LIBROS: Carl Schmitt en España. nº 106 Razón Española

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LIBROS: Carl Schmitt en España. nº 106

Comentarios de G. Fernández de la Mora al libro de G. Guillén Kalle.

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LIBROS: Carl Schmitt en España

Guillén Kalle, Gabriel: Carl Schmitt en España, ed. del autor, Madrid 1996, 230 págs.



En este volumen hay dos partes tan independientes que no se exigen mutuamente. En la primera, el autor estudia las posiciones teóricas que Schmitt adoptó frente al positivismo y el formalismo jurídicos antes de la instauración del III Reich. Tambien se analiza, aunque rápidamente, la crítica empírica de Schmitt al parlamentarismo y a la Constitución de Weimar. De pasada, el autor apunta algunos juicios: "Dió bandazos", "intentó congraciarse con el régimen de Hitler", pero "no fueron decisivas sus aportaciones en la teoría legal nazi", "simuló una aceptación de los principios democráticos y del Estado de Derecho, pero con un sentimiento antiliberal y antiburgués".

En la segunda parte, que es la que da título al volumen, se expone la recepción española ante Schmitt desde su primer viaje a Madrid en 1929. Su obra El protector de la Constitución se tradujo al español en 1931, y Teoría de la Constitución en 1934. Eugenio d Ors se ocupó del alemán desde 1930, y C. Ruiz del Castillo en 1934. Después de la guerra civil una monográfica aproximación a Schmitt es de L. Sánchez Agesta en 1942. Conde, que había traducido estudios de Schmitt en 1941, formula en 1942 sus reservas frente al decisionismo schmittiano. A partir de ese momento, el autor va estudiando los españoles que citan a Schmitt sin encontrar ningún seguidor global, y llega hasta 1996.

En esta segunda parte, una destacada aportación del autor es apuntar que en la Ley Orgánica del Estado (l0-I-1967) influiría el pensamiento de Schmitt, concretamente, en el título X que regula el recurso de contrafuero. Esta sugerencia no está objetivamente fundada porque Schmitt, en su obra El protector de la Constitución (traducida con otro título al español en 1931 y reeditada en 1983), considera que es el Presidente del Reich quien debe decidir si las leyes son o no constitucionales. Pero en la Ley Orgánica del Estado esa facultad se otorgaba al Consejo del Reino, creado por la Ley de Sucesión (26-VII-1947), e integrado por seis consejeros natos y por nueve electivos. Este Consejo no era un órgano jurisdiccional, ni un apéndice de la jefatura del Estado, era una institución política y representativa sin precedentes en el constitucionalismo contemporáneo y completamente ajena al esquema de Schmitt. Como coautor del anteproyecto de la citada Ley Orgánica he de negar toda relación del recurso de contrafuero con el pensamiento schmittiano puesto que su finalidad no era decisionista, sino, al contrario, garantizar los Principios o parte dogmática de las Leyes Fundamentales. Era, pues, una institución antidecisionista y limitadora del soberano.

Schmitt, el más eminente teórico del Estado del siglo XX, era un intelectual de muy amplio espectro que fue leido y respetado por juristas y politólogos, entre ellos muchos españoles; pero no influyó en la configuración del Estado del 18 de julio, ni siquiera en su fundamentación doctrinal puesto que las teorías del caudillaje se apoyaron principalmente en la idea weberiana de la legitimidad carismática (Vid. J. Blanco Ande: La teoría del estado del 18 de julio en "Razón Española", vol. VIII, sept. 1987, págs. 161 y ss). El decisionismo era un voluntarismo incompatible con los normativismos objetivos, sobre todo, con el iusnaturalismo, que fue el cimiento del ordenamiento jurídico español desde 1936 hasta 1975.

No creo que Schmitt simulase aceptación de los principios democráticos. Su demoledora crítica del parlamentarismo fue temprana y jamás se desdijo de ella, ni hasta ahora ha podido ser empíricamente refutada. No fue rectilíneo en política; pero sí metodológicamente coherente como creo haber demostrado (Vid. mi Schmitt y la democracia en "Razón Española", vol. I, abril 1984, págs. 452 y ss.).

Esta erudita investigación adolece, como es frecuente en las tesis doctorales, de un exceso de citas, muchas de ellas marginales, que difuminan la línea expositiva. El autor quiere demostrar que lo ha leido todo sobre su tema, y es verdad que ha leido mucho; pero sus conclusiones son más adjetivas que sustantivas. Queda clara la huella nominal de Schmitt en España, no la esencial.



G. Fernández de la Mora



 

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