Carta de amor
Uno de
los 233 españoles que Juan Pablo II ha declarado
martirizados por la vesanía roja durante la II
República ha sido Francisco Castelló Aleu de 22 años,
que trabajaba como químico en una fabrica de Lérida. Un
tribunal popular que presidía un casi analfabeto, lo
condenó sumariamente a muerte por su condición de
activista católico en la Federación de Jóvenes
Cristianos de su ciudad. Hasta el momento mismo de su
muerte hizo apostolado religioso entre sus compañeros de
prisión y los carceleros. Poco antes de morir, escribió
a su novia María Pelegrí esta carta1:
Querida Mariona.
Nuestras vidas se unieron y Dios ha querido separarlas. A
Él ofrezco, con toda la inmensidad posible, el amor que
te profeso, mi amor intenso, puro y sincero.
Siento tu desgracia, no la mía. Siéntete orgullosa: dos
hermanos y tu prometido. ¡Pobre Mariona!
Me está sucediendo algo extraño, no puedo sentir pena
alguna por mi suerte. Una alegría interna, intensa,
fuerte, me invade por completo. Querría hacerte una
carta triste de despedida, pero no puedo. Estoy todo
envuelto de ideas alegres como un presentimiento de
Gloria.
Querría hablarte de lo mucho que te habría querido, de
las ternuras que tenía reservadas para ti, de lo felices
que habríamos sido. Pero para mí todo es secundario.
Voy a dar un gran paso.
Una cosa quiero decirte: si puedes, cásate. Desde el
cielo yo bendeciré tu unión y tus hijos. No quiero que
llores, no lo quiero. Siéntete orgullosa de mí. Te
quiero.
Francisco
En la inmediatez de la muerte, se manifestaron la
serenidad y el amor. Es un texto que va más allá de la
más fértil imaginación literaria y que muestra un
espíritu superior, truncado por el rencoroso ejercicio
de simples contravalores. Este patético contraste entre
víctima y verdugo es un símbolo de aquella guerra civil
en que se enfrentaron la generosidad y el odio.
J. L. Núñez
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