La diplomacia
La
fractura americana. Las elecciones en EE.UU. son siempre
objeto de una gran atención por parte de los medios de
comunicación. Es el proceso electoral que designa a
quien dirigirá el país más poderoso del orbe durante
los próximos cuatro años.
El escándalo del recuento de votos en la Florida, las
acusaciones de fraude, el escaso margen entre un
candidato y otro, que dilató la proclamación del
Gobernador de Tejas, inquietó a la opinión pública
mundial. Numerosos fueron los comentaristas, y es una
opinión generalizada que el sistema electoral
estadounidense, y la democracia misma, habían sufrido un
revés que abría numerosas incógnitas. Sin embargo,
fueron pocos, por no decir ninguno, los analistas
políticos que quisieron señalar el aspecto quizás más
grave de la crisis: la fractura social producida en
EE.UU.
Desde hacía décadas, los expertos venían anunciando un
cambio radical en la sociedad americana. A principios de
los noventa, Christopher Lasch, en su trabajo La
rebelión de las élites (1996), ya había visto con
clarividencia la peligrosa situación a que se enfrentaba
una sociedad como la estadounidense, en la cuál las
élites rompían con el «establishment», empujadas por
el temor de verse convertidas en minorías en su propio
país mientras que la América real, mayoritariamente de
clase media-baja, rural y blanca, permanecía ajena a los
parámetros de la democracia americana. No es nada nuevo
allí que grandes grupos sociales decidan dejar de
participar en el proceso electoral -la abstención es
endémica en EE.UU. rondando siempre el 50%-, ni que
tradicionalmente desde hace cuatro décadas, los
demócratas frente a los republicanos, representen a las
minorías étnicas, cada vez más numerosas gracias a la
inmigración masiva . Pero la novedad en esta ocasión se
encuentra en la fractura social, que han puesto de
manifiesto los resultados de las elecciones
presidenciales.
Un primer análisis, comprobando las zonas geográficas
donde cada candidato resultó vencedor, muestra que Gore
está cincunscrito a las grandes aglomeraciones urbanas
donde la población inmigrante es mayoritaria pero
también residen las élites económicas. Bush, por el
contrario, venció en el resto del país, en 2.434
condados frente a los 677 de Gore. En California, el
Estado más liberal del Oeste, Gore atrajo el voto
costero, donde se ubican las colonias inmigrantes,
mientras que Bush venció en los condados del interior.
En el cinturón industrial de los grandes lagos
(Chicago), lo mismo que en los condados poblados por
inmigrantes mejicanos en Arizona, Nuevo Méjico y Tejas,
Gore sería ganador. En los Estados sureños, Gore
únicamente ganó en el llamado «delta negro», la
franja ribereña del Mississippi, y en el «cinturón
negro» del centro de Alabama, Georgia, Carolina y
Virginia. Además, dato nada extraño al llevar a un
judío ortodoxo en su candidatura, Gore se proclamó
vencedor en los condados de Florida donde reside gran
número de jubilados hebreos así como en las zonas
afroamericanas de ese Estado.
Las estadísticas reflejan, pues, dos Américas; Bush
atrajo al ciudadano medio americano: blanco, varón, de
extracción rural o de clase baja urbana, y cristiano.
Los porcentajes son concluyentes: el 71% del voto de las
grandes ciudades fue a Gore y el 60% de las pequeñas
ciudades a Bush. Obviamente el 40% del voto de Gore en
las pequeñas ciudades estaba compuesto por minorías, lo
que explica que, de media, el 75% de los blancos varones
votasen por Bush frente al apoyo recibido por su
contrincante por parte de las minorías: el 94% de los
negros, el 78% de los mejicanos -pese a los esfuerzos de
Bush por atraerles-, y casi el 100% de los judíos
optaron por Gore. Los grupos de activistas de las
minorías trabajaron en esta ocasión con eficacia. Un
ejemplo lo encontraremos en Florida donde en las
elecciones de 1996 el voto negro representaba el 10%
pero, gracias a una campaña de registro masivo de
votantes de color -requisito imprescindible para poder
ejercer el derecho al voto- de la NAACP (organización
pro-derechos civiles), en esta ocasión el voto negro
representó el 16%.
Finalmente, la comunidad cubana, tradicional votante
demócrata, en esta ocasión se decantó por Bush sin
querer creer en las alocuciones de Gore de que él no era
partidario de devolver al niño balsero Elián. En la
circunscripción 555, al este del aeropuerto de Miami, el
89% votó por Bush. En la 510 sumó un 79% mientras que
la abstención aquí fue extremadamente baja, apenas un
30% frente al 50% de otras elecciones. El voto cubano fue
decisivo para la ajustada victoria del candidato
republicano en Florida.
Erik Norling
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