Italia ¿Una
lengua?
«He
aquí un pueblo uno,
pues tienen todos una
lengua sola » Génesis 11,6
Existen ideas preconcebidas sobre la realidad
lingüística en el mapa europeo. En el colegio se me
enseñó que en Francia se habla francés; en Alemania,
alemán; en Inglaterra, inglés. Bélgica parecía ser la
excepción, junto a Suiza. Los Balcanes son para el
público un problema lingüístico irresoluble. Así,
realidades como la del corso, el bretón, el galés, el
romance, el irish y otras se desconocían, aceptándose
en todo caso como pequeños reductos en conjuntos más
sólidos. Finalmente, me educaron creyendo que en Italia
se hablaba el italiano. Craso error.
En 1870, Italia existe desde hace cuatro años, y hasta
el Vaticano forma ya parte del territorio. El gran genio
del risorgimento, de su unificación, Cavour, ha logrado
batallar con la corona francesa y el gobierno inglés;
con el imperio austro-húngaro y el papa; con los
partidos demócrata y republicano; por fin, con Vittorio
Emanuelle y con el propio Garibaldi para conseguir crear
una Italia unida gobernada desde Roma y de economía
liberal conservadora. Italia está unida. Nacerá el
problema más grande de la Italia de entonces y de ahora.
De Sicilia hasta el Veneto se han juntado ciudades y
reinos y hasta una teocracia que no han estado juntas
desde el Imperio Romano, 1500 años antes. Climas
distintos bajo culturas diferentes y gobiernos contrarios
que iban desde la modernizada Torino hasta las casi
medievales Puglia o Calabria. Y también son 1.500 los
años que hace que Roma no gobierna en esos territorios.
Y, sobre todo, ¿en qué lengua hablan los italianos?
Para muchos historiadores, la identidad italiana es la
más antigua de entre los grandes de occidente. Esos
autores colocan en el Trecento el origen del espíritu
italiano, haciendo de Dante, Petrarca y Bocaccio los
padres de la idea de Italia, destacando el primero como
la intocable vaca sagrada y el segundo como el creador de
la idea positiva de latinidad. Los escritos mismos de
Machiavello nos hablan ya de una Italia de tan grande
potencial como de imposible unificación. Los cuatro
fueron toscanos y en italiano escribieron. Toscano sería
también el Renacimiento mismo, y para el inconsciente
colectivo quedaría Toscana como la matriz cultural de lo
italiano. La cotización del italiano fue creciendo y
terminó siendo una lengua de prestigio que todo
intelectual italiano conocía, siendo declarada, de
facto, como lengua nacional italiana. Ningún escrito de
un gran autor italiano que haya analizado la historia y
cultura nacionales, ha podido escapar de esa trinidad
toscana.
Pero, ¿quién hablaba italiano en esta nueva nación?
Básicamente los toscanos y esos que hemos definido como
intelectuales, que irían desde escritores a periodistas,
diplomáticos u hombres de religión. Hablamos de una
cifra muy difícil de calcular, pero que difícilmente
pasaría de las 300.000 o 500.000 personas, es decir, un
1 por 100 de la población italiana. Esa Babel estaba
formada, en principio, por tres lenguas consideradas como
tales.
1.ª Sardo. Hablado con profusión en el centro
deCerdeña, pero conocido en toda la isla. El sardo es
una lengua latina, pero de una extrañísima estructura
que podríamos denominar en hipérbaton continuada, pues
el orden gramatical es en muchos casos ajeno al del resto
de las lenguas latinas.
2.º Napolitano. Babel dentro de la Babel italiana. El
carácter y lengua napolitanos son particularísimos
respecto al resto de Italia. Una cultura milenaria, que
recuerda al carácter andaluz. Probablemente el
napolitano tiene más palabras que el italiano. Yo no he
conocido a un solo napolitano que quiera irse de su
ciudad. Por supuesto, toda la región de Campania, cuya
capital es la propia Nápoles es arrastrada por ese
fascinante y mágico carácter. Nadie te hablará
directamente allí en italiano si no aclaras que
desconoces su dialecto. La vida urbana está tan
profundamente identificada con su dialecto que en España
tendríamos que ir hasta los pueblecitos más aislados de
Guipúzcoa o Gerona para encontrarnos con una intensidad
regional tan fuerte.
3.º Friulano. Hablado en la región italiana más
cercana a Eslovenia, Friuli, cuyo nombre nació de un
resto arqueológico allí encontrado que tenía grabadas
las siglas «F.R. luli» (Forum luli). Es un dialecto
cantarín y muy particular que crece en intensidad y se
aleja del italiano hasta tal punto que existe otro
dialecto dentro del friulano tan fuerte y específico que
tiene otro nombre, carnico.
Si terminara ahí el mosaico lingüístico podría aún
hablarse de cierto ordenamiento lingüístico, pero el
puzzle continúa. En Bolzano, la zona más septentrional
de Italia se habla alemán por las calles, y es allí
lengua cooficial con el italiano (en muchos documentos
aparece por encima de éste). La región misma es llamada
allí Bölzen, su nombre alemán. Su carácter austríaco
es casi asbsoluto y el antiitalianismo de su cultura es
sólo refrenado con un trato económico preferencial con
Roma, que hace que en algunos casos los sueldos de
funcionarios puedan ser superiores en un 50 por 100 a los
de los otros italianos.
El siciliano es otro dialecto acéfalo cuyos «patrones»
serían el palermitano y el catanés. Es hablado
cotidianamente por casi cualquier adulto del interior y
por la mayoría de los de estas dos ciudades. Existe el
pugliese, hablado en la región de su nombre en el tacón
de la bota italiana. En la misma Puglia hay antiguas
colonias de albaneses que entienden perfectamente el
albanés oficial. Colonias antiquísimas de griegos
también pueblan esa zona de Italia. En Alguero, un
pueblecito del noroeste de Cerdeña se habla un dialecto
que casi coincide con el catalán. De hecho, yo mismo he
podido asistir a una conversación entre un catalán y un
algarese en la cual la comprensión era absoluta. Niza,
que fue entregada a Francia a cambio de su apoyo a la
unificación italiana hablaba ya por aquel entonces casi
solamente francés.
En el Véneto hablan véneto incluso los niños, pero en
su capital Venecia, hay otro dialecto particular, el
veneciano (ambos tienen curiosas coincidencias con el
español, pero casi siempre diferentes entre ellas). El
trestino de Trieste, el romanaccio de la capital es
también muy particular, el bergamasco, colonias
eslovenas. Dialectos, particularidades y acentos se
multiplican por doquier.
Podríamos añadir que el idioma oficial del Vaticano es
el latín y que en la italianizada isla de Malta la
lengua oficial ni siquiera es indoeuropea sino semítica.
Lo cierto es que la riqueza lingüística de Italia es
casi infinita y podríamos calificarla de hindú.
A estas diferencias regionales debemos sumar las
culturas, como el carácter austríaco de la región del
Veneto en su organización, su filosofía del trabajo, o
los propios gobiernos comunales. El profundo carácter
mediterráneo, alegre y caótico de la Nápoles eterna.
En parte, para el inconsciente colectivo siciliano es
gobernada ahora desde Roma como antes lo fue desde
España o desde Francia; desde la propia Africa árabe; o
desde Grecia. De hecho, aunque algunos atlas caigan
ingenuamente en el error, no existe aun el puente desde
la península hasta la isla. La distancia es menor que la
del estuario del Tajo en Lisboa, a 2 kilómetros, pero el
carácter de aislamiento de los sicilianos es paralelo al
británico, aunque allí haya ya un túnel. Esa Sicilia
sufrió una larga ocupación española. Su carácter
parece más cercano en muchos aspectos al de un toledano
o un cordobés que al de un ferrarés o un trentino.
Esta es la Italia con la que tuvo que batallar Cavour. No
sería descabellado considerarlo el político más genial
del ottocento, y no es extraño que sea el verdadero
unificador de Italia, muy por encima de Garibaldi o el
propio rey, que no adoptó el título de Vittorio
Emanuelle I de Italia, sino II, remarcando su carácter
de anterior rey del Piamonte. Tampoco es extraño que el
político fuera el menos italiano. Su fluidez con el
italiano era muy inferior a la que tenía con el francés
y en este idioma hablaba con Vittorio Emanuelle. Quizá
la unificación podía llegar sólo de las manos de un
«extranjero», de una contemplación a distancia del
caos italiano.
A las puertas del fascismo la situacióin lingüística
no era muy diferente, siendo los lobbies regionales un
elemento bastante importante. De hecho, y a pesar de los
titánicos esfuerzos por parte del fascismo para
generalizar la lengua italiana, el verdadero autor de la
creación de la idiosincrasia actual italiana, y de
expandir por toda la península la lengua, vendría
después de la guerra y se llamaría televisión.
Fue un profesor padovano el que creó el italiano que hoy
profesan los presentadores de telediarios de la RAI. Ese
italiano no existe, representa una pureza formal irreal,
un constructo mecánico que ha «impuesto», sin embargo,
a los italianos una manera de ser. Con la llegada de la
RAI todos los habitantes de la península entregaban su
tiempo libre a las mismas personas, los mismos
presentadores, la misma moda, las mismas series de
televisión y, ¿por qué no?, los mismos dibujos
animados. El «La, la, la» de Massiel o la ya tan manida
imagen del seiscientos saliendo de una fábrica, el
turista un millón o el propio Kiko Ledgard forman parte
inolvidable del inconsciente colectivo español, pero de
algún modo, para nosotros representaba la apertura al
mundo en una lengua que era la misma que habitaba
nuestras calles. No es el caso de Italia. Un español no
puede imaginar lo que la R.A.I. ha sido desde la
posguerra para los italianos. Si no me creen, hagan caso
de una ya mítica frase de Umberto Eco: «Ha hecho más
por la unión de Italia Mike Buongiorno que el conde De
Cavour». Para los que no lo sepan, aclaro que Buongiorno
es un popular presentador de televisión cuyo programa
más famoso es la versión italiana de la ruleta de la
fortuna.
Incluso después de la segunda guerra mundial, el
italiano seguía sin ser el idioma coloquial en casi
ninguna parte de la nación, lo cual no implica que
existiese y exista un extraño patriotismo alla italiana
que combina las también hispánicas fidelidades
culinarias y deportivas con el chauvinismo artístico. Yo
mismo he visto cómo los jóvenes italianos visitan su
propio país viajando continuamente desde Sicilia hasta
los Alpes, en una concordancia sobre la calidad
artística y natural de todas las regiones que no existe
en España.
Tienen como los españoles un irónico, por no decir
cínico, sentido de inferioridad, pero que no es tanto
económico como estatal. Todo italiano se enorguellece de
su pasado cultural, pero es dolorosamente consciente de
tener el país peor organizado de Europa. El Parlamento
más grande del mundo con los más altos sueldos,
divididos entre una miríada de partidos que hacen y
rehacen alianzas en una vida política que ha tenido 55
gobiernos desde la segunda guerra mundial.
Lo extraño es que precisamente por las particularidades
de la formación italiana, que no fueron ni monárquicas,
ni dinásticas, ni hijas de una conquista, sino nacidas
de una fe revolucionaria decimonónica en una estructura
superior, deseada por el pueblo, Italia nos puede dar
más de una y más de dos lecciones a los españoles
respecto a la convivencia lingüística. En Italia, un
joven napolitano asiste diariamente a la Universidad a
estudiar recibiendo lecciones en italiano, sale del aula
hablando napolitano con sus amigos y no se irritará por
estudiar en un idioma que no es el coloquial. Por otro
lado, ningún no napolitano se sentirá nacionalmente
ofrendido si viaja a aquella ciudad y le responden
continuamente en esa lengua. Seguramente sonreirá y
volverá de allí conociendo cuatro o cinco palabras
más. No piensen que es padre de este hecho que las
identidades regionales italianas sean menos intensas que
las españolas, es más bien al contrario. Sucede que la
riqueza y la cantidad es tal que todos han tenido que
ponerse de acuerdo en hacer del italiano su lingua
franca. A estas alturas, para las dos últimas
generaciones es ya lengua coloquial.
Así, hoy, y sólo hoy, y con salvedades, podríamos
decir que en Italia se habla italiano.
Marcos MartÍnez Navarro
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