Razón Española, nº 107; Martínez Esteruelas

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Martínez Esteruelas

Por M. Ayuso

Juan Pablo II y nuestra América indice Italia ¿Una lengua?

Martínez Esteruelas

No me resulta fácil escribir de Cruz Martínez Esteruelas con motivo de su desaparición, no por prematura menos prevista y temida, a lo largo de los últimos años en que su salud precaria nos había acostumbrado a los amigos a periódicos ingresos hospitalarios y a incidencias varias que, sin embargo, señalaban unívocamente a la baja. Y no es sólo la pena del -como acabo de confesar- amigo sincero que he sido sin otro mérito que su benevolencia. Ni siquiera, además, la consternación que en mí deja
desde que, de golpe, adquirí conciencia un día- la despoblación de España, una despoblación que no es la demográfica de que estas páginas sensatas viene justamente preocupándose ante la frivolidad y el aventurerismo políticos de nuestros gobernantes, sino la desaparición de una España en trance de dejar de serlo por la extinción de sus custodios: esa vieja y en absoluto rancia España, acerada, generosa, austera, trascendente, que no es necesariamente la España «franquista», pero que es probablemente la España de Franco. Asunto que no es tampoco de «generaciones», no fáciles de agrupar y luego de discernir. Más bien me inclinaría a creer que es cosa de «estirpes».

Como quiera que sea, de modo quizá insatisfactorio para el sociologismo o psicologismo de corte científico (o pseudocientífico, quién sabe), pero bien palpable para quien se enfrente con la vida consciente y por ello militarmente, el tono que dan «los imperantes y su séquito» -en la descarnada y maliciosa perífrasis que para el Estado ideó Burckhardt-, si se quiere en forma más amplia lo que suelen llamarse las élites, hodiernos, es desconsolador por la inconsistencia de sus caracteres. El trato con un número no pequeño de «viejos españoles», contrariamente, me ha preservado -por favor inmerecido, como lo son todos, de la Providencia- de tales eunuquismos, que cronológicamente me serían bien cercanos, al tiempo que me ha fijado caracteriológica y espiritualmente de modo irrevocable -al menos eso creo ahora, no sin algún temblor, mientras pido a lo Alto el don de la perseverancia- en el servicio de lo que ellos vivieron en su fe y creyeron en su vida. Cruz Martínez Esteruelas era, a no dudarlo, de esa estirpe de los viejos españoles, como a tal cosmovisión ha de atribuirse lo más continuo de sus quehaceres y lo más granado de sus logros. Con todo, Cruz no era siquiera común entre los moradores -tan decorosos como en otro tiempo frecuentes- de este campo. Ni por cabeza ni por corazón. Ni por inteligencia ni por bondad. Ni por sus anchos saberes y fervorosos sentires. Ni siquiera por sus contradicciones.

He colacionado antes, al inicio del alegato, la amistad, como alentando con su pálpito el hilo del discurso. No quisiera, en cambio, que pudiese ocultarlo o torcerlo con su sombra. Cruz, sobre el basamento de la sólida educación religiosa y humana de los jesuitas de entonces, a los que siempre permaneció especialmente afecto -por lo que sufrió intensamente su deriva ulterior-, y el españolismo auténtico que -con sus errores, alguno no menor- marcó esos decenios, fue fraguando su universo conceptual con algunas vacilaciones dentro de la que podríamos denominar la común herencia. Así me constan -por su testimonio- los iniciales escarceos con el tradicionalismo, en el que se había iniciado por la vía «integrista» del padre Ramón Orlandis, de la Compañía de Jesús, hombre extraordinario que dirigía en Barcelona una sección del Apostolado de la Oración, constituida como Schola Cordis Iesu, que hoy ha cumplido los setenta y cinco años de andadura, y en cuyo seno arraigó la revista «Cristiandad», que sigue apareciendo. Ad multos annos. Muchas veces hablamos de esa apasionante corriente de teología de la historia que cultivaba el grupo, en la línea del jesuita del siglo anterior Henri Ramière, así como los discípulos del padre Orlandis, de Jaime Bofill a Francisco Canals, éste último buen amigo mío. También sé, por vías diversas, porque al respecto fue menos explícito, de su aproximación al carlismo, algunos de cuyos dirigentes -pienso en el abogado del Estado, amigo de Cruz, y mío, Raimundo de Miguel, hace años fallecido- habían puesto en él sus mayores complacencias y esperanzas en una incorporación que nunca se produjo. Más aún, que se frustró un tanto desairadamente para ellos, por el inicio casi coetáneo de la carrera política de Cruz en el Movimiento. Así pues, la tecla joseantoniana, falangista incluso lato sensu, se dejó sentir, y creo que sinceramente, en su ejecutoria. En los obituarios escritos a uña de caballo ha salido su adhesión, en un momento inicial, a la solución «regencialista», que era la falangista enragé. Aunque no pueda olvidarse tampoco su cercanía a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, que luego perdió la calificación nacional, a los «católicos» oficiales, de algún modo a la democracia cristiana, bien es cierto que a una democracia cristiana irreconocible probablemente en sus metamorfosis posteriores. Tampoco, finalmente, puede decirse que con el correr de los años las empresas culturales, quizá ya por el momento menos políticas, del Opus Dei le fueron ajenas, aun no habiendo jamás pertenecido al instituto secular luego tornado en prelatura personal.

En ese eclecticismo -de ahí que me haya detenido un tanto en la explanación- se halla , a mi juicio, una de las claves interpretativas de su personalidad. No era, pues, hombre de partido, de escuela. Por el contrario, estaba constitutivamente abierto a los matices y las singularidades que variadas escuelas -siempre, eso sí, dentro de un paradigma definido y sólido- pudieran ofrecer en su presentación. No es que todo hombre de escuela o de grupo haya de ser mezquino y obtuso. Bien necesarios que son para la pervivencia de los diversos carismas. Y cuánto mérito ha de concederse a su sacrificio. No, lo que afirmo, ni más ni menos, en este ensayo de etopeya del amigo muerto, es que Cruz no pertenecía a ellos. Pero ese eclecticismo no era sólo antropológico, sino que en buena medida era también intelectual. Más aún, con todas las cautelas que para tales conjeturas deben tomarse, creo que, en algún punto, latía en él el principio, si no de la contradicción, cuando menos de la división. División entre un modo de pensar suavemente volcado hacia el esquema liberaldemocrático, aunque contrapesado por la firmeza de la afirmación católica, y al que ésta misma -en el a mi juicio grave error de las democracias cristianas- le empujaba; y , de otro lado, un corazón sanamente conservador, franquista en lo concreto, español inconsútil. Pero no era tanto una escisión de la cabeza y el corazón, convertidos en una suerte de principios vitales enfrentados, era más bien la coexistencia de dos principios diversos intelectuales y afectivos. No me cabe la menor duda respecto de que, ante la desembocadura del régimen de Franco, fue sinceramente reformista. (De ahí nació incluso alguna perplejidad, según me confesó, ante la figura del almiranteCarrero, a quien estimaba de verdad, pero al que consideraba excesivamente celoso en su papel de cancerbero.) Pero igualmente, cualquiera que le haya tratado no podrá albergar vacilación alguna sobre su desasosiego ante la realidad de la reforma y sus mutaciones posteriores. Generoso como era no guardó el menor rencor personal a quienes le pusieron en el trance de la retirada política, y en el propio partido en cuya fundación participó, en el conocido lance de los «magníficos», siempre mantuvo constantes, desde un cierto discreto apartamiento, el afecto y la colaboración. Con todo, en el hondón de su alma, se adivinaba una cierta tristeza por las consecuencias a que habían conducido las premisas que él había contribuido a asentar. En particular en lo que hace a la articulación territorial de España, porque en cuanto a las transformaciones morales no se le escapaba la presencia de otros muchos agentes, algunos de ellos ajenos al discurrir sólo de nuestra patria, más bien signo epocal al que la propia Iglesia había en buena medida cedido.

Jamás he sufrido el espejismo de tomar el tenor de mis conversaciones con un amigo, por frecuentes que fueren, como completamente expresivas de su personalidad. A Cruz le divertían -lo dejaba traslucir- mi conversación, mi tradicionalismo intelectual de una pieza, mi militancia ultramontana y legitimista. Aún más, en una velada marcada por esos temas, podía expresar muchos juicios comprensivos hacia ese universo. Juicios generosos, como todo en él, pero también sinceros, y en modo alguno forzados en su ultimidad. Pero erraría quien le definiese como tradicionalista a partir de esa experiencia. Lo mismo ocurre, me parece, con otras tantas caracterizaciones que pudieran afrontarse con fundamento tan corto. (En el fondo, y confío en que no se enfaden mis amigos de tan prestigioso cuerpo, y sé que a él no le molestaría el scherzo pese a su muy sincera devoción por el mismo, a Cruz la abogacía del Estado le hacía el efecto de un corsé. Tenía su memoria, sí. Y su rigor jurídico... Pero desbordaba por todas partes el patrón. También es cierto que ponía en él el método infalible del derecho positivo, corrector de su decidido -porque paradójicamente, o quizá no, ya que no son fenómenos parangonables ni incompatibles- hamletismo intelectual). Pero, volviendo a lo que íbamos, tras ese cierto tradicionalismo que podríamos apodar de fundamental y no muy riguroso, luego estaba Maritain -lo que nunca entendí-, y el discurrir del mundo después de la II Guerra Europea y el II Concilio Vaticano... Esa complejidad, y aun fragmentación, de sus conceptos políticos y de su visión del mundo, que dicen mucho de la autenticidad de sus pulsiones y actitudes, también -es inevitable- de sus limitaciones, no le ayudaron ciertamente en el proseguir de su cursus honorum político después de la volatización de la campana protectora que para las personas de su contextura era el régimen de Franco. Un coloso íntimamente herido había de ser pasto de los enanos desatados y lanzados frenéticamente a la carrera.

De ahí que en esos obituarios a los que antes aludía se hiciera también mención a la «virginidad» de su currículo desde el punto de vista de la religión democrática, pues su abandono de la actividad política en 1977 le habría privado de prestar grandes servicios a la nueva España, que han situado -siempre según esa interpretación gacetillera- a tantos de su misma procedencia y parecidos comienzos en lugares de honor de la historia reciente de España. Pero también ese signo me parece revelador de su figura. Al huir de reconversiones, por poco forzadas que en el fondo pudieran resultarle, y al percibir que los derroteros patrios dejaban poco espacio para gentes de su perfil, obró hidalgamente. Y más hidalgamente obró aún dedicándose, en medio del tráfago de hombre de empresa y profesional del derecho, a la formación juvenil. Los recuerdos necrológicos provenientes de sus más próximos, con buen criterio, han subrayado especialmente este aspecto. Porque con toda naturalidad se sumó a la enseñanza universitaria, que cultivó con gran éxito. Sus cualidades eran en verdad especialmente aptas para irradiar y atraer vigorosamente a los alumnos. Y porque dio vida a la Fundación Tomás Moro para canalizar ese apostolado humanista -en el sentido que le daban los clásicos-, religioso, intelectual, social y político. Soy testigo de los estrechísimos y firmísimos lazos anudados entre quienes han frecuentado las reuniones de la Fundación en los casi veinte años de su existencia. Una Fundación de la que no sé si la elección del nombre fue convenientemente deliberada o providencialmente inspirada, pero que refleja, en la personalidad del santo gobernante y escritor mártir, el destilado de toda una obra. De una obra a la que muchos han contribuido. Pero que -creo no engañarme ni engañar- es la obra de Cruz. Cuando estas cosas se miran sub specie aeternitatis adquieren contornos emocionantes: así, el ejemplo de un ministro exitoso y juvenil prematuramente retirado que dedica lo mejor de sus esfuerzos en los años de madurez a crear una red de amistad e inteligencia, pero de fe y caridad también. Atrás quedan las Cortes Españolas, el Consejo Nacional del Movimiento y los ministerios de Planificación del Desarrollo, y Educación y Ciencia. También la presidencia de la Fundación March y de varias empresas del grupo empresarial de esa familia. Y los libros, ensayos políticos, históricos y relatos. De entre los primeros, el arco de su obra se abre con La enemistad política (1970) y se cierra con el casi póstumo La agonía del Estado (2000). Los segundos, en un género que cultivó con gran finura, las biografías noveladas de San Francisco de Borja (1988), el Cardenal Cisneros (1992), Jorge Manrique (1991) y una reconstrucción de la historia de la orden del Temple (1994). Finalmente, el relato La leyenda de las ardillas (1986). Queda, sobre todo, el magisterio personal, volcado constantemente en las actividades de la Fundación Tomás Moro y en el ejercicio permanente de la amistad. La vieja España, a la que Cruz Martínez Esteruelas pertenecía de pleno derecho, muere un poco más. ¿De qué vivirán nuestros hijos?



Miguel Ayuso



 

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