Los godos,
fundadores de la nacionalidad hispánica
A lo
largo de los siglos V y VI se asentaron en España los
godos, un pueblo germánico originario de la Gothia
escandinava (Gotaland) que, después de un largo periplo,
terminó por conformar su nueva y definitiva patria en
nuestra Península. Nos informa San Isidoro de Sevilla en
su obra «Historia de los Godos, Suevos y Vándalos»
(Historia Gothorum): «Como (los godos) no podían
aguantar los ultrajes (de los romanos) tomaron las armas
furiosamente, invadieron la Tracia, saquearon Italia y
alcanzando España, establecieron allí hogar y
dominio».
Otros pueblos germánicos se establecieron también en
España como fue el caso de suevos y vándalos, unas
pocas decenas de miles; pero fueron los godos,
especialmente la rama de los visigodos o godos
tervingios, los que en un número cercano a los 300.000
individuos incidirían esencialmente en el desarrollo de
las gentes hispanas. Se trata de una cifra pequeña en
relación a la población del conjunto peninsular (unos 5
millones de habitantes), aunque significativa sobre todo
por la trascendencia futura del lugar de su asentamiento
preferente, la Meseta Central, concretamente las cuencas
de los ríos Duero y Tajo, como así ponen de relieve las
numerosas necrópolis. En este espacio interior,
escasamente poblado, los godos establecieron su hogar, su
verdadera tierra de promisión, cambiando la espada por
el arado, unas tierras aptas para su deseado cultivo del
cereal y también para el desarrollo de la ganadería
extensiva, una de sus principales actividades
económicas. En varias comarcas de este territorio la
proporción entre godos e hispano-romanos era de 2 a 1 a
favor de los primeros. Debido, pues, a la reducida
población autóctona pudo efectuarse un reparto no
problemático de tierras entre ambas comunidades, pasando
a establecerse los godos en pequeñas aldeas formadas por
viviendas unifamiliares próximas a sus explotaciones
agropecuarias. El peculiar modo de instalación de los
godos en la Península, mediante pactos y repartimientos
con los hispano-romanos, explica que no hubiera
invasión, no hubo ni vencedores ni vencidos, sino que
godos e hispano-romanos coexistieron con sus diferencias,
sin superponerse, hasta que paulatinamente iría
verificándose la fusión entre ambos.
El pueblo visigodo pasó masivamente desde la Galia a
Hispania en grandes carros tirados por bueyes, como así
lo atestiguan varios documentos latinos de la época (l),
sobre todo, a partir de la batalla de Vouillé (507) en
la que los francos auxiliados masivamente por los
galo-romanos autóctonos y aliados con los burgundios
derrotaron al ejército visigodo, provocando el
establecimiento franco en las tierras entre el río Loira
y los Pirineos, adjudicadas hacía casi un siglo a los
visigodos por el poder imperial romano, y la marcha de
éstos hacia el otro lado de las montañas pirenáicas.
Así pues, la batalla de Vouillé se convirtió en un
hecho de gran trascendencia en nuestra historia ya que
terminó por identificar el reino de los godos con la
Península.
También durante aquel siglo VI llegarían elementos
ostrogodos a Hispania con motivo de la regencia de su rey
Teodorico el Grande sobre los visigodos (511-526) y,
desde luego, también tras la derrota de los ostrogodos
instalados en Italia a manos del ejército imperial
bizantino de Justiniano. En el conjunto de la importante
inmigración goda a Hispania, debemos diferenciar,
entonces, a la minoría político-militar dirigente, y el
contingente popular gótico. Mientras aquélla se
acantonaba en las principales ciudades de la Hispania
romana (Mérida, Barcelona, Valencia, Sevilla, Córdoba y
Toledo, la capital), el otro se instalaba
mayoritariamente en el ámbito rural meseteño. La
elección por el rey Leovigildo de la ciudad de Toledo
como capital del Reino hispano-godo respondía a las
necesidades de control sobre el conjunto peninsular
(identificado entonces como el recinto territorial de
dicho Reino), más fácil desde su centro y en un entorno
de numerosa población gótica. La elección de Toledo
hacía de la Meseta Central, por primera vez, el centro
político y cultural de la Península.
Ataúlfo fue el primer jefe visigodo que entró en
España y lo hizo en defensa de los intereses romanos, de
una Roma que, forzada por los godos, había pactado su
asentamiento en el sur de la Galia, de una Roma cada vez
más débil, sobre todo, tras su primera expugnación por
el victorioso ejército visigodo dirigido por el
antecesor de Ataúlfo, Alarico, el año 410. Walia,
sobrino y sucesor de Ataulfo, renovó el pacto con Roma
el año 418, comprometiéndose a restaurar el orden
imperial en Hispania, quebrantado tras las irrupciones de
suevos, vándalos y alanos años atrás.
El rey Eurico (466-486), durante cuyo reinado tuvieron
lugar los primeros establecimientos populares góticos,
puede ser considerado el primer gobernante autónomo de
Hispania puesto que el año 476 sucumbe definitivamente
el Imperio romano de Occidente con la conquista de Roma
por el rey de los hérulos, Odoacro. El reino godo se
separa definitivamente del tronco del Imperio obteniendo
su total independencia y Eurico rompe el pacto que le
ligaba con Roma, amplía sus posesiones del sur de la
Galia se anexiona la mayor parte de la Península
Hispánica, creando así un gran reino occidental
galo-hispánico. Pero, tras la citada derrota de Vouillé
en la que resultó muerto el rey visigodo, Alarico II, el
centro de gravedad geo-político de los visigodos se
trasladó definitivamente al lado meridional de los
Pirineos, pasando la capital del reino desde Tolouse
primero a Barcelona y, finalmente, a Toledo. Tan solo la
Septimania, un pequeño territorio alrededor de Narbona,
se mantuvo problemáticamente en poder de los visigodos
al otro lado de los Pirineos.
El rey Leovigildo (565-586) es el verdadero creador del
Estado hispano-godo y, por ende, de la nacionalidad
hispánica misma: Hispania, reino, entidad política
independiente, sucedía a la antigua provincia sujeta al
poder de Roma. Primeramente, desde su gobierno de Toledo,
a salvo de la amenaza de francos y de bizantinos,
intentó con éxito someter a la autoridad central la
mayor parte del territorio peninsular en un momento
crítico de fragmentación político-territorial, Así,
tras consolidar el poder real, derrotó a los suevos del
noroeste incorporando su reino y redujo a cántabros y
vascones, alzados contra su autoridad. Leovigildo, el
unificador, acuñó un ideal nacionalista que
identificaba el Reino de los Godos («Regnum Gothorum»)
con Hispania, acotando nítidamente las diferencias
respecto al Imperio de Bizancio, heredero oriental de
Roma. En torno a ese nuevo ideal hispánico debería
producirse la aproximación definitiva, la fusión entre
godos e hispano-romanos, con lo que derogó la
prohibición de matrimonios mixtos establecida por el
Emperador Valentiniano. Sin embargo, el mantenimiento de
Leovigildo en su fe arriana (religión nacional de los
godos) y el intento de imponerla a sus súbditos
hispano-romanos de religión católica, impedía la
constitución de ese pueblo verdaderamente unificado.
Sería su hijo, Recaredo (586-601), quien al convertirse
al catolicismo, y con él, oficialmente, todos los godos,
pondría las bases de una comunidad político-religiosa
nacional diferenciada, una nueva sociedad, en definitiva.
El III Concilio de Toledo (589), en el que tiene lugar la
conversión pública de Recaredo, puede considerarse el
punto de partida de nuestra nacionalidad en torno a un
monarca, a un poder político ejercido sobre una sociedad
que avanzaba firmemente hacia su plena integración desde
sus dos elementos conformadores, el latino y el
germánico. A diferencia de lo que sucedió en Italia o
en el Norte de Africa donde ostrogodos y vándalos
respectivamente constituyeron una minoría extraña y
hostil, en España se produjó una fusión generalizada
entre godos e hispano-romanos, y sobre esta unidad se
pudo alzar un Estado independiente y conformarse la
nacionalidad hispánica.
Durante el siglo VII se iría consolidando la
nacionalidad común de los denominados ya como
"hispano-godos", poseedores de una religión
común, gobernados por un mismo monarca, e incorporados
plenamente a la Administración los antiguos
hispano-romanos. Suintila (621-631) expulsa
definitivamente a los bizantinos enquistados en el sur
peninsular y consigue la unificación de todo el
territorio de la antigua Hispania romana, incorporando
Ceuta como cabeza de puente hacia la Mauritania africana,
además de llave del Estrecho. La labor legislativa de
los reyes Chindasvinto (642-653) y Recesvinto (653-672)
refrendada en los Concilios toledanos, culmina con la
promulgación del Liber Iudiciorum (Libro de los Juicios
o Fuero Juzgo), compilado por este último rey,
convirtiéndose en el único texto legal válido ante los
tribunales del reino, un texto que incorpora la herencia
jurídica romana a la costumbre germánica hasta el punto
de ser aquélla claramente predominante.
San Isidoro de Sevilla, arzobispo de dicha ciudad, hijo
de padre hispano-romano y de madre goda, es la figura
señera de la naciente cultura hispano-goda. Será él
quien mejor sabrá interpretar el nuevo tiempo, la nueva
realidad nacional hispánica a lo largo de la primera
mitad del siglo VII. Autor de una obra enciclopédica en
lengua latina, Las Etimologías. el denominado «Doctor
de las Españas» en su Historia Gothorum elevará a
España a la categoría de Primera Nación de Occidente.
Así, en el Laudes Hispaniae, el sabio Doctor dedica a su
patria una célebre alabanza encomiástica: De cuantas
tierras se extienden desde el Occidente hasta la India,
tú eres la más hermosa, oh sagrada y feliz España,
madre de príncipes y de pueblos. Con razón se te puede
llamar reina de las provincias, pues iluminas no sólo el
Oceano sino también el Oriente. Tú, honor y ornato del
mundo, la más ilustre porción de la tierra donde
florece y recrea la gloriosa fecundidad del pueblo
godo". La Gens Gothorum, el pueblo godo, como el
elemento diferenciador que da personalidad política a la
antigua provincia romana, es, para San Isidoro, el
primero de los pueblos de Europa pues tal fue la grandeza
de su habilidad guerrera y notables las proezas de sus
famosas victorias que aun Roma, la conquistadora de todas
las naciones, se le sometió al yugo y cedió ante sus
triunfos, y la dueña de todos los pueblos se les hizo su
sierva (Historia Gothorum). En ese mismo texto describe a
los godos como gente de naturaleza pronta y activa, que
confía en la fuerza de la conciencia; de tez blanca,
tienen el cuerpo potente y son altos de estatura.
Todas estas palabras de San Isidoro, escritas hacia el
año 630, alcanzada plenamente la unidad
nacional-territorial, suponen el primer texto de un
protonacionalismo ideológico en el seno de la cultura
occidental. El nuevo ideal nacional que reflejan los
textos del sabio sevillano se verifica en un territorio,
la Península Hispánica, en un pueblo concreto,
determinante de aquel ideal, los Godos, hasta
identificar, de este modo, Tierra y Pueblo como la Patria
común y diferenciada de todos, España.
Y España, en el Occidente, se opone a Bizancio, en el
Oriente, sucesor del Imperio romano, un poder imperial
bizantino considerado y sentido ya como algo extraño,
ajeno, un poder invasor al que expulsar de sus
amenazantes acuartelamientos en la franja sur peninsular.
En aquel tiempo se hablaba de Toledo y Bizancio como los
centros de dos polos de poder y civilización. Mientras
en España con Toledo, su capital, se produce la fecunda
fusión de un joven y dinámico pueblo germánico, los
godos, con el civilizado conjunto de las gentes hispano-
romanas, fusión que supone el embrión de la nueva
cultura occidental, en Bizancio se amalgama la cultura
euroasiática, sirio-helenística, de matiz oriental, que
engendrará la civilización ortodoxa y las otras
religiones cristiano-orientales. El reino hispano-godo
derrota y expulsa a los bizantinos de todos los antiguos
territorios del Imperio de Occidente, territorio donde se
está generando una nueva interpretación y apreciación
del mundo, la Civilización Occidental, resultado
fundamental de la fusión de los pueblos germánicos
(godos, francos, anglo-sajones) con los pobladores de los
territorios del Imperio romano de Occidente (hispanos,
galos, britanos, ). San Isidoro canta en alabanza a la
Nación a la que pertenece, España, como una realidad ya
inequívoca y distinta del Imperio romano así como del
reino de los francos o de los mauritanos del Norte de
Africa, destacando la decisiva acción del pueblo godo en
la formación de la nueva patria; la conciencia
isidoriana es expresión ya de un sentimiento nacional
hispánico.
La Monarquía gótica como estructura de poder
desplegará una organización política peculiar que
hará posible esa nacionalidad distintiva (y, sobre todo,
su proyección futura), una organización que tiene en el
monarca su cabeza. El rey de los godos, de limpio linaje,
máximo jefe político-militar, resulta de la
celebración de una asamblea de electores, destacados
miembros de la comunidad, que lo elijen "armas in
sonandibus" tras la muerte del rey anterior. El rey
(Thiudans), jefe popular electo, que, según la
tradición germánica, no crea derecho, pues éste ya
existe, es de carácter consuetudinario, lo produce la
propia comunidad; como protector del reino, tiene el
difícil encargo de hacer cumplir ese «derecho de la
comunidad». Prevalece, pues, la costumbre a la ley
escrita, pues aquélla es producto social que facilita la
convivencia colectiva regulando oportunamente las
relaciones sociales y resolviendo puntualmente los
conflictos, en virtud del precedente judicial (gran
relevancia de los jueces, principales intérpretes del
derecho popular). La Ley, concepto romano, privilegia al
que la impone amenazando así la libertad e igualdad
esencial de todos los miembros de la comunidad. La
coexistencia de godos y romanos en el Reino de Toledo
supondrá la progresiva romanización de sus estructuras
jurídico-políticas, aunque nunca desaparecerán las
costumbres germánicas, sobre todo, en las comunidades
rurales góticas alejadas de la Corte toledana,
costumbres jurídicas que reaparecerán con fuerza en los
primeros siglos de la Reconquista, sobre todo en
Castilla, recogidas en los fueros territoriales.
Existió un Estado hispano-godo dirigido por el rey y
organizado por una serie de instituciones que sostenían
la unidad política. El Aula Regia o Senado visigodo, es
el órgano que colabora con el monarca, asesorándole en
su labor de dirección político-militar, en su actividad
legislativa y en la administración de justicia. El
núcleo fundamental del Aula Regia lo componen los
miembros del Oficio Palatino que agrupa a los nobles de
la Corte, siempre de estirpe goda: condes, jefes de los
«espatarios» o guardia del rey, de las caballerizas,
etc. En definitiva, el Aula Regia reúne a los altos
funcionarios del Ejército y la Administración
hispano-godos.
Especial consideración merecen los Concilios de Toledo,
precedente histórico de las futuras Cortes medievales,
que aconsejaban en cuestiones militares, judiciales y
eclesiásticas. Estos Concilios supondrán la expresión
fundamental de la colaboración entre la Iglesia y el
Estado, una Iglesia que era el recipiente principal, y
mantenedor entonces, de la cultura y los saberes. En este
sentido resultó muy influyente la doctrina jurídica de
San Isidoro que establecía la sumisión de la potestad
civil a las leyes o normas de la comunidad, en contra de
la tradición cesarista del derecho romano y de la
práctica oligárquica bizantina. Los Concilios de Toledo
son, entonces, el punto de confluencia entre la potestad
del Estado y la autoridad moral e intelectual de la
Iglesia, de modo que los reyes godos solicitaban de los
Concilios su asistencia y apoyo en el gobierno del Estado
y en las tareas legislativas, e incluso enviaban a los
magnates del Aula Regia a las reuniones de los mismos.
Existía, pues, una relativa intervención de estos
organismos en el ejercicio del poder aunque éste
residía fundamentalmente en el rey, jefe electo, que
detentaba un enorme poder, causa de las sangrientas
disputas que se desataban en el momento de la sucesión
entre las distintas facciones y clientelas nobiliarias.
El rey, que debía ser de estirpe gótica y caracterizado
por sus buenas costumbres, era el jefe supremo de la
comunidad y representación personal del Estado. Es él
quien dirige las relaciones con otros países declarando
la paz o la guerra. Es el jefe de la Administración del
Estado, ostenta la potestad legislativa, y es el juez
supremo con jurisdicción sobre todos los súbditos,
correspondiéndole también la convocatoria de los
Concilios de Toledo. El Reino («regnum, patria»), al
frente del cual estaba el rey, lo integran el pueblo
(godos y romanos: los hispano godos) y el territorio de
la Península y zonas adyacentes. El Estado visigodo
tenía por finalidad procurar el bien común, la defensa
del territorio contra los enemigos del interior y del
exterior, y la aplicación del derecho mediante la
actividad legislativa y judicial. El Estado visigodo no
tuvo el carácter de Estado patrimonial, ni la comunidad
hispano-goda se fundamentó en relaciones
jurídico-privadas, se ordenó para fines de índole
pública.
La ciudad de Toledo, capital del Estado godo-hispánico,
suponía la concreción de un centro general de
imputaciones, sede de la Corte del monarca, cabeza
metropolitana de la Iglesia hispana y sede de los
Concilios, residencia de los magnates rectores del reino
y capital cultural. Toledo será el referente de la
unidad hispánica cuando ésta se derrumbe tras la
invasión islámica. El año 711 y tras tres décadas de
crisis general motivada por las terribles luchas
partidistas para apoderarse del trono, el reino
hispano-godo se extinguiría definitivamente cuando
aquella unificación nacional peninsular era todavía
incipiente y corría serios riesgos de una progresiva
feudalización. Los árabes y bereberes, unidos en la
nueva fe mahometana, derrotarán al ejército
hispano-godo en las cercanías de Jerez de la Frontera.
Sería decisivo en el fatal desenlace el apoyo recibido
por los musulmanes por parte de los judios y de una
facción nobiliaria, la de los witizanos, es decir, los
partidarios de la familia del recientemente fallecido rey
Witiza, opuestos al rey Rodrigo, y que incluso recabaron
la presencia de los mahometanos en la Península como sus
aliados. El gobernador árabe de Africa del Norte al
servicio del Califato de Damasco, Musa ibn Nusair,
respondió a la demanda de los witizanos enviando a su
lugarteniente, el jefe bereber Tarik ibn Ziyad, que
cruzó el estrecho de Gibraltar en el 711 al mando de un
ejército de bereberes recientemente islamizados. Rodrigo
fue derrotado y muerto en la batalla que con estos tuvo
lugar, probablemente, a orillas del río Guadalete. Al
año siguiente, en el 712, el propio Musa desembarcó con
tropas de refuerzo, La intervención de los musulmanes,
en un principio como apoyo a la facción witizana, se
estaba convirtiendo en un proyecto de conquista a gran
escala, aprovechando la impotencia de los jefes
visigodos, agotados en una guerra civil sin sentido.
Destrozados en la batalla el ejército y el Estado
hispano-godos, los musulmanes ocuparían la casi
totalidad del reino en un periodo de siete años (con la
importante colaboración de los judíos residentes en las
ciudades hispanas que abrieron las puertas de muchas de
ellas), arrasando, en unos casos, o pactando, en otros,
con los opositores. Algunos nobles visigodos, no
aceptando el dominio musulmán buscaron refugio en la
montañas del norte peninsular. Los montes cantábricos y
pirenáicos quedarían libres del efectivo dominio
musulmán y en ellos se formarían prontamente dos
reinos, Asturias y Navarra, resultado del pacto alcanzado
entre las gentes autóctonas y los refugiados godos. La
realeza astur-leonesa, la aragonesa y también los Condes
de Barcelona, reivindicarán su estirpe gótica como
factor de legitimación histórica de los nuevos poderes
resultantes de la articulación territorial de la
resistencia hispánica frente al invasor islámico.
Entramos aquí en otro periodo histórico, sucesivo de la
Monarquía gótica, la Reconquista, denominado así por
la pretensión de los nuevos poderes autóctonos de
recuperar el territorio peninsular ocupado por los
árabes (Pérdida de España), a los que en todo momento
se les consideró extraños usurpadores, invasores de
unas tierras que detentan ilegítimamente, po-seedores de
una religión y una cultura contrarias, africanos para
los que Hispania (al-Andalus) era un territorio colonial,
susceptible de ser explotado en su beneficio a base de
fuertes tributos, un botín en definitiva. La gran
herencia hispano-goda permitió restaurar en España, por
medio de la acción resistente articulada
político-militarmente en el norte peninsular, la
civilización occidental de raíz grecolatina, cristiana
y germánica, superando así el tremendo y prolongado
impacto de la dominación islámico oriental, a
diferencia de lo que sucedió en el Norte de Africa que,
integrado en el ámbito occidental antes de la invasión
de los árabes, permanecería ya definitivamente
islamizada y arabizada.
El rey Alfonso I de Asturias (739-759) y verdadero
creador del nuevo reino, hijo de Pedro, duque de
Cantabria, del linaje de Recaredo, realizó una
importante incursión en las tierras de la cuenca del
Duero sometidas entonces a los mahometanos, situadas al
otro lado de la Cordillera Cantábrica, bastión natural
del reino astur. En aquella incursión, y tras golpear
duramente a los ocupantes islámicos allí establecidos
tras la invasión, trasladó a la gran mayoría de los
pobladores hispano-godos del norte de la Meseta hacia el
otro lado de las montañas, instalándolos con una
motivación claramente política en los valles
cantábricos que se extienden desde las rías altas
gallegas hasta el río Nervión, hecho que recoge
destacadamente la Crónica de Alfonso III (2). La fusión
de estas gentes del Duero de estirpe gótica y de lengua
latina con los habitantes autóctonos de aquellos valles
(cántabros principalmente) conformaría finalmente un
nuevo pueblo, los castellanos, que, dirigidos por sus
caudillos y reyes, protagonizarían ese periodo
histórico fundamental para la adecuada comprensión de
la cultura e identidad hispánicas: la Reconquista y la
consiguiente Repoblación, un verdadero «empuje hacia el
sur» que terminaría con la toma de Granada en 1492.
Sólo aquellos hispano-godos refugiados en territorio
cántabro-astur (nobles, clérigos, campesinos) poseerán
la conciencia de una «Hispania por restaurar»,
conciencia de la que carecerían casi por completo los
pueblos autóctonos de aquellos valles norteños, en los
enfrentados al poder central toledano. Por lo tanto
corresponde a aquel aluvión de refugiados la creación
de un poder político nuevo, el reino astur-leonés (y
posteriormente, a partir del siglo XI, su heredero:
Castilla-León) guiado por un objetivo de recuperación
de las tierras de Hispania, situadas al otro lado de la
Cordillera Cantábrica, y que constituían su originario
solar patrio. (3)
Estos sucesos coadyuvarán decisivamente en la
"gotización" y , por ende,
"hispanización" del reino astur-leonés como
principal poder autóctono, opuesto al emirato y
posterior califato islámico con sede en Córdoba.
Alfonso II el Casto (791-842) reinstauraría en Oviedo el
"Orden de los Godos" existente en Toledo, tanto
en el Palacio como en la Iglesia, como así nos informa
la Crónica Albeldense, primera de una serie de crónicas
latinas, conformadoras de una verdadera historiografía
medieval nacional (4). La sistemática y consciente
repoblación de la cuenca del Duero supuso la creación
de una nueva realidad social, política y cultural, una
nueva realidad étnica , el pueblo castellano, los que
habitan en el país de los castillos (en referencia a las
abundantes torres defensivas construidas en la frontera
oriental del reino de Asturias), resultado final de la
profunda amalgama racial sustanciada en los valles
cantábricos a lo largo de la segunda mitad del siglo
VIII y primera mitad del siglo IX. Ya no habrá más
tribus de astures, cántabros, autrigones, várdulos o
vascones, ya no se hablará de godos o romanos; desde
ahora, producto de una completa etnogénesis, se hablará
de los "castellanos", del Reino de Castilla y
León, sucesor histórico del Reino cántabro-astur de
los primeros tiempos de la Reconquista. Los castellanos,
principales herederos de los godos y base fundamental de
la raza y cultura hispanas, dirigirán con firmeza ese
«empuje hacia el sur», capitaneados por sus jefes,
reyes, magnates e infanzones. (5)
El denominado neo-goticismo astur-leonés, restaurador
del unitarismo godo, diseñado en la Corte de los reyes
asturianos y leoneses y heredado por Castilla al
constituir su primer rey, Femando el Grande (1035-1065),
el Reino de Castilla y León, consistía en un relevante
programa político-militar destinado a imprimir una
coherencia definitiva al proceso reconquistador y a
legitimar al rey de Castilla como histórico sucesor del
rey de los godos, el máximo jefe político de aquella
Hispania unida por la conciencia nacional goda, invadida
por los árabes y que ahora se pretende restaurar 6. Esto
es lo que los reyes Isabel de Castilla y Fernando de
Aragón, ambos de la dinastía castellana de los
Trastámara, y tras la unión de Aragón a Castilla
alcanzada el año 1474 como consecuencia de su
matrimonio, consiguieron cuando el 2 de enero de 1492
entraban victoriosos en Granada, alzando los estandartes
simbólicos recibidos de sus antepasados, cumpliendo, en
fin, el programa político inspirador de la Reconquista.
Dice la Crónica de Alfonso III respecto de la batalla de
Covadonga (722), punto de partida de dicha Reconquista:
«Por esta montaña será salvada España y restaurado el
ejército de los godos»; eso es lo que acabará
significando la arriesgada emboscada de Don Pelayo,
primer jefe rebelde, antiguo espatario del rey Rodrigo.
No son los Reyes Católicos los fundadores de la unidad
nacional sino sus restauradores, aunque la unidad
hispánica plena se conseguiría por Felipe II, y solo
temporalmente, en 1580 al incorporar Portugal a su reino.
Se equivocan, de modo interesado o ignorante, los
políticos separatistas y sus clientelas cuando afirman
que «sus pueblos» preexisten como «verdaderas
naciones» a la «forzada» unificación de Isabel y
Fernando finado el siglo XV. Para estos políticos, en su
tergiversación histórica, dicha unidad fue un acto
artificioso, ilegítimo e imperialista, destructor de
esas «auténticas nacionalidades», o sea, Euskalerría
o Cataluña que, dicho sea de paso, jamás existieron
históricamente como entidades políticas unitarias e
independientes. España, como nacionalidad distintiva es
muy anterior a ese siglo XV, debiéndonos remontar, como
hemos comprobado, hasta la segunda mitad del siglo VI,
obra principal de un pueblo germánico de primer orden,
los godos, que como torrente, generoso y vivificador,
vino a confundirse absolutamente en el anchuroso río de
lo español hasta el punto de desaparecer como tal
pueblo. Pero ellos también somos nosotros, los
españoles. Permanecen en nuestros genes, en nuestros
hábitos, en nuestra cultura (7). Ellos, los godos de
España, fundaron nuestra nacionalidad cuando se iniciaba
la Edad Media.
Ramón Peralta.
I La
Crónica Cesaraugustana del año 497 recoge el dato de la
importante inmigración de grupos de godos a Hispania.
Pero la llegada masiva de los godos a la península tiene
lugar tras la batalla de Vouillé, prolongándose dicha
entrada durante toda la primera mitad del siglo VI.
2 "Por él (Alfonso l) fue contenida siempre la
audacia de los enemigos (los musulmanes). Con su hermano
Fruela, muchas veces, conduciendo el ejército, tomó
combatiendo muchas ciudades (
), matando con la
espada a todos los árabes y conduciendo a los cristianos
(los hispano-godos de la cuenca del Duero) consigo a la
patria. En aquel tiempo (segunda mitad del siglo VIII) se
poblaron las Asturias, las Primorias, Liébana,
Transmiera, Sopuerta, Carranza, las Bardulias (que ahora
llaman Castilla) y la región marítima (las rías altas
gallegas)".
3 Debemos destacar que el periodo histórico medieval que
discurre entre los años 722 y 1492 adquiere su unidad a
partir de la consideración central del proceso
político-militar-cultural que supone la recuperación de
las tierras ocupadas por el invasor musulmán,
recuperación territorial progresiva (Submeseta norte,
Valle del Ebro, Submeseta sur, Levante, Depresión
bética y sudeste peninsular) acompañada de la
repoblación de los tierras reconquistadas, es decir, la
instalación en ellas de colonos (campesinos soldados)
tras el previo desalojo, en la mayoría de los casos, del
habitante islámico. Este proceso de reconquista y
repoblación confiere una determinante homogeneidad a la
sociedad que de este modo va conformándose, homogeneidad
que sin duda alguna posibilitará la constitución de la
moderna Nación Española, a fines del siglo XV, a partir
de una comunidad de raza, de cultura, religión y
costumbres.
4 Podemos destacar, junto a la Albeldense del siglo IX,
la Crónica de Alfonso III o "Chronica
Visigothorum", la "Crónica Seminense", el
"Chronicum Mundi" de Lucas de Tuy, la
"Historia Gothica" de Rodrigo Jiménez de Rada
o la "Estoria General" del rey Alfonso X el
Sabio, redactada ya en lengua castellana. Todas ellas
continúan de algún modo la tradición historiográfica
isidoriana, componiendo, en conjunto, la más brillante
historiografía medieval europea. En todas ellas se
describe una Historia de España que surge como comunidad
política autónoma con los visigodos españoles.
Destruido el reino hispano-godo, estas Crónicas,
recogiendo primeramente el relato de San Isidoro de su
Historia Gothorum, revelan la legitimidad del reino
astur-leonés y de su sucesor, el reino de Castilla y
León, en la restauración total del dominio sobre las
tierras de España como verdaderos y legítimos herederos
de los godos.
5 Justo Pérez de Urbel, en su magnífica obra EI Condado
de Castilla destaca el hecho de que las personalidades
rectoras de la Castilla emergente son de estirpe goda,
poseedores de sonoros nombres germánicos: el Conde
Rodrigo, primer conde de Castilla; Fernán González,
primer conde independiente tras aglutinar en un solo y
gran condado a los distintos condados del territorio
oriental del Reino de León; Rodrigo Díaz, el infanzón
de Vivar, gran guerrero y protagonista indiscutido de la
poesía épica castellana, origen de la literatura
española. Esta élite político-militar gótica,
procedente genealógicamente de destacados refugiados en
los valles de Cantabria, protagonizará la formación del
Condado de Castilla y lo dirigirá victoriosamente en su
enconado enfrentamiento con las poderosas huestes
árabe-islámicas organizadas por el Emirato y posterior
Califato cordobés.
6 Sobre la legitimidad del Reino de Castilla como
heredero de la Monarquía Gótica, la historiografía
castellana del siglo XV insiste en poner de relieve esa
herencia política de los godos recibida naturalmente por
Castilla. De este modo, al rey de Castilla es a quien
pertenece el título de Rey de España, pues los reyes
castellanos son los herederos directos de los reyes
godos, y su misión será restaurar España en su antigua
unidad peninsular. Este es el argumento central de la
Compendiosa Historia Hispánica de Rodrigo Sánchez de
Arévalo, auténtico colofón que culmina la
historiografia anterior citada.
7 La herencia de los godos, además de la biológica, se
manifiesta en multitud de facetas de la vida política y
cultural hispana de la Edad Media, especialmente en
Castilla. Efectivamente, la lengua, el derecho, el orden
socio-político castellanos poseen una impronta
germánica distintiva portada por la numerosa población
gótica que participó en su formación. Para este
particular resulta muy conveniente consultar autores como
Claudio Sánchez Albornoz, Eduardo de Hinojosa o Ramón
Menéndez Pidal.
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