Razón Española, nº 105; Monarquía, monocracia y dictadura

pag. principal Razón Española

Monarquía, monocracia y dictadura

Por J. Orlandis

Estado de Derecho en la era de Franco indice Una olvidada homilía

Monarquía, monocracia y dictadura

1. Veinticinco años después



Ha transcurrido un cuarto de siglo desde el mes de noviembre de 1975, una fecha histórica para la historia de la España contemporánea. En aquel mes, el mundo presenció el fallecimiento del General Franco, al que siguió el final del régimen político -la "Dictadura franquista" se diría después- que durante casi cuarenta años había regido los destinos de España. Pocos días más tarde se consumó la restauración monárquica en la persona del rey Juan Carlos I, en quien se daba la doble condición de sucesor designado por Franco, de una parte, y nieto de Alfonso XIII e hijo del Conde de Barcelona, por otra.

El aniversario particularmente significativo que ahora se cumple invita a una reflexión que puede servir para aclarar los rasgos institucionales de tres formas de gobierno que han existido a lo largo de los siglos y que, adaptadas a las cambiantes circunstancias, sobreviven hasta nuestros días: la Monarquía, la Monocracia y la Dictadura.





2. La noción de Dictadura



La Dictadura, en el lenguaje vulgar de mucha gente de hoy, no habría de considerarse como una institución propiamente dicha, sino simplemente como una situación de hecho que habría de identificarse con la Tiranía, según ésta fue definida por la doctrina política de la antigüedad y transmitida a la cultura medieval por Isidoro de Sevilla. El propio término "Dictadura" trae a la mente la idea de imposición frente a libertad, de represión violenta del disconforme, de eliminación del disidente. La voz Dictadura suele reservarse para designar un régimen autoritario "de derechas", sobre todo si por sus orígenes y protagonistas ha tenido que ver con el estamento militar de un país. Al desprestigio del término "Dictadura" contribuyó incluso la imagen grotesca personificada por Charlie Chaplin en su divertida película contra Hitler, que llevó por título El Dictador. En este sentido peyorativo se ha vulgarizado la expresión "Dictadura franquista", para designar un período de cuarenta años de la historia española del siglo XX. Esta acepción del término "Dictadura" se ha extendido tanto que parece inútil tratar de enmendarla a nivel popular; pero ello no obsta a que el historiador aclare el sentido genuino de los términos y el contenido real de las instituciones. Y la conclusión a que se llega es que ni la Dictadura debe confundirse con la Tiranía, ni el Régimen de Franco fue propiamente una Dictadura.

La Dictadura -así fue concebida originariamente- no es un estado de hecho sino una institución con dos rasgos característicos: la excepcionalidad y la temporalidad. La Dictadura fue una creación del ordenamiento constitucional de la antigua Roma republicana, que la concibió como una magistratura regular, aunque extraordinaria. La típica estructura colegial de las magistraturas romanas comenzaba por la más elevada de todas, la consular: dos cónsules -no uno solo- con el poder de intercesión, derecho de veto sobre las decisiones del colega. Pero esa estructura, sabiamente diseñada para evitar el riesgo de la Tiranía, podía resultar inconveniente cuando la República tenía que afrontar una situación excepcional, una emergencia. Para entonces estaba prevista la magistratura constitucional, pero extraordinaria, de la Dictadura. Siguiendo el viejo ritual preestablecido, el Cónsul más antiguo proclamaba al "Dictador" y en sus manos depositaban él y su colega el supremo poder. El Dictador lo ejercía en solitario, pero solamente durante un tiempo limitado, seis meses, que era el plazo que se estimaba suficiente para superar la crisis y retornar al funcionamiento regular de las instituciones republicanas. Ciertas huellas de la Dictadura antigua pueden apreciarse en la institución del "Podestariato", en la Italia medieval.





3. La Dictadura en la España del siglo XX



¿Ha habido en algún período de la España del siglo XX un régimen político que reprodujera, al menos en alguno de sus rasgos fundamentales, el perfil de la Dictadura clásica? A mi juicio, uno solo, la Dictadura de Primo de Rivera. Vale la pena recordar que el régimen del General que gobernó España entre 1923 y 1930 fue llamado Dictadura por los contemporáneos, sin que ese apelativo tuviera un sentido odioso, ni aun casi peyorativo. El propio General se autodenominaba "el Dictador", sin ningún sonrojo. La razón estaba en que la Dictadura de Primo de Rivera surgió como un recurso excepcional destinado a remediar una situación también extraordinaria. El estado de cosas en España se había deteriorado gravemente y parecía haberse llegado a un callejón sin salida. La guerra de África constituía una pesadilla que costaba millares de vidas y en la que proyectaba todavía su sombra el reciente desastre de Annual. En el interior del país, el anarquismo, con sus sangrientas luchas entre pistoleros del Sindicato Único y del Sindicato Libre, provocaba una serie de atentados de tanta gravedad como el que costó la vida al Presidente del Gobierno, don Eduardo Dato, y, en junio de 1923, el asesinato del Arzobispo de Zaragoza, Cardenal Soldevilla. La situación política, con la incesante rotación de gobiernos débiles e incapaces, parecía haber escapado de las manos de los partidos tradicionales. La Dictadura consiguió éxitos muy considerables, como fueron el restablecimiento del orden público, el final de la guerra en Marruecos y la prosperidad económica. Tal vez esos logros constituyeran la clave de su fracaso final, porque prolongaron indefinidamente la vida de un régimen que por su propia naturaleza sólo podía ser transitorio. Mas, pese a su larga duración y a la creación de un remedo de partido político e incluso de una "Asamblea Nacional", la Dictadura de Primo de Rivera nunca perdió su cuota de provisionalidad, y el retorno a la "normalidad constitucional" se contemplaba como el obligado final.

Y el Régimen de Franco, ¿no presentaba acaso los rasgos propios de la Dictadura? Es posible que si el Alzamiento del 18 de Julio de 1936 hubiera sido un pronunciamiento más, al estilo de los del siglo XIX; si hubiese triunfado en unos pocos meses, la victoria habría tenido menos trascendencia política. Hubiera tal vez desembocado en una Dictadura, destinada más o menos a desembocar en una "normalidad constitucional", de signo monárquico o republicano. Pero el "Alzamiento" terminó siendo mucho más que un pronunciamiento y su consecuencia fue una larga guerra civil. Terminada ésta, y en el contexto político de los comienzos de la II Guerra Mundial, hubo momentos en que pudo temerse que el nuevo Régimen español se dejase arrastrar por la moda imperante y alumbrase una versión hispánica de otros modelos europeos de molde totalitario. Fue la hora en que algún doctrinario político, inspirado por la doctrina del "Führertum", elaboró una teoría del "Caudillaje". La victoria final de los aliados y el nacimiento de un nuevo orden mundial, la despolitización de la vida pública y la transformación de la sociedad española contribuyeron a la peculiar configuración institucional del nuevo régimen. No como una Dictadura provisional y pasajera, sino como un régimen autoritario, directamente relacionado con la supervivencia humana del Jefe del Estado, que recordaba a menudo "el carácter vitalicio de mi magistratura". Un régimen que habría de desembocar mañana en la instauración de la monarquía como forma definitiva del Estado. El régimen que perduró en España desde 1936 a 1975 no fue una Dictadura, aunque no es fácil que deje de llamársele así, porque los tópicos una vez cristalizados son difíciles de rectificar. Con respeto a la historia y precisión terminológica habría que llamarle sencillamente "Régimen franquista". Como es bien sabido, tras la muerte de Franco se estableció una monarquía, pero con una Constitución de rasgos bastante distintos de los contemplados en las previsiones sucesorias del anterior Jefe del Estado.





4. La Monocracia



Democracia, gobierno del pueblo; Aristocracia, gobierno de los mejores; Monocracia, gobierno de uno solo. La Monocracia ha reaparecido en tiempos recientes en países de inspiraciones ideológicas muy diversas. La denominación es aplicable a regímenes comunistas del Este de Europa, como pudieron ser los de Tito en Yugoslavia o de Ceaucescu en Rumanía, y en América la Cuba de Fidel Castro. En otros países nominalmente republicanos y demócratas, aunque sin tradición democrática occidental, y especialmente de Asia y África, la Monocracia ha experimentado un nuevo florecimiento. El clima político más propicio para la aparición de este fenómeno ha sido el afianzamiento en el poder de una personalidad vigorosa, que cuenta con el respaldo de una amplia base popular, aglutinada tras él, a veces más por vínculos regionales e incluso tribales que por razones ideológicas al estilo occidental. En este tipo de regímenes es frecuente que se mantengan las formalidades democráticas externas, con celebración periódica de elecciones cuyo resultado es siempre abrumadoramente favorable para el titular del poder supremo. Varios países asiáticos y africanos son ejemplos bien conocidos de Monocracias modernas.

La Monocracia se prolonga de ordinario tanto como la vida del titular del poder. Algunas han terminado antes, de resultas de graves disturbios e incluso de revoluciones: tal ha sido el caso del Presidente Suharto en Indonesia. Por el contrario, otras monocracias contemporáneas no sólo aspiran a ser vitalicias, sino que muestran incluso una tendencia a transmitir el poder más allá de la muerte a un miembro de la familia, en virtud de una sucesión cuasi hereditaria. No estamos ante una modalidad de bonapartismo decimonónico, que intente la instauración de una monarquía o de un imperio. Una caricatura de bonapartismo fue el caso de la proclamación imperial de Bokasa en Centroáfrica, con toda la parafernalia cortesana de otros tiempos. Las monocracias actuales que aspiran a perpetuarse por medio de la herencia recurren a procedimientos menos ostentosos pero más eficaces. El familiar preconizado como sucesor es investido en vida del monócrata ejerciente de las funciones y cargos públicos -jefatura del ejército, dirección del Partido único- de modo que cuando se produzca la crisis sucesoria tenga en sus manos los recursos decisivos del poder. Los casos de Kim Jong Il en Corea del Norte, de Bachar el Assad en Siria, el previsto en Irak en favor del hijo de Sadam Hussein, y quizá en Libia, atestiguan que en las monocracias contemporáneas la sucesión familiar no ha de considerarse como un hecho excepcional sino como una moda que en algunos países podría consolidarse.







5. La tradición monárquica europea



¿Y qué nos sugiere la institución monárquica y su destino en los albores del siglo XXI? Comencemos por reconocer que la Monarquía ha sido a lo largo de la historia humana la forma de gobierno más extendida. Las más diversas civilizaciones y culturas de todo el orbe han conocido y mantenido durante muchos siglos sus propias Monarquías. Por lo que se refiere al mundo occidental al que pertenecemos, la Monarquía fue la institución pública fundamental por espacio de mil quinientos años, desde que se derrumbó el Imperio Romano de Occidente y sobre sus ruinas nacieron los reinos que habrían de configurar ese espacio occidental que, al menos desde el siglo VIII, comenzó a recibir el nombre de Europa. Pero el siglo XX que acaba de terminar ha sido funesto para las Monarquías europeas. En 1900, Europa, con contadas excepciones, era monárquica. La excepción fruto del influjo de la ideología revolucionaria era Francia, donde, tras las alternativas producidas en el curso de la centuria precedente -Imperio, Antiguo Régimen, Monarquía liberal y Segundo Imperio-, la República parecía sólidamente establecida; y ello sin perjuicio de que el pensamiento monárquico -del que fue exponente la célebre Encuesta sobre la Monarquía de Charles Maurras- siguiera teniendo amplio eco en los círculos intelectuales. La Confederación Helvética -Suiza- no podía considerarse otra excepción del orden tradicional europeo, pues desde hacía siglos existía armónicamente integrada en ese orden. Tres Imperios y media docena de Reinos se transformaron en Repúblicas, como consecuencia en la mayoría de los casos de las dos Guerras Mundiales, y en algunos otros -Portugal, Grecia- de acontecimientos de orden interno. La institución monárquica europea en el siglo XX ha dado pruebas de indudable fragilidad y no ha sido capaz de sobrevivir, como en otras épocas, a la derrota militar.





6. Derecho de la sangre y legitimidad sacral



Las Monarquías en Europa, que constituían la clave de la estabilidad y de la continuidad en la vida de un pueblo, eran hereditarias en una dinastía, y la excepción que constituyó la electividad en la Polonia de antes de los repartos no tuvo un final feliz. El derecho de la sangre y la sacralidad religiosa constituyeron los elementos esenciales de la legitimidad. Esta regla tenía viejos precedentes en la historia de Europa. Reges ex nobilitate, duces ex virtute, ésa fue la norma que según el historiador romano Tácito seguían los pueblos de estirpe germánica para elegir a sus jefes: a los reyes, por la nobleza de su sangre, a los duques militares, por su valor personal. El derecho de la sangre -el Geblutsrecht, según el término usado por los historiadores alemanes del siglo XIX- era en un principio el fundamento necesario y suficiente de la legitimidad de los reyes. Esa sangre se remontaba a un lejano ascendiente, al que se atribuían unos orígenes míticos o semidivinos. La sangre de Meroveo fue el título legítimo de los monarcas que se sucedieron durante dos siglos y medio en el Reino de los francos.

Pero, si en un reino faltaba la legitimidad de sangre, ¿qué otra fuente cabía de legitimidad? Eso fue precisamente lo que ocurrió en la España visigodo-católica del siglo VII. La Monarquía no era hereditaria, sino electiva, y ese principio quedó oficialmente consagrado en el año 633 por la gran asamblea constituyente que fue el Concilio IV de Toledo. Vivía entonces España uno de sus momentos cumbres, tanto desde el punto de vista político como del cultural, la época de los grandes Padres hispánicos Leandro e Isidoro de Sevilla, Braulio de Zaragoza, Ildefonso de Toledo y otros. Ningún país de Occidente podía rivalizar con el renacimiento intelectual del Reino visigodo-español. La solución al problema de la legitimidad en un caso en que no podía aducirse el derecho de sangre lo encontró la "intelligentsia" española en la Biblia. Los reyes de Israel -comenzando por Saúl y David- fueron reyes ungidos, y en la unción habría de hallarse la fuente de legitimidad de los monarcas visigodo-católicos. Llama la atención que varias crónicas contemporáneas que no dedican a algunos reinados más que unas pocas líneas, no omiten en cambio la fecha exacta de la regia unción: unctus est rex... -el rey fue ungido, dicen- el día tal de tal mes del año tal; y es que aunque la designación del rey fuera por elección o aclamación de los grandes, el poder legítimo lo recibía mediante el óleo de la unción que, en opinión de muchos contemporáneos, constituía un sacramento, que consagraba y sacralizaba la persona del monarca. Es significativo el caso de Wamba, que relata con detalle Julián de Toledo: fue elegido en la localidad salmantina de Gérticos, una regia residencia campestre, donde la muerte sorprendió a su predecesor Recesvinto, que pasaba allí el verano, huyendo de los calores de Toledo, acompañado de una parte de la Corte. Wamba, pese a su resistencia inicial, terminó por aceptar ser elegido rey allí mismo, como preveía la ley; pero puso por condición retrasar la unción hasta el regreso a la capital del reino, para que no pudiera parecer que había robado o usurpado el supremo poder, en vez de recibirlo de las manos de Dios.

La legitimación del poder real mediante la unción -un "redescubrimiento", cabría decir, de la España visigoda- hizo fortuna en otros países de la Europa occidental. Un siglo más tarde, en el reino franco, la estirpe de los merovingios -reyes por derecho de sangre- se hallaba en plena decadencia. Los llamados "reyes holgazanes" -"les rois fainéants"- eran meras figuras decorativas. El poder efectivo estaba en manos de los "mayordomos de Palacio" -los primeros ministros-, que a su vez formaban una dinastía paralela. Uno de ellos -Pipino el Breve-, previa consulta al Papa, depuso al último monarca merovingio y se proclamó rey. Nacía una nueva dinastía -los carolingios- sin legitimidad de sangre. Pipino optó por instituir una nueva legitimidad sacral y se hizo conferir la unción real por san Bonifacio, que era entonces el personaje eclesiástico más prestigioso de Occidente. Poco después, en una visita a Francia del papa Esteban II, Pipino se hizo ungir de nuevo por el Pontífice y esta vez no él solo, sino que recibieron también la unción junto al padre sus hijos Carlomán y Carlos, el futuro Carlomagno, iniciándose una tradición que iba a durar más de mil años. En Francia, el último rey de la dinastía de Borbón aún se hizo ungir en 1824 en la catedral de Reims: me refiero a Carlos X. El rito de la unción se conjugaba en este caso con la legitimidad dinástica, como ha ocurrido hasta hoy en Inglaterra: Isabel II recibió la unción en 1952, en el curso de la ceremonia de la coronación en la Abadía de Westminster. En contraste con la tradición conservada en Inglaterra y Francia, la unción cayó en desuso en los reinos hispánicos de la Edad Media. Ni los Reyes Católicos ni sus sucesores Austrias y Borbones fueron ungidos. Sin la unción, esos monarcas y los de otros países europeos fueron reyes "por la gracia de Dios".

7. MonarquIa y sociedad democrática



¿Y qué decir -repitamos la pregunta- de la función que puede caber a la Monarquía en la sociedad democrática del siglo XXI, en la que ni la sacralidad ni el derecho de la sangre dicen demasiado? Yo pienso, en primer lugar, que la Monarquía de hoy no sólo es posible en las democracias, sino que solamente en ellas resulta viable. La caída de Alfonso XIII en España, tras la Dictadura de Primo de Rivera, y la de Constantino de Grecia, de resultas de la revolución de los coroneles, son dos buenos ejemplos de hasta qué punto resulta letal para la Monarquía la convivencia -deseada o forzada- con un régimen dictatorial.

En segundo lugar, cabe decir que la Monarquía puede prestar un eminente servicio a la comunidad política como factor de estabilidad, si significa en cierto modo una última y saludable instancia constitucional, por encima de los vaivenes y alternancias que implica, precisamente, el normal juego democrático. Dicho esto, hay que añadir que nunca fue tan difícil como ahora el oficio de rey; ahora, cuando ha menguado en buena medida el respeto reverencial que la institución inspiraba antes, adquiere mucho más peso la persona del monarca. La Monarquía hereditaria, una forma de gobierno en que la suprema magistratura se encarna en una familia, puede resultar adecuada para un pueblo integrado por individuos -hombres y mujeres- que no son sólo inteligencia y razón, sino también corazón, sentimiento y capacidad de emoción. La Monarquía parece tener un papel que jugar en el siglo XXI, si los miembros de aquella familia que representa y visibiliza la Corona tienen clara conciencia de sus responsabilidades y no las eluden; si son capaces de desempeñar -sin concesiones a la frivolidad y, si es preciso, con espíritu de sacrificio- la importante función de ejemplaridad que corresponde en este siglo a la institución monárquica.



José Orlandis



 

Estado de Derecho en la era de Franco indice Una olvidada homilía

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.