Testigo
presencial
Durante
ocho años, como director general de Prensa, fuí testigo
presencial de muchas visitas de Franco a las principales
ciudades españolas. Durante ese periodo jamás recibí
indicación alguna para que modificase las palabras del
Caudillo. La rutina era que las tomaba taquigráficamente
Lozano Sevilla y se le sometían al Generalísimo quien
invariablemente decía: «Que lo mejore Jiménez
Quílez». Naturalmente, yo me guardé muy bien de
corregir aquellos textos que generalmente eran
emocionadas improvisaciones ante las multitudes que le
aclamaban. Estuve presente, si la memoria no me es infiel
por incompleta, en las visitas a Barcelona, Bilbao,
Sevilla, Santander, León (Congreso Eucarístico),
Barcelona (Congreso Eucarístico), Albacete y Astorga.
Comunes a todas estas visitas eran los recibimientos
multitudinarios que se le tributabn, pero en tal grado
que su propia magnitud excluía toda organización
previa. El clamor popular era consustancial a su entrada
en las ciudades. Me resulta inolvidable la llegada a
Barcelona por el puerto, y luego su lento avance, Ramblas
arriba, acompañado del alcalde José M.ª de Porcioles.
Tuve el privilegio de seguir a la comitiva en el segundo
automóvil y fuí testigo presencial del más grande
recibimiento que he visto jamás.
En la inauguración del pantano de Cíjara, hizo una
parada de conversación con sus acompañantes, surgió el
tema del miedo, no sé por quién suscitado ni a cuento
de qué. Escuché a Franco que él «no conocía el
miedo, por lo cual no debía ponderarse su valentía».
Desconocía el miedo absolutamente.
En la visita a Bilbao, se habían difundido rumores de un
probable atentado. El entonces Director General de
Seguridad y yo aguardábamos la salida del Caudillo, en
su coche camino de la alcaldía, cuando se recibió la
orden, «Nada de automóviles, S.E. va a hacer a pié el
recorrido». Y así fué, en medio de aclamaciones
generales. Nunca olvidaré a un vascón alto y fuerte que
desde un lateral situado como estaba en primera fila
gritaba incesantemente «Olé tus coj...».
Este hecho me recuerda otro. En los preparativos de un
desfile de la Victoria que tradicionalmente se celebraba
recorriendo Franco la carrera oficial en coche
descubierto, la policía tuvo noticia de la salida de
Francia de un comando terrorista hacia Madrid, dispuesto
para el magnicidio. El Ministro de la Gobernación
encargó al Director General de Seguridad que comunicase
tales informaciones al Caudillo, lo que hizo. La
respuesta fue «Ese es su problema, puesto que está
encargado de mi seguridad; que se me prepare una montura
porque este año no voy a hacer el recorrido en coche
sino a caballo». Y así lo hizo, en medio de ovaciones
indescriptibles. Fue memorable ese desfile tan singular.
Recuerdo también la llegada a Sevilla. Era de noche
oscura y el patio del Alcázar estaba lleno de gente
hasta la bandera. Franco se asomó a un balcón y cuando
mayor era el silencio y se disponía a expresar su saludo
y su agradecimiento, dejó a todos estremecidos un grito
profundo que, más o menos, era «¡Viva la madre que te
parió!». Tal fue la emoción que a todos produjo el
grito, que S.E. tardó unos instantes en reaccionar e
iniciar su breve discurso.
De una visita a Tortosa recuerdo que el Caudillo llegó
muy entrada la noche y ordenó a su conductor que
encendiese la luz interior del automóvil, ante la
desesperación de los servicios de seguridad. La multitud
que se apretujaba era inmensa y los empujones constantes.
Volví la cabeza para pedir que se contuviesen los que
más presionaban y mi sorpresa fue ver que quien más
insistía en sus empujones era el embajador y prohombre
catalán, don Miguel Mateu.
La visita a Barcelona, con motivo de las inundaciones del
Llobregat, tuvo como principal escenario las zonas
afectadas y Franco se mezcló con la masa de catalanes
allí reunida, lo que llegó a originar la viva
preocupación de miembros de su escolta. De tal forma se
internó en las tierras inundadas que yo mismo hube de
desenredar los hilos telefónicos de la conducción
derribada, que se arremolinaron a sus piés y le
dificultaban la marcha.
Una muestra de la extraordinarian serenidad del Caudillo
la viví en una visita a Castellón para inaugurar la
restauración de la catedral. Acompañado del Obispo,
avanzaba por la nave principal en medio de grandes
ovaciones. En ese momento por los servicios de Radio
Nacional el Ministro de Información me encargó que
diera cuenta a S.E. de que se había reanudado la guerra
entre árabes y judios. Comuniqué la noticia al
almirante Nieto, Ministro de Jornada, quien dispuso que
me acercara y se la comunicase a S.E. Este escuchaba del
prelado diversas informaciones atinentes a las obras
catedralicias. Me aproximé y él, sin dejar de escuchar
al obispo el relato, me dijo "Que se acerque el
Ministro de Industria". Así lo hizo López-Bravo a
quien ordenó que se prohibiese la salida de petróleo de
las refinerías que iba a inaugurar. Entre tanto,
avanzaba y oía al prelado quien no advirtió nada de
anormal en el atento rostro del ilustre visitante.
Por cierto, que en estas visitas era frecuente,
frecuentísimo, ver a clérigos vitorear frenéticamente
a Franco.
A propósito de clérigos, asistí en León a la clausura
del Congreso Eucarístico que, con la presencia del
Legado Pontificio Cardenal de Lima, se celebró en
aquella ciudad. Ya dispuesto a leer su discurso, el
Legado Pontificio advirtió, no sin profunda
contrariedad, que había perdido el texto. Enseguida lo
percibió Franco, que acababa de pronunciar su discurso,
y en voz baja dijo a Su Eminencia: «Haga como si lo
leyera» en tanto daba indicaciones a los servicios de
Radio que soslayaran la anécdota. Muy aliviado, el
cardenal se refirió después a lo muy distinto que
hubiese sucedido si el incidente se hubiera producido
ante su propio Jefe de Estado, General Odria. «En
cambio, el Generalísimo ha actuado tan bien que nadie se
ha dado cuenta de lo sucedido», como ocurrió en efecto.
Acababa de presentar sus credenciales don Guillermo León
y Valencia, embajador de Colombia. Muy amigo mío
concurría la recepción que ofreció en la embajada
después de la presentación de las cartas credenciales y
conocí de alguna manera su molestia, sumamente amistosa,
porque S.E. había vestido en dicho acto uniforme de
diario. Comuniqué al Ministro Alberto Martín Artajo muy
discretamente la queja del Embajador. Desde entonces en
todas las ceremonias diplomáticas Franco vestiría traje
de gala. Aceptó con humildad la queja del gran orador
colombiano, autor de aquella famosa equivocación ante De
Gaulle: en vez de decir «¡Viva Francia!», se le
escapó, del corazón sin duda, un estruendoso «¡Viva
España!».
Y, por último, un relato de Franco anciano. Le ví en el
salón del Palacio Real, después de la octava o novena
salida al balcón para recibir las ovaciones, o sea, la
plena adhesión de una ingente multitud que ocupaba
totalmente la gran plaza de Oriente y calles adyacentes.
Estaba muy emocionado y repetía «Qué gran pueblo».
Cuando en una de las ocasiones regresaba del balcón, muy
conmovido, el Cardenal Primado de Toledo, don Marcelo
González Martín se acercó a él y le dijo: «Qué gran
pueblo, pero qué gran gobernante. Voy a bendecirle». Y
le bendijo, originando en Franco tal emoción que le
ayudaron a reponerse el Teniente General Gavilán y el
Jefe de la Casa Civil, Fuertes del Villavicencio.
Mientras tanto, en la gran plaza los vítores continuaban
incesantes y clamorosos.
Manuel Jiménez QuÍlez
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