Razón Española, nº 106; Razón de vivir

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Razón de vivir

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Razón de vivir

Nada es o sucede sin que exista una razón para que sea o acontezca. Es el Principio de razón suficiente, reformulado por Leibniz hace tres siglos. En este contexto, razón no es lo mismo que causa puesto que la relación entre una causa y su efecto es necesaria, mientras que la existencia de una razón no implica que algo exista o suceda, sólo muestra su posibilidad. Por ejemplo, no hay vacío en el cosmos porque no hay razón para que unas zonas estén ocupadas y otras no; el vacío carece de una razón suficiente. Como el hombre es libre, sus acciones tienen una razón que las fundamenta, no una causa que las determina de modo necesario.



Pero la peculiariedad del hombre no consiste en que su conducta pueda ser explicada, sino en que viene dotado de la singular potestad de darse a sí mismo una razón para vivir, autojustificarse. De este modo la existencia cobra un sentido subjetivo para el protagonista. ¿Por qué hay algo? es la pregunta última sin respuesta porque no tenemos acceso a las eventuales motivaciones de la creación, sean inmanentes o trascendentes. En cambio, ¿para qué vivo? puede ser decidido y contestado por cualquier hombre.



Hay, en primer lugar, quienes viven simplemente movidos por el instinto de conservación, o sea, porque hay que vivir. Brilla por su ausencia un norte. Es un nivel de racionalidad tan bajo que resulta casi secante con el meramente animal. En este ínfimo grupo se incluyen los que ni siquiera se cuestionan su trayectoria vital y fían su destino a la cambiante arbitrariedad y al ciego azar.



Hay, en segundo lugar, aquellos cuya razón de vivir es maximizar el placer. Es la fracción mayoritaria de la Humanidad. Son los que se esfuerzan por experimentar ese tipo de sentimientos felices que tiene su origen en los sentidos. Tambien los irracionales buscan sensaciones placenteras. El hombre suele instrumentar el hedonismo mediante el cálculo racional; pero, en tal caso, el logos funciona como un siervo de pulsiones elementales, se degrada.



Hay, en fin, aquellos que se dan una razón intelectual de vivir que puede ser el cumplimiento de un deber moral o la realización de una misión personal. En el primer caso, lo que justifica la vida es su intencionalidad ética, en el segundo caso es la dedicación y el éxito. La existencia humana no es absurda en sí misma; está en manos de cada hombre que lo sea o no. En el área de las vivencias subjetivas, el Principio de razón suficiente genera el principio de autojustificación personal.



Quien se da una razón moral o vocacional de vivir supera el egocentrismo puesto que tiende a un más allá objetivo. Y también supera el egoismo puesto que se pone al servicio de un ideal. La Humanidad no exalta a quienes se han limitado a pasarlo bien, y tiende a premiar con el recuerdo y la admiración a quienes han dignificado o enriquecido a la especie. La Historia es memoria de aquellos que se han dado una gran misión. Aunque haya vividores famosos, a medio plazo se hunden en el olvido.



Pero no son el reconocimiento, momentáneo o duradero, y menos aún la excepcional gratitud, los motivos que principalmente incitan a darse una razón para vivir, es el propio equilibrio íntimo. Hay una escuela de psiquiatras que tratan las neurosis persuadiendo al paciente de que su vida tiene un sentido. Los partidos políticos mueven a sus electores con un programa supuestamente beneficioso. Los estadistas proponen a sus pueblos un destino. Este último es un insigne vocablo que suele engendrar heroismo y grandes gestas, a veces dramáticas. La existencia individual se hace razonable y soportable cuando el sujeto se da una misión. Vivir a la deriva es inhumano y turbador. Servir a un ideal es lógico y remunerador.



La vocación supone predisposición y circunstancias coadyuvantes, responde a una cierta necesidad, es en parte congénita y, en parte, adquirida. En cambio, la misión puede uno dársela según o allende una vocación, e incluso en contra. Hay jóvenes que a la hora de elegir oficio no sienten vocación alguna; pero imponerse una misión está al alcance de la voluntad; no es una cuestión de ser, sino de querer; no es algo dado, sino propuesto.



La pregunta ¿para qué sirvo y he vivido? ha de poder ser respondida en todo momento, y, desde luego, en las postrimerías de una trayectoria. La más alta misión a que puede entregarse un ser pensante es servir a una concepción del mundo. Tales personas no deben ser juzgadas por nuestra coincidencia o discrepancia con su ideal, sino por su tenacidad y su fidelidad. Cabe no compartir, por ejemplo, la concepción búdica del mundo, pero ¿cómo no respetar a quienes la han servido con absuluta entrega? El intelectual oportunista o escriba palatino, que está al servicio del poder de turno, no es un espíritu que se ha dado una misión, es un hedonista que aspira a un pienso. Está en el segundo grupo, no en el de los elegidos, aunque sus productos apologéticos sean de calidad dialéctica.



Hay misiones que ennoblecen y otras que envilecen por la sencilla razón de que hay una moral y de que no todo es igualmente bueno. Hay que dar un sentido a la propia vida, pero un sentido ético. Es un buen criterio juzgar al pensador por su coherencia y por su desinterés.



 

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