Razón Española, nº 107; Mi crepúsculo de las ideologías

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Mi crepúsculo de las ideologías

Por G. Fernández de la Mora

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Mi crepúsculo de las ideologías *

Recientemente se ha escrito que «el vaticinio sobre el fin de las ideologías adquirió verdadera carta de naturaleza en 1960 tras el ensayo de Daniel Bell, titulado El fin de la ideología en Occidente»1. En su contexto, la expresión "carta de naturaleza" es sinónima de partida de nacimiento, es decir, que se atribuye la paternidad de la idea al escritor norteamericano. Inexacto de toda inexactitud.

En mi libro El crepúsculo de las ideologías (1965) formulé la ley sociológica de que cuanto mayor es el desarrollo cultural y económico de una sociedad, menos factible resulta la adopción de las decisiones públicas en función de ideologías y más se imponen los criterios estrictamente racionales o científicos.

Cuando apareció mi obra, los ideólogos, tanto de la derecha como de la izquierda, reaccionaron con unánime hostilidad. Era natural: se quedaban sin su instrumento de trabajo y su medio de vida. Unos argumentaron empíricamente: las ideologías políticas continuaban apareciendo en los programas de los partidos, en los procesos electorales, en los medios de comunicación de masas, y en ciertas contiendas intelectuales (alguna, como el socialismo real, se encontraban en plena expansión planetaria). Otros argumentaron especulativamente con razones distintas e incluso contradictorias. Alguno añadió: «Esto ya lo dijo Bell tres o cuatro años antes.» A esta objeción, tan reveladora de la envidia hispánica2 y de un complejo de inferioridad celtibérico, apenas he prestado atención.

En 1961, el citado escritor norteamericano reunió en un volumen una serie de artículos publicados entre 1951 y 1959 sobre una temática variadísima: la crisis de la familia, la economía keynesiana, la criminalidad, la eficacia empresarial, los sindicatos estadounidenses, el fracaso del socialismo americano, la confrontación generacional y la crítica del comunismo. El asistematismo del volumen era, pues, explícito y constitutivo. En ninguno de esos artículos afirmó que fueran a extinguirse las ideologías políticas, ni nada parecido. Cuando agrupó tan inconexos trabajos dispersos, añadió un breve epílogo de nueve páginas, «The end of the ideologies in the West», que no tenía relación con los artículos restantes; pero que al autor o al editor le pareció útil para titular el tomo. Ese epílogo es el texto más confuso del libro: son citados veinticinco autores tan respectivamente alejados como Lutero y Sade; se critica a la URSS, a Cuba y a los revolucionarismos del tercer mundo. Es difícil extraer una sustancia afirmativa de tan breve y polifacética divagación; pero si existe tal sustancia esa sería que hay dos clases de ideologías, las decimonónicas, que pierden su capacidad de arrastre, y las «nuevas», entre las que alude al «radicalismo intelectual norteamericano», la «nueva izquierda», el «panafricanismo», «el comunismo», etc. Y aduce como «modelos» de las nuevas ideologías a Rusia y China, y como objetivo social definitivo el Estado nodriza. Es evidente que de esas «nuevas ideologías» no queda casi nada y que los presuntos modelos se han autodesmodelado. Y, entre todo eso, ni un argumento, ni una correlación, ni una previsión sociológica. Este ejercicio periodístico es el que se cita como antecedente de mi libro, que es un largo encadenamiento de raciocinios que desembocan en una conclusión contraria a la ocasional y, en mi opinión, equivocada del norteamericano. Porque lo que yo afirmaba era que no hay nuevas ideologías viables en ninguna sociedad desarrollada.

Pero, aunque sea sumamente anecdótico, hay más, la primera verificación del crepúsculo de las ideologías está hecha en mis artículos «El socialismo vira a estribor» y «El socialismo se volatiliza», publicados en un diario madrileño el 21 de marzo y el 10 de noviembre de 1959, dos años antes de la aparición del epílogo citado, y ambos artículos están integrados en mi obra como elementos vertebrales de la inducción final. Por cierto, que los que tardíamente me lanzaron el supuesto precedente, que yo conocí cuando mi libro estaba en segundas pruebas, eran, paradójicamente, entusiastas de las ideologías por él supuestamente desahuciadas. El mal estilo polémico lo permite todo, incluso la incoherencia de ser ideólogo y de exaltar a quien se cree que no lo es.

Esto ya lo he escrito3; pero para averiguarlo hubiera bastado haber leído tres o cuatro páginas del citado volumen del estadounidense.

Hay todavía más. Coincidí con el ensayista norteamericano en un curso de verano en El Escorial. Hubo coloquio público, le pregunté sobre la cuestión, y dijo que conocía mi libro y que nunca había defendido la tesis del fin de las ideologías. Años después fue invitado a pronunciar una conferencia en Madrid e interpelado por un oyente -don Angel Maestro- y repitió lo mismo que había dicho en El Escorial.

El libro del norteamericano no ha despertado interés, salvo en España, por indirecta e involuntaria culpa mía. Cuando Ortega publicó La rebelión de las masas, que es el más vigente de sus libros, algunos espíritus mezquinos le acusaron de haberse inspirado en un sociólogo francés. Es penoso que el patriomasoquismo de algunos les lleve a sostener que una idea original no puede ser pensada en español.



G. Fernández de la Mora


* Enviado el 8-XI-2000, y publicado en «Veintiuno», num. 48 a mediados de febrero de 2001.

1 J. J. Lucas: El centro reformista, en «Veintiuno», núm. 43, pág. 48.

2 Vid. mi libro La envidia igualitaria, Madrid 1984, ampliado en la traducción alemana y en la inglesa. Esta última acaba de ser reeditada.

3 Vid. mis artículos «La ideología sin futuro», en Debate abierto; núm. 3, 1990, págs. 109-119, y «Las presuntas ideologías novísimas», en Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, núm. 69, Madrid 1992, págs. 233-243, reproducidos en Razón Española, núms. 47 y 52.



 

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