Franco y su
sistema abierto
1. La
isomorfia de los sistemas políticos. Todos los sistemas
políticos son isomorfos, en el sentido de que presentan
formas parecidas a las de otros, que les son vecinos.
Ello no quiere decir que puedan equiparse dos o más
sistemas próximos o emparentados. Así, por ejemplo, la
principal característica de los sistemas democráticos
radica en que la participación popular se manifiesta
mediante la libre elección por los ciudadanos de los
componentes de una asamblea legislativa presentados como
candidatos por concurrentes partidos políticos. Por el
contrario, el común denominador de los otros sistemas
reside en la prohibición de las formaciones políticas
ajenas al partido fundamento y base del régimen. Sin
embargo, dentro de las democracias existen sistemas
diferentes desde las que presentan un pluripartidismo
casi disgregador, hasta aquellas otras que en la
práctica se gobiernan por un partido predominante,
pasando por las que mantienen un régimen dualista
simple, o uno, también dual, templado por la existencia
de un tercer partido minoritario. De igual forma, en los
sistemas no competitivos aparentemente próximos, un
estudio en profundidad, basado en la naturaleza y las
funciones del partido único, nos hace comprender que
existen diferencias básicas entre las soluciones
comunistas (pues existen varias de ellas), las fascistas
(que tampoco son siempre iguales) y las que, como el
régimen de Franco, son propias de un país en búsqueda
del desarrollo político y económico más adecuado a su
ser, o que necesita -en virtud de múltiples y recientes
circunstancias históricas- pasar por una etapa de
dictadura constituyente.
El isoformismo puede también ser simplemente funcional.
Desde esta perspectiva, analizando las funciones
correspondientes a cada uno de elos elementos integrantes
del sistema, y no atendiendo exclusivamente a su forma o
a su apariencia, el nuevo Estado se distancia y
diferencia considerablemente de los sistemas
totalitarios, como puede demostrarse en estudios
complementarios de éste.
2. España y el sistema de partidos políticos. El
régimen de partidos políticos aparece en el primer
tercio del siglo XIX y no se extiende y consolida hasta
bien próximo el siglo XX, entrando en crisis como
consecuencia de la primera guerra mundial. Y, si pensamos
en España, las experiencias de este modelo político no
fueron satisfactorias ni durante los atormentados años
del 1800 ni el primer tercio del 1900, o al menos
motivaron que desde el primer momento de su implantación
en nuestra patria, primordialmente por contagio de ideas
y procedimientos extranjeros más que por exigencias
populares autóctonas o por doctrinas propias, los
partidos políticos fueron vistos más como posibles
rompedores de la unidad nacional y social que como grupos
coadyuvantes a la realización de los ideales comunes y
comunitarios al tiempo que fortalecedores de la
convivencia democrática. El hecho es que por una suma de
factores (doctrina tradicionalista, interés de clases
conservadoras y autoritarias, doctrina falangista,
temperamento del pueblo, etc.) el nuevo Estado nacido del
alzamiento de 1936 debe situarse incluido entre los
sistemas políticos no competitivos, aunque en su seno
puedan y deban distinguirse intenciones o tendencias
varias, incluso contradictorias, respecto del objetivo
final a conseguir y de la velocidad o el ritmo a que tal
objetivo habría de buscarse.
3. Sistemas políticos abiertos y sistemas cerrados. Otro
aspecto a considerar es si el nuevo Estado fue un sistema
político cerrado o un sistema abierto. Los sistemas
cerrados se caracterizan por bastarse a sí mismos, por
ser autosuficientes, por satisfacer sus necesidades
mediante sus propios y exclusivos medios. En realidad, no
existe ni puede existir ningún sistema político
totalmente cerrado. La autarquía es siempre utópica,
tanto si se pretende llevar a la práctica en el orden
social como en el político o el económico, y los
sistemas que se han acogido o se acogen a ella no lo
hacen o han hecho tanto por su propia voluntad como
obligadas por la voluntad de otros sistemas, que aíslan
al que así resulta más o menos cerrado, como sanción
al mismo o como medida para impedir o, al menos,
dificultar un contagio. Así sucedió cuando en Rusia se
implató el sistema soviético, y desde entonces cada vez
que la comunidad internacional o una parte de ella han
querido demostrar su disgusto o rechazo ante un
determinado sistema.
4. El nuevo Estado como sistema cerrado. El nuevo Estado
comenzó a vivir como un sistema cerrado, al menos desde
el punto de vista internacional. Y mantuvo a lo largo de
toda su existencia una dosis de aislamiento, pese a sus
esfuerzos por ampliar y ensanchar las vías por las que
se comunicaba con otros sistemas políticos, diferentes o
semejantes. Durante los cuarenta años de su existencia
pasó por diferentes etapas de apertura y comunicación:
desde el cero inicial (nunca hubo cero absoluto, merced a
relaciones personales que motivaban intereses económicos
o ideológicos) hasta el punto próximo a la ebullición
que, sucesivamente, significaron, primero, en 1939, su
reconocimiento internacional por la práctica totalidad
de los Estados entonces componentes de la comunidad
internacional, y después, tras el cero y el aislamiento
de 1945 como ofrenda a la vencedora Rusia Soviética, su
ingreso en la Organización de Naciones Unidas, el
concordato con la Santa Sede y el acuerdo firmado con los
Estados Unidos, para culminar en el tratado preferencial
(negociado por el ministro Ullastres) con el Mercado
Común Europeo, y la declaración de Helsinki. A última
hora, y tomando como pretexto las ejecuciones de los
terroristas sentencias a muerte en 1975, volvió a
producirse un nuevo rechazo, que sin duda contribuyó
eficazmente al deliberado derribo del sistema.
5. La presión externa. El nuevo Estado, a consecuencia
más de la presión externa que de la dinámica interior,
careció -sobre todo al principio- del necesario y
deseado número de intercambios. Los que tuvo en sus
comienzos (se ha investigado poco en torno a los
existentes con Gran Bretaña y Estados Unidos) resultaron
pronto insuficientes tras el comienzo de la segunda gran
guerra, y al final de ésta fueron cegados por la
victoria de la alianza democrático-marxista, la
exigencia soviética y el cobarde asentimiento de sus
aliados. Se ha especulado mucho sobre los contactos y las
influencias del fascismo y el nazismo. Es evidente que
existieron, pero nadie ha podido demostrar que fueran
decisivas, ni siquiera fundamentales, para la
consolidación del sistema. El general Franco no mostró
antes de 1936 ninguna clase de interés por las
organizaciones y los ensayos que Alemania e Italia
realizaban por aquellas fechas. Sin perjuicio de que como
militar, y al igual que casi todos sus compañeros,
estuviera atento al rearme germano, y de que incluso es
posible que mantuviera una simpatía, más tradicional
que actual, por la disciplina y la organización
prusianas, todo parece indicar que en aquellos momentos y
desde hacía muchos años se encontraba más cerca, tanto
profesional como humanamente, del Ejército francés y
aún del inglés, con los que había mantenido contactos
y en los que tenía amigos, que con los de Eje, a pesar
de las inolvidables discordancias históricas habidas con
los primeros. El resto de los elementos sociales que se
integraron en el régimen, con excepción de algunos más
politizados, estaban también más cerca de Inglaterra y
Francia, en virtud de intereses económicos y culturales,
que de Alemania e Italia.
6. Preferente orientación hacia Italia. La Iglesia
española, en razón de antiguos recelos hacia el
protestantismo y el liberalismo, mostraba una cierta
inclinación hacia Italia, antes que por el fascismo,
atendiendo la posición más geográfica que política
del Vaticano. Otros componentes, como algunos de los que
entonces o después se integraron en la oposición,
también se orientaba con preferencia hacia Italia, que
en el año 1936 había alcanzado el cénit de su
popularidad internacional. Tanto la democracia cristiana
española (CEDA) como la Esquerra Republicana catalana y
el nacionalismo vasco habían mantenido contactos con
Mussolini o se habían inspirado en él y en sus
organizaciones para montar en sus respectivos ámbitos de
actuación algo semejante, llamado JAP, Escamots,
secciones femeninas o juveniles... Algo parecido, en
diferente grado, sucedió con el Partido Carlista y la
Comunión Tradicionalista. Respecto de Falange Española,
es evidente el isomorfismo de su estructura con la del
Fascio, pero resulta curioso comprobar que -contra lo
fácilmente observable en otras organizaciones políticas
de las ya citadas- a medida que pasaba el tiempo Falange
se esforzaba por distinguirse del Fascismo: no fue José
Antonio, sino Calvo Sotelo quien se declaró fascista en
el Congreso de los diputados; y no fue la Falange, sino
Acción Popular, quien implantó en España el triple
grito de «Jefe, Jefe, Jefe» o quien por primera vez
propagó las consignas de que el jefe nunca se equivoca y
en él deben concentrarse todos los poderes... Como
fueron los monárquicos partidarios de Alfonso XIII,
Goicoechea y el general Barrera, probablemente a través
del rey exiliado y del monarca allí reinante, quienes
primero concertaron la ayuda militar italiana para el
caso de que se produjera un posible alzamiento en
España.
7. El rechazo de Francia e Inglaterra. Cuando el nuevo
Estado comenzaba a cuajar, en Francia gobernaba el Frente
Popular con el socialista Leon Blum a la cabeza. No le
era posible a Franco obtener de allí ayuda. El que
Inglaterra, siempre atenta a lo que para su política de
supervivencia significaba -y sobre todo aquellos años-
el Mediterráneo, no abriera ni siquiera un portillo de
atención al movimiento recién iniciado, con el que
tantas cosas tenía de común en lo más hondo, sólo
puede explicarse o por un defecto de información (lo que
no parece creíble en sus servicios de inteligencia) o
por un error de cálculo en su gobierno (que
difícilmente pensaría en el éxito del intento y sobre
todo en que éste derivaría hacia una guerra civil con
presencia internacional) o, según me inclino a pensar,
por el deseo de pescar en el río revuelto de los
conflictos españoles unas posibles y gruesas piezas, ya
fuera en el País Vasco (de sobra se conoce su sólida y
continua relación con los nacionalistas) o en Canarias,
como ya lo hizo en Gibraltar con motivo de la Guerra de
Sucesión, y como lo consiguió de nuevo en Gibraltar en
1936 al apoderarse contra todo derecho de los terrenos
necesarios para construir su aeródromo.
8. Los cercos internacionales. El caso es que, en parte
por su propia voluntad y en mayor medida por no tener
otro remedio, el naciente Estado tuvo que contentarse con
mantener conctactos y recibir ayudas de Italia y
Alemania. De ahí en adelante la suerte estaba echada.
Cualquiera que examine con suficiente frialdad la
historia diplomática de Franco tendrá que reconocer los
éxitos que para él supusieron el levantar dos veces a
pulso, en pocos años (1937-1939 y 1945-1960) el cerco
internacional, despegándose al máximo posible de los
compromisos contraídos y de las animadversiones y las
frialdades surgidas como consecuencia de las guerras
española y mundial. El tercer y último cerco, menos
visible y más efectivo, no fue posible superarlo por
falta material de tiempo, al decidir los herederos de
Franco acabar con él de mala manera, aceptando en su
totalidad las tesis y las intenciones del frente
antifranquista.
9. El nuevo Estado como sistema abierto. De todas formas,
a lo largo de sus cuarenta años de existencia, el nuevo
Estado procuró abrirse y adaptarse a las sucesivas
realidades externas e internas, aceptando y rechazando en
todo o en parte lo que le exigían o presentaban desde
fuera o desde dentro de su sistema. Nada más falso que
la imagen propagada en sus últimos años y extendida
hasta nuestros días, como sistema inmovilista o como
bunker de absoluta resistencia. Basta repasar sin pasión
su historia para comprobar la diferencia existente entre
el Estado de la guerra civil, el de la postguerra
mundial, el de los años de desarrollo, y el de su
última década. Está claro, pues, que fue un sistema
abierto, pese a quienes lo quisieron encerrar y cegar
desde el exterior, o, como puede verse en el análisis de
su historia, desde sus propias filas.
10. Los subsistemas. Como sucede en todos los regímenes
políticos, también en el presidido por Franco puede
percibirse varios subsistemas. Así, los partidos
políticos lo son, cada uno de ellos, en el interior del
régimen político democrático-liberal que integran.
Dentro de la unidad que supuso el Movimiento, subsistemas
suyos fueron Falange, los sindicatos, esa extraña
realidad que conocemos con el nombre de «tecnócratas»,
«los católicos», «los monárquicos», y algún otro.
Todos ellos merecen estudios descriptivos. La existencia
de tales subsistemas sólo es compatible con la del
sistema de que ellos forman parte si en el interior de
éste se dan una serie de características fundamentales,
como son las de diferenciación, integración,
interdependencia y centralización. Todas ellas
existieron en modo y proporción suficiente.
a) La diferenciación interna. En primer lugar, los
diversos elementos -personales y sociales- que
compusieron el régimen y que no siempre fueron los
mismos a lo largo de sus cuarenta años de existencia,
estuvieron todo ese tiempo suficientemente diferenciados
entre sí, tanto en lo que se refiere a su razón de ser
como en lo que respecta a su apariencia externa y
presencia actuante, lo mismo en el interior del sistema
que en sus márgenes. Para los españoles que vivieron en
edad de razón durante los años que van desde 1936 hasta
1976, nunca se confundieron las personalidades de los
distintos grupos de presión (burguesía, banca, nobleza,
iglesia, ejército, intelectuales) o las de los
diferentes grupos políticos (católicos, falangistas,
monárquicos, tradicionalistas, tecnócratas,
independientes, etc.).
Aunque el régimen adoptó en algunos momentos la forma
de partido único, lo cierto es que nunca llegó a
funcionar de verdad como tal. Es imposible compararlo en
este aspecto con otros sistemas. Ni el comunismo, ni el
fascismo, ni el nazismo, permitieron la existencia en su
interior de subsistemas, ni -en el caso de que pudieran
existir alguno de ellos-, serían tan diferentes entre
sí como lo fueron siempre los distintos componentes del
Movimiento. Este no sólo permitió, sino que alentó la
creación y la permanencia de diferentes subsistemas en
su interior, cada uno con sus distintas peculiaridades.
Su presencia y las tensiones que originaban fueron
siempre una de las razones y de los motivos para que el
nuevo Estado existiera y prosperara, así como una de sus
más importantes peculiaridades.
b) Las fuerzas de integración. Un sistema compuesto por
subsistemas diferenciados puede romperse si las fuerzas
centrífugas originadas por tales diferencias, y las
inevitables tensiones existentes entre ellas, no se
compensan mediate la existencia de una fuerza centrípeta
que integra y consolide la unidad superior o célula
madre. En el caso de España, la integración venía
dada, «ab initio», por los sentimientos comunes a todos
sus elementos componentes: el antimarxismo y el
antiliberalismo, por un lado, junto con el deseo de
encontrar una salida -diferente a las ya ensayadas en
España- para remediar la crisis histórica de la patria,
por otro. Añadamos la integración producida, primero,
por las necesidades de ganar la guerra y evitar con ese
triunfo la desaparición o aniquilamiento que para todos
ellos supondría el que los otros vencieran; y después,
por la necesidad de superar al aislamiento internacional
como medio indispensable, para cada elemento integrante
de conseguir luego su total independencia y su deseable y
posible supremacía. Debe de tenerse en cuenta que
mientras tanto se había producido la exaltación de
Franco a la Jefatura del Gobierno y al supremo mando
militar, su asunción de la Jefatura del Estado y del
Movimiento, lo que le proporcionaba la oportunidad de
ejercer un mando ilimitado y disciplinar sobre las
diversas fuerzas (en su mentalidad castrense) que estaban
a sus órdenes. El régimen se integró, pues, también
en virtud de que quien era su jefe y símbolo usó en
todo momento su capacidad de mando para utilizar en cada
instante -como era lógico desde su perspectiva militar-
a la fuerza o a las fuerzas que más necesitaba o que en
aquel concreto momento estimaba más operativas o más
aptas, sin dejar por ello de emplear a las restantes en
los cometidos específicos que les correspondían o en
los encomendados a propósito. De esta forma, la
diferenciación permitida y aún fomentada, se compensaba
con la integración conseguida por el común denominador
de los sentimientos «anti», de las convicciones
compartidas -fundamentalmente el catolicismo y el
españolismo-, de la común hostilidad pasiva y activa, y
del único e indiscutible mando. Conviene señalar, de
todas maneras, que la integracióin así conseguida fue
siempre un mínimo común denominador, nunca un áximo
común múltiplo; es decir, un núcleo de resistencia
más que un factor de potenciación.
c) Relaciones de interdependencia. Entre los diferentes
subsistemas se establecieron desde el primer momento, de
grado o por diferentes tipos de fuerza, y se mantuvieron
después -aunque no siempre con la misma intensidad ni de
igual manera- diversas relaciones de interdependencia.
Todos se necesitaban, y unos precisaban más de otros,
bien de modo permanente o por razones de coyuntura.
También esta interdependencia fue fomentada por Franco y
utilizada para consolidar el sistema. Así, por ejemplo,
la Iglesia usó a los católicos, como en determinados
momentos a los falangistas, para recuperar primero y
consolidar después predominantes posiciones en el campo
de la educación pública y privada; para conseguir
ocupar otras que nunca tuvo, como es el caso de la
información y la comunicación; y para extender su
influencia -unas veces en forma positiva, otras de modo
negativo- por amplias zonas sociales. Relaciones de
interdependencia pueden también encontrarse, como mayor
o menor amplirtud a lo largo del tiempo, entre los
tecnócratas y la burguesía o la banca, entre los
católicos y los militares, entre éstos y los
falangistas, etc. Tales relaciones no fueron siempre
positivas o amistosas. Conocida es la inicial
animadversión, por ejemplo, entre tradicionalistas y
falangistas, sustituida luego por una simple tolerancia
y, más tarde, por una amplia coincidencia en actitudes
defensivas, al menos entre los falangistas menos
radicalizados y los tradicionalistas más conformes.
Iguales o parecidas tensiones surgieron, se mantuvieron o
desaparecieron a lo largo del tiempo entre Ejército y
Falange, Falange e Iglesia, falangistas y monárquicos,
católicos y tecnócratas, falangistas y democristianos,
etc. Su detallado análisis constituiría la verdadera
historia interna del régimen, aún por hacer.
d) Franco, factor centralizador. Sería exagerado decir
que las relaciones existentes entre los diferentes
subsistemas políticos, tanto en sus aspectos positivos
como en los negativos, fueran dirigidas, alentadas o
fomentadas por Franco, pero no parece erróneo insistir
en que éste, con su mentalidad militar y sus
prerrogativas de mando, las utilizó primero para ganar
la guerra, luego para consolidar la paz, después para
lograr el desarrollo y la prosperidad de su pueblo, tal y
conforme lo entendía y siempre para fortalecer su mando.
En este sentido, Franco aparece como el elemento
centralizador del sistema, el punto en el que confluyen
los diferentes intereses de los distintos elementos
componentes e integradores de dicho sistema, no para con
ello proporcionarle ventajas específicas, salvo la de
hacerle clave permanente de la situación, sino por la
pretensión de conseguir desde él posiciones de
privilegio o preeminencia respecto de los elementos o
subsistemas rivales.
11. Planos de presiones y rechazos. Este flujo de
impulsos o presiones y de repulsiones o rechazos o
reacciones se produjo a la vez y sucesivamente en tres
diferentes planos: primero, sin que ello signifique orden
de preferencia o primacía, entre los diversos elementos
o subsistemas que integraron el régimen; segundo, entre
todos y cada uno de dichos susbsistemas y el elemento
personal centralizador del sistema, que era -como ya se
ha dicho- el mismo Franco; y tercero, entre el propio
sistema y los demás sistemas políticos ajenos y
situados en el plano nacional o internacional. En cada
uno de estos intercambios de relaciones podríamos
examinar el mismo fenómeno: cada elemento exporta e
importa -influye y es influido- algo, poco o mucho,
respecto de sus interlocutores, dependiendo la intensidad
y el sentido de dicho cruce de influencias tanto de la
valía intrínseca de cada elemento como de las
circunstancias externas, incluso de las internacionales,
que reinaban en cada momento. No puede entenderse la
historia del nuevo Estado -ni su verdadera constitución
intrínseca- sin tener en cuenta esta compleja trama de
relaciones, destinadas a producir en cada caso sus
correspondientes consecuencias.
12. Ordenación y permanencia del régimen. La
complejidad de las relaciones establecidas entre los
diferentes elementos integrantes del sistema, y la
difícil trama de las que éste -considerado en su
totalidad- mantuvo con el exterior, ocasionaron y
aseguraroin tanto su ordenación como su permanencia. Ya
vimos que el nuevo Estado surgió más como un resultado
de presiones exteriores que a consecuencia de una
voluntad interior de coincidencia, y cómo los cercos y
los rechazos internacionales sirvieron para cohesionar y
fortalecer el sistema, al menos hasta el último momento.
Examinando con detenimiento la historia del régimen se
puede comprobar que éste fue durante los cuarenta años
de su existencia un sistema estable. Nunca estuvo
verdaderamente en peligro, pese a la importancia que en
ocasiones alcanzaron los ataques que en su contra se
organizaron y dirigieron sobre todo desde el exterior.
Esa estabilidad se debió a que las distintas fuerzas
variables y los diferentes elementos componentes del
sistema mantuvieron siempre la voluntad de permanecer
dentro del mismo, viviéndolo y activándolo, en el
interior de unos límites difinidos y recognoscibles, que
fueron sus definiciones esenciales, sin dejarse llevar
por las ofertas y los impulsos que desde fuera se les
hacían para que todos o algunos de dichos elementos o
fuerzas traspasaran los límites del sistema y lo
desintegraran o contribuyeran a desintegrarlo.
13. Defeccionismo y desintegración. La estabilidad
mencionada se mantuvo sustancialmente idéntica hasta la
muerte de Franco, lo cual no quiere decir que incluso en
vida del Generalísimo no se produjeran defecciones o que
al margen de su persona y del sistema algunos de sus
componentes no mantuvieran relaciones cautelosas e
incluso clandestinas con elementos ajenos o incluso
hostiles al mismo, pues tales fenómenos se produjeron
-con desigual frecuencia e intensidad- desde 1936 hasta
1975. Lo que sí quiere decirse es que en todos esos
años la voluntad de estabilidad del sistema fue mucho
mayor que la de desintegración, hasta el punto de que
incluso por simples razones de inercia la estabilidad se
mantuvo y se habría seguido mantenido tras la muerte de
Franco si en un determinado momento no se hubiera dado,
apoyándose en su sistema y en su testamento y herencia,
la voz de «rompan filas» por quienes estaban obligados
en virtud de las leyes de la fidelidad y del honor a
mantenerlas firmes y operativas.
14. Propiedades fundamentales del sistema. La estabilidad
citada fue a la vez causa y consecuencia de que el
sistema alcanzara, como fruto de sus muchas peripecias,
tres propiedades fundamentales: primera, un estado de
reposo, de tranquilidad, de suficiencia, procurado por la
interacción de las fuerzas
opuestas o diferentes- que lo integraban, puesto que al
contrapesarse lo mantenían equilibrado; segunda, opuesta
a la primera y originada tanto por su dinámica interna
como por su constante y creciente apertura al exterior,
fue la tendencia del sistema a mantener constantes
relaciones, crecientes en número, distintas en sentido e
intensidad, y cada vez mayores en complejidad
organizativa, lo mismo en su interior que hacia fuera; y,
por último, la capacidad del sistema para mantener sus
fundamentales equilibrios internos mediante una
autorregulación dinámica -aunque bien es verdad que
siempre con roces e incluso parones- incluso en aquellos
momentos en que se produjeron -dentro y fuera de sus
límites- diversos procesos de cambio. Los distintos
rumbos adoptados por el sistema en 1937, 1939, 1943,
1947, 1960, 1969 y 1974, y los diferentes talantes con
que se vieron cada uno de estos tiempos, justifican lo
antes dicho y garantizan que, de haberse querido, se
hubiera podido proceder de igual manera, o de forma
análoga, en 1976 o 1977. Aquí no enjuiciamos el acierto
o el error de las decisiones adoptadas en cada una de
esas fechas. Tan sólo decimos que el sistema estaba
capacitado para afrontar navegaciones varias, y la prueba
más irrefutable de tal aserto es que fue necesario usar
del sistema y de la lealtad de sus componentes para
enterrarlo, puesto que era imposible hacerlo desde fuera
y por extraños.
15. Un sistema estable y dinámico. El nuevo Estado fue
un sistema estable. Y aunque algunos -muchos o pocos- no
se lo crean, un sistema dinámico, no inmovilista, aunque
en su interior coexistieran elementos incluso
retrógrados o reaccionarios, con una mayoría
conservadora y con minorías avanzadas, como resulta
fácil comprobar analizando su historia interna. No puede
negarse que el régimen poseyó hasta el último momento,
sin mengua de sus características fundamentales,
capacidad de adaptación a las circunstancias cambiantes
dentro y de fuera de España. Se adaptó, primero, de
buen grado o a regañadientes, según se mire a uno u
otro de sus componentes, al esquema y al funcionamiento
de los sistemas totalitarios; se adaptó después a las
exigencias de un mundo que aceptaba, aunque no aprobara,
el autoritarismo; pagó su tributo a los nuevos tiempos
con el hallazgo y la creciente explotacióin de la
democracia orgánica; y de manera análoga hubiera podido
instalarse en el seno de un mundo demócrata sin
calificativos, implantada por su voluntad de adaptación
y mejora, y protagonizarla durante muchos años, si
quienes lo representaban hubieran elegido en 1976, ya
dominado el primer e infructuoso asalto callejero, en vez
de su voladura controlada, la continuidad reformista y
progresiva, al modo francés, en lugar de escoger un
modelo semejante al italiano.
16. Crecimiento, crisis y final. El dinamismo del sistema
se pone de manifiesto al estudiar su proceso de
crecimiento, tanto numérico como organizativo, desde
1936 a 1950; su modo de superar las diferentes crisis que
le aquejaron en 1937, 1939, 1941, 1945, 1950, 1957, 1969
y 1973; las tensioines que en su interior se produjeron
entre sus diversos componentes a lo largo de tantos
años; la sobrecarga con que poco a poco fue lastrando su
capacidad de navegación y embarque; el declive que ello
le ocasionó, paralelo a la decadencia física de su
símbolo humano. No renuncio a examinar estos aspectos en
posteriores trabajos. Termino ahora éste, en el que he
pretendido dar una visión global. No se trata tampoco
ahora de hacer historia. Quede para otros el relatar con
detalle las circunstancias en que se produjo su alevosa
demolición y su encubierto entierro. Fiel a mi inicial
propósito de objetivar al máximo el análisis de este
fenómeno político, digo ahora tan sólo que los
elementos individuales componentes de los subsistemas,
grupos y fuerzas integrantes del régimen, al desaparecer
éste tendieron a encontrar una nueva posición política
teniendo como única guía el cálculo de sus
probabildades de supervivencia. Es decir, que la gran
mayoría se situó por azar, con dos notables
excepciones: la de aquellos que consciente y
deliberadamente rompieron con su pasado, contribuyendo a
hundir el barco en el que tanto y tan bien habían
navegado; y la de aquellos que prefirieron irse con él
al fondo de los mares de la Historia o se refugiaron en
la isla desierta de un robinsonismo político
desinteresado.
Antonio Castro Villacañas
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