reino Unido o España. En este sentido, la Italia de Berlusconi puede ayudar a crear un contrapeso a la hegemonía del eje franco alemán

L. Bernaldo de Quirós



 

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