Razón de vivir
Nada es
o sucede sin que exista una razón para que sea o
acontezca. Es el Principio de razón suficiente,
reformulado por Leibniz hace tres siglos. En este
contexto, razón no es lo mismo que causa puesto que la
relación entre una causa y su efecto es necesaria,
mientras que la existencia de una razón no implica que
algo exista o suceda, sólo muestra su posibilidad. Por
ejemplo, no hay vacío en el cosmos porque no hay razón
para que unas zonas estén ocupadas y otras no; el vacío
carece de una razón suficiente. Como el hombre es libre,
sus acciones tienen una razón que las fundamenta, no una
causa que las determina de modo necesario.
Pero la peculiariedad del hombre no consiste en que su
conducta pueda ser explicada, sino en que viene dotado de
la singular potestad de darse a sí mismo una razón para
vivir, autojustificarse. De este modo la existencia cobra
un sentido subjetivo para el protagonista. ¿Por qué hay
algo? es la pregunta última sin respuesta porque no
tenemos acceso a las eventuales motivaciones de la
creación, sean inmanentes o trascendentes. En cambio,
¿para qué vivo? puede ser decidido y contestado por
cualquier hombre.
Hay, en primer lugar, quienes viven simplemente movidos
por el instinto de conservación, o sea, porque hay que
vivir. Brilla por su ausencia un norte. Es un nivel de
racionalidad tan bajo que resulta casi secante con el
meramente animal. En este ínfimo grupo se incluyen los
que ni siquiera se cuestionan su trayectoria vital y
fían su destino a la cambiante arbitrariedad y al ciego
azar.
Hay, en segundo lugar, aquellos cuya razón de vivir es
maximizar el placer. Es la fracción mayoritaria de la
Humanidad. Son los que se esfuerzan por experimentar ese
tipo de sentimientos felices que tiene su origen en los
sentidos. Tambien los irracionales buscan sensaciones
placenteras. El hombre suele instrumentar el hedonismo
mediante el cálculo racional; pero, en tal caso, el
logos funciona como un siervo de pulsiones elementales,
se degrada.
Hay, en fin, aquellos que se dan una razón intelectual
de vivir que puede ser el cumplimiento de un deber moral
o la realización de una misión personal. En el primer
caso, lo que justifica la vida es su intencionalidad
ética, en el segundo caso es la dedicación y el éxito.
La existencia humana no es absurda en sí misma; está en
manos de cada hombre que lo sea o no. En el área de las
vivencias subjetivas, el Principio de razón suficiente
genera el principio de autojustificación personal.
Quien se da una razón moral o vocacional de vivir supera
el egocentrismo puesto que tiende a un más allá
objetivo. Y también supera el egoismo puesto que se pone
al servicio de un ideal. La Humanidad no exalta a quienes
se han limitado a pasarlo bien, y tiende a premiar con el
recuerdo y la admiración a quienes han dignificado o
enriquecido a la especie. La Historia es memoria de
aquellos que se han dado una gran misión. Aunque haya
vividores famosos, a medio plazo se hunden en el olvido.
Pero no son el reconocimiento, momentáneo o duradero, y
menos aún la excepcional gratitud, los motivos que
principalmente incitan a darse una razón para vivir, es
el propio equilibrio íntimo. Hay una escuela de
psiquiatras que tratan las neurosis persuadiendo al
paciente de que su vida tiene un sentido. Los partidos
políticos mueven a sus electores con un programa
supuestamente beneficioso. Los estadistas proponen a sus
pueblos un destino. Este último es un insigne vocablo
que suele engendrar heroismo y grandes gestas, a veces
dramáticas. La existencia individual se hace razonable y
soportable cuando el sujeto se da una misión. Vivir a la
deriva es inhumano y turbador. Servir a un ideal es
lógico y remunerador.
La vocación supone predisposición y circunstancias
coadyuvantes, responde a una cierta necesidad, es en
parte congénita y, en parte, adquirida. En cambio, la
misión puede uno dársela según o allende una
vocación, e incluso en contra. Hay jóvenes que a la
hora de elegir oficio no sienten vocación alguna; pero
imponerse una misión está al alcance de la voluntad; no
es una cuestión de ser, sino de querer; no es algo dado,
sino propuesto.
La pregunta ¿para qué sirvo y he vivido? ha de poder
ser respondida en todo momento, y, desde luego, en las
postrimerías de una trayectoria. La más alta misión a
que puede entregarse un ser pensante es servir a una
concepción del mundo. Tales personas no deben ser
juzgadas por nuestra coincidencia o discrepancia con su
ideal, sino por su tenacidad y su fidelidad. Cabe no
compartir, por ejemplo, la concepción búdica del mundo,
pero ¿cómo no respetar a quienes la han servido con
absuluta entrega? El intelectual oportunista o escriba
palatino, que está al servicio del poder de turno, no es
un espíritu que se ha dado una misión, es un hedonista
que aspira a un pienso. Está en el segundo grupo, no en
el de los elegidos, aunque sus productos apologéticos
sean de calidad dialéctica.
Hay misiones que ennoblecen y otras que envilecen por la
sencilla razón de que hay una moral y de que no todo es
igualmente bueno. Hay que dar un sentido a la propia
vida, pero un sentido ético. Es un buen criterio juzgar
al pensador por su coherencia y por su desinterés.
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