El último gran
patriota
0.
Nunca fui beneficiario del franquismo. Más bien lo
contrario. Mantuve con él profundas discrepancias en
cuanto a la concepción de la política; sobre todo en
materia de educación. Pero esto no me ha impedido nunca
reconocer sus méritos. Es lo que trataré de hacer
también ahora: Justicia.
1. Durante las vacaciones escolares de mi tercer curso de
bachillerato me sorprendió la noticia del Alzamiento
nacional. Venía estudiando en Portugal con los jesuitas,
en Entre-os-Ríos, en la confluencia de Támega y Duero,
y en Curía, en hoteles improvisados como colegios, tras
su injusta expulsión de España, consiguiente a un
precepto constitucional totalmente arbitrario. En
aquellos momentos, como tantos otros españoles, me
solidaricé con los militares sublevados. Recuerdo haber
escrito un breve poema, que expresaba mi admiración al
Caudillo. Podría evocar aún algunos versos:
España fue grande, imperial,
laureles de glorias pasada
ciñen las espadas
que han hecho a la Patria inmortal.
Espadas heroicas que encarnan la gloria española
fueron profanadas; mas ya Franco arbola
las viejas espadas.
No me quedé solo en aquel arranque entusiasta: Eramos
muchos los que, horrorizados del sectarismo republicano2,
nos expresábamos así. Porque nadie podrá negar con
verdad la existencia entonces de dos Españas: una que
atacaba desde el poder y otra que padeciendo la más
inicua de las agresiones, depositaba su esperanza en un
Movimiento militar que pusiera fin a semejante caos. En
octubre de 1939 José Montero Alonso publicaba el
Cancionero de la guerra, un florilegio en donde recogía
poemas -muy desiguales en calidad- de una treintena de
escritores. Claro que no están todos los que son.
Recurriendo a la memoria, podría añadir muchos otros
poemas a Franco. Voy a contentarme con uno de Victoriano
Rivas, que comenzaba con cuatro versos impresionantes:
Las manos de la historia te sostienen la pluma.
El futuro se exalta, porque no pudo verte.
Y el presente te aprieta con caricia y te abruma
Con una pena incrédula de perderte.
Todas estas voces no eran más que un síntoma. Las
adhesiones mayoritarias a su persona y a su obra se
mantuvieron siempre, pues de otra forma el régimen no
habría podido durar cuarenta años3, en un ambiente
internacional en que dominaba la hostilidad. Muchos
españoles compartíamos -y aún compartimos- ciertas
ideas del Caudillo. Por ejemplo, su actitud hacia los
partidos. Aún hoy, cuando la Constitución les ha
otorgado -imprudentemente- el monopolio de la actuación
política, los españoles, en abrumadora mayoría, les
muestran su rechazo, pues no ignorando que son los
dispensadores universales de los bienes públicos, ni
aún así se afilian a ellos. Si la CE hubiera
establecido como condición para deferirles el poder una
adhesión realmente mayoritoria, sin ficciones, España
desconocería la partitocracia. Se ha censurado a Franco
con frecuencia por haber reservado el gobierno a las
«familias del régimen». ¿Hace algo distinto la CE
cuando exige que todas las organizaciones políticas sean
democráticas? Claro que el requisito se queda en el
vacío, porque ningún partido lo cumple, y no pasa
nada4. Como en tantas ocasiones, sin preocupar a nadie,
la CEse queda en el papel, para darle la razón a
Carlyle5.
2. En los años transcurridos después de su muerte, se
le ha negado a Franco el pan y la sal6. Según la
opinión que se difunde, su régimen parece haberse
caracterizado por acumular todos los errores, sin un solo
acierto. Incluso se le niega legitimidad originaria. La
república era una democracia sin tacha7. Y el
levantamiento contra ella carecía de toda posible
justificación. Es decir, la democracia expresa de tal
modo la verdad política, que un gobierno salido de las
urnas legitima cualquier abuso, y haga lo que haga, todas
sus decisiones habrán de acatarse, porque son el
Derecho8.
Digamos, en primer término, que la verdad política no
existe. Y que la democracia, en sentido propio, tampoco.
Añadamos que cualquier poder tiende a desmandarse y
llega a perder su legitimidad, justificando, en
ocasiones, la rebelión. La república, en realidad, se
había implantado de hecho, no según las previsiones
jurídicas9. Las elecciones municipales no eran la vía
constitucional para un cambio de régimen e, incluso, una
mayoría de concejales republicanos (¡que no la hubo!)
era compatible con la persistencia de la monarquía. Pero
esto no se tuvo en cuenta y se desamparó al rey. La
república, pues, proclamada de facto, no puede ufanarse
de legitimidad democrática, salvo con previa negación
de la igualdad entre votantes. Su primer gobierno tuvo
que ser improvisado y provisional. Su actuación, a la
defensiva, fue la consecuencia de este primer amaño.
Además, sociológicamente, los partidos políticos eran
más ficciones que realidades. Tenían votantes
oportunistas, no afiliados. Los resultados electorales
carecían de verdadera significación social. Los
cimientos de la república descansaban sobre arena
movediza. Por eso, cuando un inauténtico poder
constituyente lastimaba muy hondos sentimientos
populares, no podía esperar otra cosa que despedazar el
país. Yendo cada gobernante a lo suyo, las aspiraciones
populares no encontraban intérpretes entre los
políticos. Y desatándose la hostilidad de todos contra
todos, el resultado -inevitable- tenía que ser la guerra
civil. Los primeros ensayos fueron en Asturias y en
Cataluña. Allí, el 5 de octubre de 1934, acabó
realmente el régimen constitucional republicano,
dinamitado por sus propios autores, que optaron por
sumarse a la revolución desencadenada por el «Lenin
español»10. Pero esta vez venció el gobierno central;
sin que la república consiguiera superar la crisis y
estabilizarse. Al contrario, los responsables de la
subversión, constituyendo el Frente Popular, tuvieron el
16 de febrero de 1936 un menguado triunfo (¡unos pocos
votos más!), que una Ley Electoral, urdida ad hoc, al
otorgarles una mayoría parlamentaria desmedida, les
sirvió, con abuso, para aumentarla más aún.
En junio de 1936, en famoso discurso, Gil-Robles pudo
denunciar la inseguridad dominante. Era el preaviso de la
contención necesaria. Pero no la hubo. Mientras tanto,
ante el deterioro creciente de la situación, el general
Mola se sintió urgido a planear desde Pamplona el
Alzamiento, que iba a ser capitaneado por el general
Sanjurjo. El 13 de julio, CalvoSotelo, con desprecio a su
inmunidad parlamentaria, caía vilmente asesinado por
oficiales de la Guardia de Asalto, tras haber sido
amenazado de muerte en el propio parlamento. (Gil-Robles
llevaba días teniendo que cruzar la frontera para no
pernoctar en Madrid). La situación era ya visiblemente
de guerra civil latente, presidida por un gobierno
beligerante, digan lo que quieran demócratas
empecinados. El 17 de julio comenzaba el levantamiento en
Marruecos, secundado en la Península un día después.
En principio, el gobierno, controlando la mayor parte del
territorio, tenía todas las de ganar. Pero el ejército
confiaba en el talento superior de Franco, bien
acreditado desde la guerra marroquí. Por eso cabe decir,
como Suetonio de César: «Durante todo el transcurso de
la guerra civil no sufrió una sola derrota personal.»
Los republicanos rompieron en varias ocasiones frentes
desguarnecidos; pero Franco acudió rápidamente a poner
remedio y siempre los venció. En el fondo, decidió la
guerra la constante afluencia de voluntarios a las tropas
de Franco y su evidente superioridad en la
organización11 y en la estrategia12. En la victoria
militar, duramente ganada, con precio de muchas vidas,
tuvo el Caudillo su título legitimativo incuestionable.
¿O acaso conoce otro mejor la Historia? ¿Alguna gran
nación en el mundo pudo haber llegado a lo que fue sino
gracias a triunfos militares? Frente al político que
consigue flacas mayorías parciales del electorado
-muchas veces inferiores a la abstención- los grandes
caudillos populares arrastran la adhesión de multitudes
que arriesgan la vida siguiéndolos. Y jugarse la vida a
una causa es infinitamente más que emitir votos
momentáneos.
3. Hay pocas cosas más extrañas que la volubilidad de
las masas. Mientras vivió Franco, las instituciones
españolas competían en acordarle honores y
condecoraciones, vinieran o no a cuento. Salvo en pocos
casos, los municipios españoles que le habían dedicado
calles las han cambiado de nombre, no más soplar los
aires «democráticos». No les importó incumplir, así,
las disposiciones legales vigentes sobre actos propios y
preclusión. Pues tanto antes como ahora, las normas
procesales administrativas establecen un método
vinculante para la revisión de oficio de los actos
tachados de lesivos13, que, en el caso presente, no se ha
respetado, sin protesta de nadie (que yo sepa). Franco
fue un héroe nacional durante cuarenta años. Ahora, una
propaganda sistemática lo ha convertido en un maldito.
Pero Franco, como cualquier otro hombre, tiene derecho
indiscutible a que se le haga Justicia. Y aunque, con el
tiempo, asuma la Historia el deber de hacérselo, esto no
nos excusa del nuestro a cuantos creemos en ella.
4. La vida de Franco queda dividida en dos etapas muy
diferentes por el 18 de julio de 1936. Hasta ese día,
Franco era un referente de heroicidad para la inmensa
mayoría de los españoles14. A partir de entonces, las
fortísimas pasiones que despiertan tanto nuestra guerra
civil como la contienda mundial, hacen imposible un
juicio equilibrado. Para muchos, Franco aparece como un
hombre del Destino, cuya intervención frena la
expansión comunista; y sin el cual, con la segunda
república en manos soviéticas y la «omnipotencia
geográfica» de España, las profecías de Donoso sobre
Rusia se hubieran cumplido. Para otros, enemigos
irreconciliables de Franco, éste fue un dictador
implacable, a quien imputan los mayores desmanes.
Pero los hechos son obstinados. Y los de Franco se
imponen pese a todo. El Alzamiento militar no encontró
buena prensa fuera de España. Nominalmente era un golpe
militar contra una democracia. Una minoría vociferente
no dejaba de propalar en el exterior toda clase de
infundios para su descrédito. Dentro, la mayoría
silenciosa era consciente de su necesidad, e hizo posible
su triunfo sumándose a él. Pero en los primeros días
no acompañó la fortuna a los sublevados. Fracasaron en
Madrid y en Barcelona. El gobierno dio la impresión de
tener la situación controlada. Sólo las columnas de
García Escámez y de Saliquet convergían sobre la
capital. El ejército de Africa tenía que cruzar el
estrecho, prácticamente con toda la marina en manos
republicanas. Un embrionario puente aéreo lo logra en
los primeros momentos. Al frente del Ejército del Sur,
Queipo de Llano, ganando hábilmente la guerra
psicológica desde la radio, pudo acoger en Sevilla a la
5.ª Bandera legionaria del comandante Castejón. El 5 de
agosto, con poco más que el cañonero «Dato», se
forzó el paso del estrecho. Pero ya dos días antes el
teniente coronel Yagüe marchaba también sobre Madrid.
Las hostilidades pudieron haber finalizado en noviembre
de aquel mismo año con la toma de la capital; pero, por
desgracia, con pocos días de diferencia, la guerra se
internacionalizó. Los problemas se le amontonaban a
Franco, nombrado a fines de septiembre Generalísimo y
Jefe de Estado. El más importante -las tendencias
secesionistas dentro de sus filas- lo resolvió en abril
de 1937 mediante el Decreto de Unificación. Ya sin
estorbos en el interior, todo el norte de la Península
pudo ser conquistado, a pesar de las contraofensivas de
La Granja, Brunete y Belchite, que Franco contuvo primero
y superó después. En 1938 plantean los «rojos» en
Teruel y en el Ebro dos grandes batallas, que otra vez el
Generalísimo supo rechazar y convertir luego en éxitos
decisivos.
En este mismo año, el polvorín europeo parece próximo
a estallar. Hitler se anexiona Austria y los sudetes.
Gran Bretaña y Francia sondean a Franco para indagar
cuál sería su actitud ante una conflagración europea.
Ya desde entonces anticipó su neutralidad, salvo
intromisión exterior en los asuntos de España.
Por aquel tiempo estaba clara su victoria sobre el bando
rojo, que se consumó en marzo de 1939. Dondequiera
profundizaran los ejércitos nacionales, las rendiciones
se producían en masa. Pueblos enteros se pasaban a
Franco antes de ser reconquistados. El 28 se ocupaba
Madrid; el 30, Valencia, y el 31, Cartagena y Alicante.
El 1 de abril pudo el Caudillo firmar el último parte de
guerra, anunciando su fin. Se habían alcanzado los
últimos objetivos militares; pero llegaba la hora mucho
más difícil de organizar España para ganar la paz.
5. La empresa era titánica. Los tres años que había
durado la guerra, imputables, sobre todo, a las brigadas
internacionales15 y a la obstinación de los republicanos
en prolongarla, aun sabiéndose irremisiblemente
derrotados, habían ocasionado enorme detrimento
demográfico y económico al país. Entre la mortalidad
natural, agravada por las penurias causadas por la
guerra, sus víctimas directas y todos los emigrados,
España había perdido unos 800.000 habitantes. Casi dos
centenares de pueblos habían desaparecido. Las casas,
total o parcialmente destruidas, rondaban el medio
millón. La producción agraria se había reducido en un
82 por 100 y la industria en un 70 por 100. El deterioro
en los medios de transporte no era menor. La renta per
capita (ya menguada en España) había descendido más de
un 71 por 100. Quinientas diez toneladas oro de nuestras
reservas pasaron a manos soviéticas. Y así todo.
En la España de Franco no se habían experimentado
penurias sensibles; pero el hambre apremiaba en la zona
«roja». Al compartir con ella los alimentos, todo el
país sufrió la escasez. Hubo que implantar el
racionamiento.
Para colmo, cinco meses después de finalizar nuestra
guerra, Hitler, previo un sorprendente pacto con Rusia,
desencadenaba la mundial, atacando a Polonia. Y en poco
más de veinte días, la dejaba fuera de combate. El 10
de mayo de 1940, las divisiones acorazadas alemanas
arrollaban Bélgica y Holanda, capturaban buena parte del
ejército francés y amenazaban al cuerpo expedicionario
británico en Dunkerque, al cual una extraña orden de
Hitler a Gudeian, deteniendo su ofensiva, le permitió
reembarcar casi sin pérdidas. El general Weigand fue
derrotado luego en el Somme el 5 de junio y París
ocupado nueve días después.
Los increíbles triunfos alemanes hicieron creer a
Mussolini que el fin de la guerra era inminente y se
apresuró a garantizarse una parte en el botín,
agrediendo a Francia.
¿Qué hará Franco ahora? Nos preguntábamos muchos
españoles que desaprobábamos la conducta del Duce. Gran
número creía que Alemania tenía la guerra ganada y que
llegaba la hora de reconquistar Gibraltar. Para Franco
podía ser una tentación lograr a bajo coste un inmenso
protagonismo y grandes compensaciones territoriales.
Pero, como siempre, prevalecieron en él la serenidad y
el patriotismo. Como estratega no veía clara la victoria
de Hitler, aunque para la galería dijera otra cosa. Como
patriota, comprendía que soportar tan devastadora
conflagración tendría que ser funesto para España.
Nuestra situación económica exigía neutralidad y
mantenimiento de relaciones comerciales con ambos
beligerantes. Y así lo hizo. Cuando en 1941 se
entrevistó con Hitler en Hendaya, con su frialdad lo
desconcertó16.
Superó las presiones ejercidas por Alemania para
desarrollar los planes de la operación Félix, que,
contando con la cooperación española, hubiera sido
decisiva en la guerra. Para lograr su objetivo con un
Franco que se le resistía, Hitler recurrió a la
intervención de Mussolini, quien en la entrevista de
Bordighera (12-2-41), en situaciones críticas para
Italia en Grecia y Libia, se mostró muy comprensivo con
la actitud de Franco, e hizo ver al Führer que, dados
los problemas económicos españoles, su participación
en el conflicto sería más fuente de problemas que
beneficiosa.
El proceder imperturbable de Franco reportó, por igual,
inmensa contribución al porvenir de España y a la causa
de los aliados. Pues me parece obvio que, de haberse
tomado Gibraltar, otra hubiera sido la suerte de la
guerra. Al menos, su duración, mucho mayor. Pues con el
Mediterráneo cerrado, tienen que verse como muy
improbables la victoria de Montgomery sobre Rommel, los
desembarcos en Africa y en Sicilia, la derrota de Italia
y el desenlace de la operación Barbarroja...
6. El juicio político sobre la obra de Franco -emitido
científicamente, ya que cualquier otro incurriría en
arbitrariedad- habrá de ser enunciado mediante un
balance entre los medios con que contó y los fines que
perseguía. Es decir, contrapesando los recursos que
exigió de los españoles y los resultados que obtuvo con
ellos. Con tal punto de vista, la valoración que se haga
tendrá que ser máximamente favorable.
La España con que se encontró Franco estaba llena de
tensiones, porque había en ella enormes diferencias
sociales: muchísimas familias en situación de penuria,
mediocre número de acomodados y unos pocos con
cuantiosas fortunas. Como se dijo más de una vez en la
locución certera: «Franco llevó a los españoles de la
alpargata al seiscientos» 16 bis.
Todo esto se logró con una módica presión fiscal y
administración rigurosa, gracias a la cual pudo realizar
atrevidas obras públicas17.
Se ha censurado a Franco su apego a la autarquía. Pero
así se ignora cuál era la situación de España entre
1939-1956, en que, hallándose aquejada de una enorme
descapitalización y escasas iniciativas empresariales,
el comercio exterior estaba condenado a la precariedad.
Había que poner al mal tiempo buena cara y buscar dentro
lo que de fuera no podía venir. ¿Qué más
explicaciones necesita una política impuesta por el
cauteloso pragmatismo de Franco?
Otro reproche difícil de comprender se funda en la
formación de sus Gobiernos, tratando de mantener un
cierto equilibrio entre las familias del régimen. Sin
querer nunca titularse rey, ofició indudablemente como
tal. Siendo él el vencedor en la larga y sangrienta
guerra, al precio de muchas vidas y poniendo en juego la
suya propia, ¿cómo ceder a otros el poder, con riesgo
de volver a las andadas y borrar, en abstracción fuera
de lugar, la distinción que se ha llegado a considerar
como políticamente decisiva -Carl Schmidt- entre amigos
y enemigos? Si tal cosa intentara prematuramente, sus
propios fieles le abandonarían. Por todas estas razones,
actuando como lo haría cualquier rey, conformó sus
gobiernos sustituyendo los partidos por sus equivalentes
sucedáneos y con cierta proporción al peso específico
que momentáneamente tenían en el país.
Se habla mucho también -sobre todo por historiadores
extranjeros- de descontento y protesta social18. Quien
esté plenamente advertido de nuestra idiosincrasia no se
dejará influir por meras críticas verbalistas. El
español es aficionado al chismorreo y dice muchas
cosas... por decir. Pues, como señalaba Benavente en su
diálogo La verdad: «Todos decimos cosas como ésas, y
nos burlamos de los sentimientos más nobles, del
patriotismo, de la familia, del amor... Y el que nos oiga
y nos juzgue de ligero pensará que somos unos malvados.
No, no lo somos; somos cobardes, sencillamente...» Y
añadía: «En las horas más serias y graves de nuestra
vida resplandece la verdad sobre todas nuestras mentiras,
y entonces es inútil que el mal quiera parecer bien ni
el bien mal...» En efecto, se formularon muchas
críticas; al principio ninguna contra Franco, todas
contra el «cuñadísimo» (Serrano Súñer); después,
tras la caída del ministro, contra el mismísimo Jefe
del Estado. Pero a la hora de la verdad, cuando no se
podía expresar el disenso en referéndum, toda la
propaganda antifranquista se estrellaba contra los
resultados abrumadoramente favorables. Por ejemplo, en el
de 1947 llegaron al 82 por 10019. ¿Quién podrá negar
que el pueblo, en su mayoría, sintió y lamentó la
muerte de Franco?
7. El juicio histórico tiene que ser siempre
comparativo. La era de Franco ha de compararse con la que
le precedió y con la que le siguió. Con la república
¿podrá alguien negarle una manifiesta superioridad? La
república fue un perfecto ejemplo de desgobierno.No
existían orden público ni seguridad; la
disfuncionalidad administrativa era evidente; el
sectarismo imperaba por todas partes. La situación
económica, sostenida por las reservas de la Dictadura,
no se resintió de inmediato, a pesar de la depresióin
reinante en el mundo, aunque estos problemas no han sido
todavía bien estudiados en España20.
Con la transición, tampoco el balance le resulta
desfavorable. Aparentemente, tiene en su haber el nuevo
régimen la proclamación constitucional de los derechos
humanos. Pero, una vez más, dime de lo que alardeas y te
diré de lo que careces. Ningún jurista imparcial podrá
creer que «nuestros» tan cacareados derechos
fundamentales hayan llegado a configurarse como
auténticos «derechos subjetivos»? La característica
decisiva de los derechos subjetivos estriba en su eficaz
protección jurisdiccional, que la CEnunca trató de
dispensarle. Me remito a los argumentos que constan en
otra sede21. Baste decir aquí que la invocacióin de los
derechos fundamentales ante quienes debieran protegerlos,
nunca estadísticamente les merecen ni un mínimo de
atención ¡Ni el derecho a la vida está siquiera
garantizado! Su más radical negación, el aborto,
disfruta ahora de una permisividad que jamás encontró
en el franquismo. Y homicidios, asesinatos e, incluso, el
terrorismo les salen tan baratos a sus autores que no
cabe creer que se haya justipreciado la vida humana en lo
que realmente vale. Y si alguien necesita buenas razones
para persuadirse del carácter mítico que tienen en
nuestro régimen actual los derechos humanos, basta
estudiar la Ley Orgánica de un Tribunal Constitucional
¡de doce miembros! y sus reformas para comprender que el
derecho a la tutela judicial efectiva (¡el soporte de
todos los otros!) no resulta otra cosa que un mito
político más. Si los derechos fundamentales no fueran
imprescriptibles, se habrían perdido por prescripción
en todas partes. Pues bien, en la España actual, no
sólo prescriben sino que caducan en cortísimos plazos.
Y en un Estado en que se declara imprescriptible el
dominio público e incluso derechos adquiridos por
prescripción, como el atribuido a los condueños de
montes vecinales en mano común; los teóricamente más
importantes, llamados por eso fundamentales, se
volatilizan en muy pocos días. ¡Enorgullecedor triunfo
de lógica democrática que contraponer victoriosamente a
las declaraciones programáticas del Fuero de los
Españoles!
En cosas de la máxima trascendencia, todas las ventajas
están con el régimen anterior: en la efectividad de las
funciones y servicios públicos22. Pese a la
multiplicacióin de la policía, el régimen actual ha
tenido que soportar un notable incremento de los delitos.
El orden público y la seguridad jurídica están en
franca decadencia. Los tribunales han hecho mangas y
capirotes de la Ley de Enjuciamiento Civil, que parece
haberse ya derogado de facto. No ha servido de nada el
empeño del legislador en acelerar los procedimientos. A
pesar de que el artículo 306 de la LEC estable la
preclusión e impone a los secretarios judiciales el
deber de constatar el transcurso del plazo y dar cuenta
al Tribunal para que ordene lo procedente, no ha
conseguido nada. El precepto impunemente no se cumple.
No son más felices las realidades en el orden
administrativo. Aunque se hayan informatizado, los
expedientes se tramitan con tal lentitud que resulta un
milagro de fe pensar que las administraciones funcionan.
La descentralización ha batido todas las marcas, al
igual que se ha hipertrofiado la legislación. Pero la
superabundancia de normas y su heterogénea procedencia
ha sido un obstáculo insuperable para que logre
efectividad el Derecho positivo. Hoy nadie parece
conocerlo; y quienes lo conocen lo soslayan. La misma
Constitución se pasa por alto23, dando la impresión de
que sólo sirve para que los políticos la citen como una
gran conquista... que nadie toma en serio.
Creo, finalmente, que la mejor medida del apoyo
indismentible que recibió un régimen y del auténtico
patriotismo reinante es el que podría denominarse
optimismo existencial, revelado en un constante
incremento de población. Donde la poblacióin decrezca
sin pausa24, el pesimismo existencial está claro y con
él sobrevienen la decadencia y la decrepitud. La nación
está desapareciendo y dos grandes síntomas lo delatan:
externamente, los movimientos osmóticos inmigratorios,
aprestándose a llenar el vacío; e, internamente, las
tendencias desintegradoras emergentes. Pues, como lo
expresaba sagazmente Ruiz del Castillo: «La relajación
del poder de empresa, la falta de un ideal común
-programa- y de un poder que lo ejecute es causa de que
retoñen los ideales minúsculos y de que así se
justifique el clanato o el provincianismo superado.
Perdido el rumbo y el timón, ¿qué significa la nave
con su potente realidad, qué el capitán con su
imponente autoridad? Cada cual procura salvarse solo. Y
el «¡Sálvese quien pueda!» es, en efecto, consigna
simultánea de disolución y de esperanza. ¿Qué es una
nación? En tal caso, una empresa frustrada y una
ocasión perdida...»25.
José Lois Estévez
1 Deliberadamente, por razones harto comprensibles,
limito la bibliografía a las obras de autores
extranjeros que me parecen más resonantes. Me duele
omitir entre las silenciadas la monumental de don Luis
Suárez Fernández, las varias e innovadoras de don
Ricardo de la Cierva; la colectiva Historia de España,
13,1; España actual. La guerra civil (1936-1939),
Madrid, 1989, y la testimonial de don Gonzalo Fernández
de la Mora, que con limitarse a un solo capítulo de Río
arriba (1995) dice más sobre el gran patriota que fue
Franco que voluminosos libros. Además lo dice en una
prosa límpida, tensa e insuperable, que únicamente pasa
inadvertida a los académicos de la Real de la Lengua.
2 Expresamente lo manifestó el propio Azaña. Vid.
Stanley Payne: Antecedentes y crisis de la Democracia, en
la obra colectiva: La guerra civil. Una nueva visión del
conflicto que dividió España, Madrid, 1996, 26.
3 El hispanista Bartolomé Bennassar, en el prólogo
a la edición española de suobra Franco (Colodrín),
Madrid, 1996, pág. 14, viene a decir algo parecido,
aunque ni en la forma en que se manifiesta ni en algunas
de sus afirmaciones puedo compartir sus juicios.
4 En casi todos los países occidentales cunde la
deserción ciudadana de la participación política, el
fenómeno contra el que previene Klische de la Grange
(Behemoth, 27, 3 ss.) en su sintético comentario sobre
la Democrazia senza popolo. Lo malo es que suceso
semejante no se produzca como efecto de desilusión
colectiva, pór las continuas claudicaciones de los
gobernantes; sino como consecuencia del convencimiento
gradual de que la supuesta representación de los
electores, en que quiere fundarse la democracia, no es de
facto más que un mito político que, una vez alcanzado
el poder, ningún «representante» se toma en serio.
5 En su Historia de la Revolución Francesa (Gil),
Buenos Aires, 1946,m 220, Thomas Carlyle escribe: «Con
los debates sin fin obtenemos los Derechos del hombre,
escritos y promulgados; verdadera base de papel para toda
Constitución de papel. Olvidando, gritan los oponentes,
declarar los deberes del hombre; olvidando, añadiremos
nosotros, los poderes del hombre. ¡Una de las más
fatales omisiones»!
6 La bibliografía sobre Franco y su época crece
sin cesar tanto en España como fuera, demostrando que,
como personaje histórico del siglo XX, es de los que
másfascinación ejercen sobre los historiadores. Se deja
ver, así, evidentemente su trascedental importancia.
¿Cuántos en la Historia de España competirán con él?
Y, sin embargo, casi todos los estudios que se le han
dedicado en el exterior pecan de prematuros, porque aún
respiran prejuicios ideológicos. Paul Preston en Franco
Caudillo de España (Camprodón-Falcón), Barcelona, 5.ª
ed., 1994, 14, tras reconocer que entre 1912 y 1926,
Franco fue un soldado valiente y de capacidad
extraordinaria, le atribuye una «sorprendente
mediocridad intelectual que le indujo a creer en las
ideas más banales». ¿Es que la experiencia, en el caso
de Franco, ha servido únicamente para menguar esa
extraordinaria capacidad? En general, la obra de Preston,
extensa y rica en informaciones de las más diversas
tendencias, hierve en adjetivos cuando en Historia, como
en cualquier otra ciencia, sólo dos parejas, aplicados a
los hechos significativos que tienen que narrar, resultan
admisibles: verdadero y falso, probable o inverosímil.
Lo que le falta, en cambio, a Preston es una crítica
rigurosa que sirva para filtrarlos. De Franco dice cosas
que no predicaría de otros. Por ejemplo: explica su
afición a la caza no sólo pór buscar ejercicio y
placer, sino «es de suponer, como una vía de escape a
su agresividad» (pág. 84). Menos mal que, en alguna
ocasión, reconoce, como uno de sus móviles, el
patriotismo (pág. 32). Las más veces, los cifra en
ambición como pasión desordenada, sin comprender que
todo hombre que no siente la emulación se automutila y
empequeñece (vid., p.e., pág. 34), donde su valor y su
sangre fría nacían de su ambición; pág. 39, o su
recurso contra una resolución injusta revelaba una
ambición desmedida; «La aclamación nacional..., la
rapidez de sus ascensos..., todo le empujaba a
sobreestimar su propia importancia como figura nacional»
(¡!) (pág. 76); vid. también págs. 238 ss., 303 s.,
338 ss., etc. La parcialidad contra Franco la muestra
Preston a menudo. Un llamativo ejemplo en pág. 236 donde
el 1 de octubre de 1936 dice de él que era bajo, calvo y
ahora con doble papada y vientre prominente, contra el
irrecusable testimonio fotográfico que aporta él mismo.
Otro ejemplo patente en pág. 115, donde llega a decir
que Azaña (el siempre resentido y envidioso Azaña),
«subestimaba la capacidad de resentimiento de Franco».
Más objetivo trata de ser Bartolomé Bennassar; pero es
claro que no lo consigue, pues no interpreta las
verdaderas causas por las que Franco mantuvo
vitaliciamente el poder: era consciente de lo que
ocurriría probablemente en España si lo resignara en
otras manos. Creía que los españoles «volverían a las
andadas». Y por lo que se ve desde la transicióin, no
se equivocaba. Los españoles nos vemos obligados, una
vez más, a elegir entre partidos con los que no
sintonizamos: Ninguno nos llena; pero, por falta de
inventiva política, una regulación insensata nos ha
puesto en la alternativa de abstenernos o dar el voto al
que nos disguste menos. Otra incomprensión de Bennassar
es para la represión. Si tuviera presente el sentido
clásico del patriotismo se haría cargo del proceder de
Franco. Para quien ponga sobre todo a la Patria, no cabe
vacilar cuando se cree que está en juego su
incolumnidad.
7 Este tópico se desmorona ya. Quienes estudian los
hechos con mayor desapasionamiento lo niegan
categóricamente. Como prueba citaré unas palabras
deBennassar: «... La proclamación de la República se
había hecho en condiciones que olían a golpe de Estado
«constitucional», porque las elecciones de abril de
1931 sólo fueron elecciones municipales que no tenían
la vocación de cambiar la forma de Estado.» (Op. cit.
67). Vid. también Raymond Carr: España 1808-1975, 7.ª
ed., Barcelona, 1996, 542 ss., esp. 567 ss. Por
desconocimiento cabal de la historia interna de España,
Carr reprocha a Primo de Rivera, como «su
característica más palmaria», «la irresponsabilidad
jurídica del régimen». Ahora bien, no había en esto
ninguna novedad, la «insensibilidad jurídica» ha sido
una constante histórica en España. Nunca en España
y muy raramente fuera los políticos se han
considerado vinculados por el Derecho, sino que se han
juzgado sus «dueños». De ahí que los propios
legisladores incumplan sus leyes sin ningún escrúpulo.
Si uno pregunta: ¿Cuándo fue España un verdadero
Estado de Derecho? La respuesta más probable es:
¡Nunca! Si alguien cree lo contrario sería bien que
citase tan honroso período de nuestra historia.
8 La suposición de que el Derecho es creación
exclusiva del poder no pasa de ser una de tantas
creencias que impone la propaganda y que la adulación se
esfuerza en confirmar. Sin embargo, es insostenible, como
la Sociología jurídica ha puesto en evidencia casi en
vano. En rigor el Derecho es «norma vivida por los
hombres mientras con sus actos cooperativos conforman la
sociedad». Las leyes públicas se quedan en palabras,
cuyo significado es «la estadística de lo que la gente
hace con ellas». Lo que para muchos es el Derecho no
pasa de ortopedia restauradora de las situaciones
patológicas que atraviesa la sociedad.
9 Escritores extranjeros que han enjuiciado la
reciente historia de España difícilmente han logrado
comprenderla. Suelen buscar, entre pies, un gato
inexistente. Su fe democrática y el sufragio universal
paritario la guardan, a lo que vemos para su propio
país: No les parece aplicable a España. En otra
ocasión he citado algún ejemplo. Ahora citaré otros.
Preston, p.e., (Op. cit. 92) dice: «En las elecciones
municipales del 12 de abril de 1931, Franco votó por el
candidato monárquico de Zaragoza. Los resultados serían
adversos a Alfonso XIII, provocarían su salida de
España y abrirían las puertas a la proclamación de la
segunda república...». Es demasiado reticente aquí.
Carr (Op. cit., 575) escribe: «Al atardecer del 12 de
abril empezaron a llegar los resultados de las elecciones
municipales en las capitales de provincia: el bloque
republicano-socialista había triunfado en todas partes.
Este resultado sorprendió a la oposición casi tanto
como al gobierno. Ahora los republicanos podían
convertir en un plebiscito contra la monarquía lo que en
caso de ser derrotados se hubieran contentado con
considerar como elecciones administrativas: aunque las
ciudades pequeñas votaban monárquico y había una
mayoría de concejales monárquicos en España en su
conjunto, estaban en lo cierto cuando argüían que la
«masa» (las grandes circunscripciones) y la
«inteligencia» (los votantes urbanos ilustrados)
habían rechazado a un rey todavía aceptable para la
opinión rural». Stanley Payne, en su obra, en
colaboración sobre La guerra civil (Madrid, 1996, 21
ss., esp. 25 ss.), tras decirnos que la Dictadura
«presidió la época de mayor prosperidad de la historia
de España», añade que «impuso la paz social por la
fuerza, fue incapaz de llevar a cabo una reforma
política y, en general, contribuyó poco a la
prosperidad...» (Habría que preguntarse qué otro, en
tan corto tiempo, pudo hacer tanto). Concluye Payne con
estas palabras: «Los viejos partidos monárquicos
habían perdido credibilidad por su incompetencia para
establecer una democracia y proteger el gobierno
parlamentario, lo que explica el triunfo arrollador de
los republicanos en las grandes ciudades en las primeras
elecciones celebradas tras la caída de Primo de
Rivera...» (La nueva demanda es si en un país sólo
cuentan las grandes ciudades).
10 Vid. de Lojendio, L. M.: «Guerra y neutralidad
en España (1936-1945)», en Historia Universal
Espasa-Calpe, XI, Madrid, 1968, 1033 ss. También
Bennassar: Op. cit., 88; Preston: Op. cit., 169 s.
Respecto a la participación de Prieto y su propia
lamentación inculpatoria, vid. Bennassar, op. cit. 77
11 Escribe Carr: Op. cit. 653: «...En conjunto, la
economía de guerra nacionalista debe considerarse un
éxito: a finales de 1936 había resuelto sus problemas
monetarios y conseguía financiar la guerra sin excesivos
impuestos. Los nacionalistas evitaron el racionamiento y,
por medio de un rígido control de los precios, la
inflación de la zona republicana».
12 También quiere negarse a Franco la condición de
estratega, porque practicó a menudo la guerra de
desgaste. «...En opinión de los expertos alemanes e
italianos, Franco aparecía como un jefe lento y
anticuado, sin noción alguna acerca del empleo de
tanques y aviones. Esta lentitud, aunque a veces era
resultado de un error estratégico, partía de la
creencia de que se debía destruir los ejércitos
republicanos sin destruir los futuros recursos de la
España nacionalista». (Carr: Op. cit 657). Pero el
mejor estratega es quien gana las guerras al final, no
batallas particulares. Y de Franco podría decirse, como
de Quinto Fabio Máximo, Cunctator: «Con su lento
sosiego este hombre solo... restituyó nuestro perdido
Estado...»
13 Si la declaración de lesividad ha de ser previa,
¿quién la ha hecho y dónde nos consta?14 El
heroísmo de Franco, acreditado hasta la saciedad en
Africa, era natural que atrajera el interés de los
periodistas, que aspiran siempre a sintonizar con el
público. Los elogios que le tributan le parecen a
Preston adulación (vid. op. cit. págs. 60 ss). Una
carta del rey Alfonso XIII, que, al uso monárquico, lo
tuteaba, la califica este autor de «aduladora» (pág.
70). Pero ¿por qué habría de adular el rey a Franco?
¿No es más lógico suponer que su admiración era
sincera?
15 Vid. sobre ellas Esenwein, G.: en La guerra
civil, cit. 367 ss.
16 Carr (Op. cit. 678) sostiene que el 14 de junio
de 1940 ofreció Franco a Hitler entrar a su lado en la
guerra a cambio de amplias concesiones territoriales.
Desconozco hasta qué punto está bien fundada su
afirmación (que debe inferirse a la carta que cita en
pág. 681, nota 8); pero la fecha resulta desconcertante,
pues coincide con la ocupacióin de Tánger por las
tropas españolas. Otro punto de discrepancia entre las
diversas versiones gira en torno al retraso en la llegada
de Franco. Paul Schmidt en Europa entre bastidores
(Tamayo), Barcelona, 1952, 467, afirma que el tren
especial de Franco se retrasó una hora. Lo mismo dice
Wilfred von Owen: Hitler y la guerra civil española.
Misión y destino de la Legión Cóndor (Klöckener). R.
Argentia, 1987. En cambio, Bennassar (op. cit., 131) lo
niega y dice que Franco y Serrano Súñer desmintieron
tanta demora, que no pasó de seis minutos. Preston (op.
cit. 491) habla de ocho minutos; pero concuerda con
Schmidt en que Franco llegó sobre las tres de la tarde.
La cuestión estriba en saber a qué hora era la cita
16 bis Tengo ante mi en este instante unas
declaraciones de Vernon Walters a Abc (15-8-2000). Segun
manifiesta Franco le dijo: «El Príncipe será Rey,
porque no hay alternativa. España irá lejos en el
camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses:
democracia, pornografía, droga y qué sé yo. Habrá
grandes locuras pero ninguna de ellas será fatal para
España». Y yo le dije: Pero, mi general, ¿como puede
usted estar seguro? «Porque yo voy a dejar algo que no
encontré al asumir el gobierno de este país hace 40
años» Yo pensé que iba de decir las Fuerzas Armadas;
pero él dijo: «La clase media española». Aunque no
han faltado quienes de la autenticidad de la frase, el
hecho no puede cuestionarse. Deliberadamente, esa fue la
gran obra de Franco.
17 Aunque las comparaciones se reputen odiosas, la
Ciencia las hace muchas veces absolutamente necesarias.
¿Que sería de nuestra famosa «transición
democrática» sin los logros económicos del franquismo?
¿Y qué, de haberse atenido a la parsimonia
presupuestaria de Franco los gobiernos de la Monarquía
instituida por él? El supuesto dictador implacable
respetó, como parte substancial de la intimidad, el
secreto bancario, que fue de las primeras cosas abolidas
con la autoproclamada democracia, de seguro que con el
fin de garantizar más eficazmente la libertad: ese valor
supremo de nuestro ordenamiento jurídico en el que no
hacen mella ni la hipertrofia normativa ni el creciente
maremagnum de los desmanes. Algunos suspicaces se han
atrevido a preguntar, dada la tolerancia que ha
demostrado la transición ante los robos domiciliarios,
si no cabría explicar esa extraña laxitud como un medio
para que el miedo a tener importantes sumas de dinero en
casa promocionara los depósitos bancarios y así hacer
más cuantiosa esa tan «liberal» como democrática
retención fiscal, que alcanza incluso los pequeños
ahorros de niños, pobres y minusválidos. ¡Inapreciable
beneficio derivado de la ruptura del secreto bancario!
18 Preston: Op. cit. 801 ss. Carr: Op. cit. 690 y
ss.
19 Vid Carr: Op. cit. 687.
20 La Caja de Ahorros de Madrid publicó en 1989
unas Estadísticas históricas de España. Siglos XIX-XX.
Pero su fiabilidad no es muy grande.
21 Vid. mi Agresividad del poder y derechos
fundamentales, Santiago, 1992.
22 Un buen ejemplo, el Correo. En la época de
Franco había dos repartos diarios, uno por la mañana y
otro a la tarde, con excepción de los domingos, en que
había un único reparto matinal. Los «impresos», para
fomento de la cultura, se remitían a precio casi nulo.
Hoy, modificada la llamada «difusión cultural», enviar
una separata o un libro supera, en veces, su valor. Algo
parecido sucede con el teléfono: las conferencias
intraurbanas eran gratuitas, aunque a muchos les parezca
increíble. Etc...
23 Tengo ante mí numerosos casos en que la
invocación constitucional ante autoridades
administrativas o judiciales no ha merecido más réplica
que un incomprensible silencio. ¿Es que se ha deducido
simplemente de nuestra regulación positiva que la CE
compete en exclusiva all T.C.? ¿De qué han servido
entonces las disposiciones de la LOPJ (arts. 5 a 9) y de
la LRJAAP y PA (art. 62, 1.a)?
24 Vid. sobre esto el excelente artículo de
FernÁndez de la Mora y Varela: La despoblación de
España, «Razón Española», n.º 101, mayo-junio 2000,
págs. 281 ss.
25 Ruiz del Castillo C. y CatalÁn de OcÓn: Manual
de Derecho Político, Madrid, 1939.
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