Razón Española, nº 105; Franco y su sistema abierto

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Franco y su sistema abierto

Por A. Castro Villacañas

Franco al contraste indice Franco frente a Hitler

Franco y su sistema abierto

1. La isomorfia de los sistemas políticos. Todos los sistemas políticos son isomorfos, en el sentido de que presentan formas parecidas a las de otros, que les son vecinos. Ello no quiere decir que puedan equiparse dos o más sistemas próximos o emparentados. Así, por ejemplo, la principal característica de los sistemas democráticos radica en que la participación popular se manifiesta mediante la libre elección por los ciudadanos de los componentes de una asamblea legislativa presentados como candidatos por concurrentes partidos políticos. Por el contrario, el común denominador de los otros sistemas reside en la prohibición de las formaciones políticas ajenas al partido fundamento y base del régimen. Sin embargo, dentro de las democracias existen sistemas diferentes desde las que presentan un pluripartidismo casi disgregador, hasta aquellas otras que en la práctica se gobiernan por un partido predominante, pasando por las que mantienen un régimen dualista simple, o uno, también dual, templado por la existencia de un tercer partido minoritario. De igual forma, en los sistemas no competitivos aparentemente próximos, un estudio en profundidad, basado en la naturaleza y las funciones del partido único, nos hace comprender que existen diferencias básicas entre las soluciones comunistas (pues existen varias de ellas), las fascistas (que tampoco son siempre iguales) y las que, como el régimen de Franco, son propias de un país en búsqueda del desarrollo político y económico más adecuado a su ser, o que necesita -en virtud de múltiples y recientes circunstancias históricas- pasar por una etapa de dictadura constituyente.

El isoformismo puede también ser simplemente funcional. Desde esta perspectiva, analizando las funciones correspondientes a cada uno de elos elementos integrantes del sistema, y no atendiendo exclusivamente a su forma o a su apariencia, el nuevo Estado se distancia y diferencia considerablemente de los sistemas totalitarios, como puede demostrarse en estudios complementarios de éste.



2. España y el sistema de partidos políticos. El régimen de partidos políticos aparece en el primer tercio del siglo XIX y no se extiende y consolida hasta bien próximo el siglo XX, entrando en crisis como consecuencia de la primera guerra mundial. Y, si pensamos en España, las experiencias de este modelo político no fueron satisfactorias ni durante los atormentados años del 1800 ni el primer tercio del 1900, o al menos motivaron que desde el primer momento de su implantación en nuestra patria, primordialmente por contagio de ideas y procedimientos extranjeros más que por exigencias populares autóctonas o por doctrinas propias, los partidos políticos fueron vistos más como posibles rompedores de la unidad nacional y social que como grupos coadyuvantes a la realización de los ideales comunes y comunitarios al tiempo que fortalecedores de la convivencia democrática. El hecho es que por una suma de factores (doctrina tradicionalista, interés de clases conservadoras y autoritarias, doctrina falangista, temperamento del pueblo, etc.) el nuevo Estado nacido del alzamiento de 1936 debe situarse incluido entre los sistemas políticos no competitivos, aunque en su seno puedan y deban distinguirse intenciones o tendencias varias, incluso contradictorias, respecto del objetivo final a conseguir y de la velocidad o el ritmo a que tal objetivo habría de buscarse.



3. Sistemas políticos abiertos y sistemas cerrados. Otro aspecto a considerar es si el nuevo Estado fue un sistema político cerrado o un sistema abierto. Los sistemas cerrados se caracterizan por bastarse a sí mismos, por ser autosuficientes, por satisfacer sus necesidades mediante sus propios y exclusivos medios. En realidad, no existe ni puede existir ningún sistema político totalmente cerrado. La autarquía es siempre utópica, tanto si se pretende llevar a la práctica en el orden social como en el político o el económico, y los sistemas que se han acogido o se acogen a ella no lo hacen o han hecho tanto por su propia voluntad como obligadas por la voluntad de otros sistemas, que aíslan al que así resulta más o menos cerrado, como sanción al mismo o como medida para impedir o, al menos, dificultar un contagio. Así sucedió cuando en Rusia se implató el sistema soviético, y desde entonces cada vez que la comunidad internacional o una parte de ella han querido demostrar su disgusto o rechazo ante un determinado sistema.



4. El nuevo Estado como sistema cerrado. El nuevo Estado comenzó a vivir como un sistema cerrado, al menos desde el punto de vista internacional. Y mantuvo a lo largo de toda su existencia una dosis de aislamiento, pese a sus esfuerzos por ampliar y ensanchar las vías por las que se comunicaba con otros sistemas políticos, diferentes o semejantes. Durante los cuarenta años de su existencia pasó por diferentes etapas de apertura y comunicación: desde el cero inicial (nunca hubo cero absoluto, merced a relaciones personales que motivaban intereses económicos o ideológicos) hasta el punto próximo a la ebullición que, sucesivamente, significaron, primero, en 1939, su reconocimiento internacional por la práctica totalidad de los Estados entonces componentes de la comunidad internacional, y después, tras el cero y el aislamiento de 1945 como ofrenda a la vencedora Rusia Soviética, su ingreso en la Organización de Naciones Unidas, el concordato con la Santa Sede y el acuerdo firmado con los Estados Unidos, para culminar en el tratado preferencial (negociado por el ministro Ullastres) con el Mercado Común Europeo, y la declaración de Helsinki. A última hora, y tomando como pretexto las ejecuciones de los terroristas sentencias a muerte en 1975, volvió a producirse un nuevo rechazo, que sin duda contribuyó eficazmente al deliberado derribo del sistema.



5. La presión externa. El nuevo Estado, a consecuencia más de la presión externa que de la dinámica interior, careció -sobre todo al principio- del necesario y deseado número de intercambios. Los que tuvo en sus comienzos (se ha investigado poco en torno a los existentes con Gran Bretaña y Estados Unidos) resultaron pronto insuficientes tras el comienzo de la segunda gran guerra, y al final de ésta fueron cegados por la victoria de la alianza democrático-marxista, la exigencia soviética y el cobarde asentimiento de sus aliados. Se ha especulado mucho sobre los contactos y las influencias del fascismo y el nazismo. Es evidente que existieron, pero nadie ha podido demostrar que fueran decisivas, ni siquiera fundamentales, para la consolidación del sistema. El general Franco no mostró antes de 1936 ninguna clase de interés por las organizaciones y los ensayos que Alemania e Italia realizaban por aquellas fechas. Sin perjuicio de que como militar, y al igual que casi todos sus compañeros, estuviera atento al rearme germano, y de que incluso es posible que mantuviera una simpatía, más tradicional que actual, por la disciplina y la organización prusianas, todo parece indicar que en aquellos momentos y desde hacía muchos años se encontraba más cerca, tanto profesional como humanamente, del Ejército francés y aún del inglés, con los que había mantenido contactos y en los que tenía amigos, que con los de Eje, a pesar de las inolvidables discordancias históricas habidas con los primeros. El resto de los elementos sociales que se integraron en el régimen, con excepción de algunos más politizados, estaban también más cerca de Inglaterra y Francia, en virtud de intereses económicos y culturales, que de Alemania e Italia.



6. Preferente orientación hacia Italia. La Iglesia española, en razón de antiguos recelos hacia el protestantismo y el liberalismo, mostraba una cierta inclinación hacia Italia, antes que por el fascismo, atendiendo la posición más geográfica que política del Vaticano. Otros componentes, como algunos de los que entonces o después se integraron en la oposición, también se orientaba con preferencia hacia Italia, que en el año 1936 había alcanzado el cénit de su popularidad internacional. Tanto la democracia cristiana española (CEDA) como la Esquerra Republicana catalana y el nacionalismo vasco habían mantenido contactos con Mussolini o se habían inspirado en él y en sus organizaciones para montar en sus respectivos ámbitos de actuación algo semejante, llamado JAP, Escamots, secciones femeninas o juveniles... Algo parecido, en diferente grado, sucedió con el Partido Carlista y la Comunión Tradicionalista. Respecto de Falange Española, es evidente el isomorfismo de su estructura con la del Fascio, pero resulta curioso comprobar que -contra lo fácilmente observable en otras organizaciones políticas de las ya citadas- a medida que pasaba el tiempo Falange se esforzaba por distinguirse del Fascismo: no fue José Antonio, sino Calvo Sotelo quien se declaró fascista en el Congreso de los diputados; y no fue la Falange, sino Acción Popular, quien implantó en España el triple grito de «Jefe, Jefe, Jefe» o quien por primera vez propagó las consignas de que el jefe nunca se equivoca y en él deben concentrarse todos los poderes... Como fueron los monárquicos partidarios de Alfonso XIII, Goicoechea y el general Barrera, probablemente a través del rey exiliado y del monarca allí reinante, quienes primero concertaron la ayuda militar italiana para el caso de que se produjera un posible alzamiento en España.



7. El rechazo de Francia e Inglaterra. Cuando el nuevo Estado comenzaba a cuajar, en Francia gobernaba el Frente Popular con el socialista Leon Blum a la cabeza. No le era posible a Franco obtener de allí ayuda. El que Inglaterra, siempre atenta a lo que para su política de supervivencia significaba -y sobre todo aquellos años- el Mediterráneo, no abriera ni siquiera un portillo de atención al movimiento recién iniciado, con el que tantas cosas tenía de común en lo más hondo, sólo puede explicarse o por un defecto de información (lo que no parece creíble en sus servicios de inteligencia) o por un error de cálculo en su gobierno (que difícilmente pensaría en el éxito del intento y sobre todo en que éste derivaría hacia una guerra civil con presencia internacional) o, según me inclino a pensar, por el deseo de pescar en el río revuelto de los conflictos españoles unas posibles y gruesas piezas, ya fuera en el País Vasco (de sobra se conoce su sólida y continua relación con los nacionalistas) o en Canarias, como ya lo hizo en Gibraltar con motivo de la Guerra de Sucesión, y como lo consiguió de nuevo en Gibraltar en 1936 al apoderarse contra todo derecho de los terrenos necesarios para construir su aeródromo.



8. Los cercos internacionales. El caso es que, en parte por su propia voluntad y en mayor medida por no tener otro remedio, el naciente Estado tuvo que contentarse con mantener conctactos y recibir ayudas de Italia y Alemania. De ahí en adelante la suerte estaba echada. Cualquiera que examine con suficiente frialdad la historia diplomática de Franco tendrá que reconocer los éxitos que para él supusieron el levantar dos veces a pulso, en pocos años (1937-1939 y 1945-1960) el cerco internacional, despegándose al máximo posible de los compromisos contraídos y de las animadversiones y las frialdades surgidas como consecuencia de las guerras española y mundial. El tercer y último cerco, menos visible y más efectivo, no fue posible superarlo por falta material de tiempo, al decidir los herederos de Franco acabar con él de mala manera, aceptando en su totalidad las tesis y las intenciones del frente antifranquista.



9. El nuevo Estado como sistema abierto. De todas formas, a lo largo de sus cuarenta años de existencia, el nuevo Estado procuró abrirse y adaptarse a las sucesivas realidades externas e internas, aceptando y rechazando en todo o en parte lo que le exigían o presentaban desde fuera o desde dentro de su sistema. Nada más falso que la imagen propagada en sus últimos años y extendida hasta nuestros días, como sistema inmovilista o como bunker de absoluta resistencia. Basta repasar sin pasión su historia para comprobar la diferencia existente entre el Estado de la guerra civil, el de la postguerra mundial, el de los años de desarrollo, y el de su última década. Está claro, pues, que fue un sistema abierto, pese a quienes lo quisieron encerrar y cegar desde el exterior, o, como puede verse en el análisis de su historia, desde sus propias filas.



10. Los subsistemas. Como sucede en todos los regímenes políticos, también en el presidido por Franco puede percibirse varios subsistemas. Así, los partidos políticos lo son, cada uno de ellos, en el interior del régimen político democrático-liberal que integran. Dentro de la unidad que supuso el Movimiento, subsistemas suyos fueron Falange, los sindicatos, esa extraña realidad que conocemos con el nombre de «tecnócratas», «los católicos», «los monárquicos», y algún otro. Todos ellos merecen estudios descriptivos. La existencia de tales subsistemas sólo es compatible con la del sistema de que ellos forman parte si en el interior de éste se dan una serie de características fundamentales, como son las de diferenciación, integración, interdependencia y centralización. Todas ellas existieron en modo y proporción suficiente.



a) La diferenciación interna. En primer lugar, los diversos elementos -personales y sociales- que compusieron el régimen y que no siempre fueron los mismos a lo largo de sus cuarenta años de existencia, estuvieron todo ese tiempo suficientemente diferenciados entre sí, tanto en lo que se refiere a su razón de ser como en lo que respecta a su apariencia externa y presencia actuante, lo mismo en el interior del sistema que en sus márgenes. Para los españoles que vivieron en edad de razón durante los años que van desde 1936 hasta 1976, nunca se confundieron las personalidades de los distintos grupos de presión (burguesía, banca, nobleza, iglesia, ejército, intelectuales) o las de los diferentes grupos políticos (católicos, falangistas, monárquicos, tradicionalistas, tecnócratas, independientes, etc.).

Aunque el régimen adoptó en algunos momentos la forma de partido único, lo cierto es que nunca llegó a funcionar de verdad como tal. Es imposible compararlo en este aspecto con otros sistemas. Ni el comunismo, ni el fascismo, ni el nazismo, permitieron la existencia en su interior de subsistemas, ni -en el caso de que pudieran existir alguno de ellos-, serían tan diferentes entre sí como lo fueron siempre los distintos componentes del Movimiento. Este no sólo permitió, sino que alentó la creación y la permanencia de diferentes subsistemas en su interior, cada uno con sus distintas peculiaridades. Su presencia y las tensiones que originaban fueron siempre una de las razones y de los motivos para que el nuevo Estado existiera y prosperara, así como una de sus más importantes peculiaridades.



b) Las fuerzas de integración. Un sistema compuesto por subsistemas diferenciados puede romperse si las fuerzas centrífugas originadas por tales diferencias, y las inevitables tensiones existentes entre ellas, no se compensan mediate la existencia de una fuerza centrípeta que integra y consolide la unidad superior o célula madre. En el caso de España, la integración venía dada, «ab initio», por los sentimientos comunes a todos sus elementos componentes: el antimarxismo y el antiliberalismo, por un lado, junto con el deseo de encontrar una salida -diferente a las ya ensayadas en España- para remediar la crisis histórica de la patria, por otro. Añadamos la integración producida, primero, por las necesidades de ganar la guerra y evitar con ese triunfo la desaparición o aniquilamiento que para todos ellos supondría el que los otros vencieran; y después, por la necesidad de superar al aislamiento internacional como medio indispensable, para cada elemento integrante de conseguir luego su total independencia y su deseable y posible supremacía. Debe de tenerse en cuenta que mientras tanto se había producido la exaltación de Franco a la Jefatura del Gobierno y al supremo mando militar, su asunción de la Jefatura del Estado y del Movimiento, lo que le proporcionaba la oportunidad de ejercer un mando ilimitado y disciplinar sobre las diversas fuerzas (en su mentalidad castrense) que estaban a sus órdenes. El régimen se integró, pues, también en virtud de que quien era su jefe y símbolo usó en todo momento su capacidad de mando para utilizar en cada instante -como era lógico desde su perspectiva militar- a la fuerza o a las fuerzas que más necesitaba o que en aquel concreto momento estimaba más operativas o más aptas, sin dejar por ello de emplear a las restantes en los cometidos específicos que les correspondían o en los encomendados a propósito. De esta forma, la diferenciación permitida y aún fomentada, se compensaba con la integración conseguida por el común denominador de los sentimientos «anti», de las convicciones compartidas -fundamentalmente el catolicismo y el españolismo-, de la común hostilidad pasiva y activa, y del único e indiscutible mando. Conviene señalar, de todas maneras, que la integracióin así conseguida fue siempre un mínimo común denominador, nunca un áximo común múltiplo; es decir, un núcleo de resistencia más que un factor de potenciación.



c) Relaciones de interdependencia. Entre los diferentes subsistemas se establecieron desde el primer momento, de grado o por diferentes tipos de fuerza, y se mantuvieron después -aunque no siempre con la misma intensidad ni de igual manera- diversas relaciones de interdependencia. Todos se necesitaban, y unos precisaban más de otros, bien de modo permanente o por razones de coyuntura. También esta interdependencia fue fomentada por Franco y utilizada para consolidar el sistema. Así, por ejemplo, la Iglesia usó a los católicos, como en determinados momentos a los falangistas, para recuperar primero y consolidar después predominantes posiciones en el campo de la educación pública y privada; para conseguir ocupar otras que nunca tuvo, como es el caso de la información y la comunicación; y para extender su influencia -unas veces en forma positiva, otras de modo negativo- por amplias zonas sociales. Relaciones de interdependencia pueden también encontrarse, como mayor o menor amplirtud a lo largo del tiempo, entre los tecnócratas y la burguesía o la banca, entre los católicos y los militares, entre éstos y los falangistas, etc. Tales relaciones no fueron siempre positivas o amistosas. Conocida es la inicial animadversión, por ejemplo, entre tradicionalistas y falangistas, sustituida luego por una simple tolerancia y, más tarde, por una amplia coincidencia en actitudes defensivas, al menos entre los falangistas menos radicalizados y los tradicionalistas más conformes. Iguales o parecidas tensiones surgieron, se mantuvieron o desaparecieron a lo largo del tiempo entre Ejército y Falange, Falange e Iglesia, falangistas y monárquicos, católicos y tecnócratas, falangistas y democristianos, etc. Su detallado análisis constituiría la verdadera historia interna del régimen, aún por hacer.



d) Franco, factor centralizador. Sería exagerado decir que las relaciones existentes entre los diferentes subsistemas políticos, tanto en sus aspectos positivos como en los negativos, fueran dirigidas, alentadas o fomentadas por Franco, pero no parece erróneo insistir en que éste, con su mentalidad militar y sus prerrogativas de mando, las utilizó primero para ganar la guerra, luego para consolidar la paz, después para lograr el desarrollo y la prosperidad de su pueblo, tal y conforme lo entendía y siempre para fortalecer su mando. En este sentido, Franco aparece como el elemento centralizador del sistema, el punto en el que confluyen los diferentes intereses de los distintos elementos componentes e integradores de dicho sistema, no para con ello proporcionarle ventajas específicas, salvo la de hacerle clave permanente de la situación, sino por la pretensión de conseguir desde él posiciones de privilegio o preeminencia respecto de los elementos o subsistemas rivales.



11. Planos de presiones y rechazos. Este flujo de impulsos o presiones y de repulsiones o rechazos o reacciones se produjo a la vez y sucesivamente en tres diferentes planos: primero, sin que ello signifique orden de preferencia o primacía, entre los diversos elementos o subsistemas que integraron el régimen; segundo, entre todos y cada uno de dichos susbsistemas y el elemento personal centralizador del sistema, que era -como ya se ha dicho- el mismo Franco; y tercero, entre el propio sistema y los demás sistemas políticos ajenos y situados en el plano nacional o internacional. En cada uno de estos intercambios de relaciones podríamos examinar el mismo fenómeno: cada elemento exporta e importa -influye y es influido- algo, poco o mucho, respecto de sus interlocutores, dependiendo la intensidad y el sentido de dicho cruce de influencias tanto de la valía intrínseca de cada elemento como de las circunstancias externas, incluso de las internacionales, que reinaban en cada momento. No puede entenderse la historia del nuevo Estado -ni su verdadera constitución intrínseca- sin tener en cuenta esta compleja trama de relaciones, destinadas a producir en cada caso sus correspondientes consecuencias.



12. Ordenación y permanencia del régimen. La complejidad de las relaciones establecidas entre los diferentes elementos integrantes del sistema, y la difícil trama de las que éste -considerado en su totalidad- mantuvo con el exterior, ocasionaron y aseguraroin tanto su ordenación como su permanencia. Ya vimos que el nuevo Estado surgió más como un resultado de presiones exteriores que a consecuencia de una voluntad interior de coincidencia, y cómo los cercos y los rechazos internacionales sirvieron para cohesionar y fortalecer el sistema, al menos hasta el último momento. Examinando con detenimiento la historia del régimen se puede comprobar que éste fue durante los cuarenta años de su existencia un sistema estable. Nunca estuvo verdaderamente en peligro, pese a la importancia que en ocasiones alcanzaron los ataques que en su contra se organizaron y dirigieron sobre todo desde el exterior. Esa estabilidad se debió a que las distintas fuerzas variables y los diferentes elementos componentes del sistema mantuvieron siempre la voluntad de permanecer dentro del mismo, viviéndolo y activándolo, en el interior de unos límites difinidos y recognoscibles, que fueron sus definiciones esenciales, sin dejarse llevar por las ofertas y los impulsos que desde fuera se les hacían para que todos o algunos de dichos elementos o fuerzas traspasaran los límites del sistema y lo desintegraran o contribuyeran a desintegrarlo.



13. Defeccionismo y desintegración. La estabilidad mencionada se mantuvo sustancialmente idéntica hasta la muerte de Franco, lo cual no quiere decir que incluso en vida del Generalísimo no se produjeran defecciones o que al margen de su persona y del sistema algunos de sus componentes no mantuvieran relaciones cautelosas e incluso clandestinas con elementos ajenos o incluso hostiles al mismo, pues tales fenómenos se produjeron -con desigual frecuencia e intensidad- desde 1936 hasta 1975. Lo que sí quiere decirse es que en todos esos años la voluntad de estabilidad del sistema fue mucho mayor que la de desintegración, hasta el punto de que incluso por simples razones de inercia la estabilidad se mantuvo y se habría seguido mantenido tras la muerte de Franco si en un determinado momento no se hubiera dado, apoyándose en su sistema y en su testamento y herencia, la voz de «rompan filas» por quienes estaban obligados en virtud de las leyes de la fidelidad y del honor a mantenerlas firmes y operativas.



14. Propiedades fundamentales del sistema. La estabilidad citada fue a la vez causa y consecuencia de que el sistema alcanzara, como fruto de sus muchas peripecias, tres propiedades fundamentales: primera, un estado de reposo, de tranquilidad, de suficiencia, procurado por la interacción de las fuerzas
opuestas o diferentes- que lo integraban, puesto que al contrapesarse lo mantenían equilibrado; segunda, opuesta a la primera y originada tanto por su dinámica interna como por su constante y creciente apertura al exterior, fue la tendencia del sistema a mantener constantes relaciones, crecientes en número, distintas en sentido e intensidad, y cada vez mayores en complejidad organizativa, lo mismo en su interior que hacia fuera; y, por último, la capacidad del sistema para mantener sus fundamentales equilibrios internos mediante una autorregulación dinámica -aunque bien es verdad que siempre con roces e incluso parones- incluso en aquellos momentos en que se produjeron -dentro y fuera de sus límites- diversos procesos de cambio. Los distintos rumbos adoptados por el sistema en 1937, 1939, 1943, 1947, 1960, 1969 y 1974, y los diferentes talantes con que se vieron cada uno de estos tiempos, justifican lo antes dicho y garantizan que, de haberse querido, se hubiera podido proceder de igual manera, o de forma análoga, en 1976 o 1977. Aquí no enjuiciamos el acierto o el error de las decisiones adoptadas en cada una de esas fechas. Tan sólo decimos que el sistema estaba capacitado para afrontar navegaciones varias, y la prueba más irrefutable de tal aserto es que fue necesario usar del sistema y de la lealtad de sus componentes para enterrarlo, puesto que era imposible hacerlo desde fuera y por extraños.



15. Un sistema estable y dinámico. El nuevo Estado fue un sistema estable. Y aunque algunos -muchos o pocos- no se lo crean, un sistema dinámico, no inmovilista, aunque en su interior coexistieran elementos incluso retrógrados o reaccionarios, con una mayoría conservadora y con minorías avanzadas, como resulta fácil comprobar analizando su historia interna. No puede negarse que el régimen poseyó hasta el último momento, sin mengua de sus características fundamentales, capacidad de adaptación a las circunstancias cambiantes dentro y de fuera de España. Se adaptó, primero, de buen grado o a regañadientes, según se mire a uno u otro de sus componentes, al esquema y al funcionamiento de los sistemas totalitarios; se adaptó después a las exigencias de un mundo que aceptaba, aunque no aprobara, el autoritarismo; pagó su tributo a los nuevos tiempos con el hallazgo y la creciente explotacióin de la democracia orgánica; y de manera análoga hubiera podido instalarse en el seno de un mundo demócrata sin calificativos, implantada por su voluntad de adaptación y mejora, y protagonizarla durante muchos años, si quienes lo representaban hubieran elegido en 1976, ya dominado el primer e infructuoso asalto callejero, en vez de su voladura controlada, la continuidad reformista y progresiva, al modo francés, en lugar de escoger un modelo semejante al italiano.



16. Crecimiento, crisis y final. El dinamismo del sistema se pone de manifiesto al estudiar su proceso de crecimiento, tanto numérico como organizativo, desde 1936 a 1950; su modo de superar las diferentes crisis que le aquejaron en 1937, 1939, 1941, 1945, 1950, 1957, 1969 y 1973; las tensioines que en su interior se produjeron entre sus diversos componentes a lo largo de tantos años; la sobrecarga con que poco a poco fue lastrando su capacidad de navegación y embarque; el declive que ello le ocasionó, paralelo a la decadencia física de su símbolo humano. No renuncio a examinar estos aspectos en posteriores trabajos. Termino ahora éste, en el que he pretendido dar una visión global. No se trata tampoco ahora de hacer historia. Quede para otros el relatar con detalle las circunstancias en que se produjo su alevosa demolición y su encubierto entierro. Fiel a mi inicial propósito de objetivar al máximo el análisis de este fenómeno político, digo ahora tan sólo que los elementos individuales componentes de los subsistemas, grupos y fuerzas integrantes del régimen, al desaparecer éste tendieron a encontrar una nueva posición política teniendo como única guía el cálculo de sus probabildades de supervivencia. Es decir, que la gran mayoría se situó por azar, con dos notables excepciones: la de aquellos que consciente y deliberadamente rompieron con su pasado, contribuyendo a hundir el barco en el que tanto y tan bien habían navegado; y la de aquellos que prefirieron irse con él al fondo de los mares de la Historia o se refugiaron en la isla desierta de un robinsonismo político desinteresado.



Antonio Castro Villacañas



 

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