Razón Española, nº 105; Franco y la Instauración

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Franco y la Instauración

Por J. Torres

Una olvidada homilía indice La economía de guerra

Franco y la Instauración

A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Francisco Franco hizo de su obsesión por el futuro una norma de comportamiento político. Cuando en octubre de 1936 prometía intentar llevar a la «Patria a lo más alto», advirtiendo que para ello su pulso no temblaría jamás, no estaba hablando para la galería, ni haciendo promesas de fácil discurso, sino sintetizando un proyecto político que fue desgranando, alocución tras alocución, en aquel difícil otoño-invierno del treinta y seis. Nunca se preocupó, a lo largo de su vida, por su futuro personal o el de su familia, ya que de la austeridad hizo norma de conducta. En ese futuro que Franco dibujaba aparecía invariablemente el retorno de la Monarquía como desembocadura final del horizonte que se había fijado.

Frente a la continua regresión que clausuraba cada periplo, tanto del siglo XIX como del primer tercio del XX, Franco se obstinó en hacer posible el futuro que cauterizara toda posibilidad de tener que volver a iniciar el camino. Para ello, juzgaba necesaria no sólo la reconstrucción del país sino la modernización y el desarrollo capaz de suturar, de una vez por todas, el desgarrado tejido social español; estabilizando, por vez primera en la Historia, una sociedad en demasía acostumbrada a violentas convulsiones; abriéndole el futuro a través de la lucha contra la injusticia social; edificando un verdadero e inexistente hasta entonces Estado del Bienestar; creando, prácticamente de la nada, una inmensa y móvil clase media dinamizada por el progreso y el ensanchamiento continuo; cauterizando el conflicto social que había hecho imposible la convivencia en los años treinta y procurando convertir las fuerzas centrífugas de la historia española en fuerzas convergentes. Por primera vez el sueño de la despensa y la escuela, sueño de ilustrados y regeneracionistas, se hacía realidad. Esa reconstrucción y modernización, que colmaba las ansias de la generación regeneracionista de la que Franco era heredero, debía estar acompañada por la construcción de un sistema político. Formado en la visión neotradicionalista de «Acción Española», Franco trató de poner en pie el Nuevo Estado diseñado por el pensador que más le influyó políticamente, Víctor Pradera, y que juzgaba compatible con los conceptos joseantonianos. Una vez concluida la labor le sucedería en el camino que él había impulsado hacia el futuro, la Monarquía.

La Monarquía había caído por voluntad propia en abril de 1931. Desaparecía al igual que lo habían hecho otras tantas coronas, antes y después, pero a diferencia de ellas sería la única que retornaría merced a una decisión, una obsesión y una obra de ingeniería política realizada por Francisco Franco. La gran justificación histórica del abandono del Trono pasa por la idea de que con ello se evitaba abrir el enfrentamiento entre los españoles. Sin embargo, muy pronto los monárquicos comenzaron a conspirar para derribar por la fuerza la República e implantar la Monarquía. La crisis de la República y su falta de horizontes les brindó un ambiente propicio. Los monárquicos, salvo los tradicionalistas en algunas zonas, eran en los años treinta una minoría exigua. Sociológicamente, España hacía tiempo que había dejado de ser monárquica. Lo importante para sus antiguas bases sociales pasó a ser la defensa del catolicismo frente a la Revolución. El accidentalismo prendió muy pronto en las bases del centro derecha español. La Monarquía encontró refugio en la aristocracia, en los grandes latifundistas, en el viejo generalato y en algunas élites intelectuales, pero perdió sus bases populares tradicionales, no supo atraerse a las nuevas generaciones y se alejó de las clases medias. Cuando esa España experimentó auténtico miedo por su futuro y su supervivencia no buscó un monarca, sino una espada, y ésta estaba asociada, desde hacía tiempo, a un único nombre Francisco Franco.

Francisco Franco, monárquico de corazón y sentimiento desde su juventud, uno de los generales favoritos de Alfonso XIII, contaba con una de las más brillantes y espectaculares biografías del Ejército español. Su capitanía era un hecho asumido tanto en el mundo de la política como en el de la milicia. Para sus compañeros de armas encarnaba una especie de talismán, vinculado a su baraka africana. Políticos como Gil Robles, Goicoechea, Calvo Sotelo o Víctor Pradera lo consideraban el hombre necesario. A ellos se sumaron Cambó o Alejandro Lerroux. También la izquierda le identificó como el caudillo de una posible subversión militar.

Ante el curso de la Historia, Franco reflexiona sobre el futuro que ha de elevarse sobre la tragedia que se anuncia. Es el único que sabe que no se trata de un simple pronunciamiento o de un golpe de Estado rápido, sino del inicio de una guerra civil. Es el único que trata de encontrar una última vía que evite la tragedia apoyándose en su prestigio militar, por lo que escribe, antes de su decisión final al gobierno. Es quien asume que una herida como la que se va a abrir, que tardará generaciones en cicatrizar, y una sangre como la que se va a derramar no puede ser un sacrificio inútil, por lo que la Victoria, de la que nunca dudó, tendrá que servir para eliminar de raíz las circunstancias que condujeron a la catástrofe y que la cifra en la injusticia social que llevaba a muchos españoles a «ver a la Patria, más que como madre como madrastra». Frente a la mayoría republicana de los generales impone la neutralidad, salvando, por primera vez, el horizonte monárquico. Fue la primera vez que Francisco Franco impuso su monarquismo. La evolución política de su régimen fue presidida, en gran medida, por la imposición de ese monarquismo al que era ajena la inmensa mayoría de las fuerzas que le apoyaban.

Los monárquicos y la Familia Real, Alfonso XIII y don Juan, apoyaron sin reservas el alzamiento cívico-militar, identificándose con la media España que, en frase de Gil Robles, no se resignaba a morir. Como soldados se pusieron a las órdenes de Franco. En las filas del Ejército Nacional, en unidades regulares o en milicias, formaron o quisieron formar todos los varones de la familia en sus dos ramas, la carlista y la alfonsina. Don Juan y Alfonso XIII felicitaron reiteradamente a Franco por sus victorias. Don Juan quiso venir a combatir, y lo hizo identificándose con el uniforme político de los sublevados, ostentando la boina roja del carlismo y el Yugo y las Flechas de la Falange.

Francisco Franco, en los primeros meses de la guerra, trazó un programa político muy sencillo en su expresión: reconstrucción, regeneración y modernización de España; instauración de un orden social justo; creación de un régimen político basado ideológicamente en el neotradicionalismo, en los conceptos joseantonianos y como coronación la instauración que no restauración de la Monarquía. Cuando todo eso estuviera logrado llegaría el momento del relevo. El relevo lo tendría que hacer un rey, pero no un rey cualquiera sino un monarca identificado con esa obra política, dispuesto a continuarla, uniendo así las dos legitimidades: origen y ejercicio. Solventando, para siempre, el conflicto dinástico que había desencadenado tres guerras civiles y superando la pugna dialéctica entre tradición y modernidad que había frustrado las expectativas de los españoles. Francisco Franco, monárquico sentimental ante todo, creía firmemente que ese rey no podía ser otro que el heredero de Alfonso XIII. Esta instauración no sería inmediata sino el fruto de un proceso que virtualizara la Monarquía a través de las instituciones y la persona. A estas ideas sería Franco fiel toda su vida. Expuso su proyecto tanto a Alfonso XIII como a don Juan, quienes parecieron aceptarlo inicialmente.

Don Juan de Borbón y Battenberg no era un demócrata. No lo era ni por formación ni por experiencia vital. Los liberales habían desaparecido de su entorno, y los monárquicos neotradicionalistas, encabezados por Eugenio Vegas, hicieron de don Juan su príncipe antiliberal. Voluntariamente, don Juan se identificó con ellos entre 1935 y 1942. Públicamente asumió el antiliberalismo, y aún más contundente fue en sus declaraciones privadas. Al mismo tiempo, no dudó a la hora de presentarse como el verdadero defensor de los ideales del 18 de Julio. Una minoría de los monárquicos, tanto carlistas como alfonsinos, entendieron que el único horizonte aceptable era la Restauración inmediata de la monarquía, correspondiendo al Rey el papel de crear las instituciones fundamentales. Para unos el rey debía ser don Juan, para un sector del carlismo la única salida sería la Regencia ejercida por don Javier. La debilidad congénita de ambos grupos, mucho más acusada entre los juanistas, hizo inviable cualquier presión que no fuera el solicitar a Franco que se marchara, quedando, todo lo más, como una tutela lejana del nuevo proceso. La incapacidad y la debilidad llevaron a un sector de los partidarios de don Juan, el más pequeño y no extraño al resentimiento, a la conspiración, asumiendo posiciones antifranquistas pero no democráticas. Buscaron sucesivamente y al mismo tiempo el golpe de Estado y la intervención extranjera, tanto fascista como aliada. Desde rey con los nazis a llegar bajo banderas inglesas, con todo se especuló. El cerco ejercido por este sector sobre don Juan y la continua labor de eliminación de cuantos le recomendaban el acuerdo con Franco, les permitió dominar, en poco tiempo, gran parte de la voluntad del Conde de Barcelona. Don Juan acabó decepcionando políticamente a Franco al no confiar en su palabra y preferir seguir los consejos de quienes, continuando siendo antiliberales, se situaron frente a Franco y creyeron encontrar en la figura de don Juan un ariete eficaz contra el Generalísimo, contra el que llegaron a conspirar con tanto o más ardor que contra la República.

Utilizando hábilmente el axioma de que por fuerza tenía que existir un Rey, porque la monarquía era consustancial al bien de España, y revistiendo la argumentación de una justificación patriótica basada en la idea de que Franco y su régimen no sobrevivirían a una victoria aliada, perdiéndose así los ideales por los que se luchó durante la Cruzada, con el consiguiente retorno revanchista de los derrotados en 1939, convencieron al siempre dubitativo Conde de Barcelona para que requiriera al Generalísimo la restauración de la monarquía. Así lo hizo, pues convirtió este conjunto de posibilidades en una verdad incuestionable pero nunca consiguió movilizar más que a unos pocos monárquicos. Todos los intentos de despertar un movimiento contra Franco en el interior se saldaron con un estrepitoso fracaso. Si sus manifiestos pudieron ser comprendidos desde una óptica patriótica por el propio Franco, su decisión de secundar indirectamente la condena internacional, esperando que se produjera la caída de Franco o la intervención aliada, nunca fue aceptada. Un hecho que ni Franco ni el Ejército ni muchos españoles perdonaría a don Juan. Esto puso fin a las posibilidades de don Juan de ser un día rey de España. Ni sin Franco ni contra Franco tuvo la conspiración monárquica posibilidad alguna de triunfar, pero los monárquicos fueron siempre incapaces no sólo de reconocer su derrota, sino de analizar correctamente una situación política, nacional e internacional, cada vez más favorable a Franco y su Régimen.

Francisco Franco se inclinó por continuar con su proyecto sin tratar de volver a convencer a quien ya solamente era un pretendiente; volvió sus ojos hacia el primogénito de don Juan diseñando, en gran medida, la Ley de Sucesión en función de su persona. El mismo se puso un plazo largo de veinte años para tomar la decisión definitiva. La Ley era, al mismo tiempo, un ultimátum porque o bien don Juan se plegaba a sus exigencias o buscaría otro candidato; aunque parece evidente, por sus continuas declaraciones, que poco a poco se irá inclinando hacia la solución regencialista como posible alternativa en caso de fracasar la instauración. El Conde de Barcelona realizó una torpe respuesta con su Manifiesto de EstorilÊy ulteriores declaraciones que sólo sirvieron para confirmar a Franco en su decisión. Reconociendo su derrota política y el error a que le habían conducido la mayor parte de sus consejeros, don Juan, en una decisión personal, pero teniendo una conciencia bastante clara de lo que su decisión conllevaba, se inclinó por el acuerdo con Franco, asegurando así un cierto reconocimiento o preferencia en su familia al dejar que su hijo viniera a estudiar a España: si él no llegaba a ser rey, al menos lo sería su hijo. Esto no quiere decir que acabaran las conspiraciones de salón. Dentro del Régimen, los monárquicos colaboradores deseaban una Restauración más o menos cercana y para ella se dispusieron a trabajar, pero el tiempo para el retorno de la monarquía estaba en realidad, siempre lo estuvo, en manos de Francisco Franco.

A partir del cuarenta y siete, Franco fija dos elementos esenciales: el tiempo que cree necesario para llevar a cabo su obra política; y las condiciones que debe reunir el sucesor. Tiempo y condiciones que indican claramente que el Caudillo piensa en el primogénito de don Juan. Conocía muy bien las largas negociaciones con los carlistas, y quizás de allí, o de las lecturas históricas a las que era tan aficionado, sacó la idea de educar a un Príncipe. Franco, que se solía manifestar por gestos, a veces imperceptibles, dio su primer impulso a la figura de don Juan Carlos. Para él no había más que esos dos candidatos: don Juan o su hijo. En caso de que no fueran viables se establecería la Regencia.

Resulta admirable cómo Franco es fiel a lo que planea. Así sucede con el proceso formativo de don Juan Carlos, que calcula para llegar a los treinta años que fija la Ley: formación militar, una formación universitaria especialmente diseñada para las funciones que tendrá que desempeñar, un período de prácticas en las diversas administraciones del Estado, y lo más importante, una campaña destinada a convertirlo en una figura popular y en el sucesor natural de Franco a los ojos de los españoles. Quienes especularon o manejaron otros candidatos lo hicieron formando parte de sus maniobras políticas, pero Franco nunca los tuvo en cuenta: ni a don Alfonso ni a don Carlos Hugo otorgó la menor posibilidad. El Generalísimo había creado un Reino y de hecho su régimen era una monarquía sin realeza. No quiso ostentar el título de regente, entre otras cosas porque su magistratura especial, personal e intransferible, tenía unos orígenes y unas legitimidades muy concretas. A partir de 1948, en la operación política para el regreso de la institución, comenzó a jugar, primero muy tímidamente y conforme transcurria el tiempo con mayor claridad, un nuevo personaje, el Príncipe don Juan Carlos de Borbón. La decisión final nunca dejó de estar en manos del Caudillo, pero, sobre todo a partir de 1955, el niño de diez años que llegó a España en noviembre del cuarenta y ocho tendrá que ganarse el título de sucesor a título de rey. La cuestión del retorno de la monarquía pasaba de las manos de Franco y don Juan a las de Franco y Juan Carlos.

A partir de 1948, don Juan fue perdiendo peso específico en el panorama político español. Su posición, decisión o declaraciones dejaron de tener la importancia de antaño. Entendió que aún le quedaba una posibilidad de ser rey logrando restablecer las relaciones con Franco, que de hecho mejoraron notablemente en la década de los cincuenta y principios de los sesenta; aceptaba los principios del Movimiento, cosa que hizo en varias ocasiones, y lograba presentarse como el heredero común de los monárquicos asumiendo el credo tradicionalista. No quiere esto decir que a veces no se dejara llevar nuevamente por sus consejeros o por sus mismos planteamientos, provocando alteraciones en su siempre vacilante línea de conducta. Para Franco esta debilidad de carácter le incapacitaba para ser el rey necesario; siempre juzgó que don Juan, como otros reyes, se dejaba llevar por la opinión del último que llegaba. Sin embargo, al igual que la inmensa mayoría de sus consejeros, no era un demócrata, no lo era sencillamente porque esa no fue su formación ni su ambiente. Se presentó táctica y tímidamente como tal en algunos momentos (1945-1947), pero siempre con enormes reservas en sus declaraciones y con rechazos evidentes en sus comunicaciones privadas.

El Conde de Barcelona entendió, en una línea estratégica diseñada por él mismo y probablemente no comunicada a sus consejeros, que la Ley de Sucesión no le excluía, sino que le obligaba a realizar un cambio de actitud con respecto al Régimen. Franco declaró, reiteradamente, que las previsiones se cumplirían cuando él faltara o sus condiciones quedaran mermadas, pero esto no implicaba que no designara sucesor en vida, aunque en Estoril siempre se juzgó esta posibilidad como imposible. Don Juan pensó siempre que el Caudillo no lo haría o que en todo caso sería el resultado de una larga negociación; su obsesión dinástica y su propio comportamiento en ocasión semejante durante la República le impedían pensar otra cosa, por lo que probablemente entendió que llegado el momento y con la presencia de su hijo, como representante suyo, en España, el Consejo del Reino le designaría a él siempre que cumpliera las previsiones sucesorias. Franco nunca se inclinó por esta posibilidad, su intención fue siempre nombrar a Juan Carlos su sucesor. En reiteradas ocasiones, cuando en documentos y cartas se le sugería la posibilidad de que don Juan fuera designado, anotó al lado un rotundo «NO». La posibilidad de la Regencia, que él mismo pensaba dejar condicionada en su duración sometiéndola a periódicas revisiones, no tenía como objeto bloquear la vuelta de un rey sino asegurar la elección correcta, aunque para ello hubiera, si era preciso, que esperar.

Francisco Franco, logista destacado, que nunca se movía sin saber qué iba a ganar, se enfrentó, desde mediados de los cincuenta, a un hecho incuestionable:la posibilidad de su muerte o incapacidad. Hasta los famosos manifiestos de don Juan, amparándose en los estatutos de FET de las JONS, tuvo designado, ante esa eventualidad, al Conde de Barcelona. Hubiera sido una ironía del destino que precisamente los estatutos de la combatida, por los monárquicos, FET de las JONS hubieran dejado libre el camino del trono al Conde de Barcelona. Durante años esperó que don Juan hiciera una solemne rectificación a cuanto había dicho y aceptara los Principios Fundamentales del Movimiento, lo que significaría que, como última solución, aún quedaría su figura. Franco jugó con esa posibilidad por dos razones: primera, por su monarquismo, que le impedía pensar en una salida republicano-presidencialista a su régimen; segundo, porque así lograba mantener al Conde de Barcelona dentro de una semidisidencia controlada que le permitía continuar con su gran objetivo: preparar a su sucesor, que no era otro que el príncipe Juan Carlos. Cuando en 1961 don Juan aceptó los Principios Fundamentales ya era tarde. Franco no se fió, habían sido muchas las declaraciones y las circunstancias ya no eran las mismas que antaño. Además, Franco po-seía una excelente información sobre todos los que se acercaban a Estoril, de los contactos con la izquierda; por eso siempre exigió a don Juan una declaración categórica de fidelidad que sus consejeros se encargaron de bloquear. Si la muerte le sobrevenía o quedaba incapacitado el general Muñoz Grandes, asumiría, como regente, la dirección del régimen. Por el contrario, si todo evolucionaba con normalidad el sucesor sería don Juan Carlos.

Entre 1947 y 1969 Franco insistirá, una y otra vez, en que la monarquía futura será distinta a la que presidió la decadencia española. La Ley de Sucesión abría un proceso instaurador y un proceso restaurador. Franco no hacía sino seguir las propuestas de Acción Española y del propio Eugenio Vegas, una propuesta de nueva y verdadera monarquía que podía ser aceptada por la Falange, en la que se convertía en condición principal la observancia de la legitimidad de ejercicio contemplada en el credo tradicionalista. La monarquía no se colocaba por encima de los Principios, sino al servicio de los Principios a los que juraba lealtad. Para Franco y para el sentido propio del ordenamiento constitucional que se cerraría con la Ley Orgánica del Estado de 1966, el juramento prestado obligaba de forma incuestionable. Lo que en ningún modo preveía es que fuese el propio monarca, su sucesor, quien decidiera poner en marcha el proceso de desmantelamiento del Nuevo Estado creado que había hecho posible el regreso de la monarquía. La decisión primero de llegar y después de continuar o cambiar pasó a estar en manos del Príncipe, pero también él, como toda la oposición, acabó asumiendo que solamente después de Franco las cosas podrían cambiar.

Don Juan Carlos de Borbón comenzó a jugar un papel propio dentro de la cuestión monárquica en sus años de cadete, cuando asumió que debía ganarse la voluntad de Franco aceptando su proyecto instaurador. Será, sin duda, a raíz de su boda con la princesa Sofía cuando ese activismo para la confirmación de la designación en su persona cobre toda su fuerza y toda su importancia. Franco, imperceptiblemente, de una forma natural, irá dando pequeñas señales públicas. En el entorno del Príncipe comenzó a jugar un papel trascendental Sofía de Grecia interviniendo en muchas de las decisiones y conversaciones que se celebraban en la Zarzuela acerca del futuro. Para ella nunca hubo dudas de que Franco iba a designar a su marido.

Francisco Franco cuidó hasta los límites más insospechados de su sucesor, al que quería como el hijo que no tuvo. Preparó sus estudios, su formación, hablaba con unos y otros, hacía indicaciones. Se reunía con el Príncipe, al que hablaba de su experiencia y daba lecciones de comportamiento y conducta. Vigilaba y daba instrucciones sobre lo que debía publicar la prensa. No permitió que nadie le atacara y lo defendió siempre ante quienes acudieron a El Pardo a criticarle. Francisco Franco entendía que la monarquía debía dejar a la aristocracia, enterrar a la Corte y ganarse al pueblo. Por ello impulsó a los Príncipes a una campaña de popularización, más que de la Monarquía, de ellos mismos. Conocía todos los errores que llevaron a la caída de la Corona en 1931 y a la guerra en 1936; en modo alguno toleraría que se reprodujeran circunstancias como aquéllas.

En España no había monárquicos. Franco lo sabía y el Príncipe también; por eso había que crearlos. Decidió vincular, para asegurarlo, el proceso del retorno de la monarquía a su popularidad y a su continuamente incrementada legitimidad social. Esa asociación hizo posible la victoria electoral de 1947 (¿hubiese ganado la monarquía ese referéndum de no quedar vinculado a Franco y ser éste neutral en la batalla propagandística?) y la designación de 1969 (¿hubiera ganado el Príncipe esa elección en las Cortes españolas sin el apoyo y las recomendaciones previas a la votación del propio Franco?). La transmisión de la legitimidad personal de Franco al Príncipe y la indicación al Ejército, obra exclusiva suya, permitieron a Juan Carlos acumular un poder especial, superior al contenido en la Constitución del régimen, que le permitirá, ironías del destino, desmontarlo. Por todo ello es imposible explicar la difícil operación política del retorno de la monarquía sin la decisión y la voluntad de Franco, que no es una decisión y una voluntad arrancada, sino el producto de un plan previo.

Don Juan Carlos, formado en la España de Franco, asumió la legitimidad del 18 de Julio, que le abría las puertas del Trono. Públicamente se comprometió con el ordenamiento constitucional del Régimen, aunque en su fuero interno ya sabía que no podría respetar el juramento prestado. Encontró un resquicio en las leyes siguiendo una más que cuestionable interpretación de Torcuato Fernández Miranda. Aceptar el salto dinástico y la Corona de manos de Franco provocó una importante ruptura política entre don Juan y su hijo. El Príncipe se había ganado la voluntad del Caudillo y éste siempre lo vio como su sucesor. Don Juan Carlos fue preparado para ser el rey del Movimiento, pero sus planes eran otros: llevar a España a la democracia. En esos planes nunca existió pacto alguno entre padre e hijo. Franco hizo rey a Juan Carlos porque veía en él la imagen del rey prudente y del continuador de su obra, que no estimaba conclusa.

Francisco Franco planificó y pilotó en su tiempo, como se demuestra en este trabajo, la instauración de la monarquía, que enlazaba con la dinastía caída en 1931: por eso se habló de reinstauración. Trazó los tiempos y a ellos se atuvo. Franco no fue empujado en una «larga marcha hacia la Monarquía». Quienes le pedían que nombrara sucesor en vida primero y dejar el puesto después, sólo servían para contrapesar la influencia de los regencialistas, pero nunca fueron para Franco decisorios a la hora de fijar la designación. Sin Franco la monarquía nunca hubiera vuelto. Fue una decisión personal tomada en los lejanos días de la guerra.

Si don Juan Carlos ha llegado a ser rey ha sido porque Franco así se lo propuso. Ese era el proyecto político de su vida: modernizar España para que desaparecieran las causas profundas que habían provocado la guerra; crear un Nuevo Estado y coronarlo con la figura de un rey. El 20 de noviembre de 1975 las instituciones entraron en funcionamiento como un reloj. No hubo oposición en la calle que saliera a celebrar nada, sólo enormes colas de españoles en Madrid. En todos los pueblos, en todas las ciudades, los españoles desbordaron las misas en recuerdo del Jefe del Estado y las muestras de condolencia. La piel de la España de 1975 en nada se parecía a la de 1939. España era un país urbano, donde más del 70 por ciento de la población vivía en ciudades, que alcanzaba los 2.500 dólares de renta per cápita, que había dejado atrás el analfabetismo y la tuberculosis, que poseía las infraestructuras y el grado de cohesión interna necesaria para el crecimiento económico. Más del 50 por ciento de los hogares gozaban de todo tipo de adelantos, incluido el coche, y el resto de los españoles lo veían como algo cercano. La igualdad era un hecho en desarrollo y la mentalidad de la España de Los Santos Inocentes había desaparecido. Era la España en paz y desarrollo que heredaba también don Juan Carlos de Borbón y Borbón. Situación que no ha ocultado el Rey al afirmar: «Todo lo que hice en cuanto me vi con las manos libres pude hacerlo porque antes habíamos tenido cuarenta años de paz. Una paz, estoy de acuerdo, que no era del gusto de todo el mundo, pero que, de todos modos, fue una paz que me transmitió unas estructuras en las que me pude apoyar». De Franco, lo único que sabemos es que el Rey no admite que se hable mal de él en su presencia, lo que no es óbice para que durante la que se suele denominar II Restauración se desarrollara, como anota Fernández de la Mora, «una indigna proscripción póstuma de su progenitor».



Francisco Torres



 

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