Lo que España
debe a Franco
De los
muertos quedan en este planeta sus huesos y sus obras;
las de Franco están principalmente asociadas a sus casi
cuarenta años como Jefe del Estado. El progreso de la
especie humana no lo deciden las masas, sino las
minorías egregias; pero sería un simplismo reducir un
período de la historia, por ejemplo, el principado de
Augusto, a la acción de una persona. Los grandes
líderes políticos son desencadenantes y catalizadores
de potencialidades sociales. La era de Franco no se
explica sin él, pero tampoco sólo con él; su persona
simboliza una trabada sucesión de realizaciones
colectivas que están posibilitando afirmativamente
nuestro futuro; eso es lo que queda.
En primer lugar, gracias a la victoria de un ejército
capitaneado por Franco, España ha estado y permanece
dentro del Occidente libre. Si en 1939 hubiera triunfado
el modelo que propugnaban Negrín y sus consejeros
soviéticos, aquellos que engalanaban la zona republicana
con gigantescas efigies de Stalin, nuestra patria se
encontraría en una situación análoga a la de Albania o
quizá a la de Yugoslavia. De la era de Franco queda nada
menos que la sostenida inserción de España en el área
de la libertad.
En segundo lugar, Europa sufrió los horrores de la II
Guerra Mundial, en la que perecieron generaciones enteras
y fueron destruidas porciones inmensas de los patrimonios
nacionales. Para mí resulta inexplicable que Franco,
sólo armado de su gorro cuartelero y de prudencia
política, pudiera detener en Hendaya a unas divisiones
acorazadas que habían barrido en pocos días a los
ejércitos aliados. Pero ese hecho extraordinario ha
permitido que centenares de miles de compatriotas, que
estábamos en edad militar, pudiéramos vivir para
contribuir a la reconstrucción material y social, la del
llamado "milagro económico español". Y el
suelo peninsular se libró del fuego que redujo a cenizas
dilatadas extensiones del continente. También eso se
mantiene.
En tercer lugar, la España contemporánea había
padecido un aislamiento internacional que la dejó
completamente abandonada frente a la agresión
norteamericana en Cuba. Aquella angustiosa soledad
desembocó en el desastre de 1898. Durante la era de
Franco se rompió el secular aislamiento gracias a la
alianza militar de 1953 con la máxima potencia
planetaria, los Estados Unidos, alianza que continúa en
vigor y que es el cimiento de toda nuestra acción
diplomática. También eso sigue en pie.
En cuarto lugar, desde el Congreso de Viena y, sobre
todo, desde la derrota de 1898, España fue marginada del
concierto europeo y sometida a un agudo proceso de
colonización política y económica que entregó a las
cancillerías y a los capitales extranjeros una parte
importante del destino nacional. Por primera vez en el
siglo, España, internamente fortalecida, pudo exigir a
la Europa transpirenaica un trato de paraigual y, tras
tenaces negociaciones, logró firmar con la Comunidad
Económica Europea el Tratado Preferencial de 1970 que le
otorgó una situación competitiva mucho más favorable
que la que luego obtendría con la plena integración. En
el Tratado de 1970 está el punto de arranque de un
renacido europeísmo apenas sin costes y con saldo
positivo. También eso, aunque deficientemente
aprovechado después, permanece.
En quinto lugar, la España de 1936, a pesar del breve
regeneracionismo de la dictablanda primorriverista,
estaba a la cola de Europa occidental desde el punto de
vista social y económico. Durante la era de Franco se
alcanzaron dos de los logros más trascendentales de
nuestra historia: la transformación de la mayor parte
del proletariado en clases medias y la revolución
industrial, infructuosamente intentada a lo largo de una
centuria. En 1975, España llegó a ser la novena
potencia industrial del planeta, alcanzó una renta
equivalente al 80 por 100 de la comunitaria y avanzaba a
tal ritmo que estaba a punto de superar a Italia y al
Reino Unido. En este aspecto se han perdido los veinte
años transcurridos de la II Restauración, puesto que, a
pesar del apogeo general de los años ochenta, nos hemos
alejado de nuestros vecinos y apenas alcanzamos ahora el
78 por 100 del nivel europeo. La veloz convergencia de
antaño está siendo sustituida por la divergencia. Pero
las clases medias han continuado creciendo y dificultando
otro enfrentamiento civil como los muchos que padecimos
en el pasado (el más largo y cruento fue el de 1700-1715
para instaurar a la dinastía de Borbón frente a la de
Austria). Y aunque sectores como el siderúrgico y el
naval han sufrido desmantelamientos y hemos descendido
dos decenas de puestos en el ranking mundial, todavía no
somos una nación agrícola porque se mantiene en plena
forma la industria turística creada durante la era de
Franco. También queda todo eso.
En sexto lugar, la España rural de 1936 se convirtió
durante la era de Franco en mayoritariamente urbana. Los
rudimentarios caminos se transformaron en vías
transitables (casi todas las autopistas existentes se
iniciaron de entonces). Una nación que perdía sus
escasos recursos hídricos, creó lagos interiores que
duplicaban sus riberas marítimas, y en cuarenta años
decuplicó el volumen del agua que se había embalsado
durante los dos mil años anteriores, o sea, desde los
tiempos de Julio César hasta los de Azaña. La mitad de
la estructura urbana de España y la mayor parte de la
hidráulica, incluidos el trasvase Tajo-Segura y los
grandes regadíos, siguen posibilitando el desarrollo
español.
En séptimo lugar, la descomposición de la II República
y la Guerra Civil dejaron a España con su Estado y su
ordenamiento jurídico en ruinas. Hubo que
reconstruirlos. Con presión fiscal y endeudamiento
mínimos, se rehizo la Hacienda pública y las reservas
de divisas. Leyes y códigos, nuevos cuerpos como el de
los Técnicos de la Administración o el de Economistas
para atender a las necesidades del "Welfare
State". Entes públicos como la Seguridad Social, el
Instituto Nacional de Industria, el Consejo Superior de
Investigaciones Científicas, el Instituto de Cultura
Hispánica, la Junta de Energía Nuclear, el Instituto
Nacional de Emigración y tantos otros robustecieron el
mecanismo estatal. Se nacionalizó el Banco de España,
la Compañía Telefónica, la minería y los transportes.
Finalmente, se devolvió el pasaporte y los bienes a la
familia Borbón, y fue instaurada una monarquía
hereditaria. Todo eso subsiste, aunque algunas
instituciones hayan sido rebautizadas en una infantil
maniobra de apropiación.
Quede para otra ocasión aludir a lo que se ha dilapidado
o destruido, empezando por la moral pública. El
contraste entre el ayer y el hoy resulta un panegírico
del pasado. Es, pues, mucho lo que felizmente queda de
una era que registra el más intenso proceso de
modernización de España.
El revanchismo y el complejo de inferioridad llevan dos
decenios tratando de entenebrecer uno de los períodos
más fecundos de nuestra historia y de satanizar a
Franco, su cabeza visible. A ese gobernante, uno de los
más honestos y eficaces con que ha contado España, un
presidente del Gobierno, en un gesto de insuperable
impudicia, lo ha motejado de "Paco el ranas", y
un alcalde de Madrid, en un alarde de suma ruindad,
tachó su nombre de una avenida de Madrid y de un
hospital edificados durante la jefatura de quien fue
Generalísimo. De grandes obras públicas se arrancan las
placas inaugurales para convertirlas en hospicianas y
hurtarles su partida de nacimiento. Se intenta borrar un
período capital, lo que es una forma de tirar la casa
por la ventana y de suicidio histórico.
Si de la España actual restáramos lo que queda de la
era de Franco, caeríamos en el tercer mundo. Algo hemos
retrocedido ya en esa dirección.
Este XX aniversario podría ser una oportunidad para
sustituir el rencor y la irracionalidad por la serenidad
y el sentido común y, en consecuencia, por el
reconocimiento de los obvios hechos.
Gonzalo FernÁndez de la Mora
* Extracto
de la conferencia pronunciada en la Fundación Nacional
Francisco Franco el 25 de noviembre de 1995, parcialmente
publicado en VV.AA.: El legado de Franco, Madrid, 2000,
pp. 415-419.
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