Razón Española, nº 107; Editorial: Razón y emoción

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Razón y emoción

Editorial

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Razón y emoción

Desde Aristóteles se ha reconocido que las emociones, siempre oscilantes entre el placer y el dolor, cumplen la función de alertar sobre las circunstancias y mueven a buscar las gratas y a evitar las ingratas. Suministran, pues, una cierta valoración de la realidad. La cuestión no es la de negar su obvio sentido vital, sino averiguar, por contraste con la razón, su rango en la existencia humana.



1. La sede anatómica de las emociones es el llamado cerebro reptiliano, el más primitivo, que el hombre comparte con otros animales (es evidente, por ejemplo, que el perro experimenta emociones como la ira o el miedo). La emotividad es un estado biológico anterior e inferior a la racionalidad.

En concreto, la sede principal del logos reside en el cortex, que es la región más evolucionada del cerebro, de la cual carece el resto de los vivientes.



2. Las emociones suelen apoyarse en los datos que ofrecen los sentidos; pero hay emociones que, como la angustia, parecen autogeneradas e informan sobre un desequilibrio interior, no sobre el mundo exterior, no revelan nada concreto sobre las circunstancias y no permiten valorarlas ni orientar la conducta. Son, en parte, ciegas.

La razón utiliza los datos en la medida en que son reales: exige la máxima precisión en los experimentos. Y no se basta a sí misma: salvo ella misma, nada hay en la inteligencia que antes no estuviese en los sentidos.



3. Las emociones ofrecen una imagen apenas determinada de las cosas y de las personas como buenas o malas para el sujeto; pero no esclarecen las causas individualizadas y correlacionadas de tal atracción o repulsión. Su capacidad informativa es global e imprecisa.

La razón analiza las cosas en sus partes y las correlaciona con el contexto, lo cual permite conocer los detalles individualizados y las tramas de la causalidad en ámbitos cada vez más exactos y extensos.



4. No hay una relación universal y necesaria entre la sensación y la emoción que suscita. Alimentos seductores para unos son repugnantes para otros. No cabe disputar acerca de gustos por la subjetividad de las emociones, muy problemáticas como revelaciones de una realidad válida para todos.

Los mismos conceptos revelan idénticas esencias. Las nociones y los juicios racionales tienen pretensión de validez universal y, mediante su constante revisión, se van aproximando a un más fiel y pleno conocimiento de la realidad.



5. Las emociones no son funcionales, puesto que llegan a desencadenar reacciones automáticas, no ya inútiles, sino contraproducentes. El pasmo que acompaña a ciertas situaciones de pánico impide huir y ponerse a salvo de la amenaza. La ira induce a confrontaciones perdidas de antemano. Y, en general, las emociones dificultan el uso de la razón, que es el instrumento propio del hombre.

Todo saber racional, incluso el más teórico, es susceptible de aplicación a las necesidades y a los deseos. No hay conocimiento racional inútil y, menos aún, contraproducente en sí mismo. Otra cosa es su utilización, eventualmente perversa, por la voluntad.



6. Las emociones presentan grados de intensidad que van desde la leve conmoción interior hasta la exasperación; pero esos grados no son proporcionales a la cantidad y calidad de información que suministran. Hechos de inmensa trascendencia general como una inundación pueden dejar impávido, mientras que una gota de sangre puede suscitar reacciones tan intensas que lleven a la pérdida de la conciencia.

La calidad de un concepto o de un juicio es proporcional a su veracidad, o sea, a su capacidad reveladora de lo real. Por su compresión y por su abstracción, en el mundo racional hay una jerarquía objetiva que va desde la idea de ser hasta la experiencia más concreta y minúscula.



7. La información que las emociones suministran sobre la adecuación de algo a la existencia y a la felicidad son frecuentemente engañosas. Es el caso de todas las inclinaciones que producen dolor, o de los envenenamientos involuntarios. Las emociones no son sólo confusas, sino, a veces, confusionarias.

La razón no es jamás turbia, aunque sus lecciones no siempre sean placenteras. El logos es consecuente y sistemático; además es perfeccionable en sus logros. Por definición, no engaña; el error es una carencia de racionalidad.



8. La emoción suministra una información sencilla -conveniente o adversa- sobre la compleja realidad; pero es una reducción vaga y de validez insegura.

La incapacidad simplificadora de la razón es máxima y, a la vez, rigurosa. Por ejemplo, la ley de la gravitación o la ecuación sobre la equivalencia de la masa y la energía.



9. Y una de las mayores fuentes de emoción son las artes. Pero el placer que a muchos produce la música, la danza o el verso no facilita información útil sobre la adecuación de las cosas a la supervivencia humana. La funcionalidad biológica de la emotividad es en numerosos casos nula.



10. Las emociones no explican el ámbito lógico, incluso presentan un perfil irracional.

En cambio, el logos está abierto a todo lo real, también a las emociones y no escasean los ensayos de revelar su naturaleza, su génesis y su operatividad. El logos brinda una racionalización de las artes y de lo bello, aunque, en último término, el genio creador no sea reglado. La estética, la retórica, la preceptiva, la armonía, etc., son aproximaciones lógicas a las artes.



En suma, la potencialidad funcional de la razón es muy superior a la de unas emociones cuya capacidad cognitiva es prácticamente despreciable, si se las compara con la razón. Y con demasiada frecuencia esas cogniciones difusas resultan perturbadoras y erróneas. Someterlas enteramente a la razón es un ideal para nuestra especie, no aniquilarlas como se viene recomendando, desde hace milenios, por ciertas sabidurías.



Los hombres desean ser felices; ese anhelo es el dinamismo radical de la existencia humana. Pero la felicidad es un sentimiento de equilibrio entre lo que se desea y lo que se posee. El lugar donde se manifiestan la dicha y la desdicha no es la razón, sino la emoción. La felicidad no es una realidad lógica, sino sentimental. Un viviente puramente racional y sin sentimientos seguramente no conocería la desventura, pero tampoco lo que el hombre actual percibe como sentimientos felicitarios. Lo decisivo es que cabe racionalizar la búsqueda individual de la felicidad. Los cálculos del logos pueden evitar dolor y aumentar las dosis de dicha. También en este punto, humanamente primordial, se impone el primado de la razón.



 

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