LIBROS: Cambio de Régimen- nº 107 Razón Española

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LIBROS: Cambio de Régimen. nº 107

Comentarios de A. Maestro al libro de Rafael Borrás Betriú.

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LIBROS: Cambio de Régimen

Borrás Betriú, Rafael: Cambio de régimen, ed. Flor del Viento, Barcelona 2000, 434 págs.



El autor lleva un lustro concentrando su interés en la dinastía. El rey perjuro (1997), El rey de los rojos (1997) o Los últimos Borbones (1999) (Vid. reseñas en «Razón Española» nums. 84, 77 y 100). Ahora insiste en el tema. Los dos primeros capítulos, que recapitulan o anticipan acontecimientos luego expuestos con más detalle, arrojan una imagen muy negativa de Alfonso XIII y, con raras excepciones, de su familia, de la aristocracia palaciega y de la clase política. El cuadro resultante es digno del Bosco. La saga es tan terrible que conmoverá hasta los cimientos del legitimismo más enraizado.

Pero no todo es negativo. Borrás presenta la II República como «una esperanza». Este sentimiento puede compartirse si se piensa en Ortega, Marañón y otros promotores de una república burguesa. Pero ¿cuánto tiempo dura esa esperanza? Apenas unos días. Inmediatamente aparece la quema de conventos. En seguida, una Constitución que desencadena la expulsión de los jesuitas y la persecución religiosa. La sangrienta revolución socialista de octubre de 1934. Y el patrocinio por Azaña de un Frente Popular que anuncia la revolución proletaria. El pronunciamiento de Jaca. «No es esto», dijo muy pronto Ortega, con harta razón. La «esperanza republicana» es una entelequia no respaldada por los hechos. La II República no fue sólo un fracaso; fue un desastre que alcanzó su culminación en la zona roja, la del terror y el caos. Fue lamentable, sin duda, que se frustrasen algunas ilusiones razonables; pero los hechos sucedieron así. No hubo una república distinta de la de Casas Viejas, la voladura de la catedral de Oviedo o el asesinato de Calvo Sotelo.

A lo largo de su libro, el autor reitera que Alfonso XIII perjuró puesto que violó la Constitución que había jurado a los dieciséis años. Y lo hizo conscientemente después del requerimiento de los presidentes de las Cámaras. Es innegable, aunque no era nuevo desde Enrique de Francia hasta Fernando VII. Pero Alcalá Zamora también había jurado la Constitución de 1876 y, sin embargo, la II República advino violando la legalidad institucional. El voto popular (22.150 concejales no republicanos frente a 5.875 republicanos) no fue republicano; en las elecciones municipales no podía decidirse la abolición de la monarquía; la nueva ordenación constitucional se definió en un simple decreto firmado por Alcalá Zamora el 15 de abril. Y por si esto fuera poco, los republicanos habían intentado dos veces el golpe militar. La II República nació del abandono de Alfonso XIII, y del golpe deEstado de los firmantes del Pacto de San Sebastián con la complicidad de las Fuerzas Armadas y del orden. Hubo entonces perjurios innumerables, como a la muerte de Franco.

Es problemático dividir la Restauración en una fase de monarquía parlamentaria y, desde 1923, otra de monarquía militar. La «parlamentaria» nació del golpe de Sagunto; su parlamentarismo fue una ficción de elecciones trucadas, sobre todo la de 1931, de pactada alternancia bipartidista. Y ¿cuántos generales participan en los quince gobiernos de esa monarquía parlamentaria? Es muy dudoso que en España haya habido nunca un régimen parlamentario donde todo se decide mediante la libre discusión entre los diputados a Cortes. Tampoco ahora.

Hay una frase prologal del autor que podría interpretarse como una reformulación de la tesis frentepopulista, a saber, que la degeneración de la II República burguesa en revolucionaria la «provocó» el alzamiento de julio de 1936. Seguramente el autor no piensa eso porque conoce el último discurso de Calvo Sotelo en las Cortes y ha leído, entre otros, la reciente investigación de Pío Moa, Los orígenes de la guerra civil española (1999). El alzamiento impidió la sovietización hacia la que se avanzaba desde el principio, aceleradamente desde 1934, y desenfadadamente desde las falsificadas elecciones de 1936.

Como los anteriores, este libro deBorrás está documentadísimo. Son transcritos casi mil textos que ocupan la mayor parte del tomo. Algunos proceden de la novelística, otros de la historia-ficción, y la mayoría viene de memorias, a veces, olvidadas. El autor los suele presentar sin comentarios para que el lector juzgue. Muchos de esos textos tienen marginal valor por la parcialidad de sus autores o por su alejamiento de los hechos.

En medio de una marea de panegíricos palatinos, este libro de Borrás resulta rotundamente incorrecto. Los adulatorios no hace falta leerlos para saber lo que dicen; éste sí merece ser leído, porque no está escrito al dictado de ninguna consigna.



A. Maestro



 

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