Mi crepúsculo
de las ideologías *
Recientemente
se ha escrito que «el vaticinio sobre el fin de las
ideologías adquirió verdadera carta de naturaleza en
1960 tras el ensayo de Daniel Bell, titulado El fin de la
ideología en Occidente»1. En su contexto, la expresión
"carta de naturaleza" es sinónima de partida
de nacimiento, es decir, que se atribuye la paternidad de
la idea al escritor norteamericano. Inexacto de toda
inexactitud.
En mi libro El crepúsculo de las ideologías (1965)
formulé la ley sociológica de que cuanto mayor es el
desarrollo cultural y económico de una sociedad, menos
factible resulta la adopción de las decisiones públicas
en función de ideologías y más se imponen los
criterios estrictamente racionales o científicos.
Cuando apareció mi obra, los ideólogos, tanto de la
derecha como de la izquierda, reaccionaron con unánime
hostilidad. Era natural: se quedaban sin su instrumento
de trabajo y su medio de vida. Unos argumentaron
empíricamente: las ideologías políticas continuaban
apareciendo en los programas de los partidos, en los
procesos electorales, en los medios de comunicación de
masas, y en ciertas contiendas intelectuales (alguna,
como el socialismo real, se encontraban en plena
expansión planetaria). Otros argumentaron
especulativamente con razones distintas e incluso
contradictorias. Alguno añadió: «Esto ya lo dijo Bell
tres o cuatro años antes.» A esta objeción, tan
reveladora de la envidia hispánica2 y de un complejo de
inferioridad celtibérico, apenas he prestado atención.
En 1961, el citado escritor norteamericano reunió en un
volumen una serie de artículos publicados entre 1951 y
1959 sobre una temática variadísima: la crisis de la
familia, la economía keynesiana, la criminalidad, la
eficacia empresarial, los sindicatos estadounidenses, el
fracaso del socialismo americano, la confrontación
generacional y la crítica del comunismo. El
asistematismo del volumen era, pues, explícito y
constitutivo. En ninguno de esos artículos afirmó que
fueran a extinguirse las ideologías políticas, ni nada
parecido. Cuando agrupó tan inconexos trabajos
dispersos, añadió un breve epílogo de nueve páginas,
«The end of the ideologies in the West», que no tenía
relación con los artículos restantes; pero que al autor
o al editor le pareció útil para titular el tomo. Ese
epílogo es el texto más confuso del libro: son citados
veinticinco autores tan respectivamente alejados como
Lutero y Sade; se critica a la URSS, a Cuba y a los
revolucionarismos del tercer mundo. Es difícil extraer
una sustancia afirmativa de tan breve y polifacética
divagación; pero si existe tal sustancia esa sería que
hay dos clases de ideologías, las decimonónicas, que
pierden su capacidad de arrastre, y las «nuevas», entre
las que alude al «radicalismo intelectual
norteamericano», la «nueva izquierda», el
«panafricanismo», «el comunismo», etc. Y aduce como
«modelos» de las nuevas ideologías a Rusia y China, y
como objetivo social definitivo el Estado nodriza. Es
evidente que de esas «nuevas ideologías» no queda casi
nada y que los presuntos modelos se han autodesmodelado.
Y, entre todo eso, ni un argumento, ni una correlación,
ni una previsión sociológica. Este ejercicio
periodístico es el que se cita como antecedente de mi
libro, que es un largo encadenamiento de raciocinios que
desembocan en una conclusión contraria a la ocasional y,
en mi opinión, equivocada del norteamericano. Porque lo
que yo afirmaba era que no hay nuevas ideologías viables
en ninguna sociedad desarrollada.
Pero, aunque sea sumamente anecdótico, hay más, la
primera verificación del crepúsculo de las ideologías
está hecha en mis artículos «El socialismo vira a
estribor» y «El socialismo se volatiliza», publicados
en un diario madrileño el 21 de marzo y el 10 de
noviembre de 1959, dos años antes de la aparición del
epílogo citado, y ambos artículos están integrados en
mi obra como elementos vertebrales de la inducción
final. Por cierto, que los que tardíamente me lanzaron
el supuesto precedente, que yo conocí cuando mi libro
estaba en segundas pruebas, eran, paradójicamente,
entusiastas de las ideologías por él supuestamente
desahuciadas. El mal estilo polémico lo permite todo,
incluso la incoherencia de ser ideólogo y de exaltar a
quien se cree que no lo es.
Esto ya lo he escrito3; pero para averiguarlo hubiera
bastado haber leído tres o cuatro páginas del citado
volumen del estadounidense.
Hay todavía más. Coincidí con el ensayista
norteamericano en un curso de verano en El Escorial. Hubo
coloquio público, le pregunté sobre la cuestión, y
dijo que conocía mi libro y que nunca había defendido
la tesis del fin de las ideologías. Años después fue
invitado a pronunciar una conferencia en Madrid e
interpelado por un oyente -don Angel Maestro- y repitió
lo mismo que había dicho en El Escorial.
El libro del norteamericano no ha despertado interés,
salvo en España, por indirecta e involuntaria culpa
mía. Cuando Ortega publicó La rebelión de las masas,
que es el más vigente de sus libros, algunos espíritus
mezquinos le acusaron de haberse inspirado en un
sociólogo francés. Es penoso que el patriomasoquismo de
algunos les lleve a sostener que una idea original no
puede ser pensada en español.
G. Fernández de la Mora
* Enviado el 8-XI-2000, y publicado en
«Veintiuno», num. 48 a mediados de febrero de 2001.
1 J. J. Lucas: El centro reformista, en
«Veintiuno», núm. 43, pág. 48.
2 Vid. mi libro La envidia igualitaria, Madrid 1984,
ampliado en la traducción alemana y en la inglesa. Esta
última acaba de ser reeditada.
3 Vid. mis artículos «La ideología sin futuro»,
en Debate abierto; núm. 3, 1990, págs. 109-119, y «Las
presuntas ideologías novísimas», en Anales de la Real
Academia de Ciencias Morales y Políticas, núm. 69,
Madrid 1992, págs. 233-243, reproducidos en Razón
Española, núms. 47 y 52.
|