Valor en Franco
Giner
de los Ríos tradujo al español un curioso, y hoy raro,
libro de G. Wagner en el que se lee esta frase: "Si
no os queda más que una rama para no caer, agarraos a
ella; y si os quedáis solos defendiendo una posición no
arrojéis vuestras armas para uniros a los que huyen:
después del diluvio, unos pocos que quedan aislados
repueblan la tierra".
Desde hace bastantes años asistimos, con la impavidez
oficial, a un proceso desintegrador de algunos de los
valores característicos de los españoles. Sobre todo de
uno: el arrojo, el valor por antonomasia; pues no en
balde esta palabra "valor", dio su nombre a la
"teoría de los valores", o escala de virtudes
-orden de bienes en Sto. Tomás-, virtudes humanas y, en
el cristiano, también sobrenaturales, que descansan y se
potencian en las humanas.
Lo cierto es, escribía Maeztu, que si todos los valores
importan, hay uno sin el cual se derrumban los demás: es
el valor físico, que garantiza la seguridad de otros
-tal vez más elevados- valores. Pues éstos, sin la
cobertura de aquél, de poco sirven. No pueden ser
ejercitados, al menos en su vertiente cívica, en la vida
civil; militar, en la castrense. No caben reservas
mentales a la hora de afirmar o de negar unos principios
fundamentales: "Arrojar la cara importa, que el
espejo no hay por qué".
Muchos testimonios concuerdan en demostrar con sucesos,
anéctotas y reflexiones -orales y escritas- que Franco,
de cuyo valor en la guerra y en la paz, en su vida y en
su muerte, tanto en su tarea de gobernante como en su
vida personal y familiar, encarnó las virtudes más
excelentes y no las más brillantes, las más sólidas y
no las más aparentes, engastando así a la humildad en
esa escala. Y dio preferencia, en cuanto a las virtudes
que atañen a un estadista, a la que rige a todas las
demás: la prudencia.
Virtudes humanas: valor físico ("hombre de suprema
valentía -reconoció Prieto-, cual es la serenidad ante
el fuego, en el combate") y valor moral,
patriotismo, profesionalidad y laboriosidad, austeridad
de vida, lealtad en las ideas, profundo sentido del
deber, dignidad, templanza, gran sentido común,
sencillez... Virtudes, casi todas ellas, elevadas a un
plano religioso por el heroísmo cristiano en vida y,
más sobrecogedoramente, por su muerte ejemplar.
También de las virtudes teologales -Fe, Esperanza,
Caridad- son unánimes los testimonios de la práctica de
ellas por el Jefe del Estado español. Lo mismo que de
las cardinales de Prudencia, Justicia, Fortaleza y
Templanza, manifestadas en su conducta de hombre y en su
tarea de estadista. Se reflejan en esta frase, dicha ante
Antonio M.ª de Oriol: "Obran como si Dios no
existiera, y ¡Dios existe!", o en otra de su
testamento: "Muero como hijo de la Iglesia".
Pues bien, eso es la fidelidad cristiana.
Virtudes del estadista -serenidad y prudencia en los
difíciles avatares de la gobernación del Estado- que si
no deben separarse de las virtudes del hombre, son más
raras y difíciles por cuanto la política parece hacer
mucho más fácil conculcarlas. "Jamás le oí decir
-testimonió el Teniente General Julio Salvador- 'hay que
ser prudente', pero sus decisiones eran prudentes. Junto
a la larga meditación, siempre lo vi inclinarse, en
problemas delicados, a favor de la solución más
prudente".
¿Qué sería hoy la nación sin la prudencia de Franco?
Probablemente una ruina ya desvanecida. Sin los "40
años de Franco" -Guerra de Liberación, II Guerra
Mundial, paz, trabajo, riqueza acumulada- no hubiera
habido ni libertades, ni transición. España llegó al
año 1975 como nación rica, próspera y unida.
Enmarcando a las demás virtudes, una vez más, el valor
sin el cual todas caerían por tierra. Un valor
escondido, pues, como advertía Melo, "entregarse a
los peligros no es valor, sino torpeza del miedo, que no
deja solicitar su remedio al sumamente cobarde".
Franco, que era valiente, nunca hizo alardes temerarios,
sino de sereno valor frío, que es la suprema valentía.
Hasta en su muerte, que fue también "de
laureada"; muerte aceptada con una frase: "Es
muy duro esto".
¿Defectos, pecados? Todos los hombres los tenemos. Pero
son las virtudes las que en este caso prevalecen.
Otro testimonio lo aportó, a la muerte de Franco, el
Teniente General Coloma Gallegos: "Creo que nada
mejor para enjuiciar su obra -'obras son virtudes'- que
las palabras del Rey: 'Una figura excepcional entra en la
Historia. El nombre de Francisco Franco será ya un
jalón del acontecer español. Es de pueblos grandes y
nobles el saber recordar a quienes dedicaron su vida al
servicio de un ideal. España no podrá olvidar a quien
como soldado y estadista ha consagrado toda la existencia
a su servicio".
Hoy estos servicios, al igual que las virtudes de Franco,
parecen olvidados. Su recuerdo se tacha de nostalgia, la
nostalgia de involución, y se descalifica como
"fascistas" a cuantos recordamos, para honrarlo
y honrarnos ("honrar, honra", acostumbraba a
decir D. Juan de Moneva y Puyol, insigne aragonés,
maestro de juristas), recordamos, sus virtudes y sus
obras.
Así, Franco y los que le honramos aparecemos como
vencidos, habiendo sido realmente vencedores. Pero la
Historia la escriben los hombres, y ahora los hombres,
sin saber cómo, se inclinan siempre del lado de los
vencidos, a pesar del ya famoso Libro negro del
comunismo. Sin embargo, pensemos que no somos nosotros
los que hemos cambiado de principios, sino los otros, los
que los abandonaron. Nunca son muchos los que van
contracorriente. Al final las aguas pasan y sólo las
rocas permanecen; pues así como el valor espera, el
miedo va a buscar.
Para todos hace falta la virtud -que predominó en
Franco- de la fortaleza. En cualquier estado y
circunstancia, también en la política, ya que en ésta
suelen confundirse prudencia y cobardía.
Hace años, Juan Pablo II, citando a Santo Tomás
("la virtud de la fortaleza se encuentra en el
hombre dispuesto a afrontar el peligro o la adversidad
por una causa justa, por la verdad o por la
justicia"), exclamaba: "Cuando al hombre le
faltan fuerzas para superarse, ante valores superiores
como la verdad, la justicia, la vocación, la fidelidad,
es preciso que este don de los cielos -la fortaleza- haga
de nosotros hombres fuertes y, en el momento oportuno,
nos diga en el interior: ¡Valor!".
Pues bien, esa convicción interior, unida a la práctica
de las virtudes, que el valor afianza y protege, fue,
según creo, una constante en la vida y en la muerte
Franco.
J. J. Nagore YÁrnoz
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