Franco al
contraste
La
«gustosa historia», que decía Gracián, podría
también dejar mal sabor, porque, en ella, reviven tantos
personajes, que surgen, espontáneas, las comparaciones
odiosas, según se dice no siempre con razón; porque las
alabanzas crecen, a veces, cotejando lo bueno con lo
mejor: cutis como rosa; limpio como patena; claro como el
agua; bueno como el pan.
O mucho nos equivocamos, o Franco ha sido atacado en su
obra más que a través de comparaciones. Eso mismo me
parece que le ha ocurrido a España y, no digamos, a «la
España de Franco» que algunos han querido menospreciar,
zaherir y hasta envilecer.
Otros individuos, que conocen bien España e incluso han
demostrado afición y hasta cariño a nuestra tierra,
llegan a mentir, para que ese hondo afecto suyo no vaya a
confundirles políticamente; y mienten con embustes
patentes, con insinuaciones falsas y hasta con tonterías
cómicas. Adelanto ejemplos:
Según Gerald Brenan, que pasó casi toda la vida entre
nosotros, «una de las cosas que en Madrid nos dejan más
atónitos es la cantidad de nuevos edificios que se han
construido después de la guerra civil. Por todas partes
se ven nuevos bloques de pisos, instalaciones
industriales, ministerios, muy grandes la mayoría. En
las afueras surgen barrios enteros de suburbios con casas
de cinco o seis pisos». Confesada hasta aquí su
admiración, Brenan sugiere como cierta una noticia
falsa, la de que Madrid fue castigado por la aviación de
Franco, como Londres por la de Hitler: «Cuesta trabajo
encontrar rastro alguno de las destrucciones de la
guerra. Cuando uno piensa en lo poco que se ha hecho en
Inglaterra, pese a sus enormes recursos, uno se queda
pasmado, aunque se piense que en España el trabajo está
mal pagado»1.
No podía ignorar Brenan que Franco ahorró devastaciones
escatimando bombardeos en los pueblos y ciudades que, en
la paz, iba a gobernar. Madrid quedó casi intacto,
incluso en el barrio de Argüelles, inmediato a primeras
líneas. Las pocas destrucciones grandes por la guerra
fueron en Oviedo, El Alcázar de Toledo, Belchite,
Teruel, Brunete y algún punto en la bolsa del Ebro, es
decir, allí donde los rojos atacaron en serio por su
iniciativa. La sola ruina que ha podido cargarse a los
nacionales, y no con toda la razón, fue la de Guernica,
convertida, por eso, en símbolo universal. A su lado, no
son nada ni Londres, ni Conventry, ni Hamburgo, ni
Berlín, ni Dresde, ni Hiroshisma, ni Nagasaki. Una vez
insinuado «subliminalmente» todo esto, Brenan podía
respirar después de reconocer el admirable progreso del
Madrid «de Franco». Pero hay que desinfectarse también
de la devoción católica de España y, en el mismo libro
e igual página, Brenan comenta que «los cementerios
dicen mucho acerca de lo que, de verdad, cree un pueblo:
en las tumbas no se ve ni un texto sagrado; a menudo, no
hay en ellas un signo de fe, ni siquiera una cruz, pese a
que los cementerios son propiedad de la Iglesia (sic). A
menudo, se lee el texto «subió al cielo», descartando
por completo el intermedio del Purgatorio». Así, que ya
lo sabemos: este Brenan, residente sempiterno en España,
no veía nada claro el catolicismo de nuestros
camposantos, contagiados de la herejía que se inventa
sobre el «intermedio». Pero dejemos, ya, de sonreír.
Las ocurrencias que autores de prestigio se exprimen con
apuros, por miedo a nadar contra corriente al hablar de
España, han sido, sobre todo, a costa de su papel
histórico como clásico paladín católico, y
últimamente, a costa de la obra de Franco, más que a
costa del propio Caudillo, a quien, por cierto, se ha
sometido muy poco a comparaciones. Y nosotros creemos
que, no porque un halo mágico le haya defendido de
ellas, sino porque habría salido muy bien librado.
Hacen falta los dedos de ambas manos para contar los
militares que han roto, torcido o acelerado la marcha de
España desde la muerte de Fernando VII.
Pronunciamientos, rebeliones, manifiestos o cuartelazos
añadieron a nuestras crónicas hechos y nombres que
ahora recuerdan muchos como reaccionarios, cuando las
intenciones, gestos y proclamas de casi todos ellos
fueron anticarlistas y liberales, la izquierda de
entonces.
Dejando eso a un lado, que para lo que vamos da igual,
nos proponemos hablar de personajes que hayan sido o
pudieran ser comparados con Francisco Franco,
descartando, de entrada, la mayoría, aunque ilustres,
aun resonantes, simpáticos unos, protervos otros, porque
su brillo fue corto y empuñaron apenas, o nada, el
timón de España, aunque influyeran en su ruta. Así,
prescindimos de Torrijos, Riego, Diego de León,
Jovellar, Concha, Zurbano, Lacy, Topete, Dulce, Pavía,
Lersundi, Martínez Campos, Villacampa, etcétera, y nos
fijamos sólo en los soldados que gobernaron desde la
cima como ministros y presidentes: Espartero, O'Donnell,
Narváez, Serrano, Prim y Primo de Rivera.
No se discute ni se compara las ideas de estos seis
astros de nuestro siglo pasado y pico. Ni las de nadie.
Las ideas políticas son las que se creen mejores para el
buen gobierno de un país, y el buen gobierno de un país
consiste en tender y ensanchar los caminos que van al
bienestar práctico de los pueblos, en lo material y en
lo espiritual. Pues bien: ¿Qué pasos adelante dieron,
por estos caminos prácticos, Baldomero Espartero,
Leopoldo O'Donnell, Ramón Narváez, Francisco Serrano,
Juan Prim y Miguel Primo de Rivera?
Para responder, renunciamos a respuestas propias y
elegimos, entre las ajenas, las concertadas por Alianza
Editorial, grupo Prisa, en su edición del Diccionario de
Historia de España, obra coinsiderable, en tres tomos,
en cuyas casi cuatro mil páginas firman historiadores,
economistas, profesores y polígrafos como Alfonso
Castrillo, Melchor Fernández Almagro, Lafuente Ferrari,
Fabián Estapé, Emilio García Gómez, Manuel García
Pelayo, Pedro Laín Entralgo, Valdeavellano, Julián
Marías, José Tudela, Gómez de la Serna, Luis Suárez,
etcétera, con cientos de artículos que resumen toda
clase de biografías, episodios, hallazgos, etc.,
relacionados con nuestra historia y alrededores.
Por supuesto, resumir los resúmenes sobre los seis
generales es reducirlos a esquemas esqueléticos, cuyos
huesos esenciales procuramos extractar para lo que nos
interesa: atisbar si sus obras de política práctica son
comparables con la de Francisco Franco. Ver, en suma, si,
como alguno dice por ahí, Francisco Franco fue «uno de
esos generalitos de nuestro anecdotario nacional».
Resumimos los resúmenes:
Espártero. Lucha contra los independentistas en
América, donde se hace liberal. Coronel a los treinta y
dos años. Casa, en Pamplona, con rica heredera. Brilla
en la primera guerra carlista. General en jefe, tras el
motín de los sargentos en La Granja. Los carlistas
sitían Bilbao. Espartero lo libera y gana el título de
conde de Luchana. Largas y duras vicisitudes, hasta que
se atrae a Maroto y se abrazan en Vergara. Duque de la
Victoria. Impone un gobierno liberal. Hostiliza a la
Reina gobernadora. La Reina lo alza a la Presidencia,
pero rechaza su programa. Espartero la obliga a abdicar
como Regente. Las Cortes nombran Regente al propio
Espartero. Dos años en el cargo; removido, en 1841, por
sublevaciones de O'Donnell, Diego de León, de los
republicanos en Barcelona y, por último, de Narváez y
Serrano. Ha fracasado, dice el resumen, «por su completa
ignorancia de los hombres civiles». Escapa a Inglaterra.
Reaparece, en 1854, con O'Donnell. Tras el «bienio
progresista», se retira a Logroño. Cae Isabel II. Prim
ofrece el trono a Espartero que lo declina. Viene Amadeo
de Saboya que lo visita y nombra Príncipe de Vergara con
tratamiento de alteza. Sagunto. Alfonso XII, que también
lo visita. Según el director del Diccionario y autor del
artículo G. Bleiberg, el personaje «es una síntesis de
gloria y fracaso, un exponente característico del
militar del siglo XIX español: arrojo en el campo de
batalla, no compensado por talento equivalente para el
poder político». De obras prácticas, ni palabra.
O'Donnell. También liberal, también ennoblecido, conde
de Lucena, por vencer a los carlistas. Duque de Tetuán,
por sus triunfos en Africa. Toma parte en la sublevación
del Campo de Guardias, con Dulce. Dirige en 1854 el
pronunciamiento del 17 de julio. Reprime la revolucióin
de los sargentos de San Gil. Sube y baja varias veces a
la Presidencia del Gobierno. Sobre su labor práctica en
la política, en las dos columnas del Diccionario sobre
O'Donnell, sólo hay dos párrafos, y contradictorios.
Uno dice: «Gobernó el país durante unos cinco años de
afortunada gestión en lo político y en lo
administrativo». El otro: «Falto de un criterio y de un
programa definidos, aunque oportunista y hábil, no supo
imprimir carácter de altura a su actuación pública.»
Cita concreta de alguna obra o proyecto importante,
ninguna.
Narváez. Cuatro columnas enteras en el Diccionario, con
luchas, batallas, algaradas, conjuras y represiones. Como
O'Donnell y Espartero, subió a las alturas y cayó de
ellas varias veces, a la fuerza o porque quiso. Al
servicio del trono puso su «mano dura», su «Espadón
de Loja», lealtad premiada con el ducado de Valencia.
Cree dignas de mención los siguientes ejemplos de su
gestión práctica: «Promulga la Constitución de 18412.
Consigue mejorar la situación financiera de España,
iniciándose la reforma tributaria de Mon. Tras una labor
fértil en obras públicas (Canal de Lozoya,
construcción del actual Congreso de los Diputados,
Teatro Real) y en legislación (promulgación del Código
Penal de 1848) en enero de 1851 Narváez solicita
licencia para retirarse a descansar». Pero aún quedaban
idas y venidas.
De su etapa de gobierno, 1864-65 se citan como concretas
acciones políticas «la amnistía por delitos de
imprenta, la promesa de imparcialidad en próximas
elecciones, etc.». Después de este etcétera, sólo
aparecen los disturbios de la Noche de San Daniel, el
cese de Narváez y vuelta de O'Donnell; el cese de
O'Donnell y vuelta de Narváez, la huida de Sagasta,
Castelar y otros; más conspiraciones en el Ejército y
en la Marina, la muerte de Narváez y la caída de Isabel
II.
Serrano. Las cuatro columnas de su resumen biográfico
corren montadas sobre lo que parece una novela. Ascensos
por méritos de guerra contra el carlismo. Coronel a los
veintinueve años. Mariscal de campo a los treinta,
nombrado por Espartero. Conspiración para abolir la
regencia de Espartero, su ascensor. Ministro de la Guerra
con Olózaga. Senador. Episodio de su escapada a la
Embajada inglesa. Capitán general de Granada con
Narváez. Dos años después, 1850, otra situación.
Ordena el bombardeo del Congreso de Diputados. Nueve
años después, capitán general de Cuba y montaje de la
expedición a Méjico (por favor, Méjico, con jota). Es
su acierto en este mando lo que le vale el título de
duque de la Torre. Vuelto a España, ministro de nuevo.
Se enfrenta con los sargentos sublevados en San Gil.
Recibe el Toisón de Oro. Es el «general bonito»,
distinguido y apuesto, admitido en la cámara de Isabel
II. Sucede a O'Donnell como jefe de la Unión Liberal.
Conspira contra Isabel II. Es deportado. Vuelve por
Cádiz. Firma el manifiesto «España con honra» escrito
por López de Ayala. Batalla de Alcolea. Presidente del
Gobierno. Regente del Reino con tratamiento de alteza. Y
aún le quedaban a su alteza nuevas idas y venidas,
nuevas glorias y contradictorios apuros bajo Amadeo de
Saboya y la República, hasta el pronunciamiento de
Martínez Campos, en Sagunto, que trajo a Alfonso XIII.
Demasiados para el resumen de un resumen, en cuyas 1.800
palabras, contadas, no hay una sola sobre los beneficios
prácticos de su carrera para la nación española. Sólo
cuando habla sobre su temporal retiro voluntario en 1848,
explica que aprovechó «su voluntario ostracismo para
viajar por el extranjero, dedicando atención preferente
a Rusia, donde estudió a fondo su organización
militar». El cultivo de esta asignatura, el manifiesto
de ajena redacción y el oportunismo que le valió el
dictado de «Judas de Arjonilla» son cuanto de político
expresa el Diccionario acerca de Serrano, mariscal de
campo, senador, duque de la Torre, regente, ministro y
presidente, y conde de San Antonio por su matrimonio con
doña Antonia Domínguez, bellísima y rica.
Prim. Gana, con seis columnas largas, a los anteriores
generales; pero se cuenta casi lo mismo: ascensos por
méritos de guerra, hasta mariscal de campo,
conspiraciones, levantamientos, exilios, ministerios,
presidencias, capitanías generales, caídas, regresos y
ennoblecimiento reiterado: conde de Reus, vizconde del
Bruch, marqués de Los Castillejos, marqués de Wad-Ras,
como certificados de su triunfal conducta en las
batallas. Otra analogía con Espartero y Serrano: su
matrimonio con mujer muy rica. Vida, la de Prim,
deslumbrante de acción, dinamismo e intriga, como de
novela a raudales. Pero de servicios prácticos para el
bienestar de los españoles, apenas alusiones, como
cuando se admite la posible complicidad en su asesinato
de los negreros de La Habana, «temerosos de que las
innovaciones del general pudieran mermar la explotación
de su negocio».
Primo de Rivera. Se repite el brillo militar con ascensos
por méritos de guerra; en Marruecos, Cuba y Filipinas.
Pero la edición, que usamos de fuente, no dedica a este
general cuatro columnas, como a Narváez y Serrano, ni
seis, como a Prim, sino once largas. Lo que se recuerda
en ellas, salvo aquellos ascensos ganados en combates,
apenas tiene que ver con las historias precedentes.
En ellas se recuerda, con textos de M. Fernández
Almagro, el fracaso reiterado de gobiernos, partidos y
hombres, el proceso de descomposición de la fe y la
confianza públicas, la sangría de Marruecos y demás
causas que tentaron a Primo deRivera, cuando ya tenía
cincuenta y dos años, a escuchar a la opinión general
contra la anarquía, «con una intervención enérgica y
al margen del juego habitual de los partidos». Promete
un «Directorio Inspector Militar»; dimite el Gobierno;
Alfonso XIII llama a Primo de Rivera y comienzan las dos
etapas, militar y civil, de la Dictadura. Llevamos tres
columnas del resumen.Y, de pronto, un título: «La obra
de la dictadura»: seis columnas, con cerca de 3.000
palabras, sobre sus tareas prácticas; desde en el orden
público (de 1.493 atentados entre 1918 y 1923, bajan a
51, cincuenta y uno, de 1923 a 1928) hasta el Circuito
Nacional deTurismo defirmes Especiales, pasando, nada
menos, por el desembarco en Alhucemas; la paz en Africa;
la reducción de impuestos, la mejora de la Hacienda y
sus recursos; CAMPSA; Banco Exterior; la Caja para el
Fomento de la Pequeña Propiedad; el plan de nueva red
ferroviaria; el apoyo a las clases obreras asociando la
UGT al gobierno; el Código deTrabajo; la Universidad
Industrial; los Comités Paritarios y los Tribunales
Industriales; la protección a las familias numerosas,
etc. Después de señalar otros modos de política
práctica, el Diccionario resume, en tres columnas
finales, la historia del declive de Primo de Rivera en la
opinión pública, que, a su llegada, fue de conformidad
general, hasta su caída e inmediata muerte en París, de
honda amargura.
Justa amargura, porque su obra práctica resultó más
que considerable, incluso estupenda en casos como el de
la red de nuevas carreteras adoquinadas en menos de siete
años -antes, de polvoriento uso y, cuando mejor, de
macadam- o el del fin de la guerra en Marruecos. Sin
duda, Primo de Rivera perteneció a una especie política
diferente de la de Espartero, Narváez, Serrano,
O'Donnell y Prim.
Tan diferente, que lo es, también de grandes figuras
civiles de aquel tiempo, dicho sea para poner en duda
aquella afirmación de Bleiberg que considera a Espartero
exponente característico del militar del siglo XIX, sin
talento para el ejercicio del poder político y valiente
para las trifulcas, aficionado a conspiraciones, mecido
violentamente por los altibajos en el poder, etc.
¿Encontramos pruebas de que tal desequilibrio es tan
exclusivo de los militares de entonces que resulta un
trazo suyo característico? Veamos.
Incluso en las seis columnas que el Diccionario consagra
a una vida tan civil como la de Cánovas, dominada por
obras académicas, literarias y políticas, aparecen
inestables episodios. Así, los preparativos a la
revolución de 1854, como hombre de confianza de
O'Donnell, su Manifiesto de Manzanares, prólogo a la
revuelta que impuso el llamado bienio progresista; su
destierro a Palencia, tras la insurrección de los
sargentos de San Gil; o su detención, después de
Sagunto, novelesca, por formularia y previa a su
ascensión a la cima, donde lo plantó Alfonso XII.
¿Hablamos de Mendizábal? Tiene en su expediente
acciones famosas, como la Desamortización y sus
empujones a la Hacienda por diversos vericuetos, y no se
libra de paralelismos, con el pronunciamiento deCabezas
de San Juan, la colaboración con Riego, la escapada a
Londres, etc. ¿Nos acordamos de Sagasta? ¿Su vida se
distingue de la de aquellos generales como el blanco del
negro? Veamos.
Tras la revolución de 1854, Sagasta es presidente de la
junta revolucionaria de Zamora, a los veintisiete años.
Comandante de la Milicia Nacional, a los treinta y uno.
Como tal, defiende el Congreso contra el bombardeo de
O'Donnell. Se refugia en Francia. Vuelve, con la
amistía. Compra el periódico «La Iberia». Campaña
contra O'Donnell. Toma parte en la sublevación de Prim
en Villajero. Vencido, escapa a Portugal y a Londres.
Luego a Francia, donde continúa sus conspiraciones.
Arriesgándose, pasa a España para preparar la
sublevación de los sargentos de artillería de San Gil.
Se sublevan, fracasan y Sagasta es condenado a muerte.
Huye de nuevo a Francia. Dos años después se une en
Gibraltar al duque de la Torre, Serrano. Ministro de la
Gobernación con éste. De Estado, con Prim. Y otras
varias veces más fue ministro o presidente del Gobierno.
Una de ellas, el 2 de mayo de 1872, dimitió por haber
publicado documentos secretos sobre conspiraciones de
otros partidos.
Según el resumen del Diccionario, la obra práctica de
Sagasta se compone de la reorganizacióin de los cuerpos
diplomático, consular y de intérpretes; la firma de
buenos tratados de navegación y comercio; la devolución
de sus cátedras a quienes las perdieron bajo los
conservadores; la concesión de una mayor libertad de
asociación, reunión e imprenta; la Ley del Sufragio
Universal; la del Jurado; la incorporación al Estado de
los institutos de segunda enseñanza; la ley de Bases del
Código Civil; y la liquidación del imperio colonial.
Para que sus diferencias biográficas con las de los
militares se desvanecieran todavía más, Alfonso XII
ennobleció su estirpe con los títulos de conde de
Sagasta y conde de Torrecilla de Cameros.
Así, a la velocidad acelerada de unos vistazos
resumidos, sólo uno de estos precedentes militares y
civiles recuerda algo a Francisco Franco: Miguel Primo de
Rivera. Espartero, O'Donnell, Narváez, Serrano y Prim
casi se copian en lo militar, político y social, con sus
triunfos, caídas, premios y desventuras. Ascienden
aprisa por méritos de guerra, se casan bien y reciben
títulos nobiliarios. Pero lo que hicieron de práctico
para mejorar la vida de los españoles apenas aparece en
sus esquemas históricos. No es que no hiciesen nada en
ese campo; pero en los resúmenes biográficos de unos
gobernantes que protagonizaron casi todo el siglo XIX y
parte del XX, los autores del Diccionario, pese a sus
cuatro mil páginas, sólo han considerado dignos de
mención el Canal de Lozoya, los edificios del Congreso y
del Teatro Real, alguna afortunada iniciativa a lo
administrativo y Hacienda, la amnistía por delitos de
imprenta, el posible freno, en Cuba, al negocio de los
negreros de La Habana y, algo muy aparte, la gestión de
Primo de Rivera.
Los méritos de guerra que adelantaron sus ascensos hasta
nombrarle el general más joven de Europa son los únicos
trazos de la vida de Franco semejantes a los de los
anteriores. Nunca conspiró, ni intrigó, ni preparó
revueltas, destituciones ni alzamientos. Algunos de los
que hilvanaron el de 1936 intentaron, con el tiempo,
ensombrecer su mérito y su derecho al mando supremo,
documentando que nunca proyectó rebelarse: ni cuando,
según ellos, tuvo ocasión, con Gil Robles en el
Ministerio de la Guerra, ni en ya cercanas vísperas del
18 de julio. Sólo le reconocen que el asesinato de Calvo
Sotelo, jefe de la oposición parlamentaria, por guardias
de asalto, fue, para él, la señal que no tuvo otro
remedio que oír y escuchar, para unirse frente al
previsible segundo capítulo de la revolución de
Asturias (1934) contra la República. Y, entonces, no se
puso a guerrear a los carlistas, sino a guerrear al
desorden, de su brazo y al de otras fuerzas
contrarrevolucionarias. Ganó aquella guerra y, algo
también nuevo, no hubo otra ni parece que volverá a
haberla, a menos que la ETAy sus favorecidos la consigan,
como parece que buscan. Franco tampoco perdió el poder
ni tuvo que reconquistarlo jamás. La victoria lo situó
arriba y allí estuvo, tranquilo como la misma España,
hasta que Dios quiso llevárselo, de la cama al empíreo.
A Franco nadie le hizo conde, marqués ni duque. Los
duques, los marqueses y los condes fueron hechos por él.
A Franco no lo alzaron a príncipe con el tratamiento de
alteza. Fue él quien hizo a su sucesor Príncipe de
España y, luego, Rey, con el tratamiento de Majestad. No
parece comparable con Espartero, O'Donnell, Serrano ni
demás generales.
Algunos de ellos fueron elocuentes, apuestos, casaron con
mujeres acaudaladas y brillaron en los salones reales y,
según se vocea, en piezas de Palacio menos espaciosas. A
Franco le faltaba estatura, como a Napoleón, y le
empequeñecía su voz con acento gallego, como a
Bonaparte el deje corso. Por eso lo llamaban Franquico
sus compañeros de Academia. No tuvo él ventajas
apolíneas ni buscó, de propósito, trampolines
sociales. Sigue sin parecerse a los ilustres precedentes.
En cuanto a las obras precisas, en los caminos concretos
que llevan al bienestar práctico, a la paz por dentro y
por fuera y al honor nacional, ¿qué hizo Franco? Para
responder a preguntas tan fáciles habría que coordinar
más de treinta mil libros escritos sobre el período;
los cientos de miles de memorias empresariales
presentadas a la sociedad durante cuarenta años y
sucesivos por entidades pequeñas, medianas y grandes de
todas clases; habría que consultar a gobernantes,
presidentes, reyes y papas; y escribo esto, sonriéndome
de un articulista, buen amigo pero mejor despistado, que
catalogaba a Franco entre los mediocres, «a diferencia
de Felipe González, De Gaulle y etc.», «óptimos
políticos influyentes del siglo que termina»3. No se
daba cuenta este involuntario humorista de que De Gaulle
no hizo otra cosa que bajarse del carro de la derrota
para subirse a todo huir, a la balsa británica, a ver si
las cosas cambiaban. Franco, no. Franco cortó el paso a
ejes esenciales de la guerra hitleriana y, gracias a él,
la historia de España y la de Europa toda, fueron
distintas de las que los nazis proyectaron. Completamente
distintas. Lo reconoció Winston Churchill, en muy alta
voz, en la Cámara de los Comunes, dirigiéndose, por
cierto, a nuestro embajador, el Duque de Alba, para
terminar así: «Espero que, hoy, mi primo habrá quedado
contento» (Porque, después de oírle en términos muy
distintos, en otra ocasión pasada, quien era también
Duque de Berwick le había vuelto la espalda). Comparable
con eso no vemos nada en los hombres de armas, ni en los
de leyes, que timonearon España desde Fernando VII y,
aun, mucho antes de este Rey.
Repasando bien las pocas realizaciones prácticas de esos
personajes mencionadas por el Diccionario, notamos que
son, en general, las que han quedado: El canal de Lozoya,
el Teatro Real, el Congreso de los Diputados, la red de
carreteras base de gran parte de lo hecho después, etc.
Pues bien, ¿qué ha quedado de la obra de Franco,
además del Rey y la paga del 18 de julio, como suele
bromearse?
La Fundación Nacional Francisco Franco ha publicado,
hasta ahora, dos tomos sobre El legado de Franco, unas
900 páginas, equivalentes a 1.200 columnas de nuestro
famoso diccionario, en los que veinte autores han
intentado resumir una parte, siquiera, de los efectos
permanentes de su gobierno en todos los campos, sin
olvidar el hispanismo, los ejércitos, lo internacional,
el agro, lo social, la moral, etc., con trabajos que,
juntos, prueban que el caso político del General Franco
es algo aparte, solitario en la memoria de muchísimo
tiempo. Y en ese tomo segundo de El legado hay un
capítulo, escrito por Fernández de la Mora, que recoge
la esencia profunda y extractada de lo que España debe a
Franco en siete puntos que, por fuerza, resultan
emprobrecidos, al abreviarlos:
1. La victoria de 1939 situó a España en el Occidente
libre. Si hubiesen ganado Negrín y sus consejeros rusos,
ha-bríamos vivido desde entonces como Albania o
Yugoslavia.
2. Nos libró de la segunda guerra mundial, salvando a
España de la pulverización que sufrió gran parte de
Europa, y a cientos de miles de jóvenes -y de sus
descendientes actuales- de la nada. En realidad, la
inmensa mayoría de la juventud española actual es un
legado vivo de Franco.
3. La soledad decimonónica de España terminó en 1953
con la alianza con los Estados Unidos, la potencia que,
guste o moleste, dirige hoy el mundo y refuerza nuestro
papel internacional.
4. De colonia política y económica, España salta a
novena potencia industrial del mundo y logra el Tratado
Preferencial de 1970 con la Comunidad Europea, firmando
una posición competidora mejor que la que, luego, nos
dejaría el pleno ingreso. De ahí arrancó el
europeísmo que también permanece, aunque mal
aprovechado.
5. Se logran dos verdaderas revoluciones: El ascenso de
la mayoría de las clases bajas a una vida digna de
clases medias; y el cambio de la vida agraria medieval,
en asiento de industrias poderosas. Según Wiener y Kahn,
llevábamos camino de adelantar a Inglaterra y Suecia en
la década de los ochenta.
6. Lo rural cambió a urbano. Se ensancharon las
carreteras. Comenzaron la autopistas. Los embalses, que
ahí están, construidos entonces casi todos, como la
mitad de nuestra estructura urbana, los regadíos, los
trasvases, la repoblación forestal y, en suma, casi todo
lo que los ojos jóvenes miran sin sorpresa, como algo
natural; todo ello es efecto de una clase de gobierno que
España esperó, casi sonámbula, durante más de dos
siglos.
7. Con apenas impuestos y endeudamiento, se rehizo la
Hacienda. Entes públicos como la Seguridad Social, el
INI, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas,
el Instituto de Cultura Hispánica, la Junta de Energía
Nuclear, el Instituto Nacional de Emigración y muchos
otros atendieron a nuevos proyectos, necesidades y
realizaciones. Se nacionalizó el Banco de España,
Telefónica, la minería y transportes. Se devolvieron a
la familia Borbón el pasaporte y los bienes, y fue
instaurada una monarquía hereditaria. Todo eso subsiste,
aunque algunas instituciones -añade Fernández de la
Mora- hayan sido rebautizadas en infantil maniobra de
apropiación. Si de la España actual restáramos lo que
queda de la era de Franco caeríamos en el tercer mundo.
Otra marca exclusiva de la gestión de Franco, sin
parecido en la de político alguno español ni europeo
desde el siglo XVIII, fue su contrarrevolución
católica, que reconstruyó centenares y centenares de
templos; devolvió sus libertades a órdenes religiosas
constreñidas por la República; instaló el espíritu de
la religión romana en los planes de estudios, las
costumbres rituales, las ceremonias y, no digamos, en las
leyes civiles, penitenciarias y familiares, haciendo todo
esto con firmeza y convicción dignas de un Felipe II o
de un Ximénez de Cisneros. Tampoco en esto podría
compararse con Franco general alguno decimonónico, ni
aún revistiéndolo de cardenal para disimular la
diferencia. Es muy probable que Franco supiese de memoria
aquel párrafo célebre de Menéndez Pelayo anunciando
que el día en que acabe de perderse nuestra unidad
religiosa, España volverá al cantonalismo de los
arévacos y de los vectones o de los reyes de taifas.
Todo lo que hemos recordado, apenas un muestrario del
enorme catálogo posible, libra a Franco de comparaciones
y desvía el odio crítico, o el simple temor de parecer
admirador suyo, hacia las mentiras sobre su obra y su
gestión, con ocurrencias a veces cómicas, como vimos. Y
propongo que volvamos a verlo, para terminar: James
Mitchener, autor de famosos volúmenes divulgadores, como
Centennial4, quiso tanto a España que la llamó segunda
patria en Iberia, libro interesante plagado de
consideraciones favorables a nuestro carácter, nuestras
ciudades, nuestros tipos y festejos, sin excluir los
toros. Uno se sonríe cuando discute la pasión andaluza
por los méritos de Curro Romero, ya entonces, por los
años sesenta y setenta. No anduvo lejos Mitchener de
conocernos tan bien como Brenan.
Cuenta Mitchener que, cuando vino aquí por los años
treinta, antes de la guerra, descubrió pobrezas atroces
en los campos, los pueblos y los vagones de tercera. La
España que pinta, cuando vuelve, no tiene ya nada que
ver con aquello. Se encuentra a gusto, encantado, metido
en la vida española. La entusiasta descripción se
colorea de otro modo alguna vez, como si Mitchener cayera
en que tanto elogio, y sabor tanto, podrían catalogarlo
entre los incorrectos en política. Es en momentos de
temor así cuando Mitchener se saca de la manga cualquier
meritorio invento. Por ejemplo, hablando de un hospital
de la Seguridad Social, el de Teruel, ciudad donde, antes
de la guerra, le habían horrorizado casos de miseria,
confiesa que es «el mejor que ha visitado en una docena
de años de viajar». Es «un hospital moderno construido
como un rascacielos, con un elegante primer piso
destinado a recepción y, en los pisos superiores, salas
llenas de los más modernos aparatos médicos. Un
hospital corriente tendría, quizá, un pulmón de acero;
pero éste tenía dos, como también incubadoras para
niños prematuros y bandejas relucientes con toda suerte
de instrumentos Solingen alemanes y rayos X en abundancia
y una espléndida biblioteca médica».
Yo sospecho que, escribiendo estas líneas, pestañeó
receloso. Ojo, no vayan a tomarme por un catequizado por
ese general. Y aclara que, en tanta maravilla, «hay un
espectáculo muy instructivo». Consiste en que el
hospital «carecía casi por completo de pacientes.
Había cuatro mujeres a punto de dar a luz, en uno de los
pisos; el resto del edificio, con capacidad para más de
cuatrocientos enfermos, estaba vacío».
¿Por qué? Sencillísimo: Porque si el hospital hubiese
sido inglés habría acogido enfermos de cualesquiera
ideologías, fueran laboristas, liberales o
conservadores. Pero en el de Teruel, no. En el de Teruel
sólo caben los falangistas que piensan como José
Antonio Primo de Rivera, «cuyo rostro era lo único que
me había llegado a asustar en este país» (Mitchener ha
descrito, antes, la profusa fotografía con la joven cara
serena de José Antonio). Con este susto purificante y
aquel «instructivo espectáculo», Mitchener se siente
limpio de toda sospechosa incorrección francófila.
Lástima que no pudiera ocurrírsele, en 1970, que aquel
hospital de Teruel y toda la Seguridad Social se deben a
don Felipe González, como hemos oído a la hermana de un
joven enfermo en la clínica de La Paz, donde Franco
murió.
Juan Luis Calleja
1 Brenan G.: The face of Spain, págs. 27 y 33.
2 «Bajo la cual aclara el Diccionario en el
artículo sobre ella siguió sometido el país,
más vertiginosamente que nunca, a los pronunciamientos
que caracterizan a nuestro sigloXIX.»
3 En la Enciclopedia Británica, edición de 1968,
Franco ocupa tres columnas, con foto. De Gaulle, sólo
una, sin foto. No sabemos, en las ediciones del futuro,
las líneas que dedicará a don Felipe González.
4 Publicada por Randon House en 1968. En España,
por Plaza y Janés, 1978. Traducción de Jesús Pardo.
Los textos citados, en páginas 858 y 859.
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