Razón Española, nº 107; Sereis iguales

pag. principal Razón Española

Sereis iguales

Por J.L. Calleja

La proclamación de la II República indice Mi crepúsculo de las ideologías

Sereis iguales

Algunos «retro-progres» ratonean en la Biblia a la caza de pasajes que, roídos, sirvan de catapulta para sus pedradas. ¡Se oyen unas cosas! La más gorda es ya tópico sobado: que Cristo fue un revolucionario, paladín de la igualdad porque vino a traer la justicia. Esta cantinela sostiene dos tesis muy frágiles: que la justicia es lo mismo que la igualdad y que la prueba de ello está en Dios mismo.

Dicho muy deprisa, la Biblia es la historia de la caída y redención del género humano. Sin la caída no habría habido redención ni Viejo y Nuevo Testamento. Convendrá, por tanto, rememorar cómo fue la caída.

Por lo visto, Adán y Eva paseaban en venturosa inocencia por el Edén cuando «la más astuta de cuantas bestias del campo hizo Dios» inventó el lenguaje subversivo:

-¿Os créeis felices?

-¡Hombre! No negarás que vivimos en el Paraíso -pudo responder Eva.

-No sois felices porque sois desiguales a Dios. Comed de la fruta prohibida y seréis como Él. Porque conoceréis el Bien y el Mal.

Es decir: estaréis en el ajo de la creación dominada por Dios que pretende dirigirla y conocerla a solas. Comed, y el Universo se convertirá en una empresa autogestionaria y socialista, mandada por vosotros en igualdad con el empresario. Comed, y se establecerá la igualdad con Dios.

Hecho el experimento surgido por la subversión, el hombre y la mujer conocieron el Mal; pero de autogestión, de complacencia divina y de igualdad aprobada por Dios, nada. Aquel paso en falso (el primer retro-progreso de la Historia) les enemistó con Dios. El Ser que había creado la maravillosa variedad de la naturaleza no sólo descalificó la intentona igualitaria, sino que se aplicó a nuestros primeros padres una espantosa sentencia que perpetúa el eco de su infinita indignación, segundo a segundo y por los siglos de los siglos: fueron condenados a muerte con toda su descendencia.

La revolución original -que eso fue el pecado original- acabó, pues, en reprobación. Lo mismo le había ocurrido a Luzbel, por querer saltarse el escalafón. Pero Dios se compadeció del hombre, mucho menos inteligente que Luzbel, y considerando esta desigualdad, hizo justicia con un trato desigual: anunció un Mesías capaz de ganar para el hombre el indulto del pecado revolucionario.

¿Quién fue este Mesías, según los «retro-progres»? Otro revolucionario, otro predicador de la igualdad. O sea, que para sacarnos de Málaga nos llevaron a Malagón. La cosa no se entiende muy bien. Mejor se comprende lo contrario, es decir, que para salvarnos de la revolución original nos enviaron un contrarrevolucionario. Desde luego, Cristo lo fue en los asuntos de su reino, que no es de aquí, y como contrarrevolucionario le han tratado también las subversiones de este mundo, a no ser que los que le persiguieron lo hicieran para ingresar en la Patrística, y que las teas incendiarias que arrojaron a los templos fuesen velas un poco exageradas.

Ahora hay nuevas estrategias y por eso hace falta distinguir la igualdad de la justicia; y negar que puedan ser lo mismo para Dios.Y es curioso que, cuando en amigables polémicas hemos usado estos argumentos, los exploradores de la Biblia que la citan como catapulta de sus proyectiles nos han respondido que Adán y Eva, la serpiente, el pecado original y otros episodios son leyendas y alegorías que no sirven para razonar en serio. Pero si esta opinión fuera acertada, resultaría que nosotros somos unos ingenuos que creemos lo que decimos y ellos unos sofistas muy listos que no creen lo que dicen, que manejan alegorías y leyendas bíblicas para sorprender la buena fe de los creyentes.

Se ha explicado un millón de veces que la igualdad es una cosa y la equidad otra muy diferente. Puede ser justo y equitativo tratar por igual a los iguales, pero no lo es tratar igualmente lo desigual. Cualquiera podría citar los ejemplos de justos tratos desiguales: los que recibieron el buen hijo y el hijo pródigo; el que dio el señor de la finca a los jornaleros; el del buen pastor, a la oveja extraviada; el de Marta y María.

Parecería monstruoso que el Creador de la infinita variedad que fecunda y sostiene la vida esterilizase la Naturaleza y a la Humanidad, que es parte de ésta, con un mandato uniformista. Este mandato es una idea humana y es un proyecto despótico porque la igualdad espontánea es imposible. La misma variedad de los hombres crea conceptos desiguales de la igualdad. Para un científico, ser igual a Marie Curie consistiría en poseer la misma constancia que ella en la investigación e idéntica sabiduría. Para una aspirante al título de Miss Universo, ser igual a Marie Curie supondría una semejanza catastrófica e indeseable porque la genial polaca no tendría nada que hacer en un desfile de hermosas mujeres. Voy a repetir el apólogo que en otra ocasión escribí sobre el elefante, la ballena, el águila y la lombriz:

-La vida es una jungla -sentenciaba el elefante-. Las bestias han de abrirse paso en busca de sostén. Precisan la trompa. Por eso la sociedad no estructurada en un sistema trompoforme es inconcebible. Todos hemos de tener trompa y yo os enseñaré su manejo igualitariamente proboscídeo.

-La vida no es una jungla -dijo la ballena-, sino el océano tempestuoso y profundo. ¿Se os ocurre herramienta más inútil en la mar que esa prolongación de tu nariz? Hay que dar a nuestros semejantes un sistema político de aplicación universal, útil en todas las partes conocidas que son los océanos. Por eso, todas las bestias deben ir protegidas por una coraza de grasa que soporte presiones de toneladas: todas deben ser ballenas de muchos quintales, en una sociedad submarina, colosal y natatoria.

-La vida no es jungla ni es océano -terció el águila-. Es vuelo, viento, altura. ¿Qué futuro esperaría en el espacio a una sociedad de acorazados adiposos? Y tú, elefante, amigo, díme: ¿Desde cuándo vuelan las trompas? El régimen trompoforme se mataría al segundo de constituido. Un pueblo seguro y alimentado, una sociedad feliz será siempre una bandada con grandes alas caudales.

-Bajad aquí con trompa, alas y quintales -dijo la lombriz desde el suelo-. A ver de qué os sirven. El mundo es estrechez, oscuridad y fango. Hay que dar cieno al pueblo. Y todo el pueblo debe ser un pueblo de gusanos hábiles, escurridizos, viscosos y anillados.

Ingeniero, economista y comisario del Plan Monnet, Jean Fourastié escribió en La realité économique: «Muy lejos de engendrar la igualdad, la justicia reconoce abiertamente la desigualdad. La justicia es una virtud que me obliga a reconocerme inferior a muchos, aunque mi inclinación natural sea portarme como igual o superior a todos (...). Cada situación, cada condición implica unos derechos, una dignidad, un potencial.» Distintos naturalmente.

Lo justo, equitativo y saludable es dar a cada uno lo suyo; no, lo de los demás. A las águilas, alas; al elefante, trompa; a la ballena, sus facultades. Un mundo de águilas, o de sólo elefantes, o de lombrices sólo, mataría la vida, como saben los ecólogos. Por otro lado, cortar las plumas a la reina del espacio para igualarla a los cuadrúpedos, o convertir en reptil a la grácil gacela amarrándole las ancas, no borraría la variedad del mundo: lo convertiría en un horrible concurso de disfraces bajo la tiranía del absurdo, sin premio, siquiera, para el mejor vestido de preso o mutilado. Pues bien: eso es lo que propone, de nuevo, la serpiente cuando bisbisea:

-Comed la manzana revolucionaria y seréis iguales.



Juan Luis Calleja



 

La proclamación de la II República indice Mi crepúsculo de las ideologías

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.