LIBROS: Manuel
Azaña y la guerra de 1936
Suárez Verdeguer, Federico: Manuel Azaña y la guerra de
1936, ed. Rialp, Madrid 2000, 280 págs.
El profesor Suárez Verdeguer es uno de los más
eminentes especialistas actuales en la historia de
España contemporánea. Su método, que expuso en un
libro teórico, es respeto a los hechos probados y
renuncia a la politización, es decir, a la crónica
sectaria, ahora dominante. Por eso, en sus trabajos de
investigación no se encuentran ni epítetos
altisonantes, ni descalificaciones, ni panegíricos. En
este su último libro presenta un perfil de Azaña y un
análisis de las causas inmediatas de la guerra civil.
Azaña (1880-1940), oscuro funcionario que se consagra a
la política cuando cuenta 45 años, se escondió
después del fracaso de la rebelión de Jaca y, como
escribió Alcalá Zamora, "reapareció el 13 de
abril a recoger su parte del botín de la victoria por la
cual nada o casi nada había hecho o arriesgado".
Era un hombre sin coraje y con una vanidad que le llevaba
a despreciar a todo el mundo: en sus memorias raro es el
nombre que no aparece entre desdeñosas invectivas.
Ultimamente ha tenido panegiristas como el excomunista
Santos Juliá y tambien el actual presidente del
Gobierno, mal informado, pasó por un corto periodo de
culto azañista. Suárez divide la trayectoria de Azaña
en varios periodos y se propone estudiarlo no por sus
palabras, sino por sus hechos.
Azaña en el poder (14-IV-31 a IX-33). Según el autor,
esta etapa se caracteriza por un "clima de desorden
y falta de autoridad" con la persecución religiosa,
los muertos de Casas Viejas, y la despótica ley de
Defensa de la República. Según el balance efectuado por
el diputado Díaz del Moral este periodo es de
"fracaso". Según Suárez, la concepción de
Azaña sobre la República era "una abstracción que
nada tenía que ver con la realidad".
Azaña en la oposición (IX-33 a II-36). Derrotado en
Madrid, Prieto le dió un acta de diputado en Bilbao.
Republicanos y socialistas no supieron perder y, como
confiesa Alcalá Zamora, le fueron propuestos tres golpes
de Estado, el último apoyado por Azaña. Revoluciones de
Asturias y de Cataluña en octubre de 1934, esta última
con la complicidad de Azaña, quien, además, favoreció
una rebelión en Portugal. Suárez analiza los tan
elogiados discursos en 1935 que califica de
"endebles". Como proclamó el íntimo amigo y
cuñado de Azaña, C. Rivas Cherif, "el mitin de
Comillas fue señal grandiosa del Frente Popular".
Azaña crea el Frente Popular (II-36 a VII-36). Todos los
esfuerzos políticos de Azaña se concentran en aliarse
con socialistas y comunistas para configurar un frente de
izquierdas, incluidos los sindicatos UGT y CNT. Aunque el
manifiesto, suavizado por su principal redactor, el
moderado F. Sánchez Román, no era muy radical, los
programas y proclamas de comunistas y socialistas eran
revolucionarios: creación de una milicia civil,
nacionalización de la tierra y la Banca, anulación de
todas las leyes votadas por el anterior Parlamento,
depuración del ejército, clausura de centros de la
oposición, etc. El periódico oficial,del
Psoe,escribía: "estamos decididos a hacer en
España lo mismo que se ha hecho en Rusia". Los
comicios de 1936 presididos por Azaña, fueron según J.
Plá "pucherazos de una envergadura nunca
vista" y, según el autor, "descarada
falsificación de las elecciones". El 17 de marzo
escribe cínicamente Azana: "van más de 200 muertos
desde que se formó el Gobierno y he perdido la cuenta de
las poblaciones en que han quemado iglesias",
"vamos cuesta abajo". Según Suárez, "la
autoridad había desaparecido en todas partes".
Alcalá Zamora describiría "el estado de terror en
que vivía el país". Finalmente, la maniobra
azañista para destituir a Alcalá Zamora y nombrarse
Presidente de la República.
Azaña durante la guerra civil (VII-36 a V-39). Por
primera vez en Europa occidental Azaña incorpora al
Gobierno dos comunistas (J. Hernández y V. Uribe) y los
sovietófilos F. Largo Caballero como Presidente, y J.
Alvarez del Vayo. En diez mil cajas se traslada el oro
del Banco de España a Rusia, aunque Azaña dice que no
se enteró. Huye a Barcelona y escribe: "Cataluña
está en plena disolución" (20-V-37). Nombra
presidente del Gobierno a J. Negrín en quien pone
grandes esperanzas, pero pronto las pierde. Escribe que
protesta contra 45 condena a muerte cuyas sentencias
firma, y se lamenta: "desde noviembre de 1936 soy un
presidente desposeido" (15-IV-38). Finalmente,
reconoce: "ha desaparecido el Ejército"
(l5-I-39); pero la inútil resistencia roja prosigue seis
semanas más.
En el último capítulo el autor estudia la conversión
de Azaña al catolicismo en su lecho de muerte, y
entiende que los documentos disponibles son probatorios
de esta reacción postrera del antes perseguidor de la
Iglesia. Es la misma conclusión a la que llegó en
"Razón Española".
Respecto a las causas de la guerra civil (el capítulo se
publicó parcialmente en esta revista). Suárez demuestra
que el alzamiento fue inicialmente republicano para sacar
a España del caos en que estaba sumida (la relación de
violencias ocupa 13 páginas). Escribe Suárez: "El
desorden y la falta de autoridad son hechos
indiscutibles; en este punto los sublevados dijeron la
verdad". Además, había un proyecto comunista de
revolución en junio de 1936. Largo Caballero había
dicho: "si ganan las derechas, tendremos que ir a la
guerra civil". El alzamiento se convirtió en
cruzada como consecuencia de la persecución religiosa en
la zona republicana. Cita la declaración de A. Nin:
"la clase obrera ha resuelto el problema de la
Iglesia sencillamente no dejando en pié ni una
siquiera". Y el periódico "Solidaridad
Obrera" añadía: "hay que arrancar la Iglesia
de cuajo".
Los testimonios que aporta Suárez, la mayoría de
republicanos, son abrumadores. Y, de pasada, el autor
demuestra la falsedad de la historiografía
desinformadora que ahora florece, como la de C. Rojas, P.
Preston, J. Tusell y otros.
Investigación sólida y críticamente documentada,
sistemáticamente construida, honesta, independiente,
objetiva y, en las circunstancias actuales, valerosa,
que, en unión de otras como las de los profesores Luis
Suárez o Ricardo de la Cierva, salvan a la
historiografía española sobre la era de Franco del
ludibrio en que tratan de sumirla los pseudohistoriadores
sesgados o mitinescos. Libro, pues, imprescindible para
quien aspire a no ser desinformado.
Azaña, hombre personalmente desagradable y hasta
repulsivo, fue un político despótico, el principal
responsable del fracaso de la II República, e hizo
inevitable la guerra civil.
A. Landa
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