LIBROS: El ocaso
de los falsarios
Burgo,
Jaime Ignacio del: El ocaso de los falsarios, ed.
Laoconte, Madrid 2000, 192 págs.
Fue en 1925 cuando se publicó el trabajo de Víctor
Pradera Fernando el Católico o los falsarios de la
Historia, premiada por la Academia de la Historia.
Vindicaba al gran Rey Católico y «el honor de los que
queremos ser vascos, y por vascos españoles», como San
Ignacio de Loyola, que, «al sellar con su sangre las
murallas de Pamplona (....), señalaste a los vascos los
caminos del patriotismo».
Hoy, los herederos de aquellos falsarios, continúan sus
mentiras
históricas, jurídicas, antropológicas y
lingüísticas-; y, «en el desarrollo de esta
esquizofrenia cultural e histórica -señala Del Burgo-
colaboran también los nacionalistas autodenominados
democráticos o moderados».
En efecto, tanto el PNV y EA, como HB y ETA, son
independentistas y han seguido el camino contrario al de
Iñigo de Loyola; y no tan sólo en su propaganda, sino
también en su pensamiento. Aunque no diga Del Burgo, en
el prólogo de su nuevo libro, que falsario es «el que
no dice la verdad», sin embargo lo es también, en la
acepción general y gramatical, «toda persona que
inventa falsedades»; y la invención radica en el
pensamiento, como el propio Del Burgo reconoce al exponer
«las ideas de aquel racista, senófobo y creador de la
gran mentira del separatismo vasco que se llamó Sabino
Arana». A éste le sigue Arzallus. A tal simbiosis
dedica Del Burgo el primer capítulo del libro comparando
los textos y las palabras de uno y otro con los de
Hitler; en similitud sorprendente, pues aquéllos se
declaran católicos, y no es el catolicismo,
precisamente, una religión que desprecie a los seres
humanos tal y como «aita Sabin» despreció a los
«españoles».
También en otros temas cruciales abundan las semejanzas
entre el líder de ayer y el de hoy del PNV. Así, en las
fantasías históricas, en su maquiavelismo victimista,
en su obsesión por Navarra. Todo eso, con precisiones y
anécdotas, lo desarrolla Del Burgo, intercalando en el
texto -sería desea-ble una mejor separación en los
«bloques» estructurales de los densos párrafos-
comentarios personales de su experiencia política, tan
extensa en el tiempo -el político navarro lleva medio
siglo en la vida pública- y en su obra: quince libros y
cientos de artículos y conferencias. Todo ello, o casi
todo, dedicado a defender la identidad de Navarra y de
sus Fueros dentro de España y... de la democracia.
A esto se dedican también los tres capítulos
siguientes: Una síntesis de la «cuestión foral»,
finalizada en conflicto (capítulo II), en el que los
separatistas vascos utilizan el idioma como «caballo de
Troya» para, desde dentro, dinamitar la unidad de
España (capítulo III), y el afán absorbente en los
intentos, hasta hoy frustrados, de que Navarra sea
Euzkadi, es decir, la ofensiva nacionalista sobre
Navarra, «viejo reino» español (capítulo IV).
Del Burgo acierta en el diagnóstico: el PNV, con sus
mentiras, engendró y engendra violencia, y esta
violencia «es la guerra», como declaró hace poco la
presidenta del Parlamento Europeo, Nicole Fontaine.
Acierta también en la exposición de la estrategia,
conducida por Arzallus y sus epígonos, respecto a la
utilización del vascuence como aglutinante de la
«nación vasca», hoy rebautizada como
«Euskal-Herría», así como las tácticas empleadas
para anexionar Navarra, ayudados por algún partido
«navarrista» que, a la postre, resulta una especie de
«nacionalismo foral», análogo al euzcadiano; y que, lo
mismo que el PNV, provoca la división de la sociedad en
bandos irreconciliables. Sin embargo, no resulta tan
acertado, a mi juicio, centrar en una Constitución
democrática y secularizada la única solución del
conflicto vasco, pues precisamente fue la Constitución
la que dio alas al separatismo estatutario contra el
foralismo español con la introducción de las
«nacionalidades» y autonomías y la supresión de las
regiones. Por otra parte, si bien es cierto que el
régimen de Franco cometió el error de suprimir los
conciertos económicos vascos (no el de Alava, ni el
Convenio con Navarra), no es menos cierto que esta
supresión no impidió que Guipúcoa y Vizcaya estuvieran
durante todo aquel régimen a la cabeza de las regiones
españolas en riqueza y nivel de vida. En cuanto a
Navarra, nada perdió su régimen foral con Franco. Soy
testigo presencial de un hecho revelador: Al presentarle
para su promulgación por ley personal -una de las cinco
en sus cuarenta años de jefatura del Estado- del ya
convenido «Fuero Nuevo de Navarra», dijo así: «Lo
hago muy gustoso. A Navarra no puedo negarle nada.»
«La rebelión de los demócratas» (capítulo V del
libro) será, a juicio de Del Burgo -que pasa revista a
los intentos separatistas vascos para lograr, por medio
de «pactos con la Corona», una «soberanía vasca»
(pacto de Lizarra-Garazi, Agrupación de Municipios,
etc.)-, el único medio de terminar con ETA, puesto que
la negociación es imposible. «Un arma para la paz, cuyo
secreto está en la rebelión de los demócratas.» Esta
rebelión «ha de ser pacífica para hacer frente a la
dictadura del miedo y liberarse de la opresión provocada
por el nacionalismo exacerbado de ETA. El apoyo de todos
los demócratas a la Constitución y al Estatuto de
Euzkadi es la única garantía para la existencia de una
sociedad libre en el País Vasco».
Pero este remedio no parece aún tener forma ni ser
eficaz; como tampoco sería legal, sin reforma
constitucional, un referéndum para las relaciones de
Navarra en Euzkadi o para la independencia de este ente,
pues la Constitución se fundamenta «en la indisoluble
unidad de la nación española, patria común e
indivisible de todos los españoles» (artículo 2). Sin
embargo, Del Burgo es partidario del «ámbito navarro de
decisión», y por lo tanto, de un posible referéndum de
«Nafarroa, Euzkadi da» en el caso de que tal sea la
voluntad del pueblo navarro. Y eso, que pudiera ser legal
para la Constitución y el amejoramiento del Fuero de
1982, sería ilegítimo para todo buen español.
El capítulo último, que da el título al libro, resume
y ratifica los capítulos anteriores. Algunas de sus
conclusiones me parecen contradictorias y peligrosas.
Leizaola, «lendakari» en el exilio, dijo que «creer en
la independencia de Euscadi (sic) es un suicidio desde el
punto de vista vasco», pero no es sino un futurible, y
siempre será posible el suicidio de un pueblo; sobre
todo en un sistema como el español actual. Así parece
deducirse también de este párrafo del libro de Del
Burgo: «Si una amplísima mayoría de los ciudadanos
vascos expresaran en su Parlamento (o de navarros en el
suyo, digo yo) la voluntad de ser independientes para
constituir un Estado separado de España y de la Unión
Europea, sin duda habría que abrir un proceso de
diálogo para encauzar democráticamente esa
pretensión». Si esto puede suceder, entonces daríamos
la razón al autor: «No va a ser tarea fácil derrotar
al nacionalismo vasco.»
Una «Adenda», síntesis de la obra de Jaime del Burgo,
padre del autor Jaime Ignacio, Historia general de
Navarra, cierra el libro con la alternativa de «la
muerte o resurrección de Navarra». Conforme a la
confesada convicción «foralista-demócrata-cristiana»
del autor, una u otra solución son posibles; aunque a
cuantos nos declaramos «foralistas tradicionales» no
pueda convencernos ni satisfacernos tal dilema.
Javier Nagore Yárnoz
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