Lenín y el
terror
Muy
posiblemente, Vladimiro Ilich Ulianov, Lenin, haya sido
el personaje de mayor influencia del siglo XX. El influjo
de su obra y su extensión en enormes espacios del
planeta y a inmensas masas de población ha señalado con
características trágicas a gran parte de la humanidad.
Generaciones enteras desde 1917 han llevado el estigma
del marxismo-leninismo; incluso en las naciones donde ha
dejado de ser la ideología oficial, como es la Rusia
actual, sus efectos han seguido prolongándose años
después de haber desaparecido su imposición forzosa.
Han existido continuadores de su obra, cual Stalin o
MaoTse-tung, que causaron mayor número de víctimas que
las ocasionadas por Lenin, al prolongar su tiranía y
despotismo un mayor número de años que los
transcurridos entre octubre de 1917 y enero de 1924. Pero
Stalin y Mao, aún desarrollando el terror en magnitudes
más extensas y de mayor densidad, fueron continuadores
de algo ya iniciado y elaborado; perfeccionado con el uso
de medios más modernos y tecnología más avanzada de
algo creado por Lenin. Y que ha servido de argumento
básico a tiranos de menor magnitud, pero que sin la
justificación pseudocientífica del leninismo
carecerían de pretexto y barniz para su aplicación.
Criminales y demagogos de todo el mundo: Enver Hoxda, Kim
Il sung, Castro, Pol Pot y un larguísimo etc., no se han
apoyado en su mera voluntad personal al estilo de los
tiranos de la antigüedad; han buscado en el
pseudocientificismo del marxismo-leninismo la
justificación a sus crímenes, por horrorosos que
fuesen. La consecución del hombre nuevo, el «homo
sovieticus», superador del ciudadano revolucionario
pensado por el utópico y a la vez sangriento
jacobinismo. La obtención de ese hombre nuevo
justificaría los métodos más aberrantes.
Las acusaciones en nuestra época no se han dirigido
tanto contra el
creador como contra sus criaturas. Se ha atacado a
Stalin, antes magnificado cual divinidad, explicando el
terror por él impuesto, no por la aplicación de una
doctrina; era censurable por su desviacionismo de las
enseñanzas de Lenin. Se explican sus crímenes por una
mentalidad paranoica, no por la aplicación de una forma
eficacísima de la doctrina y la praxis de Ilich. A la
luz de ciertas investigaciones, Stalin no sólo aparece
como paranoico, también como un hombre
extraordinariamente inteligente, pero sus crímenes
horrendos no aparecen en su verdadera dimensión de
aplicación del leninismo. Para los aún seguidores del
citado pseudocientificismo leninista tales crímenes lo
son por haberse apartado del verdadero leninismo. Pero
los inventores del terror científicamente desarrollado
en profundidad y en extensión no fueron Stalin, ni Mao,
ni Pol Pot, etc. Estos fueron perfeccionistas en su
aplicación y dimensiones. A Lenin le cabe esa dudosa
distinción.
Sólo unas semanas después del triunfo de la revolución
bolchevique, Lenin crea el 20 de diciembre de 1917 la
CHEKA, siglas de la Comisión Panrusa contra la
Contrarrevolución y el Sabotaje. Encuentra en su primer
director, el polaco Félix Dzerjinski -Félix de hierro
en la hagiografía bolchevique- la personalidad idónea
para aplicar el terror de la manera más perfecta y la
mayor dimensión. Dzerjinski es el hombre ascético, cuya
única meta será el triunfo de la revolución; para ello
el exterminio de los enemigos de clase será fundamental.
Identificación plena entre Lenin y el ejecutor entregado
al oficio del terror. El pretexto: el asesinato de
Uritsky, jefe de la Checa de Petrogrado -todavía no era
Leningrado, pero ya había dejado de ser San
Petersburgo-, y el oscuro atentado contra Lenin de la
socialista revolucionaria Fanny (Dora) Kaplan. Se
proclama oficialmente el «Terror Rojo».
Los sucesos citados fueron el pretexto. La idea obsesiva
en Lenin era el triunfo de la revolución a toda costa.
Ya tres semanas antes del atentado contra él, ordena a
los comités bolcheviques de las ciudades dominadas la
aplicación del terror. Ejemplo, sus instrucciones al
comité revolucionario de la importante ciudad de Penza:
«exhortando a los bolcheviques a proceder a ejecuciones
públicas para hacer temblar a las poblaciones en cientos
de kilómetros a la redonda». «Es imperativo preparar
en secreto el terror y de la forma más rápida.»
Un mes antes del decreto oficial de implantación del
«Terror Rojo», Lenin ordena al comisario del Pueblo
para la Producción Alimentaria, A. D. Tsuriupa, la
publicación de la orden según la cual, entre los
campesinos más acomodados de cada distrito productor de
grano, «se elegirán veinticinco rehenes para responder
con sus vidas de la recolección y transporte». El 20 de
agosto de 1918, escribe al comisario de Salud, N.
Semashko: «Le felicito por la exterminación enérgica
de los kulaks -campesinos acomodados- y los blancos del
distrito...» Dirige a los bolcheviques de Petrogrado el
siguiente comunicado: «Hoy, el Comité Central se ha
enterado de que se quería responder al asesinato de
Volparski -comisario de Prensa- con el terror masivo y
que ustedes lo han contenido. Protesto firmemente.
¡...Tenemos que estimular el terror masivo y a gran
escala contra los contrarrevolucionarios, en particular
en Petrogrado, como un ejemplo decisivo.»
Se han asociado a Stalin los campos de concentración.
Ciertamente los aumentó y desarrolló en grados
elevadísimos. Pero Lenin fue su inventor creando en las
orillas del mar Blanco el primero en octubre de 1918.
La dirección de la Checa da las consignas a sus agentes:
«Aquel que combate por un porvenir mejor será
implacable con sus enemigos.» El chekista se convierte
en el modelo a seguir en el aplastamiento del adversario.
«Todo buen comunista ha de ser un buen chekista.»
Djerzinski consigue realizar la praxis y las consignas
leninistas. Las torturas terribles son aplicadas de forma
sistemática. En Jarkov se desuella las manos de las
víctimas para la fabricación de guantes hechos de piel
humana. En Voronej se introduce a prisioneros desnudos en
toneles erizados de clavos en su interior, y a
continuación se les hace rodar. En Poltava se empala a
sacerdotes ortodoxos. En Odessa, a oficiales blancos de
la Marina y del Ejército, se les ata firmemente a unas
planchas, antes de introducirlos vivos con cuidadosa
lentitud en los hornos de las calderas. En Kiev, se une
al cuerpo de los prisioneros cajas con ratas, se las
calienta con un fuego intenso y las ratas huyen del fuego
royendo a dentelladas las entrañas de las víctimas
vivas. Si bien Lenin no aprueba semejantes actos de
sadismo, se limita a dejar a Djerzinski corregir ciertos
«excesos».
Dos informes modernos muy interesantes y documentados,
los de Volkgonov y Mitrojín, señalan la obsesión de
Lenin con la Checa. Su fijación llega a detalles nimios.
Lenin da instrucciones a los chekistas de cómo efectuar
los registros, descubrir escondites; escribe a Djerzinski
sugiriéndole que «será útil realizar las detenciones
de noche».
También desarrolla de forma paralela a la cheka, aunque
con una extensión y eficacia menores, los Tribunales
Rovolucionarios, copia de los de la revolución francesa.
Al modo jacobino, sus sentencias eran inapelables y sin
ser confirmadas, ejecutadas en veinticuatro horas.
El 20 de abril de 1921, el politburó, bajo la
presidencia de Lenin, aprueba la creación de campos de
concentración de mayores proporciones. Una colonia de
campos con capacidad para veinte mil personas en la
región de Utja en el extremo norte. Los mismos
bolcheviques están aterrorizados por el «Terror Rojo»,
y los marineros y soldados sublevados en Kronstadt,
antaño gloria de la revolución, son internados en los
nuevos campos de Jilmogory, al norte.
Durante el régimen zarista, tan atacado en los medios
«progresistas» por su crueldad y dureza, en 1901, 4.113
rusos fueron exiliados por delitos políticos, y 180
condenados a trabajos forzados, pena únicamente impuesta
a los asesinos. Entre 1918-1920, la Cheka efectúa
260.000 ejecuciones.
Otra obsesión de Lenin es la traición y las
conspiraciones. Ex oficiales zaristas, chantajeados con
sus familias en rehén, son obligados a servir en el
Ejército Rojo. Ante la preocupación de Lenin, Trotski
le quiere tranquilizar diciendo: «Cada uno de ellos
estará a las órdenes de un comisario.» Lenin le
responde: «Será mejor que sean dos y que sepan usar los
puños.» En plena guerra civil se da instrucciones a los
oficiales superiores de «victoria o muerte». Y en caso
de deserción de un miembro del Estado Mayor, el
comisario político responsable será ejecutado.
Podríamos seguir citando numerosos ejemplos
demostrativos de quién era en verdad Lenin. No el Lenin
meramente marxista, sino su compleja personalidad; hombre
culto en cuya doctrina se mezclan Marx con abiertos
postulantes del asesinato cual Nechaiev, o extremistas
como Kachev, o su admirado Chernichevski, etc. Elogia a
Nechaiev cuando, antes de acabar sus días loco, en el
último tercio del siglo XIX proponía la eliminacióin
física de toda la familia imperial. El soviet de
Ekaterinburgo, bajo las órdenes emanadas de Lenin, tal
como está hoy plenamente demostrado, llevaría a la
realidad las ideas de Nechaiev. La aquiescencia de Lenin
la pone de relieve Sverlov, quien se lo confirmaría a
Trotski. Este último le pregunta a Sverlov: «¿Quién
tomó la decisión?» Y Sverlov contesta a Trostski: «Lo
decidimos aquí -en el politburó-, Ilich pensaba que no
debía dejarse a los blancos un estandarte vivo que les
permitiese aglutinarse.»
En julio del 2000, en mi última visita a Rusia, al pasar
por la Plaza Roja moscovita no pude menos de observar
cómo la cola de visitantes para entrar en el mausoleo
donde permanece aún Lenin embalsamado, debía esperar
tan sólo unos veinte minutos para entrar. Las inmensas
colas kilométricas que había visto antaño en otras
visitas habían desaparecido. Además, de los componentes
de la cola, aproximadamente un 80 por 100 eran
extranjeros.
Días después, casualmente el 17 de julio, aniversario
del asesinato de los Romanov, estaba en San Petersburgo,
borrado ya el nombre de Leningrado. En la fortaleza de
Pedro y Pablo, en su catedral y entre los solemnes ritos
ortodoxos, contemplé cubiertas de flores las tumbas de
la familia imperial, que, excepto el zarevich Alexis y la
gran duquesa María, allí descansan. Me vino a la
memoria algo que ya he relatado alguna vez; la discusión
de Lenin con algunos componentes del Comité Central, y
cómo éstos le objetan: «Lo que dice el camarada Lenin
se opone a la realidad.» Y Lenin les contesta
rotundamente con una frase en la que va implícita su
peculiar personalidad: «Lo siento por la realidad.»
Pero la realidad se ha impuesto y la creación de esa
figura del hombre nuevo a traves de sufrimientos sin
cuento ha pasado a la historia. Historia trágica y
terrible, pero ya historia.
Angel Maestro
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