Razón Española, nº 107; La Reconquista de España

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La Reconquista de España

Por A. Imatz

Mi crepúsculo de las ideologías indice Juan Pablo II y nuestra América

La Reconquista de España

Con fórmula tan dura como exacta, escribe Montherlant: «España es una de las naciones más odiadas de Europa porque es diferente y porque es noble, dos rasgos que sólo se le perdonarían si tuviera poder, y no lo tiene.» En América, como en Europa, los hispanistas son legión. Los que aman a España no por lo que hubiera podido o debería ser, sino por lo que fue y es, desgraciadamente, son mucho menos numerosos. Los nombres de los historiadores franceses que merecen ser citados se cuentan con los dedos. Por supuesto, Pierre Chaunu, antiguo director de la Casa Velázquez. José Pérez, Juan Descola, puede que dos o tres más, para no ser demasiado severo. Saludemos, pues, la llegada a este círculo reducido del historiador parisino Philippe Conrad, que se formó con el prestigioso profesor de la Sorbona Juan Bautista Duroselle. Redactor jefe de las revistas «Histoire-Magazine» y «Terre d'Histoire», autor de una treintena de obras, entre ellas un libro sobre la epopeya de los conquistadores Eldorado, Oro en la jungla (1991), y una biografía ilustrada de Franco (1997), Conrad ha publicado recientemente una Histoire de la Reconquista (1999). Este libro, inteligente, riguroso y saludable, es una buena síntesis cuya lectura es tan grata como interesante y sugestiva.

La Reconquista es la lucha paciente e incierta que, desde principios del siglo VIII hasta finales del XV, permitió a los reinos cristianos del norte de la península ibérica remplazar al poder musulmán. Son siete siglos de enfrentamientos, casi permanentes, que aunque no pueden hacer olvidar los períodos de treguas, las alianzas circunstanciales y puntuales entre príncipes cristianos y musulmanes, ni la existencia de contactos fructíferos entre dos civilizaciones, no por ello dejan de protagonizar toda la historia medieval de la Península.

La facilidad aparente de la conquista musulmana no podría explicarse sin la acción de dos poderosas quintas columnas en el interior de Hispania. Dos fracciones de la nobleza visigótica se disputaban el poder y el trono. La más endeble buscó apoyo en el extranjero norteafricano. Luego, los judíos, perseguidos durante los últimos decenios del reinado visigodo, también ayudarán y acogerán diligentemente a los conquistadores bereberes y árabes. La sequía, las cosechas mediocres, el mal aprovisionamiento, la contracción del comercio exterior son otros motivos que contribuyeron a agravar la situación.

La España de la reconquista se construyó en torno a un ideal: recuperar la Península como tierra cristiana. Pero la conversión sincera de todos al cristianismo pronto se reveló imposible. La unidad del reino se plan-teará en adelante como problemática y, finalmente, se tomarán dos decisiones drásticas. Bajo la unánime presión del pueblo cristiano -a pesar de la actitud más bien reservada e incluso frecuentemente protectora de la nobleza, del alto clero y de los monarcas-, los Reyes Católicos, y luego Felipe III, decretaron la expulsión de los judíos, y después de los moriscos. Los judíos ya habían sido desterrados de muchos países europeos en el siglo XIV. En 1492, fueron expulsados de España 200.000 que se negaron a convertirse al cristianismo. Bajo la dominación almorávide en el siglo XII el poder musulmán había organizado deportaciones masivas hacia el norte de Africa de poblaciones cristiano-mozárabes reticentes. A su vez, en 1609 se obligó a 300.000 moriscos a embarcar para Orán.

Más allá de la investigación erudita, Philippe Conrad invita a una amplia reflexión histórico-política sobre la aportación cristiana, judía y musulmana a la formación de la nación española. Recuerda el debate fundamental que enfrenta a dos escuelas desde hace más de medio siglo. La primera está representada, principalmente, por Américo Castro (Cf. España en su historia). Con él bastantes lingüistas y filólogos valoran los elementos judeo-islámicos de España. La obra de Castro está dominada, sobre todo, por una obsesión panjudaica. El papel predominante, a su entender, correspondería a los hebreos, no sólo en el terreno financiero y comercial, sino también en la mística, la filosofía, la literatura, las artes, la ciencia y la técnica.

Esta visión maniquea, este racismo inconfesado, esta fe ciega en la fuerza de la sangre, hoy paradójicamente de moda en ciertos medios, ha dado motivo a vivas críticas de historiadores ilustres. Para Claudio Sánchez Albornoz (Cf. España, un enigma histórico), sin duda el más eminente medievalista español del siglo XX, que fue uno de los exiliados presidentes de la República en tiempos de Franco, el arquetipo del español no ha nacido de la unión, sino por el contrario, de la lucha entre el Islam y la Cristiandad.

La armonía pluricultural de las tres religiones fue muy efímera. El modelo español fue, primero, asimilacionista y, luego, en el Siglo de Oro, exclusivista. ¿Cuál es la lección que hay que extraer? Prolonguemos el análisis de Conrad. Los ideólogos actuales, demasiado frecuentemente faltos de cultura histórica, se pelean en nombre de unos cuantos conceptos vácuos. Sus panaceas serían la exclusión, la asimilación, la integración, el pluralismo cultural o el multiculturalismo. Pero la historia de España y la de los pueblos de Europa demuestran todo lo contrario. Dejando a un lado la fantasía de los ideólogos, tanto el líder político como el intelectual auténtico está obligado a ser prudente, serio y responsable. Debe ayudar a conciliar armónicamente la dignidad y el respeto a los hombres con los de los pueblos a los que pertenecen. Levi Strauss y otros muchos, antes que él, comprendieron esto. No basta con promover el acercamiento y los contactos entre culturas. Hay también que poner y defender ciertas distancias y barreras, por supuesto ponderadamente. La xenofilia puede ser tan nociva para un pueblo como la xenofobia, y los excesos de una y otra adolecen, a igual título, de patología social.



Arnaud Imaz



 

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