Razón Española, nº 105; El último gran patriota

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El último gran patriota

Por J. Lois

Franco frente a Hitler indice Estado de Derecho en la era de Franco

El último gran patriota

0. Nunca fui beneficiario del franquismo. Más bien lo contrario. Mantuve con él profundas discrepancias en cuanto a la concepción de la política; sobre todo en materia de educación. Pero esto no me ha impedido nunca reconocer sus méritos. Es lo que trataré de hacer también ahora: Justicia.

1. Durante las vacaciones escolares de mi tercer curso de bachillerato me sorprendió la noticia del Alzamiento nacional. Venía estudiando en Portugal con los jesuitas, en Entre-os-Ríos, en la confluencia de Támega y Duero, y en Curía, en hoteles improvisados como colegios, tras su injusta expulsión de España, consiguiente a un precepto constitucional totalmente arbitrario. En aquellos momentos, como tantos otros españoles, me solidaricé con los militares sublevados. Recuerdo haber escrito un breve poema, que expresaba mi admiración al Caudillo. Podría evocar aún algunos versos:

España fue grande, imperial,

laureles de glorias pasada

ciñen las espadas

que han hecho a la Patria inmortal.

Espadas heroicas que encarnan la gloria española

fueron profanadas; mas ya Franco arbola

las viejas espadas.

No me quedé solo en aquel arranque entusiasta: Eramos muchos los que, horrorizados del sectarismo republicano2, nos expresábamos así. Porque nadie podrá negar con verdad la existencia entonces de dos Españas: una que atacaba desde el poder y otra que padeciendo la más inicua de las agresiones, depositaba su esperanza en un Movimiento militar que pusiera fin a semejante caos. En octubre de 1939 José Montero Alonso publicaba el Cancionero de la guerra, un florilegio en donde recogía poemas -muy desiguales en calidad- de una treintena de escritores. Claro que no están todos los que son. Recurriendo a la memoria, podría añadir muchos otros poemas a Franco. Voy a contentarme con uno de Victoriano Rivas, que comenzaba con cuatro versos impresionantes:

Las manos de la historia te sostienen la pluma.

El futuro se exalta, porque no pudo verte.

Y el presente te aprieta con caricia y te abruma

Con una pena incrédula de perderte.

Todas estas voces no eran más que un síntoma. Las adhesiones mayoritarias a su persona y a su obra se mantuvieron siempre, pues de otra forma el régimen no habría podido durar cuarenta años3, en un ambiente internacional en que dominaba la hostilidad. Muchos españoles compartíamos -y aún compartimos- ciertas ideas del Caudillo. Por ejemplo, su actitud hacia los partidos. Aún hoy, cuando la Constitución les ha otorgado -imprudentemente- el monopolio de la actuación política, los españoles, en abrumadora mayoría, les muestran su rechazo, pues no ignorando que son los dispensadores universales de los bienes públicos, ni aún así se afilian a ellos. Si la CE hubiera establecido como condición para deferirles el poder una adhesión realmente mayoritoria, sin ficciones, España desconocería la partitocracia. Se ha censurado a Franco con frecuencia por haber reservado el gobierno a las «familias del régimen». ¿Hace algo distinto la CE cuando exige que todas las organizaciones políticas sean democráticas? Claro que el requisito se queda en el vacío, porque ningún partido lo cumple, y no pasa nada4. Como en tantas ocasiones, sin preocupar a nadie, la CEse queda en el papel, para darle la razón a Carlyle5.

2. En los años transcurridos después de su muerte, se le ha negado a Franco el pan y la sal6. Según la opinión que se difunde, su régimen parece haberse caracterizado por acumular todos los errores, sin un solo acierto. Incluso se le niega legitimidad originaria. La república era una democracia sin tacha7. Y el levantamiento contra ella carecía de toda posible justificación. Es decir, la democracia expresa de tal modo la verdad política, que un gobierno salido de las urnas legitima cualquier abuso, y haga lo que haga, todas sus decisiones habrán de acatarse, porque son el Derecho8.

Digamos, en primer término, que la verdad política no existe. Y que la democracia, en sentido propio, tampoco. Añadamos que cualquier poder tiende a desmandarse y llega a perder su legitimidad, justificando, en ocasiones, la rebelión. La república, en realidad, se había implantado de hecho, no según las previsiones jurídicas9. Las elecciones municipales no eran la vía constitucional para un cambio de régimen e, incluso, una mayoría de concejales republicanos (¡que no la hubo!) era compatible con la persistencia de la monarquía. Pero esto no se tuvo en cuenta y se desamparó al rey. La república, pues, proclamada de facto, no puede ufanarse de legitimidad democrática, salvo con previa negación de la igualdad entre votantes. Su primer gobierno tuvo que ser improvisado y provisional. Su actuación, a la defensiva, fue la consecuencia de este primer amaño. Además, sociológicamente, los partidos políticos eran más ficciones que realidades. Tenían votantes oportunistas, no afiliados. Los resultados electorales carecían de verdadera significación social. Los cimientos de la república descansaban sobre arena movediza. Por eso, cuando un inauténtico poder constituyente lastimaba muy hondos sentimientos populares, no podía esperar otra cosa que despedazar el país. Yendo cada gobernante a lo suyo, las aspiraciones populares no encontraban intérpretes entre los políticos. Y desatándose la hostilidad de todos contra todos, el resultado -inevitable- tenía que ser la guerra civil. Los primeros ensayos fueron en Asturias y en Cataluña. Allí, el 5 de octubre de 1934, acabó realmente el régimen constitucional republicano, dinamitado por sus propios autores, que optaron por sumarse a la revolución desencadenada por el «Lenin español»10. Pero esta vez venció el gobierno central; sin que la república consiguiera superar la crisis y estabilizarse. Al contrario, los responsables de la subversión, constituyendo el Frente Popular, tuvieron el 16 de febrero de 1936 un menguado triunfo (¡unos pocos votos más!), que una Ley Electoral, urdida ad hoc, al otorgarles una mayoría parlamentaria desmedida, les sirvió, con abuso, para aumentarla más aún.

En junio de 1936, en famoso discurso, Gil-Robles pudo denunciar la inseguridad dominante. Era el preaviso de la contención necesaria. Pero no la hubo. Mientras tanto, ante el deterioro creciente de la situación, el general Mola se sintió urgido a planear desde Pamplona el Alzamiento, que iba a ser capitaneado por el general Sanjurjo. El 13 de julio, CalvoSotelo, con desprecio a su inmunidad parlamentaria, caía vilmente asesinado por oficiales de la Guardia de Asalto, tras haber sido amenazado de muerte en el propio parlamento. (Gil-Robles llevaba días teniendo que cruzar la frontera para no pernoctar en Madrid). La situación era ya visiblemente de guerra civil latente, presidida por un gobierno beligerante, digan lo que quieran demócratas empecinados. El 17 de julio comenzaba el levantamiento en Marruecos, secundado en la Península un día después. En principio, el gobierno, controlando la mayor parte del territorio, tenía todas las de ganar. Pero el ejército confiaba en el talento superior de Franco, bien acreditado desde la guerra marroquí. Por eso cabe decir, como Suetonio de César: «Durante todo el transcurso de la guerra civil no sufrió una sola derrota personal.» Los republicanos rompieron en varias ocasiones frentes desguarnecidos; pero Franco acudió rápidamente a poner remedio y siempre los venció. En el fondo, decidió la guerra la constante afluencia de voluntarios a las tropas de Franco y su evidente superioridad en la organización11 y en la estrategia12. En la victoria militar, duramente ganada, con precio de muchas vidas, tuvo el Caudillo su título legitimativo incuestionable. ¿O acaso conoce otro mejor la Historia? ¿Alguna gran nación en el mundo pudo haber llegado a lo que fue sino gracias a triunfos militares? Frente al político que consigue flacas mayorías parciales del electorado -muchas veces inferiores a la abstención- los grandes caudillos populares arrastran la adhesión de multitudes que arriesgan la vida siguiéndolos. Y jugarse la vida a una causa es infinitamente más que emitir votos momentáneos.

3. Hay pocas cosas más extrañas que la volubilidad de las masas. Mientras vivió Franco, las instituciones españolas competían en acordarle honores y condecoraciones, vinieran o no a cuento. Salvo en pocos casos, los municipios españoles que le habían dedicado calles las han cambiado de nombre, no más soplar los aires «democráticos». No les importó incumplir, así, las disposiciones legales vigentes sobre actos propios y preclusión. Pues tanto antes como ahora, las normas procesales administrativas establecen un método vinculante para la revisión de oficio de los actos tachados de lesivos13, que, en el caso presente, no se ha respetado, sin protesta de nadie (que yo sepa). Franco fue un héroe nacional durante cuarenta años. Ahora, una propaganda sistemática lo ha convertido en un maldito.

Pero Franco, como cualquier otro hombre, tiene derecho indiscutible a que se le haga Justicia. Y aunque, con el tiempo, asuma la Historia el deber de hacérselo, esto no nos excusa del nuestro a cuantos creemos en ella.

4. La vida de Franco queda dividida en dos etapas muy diferentes por el 18 de julio de 1936. Hasta ese día, Franco era un referente de heroicidad para la inmensa mayoría de los españoles14. A partir de entonces, las fortísimas pasiones que despiertan tanto nuestra guerra civil como la contienda mundial, hacen imposible un juicio equilibrado. Para muchos, Franco aparece como un hombre del Destino, cuya intervención frena la expansión comunista; y sin el cual, con la segunda república en manos soviéticas y la «omnipotencia geográfica» de España, las profecías de Donoso sobre Rusia se hubieran cumplido. Para otros, enemigos irreconciliables de Franco, éste fue un dictador implacable, a quien imputan los mayores desmanes.

Pero los hechos son obstinados. Y los de Franco se imponen pese a todo. El Alzamiento militar no encontró buena prensa fuera de España. Nominalmente era un golpe militar contra una democracia. Una minoría vociferente no dejaba de propalar en el exterior toda clase de infundios para su descrédito. Dentro, la mayoría silenciosa era consciente de su necesidad, e hizo posible su triunfo sumándose a él. Pero en los primeros días no acompañó la fortuna a los sublevados. Fracasaron en Madrid y en Barcelona. El gobierno dio la impresión de tener la situación controlada. Sólo las columnas de García Escámez y de Saliquet convergían sobre la capital. El ejército de Africa tenía que cruzar el estrecho, prácticamente con toda la marina en manos republicanas. Un embrionario puente aéreo lo logra en los primeros momentos. Al frente del Ejército del Sur, Queipo de Llano, ganando hábilmente la guerra psicológica desde la radio, pudo acoger en Sevilla a la 5.ª Bandera legionaria del comandante Castejón. El 5 de agosto, con poco más que el cañonero «Dato», se forzó el paso del estrecho. Pero ya dos días antes el teniente coronel Yagüe marchaba también sobre Madrid.

Las hostilidades pudieron haber finalizado en noviembre de aquel mismo año con la toma de la capital; pero, por desgracia, con pocos días de diferencia, la guerra se internacionalizó. Los problemas se le amontonaban a Franco, nombrado a fines de septiembre Generalísimo y Jefe de Estado. El más importante -las tendencias secesionistas dentro de sus filas- lo resolvió en abril de 1937 mediante el Decreto de Unificación. Ya sin estorbos en el interior, todo el norte de la Península pudo ser conquistado, a pesar de las contraofensivas de La Granja, Brunete y Belchite, que Franco contuvo primero y superó después. En 1938 plantean los «rojos» en Teruel y en el Ebro dos grandes batallas, que otra vez el Generalísimo supo rechazar y convertir luego en éxitos decisivos.

En este mismo año, el polvorín europeo parece próximo a estallar. Hitler se anexiona Austria y los sudetes. Gran Bretaña y Francia sondean a Franco para indagar cuál sería su actitud ante una conflagración europea. Ya desde entonces anticipó su neutralidad, salvo intromisión exterior en los asuntos de España.

Por aquel tiempo estaba clara su victoria sobre el bando rojo, que se consumó en marzo de 1939. Dondequiera profundizaran los ejércitos nacionales, las rendiciones se producían en masa. Pueblos enteros se pasaban a Franco antes de ser reconquistados. El 28 se ocupaba Madrid; el 30, Valencia, y el 31, Cartagena y Alicante. El 1 de abril pudo el Caudillo firmar el último parte de guerra, anunciando su fin. Se habían alcanzado los últimos objetivos militares; pero llegaba la hora mucho más difícil de organizar España para ganar la paz.

5. La empresa era titánica. Los tres años que había durado la guerra, imputables, sobre todo, a las brigadas internacionales15 y a la obstinación de los republicanos en prolongarla, aun sabiéndose irremisiblemente derrotados, habían ocasionado enorme detrimento demográfico y económico al país. Entre la mortalidad natural, agravada por las penurias causadas por la guerra, sus víctimas directas y todos los emigrados, España había perdido unos 800.000 habitantes. Casi dos centenares de pueblos habían desaparecido. Las casas, total o parcialmente destruidas, rondaban el medio millón. La producción agraria se había reducido en un 82 por 100 y la industria en un 70 por 100. El deterioro en los medios de transporte no era menor. La renta per capita (ya menguada en España) había descendido más de un 71 por 100. Quinientas diez toneladas oro de nuestras reservas pasaron a manos soviéticas. Y así todo.

En la España de Franco no se habían experimentado penurias sensibles; pero el hambre apremiaba en la zona «roja». Al compartir con ella los alimentos, todo el país sufrió la escasez. Hubo que implantar el racionamiento.

Para colmo, cinco meses después de finalizar nuestra guerra, Hitler, previo un sorprendente pacto con Rusia, desencadenaba la mundial, atacando a Polonia. Y en poco más de veinte días, la dejaba fuera de combate. El 10 de mayo de 1940, las divisiones acorazadas alemanas arrollaban Bélgica y Holanda, capturaban buena parte del ejército francés y amenazaban al cuerpo expedicionario británico en Dunkerque, al cual una extraña orden de Hitler a Gudeian, deteniendo su ofensiva, le permitió reembarcar casi sin pérdidas. El general Weigand fue derrotado luego en el Somme el 5 de junio y París ocupado nueve días después.

Los increíbles triunfos alemanes hicieron creer a Mussolini que el fin de la guerra era inminente y se apresuró a garantizarse una parte en el botín, agrediendo a Francia.

¿Qué hará Franco ahora? Nos preguntábamos muchos españoles que desaprobábamos la conducta del Duce. Gran número creía que Alemania tenía la guerra ganada y que llegaba la hora de reconquistar Gibraltar. Para Franco podía ser una tentación lograr a bajo coste un inmenso protagonismo y grandes compensaciones territoriales. Pero, como siempre, prevalecieron en él la serenidad y el patriotismo. Como estratega no veía clara la victoria de Hitler, aunque para la galería dijera otra cosa. Como patriota, comprendía que soportar tan devastadora conflagración tendría que ser funesto para España. Nuestra situación económica exigía neutralidad y mantenimiento de relaciones comerciales con ambos beligerantes. Y así lo hizo. Cuando en 1941 se entrevistó con Hitler en Hendaya, con su frialdad lo desconcertó16.

Superó las presiones ejercidas por Alemania para desarrollar los planes de la operación Félix, que, contando con la cooperación española, hubiera sido decisiva en la guerra. Para lograr su objetivo con un Franco que se le resistía, Hitler recurrió a la intervención de Mussolini, quien en la entrevista de Bordighera (12-2-41), en situaciones críticas para Italia en Grecia y Libia, se mostró muy comprensivo con la actitud de Franco, e hizo ver al Führer que, dados los problemas económicos españoles, su participación en el conflicto sería más fuente de problemas que beneficiosa.

El proceder imperturbable de Franco reportó, por igual, inmensa contribución al porvenir de España y a la causa de los aliados. Pues me parece obvio que, de haberse tomado Gibraltar, otra hubiera sido la suerte de la guerra. Al menos, su duración, mucho mayor. Pues con el Mediterráneo cerrado, tienen que verse como muy improbables la victoria de Montgomery sobre Rommel, los desembarcos en Africa y en Sicilia, la derrota de Italia y el desenlace de la operación Barbarroja...

6. El juicio político sobre la obra de Franco -emitido científicamente, ya que cualquier otro incurriría en arbitrariedad- habrá de ser enunciado mediante un balance entre los medios con que contó y los fines que perseguía. Es decir, contrapesando los recursos que exigió de los españoles y los resultados que obtuvo con ellos. Con tal punto de vista, la valoración que se haga tendrá que ser máximamente favorable.

La España con que se encontró Franco estaba llena de tensiones, porque había en ella enormes diferencias sociales: muchísimas familias en situación de penuria, mediocre número de acomodados y unos pocos con cuantiosas fortunas. Como se dijo más de una vez en la locución certera: «Franco llevó a los españoles de la alpargata al seiscientos» 16 bis.

Todo esto se logró con una módica presión fiscal y administración rigurosa, gracias a la cual pudo realizar atrevidas obras públicas17.

Se ha censurado a Franco su apego a la autarquía. Pero así se ignora cuál era la situación de España entre 1939-1956, en que, hallándose aquejada de una enorme descapitalización y escasas iniciativas empresariales, el comercio exterior estaba condenado a la precariedad. Había que poner al mal tiempo buena cara y buscar dentro lo que de fuera no podía venir. ¿Qué más explicaciones necesita una política impuesta por el cauteloso pragmatismo de Franco?

Otro reproche difícil de comprender se funda en la formación de sus Gobiernos, tratando de mantener un cierto equilibrio entre las familias del régimen. Sin querer nunca titularse rey, ofició indudablemente como tal. Siendo él el vencedor en la larga y sangrienta guerra, al precio de muchas vidas y poniendo en juego la suya propia, ¿cómo ceder a otros el poder, con riesgo de volver a las andadas y borrar, en abstracción fuera de lugar, la distinción que se ha llegado a considerar como políticamente decisiva -Carl Schmidt- entre amigos y enemigos? Si tal cosa intentara prematuramente, sus propios fieles le abandonarían. Por todas estas razones, actuando como lo haría cualquier rey, conformó sus gobiernos sustituyendo los partidos por sus equivalentes sucedáneos y con cierta proporción al peso específico que momentáneamente tenían en el país.

Se habla mucho también -sobre todo por historiadores extranjeros- de descontento y protesta social18. Quien esté plenamente advertido de nuestra idiosincrasia no se dejará influir por meras críticas verbalistas. El español es aficionado al chismorreo y dice muchas cosas... por decir. Pues, como señalaba Benavente en su diálogo La verdad: «Todos decimos cosas como ésas, y nos burlamos de los sentimientos más nobles, del patriotismo, de la familia, del amor... Y el que nos oiga y nos juzgue de ligero pensará que somos unos malvados. No, no lo somos; somos cobardes, sencillamente...» Y añadía: «En las horas más serias y graves de nuestra vida resplandece la verdad sobre todas nuestras mentiras, y entonces es inútil que el mal quiera parecer bien ni el bien mal...» En efecto, se formularon muchas críticas; al principio ninguna contra Franco, todas contra el «cuñadísimo» (Serrano Súñer); después, tras la caída del ministro, contra el mismísimo Jefe del Estado. Pero a la hora de la verdad, cuando no se podía expresar el disenso en referéndum, toda la propaganda antifranquista se estrellaba contra los resultados abrumadoramente favorables. Por ejemplo, en el de 1947 llegaron al 82 por 10019. ¿Quién podrá negar que el pueblo, en su mayoría, sintió y lamentó la muerte de Franco?



7. El juicio histórico tiene que ser siempre comparativo. La era de Franco ha de compararse con la que le precedió y con la que le siguió. Con la república ¿podrá alguien negarle una manifiesta superioridad? La república fue un perfecto ejemplo de desgobierno.No existían orden público ni seguridad; la disfuncionalidad administrativa era evidente; el sectarismo imperaba por todas partes. La situación económica, sostenida por las reservas de la Dictadura, no se resintió de inmediato, a pesar de la depresióin reinante en el mundo, aunque estos problemas no han sido todavía bien estudiados en España20.

Con la transición, tampoco el balance le resulta desfavorable. Aparentemente, tiene en su haber el nuevo régimen la proclamación constitucional de los derechos humanos. Pero, una vez más, dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces. Ningún jurista imparcial podrá creer que «nuestros» tan cacareados derechos fundamentales hayan llegado a configurarse como auténticos «derechos subjetivos»? La característica decisiva de los derechos subjetivos estriba en su eficaz protección jurisdiccional, que la CEnunca trató de dispensarle. Me remito a los argumentos que constan en otra sede21. Baste decir aquí que la invocacióin de los derechos fundamentales ante quienes debieran protegerlos, nunca estadísticamente les merecen ni un mínimo de atención ¡Ni el derecho a la vida está siquiera garantizado! Su más radical negación, el aborto, disfruta ahora de una permisividad que jamás encontró en el franquismo. Y homicidios, asesinatos e, incluso, el terrorismo les salen tan baratos a sus autores que no cabe creer que se haya justipreciado la vida humana en lo que realmente vale. Y si alguien necesita buenas razones para persuadirse del carácter mítico que tienen en nuestro régimen actual los derechos humanos, basta estudiar la Ley Orgánica de un Tribunal Constitucional ¡de doce miembros! y sus reformas para comprender que el derecho a la tutela judicial efectiva (¡el soporte de todos los otros!) no resulta otra cosa que un mito político más. Si los derechos fundamentales no fueran imprescriptibles, se habrían perdido por prescripción en todas partes. Pues bien, en la España actual, no sólo prescriben sino que caducan en cortísimos plazos. Y en un Estado en que se declara imprescriptible el dominio público e incluso derechos adquiridos por prescripción, como el atribuido a los condueños de montes vecinales en mano común; los teóricamente más importantes, llamados por eso fundamentales, se volatilizan en muy pocos días. ¡Enorgullecedor triunfo de lógica democrática que contraponer victoriosamente a las declaraciones programáticas del Fuero de los Españoles!

En cosas de la máxima trascendencia, todas las ventajas están con el régimen anterior: en la efectividad de las funciones y servicios públicos22. Pese a la multiplicacióin de la policía, el régimen actual ha tenido que soportar un notable incremento de los delitos. El orden público y la seguridad jurídica están en franca decadencia. Los tribunales han hecho mangas y capirotes de la Ley de Enjuciamiento Civil, que parece haberse ya derogado de facto. No ha servido de nada el empeño del legislador en acelerar los procedimientos. A pesar de que el artículo 306 de la LEC estable la preclusión e impone a los secretarios judiciales el deber de constatar el transcurso del plazo y dar cuenta al Tribunal para que ordene lo procedente, no ha conseguido nada. El precepto impunemente no se cumple.

No son más felices las realidades en el orden administrativo. Aunque se hayan informatizado, los expedientes se tramitan con tal lentitud que resulta un milagro de fe pensar que las administraciones funcionan. La descentralización ha batido todas las marcas, al igual que se ha hipertrofiado la legislación. Pero la superabundancia de normas y su heterogénea procedencia ha sido un obstáculo insuperable para que logre efectividad el Derecho positivo. Hoy nadie parece conocerlo; y quienes lo conocen lo soslayan. La misma Constitución se pasa por alto23, dando la impresión de que sólo sirve para que los políticos la citen como una gran conquista... que nadie toma en serio.

Creo, finalmente, que la mejor medida del apoyo indismentible que recibió un régimen y del auténtico patriotismo reinante es el que podría denominarse optimismo existencial, revelado en un constante incremento de población. Donde la poblacióin decrezca sin pausa24, el pesimismo existencial está claro y con él sobrevienen la decadencia y la decrepitud. La nación está desapareciendo y dos grandes síntomas lo delatan: externamente, los movimientos osmóticos inmigratorios, aprestándose a llenar el vacío; e, internamente, las tendencias desintegradoras emergentes. Pues, como lo expresaba sagazmente Ruiz del Castillo: «La relajación del poder de empresa, la falta de un ideal común -programa- y de un poder que lo ejecute es causa de que retoñen los ideales minúsculos y de que así se justifique el clanato o el provincianismo superado. Perdido el rumbo y el timón, ¿qué significa la nave con su potente realidad, qué el capitán con su imponente autoridad? Cada cual procura salvarse solo. Y el «¡Sálvese quien pueda!» es, en efecto, consigna simultánea de disolución y de esperanza. ¿Qué es una nación? En tal caso, una empresa frustrada y una ocasión perdida...»25.

José Lois Estévez


1 Deliberadamente, por razones harto comprensibles, limito la bibliografía a las obras de autores extranjeros que me parecen más resonantes. Me duele omitir entre las silenciadas la monumental de don Luis Suárez Fernández, las varias e innovadoras de don Ricardo de la Cierva; la colectiva Historia de España, 13,1; España actual. La guerra civil (1936-1939), Madrid, 1989, y la testimonial de don Gonzalo Fernández de la Mora, que con limitarse a un solo capítulo de Río arriba (1995) dice más sobre el gran patriota que fue Franco que voluminosos libros. Además lo dice en una prosa límpida, tensa e insuperable, que únicamente pasa inadvertida a los académicos de la Real de la Lengua.

2 Expresamente lo manifestó el propio Azaña. Vid. Stanley Payne: Antecedentes y crisis de la Democracia, en la obra colectiva: La guerra civil. Una nueva visión del conflicto que dividió España, Madrid, 1996, 26.

3 El hispanista Bartolomé Bennassar, en el prólogo a la edición española de suobra Franco (Colodrín), Madrid, 1996, pág. 14, viene a decir algo parecido, aunque ni en la forma en que se manifiesta ni en algunas de sus afirmaciones puedo compartir sus juicios.

4 En casi todos los países occidentales cunde la deserción ciudadana de la participación política, el fenómeno contra el que previene Klische de la Grange (Behemoth, 27, 3 ss.) en su sintético comentario sobre la Democrazia senza popolo. Lo malo es que suceso semejante no se produzca como efecto de desilusión colectiva, pór las continuas claudicaciones de los gobernantes; sino como consecuencia del convencimiento gradual de que la supuesta representación de los electores, en que quiere fundarse la democracia, no es de facto más que un mito político que, una vez alcanzado el poder, ningún «representante» se toma en serio.

5 En su Historia de la Revolución Francesa (Gil), Buenos Aires, 1946,m 220, Thomas Carlyle escribe: «Con los debates sin fin obtenemos los Derechos del hombre, escritos y promulgados; verdadera base de papel para toda Constitución de papel. Olvidando, gritan los oponentes, declarar los deberes del hombre; olvidando, añadiremos nosotros, los poderes del hombre. ¡Una de las más fatales omisiones»!

6 La bibliografía sobre Franco y su época crece sin cesar tanto en España como fuera, demostrando que, como personaje histórico del siglo XX, es de los que másfascinación ejercen sobre los historiadores. Se deja ver, así, evidentemente su trascedental importancia. ¿Cuántos en la Historia de España competirán con él? Y, sin embargo, casi todos los estudios que se le han dedicado en el exterior pecan de prematuros, porque aún respiran prejuicios ideológicos. Paul Preston en Franco Caudillo de España (Camprodón-Falcón), Barcelona, 5.ª ed., 1994, 14, tras reconocer que entre 1912 y 1926, Franco fue un soldado valiente y de capacidad extraordinaria, le atribuye una «sorprendente mediocridad intelectual que le indujo a creer en las ideas más banales». ¿Es que la experiencia, en el caso de Franco, ha servido únicamente para menguar esa extraordinaria capacidad? En general, la obra de Preston, extensa y rica en informaciones de las más diversas tendencias, hierve en adjetivos cuando en Historia, como en cualquier otra ciencia, sólo dos parejas, aplicados a los hechos significativos que tienen que narrar, resultan admisibles: verdadero y falso, probable o inverosímil. Lo que le falta, en cambio, a Preston es una crítica rigurosa que sirva para filtrarlos. De Franco dice cosas que no predicaría de otros. Por ejemplo: explica su afición a la caza no sólo pór buscar ejercicio y placer, sino «es de suponer, como una vía de escape a su agresividad» (pág. 84). Menos mal que, en alguna ocasión, reconoce, como uno de sus móviles, el patriotismo (pág. 32). Las más veces, los cifra en ambición como pasión desordenada, sin comprender que todo hombre que no siente la emulación se automutila y empequeñece (vid., p.e., pág. 34), donde su valor y su sangre fría nacían de su ambición; pág. 39, o su recurso contra una resolución injusta revelaba una ambición desmedida; «La aclamación nacional..., la rapidez de sus ascensos..., todo le empujaba a sobreestimar su propia importancia como figura nacional» (¡!) (pág. 76); vid. también págs. 238 ss., 303 s., 338 ss., etc. La parcialidad contra Franco la muestra Preston a menudo. Un llamativo ejemplo en pág. 236 donde el 1 de octubre de 1936 dice de él que era bajo, calvo y ahora con doble papada y vientre prominente, contra el irrecusable testimonio fotográfico que aporta él mismo. Otro ejemplo patente en pág. 115, donde llega a decir que Azaña (el siempre resentido y envidioso Azaña), «subestimaba la capacidad de resentimiento de Franco». Más objetivo trata de ser Bartolomé Bennassar; pero es claro que no lo consigue, pues no interpreta las verdaderas causas por las que Franco mantuvo vitaliciamente el poder: era consciente de lo que ocurriría probablemente en España si lo resignara en otras manos. Creía que los españoles «volverían a las andadas». Y por lo que se ve desde la transicióin, no se equivocaba. Los españoles nos vemos obligados, una vez más, a elegir entre partidos con los que no sintonizamos: Ninguno nos llena; pero, por falta de inventiva política, una regulación insensata nos ha puesto en la alternativa de abstenernos o dar el voto al que nos disguste menos. Otra incomprensión de Bennassar es para la represión. Si tuviera presente el sentido clásico del patriotismo se haría cargo del proceder de Franco. Para quien ponga sobre todo a la Patria, no cabe vacilar cuando se cree que está en juego su incolumnidad.

7 Este tópico se desmorona ya. Quienes estudian los hechos con mayor desapasionamiento lo niegan categóricamente. Como prueba citaré unas palabras deBennassar: «... La proclamación de la República se había hecho en condiciones que olían a golpe de Estado «constitucional», porque las elecciones de abril de 1931 sólo fueron elecciones municipales que no tenían la vocación de cambiar la forma de Estado.» (Op. cit. 67). Vid. también Raymond Carr: España 1808-1975, 7.ª ed., Barcelona, 1996, 542 ss., esp. 567 ss. Por desconocimiento cabal de la historia interna de España, Carr reprocha a Primo de Rivera, como «su característica más palmaria», «la irresponsabilidad jurídica del régimen». Ahora bien, no había en esto ninguna novedad, la «insensibilidad jurídica» ha sido una constante histórica en España. Nunca en España —y muy raramente fuera— los políticos se han considerado vinculados por el Derecho, sino que se han juzgado sus «dueños». De ahí que los propios legisladores incumplan sus leyes sin ningún escrúpulo. Si uno pregunta: ¿Cuándo fue España un verdadero Estado de Derecho? La respuesta más probable es: ¡Nunca! Si alguien cree lo contrario sería bien que citase tan honroso período de nuestra historia.

8 La suposición de que el Derecho es creación exclusiva del poder no pasa de ser una de tantas creencias que impone la propaganda y que la adulación se esfuerza en confirmar. Sin embargo, es insostenible, como la Sociología jurídica ha puesto en evidencia casi en vano. En rigor el Derecho es «norma vivida por los hombres mientras con sus actos cooperativos conforman la sociedad». Las leyes públicas se quedan en palabras, cuyo significado es «la estadística de lo que la gente hace con ellas». Lo que para muchos es el Derecho no pasa de ortopedia restauradora de las situaciones patológicas que atraviesa la sociedad.

9 Escritores extranjeros que han enjuiciado la reciente historia de España difícilmente han logrado comprenderla. Suelen buscar, entre pies, un gato inexistente. Su fe democrática y el sufragio universal paritario la guardan, a lo que vemos para su propio país: No les parece aplicable a España. En otra ocasión he citado algún ejemplo. Ahora citaré otros. Preston, p.e., (Op. cit. 92) dice: «En las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, Franco votó por el candidato monárquico de Zaragoza. Los resultados serían adversos a Alfonso XIII, provocarían su salida de España y abrirían las puertas a la proclamación de la segunda república...». Es demasiado reticente aquí. Carr (Op. cit., 575) escribe: «Al atardecer del 12 de abril empezaron a llegar los resultados de las elecciones municipales en las capitales de provincia: el bloque republicano-socialista había triunfado en todas partes. Este resultado sorprendió a la oposición casi tanto como al gobierno. Ahora los republicanos podían convertir en un plebiscito contra la monarquía lo que en caso de ser derrotados se hubieran contentado con considerar como elecciones administrativas: aunque las ciudades pequeñas votaban monárquico y había una mayoría de concejales monárquicos en España en su conjunto, estaban en lo cierto cuando argüían que la «masa» (las grandes circunscripciones) y la «inteligencia» (los votantes urbanos ilustrados) habían rechazado a un rey todavía aceptable para la opinión rural». Stanley Payne, en su obra, en colaboración sobre La guerra civil (Madrid, 1996, 21 ss., esp. 25 ss.), tras decirnos que la Dictadura «presidió la época de mayor prosperidad de la historia de España», añade que «impuso la paz social por la fuerza, fue incapaz de llevar a cabo una reforma política y, en general, contribuyó poco a la prosperidad...» (Habría que preguntarse qué otro, en tan corto tiempo, pudo hacer tanto). Concluye Payne con estas palabras: «Los viejos partidos monárquicos habían perdido credibilidad por su incompetencia para establecer una democracia y proteger el gobierno parlamentario, lo que explica el triunfo arrollador de los republicanos en las grandes ciudades en las primeras elecciones celebradas tras la caída de Primo de Rivera...» (La nueva demanda es si en un país sólo cuentan las grandes ciudades).

10 Vid. de Lojendio, L. M.: «Guerra y neutralidad en España (1936-1945)», en Historia Universal Espasa-Calpe, XI, Madrid, 1968, 1033 ss. También Bennassar: Op. cit., 88; Preston: Op. cit., 169 s. Respecto a la participación de Prieto y su propia lamentación inculpatoria, vid. Bennassar, op. cit. 77

11 Escribe Carr: Op. cit. 653: «...En conjunto, la economía de guerra nacionalista debe considerarse un éxito: a finales de 1936 había resuelto sus problemas monetarios y conseguía financiar la guerra sin excesivos impuestos. Los nacionalistas evitaron el racionamiento y, por medio de un rígido control de los precios, la inflación de la zona republicana».

12 También quiere negarse a Franco la condición de estratega, porque practicó a menudo la guerra de desgaste. «...En opinión de los expertos alemanes e italianos, “Franco aparecía como un jefe lento y anticuado, sin noción alguna acerca del empleo de tanques y aviones. Esta lentitud, aunque a veces era resultado de un error estratégico, partía de la creencia de que se debía destruir los ejércitos republicanos sin destruir los futuros recursos de la España nacionalista». (Carr: Op. cit 657). Pero el mejor estratega es quien gana las guerras al final, no batallas particulares. Y de Franco podría decirse, como de Quinto Fabio Máximo, Cunctator: «Con su lento sosiego este hombre solo... restituyó nuestro perdido Estado...»

13 Si la declaración de lesividad ha de ser previa, ¿quién la ha hecho y dónde nos consta?14 El heroísmo de Franco, acreditado hasta la saciedad en Africa, era natural que atrajera el interés de los periodistas, que aspiran siempre a sintonizar con el público. Los elogios que le tributan le parecen a Preston adulación (vid. op. cit. págs. 60 ss). Una carta del rey Alfonso XIII, que, al uso monárquico, lo tuteaba, la califica este autor de «aduladora» (pág. 70). Pero ¿por qué habría de adular el rey a Franco? ¿No es más lógico suponer que su admiración era sincera?

15 Vid. sobre ellas Esenwein, G.: en La guerra civil, cit. 367 ss.

16 Carr (Op. cit. 678) sostiene que el 14 de junio de 1940 ofreció Franco a Hitler entrar a su lado en la guerra a cambio de amplias concesiones territoriales. Desconozco hasta qué punto está bien fundada su afirmación (que debe inferirse a la carta que cita en pág. 681, nota 8); pero la fecha resulta desconcertante, pues coincide con la ocupacióin de Tánger por las tropas españolas. Otro punto de discrepancia entre las diversas versiones gira en torno al retraso en la llegada de Franco. Paul Schmidt en Europa entre bastidores (Tamayo), Barcelona, 1952, 467, afirma que el tren especial de Franco se retrasó una hora. Lo mismo dice Wilfred von Owen: Hitler y la guerra civil española. Misión y destino de la Legión Cóndor (Klöckener). R. Argentia, 1987. En cambio, Bennassar (op. cit., 131) lo niega y dice que Franco y Serrano Súñer desmintieron tanta demora, que no pasó de seis minutos. Preston (op. cit. 491) habla de ocho minutos; pero concuerda con Schmidt en que Franco llegó sobre las tres de la tarde. La cuestión estriba en saber a qué hora era la cita

16 bis Tengo ante mi en este instante unas declaraciones de Vernon Walters a Abc (15-8-2000). Segun manifiesta Franco le dijo: «El Príncipe será Rey, porque no hay alternativa. España irá lejos en el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses: democracia, pornografía, droga y qué sé yo. Habrá grandes locuras pero ninguna de ellas será fatal para España». Y yo le dije: Pero, mi general, ¿como puede usted estar seguro? «Porque yo voy a dejar algo que no encontré al asumir el gobierno de este país hace 40 años» Yo pensé que iba de decir las Fuerzas Armadas; pero él dijo: «La clase media española». Aunque no han faltado quienes de la autenticidad de la frase, el hecho no puede cuestionarse. Deliberadamente, esa fue la gran obra de Franco.

17 Aunque las comparaciones se reputen odiosas, la Ciencia las hace muchas veces absolutamente necesarias. ¿Que sería de nuestra famosa «transición democrática» sin los logros económicos del franquismo? ¿Y qué, de haberse atenido a la parsimonia presupuestaria de Franco los gobiernos de la Monarquía instituida por él? El supuesto dictador implacable respetó, como parte substancial de la intimidad, el secreto bancario, que fue de las primeras cosas abolidas con la autoproclamada democracia, de seguro que con el fin de garantizar más eficazmente la libertad: ese valor supremo de nuestro ordenamiento jurídico en el que no hacen mella ni la hipertrofia normativa ni el creciente maremagnum de los desmanes. Algunos suspicaces se han atrevido a preguntar, dada la tolerancia que ha demostrado la transición ante los robos domiciliarios, si no cabría explicar esa extraña laxitud como un medio para que el miedo a tener importantes sumas de dinero en casa promocionara los depósitos bancarios y así hacer más cuantiosa esa tan «liberal» como democrática retención fiscal, que alcanza incluso los pequeños ahorros de niños, pobres y minusválidos. ¡Inapreciable beneficio derivado de la ruptura del secreto bancario!

18 Preston: Op. cit. 801 ss. Carr: Op. cit. 690 y ss.

19 Vid Carr: Op. cit. 687.

20 La Caja de Ahorros de Madrid publicó en 1989 unas Estadísticas históricas de España. Siglos XIX-XX. Pero su fiabilidad no es muy grande.

21 Vid. mi Agresividad del poder y derechos fundamentales, Santiago, 1992.

22 Un buen ejemplo, el Correo. En la época de Franco había dos repartos diarios, uno por la mañana y otro a la tarde, con excepción de los domingos, en que había un único reparto matinal. Los «impresos», para fomento de la cultura, se remitían a precio casi nulo. Hoy, modificada la llamada «difusión cultural», enviar una separata o un libro supera, en veces, su valor. Algo parecido sucede con el teléfono: las conferencias intraurbanas eran gratuitas, aunque a muchos les parezca increíble. Etc...

23 Tengo ante mí numerosos casos en que la invocación constitucional ante autoridades administrativas o judiciales no ha merecido más réplica que un incomprensible silencio. ¿Es que se ha deducido simplemente de nuestra regulación positiva que la CE compete en exclusiva all T.C.? ¿De qué han servido entonces las disposiciones de la LOPJ (arts. 5 a 9) y de la LRJAAP y PA (art. 62, 1.a)?

24 Vid. sobre esto el excelente artículo de FernÁndez de la Mora y Varela: La despoblación de España, «Razón Española», n.º 101, mayo-junio 2000, págs. 281 ss.

25 Ruiz del Castillo C. y CatalÁn de OcÓn: Manual de Derecho Político, Madrid, 1939.



 

Franco frente a Hitler indice Estado de Derecho en la era de Franco

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