Razón y
emoción
Desde
Aristóteles se ha reconocido que las emociones, siempre
oscilantes entre el placer y el dolor, cumplen la
función de alertar sobre las circunstancias y mueven a
buscar las gratas y a evitar las ingratas. Suministran,
pues, una cierta valoración de la realidad. La cuestión
no es la de negar su obvio sentido vital, sino averiguar,
por contraste con la razón, su rango en la existencia
humana.
1. La sede anatómica de las emociones es el llamado
cerebro reptiliano, el más primitivo, que el hombre
comparte con otros animales (es evidente, por ejemplo,
que el perro experimenta emociones como la ira o el
miedo). La emotividad es un estado biológico anterior e
inferior a la racionalidad.
En concreto, la sede principal del logos reside en el
cortex, que es la región más evolucionada del cerebro,
de la cual carece el resto de los vivientes.
2. Las emociones suelen apoyarse en los datos que ofrecen
los sentidos; pero hay emociones que, como la angustia,
parecen autogeneradas e informan sobre un desequilibrio
interior, no sobre el mundo exterior, no revelan nada
concreto sobre las circunstancias y no permiten
valorarlas ni orientar la conducta. Son, en parte,
ciegas.
La razón utiliza los datos en la medida en que son
reales: exige la máxima precisión en los experimentos.
Y no se basta a sí misma: salvo ella misma, nada hay en
la inteligencia que antes no estuviese en los sentidos.
3. Las emociones ofrecen una imagen apenas determinada de
las cosas y de las personas como buenas o malas para el
sujeto; pero no esclarecen las causas individualizadas y
correlacionadas de tal atracción o repulsión. Su
capacidad informativa es global e imprecisa.
La razón analiza las cosas en sus partes y las
correlaciona con el contexto, lo cual permite conocer los
detalles individualizados y las tramas de la causalidad
en ámbitos cada vez más exactos y extensos.
4. No hay una relación universal y necesaria entre la
sensación y la emoción que suscita. Alimentos
seductores para unos son repugnantes para otros. No cabe
disputar acerca de gustos por la subjetividad de las
emociones, muy problemáticas como revelaciones de una
realidad válida para todos.
Los mismos conceptos revelan idénticas esencias. Las
nociones y los juicios racionales tienen pretensión de
validez universal y, mediante su constante revisión, se
van aproximando a un más fiel y pleno conocimiento de la
realidad.
5. Las emociones no son funcionales, puesto que llegan a
desencadenar reacciones automáticas, no ya inútiles,
sino contraproducentes. El pasmo que acompaña a ciertas
situaciones de pánico impide huir y ponerse a salvo de
la amenaza. La ira induce a confrontaciones perdidas de
antemano. Y, en general, las emociones dificultan el uso
de la razón, que es el instrumento propio del hombre.
Todo saber racional, incluso el más teórico, es
susceptible de aplicación a las necesidades y a los
deseos. No hay conocimiento racional inútil y, menos
aún, contraproducente en sí mismo. Otra cosa es su
utilización, eventualmente perversa, por la voluntad.
6. Las emociones presentan grados de intensidad que van
desde la leve conmoción interior hasta la exasperación;
pero esos grados no son proporcionales a la cantidad y
calidad de información que suministran. Hechos de
inmensa trascendencia general como una inundación pueden
dejar impávido, mientras que una gota de sangre puede
suscitar reacciones tan intensas que lleven a la pérdida
de la conciencia.
La calidad de un concepto o de un juicio es proporcional
a su veracidad, o sea, a su capacidad reveladora de lo
real. Por su compresión y por su abstracción, en el
mundo racional hay una jerarquía objetiva que va desde
la idea de ser hasta la experiencia más concreta y
minúscula.
7. La información que las emociones suministran sobre la
adecuación de algo a la existencia y a la felicidad son
frecuentemente engañosas. Es el caso de todas las
inclinaciones que producen dolor, o de los
envenenamientos involuntarios. Las emociones no son sólo
confusas, sino, a veces, confusionarias.
La razón no es jamás turbia, aunque sus lecciones no
siempre sean placenteras. El logos es consecuente y
sistemático; además es perfeccionable en sus logros.
Por definición, no engaña; el error es una carencia de
racionalidad.
8. La emoción suministra una información sencilla
-conveniente o adversa- sobre la compleja realidad; pero
es una reducción vaga y de validez insegura.
La incapacidad simplificadora de la razón es máxima y,
a la vez, rigurosa. Por ejemplo, la ley de la
gravitación o la ecuación sobre la equivalencia de la
masa y la energía.
9. Y una de las mayores fuentes de emoción son las
artes. Pero el placer que a muchos produce la música, la
danza o el verso no facilita información útil sobre la
adecuación de las cosas a la supervivencia humana. La
funcionalidad biológica de la emotividad es en numerosos
casos nula.
10. Las emociones no explican el ámbito lógico, incluso
presentan un perfil irracional.
En cambio, el logos está abierto a todo lo real,
también a las emociones y no escasean los ensayos de
revelar su naturaleza, su génesis y su operatividad. El
logos brinda una racionalización de las artes y de lo
bello, aunque, en último término, el genio creador no
sea reglado. La estética, la retórica, la preceptiva,
la armonía, etc., son aproximaciones lógicas a las
artes.
En suma, la potencialidad funcional de la razón es muy
superior a la de unas emociones cuya capacidad cognitiva
es prácticamente despreciable, si se las compara con la
razón. Y con demasiada frecuencia esas cogniciones
difusas resultan perturbadoras y erróneas. Someterlas
enteramente a la razón es un ideal para nuestra especie,
no aniquilarlas como se viene recomendando, desde hace
milenios, por ciertas sabidurías.
Los hombres desean ser felices; ese anhelo es el
dinamismo radical de la existencia humana. Pero la
felicidad es un sentimiento de equilibrio entre lo que se
desea y lo que se posee. El lugar donde se manifiestan la
dicha y la desdicha no es la razón, sino la emoción. La
felicidad no es una realidad lógica, sino sentimental.
Un viviente puramente racional y sin sentimientos
seguramente no conocería la desventura, pero tampoco lo
que el hombre actual percibe como sentimientos
felicitarios. Lo decisivo es que cabe racionalizar la
búsqueda individual de la felicidad. Los cálculos del
logos pueden evitar dolor y aumentar las dosis de dicha.
También en este punto, humanamente primordial, se impone
el primado de la razón.
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