Razón Española, nº 107; Lenín y el terror

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Lenín y el terror

Por A. Maestro

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Lenín y el terror

Muy posiblemente, Vladimiro Ilich Ulianov, Lenin, haya sido el personaje de mayor influencia del siglo XX. El influjo de su obra y su extensión en enormes espacios del planeta y a inmensas masas de población ha señalado con características trágicas a gran parte de la humanidad. Generaciones enteras desde 1917 han llevado el estigma del marxismo-leninismo; incluso en las naciones donde ha dejado de ser la ideología oficial, como es la Rusia actual, sus efectos han seguido prolongándose años después de haber desaparecido su imposición forzosa.

Han existido continuadores de su obra, cual Stalin o MaoTse-tung, que causaron mayor número de víctimas que las ocasionadas por Lenin, al prolongar su tiranía y despotismo un mayor número de años que los transcurridos entre octubre de 1917 y enero de 1924. Pero Stalin y Mao, aún desarrollando el terror en magnitudes más extensas y de mayor densidad, fueron continuadores de algo ya iniciado y elaborado; perfeccionado con el uso de medios más modernos y tecnología más avanzada de algo creado por Lenin. Y que ha servido de argumento básico a tiranos de menor magnitud, pero que sin la justificación pseudocientífica del leninismo carecerían de pretexto y barniz para su aplicación.

Criminales y demagogos de todo el mundo: Enver Hoxda, Kim Il sung, Castro, Pol Pot y un larguísimo etc., no se han apoyado en su mera voluntad personal al estilo de los tiranos de la antigüedad; han buscado en el pseudocientificismo del marxismo-leninismo la justificación a sus crímenes, por horrorosos que fuesen. La consecución del hombre nuevo, el «homo sovieticus», superador del ciudadano revolucionario pensado por el utópico y a la vez sangriento jacobinismo. La obtención de ese hombre nuevo justificaría los métodos más aberrantes.

Las acusaciones en nuestra época no se han dirigido tanto contra el
creador como contra sus criaturas. Se ha atacado a Stalin, antes magnificado cual divinidad, explicando el terror por él impuesto, no por la aplicación de una doctrina; era censurable por su desviacionismo de las enseñanzas de Lenin. Se explican sus crímenes por una mentalidad paranoica, no por la aplicación de una forma eficacísima de la doctrina y la praxis de Ilich. A la luz de ciertas investigaciones, Stalin no sólo aparece como paranoico, también como un hombre extraordinariamente inteligente, pero sus crímenes horrendos no aparecen en su verdadera dimensión de aplicación del leninismo. Para los aún seguidores del citado pseudocientificismo leninista tales crímenes lo son por haberse apartado del verdadero leninismo. Pero los inventores del terror científicamente desarrollado en profundidad y en extensión no fueron Stalin, ni Mao, ni Pol Pot, etc. Estos fueron perfeccionistas en su aplicación y dimensiones. A Lenin le cabe esa dudosa distinción.

Sólo unas semanas después del triunfo de la revolución bolchevique, Lenin crea el 20 de diciembre de 1917 la CHEKA, siglas de la Comisión Panrusa contra la Contrarrevolución y el Sabotaje. Encuentra en su primer director, el polaco Félix Dzerjinski -Félix de hierro en la hagiografía bolchevique- la personalidad idónea para aplicar el terror de la manera más perfecta y la mayor dimensión. Dzerjinski es el hombre ascético, cuya única meta será el triunfo de la revolución; para ello el exterminio de los enemigos de clase será fundamental. Identificación plena entre Lenin y el ejecutor entregado al oficio del terror. El pretexto: el asesinato de Uritsky, jefe de la Checa de Petrogrado -todavía no era Leningrado, pero ya había dejado de ser San Petersburgo-, y el oscuro atentado contra Lenin de la socialista revolucionaria Fanny (Dora) Kaplan. Se proclama oficialmente el «Terror Rojo».

Los sucesos citados fueron el pretexto. La idea obsesiva en Lenin era el triunfo de la revolución a toda costa. Ya tres semanas antes del atentado contra él, ordena a los comités bolcheviques de las ciudades dominadas la aplicación del terror. Ejemplo, sus instrucciones al comité revolucionario de la importante ciudad de Penza: «exhortando a los bolcheviques a proceder a ejecuciones públicas para hacer temblar a las poblaciones en cientos de kilómetros a la redonda». «Es imperativo preparar en secreto el terror y de la forma más rápida.»

Un mes antes del decreto oficial de implantación del «Terror Rojo», Lenin ordena al comisario del Pueblo para la Producción Alimentaria, A. D. Tsuriupa, la publicación de la orden según la cual, entre los campesinos más acomodados de cada distrito productor de grano, «se elegirán veinticinco rehenes para responder con sus vidas de la recolección y transporte». El 20 de agosto de 1918, escribe al comisario de Salud, N. Semashko: «Le felicito por la exterminación enérgica de los kulaks -campesinos acomodados- y los blancos del distrito...» Dirige a los bolcheviques de Petrogrado el siguiente comunicado: «Hoy, el Comité Central se ha enterado de que se quería responder al asesinato de Volparski -comisario de Prensa- con el terror masivo y que ustedes lo han contenido. Protesto firmemente. ¡...Tenemos que estimular el terror masivo y a gran escala contra los contrarrevolucionarios, en particular en Petrogrado, como un ejemplo decisivo.»

Se han asociado a Stalin los campos de concentración. Ciertamente los aumentó y desarrolló en grados elevadísimos. Pero Lenin fue su inventor creando en las orillas del mar Blanco el primero en octubre de 1918.

La dirección de la Checa da las consignas a sus agentes: «Aquel que combate por un porvenir mejor será implacable con sus enemigos.» El chekista se convierte en el modelo a seguir en el aplastamiento del adversario. «Todo buen comunista ha de ser un buen chekista.»

Djerzinski consigue realizar la praxis y las consignas leninistas. Las torturas terribles son aplicadas de forma sistemática. En Jarkov se desuella las manos de las víctimas para la fabricación de guantes hechos de piel humana. En Voronej se introduce a prisioneros desnudos en toneles erizados de clavos en su interior, y a continuación se les hace rodar. En Poltava se empala a sacerdotes ortodoxos. En Odessa, a oficiales blancos de la Marina y del Ejército, se les ata firmemente a unas planchas, antes de introducirlos vivos con cuidadosa lentitud en los hornos de las calderas. En Kiev, se une al cuerpo de los prisioneros cajas con ratas, se las calienta con un fuego intenso y las ratas huyen del fuego royendo a dentelladas las entrañas de las víctimas vivas. Si bien Lenin no aprueba semejantes actos de sadismo, se limita a dejar a Djerzinski corregir ciertos «excesos».

Dos informes modernos muy interesantes y documentados, los de Volkgonov y Mitrojín, señalan la obsesión de Lenin con la Checa. Su fijación llega a detalles nimios. Lenin da instrucciones a los chekistas de cómo efectuar los registros, descubrir escondites; escribe a Djerzinski sugiriéndole que «será útil realizar las detenciones de noche».

También desarrolla de forma paralela a la cheka, aunque con una extensión y eficacia menores, los Tribunales Rovolucionarios, copia de los de la revolución francesa. Al modo jacobino, sus sentencias eran inapelables y sin ser confirmadas, ejecutadas en veinticuatro horas.

El 20 de abril de 1921, el politburó, bajo la presidencia de Lenin, aprueba la creación de campos de concentración de mayores proporciones. Una colonia de campos con capacidad para veinte mil personas en la región de Utja en el extremo norte. Los mismos bolcheviques están aterrorizados por el «Terror Rojo», y los marineros y soldados sublevados en Kronstadt, antaño gloria de la revolución, son internados en los nuevos campos de Jilmogory, al norte.

Durante el régimen zarista, tan atacado en los medios «progresistas» por su crueldad y dureza, en 1901, 4.113 rusos fueron exiliados por delitos políticos, y 180 condenados a trabajos forzados, pena únicamente impuesta a los asesinos. Entre 1918-1920, la Cheka efectúa 260.000 ejecuciones.

Otra obsesión de Lenin es la traición y las conspiraciones. Ex oficiales zaristas, chantajeados con sus familias en rehén, son obligados a servir en el Ejército Rojo. Ante la preocupación de Lenin, Trotski le quiere tranquilizar diciendo: «Cada uno de ellos estará a las órdenes de un comisario.» Lenin le responde: «Será mejor que sean dos y que sepan usar los puños.» En plena guerra civil se da instrucciones a los oficiales superiores de «victoria o muerte». Y en caso de deserción de un miembro del Estado Mayor, el comisario político responsable será ejecutado.

Podríamos seguir citando numerosos ejemplos demostrativos de quién era en verdad Lenin. No el Lenin meramente marxista, sino su compleja personalidad; hombre culto en cuya doctrina se mezclan Marx con abiertos postulantes del asesinato cual Nechaiev, o extremistas como Kachev, o su admirado Chernichevski, etc. Elogia a Nechaiev cuando, antes de acabar sus días loco, en el último tercio del siglo XIX proponía la eliminacióin física de toda la familia imperial. El soviet de Ekaterinburgo, bajo las órdenes emanadas de Lenin, tal como está hoy plenamente demostrado, llevaría a la realidad las ideas de Nechaiev. La aquiescencia de Lenin la pone de relieve Sverlov, quien se lo confirmaría a Trotski. Este último le pregunta a Sverlov: «¿Quién tomó la decisión?» Y Sverlov contesta a Trostski: «Lo decidimos aquí -en el politburó-, Ilich pensaba que no debía dejarse a los blancos un estandarte vivo que les permitiese aglutinarse.»

En julio del 2000, en mi última visita a Rusia, al pasar por la Plaza Roja moscovita no pude menos de observar cómo la cola de visitantes para entrar en el mausoleo donde permanece aún Lenin embalsamado, debía esperar tan sólo unos veinte minutos para entrar. Las inmensas colas kilométricas que había visto antaño en otras visitas habían desaparecido. Además, de los componentes de la cola, aproximadamente un 80 por 100 eran extranjeros.

Días después, casualmente el 17 de julio, aniversario del asesinato de los Romanov, estaba en San Petersburgo, borrado ya el nombre de Leningrado. En la fortaleza de Pedro y Pablo, en su catedral y entre los solemnes ritos ortodoxos, contemplé cubiertas de flores las tumbas de la familia imperial, que, excepto el zarevich Alexis y la gran duquesa María, allí descansan. Me vino a la memoria algo que ya he relatado alguna vez; la discusión de Lenin con algunos componentes del Comité Central, y cómo éstos le objetan: «Lo que dice el camarada Lenin se opone a la realidad.» Y Lenin les contesta rotundamente con una frase en la que va implícita su peculiar personalidad: «Lo siento por la realidad.»

Pero la realidad se ha impuesto y la creación de esa figura del hombre nuevo a traves de sufrimientos sin cuento ha pasado a la historia. Historia trágica y terrible, pero ya historia.



Angel Maestro



 

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