Sereis iguales
Algunos
«retro-progres» ratonean en la Biblia a la caza de
pasajes que, roídos, sirvan de catapulta para sus
pedradas. ¡Se oyen unas cosas! La más gorda es ya
tópico sobado: que Cristo fue un revolucionario,
paladín de la igualdad porque vino a traer la justicia.
Esta cantinela sostiene dos tesis muy frágiles: que la
justicia es lo mismo que la igualdad y que la prueba de
ello está en Dios mismo.
Dicho muy deprisa, la Biblia es la historia de la caída
y redención del género humano. Sin la caída no habría
habido redención ni Viejo y Nuevo Testamento.
Convendrá, por tanto, rememorar cómo fue la caída.
Por lo visto, Adán y Eva paseaban en venturosa inocencia
por el Edén cuando «la más astuta de cuantas bestias
del campo hizo Dios» inventó el lenguaje subversivo:
-¿Os créeis felices?
-¡Hombre! No negarás que vivimos en el Paraíso -pudo
responder Eva.
-No sois felices porque sois desiguales a Dios. Comed de
la fruta prohibida y seréis como Él. Porque conoceréis
el Bien y el Mal.
Es decir: estaréis en el ajo de la creación dominada
por Dios que pretende dirigirla y conocerla a solas.
Comed, y el Universo se convertirá en una empresa
autogestionaria y socialista, mandada por vosotros en
igualdad con el empresario. Comed, y se establecerá la
igualdad con Dios.
Hecho el experimento surgido por la subversión, el
hombre y la mujer conocieron el Mal; pero de
autogestión, de complacencia divina y de igualdad
aprobada por Dios, nada. Aquel paso en falso (el primer
retro-progreso de la Historia) les enemistó con Dios. El
Ser que había creado la maravillosa variedad de la
naturaleza no sólo descalificó la intentona
igualitaria, sino que se aplicó a nuestros primeros
padres una espantosa sentencia que perpetúa el eco de su
infinita indignación, segundo a segundo y por los siglos
de los siglos: fueron condenados a muerte con toda su
descendencia.
La revolución original -que eso fue el pecado original-
acabó, pues, en reprobación. Lo mismo le había
ocurrido a Luzbel, por querer saltarse el escalafón.
Pero Dios se compadeció del hombre, mucho menos
inteligente que Luzbel, y considerando esta desigualdad,
hizo justicia con un trato desigual: anunció un Mesías
capaz de ganar para el hombre el indulto del pecado
revolucionario.
¿Quién fue este Mesías, según los «retro-progres»?
Otro revolucionario, otro predicador de la igualdad. O
sea, que para sacarnos de Málaga nos llevaron a
Malagón. La cosa no se entiende muy bien. Mejor se
comprende lo contrario, es decir, que para salvarnos de
la revolución original nos enviaron un
contrarrevolucionario. Desde luego, Cristo lo fue en los
asuntos de su reino, que no es de aquí, y como
contrarrevolucionario le han tratado también las
subversiones de este mundo, a no ser que los que le
persiguieron lo hicieran para ingresar en la Patrística,
y que las teas incendiarias que arrojaron a los templos
fuesen velas un poco exageradas.
Ahora hay nuevas estrategias y por eso hace falta
distinguir la igualdad de la justicia; y negar que puedan
ser lo mismo para Dios.Y es curioso que, cuando en
amigables polémicas hemos usado estos argumentos, los
exploradores de la Biblia que la citan como catapulta de
sus proyectiles nos han respondido que Adán y Eva, la
serpiente, el pecado original y otros episodios son
leyendas y alegorías que no sirven para razonar en
serio. Pero si esta opinión fuera acertada, resultaría
que nosotros somos unos ingenuos que creemos lo que
decimos y ellos unos sofistas muy listos que no creen lo
que dicen, que manejan alegorías y leyendas bíblicas
para sorprender la buena fe de los creyentes.
Se ha explicado un millón de veces que la igualdad es
una cosa y la equidad otra muy diferente. Puede ser justo
y equitativo tratar por igual a los iguales, pero no lo
es tratar igualmente lo desigual. Cualquiera podría
citar los ejemplos de justos tratos desiguales: los que
recibieron el buen hijo y el hijo pródigo; el que dio el
señor de la finca a los jornaleros; el del buen pastor,
a la oveja extraviada; el de Marta y María.
Parecería monstruoso que el Creador de la infinita
variedad que fecunda y sostiene la vida esterilizase la
Naturaleza y a la Humanidad, que es parte de ésta, con
un mandato uniformista. Este mandato es una idea humana y
es un proyecto despótico porque la igualdad espontánea
es imposible. La misma variedad de los hombres crea
conceptos desiguales de la igualdad. Para un científico,
ser igual a Marie Curie consistiría en poseer la misma
constancia que ella en la investigación e idéntica
sabiduría. Para una aspirante al título de Miss
Universo, ser igual a Marie Curie supondría una
semejanza catastrófica e indeseable porque la genial
polaca no tendría nada que hacer en un desfile de
hermosas mujeres. Voy a repetir el apólogo que en otra
ocasión escribí sobre el elefante, la ballena, el
águila y la lombriz:
-La vida es una jungla -sentenciaba el elefante-. Las
bestias han de abrirse paso en busca de sostén. Precisan
la trompa. Por eso la sociedad no estructurada en un
sistema trompoforme es inconcebible. Todos hemos de tener
trompa y yo os enseñaré su manejo igualitariamente
proboscídeo.
-La vida no es una jungla -dijo la ballena-, sino el
océano tempestuoso y profundo. ¿Se os ocurre
herramienta más inútil en la mar que esa prolongación
de tu nariz? Hay que dar a nuestros semejantes un sistema
político de aplicación universal, útil en todas las
partes conocidas que son los océanos. Por eso, todas las
bestias deben ir protegidas por una coraza de grasa que
soporte presiones de toneladas: todas deben ser ballenas
de muchos quintales, en una sociedad submarina, colosal y
natatoria.
-La vida no es jungla ni es océano -terció el águila-.
Es vuelo, viento, altura. ¿Qué futuro esperaría en el
espacio a una sociedad de acorazados adiposos? Y tú,
elefante, amigo, díme: ¿Desde cuándo vuelan las
trompas? El régimen trompoforme se mataría al segundo
de constituido. Un pueblo seguro y alimentado, una
sociedad feliz será siempre una bandada con grandes alas
caudales.
-Bajad aquí con trompa, alas y quintales -dijo la
lombriz desde el suelo-. A ver de qué os sirven. El
mundo es estrechez, oscuridad y fango. Hay que dar cieno
al pueblo. Y todo el pueblo debe ser un pueblo de gusanos
hábiles, escurridizos, viscosos y anillados.
Ingeniero, economista y comisario del Plan Monnet, Jean
Fourastié escribió en La realité économique: «Muy
lejos de engendrar la igualdad, la justicia reconoce
abiertamente la desigualdad. La justicia es una virtud
que me obliga a reconocerme inferior a muchos, aunque mi
inclinación natural sea portarme como igual o superior a
todos (...). Cada situación, cada condición implica
unos derechos, una dignidad, un potencial.» Distintos
naturalmente.
Lo justo, equitativo y saludable es dar a cada uno lo
suyo; no, lo de los demás. A las águilas, alas; al
elefante, trompa; a la ballena, sus facultades. Un mundo
de águilas, o de sólo elefantes, o de lombrices sólo,
mataría la vida, como saben los ecólogos. Por otro
lado, cortar las plumas a la reina del espacio para
igualarla a los cuadrúpedos, o convertir en reptil a la
grácil gacela amarrándole las ancas, no borraría la
variedad del mundo: lo convertiría en un horrible
concurso de disfraces bajo la tiranía del absurdo, sin
premio, siquiera, para el mejor vestido de preso o
mutilado. Pues bien: eso es lo que propone, de nuevo, la
serpiente cuando bisbisea:
-Comed la manzana revolucionaria y seréis iguales.
Juan Luis Calleja
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