Franco y la
Instauración
A
diferencia de muchos de sus contemporáneos, Francisco
Franco hizo de su obsesión por el futuro una norma de
comportamiento político. Cuando en octubre de 1936
prometía intentar llevar a la «Patria a lo más alto»,
advirtiendo que para ello su pulso no temblaría jamás,
no estaba hablando para la galería, ni haciendo promesas
de fácil discurso, sino sintetizando un proyecto
político que fue desgranando, alocución tras
alocución, en aquel difícil otoño-invierno del treinta
y seis. Nunca se preocupó, a lo largo de su vida, por su
futuro personal o el de su familia, ya que de la
austeridad hizo norma de conducta. En ese futuro que
Franco dibujaba aparecía invariablemente el retorno de
la Monarquía como desembocadura final del horizonte que
se había fijado.
Frente a la continua regresión que clausuraba cada
periplo, tanto del siglo XIX como del primer tercio del
XX, Franco se obstinó en hacer posible el futuro que
cauterizara toda posibilidad de tener que volver a
iniciar el camino. Para ello, juzgaba necesaria no sólo
la reconstrucción del país sino la modernización y el
desarrollo capaz de suturar, de una vez por todas, el
desgarrado tejido social español; estabilizando, por vez
primera en la Historia, una sociedad en demasía
acostumbrada a violentas convulsiones; abriéndole el
futuro a través de la lucha contra la injusticia social;
edificando un verdadero e inexistente hasta entonces
Estado del Bienestar; creando, prácticamente de la nada,
una inmensa y móvil clase media dinamizada por el
progreso y el ensanchamiento continuo; cauterizando el
conflicto social que había hecho imposible la
convivencia en los años treinta y procurando convertir
las fuerzas centrífugas de la historia española en
fuerzas convergentes. Por primera vez el sueño de la
despensa y la escuela, sueño de ilustrados y
regeneracionistas, se hacía realidad. Esa
reconstrucción y modernización, que colmaba las ansias
de la generación regeneracionista de la que Franco era
heredero, debía estar acompañada por la construcción
de un sistema político. Formado en la visión
neotradicionalista de «Acción Española», Franco
trató de poner en pie el Nuevo Estado diseñado por el
pensador que más le influyó políticamente, Víctor
Pradera, y que juzgaba compatible con los conceptos
joseantonianos. Una vez concluida la labor le sucedería
en el camino que él había impulsado hacia el futuro, la
Monarquía.
La Monarquía había caído por voluntad propia en abril
de 1931. Desaparecía al igual que lo habían hecho otras
tantas coronas, antes y después, pero a diferencia de
ellas sería la única que retornaría merced a una
decisión, una obsesión y una obra de ingeniería
política realizada por Francisco Franco. La gran
justificación histórica del abandono del Trono pasa por
la idea de que con ello se evitaba abrir el
enfrentamiento entre los españoles. Sin embargo, muy
pronto los monárquicos comenzaron a conspirar para
derribar por la fuerza la República e implantar la
Monarquía. La crisis de la República y su falta de
horizontes les brindó un ambiente propicio. Los
monárquicos, salvo los tradicionalistas en algunas
zonas, eran en los años treinta una minoría exigua.
Sociológicamente, España hacía tiempo que había
dejado de ser monárquica. Lo importante para sus
antiguas bases sociales pasó a ser la defensa del
catolicismo frente a la Revolución. El accidentalismo
prendió muy pronto en las bases del centro derecha
español. La Monarquía encontró refugio en la
aristocracia, en los grandes latifundistas, en el viejo
generalato y en algunas élites intelectuales, pero
perdió sus bases populares tradicionales, no supo
atraerse a las nuevas generaciones y se alejó de las
clases medias. Cuando esa España experimentó auténtico
miedo por su futuro y su supervivencia no buscó un
monarca, sino una espada, y ésta estaba asociada, desde
hacía tiempo, a un único nombre Francisco Franco.
Francisco Franco, monárquico de corazón y sentimiento
desde su juventud, uno de los generales favoritos de
Alfonso XIII, contaba con una de las más brillantes y
espectaculares biografías del Ejército español. Su
capitanía era un hecho asumido tanto en el mundo de la
política como en el de la milicia. Para sus compañeros
de armas encarnaba una especie de talismán, vinculado a
su baraka africana. Políticos como Gil Robles,
Goicoechea, Calvo Sotelo o Víctor Pradera lo
consideraban el hombre necesario. A ellos se sumaron
Cambó o Alejandro Lerroux. También la izquierda le
identificó como el caudillo de una posible subversión
militar.
Ante el curso de la Historia, Franco reflexiona sobre el
futuro que ha de elevarse sobre la tragedia que se
anuncia. Es el único que sabe que no se trata de un
simple pronunciamiento o de un golpe de Estado rápido,
sino del inicio de una guerra civil. Es el único que
trata de encontrar una última vía que evite la tragedia
apoyándose en su prestigio militar, por lo que escribe,
antes de su decisión final al gobierno. Es quien asume
que una herida como la que se va a abrir, que tardará
generaciones en cicatrizar, y una sangre como la que se
va a derramar no puede ser un sacrificio inútil, por lo
que la Victoria, de la que nunca dudó, tendrá que
servir para eliminar de raíz las circunstancias que
condujeron a la catástrofe y que la cifra en la
injusticia social que llevaba a muchos españoles a «ver
a la Patria, más que como madre como madrastra». Frente
a la mayoría republicana de los generales impone la
neutralidad, salvando, por primera vez, el horizonte
monárquico. Fue la primera vez que Francisco Franco
impuso su monarquismo. La evolución política de su
régimen fue presidida, en gran medida, por la
imposición de ese monarquismo al que era ajena la
inmensa mayoría de las fuerzas que le apoyaban.
Los monárquicos y la Familia Real, Alfonso XIII y don
Juan, apoyaron sin reservas el alzamiento
cívico-militar, identificándose con la media España
que, en frase de Gil Robles, no se resignaba a morir.
Como soldados se pusieron a las órdenes de Franco. En
las filas del Ejército Nacional, en unidades regulares o
en milicias, formaron o quisieron formar todos los
varones de la familia en sus dos ramas, la carlista y la
alfonsina. Don Juan y Alfonso XIII felicitaron
reiteradamente a Franco por sus victorias. Don Juan quiso
venir a combatir, y lo hizo identificándose con el
uniforme político de los sublevados, ostentando la boina
roja del carlismo y el Yugo y las Flechas de la Falange.
Francisco Franco, en los primeros meses de la guerra,
trazó un programa político muy sencillo en su
expresión: reconstrucción, regeneración y
modernización de España; instauración de un orden
social justo; creación de un régimen político basado
ideológicamente en el neotradicionalismo, en los
conceptos joseantonianos y como coronación la
instauración que no restauración de la Monarquía.
Cuando todo eso estuviera logrado llegaría el momento
del relevo. El relevo lo tendría que hacer un rey, pero
no un rey cualquiera sino un monarca identificado con esa
obra política, dispuesto a continuarla, uniendo así las
dos legitimidades: origen y ejercicio. Solventando, para
siempre, el conflicto dinástico que había desencadenado
tres guerras civiles y superando la pugna dialéctica
entre tradición y modernidad que había frustrado las
expectativas de los españoles. Francisco Franco,
monárquico sentimental ante todo, creía firmemente que
ese rey no podía ser otro que el heredero de Alfonso
XIII. Esta instauración no sería inmediata sino el
fruto de un proceso que virtualizara la Monarquía a
través de las instituciones y la persona. A estas ideas
sería Franco fiel toda su vida. Expuso su proyecto tanto
a Alfonso XIII como a don Juan, quienes parecieron
aceptarlo inicialmente.
Don Juan de Borbón y Battenberg no era un demócrata. No
lo era ni por formación ni por experiencia vital. Los
liberales habían desaparecido de su entorno, y los
monárquicos neotradicionalistas, encabezados por Eugenio
Vegas, hicieron de don Juan su príncipe antiliberal.
Voluntariamente, don Juan se identificó con ellos entre
1935 y 1942. Públicamente asumió el antiliberalismo, y
aún más contundente fue en sus declaraciones privadas.
Al mismo tiempo, no dudó a la hora de presentarse como
el verdadero defensor de los ideales del 18 de Julio. Una
minoría de los monárquicos, tanto carlistas como
alfonsinos, entendieron que el único horizonte aceptable
era la Restauración inmediata de la monarquía,
correspondiendo al Rey el papel de crear las
instituciones fundamentales. Para unos el rey debía ser
don Juan, para un sector del carlismo la única salida
sería la Regencia ejercida por don Javier. La debilidad
congénita de ambos grupos, mucho más acusada entre los
juanistas, hizo inviable cualquier presión que no fuera
el solicitar a Franco que se marchara, quedando, todo lo
más, como una tutela lejana del nuevo proceso. La
incapacidad y la debilidad llevaron a un sector de los
partidarios de don Juan, el más pequeño y no extraño
al resentimiento, a la conspiración, asumiendo
posiciones antifranquistas pero no democráticas.
Buscaron sucesivamente y al mismo tiempo el golpe de
Estado y la intervención extranjera, tanto fascista como
aliada. Desde rey con los nazis a llegar bajo banderas
inglesas, con todo se especuló. El cerco ejercido por
este sector sobre don Juan y la continua labor de
eliminación de cuantos le recomendaban el acuerdo con
Franco, les permitió dominar, en poco tiempo, gran parte
de la voluntad del Conde de Barcelona. Don Juan acabó
decepcionando políticamente a Franco al no confiar en su
palabra y preferir seguir los consejos de quienes,
continuando siendo antiliberales, se situaron frente a
Franco y creyeron encontrar en la figura de don Juan un
ariete eficaz contra el Generalísimo, contra el que
llegaron a conspirar con tanto o más ardor que contra la
República.
Utilizando hábilmente el axioma de que por fuerza tenía
que existir un Rey, porque la monarquía era
consustancial al bien de España, y revistiendo la
argumentación de una justificación patriótica basada
en la idea de que Franco y su régimen no sobrevivirían
a una victoria aliada, perdiéndose así los ideales por
los que se luchó durante la Cruzada, con el consiguiente
retorno revanchista de los derrotados en 1939,
convencieron al siempre dubitativo Conde de Barcelona
para que requiriera al Generalísimo la restauración de
la monarquía. Así lo hizo, pues convirtió este
conjunto de posibilidades en una verdad incuestionable
pero nunca consiguió movilizar más que a unos pocos
monárquicos. Todos los intentos de despertar un
movimiento contra Franco en el interior se saldaron con
un estrepitoso fracaso. Si sus manifiestos pudieron ser
comprendidos desde una óptica patriótica por el propio
Franco, su decisión de secundar indirectamente la
condena internacional, esperando que se produjera la
caída de Franco o la intervención aliada, nunca fue
aceptada. Un hecho que ni Franco ni el Ejército ni
muchos españoles perdonaría a don Juan. Esto puso fin a
las posibilidades de don Juan de ser un día rey de
España. Ni sin Franco ni contra Franco tuvo la
conspiración monárquica posibilidad alguna de triunfar,
pero los monárquicos fueron siempre incapaces no sólo
de reconocer su derrota, sino de analizar correctamente
una situación política, nacional e internacional, cada
vez más favorable a Franco y su Régimen.
Francisco Franco se inclinó por continuar con su
proyecto sin tratar de volver a convencer a quien ya
solamente era un pretendiente; volvió sus ojos hacia el
primogénito de don Juan diseñando, en gran medida, la
Ley de Sucesión en función de su persona. El mismo se
puso un plazo largo de veinte años para tomar la
decisión definitiva. La Ley era, al mismo tiempo, un
ultimátum porque o bien don Juan se plegaba a sus
exigencias o buscaría otro candidato; aunque parece
evidente, por sus continuas declaraciones, que poco a
poco se irá inclinando hacia la solución regencialista
como posible alternativa en caso de fracasar la
instauración. El Conde de Barcelona realizó una torpe
respuesta con su Manifiesto de EstorilÊy ulteriores
declaraciones que sólo sirvieron para confirmar a Franco
en su decisión. Reconociendo su derrota política y el
error a que le habían conducido la mayor parte de sus
consejeros, don Juan, en una decisión personal, pero
teniendo una conciencia bastante clara de lo que su
decisión conllevaba, se inclinó por el acuerdo con
Franco, asegurando así un cierto reconocimiento o
preferencia en su familia al dejar que su hijo viniera a
estudiar a España: si él no llegaba a ser rey, al menos
lo sería su hijo. Esto no quiere decir que acabaran las
conspiraciones de salón. Dentro del Régimen, los
monárquicos colaboradores deseaban una Restauración
más o menos cercana y para ella se dispusieron a
trabajar, pero el tiempo para el retorno de la monarquía
estaba en realidad, siempre lo estuvo, en manos de
Francisco Franco.
A partir del cuarenta y siete, Franco fija dos elementos
esenciales: el tiempo que cree necesario para llevar a
cabo su obra política; y las condiciones que debe reunir
el sucesor. Tiempo y condiciones que indican claramente
que el Caudillo piensa en el primogénito de don Juan.
Conocía muy bien las largas negociaciones con los
carlistas, y quizás de allí, o de las lecturas
históricas a las que era tan aficionado, sacó la idea
de educar a un Príncipe. Franco, que se solía
manifestar por gestos, a veces imperceptibles, dio su
primer impulso a la figura de don Juan Carlos. Para él
no había más que esos dos candidatos: don Juan o su
hijo. En caso de que no fueran viables se establecería
la Regencia.
Resulta admirable cómo Franco es fiel a lo que planea.
Así sucede con el proceso formativo de don Juan Carlos,
que calcula para llegar a los treinta años que fija la
Ley: formación militar, una formación universitaria
especialmente diseñada para las funciones que tendrá
que desempeñar, un período de prácticas en las
diversas administraciones del Estado, y lo más
importante, una campaña destinada a convertirlo en una
figura popular y en el sucesor natural de Franco a los
ojos de los españoles. Quienes especularon o manejaron
otros candidatos lo hicieron formando parte de sus
maniobras políticas, pero Franco nunca los tuvo en
cuenta: ni a don Alfonso ni a don Carlos Hugo otorgó la
menor posibilidad. El Generalísimo había creado un
Reino y de hecho su régimen era una monarquía sin
realeza. No quiso ostentar el título de regente, entre
otras cosas porque su magistratura especial, personal e
intransferible, tenía unos orígenes y unas
legitimidades muy concretas. A partir de 1948, en la
operación política para el regreso de la institución,
comenzó a jugar, primero muy tímidamente y conforme
transcurria el tiempo con mayor claridad, un nuevo
personaje, el Príncipe don Juan Carlos de Borbón. La
decisión final nunca dejó de estar en manos del
Caudillo, pero, sobre todo a partir de 1955, el niño de
diez años que llegó a España en noviembre del cuarenta
y ocho tendrá que ganarse el título de sucesor a
título de rey. La cuestión del retorno de la monarquía
pasaba de las manos de Franco y don Juan a las de Franco
y Juan Carlos.
A partir de 1948, don Juan fue perdiendo peso específico
en el panorama político español. Su posición,
decisión o declaraciones dejaron de tener la importancia
de antaño. Entendió que aún le quedaba una posibilidad
de ser rey logrando restablecer las relaciones con
Franco, que de hecho mejoraron notablemente en la década
de los cincuenta y principios de los sesenta; aceptaba
los principios del Movimiento, cosa que hizo en varias
ocasiones, y lograba presentarse como el heredero común
de los monárquicos asumiendo el credo tradicionalista.
No quiere esto decir que a veces no se dejara llevar
nuevamente por sus consejeros o por sus mismos
planteamientos, provocando alteraciones en su siempre
vacilante línea de conducta. Para Franco esta debilidad
de carácter le incapacitaba para ser el rey necesario;
siempre juzgó que don Juan, como otros reyes, se dejaba
llevar por la opinión del último que llegaba. Sin
embargo, al igual que la inmensa mayoría de sus
consejeros, no era un demócrata, no lo era sencillamente
porque esa no fue su formación ni su ambiente. Se
presentó táctica y tímidamente como tal en algunos
momentos (1945-1947), pero siempre con enormes reservas
en sus declaraciones y con rechazos evidentes en sus
comunicaciones privadas.
El Conde de Barcelona entendió, en una línea
estratégica diseñada por él mismo y probablemente no
comunicada a sus consejeros, que la Ley de Sucesión no
le excluía, sino que le obligaba a realizar un cambio de
actitud con respecto al Régimen. Franco declaró,
reiteradamente, que las previsiones se cumplirían cuando
él faltara o sus condiciones quedaran mermadas, pero
esto no implicaba que no designara sucesor en vida,
aunque en Estoril siempre se juzgó esta posibilidad como
imposible. Don Juan pensó siempre que el Caudillo no lo
haría o que en todo caso sería el resultado de una
larga negociación; su obsesión dinástica y su propio
comportamiento en ocasión semejante durante la
República le impedían pensar otra cosa, por lo que
probablemente entendió que llegado el momento y con la
presencia de su hijo, como representante suyo, en
España, el Consejo del Reino le designaría a él
siempre que cumpliera las previsiones sucesorias. Franco
nunca se inclinó por esta posibilidad, su intención fue
siempre nombrar a Juan Carlos su sucesor. En reiteradas
ocasiones, cuando en documentos y cartas se le sugería
la posibilidad de que don Juan fuera designado, anotó al
lado un rotundo «NO». La posibilidad de la Regencia,
que él mismo pensaba dejar condicionada en su duración
sometiéndola a periódicas revisiones, no tenía como
objeto bloquear la vuelta de un rey sino asegurar la
elección correcta, aunque para ello hubiera, si era
preciso, que esperar.
Francisco Franco, logista destacado, que nunca se movía
sin saber qué iba a ganar, se enfrentó, desde mediados
de los cincuenta, a un hecho incuestionable:la
posibilidad de su muerte o incapacidad. Hasta los famosos
manifiestos de don Juan, amparándose en los estatutos de
FET de las JONS, tuvo designado, ante esa eventualidad,
al Conde de Barcelona. Hubiera sido una ironía del
destino que precisamente los estatutos de la combatida,
por los monárquicos, FET de las JONS hubieran dejado
libre el camino del trono al Conde de Barcelona. Durante
años esperó que don Juan hiciera una solemne
rectificación a cuanto había dicho y aceptara los
Principios Fundamentales del Movimiento, lo que
significaría que, como última solución, aún quedaría
su figura. Franco jugó con esa posibilidad por dos
razones: primera, por su monarquismo, que le impedía
pensar en una salida republicano-presidencialista a su
régimen; segundo, porque así lograba mantener al Conde
de Barcelona dentro de una semidisidencia controlada que
le permitía continuar con su gran objetivo: preparar a
su sucesor, que no era otro que el príncipe Juan Carlos.
Cuando en 1961 don Juan aceptó los Principios
Fundamentales ya era tarde. Franco no se fió, habían
sido muchas las declaraciones y las circunstancias ya no
eran las mismas que antaño. Además, Franco po-seía una
excelente información sobre todos los que se acercaban a
Estoril, de los contactos con la izquierda; por eso
siempre exigió a don Juan una declaración categórica
de fidelidad que sus consejeros se encargaron de
bloquear. Si la muerte le sobrevenía o quedaba
incapacitado el general Muñoz Grandes, asumiría, como
regente, la dirección del régimen. Por el contrario, si
todo evolucionaba con normalidad el sucesor sería don
Juan Carlos.
Entre 1947 y 1969 Franco insistirá, una y otra vez, en
que la monarquía futura será distinta a la que
presidió la decadencia española. La Ley de Sucesión
abría un proceso instaurador y un proceso restaurador.
Franco no hacía sino seguir las propuestas de Acción
Española y del propio Eugenio Vegas, una propuesta de
nueva y verdadera monarquía que podía ser aceptada por
la Falange, en la que se convertía en condición
principal la observancia de la legitimidad de ejercicio
contemplada en el credo tradicionalista. La monarquía no
se colocaba por encima de los Principios, sino al
servicio de los Principios a los que juraba lealtad. Para
Franco y para el sentido propio del ordenamiento
constitucional que se cerraría con la Ley Orgánica del
Estado de 1966, el juramento prestado obligaba de forma
incuestionable. Lo que en ningún modo preveía es que
fuese el propio monarca, su sucesor, quien decidiera
poner en marcha el proceso de desmantelamiento del Nuevo
Estado creado que había hecho posible el regreso de la
monarquía. La decisión primero de llegar y después de
continuar o cambiar pasó a estar en manos del Príncipe,
pero también él, como toda la oposición, acabó
asumiendo que solamente después de Franco las cosas
podrían cambiar.
Don Juan Carlos de Borbón comenzó a jugar un papel
propio dentro de la cuestión monárquica en sus años de
cadete, cuando asumió que debía ganarse la voluntad de
Franco aceptando su proyecto instaurador. Será, sin
duda, a raíz de su boda con la princesa Sofía cuando
ese activismo para la confirmación de la designación en
su persona cobre toda su fuerza y toda su importancia.
Franco, imperceptiblemente, de una forma natural, irá
dando pequeñas señales públicas. En el entorno del
Príncipe comenzó a jugar un papel trascendental Sofía
de Grecia interviniendo en muchas de las decisiones y
conversaciones que se celebraban en la Zarzuela acerca
del futuro. Para ella nunca hubo dudas de que Franco iba
a designar a su marido.
Francisco Franco cuidó hasta los límites más
insospechados de su sucesor, al que quería como el hijo
que no tuvo. Preparó sus estudios, su formación,
hablaba con unos y otros, hacía indicaciones. Se reunía
con el Príncipe, al que hablaba de su experiencia y daba
lecciones de comportamiento y conducta. Vigilaba y daba
instrucciones sobre lo que debía publicar la prensa. No
permitió que nadie le atacara y lo defendió siempre
ante quienes acudieron a El Pardo a criticarle. Francisco
Franco entendía que la monarquía debía dejar a la
aristocracia, enterrar a la Corte y ganarse al pueblo.
Por ello impulsó a los Príncipes a una campaña de
popularización, más que de la Monarquía, de ellos
mismos. Conocía todos los errores que llevaron a la
caída de la Corona en 1931 y a la guerra en 1936; en
modo alguno toleraría que se reprodujeran circunstancias
como aquéllas.
En España no había monárquicos. Franco lo sabía y el
Príncipe también; por eso había que crearlos. Decidió
vincular, para asegurarlo, el proceso del retorno de la
monarquía a su popularidad y a su continuamente
incrementada legitimidad social. Esa asociación hizo
posible la victoria electoral de 1947 (¿hubiese ganado
la monarquía ese referéndum de no quedar vinculado a
Franco y ser éste neutral en la batalla
propagandística?) y la designación de 1969 (¿hubiera
ganado el Príncipe esa elección en las Cortes
españolas sin el apoyo y las recomendaciones previas a
la votación del propio Franco?). La transmisión de la
legitimidad personal de Franco al Príncipe y la
indicación al Ejército, obra exclusiva suya,
permitieron a Juan Carlos acumular un poder especial,
superior al contenido en la Constitución del régimen,
que le permitirá, ironías del destino, desmontarlo. Por
todo ello es imposible explicar la difícil operación
política del retorno de la monarquía sin la decisión y
la voluntad de Franco, que no es una decisión y una
voluntad arrancada, sino el producto de un plan previo.
Don Juan Carlos, formado en la España de Franco, asumió
la legitimidad del 18 de Julio, que le abría las puertas
del Trono. Públicamente se comprometió con el
ordenamiento constitucional del Régimen, aunque en su
fuero interno ya sabía que no podría respetar el
juramento prestado. Encontró un resquicio en las leyes
siguiendo una más que cuestionable interpretación de
Torcuato Fernández Miranda. Aceptar el salto dinástico
y la Corona de manos de Franco provocó una importante
ruptura política entre don Juan y su hijo. El Príncipe
se había ganado la voluntad del Caudillo y éste siempre
lo vio como su sucesor. Don Juan Carlos fue preparado
para ser el rey del Movimiento, pero sus planes eran
otros: llevar a España a la democracia. En esos planes
nunca existió pacto alguno entre padre e hijo. Franco
hizo rey a Juan Carlos porque veía en él la imagen del
rey prudente y del continuador de su obra, que no
estimaba conclusa.
Francisco Franco planificó y pilotó en su tiempo, como
se demuestra en este trabajo, la instauración de la
monarquía, que enlazaba con la dinastía caída en 1931:
por eso se habló de reinstauración. Trazó los tiempos
y a ellos se atuvo. Franco no fue empujado en una «larga
marcha hacia la Monarquía». Quienes le pedían que
nombrara sucesor en vida primero y dejar el puesto
después, sólo servían para contrapesar la influencia
de los regencialistas, pero nunca fueron para Franco
decisorios a la hora de fijar la designación. Sin Franco
la monarquía nunca hubiera vuelto. Fue una decisión
personal tomada en los lejanos días de la guerra.
Si don Juan Carlos ha llegado a ser rey ha sido porque
Franco así se lo propuso. Ese era el proyecto político
de su vida: modernizar España para que desaparecieran
las causas profundas que habían provocado la guerra;
crear un Nuevo Estado y coronarlo con la figura de un
rey. El 20 de noviembre de 1975 las instituciones
entraron en funcionamiento como un reloj. No hubo
oposición en la calle que saliera a celebrar nada, sólo
enormes colas de españoles en Madrid. En todos los
pueblos, en todas las ciudades, los españoles
desbordaron las misas en recuerdo del Jefe del Estado y
las muestras de condolencia. La piel de la España de
1975 en nada se parecía a la de 1939. España era un
país urbano, donde más del 70 por ciento de la
población vivía en ciudades, que alcanzaba los 2.500
dólares de renta per cápita, que había dejado atrás
el analfabetismo y la tuberculosis, que poseía las
infraestructuras y el grado de cohesión interna
necesaria para el crecimiento económico. Más del 50 por
ciento de los hogares gozaban de todo tipo de adelantos,
incluido el coche, y el resto de los españoles lo veían
como algo cercano. La igualdad era un hecho en desarrollo
y la mentalidad de la España de Los Santos Inocentes
había desaparecido. Era la España en paz y desarrollo
que heredaba también don Juan Carlos de Borbón y
Borbón. Situación que no ha ocultado el Rey al afirmar:
«Todo lo que hice en cuanto me vi con las manos libres
pude hacerlo porque antes habíamos tenido cuarenta años
de paz. Una paz, estoy de acuerdo, que no era del gusto
de todo el mundo, pero que, de todos modos, fue una paz
que me transmitió unas estructuras en las que me pude
apoyar». De Franco, lo único que sabemos es que el Rey
no admite que se hable mal de él en su presencia, lo que
no es óbice para que durante la que se suele denominar
II Restauración se desarrollara, como anota Fernández
de la Mora, «una indigna proscripción póstuma de su
progenitor».
Francisco Torres
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