El nacionalismo
español*
Tres errores. El hecho
más considerable que acontece hoy en el mundo, es, sin
duda alguna, la guerra civil española. En torno de ella
se concentran con pasión, con angustia acaso y, desde
luego, con interés vital, las emociones políticas de
todos los Estados y de todos los pueblos. ¿A qué causas
obedece esta atención apasionada, esta participación
íntima del mundo entero en una lucha circunscrita a los
límites estrechos de la península ibérica? Muchas
personas creen ver en esta guerra el encuentro, el choque
de dos ideologías adversarias, enfrentadas hoy sobre la
faz del planeta; y atisban el resultado final de la
contienda para discernir en él la orientación futura de
la historia humana. Y sin duda los que así piensan
tienen razón. Pero sólo en parte. Porque la guerra
civil española posee un sentido histórico mucho más
profundo. En realidad no representa el choque de dos
ideologías enemigas, sino más bien el vano intento de
una teoría política y social que pretende abolir la
estructura misma de la vida humana. Pero una teoría, por
pertrechada que esté de recursos materiales, no puede,
no podrá nunca prevalecer sobre lo que constituye la
base misma y condición de la existencia humana en el
mundo. Las circunstancias, que han precedido y que
acompañan a la guerra española, han hecho de esta
guerra un verdadero experimento histórico. En efecto, el
caso de España suministra la demostración experimental
de que ninguna teoría, aunque aparezca y actúe con el
refuerzo de los más abundantes aparatos de acción y
propaganda, tiene poder para anular o abolir las
realidades de la vida colectiva, que son
indefectiblemente las realidades nacionales, la realidad
indestructible de la nación y del sentimiento patrio. La
guerra civil española es pues ejemplar. En ella se ha
jugado el porvenir humano del hombre. El triunfo de la
nación española sobre los vesánicos esfuerzos que
pretendían destruirla, constituye la lección más
fecunda y provechosa que la Historia ha podido
proporcionar al pensamiento.
Ahora bien, si este sentido profundo de la guerra
española ha escapado a muchas personas, aun de las más
inteligentes y perspicaces, ha sido porque,
deficientemente informadas sobre España y la historia
reciente de España, han incidido desde el principio de
la lucha en algunos errores fundamentales. En tres grupos
pueden resumirse estos errores. El primero ha consistido
en juzgar el levantamiento nacional de España como
simple sublevación de una minoría ex privilegiada
-militares, sacerdotes y ricos-que intenta por la fuerza
restablecer su poderío; en suma, considerar el acto del
general Franco como un «pronunciamiento», más o menos
parecido a los que España conoció en el siglo XIX. El
segundo error es el de los que creen que la guerra civil
española pone frente a frente dos Españas, la una
progresiva, democrática, liberal, y la otra reac-
cionaria, despótica, obscurantista. El tercer error que
se comete al juzgar el caso actual de España, consiste,
en fin, en aplicarle un criterio rígidamente formalista
tachando de «ilegítimo» al gobierno constituído por
la autoridad del general Franco. Estos tres errores -que
revelan un profundo desconocimiento de lo que ha sido y
es la España contemporánea- podrían en realidad
reducirse a uno solo: el error de creer que el
nacionalismo español es un invento de ahora, un aparato
ideo-
lógico forjado por unos cuantos reaccionarios, para dar
apariencia de objetividad a sus intenciones tiránicas y
despóticas.
Frente a esta falsa imagen que la ignorancia sobre
España ha podido fomentar en muchas cabezas, debemos
oponer escuetamente la realidad histórica de España. Y
la realidad -harto desconocida por desventura- es que el
movimiento nacionalista español no se ha originado ahora
y con ocasión de esta guerra, sino que viene de muy
antiguo actuando en lo más profundo de las almas
españolas. Desde hace unos cuarenta años, desde 1898,
todas las manifestaciones de la vida colectiva española,
en las letras, en las ciencias mismas, en la política,
en la vida social, representan inequívocamente la
expresión de un profundo anhelo nacional, la ambición
de restaurar a España, el afán de reponer a España en
el nivel histórico alcanzado antaño, la ilusión de
recobrar para la hispanidad eterna formas manifestativas
capaces de devolverle el brío y pujanza de siglos
pasados. Tal es la auténtica realidad del nacionalismo
español.
Y en esa voluntad de reafirmación nacional comulgan
todos los españoles; todos, incluso los que con las
armas combaten el nacionalismo. ¿Por qué? -si no fuera
así- fingen ahora los jefes marxistas dar a su perdida
causa un tinte de patriotismo y hablan de la
independencia y de la nacionalidad? No; no hay dos
Españas frente a frente. Hay una España, la España
eterna, que se ha levantado en un esfuerzo supremo de
afirmación apasionada contra unos grupos de locos o
criminales, instrumentos ciegos de ajenas ambiciones y
propósitos. Ahora, por conveniencias de su causa, esos
hombres del internacionalismo proclaman respeto y
adhesión justamente a todo lo que han estado pisoteando,
vejando y destruyendo durante tantos años. Ahora hablan
de independencia nacional, cuando saben muy bien que no
son ellos precisamente los que de veras la defienden. Por
qué? Pues porque han comprendido que en el fondo de las
almas españolas el sentimiento patriótico tiene tan
hondas raíces, que, en último término, la emoción
nacional es la única que puede estimular la bravura de
nuestro pueblo a los extremos de la heroicidad. Y de esa
suerte envuelven su intención en un mendaz patriotismo,
para mejor disponer de las pobres volun- tades que
mantienen bajo su dominio.
En ese mismo plano de la ficción falaz hállase la tesis
de la ilegitimidad del Gobierno nacional. Ahora conviene
al Frente Popular presentarse como respetuoso del orden
legal -de ese orden legal, cuya destrucción era el fin
proclamado de las propagandas marxistas. Ahora resultan
eficaces y respetables las palabras legalidad,
legitimidad y orden, contra las cuales abiertamente ha
peleado siempre el marxismo revolucionario. ¿Qué
recurso legal le quedaba a un pueblo profundamente
patriota, cuando veía a sus propios gobernantes procurar
la ruina de la nación y el aniquilamiento de las
esencias nacionales, perseguir y encarcelar a los que
gritaban loores a la Patria, mientras protegían a los
que proclamaban su sometimiento a un poder extranjero,
voceando ¡Viva Rusia!? De legitimidad no puede hablarse,
como no sea para afirmar una y mil veces la legitimidad
del acto que ha salvado a la Patria de una invasión
extranjera que, en forma de guerra química, mataba las
almas con el veneno de una acción solapada, virulenta y
destructora. ¿Es acaso ilegítima la conducta del
ciudadano valiente que detiene a un guardia loco dedicado
a cazar pacíficos transeúntes? Pero en el mundo se
conocen mal las cosas de España y no se saben todavía
los extremos de indefensión a que, bajo
los gobiernos de la República, había llegado la nación
española, invadida por la sutilísima penetración de
los gases moscovitas.
Aislamiento de España.
Incumbencia de los historiadores españoles ha de ser el
descubrir y explicar al detalle las causas que han
originado la incomprensión y la ignorancia del mundo
moderno acerca de España. El hecho es que desde 1700
España va siendo cada vez menos comprendida y menos
conocida. Durante los siglos XVI y XVII España fue el
centro de la política mundial. En torno de España
giraba la Historia. Lo español era entonces lo
típicamente europeo, lo que daba la pauta a la vida, lo
que determinaba la realidad fluyente de la historia.
España era conocida, estimada; a veces temida, y siempre
respetada como potencia directriz. Pero desde 1700
aproximadamente sucede algo nuevo. España penetra en una
especie de aislamiento magnífico y se aparta de
concurrir activamente en la propulsión de los
acontecimientos europeos. Y las restantes naciones se
acostumbran poco a poco a considerar a España, su vida
interior, sus producciones y sus afanes, como algo
extraño y extraviado; digamos extravagante y exótico.
No pretenderé desentrañar aquí las causas de este ais-
lamiento. Acaso, sin embargo, pueda señalarse ésta: que
el esfuerzo formidable hecho por la nación española
durante los siglos XVI y XVII rindió rápidamente sus
frutos mundiales y hubo entonces de sobrevenir una
especie de fatiga o de cansancio. España dejó de estar
en forma, si me permitís esta expresión deportiva.
Fatigada por los ingentes gastos de energía, realizados
en siglos anteriores, España necesitaba reponerse
íntimamente y buscar en el regazo de sí misma una nueva
«forma», en que pudiera otra vez verter sus
aspiraciones nacionales. Ahora bien, esa nueva forma
había de ser neta y típicamente hispánica; había de
surgir en congruencia profunda con todo el pasado
histórico del país, con el modo de ser nacional, con la
esencia impalpable de la hispanidad. He aquí, pues, que,
por razones históricas profundas, España no podía
hacer suya ninguna de las «formas de vida» en que las
restantes naciones europeas iban cada vez más
acomodándose. Y en esta imposibilidad tiene su origen la
gran tragedia de España; porque los que desde 1700 han
venido dirigiendo los destinos españoles se han
empeñado continuamente en proponer o en imponer a la
nación española «formas» extrañas a la esencia de su
nacio- nalidad, formas que la hispanidad no podía asumir
y que sucesivamente fué rechazando por incongruentes e
inadecuadas a su profundo sentimiento. España no
quería, no podía ponerse ropas hechas de confección
extranjera; sus dirigentes, por otra parte, no supieron
ofrecerle otras. Esta es, a mi juicio, la causa profunda
del aislamiento español durante los siglos XVIII y XIX.
Primeramente fue la política de Carlos III. Este
monarca, bien intencionado sin duda, quiso gobernar a
España con un caudal de ideas importadas del extranjero.
Pero esas ideas, que pudieron superponerse al alma
española, jamás lograron arraigar en ella. Venían de
latitudes muy distantes y reflejaban climas espirituales
harto diferentes del clima castellano. La repulsión
profunda de España a las «formas» traídas de fuera
revélase violenta y espléndidamente en la guerra de la
independencia. Los afrancesados no lograron hacer la
menor mella en el alma nacional. España -con la ayuda de
Inglaterra- expulsó a los franceses y restableció en el
trono a Fernando VII, creyendo que, con el Deseado,
restauraba la plenitud de su esencia nacional. Durante
todo el siglo XIX es bien visible e inequívoca la
oposición de España a las formas exóticas del
democratismo parlamentario. Los gobernantes se empeñan
en imponerlas. La nación se obstina en rechazarlas; ya
combatiéndolas violentamente, como los carlistas; ya
desnaturalizándolas mediante una aplicación contraria a
su sentido y espíritu. Toda la inquietud civil del siglo
XIX en España procede de aquí. Por último, la
interminable serie de regímenes y Constituciones
síntoma inequívoco de que ninguno de esos trajes estaba
hecho a la medida de España- remató en la obra de
Cánovas del Castillo. Este agudo político se propuso
una sola cosa: la paz interior. Y la consiguió, sin
duda, restaurando la monarquía borbónica con una
Constitución moderada. Pero esta paz interior de
Cánovas fue la paz del durmiente, que ha tomado una
bebida opiácea. Cánovas consiguió, en efecto,
establecer la paz, merced al narcótico con que
adormeció a la nación. Las instituciones parlamentarias
fueron pura ficción. Para no molestar demasiado al
país, que las rechazaba en el fondo de su alma,
permanecieron, por decirlo así, en desuso. Las
elecciones eran como trámites administrativos y los
diputados se designaban en Madrid. El sistema de Cánovas
-la gobernación del Estado por una minoría culta,
ungida sólo aparentemente por la voluntad popular-
logró el éxito que su inventor apeteciera. La
tranquilidad reinó en España.
De esta somnolencia despertó el país al estampido
tremebundo del trueno. La tempestad estallaba en el
extremo occidente. La interminable guerra de Cuba
terminaba al fin, con la ruina del imperio colonial
español en la América del centro. La guerra con los
Estados Unidos puso colofón trágico a la pérdida de
las últimas colonias americanas. España se estremeció
de angustia y de dolor. Mientras los españoles dormían,
arrullados por la voz melodiosa de Cánovas, el destino,
siempre vigilante, había continuado su marcha. La
tragedia de América sorprendió a los españoles,
sacudió violentamente sus almas amodorradas y,
llamándolas de nuevo a la realidad, les obligó a
reflexionar sobre sí mismos, sobre España y sobre el
destino de la hispanidad. En este momento se inicia la
revulsión espiritual de España, cuyas consecuencias
más recientes son el actual triunfo del nacionalismo
bajo la dirección del generalísimo Francisco Franco.
1898. Como siempre sucede en la
historia del alma española, la derrota fue estímulo de
nuevos bríos y de ansias renovadas. La desgracia abrió
los ojos de los españoles que, mirándose a sí mismos,
se hallaron exhaustos y pobres de presente, pero
henchidos de glorioso pasado y rebosantes de ambición
para el futuro. El año fatídico de 1898 devolvió a
España la conciencia de su propio ser y estado; y con
ella la confianza inquebrantable en su destino. Dos
aspectos fundamentales caracterizan este momento solemne:
por un lado la conciencia de que España necesita
recobrar su «forma», restablecer su estructura,
enderezarse en una actitud resueltamente española,
encontrar, en suma, la figura que corresponde a su
íntimo ser; por otro lado, la confianza de que esta
refección es posible, es segura y no depende sino de un
esfuerzo que la nación puede hacer, porque quiere
hacerlo. La más poderosa contribución a este
restablecimiento de la confianza en sí misma, débela
España al talento singular de Marcelino Menéndez y
Pelayo. Este historiador y literato insigne mostró a los
españoles lo que habían sido; y de este modo les ayudó
a creer en sí mismos y en lo que podían llegar a ser de
nuevo. Escudriñando en el pasado de España, Menéndez y
Pelayo hizo desfilar ante los ojos de los españoles la
procesión inmortal de sus más altas glorias en las
letras, en las ciencias, en la teología, en el arte, en
la política. Así habéis sido -les dijo- juzgad por
ello lo que podéis volver a ser. Con razón el
movimiento nacionalista español reivindica en la
actualidad, como una de sus figuras precursoras, la alta
cumbre de Menéndez y Pelayo que infundió en los
corazones de España la condición primaria de todo
esfuerzo eficaz: la confianza, la fe, la seguridad en el
poder de creación.
A partir de 1898 las señales del fuego que ardía en el
alma nacional, siguieron multiplicándose en todas las
direcciones. Fue primero el descubrimiento de España por
los españoles Antes, los españoles cultos sentían por
su propia patria un sentimiento extraño, mezcla de
conmiseración y de vergüenza. Hablábase de la
incultura, de la incapacidad, de la indocilidad.' Ahora
ya este sentimiento patológico desaparece y deja el
puesto a una curiosidad insaciable hacia todo lo
español, a un amor exquisito a las manifestaciones más
simples y puras de la hispanidad. Azorín, Baroja,
Ganivet, Unamuno, la generación llamada del 98, se
sumerge en la España eterna, en sus campos y aldeas, en
las callejas y en los palacios, en las ermitas y las
iglesias, en los viejos escritores, en las historias del
pasado, en las almas de los humildes y de los grandes.
Todo ese inmenso caudal de formas concretas y abstractas,
que en el suelo de la Patria y en la historia
multisecular del pueblo han dejado los gérmenes
creadores de la hispanidad, queda ahora incorporado a la
vida presente, ofrecido en pasto espiritual a los
lectores ávidos de españolismo. La generación del 98,
a la zaga de Menéndez Pelayo, descubre España en el
tiempo y en el espacio; y ese descubrimiento se plasma en
las tres emociones características del dolor, del amor y
del afán. El dolor, sí; porque, como dijo Unamuno,
España duele, les duele a esos hombres, en el fondo de
su corazón, cuando comparan lo que es con lo que fue y
con lo que puede y debe volver a ser. Pero si España
duele es porque es España, nuestra España. El dolor de
España es corolario del amor a España. En cada línea
de Azorín, de Unamuno, de Baroja, de Ganivet, de Ortega
y Gasset y de tantos otros hombres, que eran jóvenes en
esa época, palpita, como un temblorcillo apenas
perceptible, el intenso amor a la patria doliente. Para
ellos España es una pura llaga, un cuerpo tundido, que
pide a gritos su salvación, su restablecimiento, su
encumbramiento, su gloriosa ascensión. El dolor por amor
se expresa empero en el afán: aspiración a un cercano
porvenir de gloria hispánica. Nunca como en esa época
de 1900 ha sido tan íntimo, recatado y auténtico el
patriotismo de los españoles. En el recóndito ápice de
su alma, no había un español que no sintiera la
gravedad de su destino, la responsabilidad formidable,
que a cada cual incumbía por el hecho de detentar una
parcela de ese tesoro inextinguible que es la hispanidad.
Hacia 1900, la consigna secreta de las almas era: España
tiene que «volver a ser» lo que ha sido.
En dos direcciones -la espiritual y la política-
manifiéstase claramente este afán de renovación
nacional española.
Dirección espiritual. La tácita
consigna en el orden espiritual fue la de elevar las
producciones, las creaciones españolas, al más alto
nivel a que pudieran llegar las de cualquier otro país.
Y cuando se contempla retrospectivamente la grandeza del
esfuerzo realizado, en estos últimos cuarenta años, es
de pura justicia proclamar que la espiritualidad
española ha dado en ellos muestras de la más aquilatada
fecundidad. Los éxitos han sido cuantiosos y depurados.
Con un afán callado, pero de imponente trascendencia, el
clero español ha elevado infinitamente el nivel de su
cultura personal y de su eficacia religiosa. La fe, que
en nuestra España católica, se identifica con la patria
misma, ha ido en progresión creciente, robusteciendo su
consistencia con una elevación intelectual y moral,
visible aún a los ojos de los prevenidos. Innumerables
testimonios de esa elevación del clero podríamos
aducir, citando aquí a los teólogos, a los filósofos,
a los historiadores, a los filólogos que añaden
quilates de honra a la honra pura de los hábitos
sacerdotales. En el orden de la ciencia estricta, una
enumeración de los éxitos logrados por los españoles
en estos últimos cuarenta años, llenaría páginas
enteras. Vosotros, aquí en la América del Sur, los
conocéis de cerca, porque habéis visto desfilar por la
cátedra de las Culturales españolas, en Buenos Aires y
en Montevideo, figuras de tal prestigio intelectual, que
no le ceden un ápice a las de los restantes países
europeos que os envían sus más preclaros
representantes. Pero quiero citar a este propósito un
hecho conmovedor y edificante. Don Santiago Ramón y
Cajal refiere en uno de sus libros que el principal
estímulo que le empujó hacia 1a investigación
científica fué el patriotismo. Sí, el patriotismo. Don
Santiago sentía como nadie la emoción nacional. A Don
Santiago -también de la generación del 98-le dolía
España, porque la amaba; y ese amor doliente le
despertó el afán incoercible de contribuir a la
grandeza de su país. Dedicóse, pues, a la
investigación científica con el propósito esencial de
que el nombre español figurase en alto lugar en los
anales de la ciencia contemporánea. Tuvo la fortuna de
lograrlo y, en efecto, su generoso patriotismo pudo morir
satisfecho de ver el nombre de España respetado y
enaltecido en los más puros círculos de la Ciencia
contemporánea.
Mas no solamente en el clero y en el mundo científico
han alcanzado los españoles de nuestros días el lugar
honorable que su patriótico afán apeteciera, sino que
también en otros órdenes espirituales el florecimiento
ha sido intensísimo. La filología, la historia, la
historia del arte cuentan hoy los investigadores
españoles entre los primeros. Las artes plásticas, la
arquitectura, las letras, la poesía, el teatro, la
música han producido genios de vigor incomparable. Y en
este punto no puedo por menos de nombrar con el más alto
respeto y fervor a nuestro Manuel de Falla, quizá el
más grande de los músicos actuales, patriota insigne. Y
a este vuelo extraordinario de personalidades religiosas,
científicas, filológicas, literarias y artísticas
añadir, para completar el cuadro, dos hechos que
remachan el esfuerzo de rcnovación cspiritual en estos
últimos decenios: uno, la obra formidable de la Ciudad
Universitaria, que aun sin haber llegado a su término,
era ya la creación quizá más perfecta y completa del
mundo en este aspecto cultural; y otro, el imponente
progreso de la actividad editorial en España, durante
los pasados cuarenta años. En este increíble incremento
de la publicación de libros españoles no puede por
menos de contemplarse uno de los casos más conmovedores
de la historia contemporánea. Desde 1900 los españoles
se han puesto febrilmente a leer y a escribir. Dijérase
que, como Don Santiago Ramón y Cajal, resolvieron
encumbrarse sobre sí mismos y por puro patriotismo, por
puro amor doliente y afán incoercible de afirmarse como
nación hispánica, se han lanzado a la noble empresa de
elevar su espíritu para prepararlo mejor a la grandeza
de la misión que les espera en la tierra.
Dirección política. Pero este
anhelo de restablecimiento nacional, este profundo afán
de grandeza renovada, que alentaba en el alma de la
nación, encontraron su expresión más visible, tangible
y ruidosa en el orden político. La política, estupenda
caja de resonancia, amplifica -y simplifica- todo lo que
gravita en su ámbito. En la política se perciben con
claridad inequívoca los profundos rumores del alma
nacional. Y desde 1900 el tema más hondo de la política
española es indubitablemente el nacionalismo. La
nación, que quiere «volver a ser», señala su voluntad
firme mediante la repulsa a todo lo que en política ha
sido y es vigente. La oposición enérgica constituye en
estos años la expresión de afán nacionalista. Y pronto
esta repulsa a la que estaba vigente tomó cuerpo y
adoptó una fórmula: la hostilidad a la «vieja
política». Una conferencia ilustre de J. Ortega y
Gasset -Vieja y nueva política- proporcionó la fórmula
clara y adecuada. Desde entonces fué la «vieja
política» el blanco de mofas y de iras. La insistente
voluntad nacional era en esto tan resuelta, que puede
decirse que todo el programa de la conciencia pública
consistió en la negación rotunda de los usos viejos y
caducos. En efecto, toda honda aspiración colectiva
empieza por negar lo que justamente pretende superar; y
en esa negación es en donde posteriormente encuentra
acaso elementos para una construcción positiva y
afirmativa. Así sucedió con el nacionalismo español.
Los españoles, desde 1900, repudian la vieja política
(faz negativa); ensayan sucesivamente nuevas formas, que
van rechazando una tras otra, justamente porque no son en
realidad nuevas y no están en profunda conformidad con
la esencia histórica nacional. Ahora, en estos momentos
de extremada exaltación nacional, es cuando quizá
definitivamente se esté tejiendo la tela y cosiendo el
traje, que la hispanidad anhelaba para sí desde hace
tanto tiempo.
En tres agrupaciones políticas condensóse desde 1900 la
repulsa a la vieja política, es decir, el anhelo
nacionalista español: la agrupación política formada
en torno a D. Antonio Maura, el partido regionalista
catalán y el partido republicano. Estos tres grupos
políticos tenían un elemento común; compartían los
tres con la voluntad nacional el empeño de renovación,
y proclamaban su hostilidad a la «vieja política». Por
eso fueron los únicos que tuvieron en el país verdadero
arraigo. Los otros, el partido conservador canovista, el
partido liberal, despedazado en fracciones, seguían
practicando la ya caduca política de ficción
adormecedora, con que Cánovas había mantenido la paz
del durmiente en España. La opinión pública
resueltamente se apartaba de lo viejo y favorecía con su
asistencia a los que, como ella misma, proclamaban
también su voluntad de renovación total.
Don Antonio Maura, el hombre político de mayor enver-
gadura que España ha tenido en este período previo del
nacio- nalismo, fué el único que llegó a vislumbrar
una forma, la «forma» que España anhelaba sin
conocerla aún. Su frase famosa: «la revolución desde
arriba», contenía efectivamente los elementos positivos
de la política renovadora, que la nación obscuramente
quería. Don Antonio Maura acertaba en dos cosas: en
apelar directamente a la Nación, ya consciente de sí, y
en proponerle una actividad política completamente
nueva, orientada en el sentido de la autoridad y del
orden jerárquico. Ambas cosas, claramente expresadas en
la breve fórmula de la «revolución desde arriba»,
constituyeron la esencia más pura del partido maurista y
la verdadera razón de su arraigo y eficacia
indiscutibles. Por desgracia, un último residuo de
confusionismo quedaba en la mente de Maura, un residuo
extraño de adhesión al régimen exótico de la
democracia parlamentaria, que contradecía en realidad
todo el propósito fundamental. El fracaso del maurismo
fué debido a esta obscuridad y contradicción. Don
Antonio Maura creía en el voto popular e implantó por
ello el sufragio obligatorio; creía en las discusiones
parlamentarias y tuvo las Cortes constantemente abiertas.
Se hizo la ilusión de que la clase media -generalmente
abstencionista en los comicios- iba a proporcionarle la
base necesaria para emprender, desde el gobierno mismo,
es decir, desde arriba, la renovación necesaria, sin
menoscabar (y aun depurándolo) el régimen
parlamentario. Este fué su error fundamental. Porque el
régimen parlamentario mismo era, en el fondo, lo que los
españoles repudiaban bajo el nombre de «vieja
política». Perduraba en don Antonio Maura la misma idea
falsa que en todo el siglo XIX, el propósito de vestir
la nación española con un ropaje confeccionado en
París o en Londres.
En un error semejante incidió el
regionalismo catalán que, en muchos puntos, mantenía
grandes afinidades con el maurismo. El regionalismo
también acertaba en dos cosas: en apelar a la realidad
nacional y en buscar un punto de apoyo en el aspecto
localista y regionalista, efectivamente fuertes en el
cuerpo de España. Pero erraba, como don Antonio Maura,
al conservar la confianza en el régimen parlamentario,
en en el sufragio popular. Erraba además - y este yerro
fué el más grave de todos- al cultivar el regionalismo
exclusivamente en Cataluña, exponiéndose, como en
efecto sucedió, a estimular fuerzas perversas y
anormales, conducentes a convertirlo en separatismo.
Cuando el regionalismo por fin se dió cuenta de este
peligro, ya era tarde. El daño estaba hecho; y la
esencia de la hispanidad pura habiáse ya concentrado en
resuelta y vigorosa oposición a todo movimiento
regionalista.
El partido republicano tuvo indudable arraigo en la
opinión. Representaba -como el maurismo y el
regionalismo- la ruptura con la vieja política.
Coincidía con el anhelo nacional de otra España, de una
España vivaz, alerta, enérgica, activa. Compartía con
el maurismo y el regionalismo catalán la idea de renovar
la política, la oposición al opio canovista y la
exigencia de apelar directamente a la voluntad nacional.
Pero también y más que los dos partidos ya citados,
cifraba el republicanismo su fe en la eficacia o virtud
de la forma parlamentaria y democrática, en el sufragio,
en las elecciones, en los comicios electorales, con toda
la secuela de comités, mítines y manifestaciones de
propaganda. En realidad, la voluntad nacional no le
acompañaba en esto; y la mayor parte de los políticos
republicanos fueron bien pronto englobados por la
opinión pública en el despectivo término de: «vieja
política». La ideología republicana, que coincidía
con la maurista en la palabra revolución, concebía
ésta como una revolución «desde abajo», es decir, lo
más opuesto al sentimiento íntimo de la nación
española. En esta palabra de revolución había un
gravísimo equívoco que nadie entonces percibió, o si
alguien lo percibió, no intentó siquiera disiparlo.
Para Maura, revolución significaba renovación; y por
eso la quería y planeaba desde arriba. Para los
republicanos, revolución significaba trastrueque, es
decir el gobierno confiado a los de abajo. La confusión
aquí reinante necesitó para desvancerse los años de
dura experiencia que después vinieron. Hoy pueden limpia
y claramente analizarse sus términos. Don Antonio Maura,
que aspiraba a renovar la nación, comprendía bien que
la «forma» nueva tenía necesariamente que ser
autoridad y jerarquía, es decir «desde arriba». Pero
entonces hubiera debido prescindier del parlamentarismo y
de la democracia electoral. La confusión maurista
consistió pues en unir términos realmente
inconciliables. Los republicanos por su parte proclamaban
querer la revolución auténtica, es decir, el
establecimiento de un gobierno popular, sin las ficciones
de Cánovas. Pero entonces hubieran debido procurarla
«desde abajo»; y a esto no se resolvían de ningún
modo, porque comprendían muy bien la imposibilidad de
tal empresa y los peligros formidables que para la
existencia misma de la nación entrañaría el solo
intento de efectuarla. La contradicción interna del
maurismo estribaba pues en la incoherencia entre el fin
propusto -revolución desde arriba- y los medios
escogidos -régimen de sufragio y parlamentarismo-. En
cambio, la contradicción de los republicanos consistía
en la incoherencia entre las ideas que proclamaban
-revolución política desde abajo- y la conducta que
seguían -cuidadosa evitación de todo esfuerzo verdadero
por realizar esa revolución.
Así pues, en los años entre 1900 y 1923, la vida
política española ofreció la imagen de una
descorazonadora confusión en los dirigentes, mientras el
país sentía cada vez más profundo el odio y el
desprecio hacia la politiquería reinante. La voluntad
nacional era clara y robusta; oponía un rotundo no a la
«vieja política», a la política heredada de Cánovas;
escuchaba con placentero asentimiento a todos los que, de
un modo o de otro, formulaban con él esa repulsa;
aplaudía la fórmula maurista de la revolución desde
arriba. Pero repudiaba el parlamentarismo, las
elecciones, los comités políticos; y viendo que todos
los partidos, incluso los que más afines parecían a los
afanes profundos de la nación, proseguían en la
práctica estéril de los comicios y de las tareas
parlamentarias, llegó a englobar en su repulsa a toda la
política, sin excepción alguna, incluyendo a mauristas,
republicanos y regionalistas catalanes. La nación, más
pespicaz que los hombres públicos, sentía muy bien que
ninguna de las «formas» exóticas, propuestas por los
partidos, le era realmente adecuada. Y entonces vino la
dictadura del general Primo de Rivera.
La Dictadura. La dictadura fué
acogida con júbilo inmenso por todo el país. La nación
puso en ella todas sus esperanzas. El acto de Primo de
Rivera ya no fué un «pronunciamiento», sino la
realización de un anhelo nacional, hondamente sentido
por los españoles sin excepción. Al fin había llegado
el momento de barrer la nefanda política vieja. Al fin,
iba a poder hacerse la revolución desde arriba, esa
renovación espiritual y material, ansiada desde la
pérdida de las colonias. Al fin, iba la nación a
encontrar su «forma» propia y a caminar por las anchas
vías del encumbramiento histórico. Todo el mundo,
incluso los republicanos, incluso los socialistas,
colaboró francamente en la obra de la dictadura. Y no
pocas personas recordaron entonces las frases solemnes
que, en un discurso famoso, pronunciara Castelar, muchos
años antes, diciendo que ante el sentimiento
nacionalista renunciaría al liberalismo, a la democracia
y a la república.
Si el general Primo de Rivera hubiera poseído las dotes
geniales de un auténtico hombre de Estado y conductor de
pueblos, España se habría adelantado al mundo en el
hallazgo de una forma de vida política, congruente con
la esencia de su nacionalidad. Por desgracia, el general
tenía mejor voluntad que medios. De la empresa que el
destino histórico le había preparado y propuesto, sólo
percibió una parte, la parte negativa, la expulsión de
los viejos políticos, la limpieza de los establos. El
país acompañó con delirante aplauso ese gesto, que
desde más de dos decenios esperaba y reclamaba. Pero una
vez desbrozada la vía, una vez eliminada la política
vieja, era necesario dar a la nación una estructura
nueva, ofrecer a las ansias nacionales un proyecto, una
forma de vida capaz de encender los entusiasmos y de
poner las almas en esa fecunda tensión, que mira de cara
hacia el futuro. Este segundo aspecto positivo,
constructivo, de la misión que incumbía a la dictadura,
el general Primo de Rivera no logró percibirlo con
claridad suficiente. Hizo una labor magnífica de
administración y de obras públicas, merced sobre todo a
la insuperable pericia de dos hombres de primer orden,
que colaboraron en su gobierno: el conde de Guadalhorce,
que dotó a España de un perfecto sistema de carreteras,
el malogrado Calvo Sotelo que puso en pie la hacienda
nacional. Pero la perfección material de la técnica
administativa no era lo único que los españoles
ansiaban. Querían, además y sobre todo, otras
perfecciones; querían una orientación, un empujón
hacia adelante, un chispazo de espíritu crea-dor, que
los uniese a todos en la persecución de una alta
empresa; querían un jefe que les diseñase el cuadro de
la gran España futura y les llevase por los gloriosos
caminos de la vida ascendente. Y el general Primo de
Rivera no supo o no pudo ser ese jefe y caudillo. El
desencanto, la desilusión del país fué la causa
verdadera de su caída.
La monarquía. Con la caída de la
dictadura iba envuelta la caída también de la
monarquía. En realidad, la monarquía misma no era
responsable. La monarquía había contemplado, como el
país, los vanos y desorientados esfuerzos de los
partidos políticos por satisfacer las ansias nacionales.
La monarquía había contemplado, como el país, la
llegada de la dictadura. La monarquía había puesto su
confianza, como el país, en la eficacia constructiva del
general Primo de Rivera. Y, en fin, la monarquía había
sentido, como el país, la desilusión y el desencanto
ante la infecundidad espiritual de la política
practicada por la dictadura. Pero de poco podía servirle
a la institución monárquica su irresponsabilidad en el
fracaso de los políticos y del dictador. La nación,
profundamente decepcionada, al ver de continuo
insatisfechos sus más fervientes anhelos de
engrandecimiento, hubo de extender a la monarquía esa
desilusión, desconfianza y desvío, aunque en realidad
la monarquía era en esto tan víctima como el país de
la insuficiencia de sus dirigentes. Los sucesivos
fracasos de los políticos y el fracaso final de la
dictadura, debilitaron en la opinión pública la
adhesión a la monarquía, que cayó en realidad no
porque cometiera faltas, sino porque los otros no
obtuvieron los éxitos que el país esperaba de ellos. Y
así puede decirse sin paradoja que la profundidad del
sentimiento nacionalista fue la que derribó a la
monarquía; porque culpó -injustamente- a ésta de la
incapacidad de políticos y dictadores para satisfacer
sus ansias de renovación.
La República. La pura verdad es
que la República vino a España con un sentido
netamente, inequívocamente nacionalista. Vino sin que
nadie la trajera de un modo expreso. Vino porque la
nación, defraudada en sus más puras ambiciones,
englobó a la monarquía en el fracaso de toda la
política anterior. Vino sin fuerza propia y más por
debilidad y desprestigio de lo viejo que por que ella
tuviera fervientes adoradores. Lo que ha acontecido en
España el año 1931 es simplemente esto: un país lleno
ya de ímpetu nacionalista, ardiendo desde treinta años
antes, en deseos de afirmarse y de encontrar su forma
propia de vida ascendente, contempla con impaciencia los
pobres e inútiles ensayos de los políticos primero, y
de la dictadura después para abrir la vía anchurosa de
la renovación nacional; decepcionado por los fracasos
sucesivos, acepta pues el nuevo régimen republicano, que
automáticamente sobreviene, como el ensayo de algo
inédito, como otra prueba, otro intento, otra postura no
probada aún. La República era lo nuevo. El país,
seguro de la incapacidad de lo viejo y anheloso de
recobrar una «forma», tomó la República por decirlo
así a prueba, a ver si sería capaz de satisfacer los
afanes de la nación. El país quería ser, ser de nuevo
una gran nación, afirmarse en la historia. La República
estaba a la puerta. El país aceptó la República.
No con gran entusiasmo ni con unánime asentimiento.
Muchos dudaban; pero dejaron hacer. Todavía el comunismo
internacional no había extendido su garra sobre el
cuerpo de España. Todavía era posible esperar que la
República cumpliera la misión para que había sido
aceptada. La nación aguardaba, oscilando entre la
confianza y el recelo. Pero a los pocos días -digo, en
efecto, días- de establecido el régimen republicano,
empezaron a producirse los síntomas inequívocos de que
algo absolutamente nuevo, algo obscuro, tenebroso,
inesperado y al mismo tiempo, impalpable, había
penetrado en el ámbito de España. En plena y absoluta
paz y cuando aun duraba la ingenua satisfacción que todo
cambio produce, aconteció que un mismo día, a la misma
hora, trescientas columnas de humo se levantaron sobre el
suelo español. Ardían las iglesias y los conventos de
España. Este acto calculado, estudiado, minuciosamente
preparado y ejecutado con precisión cronométrica, era
el anuncio del hecho nuevo que domina la historia
española desde 1931: la intervención, la invasión de
España por el ejército de la Internacional comunista,
que tiene su sede en Moscú. Esta significación de los
incendios de iglesias en mayo de 1931 no fué entonces
percibida por todo el país. La táctica eficaz del
comunismo es embozada, tenebrosa e hipócrita. Pero lo
que cada día iba revelándose con mayor evidencia era la
incapa- cidad de la República para satisfacer los
anhelos nacionales, cuya realizacion habíase esperado de
ella. En lugar de la gran política noble, generosa, de
unidad y concordia, de entusiasmo y ascensión, que
algunos aguardaban, instauróse un régimen de recelo, de
suspicacia, de persecución, un régimen que dividía y
encrespaba las clases sociales, que vejaba los
sentimientos religiosos, que canalizaba las veleidades
del separatismo desmembrador. La República iniciaba una
obra que no sólo no respondía a los anhelos profundos
del país, sino que parecía complacerse en
hostilizarlos, atacando sistemáticamente las más
arraigadas esencias de la nacionalidad. La desilusión se
apo-deraba nuevamente de los corazones españoles. Este
sentimiento de desencanto recibió su expresión acabada
en un artículo famoso del gran escritor y filósofo
José Ortega y Gasset, quien, achacando todavía las
culpas, más a los hombres dirigentes que al régimen
mismo, manifestaba su decepción exclamando: «¡Estos
republicanos no son la República!» Pero, por desgracia,
esos republicanos eran la República; es decir, la
República iba cada, vez más, reduciéndose a esos
republica-nos. Los últimos restos de esperanza
desvanecíanse en el pueblo español. José Ortega y
Gasset se retiró por completo a la vida privada. El
país abandonaba la ilusión -en verdad nunca muy
profunda- que le había empujado a aceptar la República.
La juventud universitaria -republicana en 1930- comenzó
también a desilusionarse y a engrosar las filas de
nuevas organizaciones más prometedoras. Aconteció un
hecho sencillísimo: los españoles, que habían aceptado
la República por nacionalismo, abandonaban la República
por nacionalismo también, al ver que la República
trabajaba sistemáticamente por destruir la nacionalidad
española.
El experimento crucial. Y es que,
mientras tanto, la invasión comunista en España había
asentado definitivamente sus planes y comenzaba a
desarrollar su táctica perfecta. Hasta 1931, las
circunstancias españolas habían sido exclusivamente
españolas. España, torturada por incoercible necesidad
de afirmar y encumbrar su nacionalidad, buscaba su
«forma» a través de los regímenes diversos. España
se hacía o se rehacía a sí misma y por sí sola. Pero
en 193l, las necesidades políticas de un Estado
extranjero y las obligaciones ideológicas de una teoría
social exótica, determinaron que España fuese invadida,
sin previa declaración de guerra, por un ejército
invisible, pero bien organizado, bien mandado y provisto
abundantemente de las más crueles armas. La
Internacional comunista de Moscú resolvió ocupar
España, apoderarse de España, destruir la nacionalidad
española, borrar del mundo la hispanidad y convertir el
viejísimo solar de tanta gloria y tan fecunda vida, en
una provincia de la Unión Soviética. De esta manera el
comunismo internacional pensaba conseguir dos fines
esenciales: instaurar su doctrina en un viejo pueblo
culto de Occidente, y atenazar la Europa central entre
Rusia por un lado y España soviética por el otro,
creando al mismo tiempo a las puertas mismas de Francia,
una base eficaz para la próxima acometida a la
nacionalidad francesa. Este plan, cuya base principal era
la sovietización -deshispanización- de España, es el
que ha convertido la nación española hoy en el centro o
eje de la historia universal. Porque las circunstancias
en que se ha procurado su ejecución son tales, que su
éxito o su fracaso habría de decidir un punto capital
para la historia futura del mundo: el de si es posible o
no que la teoría política y social del comunismo
prevalezca sobre la realidad vital de las nacionalidades
y aniquile -más o menos lentamente- la división de la
Humanidad en naciones. Y así, de pronto, el problema de
España quedó elevado a la categoría de un verdadero
experimento crucial de la historia.
Experimento crucial-experimentum
crucis-llaman los lógicos modernos al que el científico
dispone en el laboratorio para decidir entre dos
hipótesis contrarias. Ahora bien, eso justamente es la
guerra española en el laboratorio de la Historia. A
partir de 1931 el Komintern despliega toda su actividad
para lograr la deshispanización de España y su
conversión en provincia comunista; es decir, para
destruir la realidad nacional en nombre de una teoría
social y política. Pero he aquí que en 1938 España,
sobre un montón de ruinas y cadáveres, planta más
firme que nunca la bandera nacional; el secular espíritu
de la patria se yergue triunfador; la unidad nacional se
ha restablecido más fuerte que jamás lo fuera. El
experimento es pues, concluyente. España acaba de
demostrar al mundo que ninguna teoría, por armada que
esté de recursos, puede destruir la nacionalidad, base
indispensable de toda vida colectiva humana. ¡Ojalá los
pueblos y los Estados sepan aprovechar la enseñanza!
Preparación. Podría quizá
argüirse que si la intervención soviética en España,
desde 1931, no ha logrado su propósito, ha sido por
deficiencias en las condiciones de su preparación y
desarrollo y que, por ello el experimento no es
concluyente. Pero a esto cabe contestar advirtiendo que,
por lo contrario, jamás en la Historia se han dado más
perfecta preparación, ni más minucioso aprovechamiento
de las circunstancias, ni más exactitud en la ejecución
de los planes invasores. Cuanto más que, en este caso,
ha habido un elemento insólito en favor de los
agresores; y es la complicidad de una parte de los
agredidos, justamente 1a parte más eficazmente poderosa,
el gobierno mismo del Estado que -a sabiendas o
ignorándolo- colaboró desde el primer instante en los
propósitos moscovitas.
En primer lugar, el momento elegido para iniciar la
intervención fué el más favorable que imaginarse
pueda. En 1931 España acababa de cambiar su régimen
político. Los anhelos insatisfechos de la nacionalidad
ensayaban la nueva forma republicana. El país estaba
inquieto, turbado, ansioso de atisbar los resultados del
cambio. La ocasión no podía ser más propicia. Los
ánimos responderían fácilmente a las más variadas
propagandas. Los gases asfixiantes de esta nueva guerra
química, que los soviets inauguraban en España,
habrían de ser singular-mente eficaces en un medio
público tan inquieto e hipersensible. Si a esta
disposición general de los espíritus se añade el
malestar económico, la carestía de la vida, más rapida
en su incremento que cualesquiera medidas encaminadas a
detenerla, el descontento de la población obrera, la
necesidad de plantear reformas fundamentales en las
relaciones de trabajo, se comprenderá fácilmente que la
propagación del virus comunista podía con suma
certidumbre prometerse éxitos contundentes.
Al acierto indudable en la elección del momento debe
sumarse también la cuantía de los recursos puestos al
servicio de la obra. Nada menos que un Estado entero, con
todos los medios que ello supone, estimulaba, favorecía
y dirigía la labor de la penetración comunista. La
acción de los soviets estaba abundantemente provista de
dinero, de hombres y de todos los recursos intelectuales
y materiales de una técnica perfeccionada. El comunismo
contaba con un ejército numeroso y disciplinado de
técnicos revolucionarios, pertenecientes a todos los
países del mundo, ejército invisible e impalpable que
se insinuaba por todos los poros, actuaba en los
círculos más diversos y llegó a dominar las voluntades
incluso de los encargados por la nación de proveer a su
gobierno y defensa. Añádase la circunstancia favorable
de existir en España desde mucho tiempo antes, un
considerable núcleo de anarquistas en Cataluña y en
Andalucía, hombres de ideología simplista y violenta,
predispuestos fácilmente a convertirse en ciegos
instrumentos ocasionales de la superior diplomacia
comunista. Con todos estos recursos y medios y con la
certera elección del momento más oportuno, dígase si
la preparación de la acometida soviética no estaba
aderezada con el máximum imaginable de garantías de
buen éxito.
Ejecución. Y no menos perfecta
que la preparación fué la ejecución del plan. En
primer lugar, la táctica empleada llegó a los extremos
de la precisión. Todo funcionó con la exactitud de un
mecanismo ajustado en todos sus puntos. Funcionó
silenciosamente. Uno de los principios esenciales y más
eficaces de la táctica comunista es el silencio. ¡No
alarmar a la futura víctima! En España la fuerza del
comunismo era, en apariencia, pequeñísima. El partido
comunista apenas si tenía diputados. El número de sus
afiliados, si se le compara con los socialistas o con los
sindicalistas anárquicos de la C.N.T., era escasísimo.
Mas todo esto constituía tan sólo una apariencia. En
realidad, el comunismo tenía en sus manos todas las
palancas, todos los resortes. Tengan mucho cuidado,
pongan mucha atención en su derredor los ciudadanos
patriotas de aquellas naciones en donde suela decirsele,
¡aquí no hay temor de nada, aquí no hay comunistas!
Tengan mucho cuidado y pongan mucha atención, que esa
inocente paz puede muy bien ser el presagio del tremendo
estallido. El comunismo trabajó en España tan
solapadamente, que casi nadie advirtió su presencia
hasta última hora; y a uno de los hombres más
perspicaces de España he oído yo decir en febrero de
1936, que la revelación de la fuerza comunista le había
dejado realmente atónito.
Esta táctica del silencio, aplícala el comunismo
mediante la invención maquiavélica -mejor diríamos
diabólica- del Frente Popular. La idea es sencillísima:
consiste en agrupar las fuerzas más o menos afines
-socialistas, demócratas burgueses y liberales
ideológicos- para utilizarlas sabiamente en provecho de
los propósitos revolucionarios del sovietismo.
Pero como no sería posible reunir a todos esos elementos
bajo un programa positivo común, dominado por la
doctrina soviética, se buscó el rodeo ingenioso de
reunirlos en una oposición, negación u hostilidad. ¿A
qué? Al llamado fascismo. El fantasma del fascismo ha
sido inventado como un foco o condensación ideal cuya
función consiste en servir de contrapolo, frente al cual
las fuerzas ingenuas de los liberales puedan sin
dificultad formar conturbenio con las astuciosas del
comunismo. Y bajo el nombre de «lucha contra el
fascismo» o «Frente Popular» ocúltase en realidad una
maniobra habilísima, encaminada a sobornar y canalizar
las actividades de muchos no comunistas en provecho
único del comunismo.
El truco ha tenido éxito; más éxito probablemente del
que imaginaron sus propios inventores. La credulidad
humana es grande; la credulidad del liberal es infinita.
Escuchad un caso: en los primeros tiempos de la guerra
civil española, un grupo de afamados escritores y
políticos ingleses suscribía un manifiesto encomiando
el régimen republicano de Madrid como asiento y paladín
de la democracia y de la libertad; ahora bien,
precisamente en esos mismos días, los suburbios de
Madrid se llenaban de cadáveres de liberales, no
conformes con el comunismo, y los más notorios
escritores españoles eran objeto de tremendas amenazas,
encaminadas a hacerles firmar por la violencia una
adhesión a ese régimen esencialmente liberal. El Frente
Popular ha sido pues -y sigue siendo en algunos países-
la careta con que el comunismo oculta y silencia sus
planes y sus actividades deletéreas. Y el día en que
llegare el triunfo completo de un Frente Popular, en
alguno de los países que todavía lo tiene, ¡ay de los
burgueses -radicales u otros- que en él figuraren,
porque la señal de ese triunfo sería su sentencia de
muerte! El comunismo no perdona a nadie; y menos a sus
propios aliados.
La táctica del sigilo, bajo la apariencia de Frente
Popular, complétase empero con la propaganda directa e
indirecta. En España esa propaganda fué perfectamente
organizada. La predicación verbal y escrita llegó a
términos verdaderamente impresionantes. No hubo aldea en
donde el agitador comunista no estuviera activa y
eficazmente entregado a su oficio. No hubo hogar en donde
no penetraran los folletos y los libros rojos. En la
feria del libro de Madrid, en donde cada gran casa
editorial presentaba su «stand» de publicidad, las
instalaciones comunistas sobresalían por su lujo y su
extraordinaria abundancia. Los medios de que la
propaganda comunista se valía eran todos los
imaginables, sin reparo moral, técnico ni material. La
palabra comunismo disfrazábase de liberalismo, de
democracia, de socialismo, de anarquismo, de
sindicalismo. La doctrina propia y peculiar del comunismo
marxista hacíase chiquita, transigía con todo, aceptaba
todo, proponía a todos la unión y el consorcio
«antifascista», segura como estaba de que al fin,
llegada la hora, sabría aniquilar a sus aliadas
ocasionales. Unas veces el comunismo cantaba los loores
de la libertad y de la democracia; otras veces atizaba
violentamente la lucha y los odios de clase, explotando
el malestar económico para encender en las almas el
encono, el rencor y las más bajas pasiones de la
envidia. A la retórica persuasiva añadía la amenaza y
la dádiva. El «Socorro rojo» distribuía dinero entre
las pobres gentes de las aldeas, haciéndoles creer que
la condición del campesino ruso era paradisíaca. A los
altos políticos del régimen republicano los gobernaba
el comunismo con una mezcla refinada de halagos y
prevenciones, de amenazas y de promesas. Por último,
consignemos también la superior maestría con que la
propaganda soviética supo manejar el ingénito
sentimiento de justicia, que palpita en las almas
humanas. La justicia en la tierra es un ideal, al que el
hombre debe acercarse lo más que pueda. Pero la
realización de ese ideal no puede nunca ser perfecta.
Ningún ideal humano se realiza en la tierra
perfectamente. Ese residuo de necesaria imperfección,
que puede y debe reducirse, supo presentarlo el comunismo
como crimen de unos cuantos. Y así excitaba las peores
pasiones, atizaba los rencores y ahondaba, con
perversidad diabólica, las diferencias necesarias en el
organismo de la sociedad.
La propaganda verbal completóse bien pronto con la
activa. De las palabras pasó el comunismo a los hechos.
La acción del comunismo en España fué desde el
principio facilitada por el consentimiento y aun a veces
la colaboración -consciente o inconsciente- de los
propios gobernantes republicanos. En una sola fórmula
puede resumirse el sentido total de la actividad
comunista: destrucción de la hispanidad. Las esencias
más puras de la nación española fueron violentamente
atacadas en sus tres frentes principales: la religión,
la unidad de la patria, la unidad del cuerpo social. Ya
hemos hablado de 106 incendios y destrucción de iglesias
y casas religiosas en 1931. El hecho se repitió en 1936,
pocas semanas antes de estallar la guerra civil. A
ciencia y paciencia de las supremas autoridades del
país, volvieron en Madrid a levantarse las negras
columnas de humo. Y, ¿qué decir de la serie innumerable
de vejaciones a sacerdotes y a seglares religiosos? La
República expulsó a Cristo de las escuelas, prohibió
la enseñanza de la religión, expurgó cuidadosamente el
magisterio nacional, hasta dejarlo reducido a los solos
propagandistas del comunismo ateo. Y el presidente Azaña
se atrevió cierto día a proferir la enormidad de que
«España había dejado de ser cristiana».
En el orden de la unidad patria, la República -instigada
por el comunismo- favoreció cuanto pudo las tendencias
separatistas en Cataluña, en el País Vasco, en Galicia.
El ideal era
al parecer- fomentar igualmente la desmembración
nacional en otras regiones, en Andalucía, en Castilla
misma, en Levante. Dijérase que la hora de la
dispersión había sonado para España y que la vieja
piel de toro, solar venerable de la hispanidad eterna,
iba a convertirse en un mosaico de republiquillas
soviéticas-socialistas.
Esa desmembración de España en el espacio, iba comple-
tándose en otro sentido por una desmembración o
desarticu- lación semejante en el orden social. El
comunismo y sus aliados se esforzaban por mantener
encendida constantemente la lucha de clases, el odio
entre los grupos sociales. Sucedíanse, sistemáticamente
escalonadas, las huelgas de pura táctica y ejercicio,
destinadas a mantener en jaque la unión del cuerpo
colectivo hispánico. A las huelgas añadiéronse
pequeñas sublevaciones locales de carácter comunista y
aun anárquico, atizadas por el comunismo. Cundía y
cultivábase cuidadosamente el denuesto, el insulto, la
insolencia. Por las carreteras grupos de hombres pedían
para el «Socorro rojo» con armas en la mano y en
términos tales de exigencia, que más parecía aquello
exacción ilegal y violenta que petición normal. En fin,
el ensayo general revolucionario de 1934 dió la pauta de
lo que quería y de lo que se esperaba lograr. Queríase
y esperábase la desmembración de España, la
revolución campesina y obrera, el establecimiento de los
soviets en la península, la aniquilación de la
hispanidad y de la nación española, la transformación
de la tierra hispana en provincia soviética y el triunfo
monstruoso de los que gritaban ¡Viva Rusia! por las
calles de Madrid.
Fracaso del marxismo. Y sin
embargo, a pesar de que la preparación, la técnica y la
ejecución del intento fueron llevadas a cabo con las
máximas garantías de éxito; a pesar de las
circunstancias excepcionalmente favorables -entre ellas
la ya aludida complicidad de los dirigentes
republicanos-; a pesar de todo eso, España y la
hispanidad se han salvado. La nación, al darse cuenta de
que se pretendía asesinarla, ha reaccionado del modo
más espléndido. Agrupándose en torno del ejército, ha
puesto en tensión todas sus energías de resistencia, de
afirmación, y ha logrado la victoria. La victoria no
sólo en los campos de batalla, sino en la obra
magnífica de reconstrucción nacional, que,
paralelamente a la reconquista, se prosigue en las
pacíficas o pacificadas regiones del interior. Ahora
todos esos afanes de casi medio siglo, todas esas
aspiraciones cruelmente defraudadas desde 1898, están
encontrando su «forma» netamente española . El
movimiento nacionalista actual no es sino la conclusión
del movimiento nacionalista iniciado en 1898, a raíz de
la pérdida de las colonias. Conclusión y al mismo
tiempo triunfo y pleno desenvolvimiento; porque ahora, en
la prueba de fuego, aquilatada por el esfuerzo, el
sacrificio y la muerte, es cuando la emoción nacional y
patriótica española puede ya encontrar su forma
definitiva y vivaz, que conduzca la Patria a los más
altos destinos.
La guerra de España ha sido, pues, un experimento
histórico concluyente. La derrota del comunismo en
España -a pesar de que éste tenía todos los triunfos
en su juego- significa la decisión experimental entre
las dos hipótesis contrarias. Y la decisión es ésta:
ninguna teoría -el comunismo no es sino una teoría, y
falsa por añadidura- puede prevalecer contra una
auténtica realidad nacional. El fracaso del marxismo se
producirá siempre que la mera doctrina se contraponga a
la realidad vital de una nación. Es imposible
desnacionalizar a una nación que verdaderamente lo sea.
El loco empeño de los doctrinarios armados podrá
acumular ruinas y amontonar cadáveres; podrá destruir
las cosas construídas. Pero no podrá jamás extinguir
el nacionalismo que no es ni teoría, ni cosa, ni
naturaleza material, ni construcción hipotética del
intelecto, sino la realidad misma, la categoría
ontológica primordial de la vida humana colectiva. El
marxismo fracasó en España no porque haya tenido menos
fuerza que el nacionalismo, ni porque haya planeado su
agresión defectuosamente, ni porque la haya preparado y
ejecutado mal; no. Por el contrario, el marxismo en
España duplicaba, triplicaba, decuplicaba su fuerza con
los recursos infinitos del poder soviético invasor;
planeó, preparó y ejecutó su intento con la máxima
perfección imaginable. El marxismo fracasó en España
porque necesariamente tenía que fracasar; porque el
marxismo necesariamente tiene que fracasar cuando ataca a
una nacionalidad verdadera y auténtica. Las teorías no
son eficaces más que aplicadas a las «cosas»; y sólo
cuando el hombre ha degenerado hasta convertir su
humanidad en mera materia animal, es cuando una teoría
puede manejarlo. No es difícil vaticinar que Rusia misma
volverá a recobrar su esencia nacionalista algún día,
quizás próximo; o dejará de existir en otra forma que
la de una inmensa estepa surcada por rebaños y pastores.
La doctrina marxista. La doctrina
marxista se funda en dos postulados teóricos,
radicalmente falsos: el materialismo histórico y el
antinacionalismo. El materialismo histórico interpreta
el pasado, la historia. El antinacionalismo preforma
absurdamente el porvenir de la vida humana. Según el
materialismo histórico, todas las manifestaciones de la
vida humana (costumbres, pensamientos, arte, filosofía,
religión, derecho público, derecho privado, política,
administración y aun la ciencia misma), son reflejo de
las condiciones económicas, materiales en que viven los
hombres de cada época. Para el materialismo histórico
un pensamiento, una emoción, un afán colectivo es
siempre el índice de los apetitos materiales o de las
dificultades económicas del grupo, que concibe ese
pensamiento, siente esa emoción o acaricia ese afán.
Así el amor a la libertad es ante todo el deseo del
burgués de sujetar a su servicio al proletario, el
liberalismo constituye la política dimanante del
capitalismo. Así también el amor patrio, el sentimiento
de la nacionalidad, se interpreta como afán egoista de
mantener un orden de unidad nacional y social, que sólo
aprovecha a los de arriba. De esta suerte, nada en la
Historia ha sido sagrado, valioso, santo. Todo queda
maculado por la vileza del interés que -consciente o
inconscientemente- se insinúa, según el marxismo, aun
en las más abnegadas y heroicas formas de la vida.
La falsedad, la arbitrariedad, el satanismo de esta
teoría quedan bien a la vista tan pronto como la
doctrina se reduce a fórmulas claras y sencillas. Según
ella todo lo que llamamos cultura no es sino la
superestructura brillante con que una clase dirigente
oculta sus apetitos y sus intereses. El origen de esta
tesis es bien claro: hállase en el resentimiento, en la
envidia, en el odio, en el rencor. El materialismo
histórico es la concepción biliosa de la historia.
Esa concepción -que explica todo lo grande y bello
producido por el hombre, como hipócrita ocultación de
las bajezas y peores vilezas humanas- conduce
lógicamente al segundo postulado del marxismo, esto es,
al antinacionalismo. Los marxistas dicen: borremos las
diferencias entre los hombres, no sólo las de clase y
cultura, sino también las nacionales, que no son sino
encubrimiento de intereses locales o de grupos;
desaparezcan las naciones; formemos una Humanidad única
y uniforme; borremos los vestigios del pasado
particularista, para vivir todos mejor y realizar todos
por igual la esencia y naturaleza humanas.
Pero a tales insensateces cualquier persona algo avisada
por la historia y la filosofía contestaría en seguida:
Eso que el marxismo pretende ni es posible, ni es
deseable. La división de la Humanidad en naciones, la
diversidad humana, no sólo no es un estado de cosas
deplorable, que convenga superar, sino que, por el
contrario, constituye la forma misma de la existencia y
la base indispensable para todo aumento y progreso de la
vida sobre la tierra.
Esencia de la nacionalidad. Pues:
¿qué es una nación? En la masa de una nacionalidad hay
sin duda muchos elementos diversos. Hay cierta unidad de
raza y de sangre. Hay también unidad de idioma. Hay
asimismo unidad de habitación y de convivencia, sociedad
nativa. Pero ninguna de esas «cosas» constituye la
verdadera nacionalidad. La nación no es naturaleza; y ni
la biología, ni la linguística, ni la geografía dan
cuenta íntegra y exhaustiva de lo que es la nación.
Todo eso: la sangre, la raza, el habla materna, la tierra
que nos vió nacer, está en la nación, en nuestra
nación; y a ello va nuestro amor más puro. Pero nada de
eso es la nación. Nuestro amor a la patria, que
efectivamente se posa en todas esas «cosas», trasciende
también de todas ellas. Mira desde el presente al
porvenir. Construye una imagen de nuestra nacionalidad y
no está sólo en el pasado y en lo presente, sino que
prolonga lo pasado y lo presente en la hilera de los
años y los siglos por venir. Esa imagen de la realidad
nacional, superior al tiempo y a la naturaleza misma, esa
modalidad del ser humano que es el ser español, eso es
la nación. La nación es un estilo de vida.
Cuando un grupo de hombres que viven juntos se siente
profundamente animado por el afán -más o menos
consciente y explícito- de imprimir a sus vidas, a sus
actos, a sus producciones, una determinada modalidad
característica, que los diferencia de otros grupos
humanos, entonces forman una nación. Nación es, pues,
unidad de estilo en vida colectiva. Decir que España es
una nación equivale a decir que es un estilo. España no
es sólo lo que España ha hecho, sino ante todo y sobre
todo, el estilo hispánico que ha impreso en todo lo que
ha hecho y ha de imprimir en todo lo que haga. ¿Qué
tienen de común el Cid, los conquistadores, los Tercios
de Flandes, los guerrilleros de la Independencia con el
Quijote, los cuadros de Velázquez, el Escorial, el
misticismo religioso, las estatuas de Alonso Cano? Tienen
de común el estilo. La nación española, en su esencia,
no es ni una determinada sangre, ni un determinado
idioma, ni un territorio, sino la modalidad o estilo que
en su sangre, en su idioma, en su territorio, en sus
actos todos, en su vida entera, vienen imprimiendo desde
hace muchos siglos unos hombres que han vivido
principalmente -no únicamente- en la península
ibérica. La nación española es pues la hispanidad; es
decir, no una «cosa», sino la manera especial de ser de
las cosas españolas, de las obras, de los hechos, de los
actos españoles, incluso los errores, incluso los
crímenes. Y lo mismo exactamente puede decirse de la
nación italiana y de la inglesa y de la francesa y de la
alemana y de cualquier otra nación que auténticamente
lo sea.
Ahora bien, eso que llamamos «estilo» constituye la
forma peculiar del ser humano a diferencia del animal. En
efecto, vivir, para el animal, significa ejecutar una
esencia fija, determinada, prescrita por las leyes
naturales biológicas. El animal es mero ejemplar de una
especie definida. El hombre en cambio posee la libertad
-y la tremenda responsabilidad- de hacerse a sí mismo su
propia vida. El hombre, para ser hombre, necesita
inexorablemente proponerse ser tal o cual tipo de hombre;
y para lograr su propósito ha de hacer con la naturaleza
(dentro y fuera de sí mismo) tales o cuales cosas. La
vida del hombre es propia creación del hombre, mientras
que la vida del animal es simple ejecución de un
programa redactado de antemano por la naturaleza. Por eso
a la vida humana le es esencial el tener estilo. Sin
diversidad de estilo en la historia no habría humanidad.
O dicho de otro modo: la variedad de las naciones en el
orbe es la condición misma de la existencia de la
Humanidad. No hay humanidad sin humanidades, esto es, sin
naciones.
Los que aspiran a borrar las diferencias entre los
distintos tipos humanos, entre esos diversos estilos de
vida, que son las naciones, propónense pues, un fin que
no sólo es imposible de realizar, sino además
monstruoso y casi diríamos satánico. Porque una
Humanidad en donde no existieran las diversidades,
habría dejado de ser humana y se habría convertido en
pura animalidad. Si la infinita riqueza de formas, modos
y estilos que el hombre crea, desapareciera de nuestra
existencia, la vida humana se reduciría a la repetida
ejecución por todos los hombres de un módulo
invariable, es decir, a los términos mismos con que
hemos definido la vida animal.
El nacionalismo no es, pues, una teoría que se pueda
discutir, aceptar o rechazar. Es la realidad misma de la
vida humana. Teoría en cambio es el antinacionalismo
marxista; y teoría a cuya falsedad radical se añade el
vicio de un origen impuro y satánico, que arraiga en
odio y resentimiento. Colocados ante las diversidades
nacionales e individuales, hay por lo visto, hombres que,
en el fondo de sus almas, no las pueden tolerar. Su
actitud repulsiva y destructora no admite, empero, otra
explicación que la siguiente; o piensan: tú eres mejor
que yo y debes renunciar a tu superioridad para que
seamos iguales; o piensan: yo soy mejor que tú y
renuncio a mi superioridad para que seamos todos iguales.
En el primer caso, envidia y resentimiento. En el segundo
caso, orgullo y satanismo. En ambos casos, negación,
destrucción, nivelación por abajo, uniformidad en lo
inferior, es decir, animalidad y barbarie. El bolchevismo
es el peor enemigo de la civilización humana. Mas por su
propia consistencia resulta a la larga inocuo; porque su
teoría contradice demasiado la realidad de la vida, para
poder sustituirse a ella. Pero mientras tanto, puede
ocurrir que, para defenderse contra los ataques de la
vesania comunista, una nación necesite concentrar sus
fuerzas y desplegar todas sus energías sobre montones de
ruinas y ríos de sangre inocente. Esto es lo que le ha
sucedido a España.
Pero las ruinas se reparan y la sangre se reproduce
pronto, cuando la esencia nacional, el estilo de vida se
ha salvado. La hispanidad hállase hoy más fuerte que
nunca. Los años en que el nacionalismo español buscaba
anheloso una forma en que plasmarse, tocan ya a su
término. La nación está en temple. Pueden esperarse de
ella legítimamente grandes cosas. Por de pronto acaba de
realizar una hazaña que se empareja con las altas
misiones que sucesivamente la historia le ha encomendado
en el pretérito. España salvó antaño la cristiandad
de las acometidas árabes y durante siglos fué el
baluarte vivo que permitió a Europa respirar tranquila.
Más tarde abrió las puertas de Occidente, lanzó a sus
hombres por el mundo entero y enseñó a los pueblos lo
que es y lo que puede ser el Estado moderno. Ahora acaba
de resolver por experiencia dolorosa, en su propia carne,
el gran problema de ser o no ser, que se plantea a la
Humanidad futura. España ha merecido bien del mundo.
¿Qué porvenir le está reservado? En la coyuntura del
momento presente, con todas sus energías en plena
actividad, con un temple magnífico y desembarazada de
los obstáculos exóticos, que el siglo XIX sembró en su
camino, las perspectivas de España son grandes,
incalculables. A los españoles les están permitidas hoy
todas las ambiciones.
* Publicamos la casi desconocida conferencia El
nacionalismo español, pronunciada en Montevideo el
24-V-1938, nunca incluida en libro, ni tampoco en el
volumen de Escritos (1983) y, no mencionada en la
excelente Bibliografía de García Morente (1998) de G.
Díaz.
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