Razón Española, nº 105; Franco al contraste

pag. principal Razón Española

Franco al contraste

Por J.L. Calleja

Las Fuerzas Armadas entre la sucesión y la reforma indice Franco y su sistema abierto

Franco al contraste

La «gustosa historia», que decía Gracián, podría también dejar mal sabor, porque, en ella, reviven tantos personajes, que surgen, espontáneas, las comparaciones odiosas, según se dice no siempre con razón; porque las alabanzas crecen, a veces, cotejando lo bueno con lo mejor: cutis como rosa; limpio como patena; claro como el agua; bueno como el pan.

O mucho nos equivocamos, o Franco ha sido atacado en su obra más que a través de comparaciones. Eso mismo me parece que le ha ocurrido a España y, no digamos, a «la España de Franco» que algunos han querido menospreciar, zaherir y hasta envilecer.

Otros individuos, que conocen bien España e incluso han demostrado afición y hasta cariño a nuestra tierra, llegan a mentir, para que ese hondo afecto suyo no vaya a confundirles políticamente; y mienten con embustes patentes, con insinuaciones falsas y hasta con tonterías cómicas. Adelanto ejemplos:

Según Gerald Brenan, que pasó casi toda la vida entre nosotros, «una de las cosas que en Madrid nos dejan más atónitos es la cantidad de nuevos edificios que se han construido después de la guerra civil. Por todas partes se ven nuevos bloques de pisos, instalaciones industriales, ministerios, muy grandes la mayoría. En las afueras surgen barrios enteros de suburbios con casas de cinco o seis pisos». Confesada hasta aquí su admiración, Brenan sugiere como cierta una noticia falsa, la de que Madrid fue castigado por la aviación de Franco, como Londres por la de Hitler: «Cuesta trabajo encontrar rastro alguno de las destrucciones de la guerra. Cuando uno piensa en lo poco que se ha hecho en Inglaterra, pese a sus enormes recursos, uno se queda pasmado, aunque se piense que en España el trabajo está mal pagado»1.

No podía ignorar Brenan que Franco ahorró devastaciones escatimando bombardeos en los pueblos y ciudades que, en la paz, iba a gobernar. Madrid quedó casi intacto, incluso en el barrio de Argüelles, inmediato a primeras líneas. Las pocas destrucciones grandes por la guerra fueron en Oviedo, El Alcázar de Toledo, Belchite, Teruel, Brunete y algún punto en la bolsa del Ebro, es decir, allí donde los rojos atacaron en serio por su iniciativa. La sola ruina que ha podido cargarse a los nacionales, y no con toda la razón, fue la de Guernica, convertida, por eso, en símbolo universal. A su lado, no son nada ni Londres, ni Conventry, ni Hamburgo, ni Berlín, ni Dresde, ni Hiroshisma, ni Nagasaki. Una vez insinuado «subliminalmente» todo esto, Brenan podía respirar después de reconocer el admirable progreso del Madrid «de Franco». Pero hay que desinfectarse también de la devoción católica de España y, en el mismo libro e igual página, Brenan comenta que «los cementerios dicen mucho acerca de lo que, de verdad, cree un pueblo: en las tumbas no se ve ni un texto sagrado; a menudo, no hay en ellas un signo de fe, ni siquiera una cruz, pese a que los cementerios son propiedad de la Iglesia (sic). A menudo, se lee el texto «subió al cielo», descartando por completo el intermedio del Purgatorio». Así, que ya lo sabemos: este Brenan, residente sempiterno en España, no veía nada claro el catolicismo de nuestros camposantos, contagiados de la herejía que se inventa sobre el «intermedio». Pero dejemos, ya, de sonreír.

Las ocurrencias que autores de prestigio se exprimen con apuros, por miedo a nadar contra corriente al hablar de España, han sido, sobre todo, a costa de su papel histórico como clásico paladín católico, y últimamente, a costa de la obra de Franco, más que a costa del propio Caudillo, a quien, por cierto, se ha sometido muy poco a comparaciones. Y nosotros creemos que, no porque un halo mágico le haya defendido de ellas, sino porque habría salido muy bien librado.

Hacen falta los dedos de ambas manos para contar los militares que han roto, torcido o acelerado la marcha de España desde la muerte de Fernando VII. Pronunciamientos, rebeliones, manifiestos o cuartelazos añadieron a nuestras crónicas hechos y nombres que ahora recuerdan muchos como reaccionarios, cuando las intenciones, gestos y proclamas de casi todos ellos fueron anticarlistas y liberales, la izquierda de entonces.

Dejando eso a un lado, que para lo que vamos da igual, nos proponemos hablar de personajes que hayan sido o pudieran ser comparados con Francisco Franco, descartando, de entrada, la mayoría, aunque ilustres, aun resonantes, simpáticos unos, protervos otros, porque su brillo fue corto y empuñaron apenas, o nada, el timón de España, aunque influyeran en su ruta. Así, prescindimos de Torrijos, Riego, Diego de León, Jovellar, Concha, Zurbano, Lacy, Topete, Dulce, Pavía, Lersundi, Martínez Campos, Villacampa, etcétera, y nos fijamos sólo en los soldados que gobernaron desde la cima como ministros y presidentes: Espartero, O'Donnell, Narváez, Serrano, Prim y Primo de Rivera.

No se discute ni se compara las ideas de estos seis astros de nuestro siglo pasado y pico. Ni las de nadie. Las ideas políticas son las que se creen mejores para el buen gobierno de un país, y el buen gobierno de un país consiste en tender y ensanchar los caminos que van al bienestar práctico de los pueblos, en lo material y en lo espiritual. Pues bien: ¿Qué pasos adelante dieron, por estos caminos prácticos, Baldomero Espartero, Leopoldo O'Donnell, Ramón Narváez, Francisco Serrano, Juan Prim y Miguel Primo de Rivera?

Para responder, renunciamos a respuestas propias y elegimos, entre las ajenas, las concertadas por Alianza Editorial, grupo Prisa, en su edición del Diccionario de Historia de España, obra coinsiderable, en tres tomos, en cuyas casi cuatro mil páginas firman historiadores, economistas, profesores y polígrafos como Alfonso Castrillo, Melchor Fernández Almagro, Lafuente Ferrari, Fabián Estapé, Emilio García Gómez, Manuel García Pelayo, Pedro Laín Entralgo, Valdeavellano, Julián Marías, José Tudela, Gómez de la Serna, Luis Suárez, etcétera, con cientos de artículos que resumen toda clase de biografías, episodios, hallazgos, etc., relacionados con nuestra historia y alrededores.

Por supuesto, resumir los resúmenes sobre los seis generales es reducirlos a esquemas esqueléticos, cuyos huesos esenciales procuramos extractar para lo que nos interesa: atisbar si sus obras de política práctica son comparables con la de Francisco Franco. Ver, en suma, si, como alguno dice por ahí, Francisco Franco fue «uno de esos generalitos de nuestro anecdotario nacional». Resumimos los resúmenes:



Espártero. Lucha contra los independentistas en América, donde se hace liberal. Coronel a los treinta y dos años. Casa, en Pamplona, con rica heredera. Brilla en la primera guerra carlista. General en jefe, tras el motín de los sargentos en La Granja. Los carlistas sitían Bilbao. Espartero lo libera y gana el título de conde de Luchana. Largas y duras vicisitudes, hasta que se atrae a Maroto y se abrazan en Vergara. Duque de la Victoria. Impone un gobierno liberal. Hostiliza a la Reina gobernadora. La Reina lo alza a la Presidencia, pero rechaza su programa. Espartero la obliga a abdicar como Regente. Las Cortes nombran Regente al propio Espartero. Dos años en el cargo; removido, en 1841, por sublevaciones de O'Donnell, Diego de León, de los republicanos en Barcelona y, por último, de Narváez y Serrano. Ha fracasado, dice el resumen, «por su completa ignorancia de los hombres civiles». Escapa a Inglaterra. Reaparece, en 1854, con O'Donnell. Tras el «bienio progresista», se retira a Logroño. Cae Isabel II. Prim ofrece el trono a Espartero que lo declina. Viene Amadeo de Saboya que lo visita y nombra Príncipe de Vergara con tratamiento de alteza. Sagunto. Alfonso XII, que también lo visita. Según el director del Diccionario y autor del artículo G. Bleiberg, el personaje «es una síntesis de gloria y fracaso, un exponente característico del militar del siglo XIX español: arrojo en el campo de batalla, no compensado por talento equivalente para el poder político». De obras prácticas, ni palabra.



O'Donnell. También liberal, también ennoblecido, conde de Lucena, por vencer a los carlistas. Duque de Tetuán, por sus triunfos en Africa. Toma parte en la sublevación del Campo de Guardias, con Dulce. Dirige en 1854 el pronunciamiento del 17 de julio. Reprime la revolucióin de los sargentos de San Gil. Sube y baja varias veces a la Presidencia del Gobierno. Sobre su labor práctica en la política, en las dos columnas del Diccionario sobre O'Donnell, sólo hay dos párrafos, y contradictorios. Uno dice: «Gobernó el país durante unos cinco años de afortunada gestión en lo político y en lo administrativo». El otro: «Falto de un criterio y de un programa definidos, aunque oportunista y hábil, no supo imprimir carácter de altura a su actuación pública.» Cita concreta de alguna obra o proyecto importante, ninguna.



Narváez. Cuatro columnas enteras en el Diccionario, con luchas, batallas, algaradas, conjuras y represiones. Como O'Donnell y Espartero, subió a las alturas y cayó de ellas varias veces, a la fuerza o porque quiso. Al servicio del trono puso su «mano dura», su «Espadón de Loja», lealtad premiada con el ducado de Valencia. Cree dignas de mención los siguientes ejemplos de su gestión práctica: «Promulga la Constitución de 18412. Consigue mejorar la situación financiera de España, iniciándose la reforma tributaria de Mon. Tras una labor fértil en obras públicas (Canal de Lozoya, construcción del actual Congreso de los Diputados, Teatro Real) y en legislación (promulgación del Código Penal de 1848) en enero de 1851 Narváez solicita licencia para retirarse a descansar». Pero aún quedaban idas y venidas.



De su etapa de gobierno, 1864-65 se citan como concretas acciones políticas «la amnistía por delitos de imprenta, la promesa de imparcialidad en próximas elecciones, etc.». Después de este etcétera, sólo aparecen los disturbios de la Noche de San Daniel, el cese de Narváez y vuelta de O'Donnell; el cese de O'Donnell y vuelta de Narváez, la huida de Sagasta, Castelar y otros; más conspiraciones en el Ejército y en la Marina, la muerte de Narváez y la caída de Isabel II.



Serrano. Las cuatro columnas de su resumen biográfico corren montadas sobre lo que parece una novela. Ascensos por méritos de guerra contra el carlismo. Coronel a los veintinueve años. Mariscal de campo a los treinta, nombrado por Espartero. Conspiración para abolir la regencia de Espartero, su ascensor. Ministro de la Guerra con Olózaga. Senador. Episodio de su escapada a la Embajada inglesa. Capitán general de Granada con Narváez. Dos años después, 1850, otra situación. Ordena el bombardeo del Congreso de Diputados. Nueve años después, capitán general de Cuba y montaje de la expedición a Méjico (por favor, Méjico, con jota). Es su acierto en este mando lo que le vale el título de duque de la Torre. Vuelto a España, ministro de nuevo. Se enfrenta con los sargentos sublevados en San Gil. Recibe el Toisón de Oro. Es el «general bonito», distinguido y apuesto, admitido en la cámara de Isabel II. Sucede a O'Donnell como jefe de la Unión Liberal. Conspira contra Isabel II. Es deportado. Vuelve por Cádiz. Firma el manifiesto «España con honra» escrito por López de Ayala. Batalla de Alcolea. Presidente del Gobierno. Regente del Reino con tratamiento de alteza. Y aún le quedaban a su alteza nuevas idas y venidas, nuevas glorias y contradictorios apuros bajo Amadeo de Saboya y la República, hasta el pronunciamiento de Martínez Campos, en Sagunto, que trajo a Alfonso XIII. Demasiados para el resumen de un resumen, en cuyas 1.800 palabras, contadas, no hay una sola sobre los beneficios prácticos de su carrera para la nación española. Sólo cuando habla sobre su temporal retiro voluntario en 1848, explica que aprovechó «su voluntario ostracismo para viajar por el extranjero, dedicando atención preferente a Rusia, donde estudió a fondo su organización militar». El cultivo de esta asignatura, el manifiesto de ajena redacción y el oportunismo que le valió el dictado de «Judas de Arjonilla» son cuanto de político expresa el Diccionario acerca de Serrano, mariscal de campo, senador, duque de la Torre, regente, ministro y presidente, y conde de San Antonio por su matrimonio con doña Antonia Domínguez, bellísima y rica.



Prim. Gana, con seis columnas largas, a los anteriores generales; pero se cuenta casi lo mismo: ascensos por méritos de guerra, hasta mariscal de campo, conspiraciones, levantamientos, exilios, ministerios, presidencias, capitanías generales, caídas, regresos y ennoblecimiento reiterado: conde de Reus, vizconde del Bruch, marqués de Los Castillejos, marqués de Wad-Ras, como certificados de su triunfal conducta en las batallas. Otra analogía con Espartero y Serrano: su matrimonio con mujer muy rica. Vida, la de Prim, deslumbrante de acción, dinamismo e intriga, como de novela a raudales. Pero de servicios prácticos para el bienestar de los españoles, apenas alusiones, como cuando se admite la posible complicidad en su asesinato de los negreros de La Habana, «temerosos de que las innovaciones del general pudieran mermar la explotación de su negocio».



Primo de Rivera. Se repite el brillo militar con ascensos por méritos de guerra; en Marruecos, Cuba y Filipinas. Pero la edición, que usamos de fuente, no dedica a este general cuatro columnas, como a Narváez y Serrano, ni seis, como a Prim, sino once largas. Lo que se recuerda en ellas, salvo aquellos ascensos ganados en combates, apenas tiene que ver con las historias precedentes.

En ellas se recuerda, con textos de M. Fernández Almagro, el fracaso reiterado de gobiernos, partidos y hombres, el proceso de descomposición de la fe y la confianza públicas, la sangría de Marruecos y demás causas que tentaron a Primo deRivera, cuando ya tenía cincuenta y dos años, a escuchar a la opinión general contra la anarquía, «con una intervención enérgica y al margen del juego habitual de los partidos». Promete un «Directorio Inspector Militar»; dimite el Gobierno; Alfonso XIII llama a Primo de Rivera y comienzan las dos etapas, militar y civil, de la Dictadura. Llevamos tres columnas del resumen.Y, de pronto, un título: «La obra de la dictadura»: seis columnas, con cerca de 3.000 palabras, sobre sus tareas prácticas; desde en el orden público (de 1.493 atentados entre 1918 y 1923, bajan a 51, cincuenta y uno, de 1923 a 1928) hasta el Circuito Nacional deTurismo defirmes Especiales, pasando, nada menos, por el desembarco en Alhucemas; la paz en Africa; la reducción de impuestos, la mejora de la Hacienda y sus recursos; CAMPSA; Banco Exterior; la Caja para el Fomento de la Pequeña Propiedad; el plan de nueva red ferroviaria; el apoyo a las clases obreras asociando la UGT al gobierno; el Código deTrabajo; la Universidad Industrial; los Comités Paritarios y los Tribunales Industriales; la protección a las familias numerosas, etc. Después de señalar otros modos de política práctica, el Diccionario resume, en tres columnas finales, la historia del declive de Primo de Rivera en la opinión pública, que, a su llegada, fue de conformidad general, hasta su caída e inmediata muerte en París, de honda amargura.

Justa amargura, porque su obra práctica resultó más que considerable, incluso estupenda en casos como el de la red de nuevas carreteras adoquinadas en menos de siete años -antes, de polvoriento uso y, cuando mejor, de macadam- o el del fin de la guerra en Marruecos. Sin duda, Primo de Rivera perteneció a una especie política diferente de la de Espartero, Narváez, Serrano, O'Donnell y Prim.



Tan diferente, que lo es, también de grandes figuras civiles de aquel tiempo, dicho sea para poner en duda aquella afirmación de Bleiberg que considera a Espartero exponente característico del militar del siglo XIX, sin talento para el ejercicio del poder político y valiente para las trifulcas, aficionado a conspiraciones, mecido violentamente por los altibajos en el poder, etc. ¿Encontramos pruebas de que tal desequilibrio es tan exclusivo de los militares de entonces que resulta un trazo suyo característico? Veamos.

Incluso en las seis columnas que el Diccionario consagra a una vida tan civil como la de Cánovas, dominada por obras académicas, literarias y políticas, aparecen inestables episodios. Así, los preparativos a la revolución de 1854, como hombre de confianza de O'Donnell, su Manifiesto de Manzanares, prólogo a la revuelta que impuso el llamado bienio progresista; su destierro a Palencia, tras la insurrección de los sargentos de San Gil; o su detención, después de Sagunto, novelesca, por formularia y previa a su ascensión a la cima, donde lo plantó Alfonso XII. ¿Hablamos de Mendizábal? Tiene en su expediente acciones famosas, como la Desamortización y sus empujones a la Hacienda por diversos vericuetos, y no se libra de paralelismos, con el pronunciamiento deCabezas de San Juan, la colaboración con Riego, la escapada a Londres, etc. ¿Nos acordamos de Sagasta? ¿Su vida se distingue de la de aquellos generales como el blanco del negro? Veamos.

Tras la revolución de 1854, Sagasta es presidente de la junta revolucionaria de Zamora, a los veintisiete años. Comandante de la Milicia Nacional, a los treinta y uno. Como tal, defiende el Congreso contra el bombardeo de O'Donnell. Se refugia en Francia. Vuelve, con la amistía. Compra el periódico «La Iberia». Campaña contra O'Donnell. Toma parte en la sublevación de Prim en Villajero. Vencido, escapa a Portugal y a Londres. Luego a Francia, donde continúa sus conspiraciones. Arriesgándose, pasa a España para preparar la sublevación de los sargentos de artillería de San Gil. Se sublevan, fracasan y Sagasta es condenado a muerte. Huye de nuevo a Francia. Dos años después se une en Gibraltar al duque de la Torre, Serrano. Ministro de la Gobernación con éste. De Estado, con Prim. Y otras varias veces más fue ministro o presidente del Gobierno. Una de ellas, el 2 de mayo de 1872, dimitió por haber publicado documentos secretos sobre conspiraciones de otros partidos.

Según el resumen del Diccionario, la obra práctica de Sagasta se compone de la reorganizacióin de los cuerpos diplomático, consular y de intérpretes; la firma de buenos tratados de navegación y comercio; la devolución de sus cátedras a quienes las perdieron bajo los conservadores; la concesión de una mayor libertad de asociación, reunión e imprenta; la Ley del Sufragio Universal; la del Jurado; la incorporación al Estado de los institutos de segunda enseñanza; la ley de Bases del Código Civil; y la liquidación del imperio colonial. Para que sus diferencias biográficas con las de los militares se desvanecieran todavía más, Alfonso XII ennobleció su estirpe con los títulos de conde de Sagasta y conde de Torrecilla de Cameros.

Así, a la velocidad acelerada de unos vistazos resumidos, sólo uno de estos precedentes militares y civiles recuerda algo a Francisco Franco: Miguel Primo de Rivera. Espartero, O'Donnell, Narváez, Serrano y Prim casi se copian en lo militar, político y social, con sus triunfos, caídas, premios y desventuras. Ascienden aprisa por méritos de guerra, se casan bien y reciben títulos nobiliarios. Pero lo que hicieron de práctico para mejorar la vida de los españoles apenas aparece en sus esquemas históricos. No es que no hiciesen nada en ese campo; pero en los resúmenes biográficos de unos gobernantes que protagonizaron casi todo el siglo XIX y parte del XX, los autores del Diccionario, pese a sus cuatro mil páginas, sólo han considerado dignos de mención el Canal de Lozoya, los edificios del Congreso y del Teatro Real, alguna afortunada iniciativa a lo administrativo y Hacienda, la amnistía por delitos de imprenta, el posible freno, en Cuba, al negocio de los negreros de La Habana y, algo muy aparte, la gestión de Primo de Rivera.

Los méritos de guerra que adelantaron sus ascensos hasta nombrarle el general más joven de Europa son los únicos trazos de la vida de Franco semejantes a los de los anteriores. Nunca conspiró, ni intrigó, ni preparó revueltas, destituciones ni alzamientos. Algunos de los que hilvanaron el de 1936 intentaron, con el tiempo, ensombrecer su mérito y su derecho al mando supremo, documentando que nunca proyectó rebelarse: ni cuando, según ellos, tuvo ocasión, con Gil Robles en el Ministerio de la Guerra, ni en ya cercanas vísperas del 18 de julio. Sólo le reconocen que el asesinato de Calvo Sotelo, jefe de la oposición parlamentaria, por guardias de asalto, fue, para él, la señal que no tuvo otro remedio que oír y escuchar, para unirse frente al previsible segundo capítulo de la revolución de Asturias (1934) contra la República. Y, entonces, no se puso a guerrear a los carlistas, sino a guerrear al desorden, de su brazo y al de otras fuerzas contrarrevolucionarias. Ganó aquella guerra y, algo también nuevo, no hubo otra ni parece que volverá a haberla, a menos que la ETAy sus favorecidos la consigan, como parece que buscan. Franco tampoco perdió el poder ni tuvo que reconquistarlo jamás. La victoria lo situó arriba y allí estuvo, tranquilo como la misma España, hasta que Dios quiso llevárselo, de la cama al empíreo. A Franco nadie le hizo conde, marqués ni duque. Los duques, los marqueses y los condes fueron hechos por él. A Franco no lo alzaron a príncipe con el tratamiento de alteza. Fue él quien hizo a su sucesor Príncipe de España y, luego, Rey, con el tratamiento de Majestad. No parece comparable con Espartero, O'Donnell, Serrano ni demás generales.

Algunos de ellos fueron elocuentes, apuestos, casaron con mujeres acaudaladas y brillaron en los salones reales y, según se vocea, en piezas de Palacio menos espaciosas. A Franco le faltaba estatura, como a Napoleón, y le empequeñecía su voz con acento gallego, como a Bonaparte el deje corso. Por eso lo llamaban Franquico sus compañeros de Academia. No tuvo él ventajas apolíneas ni buscó, de propósito, trampolines sociales. Sigue sin parecerse a los ilustres precedentes.

En cuanto a las obras precisas, en los caminos concretos que llevan al bienestar práctico, a la paz por dentro y por fuera y al honor nacional, ¿qué hizo Franco? Para responder a preguntas tan fáciles habría que coordinar más de treinta mil libros escritos sobre el período; los cientos de miles de memorias empresariales presentadas a la sociedad durante cuarenta años y sucesivos por entidades pequeñas, medianas y grandes de todas clases; habría que consultar a gobernantes, presidentes, reyes y papas; y escribo esto, sonriéndome de un articulista, buen amigo pero mejor despistado, que catalogaba a Franco entre los mediocres, «a diferencia de Felipe González, De Gaulle y etc.», «óptimos políticos influyentes del siglo que termina»3. No se daba cuenta este involuntario humorista de que De Gaulle no hizo otra cosa que bajarse del carro de la derrota para subirse a todo huir, a la balsa británica, a ver si las cosas cambiaban. Franco, no. Franco cortó el paso a ejes esenciales de la guerra hitleriana y, gracias a él, la historia de España y la de Europa toda, fueron distintas de las que los nazis proyectaron. Completamente distintas. Lo reconoció Winston Churchill, en muy alta voz, en la Cámara de los Comunes, dirigiéndose, por cierto, a nuestro embajador, el Duque de Alba, para terminar así: «Espero que, hoy, mi primo habrá quedado contento» (Porque, después de oírle en términos muy distintos, en otra ocasión pasada, quien era también Duque de Berwick le había vuelto la espalda). Comparable con eso no vemos nada en los hombres de armas, ni en los de leyes, que timonearon España desde Fernando VII y, aun, mucho antes de este Rey.

Repasando bien las pocas realizaciones prácticas de esos personajes mencionadas por el Diccionario, notamos que son, en general, las que han quedado: El canal de Lozoya, el Teatro Real, el Congreso de los Diputados, la red de carreteras base de gran parte de lo hecho después, etc. Pues bien, ¿qué ha quedado de la obra de Franco, además del Rey y la paga del 18 de julio, como suele bromearse?

La Fundación Nacional Francisco Franco ha publicado, hasta ahora, dos tomos sobre El legado de Franco, unas 900 páginas, equivalentes a 1.200 columnas de nuestro famoso diccionario, en los que veinte autores han intentado resumir una parte, siquiera, de los efectos permanentes de su gobierno en todos los campos, sin olvidar el hispanismo, los ejércitos, lo internacional, el agro, lo social, la moral, etc., con trabajos que, juntos, prueban que el caso político del General Franco es algo aparte, solitario en la memoria de muchísimo tiempo. Y en ese tomo segundo de El legado hay un capítulo, escrito por Fernández de la Mora, que recoge la esencia profunda y extractada de lo que España debe a Franco en siete puntos que, por fuerza, resultan emprobrecidos, al abreviarlos:



1. La victoria de 1939 situó a España en el Occidente libre. Si hubiesen ganado Negrín y sus consejeros rusos, ha-bríamos vivido desde entonces como Albania o Yugoslavia.

2. Nos libró de la segunda guerra mundial, salvando a España de la pulverización que sufrió gran parte de Europa, y a cientos de miles de jóvenes -y de sus descendientes actuales- de la nada. En realidad, la inmensa mayoría de la juventud española actual es un legado vivo de Franco.

3. La soledad decimonónica de España terminó en 1953 con la alianza con los Estados Unidos, la potencia que, guste o moleste, dirige hoy el mundo y refuerza nuestro papel internacional.

4. De colonia política y económica, España salta a novena potencia industrial del mundo y logra el Tratado Preferencial de 1970 con la Comunidad Europea, firmando una posición competidora mejor que la que, luego, nos dejaría el pleno ingreso. De ahí arrancó el europeísmo que también permanece, aunque mal aprovechado.

5. Se logran dos verdaderas revoluciones: El ascenso de la mayoría de las clases bajas a una vida digna de clases medias; y el cambio de la vida agraria medieval, en asiento de industrias poderosas. Según Wiener y Kahn, llevábamos camino de adelantar a Inglaterra y Suecia en la década de los ochenta.

6. Lo rural cambió a urbano. Se ensancharon las carreteras. Comenzaron la autopistas. Los embalses, que ahí están, construidos entonces casi todos, como la mitad de nuestra estructura urbana, los regadíos, los trasvases, la repoblación forestal y, en suma, casi todo lo que los ojos jóvenes miran sin sorpresa, como algo natural; todo ello es efecto de una clase de gobierno que España esperó, casi sonámbula, durante más de dos siglos.

7. Con apenas impuestos y endeudamiento, se rehizo la Hacienda. Entes públicos como la Seguridad Social, el INI, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el Instituto de Cultura Hispánica, la Junta de Energía Nuclear, el Instituto Nacional de Emigración y muchos otros atendieron a nuevos proyectos, necesidades y realizaciones. Se nacionalizó el Banco de España, Telefónica, la minería y transportes. Se devolvieron a la familia Borbón el pasaporte y los bienes, y fue instaurada una monarquía hereditaria. Todo eso subsiste, aunque algunas instituciones -añade Fernández de la Mora- hayan sido rebautizadas en infantil maniobra de apropiación. Si de la España actual restáramos lo que queda de la era de Franco caeríamos en el tercer mundo.



Otra marca exclusiva de la gestión de Franco, sin parecido en la de político alguno español ni europeo desde el siglo XVIII, fue su contrarrevolución católica, que reconstruyó centenares y centenares de templos; devolvió sus libertades a órdenes religiosas constreñidas por la República; instaló el espíritu de la religión romana en los planes de estudios, las costumbres rituales, las ceremonias y, no digamos, en las leyes civiles, penitenciarias y familiares, haciendo todo esto con firmeza y convicción dignas de un Felipe II o de un Ximénez de Cisneros. Tampoco en esto podría compararse con Franco general alguno decimonónico, ni aún revistiéndolo de cardenal para disimular la diferencia. Es muy probable que Franco supiese de memoria aquel párrafo célebre de Menéndez Pelayo anunciando que el día en que acabe de perderse nuestra unidad religiosa, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectones o de los reyes de taifas.

Todo lo que hemos recordado, apenas un muestrario del enorme catálogo posible, libra a Franco de comparaciones y desvía el odio crítico, o el simple temor de parecer admirador suyo, hacia las mentiras sobre su obra y su gestión, con ocurrencias a veces cómicas, como vimos. Y propongo que volvamos a verlo, para terminar: James Mitchener, autor de famosos volúmenes divulgadores, como Centennial4, quiso tanto a España que la llamó segunda patria en Iberia, libro interesante plagado de consideraciones favorables a nuestro carácter, nuestras ciudades, nuestros tipos y festejos, sin excluir los toros. Uno se sonríe cuando discute la pasión andaluza por los méritos de Curro Romero, ya entonces, por los años sesenta y setenta. No anduvo lejos Mitchener de conocernos tan bien como Brenan.

Cuenta Mitchener que, cuando vino aquí por los años treinta, antes de la guerra, descubrió pobrezas atroces en los campos, los pueblos y los vagones de tercera. La España que pinta, cuando vuelve, no tiene ya nada que ver con aquello. Se encuentra a gusto, encantado, metido en la vida española. La entusiasta descripción se colorea de otro modo alguna vez, como si Mitchener cayera en que tanto elogio, y sabor tanto, podrían catalogarlo entre los incorrectos en política. Es en momentos de temor así cuando Mitchener se saca de la manga cualquier meritorio invento. Por ejemplo, hablando de un hospital de la Seguridad Social, el de Teruel, ciudad donde, antes de la guerra, le habían horrorizado casos de miseria, confiesa que es «el mejor que ha visitado en una docena de años de viajar». Es «un hospital moderno construido como un rascacielos, con un elegante primer piso destinado a recepción y, en los pisos superiores, salas llenas de los más modernos aparatos médicos. Un hospital corriente tendría, quizá, un pulmón de acero; pero éste tenía dos, como también incubadoras para niños prematuros y bandejas relucientes con toda suerte de instrumentos Solingen alemanes y rayos X en abundancia y una espléndida biblioteca médica».

Yo sospecho que, escribiendo estas líneas, pestañeó receloso. Ojo, no vayan a tomarme por un catequizado por ese general. Y aclara que, en tanta maravilla, «hay un espectáculo muy instructivo». Consiste en que el hospital «carecía casi por completo de pacientes. Había cuatro mujeres a punto de dar a luz, en uno de los pisos; el resto del edificio, con capacidad para más de cuatrocientos enfermos, estaba vacío».

¿Por qué? Sencillísimo: Porque si el hospital hubiese sido inglés habría acogido enfermos de cualesquiera ideologías, fueran laboristas, liberales o conservadores. Pero en el de Teruel, no. En el de Teruel sólo caben los falangistas que piensan como José Antonio Primo de Rivera, «cuyo rostro era lo único que me había llegado a asustar en este país» (Mitchener ha descrito, antes, la profusa fotografía con la joven cara serena de José Antonio). Con este susto purificante y aquel «instructivo espectáculo», Mitchener se siente limpio de toda sospechosa incorrección francófila. Lástima que no pudiera ocurrírsele, en 1970, que aquel hospital de Teruel y toda la Seguridad Social se deben a don Felipe González, como hemos oído a la hermana de un joven enfermo en la clínica de La Paz, donde Franco murió.



Juan Luis Calleja



1 Brenan G.: The face of Spain, págs. 27 y 33.

2 «Bajo la cual —aclara el Diccionario en el artículo sobre ella— siguió sometido el país, más vertiginosamente que nunca, a los pronunciamientos que caracterizan a nuestro sigloXIX.»

3 En la Enciclopedia Británica, edición de 1968, Franco ocupa tres columnas, con foto. De Gaulle, sólo una, sin foto. No sabemos, en las ediciones del futuro, las líneas que dedicará a don Felipe González.

4 Publicada por Randon House en 1968. En España, por Plaza y Janés, 1978. Traducción de Jesús Pardo. Los textos citados, en páginas 858 y 859.



 

Las Fuerzas Armadas entre la sucesión y la reforma indice Franco y su sistema abierto

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.