Razón Española, nº 107; Italia ¿Una lengua?

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Italia ¿Una lengua?

Por M. Martínez Navarro

Martínez Esteruelas indice La Liga y la democracia orgánica

Italia ¿Una lengua?

«He aquí un pueblo uno,
pues tienen todos una
lengua sola » Génesis 11,6



Existen ideas preconcebidas sobre la realidad lingüística en el mapa europeo. En el colegio se me enseñó que en Francia se habla francés; en Alemania, alemán; en Inglaterra, inglés. Bélgica parecía ser la excepción, junto a Suiza. Los Balcanes son para el público un problema lingüístico irresoluble. Así, realidades como la del corso, el bretón, el galés, el romance, el irish y otras se desconocían, aceptándose en todo caso como pequeños reductos en conjuntos más sólidos. Finalmente, me educaron creyendo que en Italia se hablaba el italiano. Craso error.

En 1870, Italia existe desde hace cuatro años, y hasta el Vaticano forma ya parte del territorio. El gran genio del risorgimento, de su unificación, Cavour, ha logrado batallar con la corona francesa y el gobierno inglés; con el imperio austro-húngaro y el papa; con los partidos demócrata y republicano; por fin, con Vittorio Emanuelle y con el propio Garibaldi para conseguir crear una Italia unida gobernada desde Roma y de economía liberal conservadora. Italia está unida. Nacerá el problema más grande de la Italia de entonces y de ahora.

De Sicilia hasta el Veneto se han juntado ciudades y reinos y hasta una teocracia que no han estado juntas desde el Imperio Romano, 1500 años antes. Climas distintos bajo culturas diferentes y gobiernos contrarios que iban desde la modernizada Torino hasta las casi medievales Puglia o Calabria. Y también son 1.500 los años que hace que Roma no gobierna en esos territorios. Y, sobre todo, ¿en qué lengua hablan los italianos?

Para muchos historiadores, la identidad italiana es la más antigua de entre los grandes de occidente. Esos autores colocan en el Trecento el origen del espíritu italiano, haciendo de Dante, Petrarca y Bocaccio los padres de la idea de Italia, destacando el primero como la intocable vaca sagrada y el segundo como el creador de la idea positiva de latinidad. Los escritos mismos de Machiavello nos hablan ya de una Italia de tan grande potencial como de imposible unificación. Los cuatro fueron toscanos y en italiano escribieron. Toscano sería también el Renacimiento mismo, y para el inconsciente colectivo quedaría Toscana como la matriz cultural de lo italiano. La cotización del italiano fue creciendo y terminó siendo una lengua de prestigio que todo intelectual italiano conocía, siendo declarada, de facto, como lengua nacional italiana. Ningún escrito de un gran autor italiano que haya analizado la historia y cultura nacionales, ha podido escapar de esa trinidad toscana.

Pero, ¿quién hablaba italiano en esta nueva nación? Básicamente los toscanos y esos que hemos definido como intelectuales, que irían desde escritores a periodistas, diplomáticos u hombres de religión. Hablamos de una cifra muy difícil de calcular, pero que difícilmente pasaría de las 300.000 o 500.000 personas, es decir, un 1 por 100 de la población italiana. Esa Babel estaba formada, en principio, por tres lenguas consideradas como tales.

1.ª Sardo. Hablado con profusión en el centro deCerdeña, pero conocido en toda la isla. El sardo es una lengua latina, pero de una extrañísima estructura que podríamos denominar en hipérbaton continuada, pues el orden gramatical es en muchos casos ajeno al del resto de las lenguas latinas.

2.º Napolitano. Babel dentro de la Babel italiana. El carácter y lengua napolitanos son particularísimos respecto al resto de Italia. Una cultura milenaria, que recuerda al carácter andaluz. Probablemente el napolitano tiene más palabras que el italiano. Yo no he conocido a un solo napolitano que quiera irse de su ciudad. Por supuesto, toda la región de Campania, cuya capital es la propia Nápoles es arrastrada por ese fascinante y mágico carácter. Nadie te hablará directamente allí en italiano si no aclaras que desconoces su dialecto. La vida urbana está tan profundamente identificada con su dialecto que en España tendríamos que ir hasta los pueblecitos más aislados de Guipúzcoa o Gerona para encontrarnos con una intensidad regional tan fuerte.

3.º Friulano. Hablado en la región italiana más cercana a Eslovenia, Friuli, cuyo nombre nació de un resto arqueológico allí encontrado que tenía grabadas las siglas «F.R. luli» (Forum luli). Es un dialecto cantarín y muy particular que crece en intensidad y se aleja del italiano hasta tal punto que existe otro dialecto dentro del friulano tan fuerte y específico que tiene otro nombre, carnico.

Si terminara ahí el mosaico lingüístico podría aún hablarse de cierto ordenamiento lingüístico, pero el puzzle continúa. En Bolzano, la zona más septentrional de Italia se habla alemán por las calles, y es allí lengua cooficial con el italiano (en muchos documentos aparece por encima de éste). La región misma es llamada allí Bölzen, su nombre alemán. Su carácter austríaco es casi asbsoluto y el antiitalianismo de su cultura es sólo refrenado con un trato económico preferencial con Roma, que hace que en algunos casos los sueldos de funcionarios puedan ser superiores en un 50 por 100 a los de los otros italianos.

El siciliano es otro dialecto acéfalo cuyos «patrones» serían el palermitano y el catanés. Es hablado cotidianamente por casi cualquier adulto del interior y por la mayoría de los de estas dos ciudades. Existe el pugliese, hablado en la región de su nombre en el tacón de la bota italiana. En la misma Puglia hay antiguas colonias de albaneses que entienden perfectamente el albanés oficial. Colonias antiquísimas de griegos también pueblan esa zona de Italia. En Alguero, un pueblecito del noroeste de Cerdeña se habla un dialecto que casi coincide con el catalán. De hecho, yo mismo he podido asistir a una conversación entre un catalán y un algarese en la cual la comprensión era absoluta. Niza, que fue entregada a Francia a cambio de su apoyo a la unificación italiana hablaba ya por aquel entonces casi solamente francés.

En el Véneto hablan véneto incluso los niños, pero en su capital Venecia, hay otro dialecto particular, el veneciano (ambos tienen curiosas coincidencias con el español, pero casi siempre diferentes entre ellas). El trestino de Trieste, el romanaccio de la capital es también muy particular, el bergamasco, colonias eslovenas. Dialectos, particularidades y acentos se multiplican por doquier.

Podríamos añadir que el idioma oficial del Vaticano es el latín y que en la italianizada isla de Malta la lengua oficial ni siquiera es indoeuropea sino semítica. Lo cierto es que la riqueza lingüística de Italia es casi infinita y podríamos calificarla de hindú.

A estas diferencias regionales debemos sumar las culturas, como el carácter austríaco de la región del Veneto en su organización, su filosofía del trabajo, o los propios gobiernos comunales. El profundo carácter mediterráneo, alegre y caótico de la Nápoles eterna. En parte, para el inconsciente colectivo siciliano es gobernada ahora desde Roma como antes lo fue desde España o desde Francia; desde la propia Africa árabe; o desde Grecia. De hecho, aunque algunos atlas caigan ingenuamente en el error, no existe aun el puente desde la península hasta la isla. La distancia es menor que la del estuario del Tajo en Lisboa, a 2 kilómetros, pero el carácter de aislamiento de los sicilianos es paralelo al británico, aunque allí haya ya un túnel. Esa Sicilia sufrió una larga ocupación española. Su carácter parece más cercano en muchos aspectos al de un toledano o un cordobés que al de un ferrarés o un trentino.

Esta es la Italia con la que tuvo que batallar Cavour. No sería descabellado considerarlo el político más genial del ottocento, y no es extraño que sea el verdadero unificador de Italia, muy por encima de Garibaldi o el propio rey, que no adoptó el título de Vittorio Emanuelle I de Italia, sino II, remarcando su carácter de anterior rey del Piamonte. Tampoco es extraño que el político fuera el menos italiano. Su fluidez con el italiano era muy inferior a la que tenía con el francés y en este idioma hablaba con Vittorio Emanuelle. Quizá la unificación podía llegar sólo de las manos de un «extranjero», de una contemplación a distancia del caos italiano.

A las puertas del fascismo la situacióin lingüística no era muy diferente, siendo los lobbies regionales un elemento bastante importante. De hecho, y a pesar de los titánicos esfuerzos por parte del fascismo para generalizar la lengua italiana, el verdadero autor de la creación de la idiosincrasia actual italiana, y de expandir por toda la península la lengua, vendría después de la guerra y se llamaría televisión.

Fue un profesor padovano el que creó el italiano que hoy profesan los presentadores de telediarios de la RAI. Ese italiano no existe, representa una pureza formal irreal, un constructo mecánico que ha «impuesto», sin embargo, a los italianos una manera de ser. Con la llegada de la RAI todos los habitantes de la península entregaban su tiempo libre a las mismas personas, los mismos presentadores, la misma moda, las mismas series de televisión y, ¿por qué no?, los mismos dibujos animados. El «La, la, la» de Massiel o la ya tan manida imagen del seiscientos saliendo de una fábrica, el turista un millón o el propio Kiko Ledgard forman parte inolvidable del inconsciente colectivo español, pero de algún modo, para nosotros representaba la apertura al mundo en una lengua que era la misma que habitaba nuestras calles. No es el caso de Italia. Un español no puede imaginar lo que la R.A.I. ha sido desde la posguerra para los italianos. Si no me creen, hagan caso de una ya mítica frase de Umberto Eco: «Ha hecho más por la unión de Italia Mike Buongiorno que el conde De Cavour». Para los que no lo sepan, aclaro que Buongiorno es un popular presentador de televisión cuyo programa más famoso es la versión italiana de la ruleta de la fortuna.

Incluso después de la segunda guerra mundial, el italiano seguía sin ser el idioma coloquial en casi ninguna parte de la nación, lo cual no implica que existiese y exista un extraño patriotismo alla italiana que combina las también hispánicas fidelidades culinarias y deportivas con el chauvinismo artístico. Yo mismo he visto cómo los jóvenes italianos visitan su propio país viajando continuamente desde Sicilia hasta los Alpes, en una concordancia sobre la calidad artística y natural de todas las regiones que no existe en España.

Tienen como los españoles un irónico, por no decir cínico, sentido de inferioridad, pero que no es tanto económico como estatal. Todo italiano se enorguellece de su pasado cultural, pero es dolorosamente consciente de tener el país peor organizado de Europa. El Parlamento más grande del mundo con los más altos sueldos, divididos entre una miríada de partidos que hacen y rehacen alianzas en una vida política que ha tenido 55 gobiernos desde la segunda guerra mundial.

Lo extraño es que precisamente por las particularidades de la formación italiana, que no fueron ni monárquicas, ni dinásticas, ni hijas de una conquista, sino nacidas de una fe revolucionaria decimonónica en una estructura superior, deseada por el pueblo, Italia nos puede dar más de una y más de dos lecciones a los españoles respecto a la convivencia lingüística. En Italia, un joven napolitano asiste diariamente a la Universidad a estudiar recibiendo lecciones en italiano, sale del aula hablando napolitano con sus amigos y no se irritará por estudiar en un idioma que no es el coloquial. Por otro lado, ningún no napolitano se sentirá nacionalmente ofrendido si viaja a aquella ciudad y le responden continuamente en esa lengua. Seguramente sonreirá y volverá de allí conociendo cuatro o cinco palabras más. No piensen que es padre de este hecho que las identidades regionales italianas sean menos intensas que las españolas, es más bien al contrario. Sucede que la riqueza y la cantidad es tal que todos han tenido que ponerse de acuerdo en hacer del italiano su lingua franca. A estas alturas, para las dos últimas generaciones es ya lengua coloquial.

Así, hoy, y sólo hoy, y con salvedades, podríamos decir que en Italia se habla italiano.



Marcos MartÍnez Navarro



 

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