LIBROS:Franco. La Historia. nº 105 Razón Española

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LIBROS: Franco. La Historia. nº 105

Comentarios de G. Fernández de la Mora al libro de R. de la Cierva.

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LIBROS: Franco. La Historia

De la Cierva, Ricardo: Franco. La Historia, ed. Fénix, Madrilejos 2000, 1108 págs.



Ricardo de la Cierva publicó su primera biografía de Franco en 1972 viviendo el Generalísimo con quien había tenido el privilegio de conversar sobre algún episodio de su vida pública. Una nueva versión revisada y menos extensa (522 págs) apareció en 1985 (recensión de Luis Suárez Fernández en Razón Española núm. 18, sept. 1985, págs. 113-116). Ahora presenta una refundición ampliada y actualizada con nuevos documentos. Dos motivos parecen justificar este esfuerzo de perfeccionamiento: el XXV aniversario de la muerte de Franco y, sobre todo, la oportunidad de oponer los tenaces hechos a una reciente literatura falsificadora y politizada que, inútilmente, intenta demonizar a uno de los gobernantes más egregios que ha tenido España.

Si no hubiera aparecido esa legión de sectarios, es probable que De la Cierva no hubiera abordado otra vez el tema. Es probable que tampoco lo hubiera hecho Luis Suárez que acaba de iniciar la publicación de una nueva redacción ampliada de su monumental biografía de Franco, ahora en seis gruesos volúmenes. Y posiblemente tampoco habrían aparecido los cinco imprescindibles tomos de Documentos (1992) y una multitud de investigaciones como las de Casas de la Vega (1995) o Torres (2000). Según le aconteció a Carlos V y a Felipe II -y a Napoleón- las leyendas negras han suscitado una formidable historiografía rectificadora. Los escribas del rencor están prestando un involuntario servicio a la memoria histórica de Franco, quien, de otro modo quizás hubiera permanecido en un indiscutido y pacífico pasado como el Cid. Habría, pues, que pedirles que siguieran lanzando sus cobardes pedradas sobre el caudillo muerto para acicate de historiadores veraces y rigurosos. Cada lector definirá su talla moral e intelectual según que prefiera, por ejemplo, los libelos de un Vilallonga a los libros de un De la Cierva.

En los ocho primeros capítulos se demuestra, una vez más, dos hechos fundamentales e irrebatibles. El primero es que Franco antes del alzamiento del 18 de julio era ya una figura nacional del máximo prestigio y que sin la guerra civil habría llegado a ser el honor supremo del ejército español y uno de los generales más destacados de Europa. Reveló toda su talla militar con la victoria en la guerra civil, pero sin ella hubiera continuando siendo uno de los oficiales más biografiables de su tiempo. El segundo hecho es que Franco trató por todos los medios de que la guerra civil no estallara y fue el último general en adherirse al alzamiento cívico y militar, y prueba de su posición marginal y carencia de ambición política fue que aceptó la jefatura de Sanjurjo.

El capítulo siguiente muestra de modo irrefragable otros dos hechos capitales. El primero es que Franco no conspiró para asumir la capitanía de la zona nacional. Fueron sus compañeros de armas los que lo eligieron porque sabían que era el único capaz de llevarlos a la dificilísima victoria. Obviamente, quien asumía toda la responsabilidad reclamó todo el poder civil y militar, gracias a lo cual obtuvo el triunfo. El segundo hecho es que las decisiones estratégicas, tácticas y logísticas de Franco fueron en conjunto extraordinariamente acertadas y, prueba de ello es que, partiendo de una inferioridad casi incalculable, alcanzó la victoria total con un mínimo de bajas y de destrucciones. La victoria es la prueba definitiva de la capacidad de un soldado desde Julio César hasta Eisenhower.

En el capítulo décimo, uno de los más renovados de esta refundición, el autor pone de manifiesto la audaz tenacidad de Franco frente a Hitler quien, después de ocupar media Europa, realizó el desplazamiento más distante de su vida para ver al español al borde de su frontera, y en Hendaya tuvo que padecer la humillación de que Franco le venciese dialécticamente y se negara a participar en el conflicto y, luego, a permitir el paso del ejército alemán para conquistar Gibraltar (los suecos autorizaron el tránsito para que los alemanes atacaran por la espalda a los noruegos). Si hay «milagros» en la Historia, uno de los más inverosímiles fue este de parar a doscientas divisiones alemanas con un gesto. Los resentidos no cesan de reproducir la fotografía del encuentro de Franco con el hoy declarado el «malo» por excelencia. Pues bien, esas fotografías constituyen el testimonio gráfico del más asombroso éxito político de Franco. Por cierto, que si Hitler hubiera conquistado Gibraltar habría cambiado el curso de la guerra. Fue inmenso el servicio que prestó Franco a la causa aliada, como reconocieron Churchill en ocasión solemne y el propio Eisenhower que vino a Madrid a abrazar al Generalísimo.

En el capítulo 11, el autor demuestra que Franco fue el único líder mundial que previó la guerra fría cuyo coste para Occidente ha sido enorme a lo largo de casi medio siglo de tensión y rearme. Tuvo razón frente a Churchill y frente a los presidentes norteamericanos que fueron engañados por Stalin. Ese error ingente ha acarreado decenios de miseria y terror para los europeos entregados en Yalta y Postdam a la voracidad soviética y al funesto socialismo real. Tan solo como estuvo en Hendaya frente a colosos, Franco se mantuvo sin ninguna concesión esencial y sorteando incluso la vengativa y terrible amenaza de Stalin, el tirano que había derrotado dialécticamente a los aliados occidentales. Franco venció, como escribe De la Cierva, a «tres titanes».

En el siguiente capítulo demuestra el autor que Franco recibió una España subdesarrollada, proletarizada, analfabeta, con su Administración y sus infraestructuras en ruinas, y la convirtió en una potencia industrial y en una sociedad de clases medias, y construyó un Estado moderno como nunca lo habíamos tenido. De pasada, el autor, se dirige a los insensatos que hablan del «páramo cultural» de la era de Franco, y demuestra que fue culturalmente uno de los períodos más brillantes del pensamiento, la literatura y las artes después de los llamados Siglos de Oro. Los que tal estupidez escriben deberían fijar su atención en la actual degeneración cultural de España, representada por la ínfima televisión, por un panorama intelectual casi desértico, por la ordinariez, por una decadente anemia moral, y por un nihilismo axiológico.

Finalmente, la instauración de la monarquía por la única voluntad de Franco, ya que en España no había monárquicos y menos aún dinásticos. En este punto, el Generalísimo de la guerra y de la paz fue más allá del mandato aceptado en Burgos el año 1936. Asumió personalmente la decisión de hacer rey a don Juan Carlos de Borbón y Borbón, aunque, en mi opinión, sin imaginar que la II Restauración, contra todos los compromisos jurados, demolería el Estado de las Leyes Fundamentales, fragmentaría la unidad nacional, y sería el escenario y el catalizador de la mayor demonización que jamás ha padecido un gobernante hispano.

En las últimas páginas, el autor sale al paso de la vileza de quienes responsabilizan a Franco de que los médicos, como era su obligación por el juramento hipocrático, hicieran todo cuanto la medicina del momento permitía para conservar la vida del enfermo. Es de esperar que hagan lo mismo con los propios críticos, es decir, que no los ejecuten clínicamente mientras haya esperanza de recuperación. Tales espíritus ruines no respetan ni la enfermedad, ni el dolor, ni la muerte de un soldado que nunca la temió; han batido una marca de obscenidad y abyección.

Este grueso tomo es un serio y eficaz intento de restablecer la verdad y de hacer justicia a Franco. Pero ni la verdad interesa a los mendaces, ni la justicia a los inicuos. Es de esperar que también en la Historia, los turbios posos se pierdan en el olvido del fondo y que esta obra de Ricardo de la Cierva permanezca como un firme punto de referencia y de apoyo para quienes se interesen por los hechos. Un libro de lectura imprescindible por el español que no quiera ser hospiciano y aspire a saber de qué patria realmente procede. Hay que agradecer a Ricardo de la Cierva que haya realizado el noble esfuerzo de reactualizar, por cuarta vez, su certera reconstrucción de nuestro brillante pasado próximo.



G. Fernández de la Mora



 

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