Una olvidada
homilía
De las dos homilías que el cardenal arzobispo de Madrid,
D. Vicente Enrique y Tarancón, pronunció el 20 y el 27
de noviembre de 1975, la segunda ha sido innumerables
veces evocada y la conoce bien cualquiera que se haya
interesado mínimamente por los comienzos de la delicada
transición política española.
En la solemne misa del Espíritu Santo con que comenzó
el reinado de Juan Carlos I, el Cardenal dejó claro el
punto de vista de la Iglesia, «comprometida con la
Patria»: «Que seáis el Rey de todos los españoles, de
todos los que se sienten hijos de la Madre Patria, sin
privilegios ni distinciones, en el mutuo respeto y amor.
Amor que, como nos enseñó el Concilio, debe extenderse
a quienes piensan de manera distinta de la nuestra, pues
«nos urge la obligación de hacernos prójimos de todo
hombre». «Pido también, Señor, que si en este amor
hay algunos privilegiados, éstos sean los que más lo
necesitan: los pobres, los ignorantes, los despreciados.
Aquellos a quienes nadie parece amar»... «Pido para Vos
acierto y discreción para abrir caminos del futuro de la
Patria, para que, de acuerdo con la naturaleza humana y
la voluntad de Dios, las estructuras jurídico-políticas
ofrezcan a todos los ciudadanos la posibilidad de
participar libre y activamente en la vida del país...».
Esto es lo esencial del mensaje en el que tantos han
visto a Tarancón reclamando «la apertura con todas sus
consecuencias como única garantía de la continuidad de
la corona»1, y del que el propio Cardenal escribe que
«produjo verdadera sensación»2.
Pero una semana antes, en la mañana del 20 de noviembre,
el Cardenal de Madrid había pronunciado otra homilía
ante el féretro del Generalísimo, que no suele ser
recordada por los reporteros, ni por los historiadores.
Victoria Prego, en su televisivo serial de la
transición, no alude a ese momento, aunque dedica un
episodio de setenta y cinco minutos a la muerte de
Franco, y es frecuente, en las narraciones de aquellas
jornadas, que se contraponga al cardenal de Toledo, D.
Marcelo González Martín, como oficiante de los
funerales por el Jefe del Estado fallecido, y al cardenal
de Madrid como protagonista de la primera ceremonia
religiosa del nuevo reinado. Sirva de ejemplo el texto de
Campo Vidal, para quien «las exequias por la muerte de
Franco y los actos de coronación del Rey muestran con
claridad dos jerarcas de la Iglesia espñola sutilmente
enfrentados, el cardenal Primado, Marcelo González
Martín, arzobispo de Toledo, que oficia el funeral por
el fallecido Jefe del Estado, y el cardenal Enrique
Vicente y Tarancón (sic), arzobispo de Madrid y
Presidente de la Confederación Episcopal Española
(sic), que se alinea con el futuro en su homilía de 27
de noviembre...»3. También José María Izquierdo
refiriéndose al entierro de Franco ha escrito que
Tarancón «se zafó de la ceremonia -reservándose para
la celebración del Rey- y dejó la pompa eclesial a
Marcelo González Martín, más propenso a la España
Imperial»4. A decir verdad, ni el propio D. Vicente
Enrique y Tarancón alude a su homilía ante Franco de
cuerpo presente en su libro de Confesiones, donde recoge
en su integridad la arriba recordada de los Jerónimos5.
Las palabras del Arzobispo de Madrid en el mediodía del
20 de noviembre, en la capilla del Palacio del Pardo,
fueron inequívocas: «Nos hemos reunido para rezar. No
debéis esperar de mis palabras ni un juicio histórico
ni tampoco un elogio fúnebre. Ni éste es el momento de
tales juicios ni es función de la Iglesia el
formularlos».
Tarancón no hace, consiguientemente, un elogio fúnebre,
acaso porque no quiere incurrir en las exageraciones a
que se prestan los momentos luctuosos. Se limita a decir
que siente una especialísima emoción al repetir unas
palabras bíblicas
la vida de los justos está en manos de Dios» -«ante el
cuerpo de quien durante casi cuarenta años, con una
entreqa total, rigió los destinos de nuestra Patria»;
que se siente acongojado «ante la desaparición de esta
figura auténticamente histórica» y que se siente,
sobre todo, dolorido «ante la muerte de alguien a quien
sinceramente queríamos y admirábamos».
«No llegamos desnudos ante Dios -siguió diciendo el
Cardenal-. El bautismo es nuestro vestido, las buenas
obras son nuestro equipaje, el único que tiene valor en
esta hora. Como decía San Juan de la Cruz, «a la caída
de la tarde seremos examinados de amor». Y este amor de
Francisco Franco es el que sí puedo elogiar yo en esta
hora»... «Creo que nadie dudará en reconocer aquí
conmigo la absoluta entrega, la obsesión diría,
incluso, con la que Francisco Franco se entregó a
trabajar por España, por el engrandecimiento espiritual
y material de nuestro país, con olvido incluso de su
propia vida. Este servicio a la Patria -lo he dicho ya en
otra ocasión- es también otra virtud religiosa...».
«Quien tanto y tanto luchó hasta extinguirse por
nuestra Patria -añadió el Cardenal Tarancón-
presentará hoy en las manos de Dios este esfuerzo que
habrá sido su manera de amar, con limitaciones humanas,
como las de todos, pero esforzada y generosa siempre».
Sin duda impresionado, como tantísimos españoles, por
el testamento de Franco, monseñor Tarancón recordó que
había muerto «uniendo los nombres de Dios y de España,
como acabamos de oír en el último mensaje. Gozoso
porque moría en el seno de la Iglesia de la que siempre
ha sido hijo fiel».
Al final de su homilía, el Cardenal de Madrid sugirió
ya
con toda claridad- las ideas que iba a desarrollar una
semana más tarde en la misa solemne de los Jerónimos:
«La muerte del Caudillo nos recuerda que la obligación
de trabajar y sacrificarse por la Patria no es sólo
función de los que gobiernan, sino de todos. Todos somos
responsables de que España viva en paz, de que todos los
españoles gocen de la libertad y los medios suficientes
para desarrollar su propia personalidad y para mantener
su dignidad de hombres y cristianos. Pienso que, ante
este cadáver, debemos formular todos la promesa de
borrar todo cuanto pueda separarnos y dividirnos, la de
olvidar nuestros egoísmos e intereses personales, la de
evitar cualquier tipo de partidismos excluyentes que
puedan entorpecer esa felicidad de todos. El respeto, el
diálogo, la aceptación de las diferencias lícitas debe
sustituir a la lucha; la convivencia debe borrar los
exclusivismos. Todos tenemos una gran tarea ante
nosotros. Tendremos que recoger cuanto de positivo se ha
construido en estos años; tendremos que mejorar cuanto
quedó a la mitad de camino; tendremos que superar cuanto
pueda dividirnos y aceptar lo que deba diferenciarnos;
tendremos que trabajar todos juntos para que la justicia,
la libertad, el amor y la paz creen un clima de
convivencia fraternal de la que nadie se deba sentir
excluido, siempre que esté dispuesto a colaborar al bien
de todos».
Como puede comprobarse, estas palabras coinciden en
síntesis con las tan comentadas de la homilía del 27 de
noviembre, pero añaden un claro reconocimiento al
ejemplo del Jefe del Estado fallecido: «Ante el cuerpo
del hermano que acaba de abandonarnos, creo realizar el
mayor homenaje hacia él y cumplir, al mismo tiempo, mi
misión de obispo llamando a todos los españoles a la
unión, a la concordia, a la convivencia
fraterna»...«Si todos cumplimos con nuestro deber con
la entrega con que lo cumplió Francisco Franco, nuestro
país no debe temer por su futuro»6.
Los documentos, que son inequívocos, demuestran la
razón que asiste al historiador J. Tussell al escribir
que «las dos intervenciones del Cardenal Tarancón a la
hora de las exequias de Franco y en el momento de la
coronación del Rey fueron coincidentes en el sentido de
sus palabras»7.
No se puede entender ni aceptar, en cambio, con los
textos en la mano, la versión del funeral de El Pardo
que ha tenido a bien inventar Francisco G. Basterra. «El
Príncipe -dice- con la tétrica banda de luto negro
abrazando el brazo derecho de su abrigo militar, acude al
palacio de El Pardo en la mañana del día 20, donde ve
por primera vez el cadáver de Franco. La tensión se
corta con un cuchillo. El franquismo comienza a tragar
quina. El Cardenal Tarancón se empeña, en contra de
Arias, que quiere que lo haga el primado de Toledo,
Marcelo González, en oficiar una misa de corpore in
sepulto (sic) en El Pardo. Y Tarancón sólo habla de
Franco el hombre: «No esperéis de mis palabras ni un
juicio histórico ni tampoco un elogio fúnebre». Es
demasiado. Arias y la viuda de Franco se niegan a dar la
mano a Tarancón»8.
Quienes escuchamos de labios del cardenal Tarancón su
oración fúnebre ante el cadáver de Franco y
presenciamos aquella ceremonia no podemos menos que
lamentar que se tergiversen los acontecimientos y que los
hechos históricos se aprovechen, sistemáticamente, para
que sus versiones sirvan a intereses distintos de los de
la verdad.
El ejemplo que he puesto, terminantemente contradicho por
la evidencia de la prueba documental, no es sino uno de
los muchos que se pueden relatar cuando se sigue con
atención a quienes refieren acontecimientos de los años
en que Franco ocupó la Jefatura del Estado. Como si no
existieran hechos verdaderos que lamentar, decisiones
equivocadas y errores o faltas de visión de los muchos
colaboradores que tuvo el Régimen, junto a aciertos
extraordinarios, realizaciones soberbias y una
espectacular «puesta en forma» de España para encarar
su futuro en libertad, son legión los que caricaturizan
el pasado para censurarlo con mayor facilidad, los que
concretan en Franco todos los defectos de su época, los
que identifican el ana cronismo de cualquier costumbre
con la cerrazón mental de los gobernantes de aquel
período y los que, para adular al Rey contratamiento de
gran libertador, no dudan en ultrajar la memoria del
estadista que -prácticamente por su sola voluntad- quiso
recuperar y recuperó para España la Corona que había
hecho su grandeza.
Cuando se escribe frívolamente que el cardenal
Tarancón, al pedir al Rey que lo fuera de todos los
españoles, estaba proclamando la reconciliación
democrática, se tergiversa abiertamente que tal
reconciliación era un deseo muy anterior de muchos
españoles que sirvieron a aquel Régimen y que se había
practicado ya con intensidad no pequeña. En todo caso,
el 18 de julio de 1937, ya Franco había anunciado que
«si alguna vez en la cumbre del Estado vuelve a haber un
Rey, tendrá que venir con el carácter de pacificador y
no debe contarse en el número de los vencedores». No
debiera causar tanta sorpresa que se realizara al pie de
la letra tal propósito cuando, treinta y ocho años
después, se cumplieron «las previsiones sucesorias».
Fernando Suárez González
1 VÁzquez MontalbÁn, Crónica sentimental de la
transición, Planeta, Barcelona, 1985, pág. 77.
2 Confesiones, PPC, Madrid, 1996, pág. 864.
3 La España que hereda Felipe González, Arcos
Vergara, Barcelona, 1982, pág. 163.
4 La muerte del Generalísimo, en Memoria de la
Transición, Taurus, Madrid, 1996, pág. 73.
5 Op. cit. págs. 864-868.
6 La homilía de Monseñor Enrique y Tarancón ante el
féretro de Franco fue publicada íntegramente en el
diario Ya el 22 de noviembre de 1975, en su
pág. 12.
7 La Transición española a la democracia, Historia 16,
Ma drid, 1997, 1*, pág. 27 pág. 27.
8 España vuelve a tener Rey, en Memoria de la
Transición cit. pág. 93.
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