Paradojas del
colaboracionismo
Los
libros que intentan justificar el compromiso de los
colaboracionistas durante la ocupación alemana proceden
en general del autismo, y los que se publican para
denigrarlos suelen caer en el anacronismo. Cuando se
habla de la ocupación, cuando se examinan las razones de
los unos y de los otros para comprometerese en campos
opuestos, se olvida, con demasiada frecuencia, que
aquellos actores ignoraban lo que hoy sabemos y, para
empezar, que ignoraban lo que decidiría la Historia. El
gran mérito de la Histoire de la Collaboration,
recientemente publicada por Dominique Venner, se centra
en su voluntad de presentar los hechos en los términos
en que se se planteaban en la época, lo que le lleva a
subrayar la gran complejidad del fenómeno y la
imposibilidad de reducirlo a unas cuantas ecuaciones
político-morales simplistas. Jean Claude Valla ha
expresado el interés de este gran libro. Quisiera
añadir algunas reflexiones sobre las grandes paradojas
del colaboracionismo.
La primera paradoja reside en el hecho de que ninguno de
los colaboracionistas se sustrajo a su deber militar en
1939. Muchos de ellos combatieron valientemente contra
los alemanes. Ninguno alegó simpatía ideológica para
abandonar sus obligaciones. El único desertor célebre
fue el secretario general del partido comunista, Maurice
Thorez: se negó a luchar contra un país que era
entonces aliado de Stalin, desertó a principios de
octubre de 1939 por orden del Komintern, y viajó a la
Unión Soviética vía Bélgica. Fue amnistiado después
de la liberación.
Jacques Doriot, movilizado como sargento de
ametralladoras en 1939, combatió cerca de
Sully-sur-Loire hasta el 20 de junio de 1940, más allá
de la fecha de petición del armisticio, con una energía
que le valió ser condecorado con la Cruz de guerra.
Joseph Darnand, militante católico y monárquico,
heroico excombatiente de la Primera Guerra mundial, se
cubrió de honra a la cabeza de un cuerpo-franco. Hecho
prisionero en junio de 1940, se evadió dos meses más
tarde, y le fue confiada la dirección regional de la
Legión francesa de las fuerzas que se convirtieron, en
1941, en el Servicio de orden legionario ( SOL), y en
1943 en la Milicia. Jean Bassompierre, que luchó a su
lado como oficial de cuerpo-franco, fue inspector general
de la Milicia. Se le condenó a muerte y fue fusilado el
24 de abril de 1948, a pesar de los esfuerzos para
obtener su amnistía por parte de antiguos resistentes
como Henri d'Astier de La Vignerie.
«Es asombroso -escribe Venner- encontrar tantos
"traidores" entre hombres para quienes la
patria lo era todo, y que habían sido heroicos
combatientes en las anteriores guerras contra los
alemanes». Pierre Antoine Cousteau, uno de los
principales redactores de Je suis partout, dirá en
noviembre de 1946, durante su proceso: «Si no se era
colaboracionista por patriotismo, se era un miserable o
un criado del enemigo».
De hecho, entre los futuros colaboracionistas, o
presuntamente tales, no solamente los hay que han sido
patriotas, sino también, durante toda su vida,
convencidos antialemanes. El caso de Charles Maurras es,
evidentemente, el más emblemático: «Luchar contra el
germanismo había sido una de las finalidades de su vida.
Y esta vida se terminaba con una condena que era la
negación de su mismo principio». Pero el de Maurras no
es un caso aislado. Otros muchos militaron antes de 1914
en movimientos cuyo único objetivo era recuperar
Alsacia-Lorena de Alemania, y luego profesaron una
constante hostilidad hacia el «enemigo hereditario» de
allende el Rin. ¡Incluso ciertos antisemitas, a partir
del escándalo Dreyfus, consideraron que «judíos» y
«alemanes» eran categorías intercambiables!
Será paradójico ver a estos mismos hombres, patriotas o
nacionalistas convencidos, juzgados tras la liberación
por «inteligencia con el enemigo» y «traición», es
decir, finalmente, por falta de patriotismo y por crimen
contra la patria. Pero será aún más paradójico verlos
frecuentemente juzgados y condenados como tales por
hombres que, por el contrario, en el pasado, habían
profesado el internacionalismo y afirmaban que los lazos
ideológicos contaban más que los lazos de nacionalidad.
A este respecto es extraordinaria la historia del partido
comunista durante este periodo. Habiendo firmado la URSS
y Alemania un pacto de no agresión, y considerado el
PCF, no sin razón, como una filial del Komintern, el
gobierno Daladier dictó el 26 de septiembre de 1939 la
prohibición de este último. El 16 de enero de 1940 el
Parlamento decide casi unánimamente el cese de los
diputados comunistas. En el mes de abril, 35 de ellos son
llevados ante la justicia militar por no denunciar el
pacto germano-soviético, y son condenados a penas de dos
a quince años de prisión. La mayoría, entre ellos
Etienne Fajon, Virgile Barel, Francois Billoux y
Waldeck-Rochet, serán internados en el sur de Argelia,
de donde los libertarían en noviembre de 1942 tras el
desembarco aliado en Africa del norte. Y luego fueron
llamados a la Asamblea consultativa en 1943. ¡De regreso
en la Francia liberada, estos hombres, condenados en 1940
por «derrotismo» y «traición» ante el enemigo nazi,
participarían en la depuración de los
colaboracionistas!
En junio de 1940 L'Humanité invita a los franceses a
recibir con simpatía a las tropas de la Wehrmacht. El 13
de julio se puede leer en ese periódico: «Las
conversaciones amistosas entre trabajadores parisinos y
soldados alemanes se multiplican. Nos congratula mucho.
¡Aprendamos a conocernos!» Los comunistas no entraron
masivamente en la Resistencia hasta después de la
ruptura germano-soviética en 1941. Cuatro años más
tarde los que al principio de la ocupación daban la
bienvenida a las tropas de la Wehrmacht poblarán con sus
militantes los jurados de los tribunales de depuración.
Y otra paradoja es que quienes sostuvieron durante la
ocupación el régimen nacional-socialista, empezando por
los principales representantes del «fascismo francés»
(Brasillach, Drieu, Rebatet, etc.) lo ignoraban más o
menos todo sobre aquél. Esto no es un anacronismo. No se
trata, evidentemente, de suponer que los actores del
período hubieran podido saber lo que la historiografía
sólo pudo establecer varias décadas más tarde. Los
colaboracionistas ignoraban naturalmente que el «Estado
del Führer» era de hecho una policracia donde los altos
dignatarios no cesaban de tramar luchas de influencias de
tipo neofeudal unos contra otros. Nada sabían de las
divergencias ideológicas existentes en el seno de un
régimen en que, paradógicamente, era en el interior de
la SD o incluso de las SS donde se encontraban los
máximos elementos de oposición. Tampoco sabían nada
sobre una «ideología nazi», que nunca se unificó
verdaderamente y cuya historia está aún por escribir
sesenta años después. Tampoco podían distinguir
claramente los tres componentes esenciales del régimen:
su componente «arcaico», «romántico» y «volkisch»
por un lado, nacionalista y pangermanista por el otro
lado, su componente más clásicamente «fascista»,
marcado sobre todo antes de 1933, y su componente
propiamente totalitario. Sin embargo, ya en aquella
época hubieran podido obtener sobre el régimen nazi un
mínimo de información que evidentemente no poseían.
Llama la atención la ausencia casi total de estudios
serios sobre la Alemania nazi en Francia antes de 1939,
mientras que durante el III Reich se publicaron numerosas
obras, ciertamente con frecuencia tendenciosas, pero
extremadamente bien informadas, sobre Francia, su
historia, su situación política, etc.
No olvidemos, finalmente, que la mayoría de los
colaboracionistas no hablaban ni palabra de alemán
(exceptuando a Déat y a Benoist-Méchin), detalle este
no sin importancia cuando sabemos que las autoridades del
III Reich no favorecieron la traducción al francés de
sus obras de referencia.
Desde Otto Abetz, embajador de Alemania en Francia, hasta
karl Epting, director del Instituto alemán en París,
las personalidades elegidas habían sido reclutadas
generalmente entre elementos francófilos.
Arnaud Imatz
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