LIBROS: El ocaso de los falsarios. nº 107 Razón Española

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LIBROS: El ocaso de los falsarios. nº 107

Comentarios de Jaime Nagore Yarnoz al libro de Jaime Ignacio del Burgo.

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LIBROS: El ocaso de los falsarios

Burgo, Jaime Ignacio del: El ocaso de los falsarios, ed. Laoconte, Madrid 2000, 192 págs.



Fue en 1925 cuando se publicó el trabajo de Víctor Pradera Fernando el Católico o los falsarios de la Historia, premiada por la Academia de la Historia. Vindicaba al gran Rey Católico y «el honor de los que queremos ser vascos, y por vascos españoles», como San Ignacio de Loyola, que, «al sellar con su sangre las murallas de Pamplona (....), señalaste a los vascos los caminos del patriotismo».

Hoy, los herederos de aquellos falsarios, continúan sus mentiras
históricas, jurídicas, antropológicas y lingüísticas-; y, «en el desarrollo de esta esquizofrenia cultural e histórica -señala Del Burgo- colaboran también los nacionalistas autodenominados democráticos o moderados».

En efecto, tanto el PNV y EA, como HB y ETA, son independentistas y han seguido el camino contrario al de Iñigo de Loyola; y no tan sólo en su propaganda, sino también en su pensamiento. Aunque no diga Del Burgo, en el prólogo de su nuevo libro, que falsario es «el que no dice la verdad», sin embargo lo es también, en la acepción general y gramatical, «toda persona que inventa falsedades»; y la invención radica en el pensamiento, como el propio Del Burgo reconoce al exponer «las ideas de aquel racista, senófobo y creador de la gran mentira del separatismo vasco que se llamó Sabino Arana». A éste le sigue Arzallus. A tal simbiosis dedica Del Burgo el primer capítulo del libro comparando los textos y las palabras de uno y otro con los de Hitler; en similitud sorprendente, pues aquéllos se declaran católicos, y no es el catolicismo, precisamente, una religión que desprecie a los seres humanos tal y como «aita Sabin» despreció a los «españoles».

También en otros temas cruciales abundan las semejanzas entre el líder de ayer y el de hoy del PNV. Así, en las fantasías históricas, en su maquiavelismo victimista, en su obsesión por Navarra. Todo eso, con precisiones y anécdotas, lo desarrolla Del Burgo, intercalando en el texto -sería desea-ble una mejor separación en los «bloques» estructurales de los densos párrafos- comentarios personales de su experiencia política, tan extensa en el tiempo -el político navarro lleva medio siglo en la vida pública- y en su obra: quince libros y cientos de artículos y conferencias. Todo ello, o casi todo, dedicado a defender la identidad de Navarra y de sus Fueros dentro de España y... de la democracia.

A esto se dedican también los tres capítulos siguientes: Una síntesis de la «cuestión foral», finalizada en conflicto (capítulo II), en el que los separatistas vascos utilizan el idioma como «caballo de Troya» para, desde dentro, dinamitar la unidad de España (capítulo III), y el afán absorbente en los intentos, hasta hoy frustrados, de que Navarra sea Euzkadi, es decir, la ofensiva nacionalista sobre Navarra, «viejo reino» español (capítulo IV).

Del Burgo acierta en el diagnóstico: el PNV, con sus mentiras, engendró y engendra violencia, y esta violencia «es la guerra», como declaró hace poco la presidenta del Parlamento Europeo, Nicole Fontaine. Acierta también en la exposición de la estrategia, conducida por Arzallus y sus epígonos, respecto a la utilización del vascuence como aglutinante de la «nación vasca», hoy rebautizada como «Euskal-Herría», así como las tácticas empleadas para anexionar Navarra, ayudados por algún partido «navarrista» que, a la postre, resulta una especie de «nacionalismo foral», análogo al euzcadiano; y que, lo mismo que el PNV, provoca la división de la sociedad en bandos irreconciliables. Sin embargo, no resulta tan acertado, a mi juicio, centrar en una Constitución democrática y secularizada la única solución del conflicto vasco, pues precisamente fue la Constitución la que dio alas al separatismo estatutario contra el foralismo español con la introducción de las «nacionalidades» y autonomías y la supresión de las regiones. Por otra parte, si bien es cierto que el régimen de Franco cometió el error de suprimir los conciertos económicos vascos (no el de Alava, ni el Convenio con Navarra), no es menos cierto que esta supresión no impidió que Guipúcoa y Vizcaya estuvieran durante todo aquel régimen a la cabeza de las regiones españolas en riqueza y nivel de vida. En cuanto a Navarra, nada perdió su régimen foral con Franco. Soy testigo presencial de un hecho revelador: Al presentarle para su promulgación por ley personal -una de las cinco en sus cuarenta años de jefatura del Estado- del ya convenido «Fuero Nuevo de Navarra», dijo así: «Lo hago muy gustoso. A Navarra no puedo negarle nada.»

«La rebelión de los demócratas» (capítulo V del libro) será, a juicio de Del Burgo -que pasa revista a los intentos separatistas vascos para lograr, por medio de «pactos con la Corona», una «soberanía vasca» (pacto de Lizarra-Garazi, Agrupación de Municipios, etc.)-, el único medio de terminar con ETA, puesto que la negociación es imposible. «Un arma para la paz, cuyo secreto está en la rebelión de los demócratas.» Esta rebelión «ha de ser pacífica para hacer frente a la dictadura del miedo y liberarse de la opresión provocada por el nacionalismo exacerbado de ETA. El apoyo de todos los demócratas a la Constitución y al Estatuto de Euzkadi es la única garantía para la existencia de una sociedad libre en el País Vasco».

Pero este remedio no parece aún tener forma ni ser eficaz; como tampoco sería legal, sin reforma constitucional, un referéndum para las relaciones de Navarra en Euzkadi o para la independencia de este ente, pues la Constitución se fundamenta «en la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles» (artículo 2). Sin embargo, Del Burgo es partidario del «ámbito navarro de decisión», y por lo tanto, de un posible referéndum de «Nafarroa, Euzkadi da» en el caso de que tal sea la voluntad del pueblo navarro. Y eso, que pudiera ser legal para la Constitución y el amejoramiento del Fuero de 1982, sería ilegítimo para todo buen español.

El capítulo último, que da el título al libro, resume y ratifica los capítulos anteriores. Algunas de sus conclusiones me parecen contradictorias y peligrosas.

Leizaola, «lendakari» en el exilio, dijo que «creer en la independencia de Euscadi (sic) es un suicidio desde el punto de vista vasco», pero no es sino un futurible, y siempre será posible el suicidio de un pueblo; sobre todo en un sistema como el español actual. Así parece deducirse también de este párrafo del libro de Del Burgo: «Si una amplísima mayoría de los ciudadanos vascos expresaran en su Parlamento (o de navarros en el suyo, digo yo) la voluntad de ser independientes para constituir un Estado separado de España y de la Unión Europea, sin duda habría que abrir un proceso de diálogo para encauzar democráticamente esa pretensión». Si esto puede suceder, entonces daríamos la razón al autor: «No va a ser tarea fácil derrotar al nacionalismo vasco.»

Una «Adenda», síntesis de la obra de Jaime del Burgo, padre del autor Jaime Ignacio, Historia general de Navarra, cierra el libro con la alternativa de «la muerte o resurrección de Navarra». Conforme a la confesada convicción «foralista-demócrata-cristiana» del autor, una u otra solución son posibles; aunque a cuantos nos declaramos «foralistas tradicionales» no pueda convencernos ni satisfacernos tal dilema.



Javier Nagore Yárnoz



 

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