Martínez
Esteruelas
No me
resulta fácil escribir de Cruz Martínez Esteruelas con
motivo de su desaparición, no por prematura menos
prevista y temida, a lo largo de los últimos años en
que su salud precaria nos había acostumbrado a los
amigos a periódicos ingresos hospitalarios y a
incidencias varias que, sin embargo, señalaban
unívocamente a la baja. Y no es sólo la pena del -como
acabo de confesar- amigo sincero que he sido sin otro
mérito que su benevolencia. Ni siquiera, además, la
consternación que en mí deja
desde que, de golpe, adquirí conciencia un día- la
despoblación de España, una despoblación que no es la
demográfica de que estas páginas sensatas viene
justamente preocupándose ante la frivolidad y el
aventurerismo políticos de nuestros gobernantes, sino la
desaparición de una España en trance de dejar de serlo
por la extinción de sus custodios: esa vieja y en
absoluto rancia España, acerada, generosa, austera,
trascendente, que no es necesariamente la España
«franquista», pero que es probablemente la España de
Franco. Asunto que no es tampoco de «generaciones», no
fáciles de agrupar y luego de discernir. Más bien me
inclinaría a creer que es cosa de «estirpes».
Como quiera que sea, de modo quizá insatisfactorio para
el sociologismo o psicologismo de corte científico (o
pseudocientífico, quién sabe), pero bien palpable para
quien se enfrente con la vida consciente y por ello
militarmente, el tono que dan «los imperantes y su
séquito» -en la descarnada y maliciosa perífrasis que
para el Estado ideó Burckhardt-, si se quiere en forma
más amplia lo que suelen llamarse las élites,
hodiernos, es desconsolador por la inconsistencia de sus
caracteres. El trato con un número no pequeño de
«viejos españoles», contrariamente, me ha preservado
-por favor inmerecido, como lo son todos, de la
Providencia- de tales eunuquismos, que cronológicamente
me serían bien cercanos, al tiempo que me ha fijado
caracteriológica y espiritualmente de modo irrevocable
-al menos eso creo ahora, no sin algún temblor, mientras
pido a lo Alto el don de la perseverancia- en el servicio
de lo que ellos vivieron en su fe y creyeron en su vida.
Cruz Martínez Esteruelas era, a no dudarlo, de esa
estirpe de los viejos españoles, como a tal cosmovisión
ha de atribuirse lo más continuo de sus quehaceres y lo
más granado de sus logros. Con todo, Cruz no era
siquiera común entre los moradores -tan decorosos como
en otro tiempo frecuentes- de este campo. Ni por cabeza
ni por corazón. Ni por inteligencia ni por bondad. Ni
por sus anchos saberes y fervorosos sentires. Ni siquiera
por sus contradicciones.
He colacionado antes, al inicio del alegato, la amistad,
como alentando con su pálpito el hilo del discurso. No
quisiera, en cambio, que pudiese ocultarlo o torcerlo con
su sombra. Cruz, sobre el basamento de la sólida
educación religiosa y humana de los jesuitas de
entonces, a los que siempre permaneció especialmente
afecto -por lo que sufrió intensamente su deriva
ulterior-, y el españolismo auténtico que -con sus
errores, alguno no menor- marcó esos decenios, fue
fraguando su universo conceptual con algunas vacilaciones
dentro de la que podríamos denominar la común herencia.
Así me constan -por su testimonio- los iniciales
escarceos con el tradicionalismo, en el que se había
iniciado por la vía «integrista» del padre Ramón
Orlandis, de la Compañía de Jesús, hombre
extraordinario que dirigía en Barcelona una sección del
Apostolado de la Oración, constituida como Schola Cordis
Iesu, que hoy ha cumplido los setenta y cinco años de
andadura, y en cuyo seno arraigó la revista
«Cristiandad», que sigue apareciendo. Ad multos annos.
Muchas veces hablamos de esa apasionante corriente de
teología de la historia que cultivaba el grupo, en la
línea del jesuita del siglo anterior Henri Ramière,
así como los discípulos del padre Orlandis, de Jaime
Bofill a Francisco Canals, éste último buen amigo mío.
También sé, por vías diversas, porque al respecto fue
menos explícito, de su aproximación al carlismo,
algunos de cuyos dirigentes -pienso en el abogado del
Estado, amigo de Cruz, y mío, Raimundo de Miguel, hace
años fallecido- habían puesto en él sus mayores
complacencias y esperanzas en una incorporación que
nunca se produjo. Más aún, que se frustró un tanto
desairadamente para ellos, por el inicio casi coetáneo
de la carrera política de Cruz en el Movimiento. Así
pues, la tecla joseantoniana, falangista incluso lato
sensu, se dejó sentir, y creo que sinceramente, en su
ejecutoria. En los obituarios escritos a uña de caballo
ha salido su adhesión, en un momento inicial, a la
solución «regencialista», que era la falangista
enragé. Aunque no pueda olvidarse tampoco su cercanía a
la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, que
luego perdió la calificación nacional, a los
«católicos» oficiales, de algún modo a la democracia
cristiana, bien es cierto que a una democracia cristiana
irreconocible probablemente en sus metamorfosis
posteriores. Tampoco, finalmente, puede decirse que con
el correr de los años las empresas culturales, quizá ya
por el momento menos políticas, del Opus Dei le fueron
ajenas, aun no habiendo jamás pertenecido al instituto
secular luego tornado en prelatura personal.
En ese eclecticismo -de ahí que me haya detenido un
tanto en la explanación- se halla , a mi juicio, una de
las claves interpretativas de su personalidad. No era,
pues, hombre de partido, de escuela. Por el contrario,
estaba constitutivamente abierto a los matices y las
singularidades que variadas escuelas -siempre, eso sí,
dentro de un paradigma definido y sólido- pudieran
ofrecer en su presentación. No es que todo hombre de
escuela o de grupo haya de ser mezquino y obtuso. Bien
necesarios que son para la pervivencia de los diversos
carismas. Y cuánto mérito ha de concederse a su
sacrificio. No, lo que afirmo, ni más ni menos, en este
ensayo de etopeya del amigo muerto, es que Cruz no
pertenecía a ellos. Pero ese eclecticismo no era sólo
antropológico, sino que en buena medida era también
intelectual. Más aún, con todas las cautelas que para
tales conjeturas deben tomarse, creo que, en algún
punto, latía en él el principio, si no de la
contradicción, cuando menos de la división. División
entre un modo de pensar suavemente volcado hacia el
esquema liberaldemocrático, aunque contrapesado por la
firmeza de la afirmación católica, y al que ésta misma
-en el a mi juicio grave error de las democracias
cristianas- le empujaba; y , de otro lado, un corazón
sanamente conservador, franquista en lo concreto,
español inconsútil. Pero no era tanto una escisión de
la cabeza y el corazón, convertidos en una suerte de
principios vitales enfrentados, era más bien la
coexistencia de dos principios diversos intelectuales y
afectivos. No me cabe la menor duda respecto de que, ante
la desembocadura del régimen de Franco, fue sinceramente
reformista. (De ahí nació incluso alguna perplejidad,
según me confesó, ante la figura del almiranteCarrero,
a quien estimaba de verdad, pero al que consideraba
excesivamente celoso en su papel de cancerbero.) Pero
igualmente, cualquiera que le haya tratado no podrá
albergar vacilación alguna sobre su desasosiego ante la
realidad de la reforma y sus mutaciones posteriores.
Generoso como era no guardó el menor rencor personal a
quienes le pusieron en el trance de la retirada
política, y en el propio partido en cuya fundación
participó, en el conocido lance de los «magníficos»,
siempre mantuvo constantes, desde un cierto discreto
apartamiento, el afecto y la colaboración. Con todo, en
el hondón de su alma, se adivinaba una cierta tristeza
por las consecuencias a que habían conducido las
premisas que él había contribuido a asentar. En
particular en lo que hace a la articulación territorial
de España, porque en cuanto a las transformaciones
morales no se le escapaba la presencia de otros muchos
agentes, algunos de ellos ajenos al discurrir sólo de
nuestra patria, más bien signo epocal al que la propia
Iglesia había en buena medida cedido.
Jamás he sufrido el espejismo de tomar el tenor de mis
conversaciones con un amigo, por frecuentes que fueren,
como completamente expresivas de su personalidad. A Cruz
le divertían -lo dejaba traslucir- mi conversación, mi
tradicionalismo intelectual de una pieza, mi militancia
ultramontana y legitimista. Aún más, en una velada
marcada por esos temas, podía expresar muchos juicios
comprensivos hacia ese universo. Juicios generosos, como
todo en él, pero también sinceros, y en modo alguno
forzados en su ultimidad. Pero erraría quien le
definiese como tradicionalista a partir de esa
experiencia. Lo mismo ocurre, me parece, con otras tantas
caracterizaciones que pudieran afrontarse con fundamento
tan corto. (En el fondo, y confío en que no se enfaden
mis amigos de tan prestigioso cuerpo, y sé que a él no
le molestaría el scherzo pese a su muy sincera devoción
por el mismo, a Cruz la abogacía del Estado le hacía el
efecto de un corsé. Tenía su memoria, sí. Y su rigor
jurídico... Pero desbordaba por todas partes el patrón.
También es cierto que ponía en él el método infalible
del derecho positivo, corrector de su decidido -porque
paradójicamente, o quizá no, ya que no son fenómenos
parangonables ni incompatibles- hamletismo intelectual).
Pero, volviendo a lo que íbamos, tras ese cierto
tradicionalismo que podríamos apodar de fundamental y no
muy riguroso, luego estaba Maritain -lo que nunca
entendí-, y el discurrir del mundo después de la II
Guerra Europea y el II Concilio Vaticano... Esa
complejidad, y aun fragmentación, de sus conceptos
políticos y de su visión del mundo, que dicen mucho de
la autenticidad de sus pulsiones y actitudes, también
-es inevitable- de sus limitaciones, no le ayudaron
ciertamente en el proseguir de su cursus honorum
político después de la volatización de la campana
protectora que para las personas de su contextura era el
régimen de Franco. Un coloso íntimamente herido había
de ser pasto de los enanos desatados y lanzados
frenéticamente a la carrera.
De ahí que en esos obituarios a los que antes aludía se
hiciera también mención a la «virginidad» de su
currículo desde el punto de vista de la religión
democrática, pues su abandono de la actividad política
en 1977 le habría privado de prestar grandes servicios a
la nueva España, que han situado -siempre según esa
interpretación gacetillera- a tantos de su misma
procedencia y parecidos comienzos en lugares de honor de
la historia reciente de España. Pero también ese signo
me parece revelador de su figura. Al huir de
reconversiones, por poco forzadas que en el fondo
pudieran resultarle, y al percibir que los derroteros
patrios dejaban poco espacio para gentes de su perfil,
obró hidalgamente. Y más hidalgamente obró aún
dedicándose, en medio del tráfago de hombre de empresa
y profesional del derecho, a la formación juvenil. Los
recuerdos necrológicos provenientes de sus más
próximos, con buen criterio, han subrayado especialmente
este aspecto. Porque con toda naturalidad se sumó a la
enseñanza universitaria, que cultivó con gran éxito.
Sus cualidades eran en verdad especialmente aptas para
irradiar y atraer vigorosamente a los alumnos. Y porque
dio vida a la Fundación Tomás Moro para canalizar ese
apostolado humanista -en el sentido que le daban los
clásicos-, religioso, intelectual, social y político.
Soy testigo de los estrechísimos y firmísimos lazos
anudados entre quienes han frecuentado las reuniones de
la Fundación en los casi veinte años de su existencia.
Una Fundación de la que no sé si la elección del
nombre fue convenientemente deliberada o
providencialmente inspirada, pero que refleja, en la
personalidad del santo gobernante y escritor mártir, el
destilado de toda una obra. De una obra a la que muchos
han contribuido. Pero que -creo no engañarme ni
engañar- es la obra de Cruz. Cuando estas cosas se miran
sub specie aeternitatis adquieren contornos emocionantes:
así, el ejemplo de un ministro exitoso y juvenil
prematuramente retirado que dedica lo mejor de sus
esfuerzos en los años de madurez a crear una red de
amistad e inteligencia, pero de fe y caridad también.
Atrás quedan las Cortes Españolas, el Consejo Nacional
del Movimiento y los ministerios de Planificación del
Desarrollo, y Educación y Ciencia. También la
presidencia de la Fundación March y de varias empresas
del grupo empresarial de esa familia. Y los libros,
ensayos políticos, históricos y relatos. De entre los
primeros, el arco de su obra se abre con La enemistad
política (1970) y se cierra con el casi póstumo La
agonía del Estado (2000). Los segundos, en un género
que cultivó con gran finura, las biografías noveladas
de San Francisco de Borja (1988), el Cardenal Cisneros
(1992), Jorge Manrique (1991) y una reconstrucción de la
historia de la orden del Temple (1994). Finalmente, el
relato La leyenda de las ardillas (1986). Queda, sobre
todo, el magisterio personal, volcado constantemente en
las actividades de la Fundación Tomás Moro y en el
ejercicio permanente de la amistad. La vieja España, a
la que Cruz Martínez Esteruelas pertenecía de pleno
derecho, muere un poco más. ¿De qué vivirán nuestros
hijos?
Miguel Ayuso
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