LIBROS: Memorias
I
Vizcaíno
Casas, Fernando: Memorias I, ed. Planeta, Barcelona 2000,
282 págs.
Vizcaíno Casas, nacido en 1926, ha vendido casi cuatro
millones de ejemplares de su más de medio centenar de
libros. Es, pues, el narrador más leído de su época.
Aunque ha cultivado el teatro, el género con el que ha
triunfado clamorosamente ha sido el humor. En los
últimos veinticinco años de la España autonómica, ha
ido elaborando una crítica benévola y certera de su
tiempo y una memoria amena y veraz de la era de Franco,
que vivió en su totalidad.
Esta evocación de la juventud se inicia con las primeras
anécdotas de niñez y, en este volumen, llega hasta
1950, año de su licenciatura en Derecho. Entonces,
según recuerda, sólo había 161.000 parados y la cena
de fin de año en el lujoso "Rialto", que
exigía etiqueta, costaba sesenta pesetas (el litro de
aceite, 1,65 pts. frente a las 800 de hoy).
Modestamente afirma el autor que "es el escenario lo
que importa", y lo describe en tonos vivaces. Como
en un episodio nacional aparecen la Valencia de la guerra
y de la postguerra y los cursos de verano, sobre todo, el
de Santander. Las páginas más estremecedoras son las
dedicadas a julio y agosto de 1936. Un tío marxista y un
padre republicano no salvaron a la familia de Vizcaíno
de incautaciones, detenciones, amenazas y, en suma, del
horror de la zona roja.
Desde el balcón de su casa, un niño de diez años ve
"las calles de Valencia tomadas por las turbas
enloquecidas que enarbolaban con furia toda clase de
armas". Los incendios de iglesias, incluso la de la
patrona de la ciudad. El expolio de los Bancos y los
comercios. Y los asesinatos: el del notario de su familia
porque tenía dos tomos de Derecho canónico en su
biblioteca, el de una amiga de la abuela en unión de las
monjas en cuya residencia se alojaba, el director del
colegio, etc. Algunas estampas son goyescas: una columna
de voluntarios frentepopulistas sale para ocupar
Zaragoza, pero en el camino encuentra una fábrica de
jamones, se detiene unos días hasta devorar las
existencias, llega tarde al frente, y se retira.
Y hay momentos patéticos como cuando le dice a su padre
que renuncia al negocio familiar para consagrarse a la
pluma.
Aparecen cientos de personajes del periodismo, del cine,
del teatro y del toreo, que son las pasiones del joven.
La censura delegada a los eclesiásticos es descrita con
humor: historietas más divertidas que graves. Por cierto
que, con el mayor decoro verbal, Vizcaíno reitera que en
aquellos años se hacía el amor de lo lindo, "en la
asignatura de sexo -escribe- se obtenían excelentes
calificaciones". Y narra cómo convenció a una
becaria holandesa, antifranquista frenética y liberada,
que, gracias a Vizcaíno, gritó una noche, rendida de
entusiasmo "¡Arriba España!".
Nacido el 23 de febrero de 1926, el autor declara varias
veces "Soy un hombre del 23 F". Sólo le falta
proclamar "Con Franco se copulaba mejor" (no
había sida).
Este libro está en los antípodas de la hipocresía y
del cinismo y, sobre todo, del oportunismo. Con una prosa
transparente y desenfadada, el autor se muestra
absolutamente sincero y nada sometido a la dictadura de
la llamada "corrección política". Este es el
máximo atractivo del libro, que cuenta verdades como
puños, hoy prohibidas so pena de ser acusado de
"fascista", como ahora se hace con los
leninistas etarras. Esta descalificatoria paradoja verbal
(el fascismo fue lo contrario del marxismo) es uno de los
últimos esperpentos nacionales.
A por los cinco millones de ejemplares, don Fernando.
J.L. Núñez
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