Arquitectura en
la era de Franco
En
Julio de 1936, la arquitectura española, comprometida
con la modernidad, no pasaba de ser un movimiento
minoritario, sin calado social, apoyado por un grupo de
arquitectos (de indudable empuje polémico) fundado en
Zaragoza en 1930, bajo el nombre colectivo de Gatepac
(Grupo de arquitectos y técnicos españoles para el
desarrollo de la arquitectura contemporánea), en el cual
coincidían, en clara voluntad de renovación,
arquitectos de muy variada significación: desde los
falangistas Aizpurúa y Labayen (de Vizcaya) hasta el
madrileño La Casa, que al término de la guerra se
exilió a Rusia, llegando a ser embajador de la URSS en
Polonia, y junto a los cuales figuraban los nombres del
que fue autor del Pabellón de la Confederación
Hidrográfica del Ebro (el más interesante de los
pabellones españoles junto al pabellón alemán de Mies
Van del Rohe); el arquitecto Regino Borobio, cuyo
pensamiento político se encuadraba en el centrismo
católico, y también el de José Luis Sert (sobrino del
Conde de Sert y del muralista José María, que después
de la guerra, por encargo de Franco, restauró sus
propios murales pintados para la catedral de Vich,
destruidos por los marxistas, ligado al capitalismo
regionalista catalán); junto a otros arquitectos tan
emblemáticos como Mercadal, que no dudó en colaborar
activamente, durante muchos años, en la construcción de
los hospitales de la Seguridad Social, recién creada al
término de la guerra; y arquitectos que muy pronto se
incorporaron con notable éxito a la actividad
profesional privada de aquellos años, como lo hicieron
Gutiérrez Soto en Madrid o Durán Reinals en Barcelona.
Otros arquitectos de igual significación renovadora e
innovadora se incorporaron, desde el primer momento, a la
restauración de la Ciudad Universitaria de Madrid, como
fue el caso de Miguel de los Santos, Aguirre, Pascual
Bravo o Blanco Soler, convocados por Modesto López
Otero, arquitecto de indudable significación académica,
director del equipo encargado de llevarla a cabo.
A estos nombres de anteguerra se incorporaron muy pronto
al trabajo profesional los arquitectos de la primera
generación de graduados después la guerra, que
aportaron su incipiente prestigio, que mantuvieron a lo
largo de todos sus años de profesión, hasta el momento
actual. Desde entonces los nombres de Cabrero, Aburto,
Fernández del Amo, La Sota, Fisac, Moragas, a los que
siguieron los de Coderch, Valls, Sáenz de Oiza,
Corrales, Molezún, La Hoz, y Paredes. Pasaron a la
historia de la mejor arquitectura española
contemporánea. Ellos fueron, además de amigos,
maestros.
Y es obvio que esos nombres no pueden incluirse en la
nómina de los académicos o historicistas. Porque son
ellos quienes con su obra encabezan y respaldan una de
las arquitecturas españolas colectivas más
interesantes, y fueron ejemplo para todos cuantos
aprendimos nuestro propio oficio.
Nadie les dijo nunca, ni nadie nos lo dijo más tarde,
cómo teníamos que plantear nuestra arquitectura. Ellos
hicieron y nosotros hicimos la arquitectura que creíamos
que teníamos que hacer, para mejor servir a quienes en
nosotros confiaron y a la realidad cultural del momento
en el que nos sabíamos inmersos y del que nos sentíamos
solidarios, al margen de matices diferenciales.
Sin que ello quiera decir que en determinados casos no se
planteara, a otros arquitectos, una imposición de
criterios; pero es obvio también que esa situación no
respondía a decisiones de política general, sino a
casos concretos de intromisión administrativa, como de
hecho pueden encontrarse en todos los tiempos y en todas
las arquitecturas, de Francia, de Inglaterra, de Italia,
de Alemania, o en la misma Rusia.
Las decisiones adoptadas para formalizar la arquitectura
de la inmediata posguerra brotaban de la necesidad de
abordar la reconstrucción de las destrucciones
producidas por la guerra, en toda España, y por los
frentepopulistas en la zona republicana.
Los criterios para abordar esa reconstrucción fueron
claramente definidos desde el primer momento:
1) Urgencia no sólo para reconstruir en el más breve
tiempo posible, sino también para dar respuesta al deseo
de la sociedad de recuperar, cuanto antes, las imágenes
destruidas o dañadas, para procurar el más rápido
olvido del drama de la Guerra y de la Revolución.
2) Economía de medios, para hacer posible extender la
acción reconstructora simultáneamente al mayor número
de las destrucciones producidas.
3) Adecuación a las tecnologías disponibles y a los
materiales de construcción de producción nacional, no
sólo por razones de elemental economía, sino también
de eficaz disponibilidad inmediata.
Aplicando estos criterios tanto a lo daños causados
directamente por las acciones bélicas como por la
acción revolucionaria en el Patrimonio de la Iglesia. Y
no sólo en sus templos, sino en todo el conjunto de su
patrimonio dañado o destruido (monasterios, colegios,
universidades, hospitales y residencias).
La aplicación de estos criterios privó a España de un
patrimonio general modernizado y de aportaciones
adecuadas a la nueva arquitectura; pero a pesar de ello,
la arquitectura religiosa española cuenta con un
brillante patrimonio, como es el formado por la obra
global del arquitecto Fisac, iniciado con la Iglesia del
Espíritu Santo del Consejo Superior de Investigaciones
Científicas; el Monasterio y Templo de los Padres
Dominicos en Alcobendas, Madrid; o el Teologado de Arcas
Reales, de la misma orden, en Valladolid; o las
Parroquias de Santa Ana en Madrid y de Nuestra Señora de
las Nieves en Vitoria, junto a las obras de otros
arquitectos, como son los casos de la Parroquia de la
Sagrada Familia, también en Vitoria, o las Basílicas de
la Virgen del Camino en León, de Aránzazu en
Guipúzcoa, o la Hispanoamericana de Madrid de Laorga y
Sáenz de Oiza, o la Parroquia de Málaga construida por
García de Paredes, y tantas y tantas otras iglesias de
nueva arquitectura, como son las del Padre Damián, o la
de San Agustín de Luis Moya, o la notable iglesia del
mismo arquitecto, construida para el Colegio del Pilar, o
la construida años más tarde por Félix Candela para
los Padres Mexicanos en la proximidad del madrileño
Parque de Berlín.
Tengo que decir que todas las referencias que se incluyen
en estas líneas son siempre incompletas, sin pretender
ser un catálogo exhaustivo, dado el extenso número de
los edificios públicos de la nueva arquitectura
construida en España en el segundo tercio del siglo XX.
Tampoco se incluye el extenso número de edificios
notables construidos por la iniciativa privada, dedicada
fundamentalmente a la arquitectura terciaria, hotelera o
de viviendas (de nivel medio y alto), o la vivienda
unifamiliar, en la que puede encontrarse un extenso
repertorio arquitectónico de excelente calidad, muy
especialmente en Madrid, Barcelona, Bilbao, Pamplona,
Sevilla y Valencia. Sin que ello excluya la construida en
otras localizaciones que, daría lugar a un catálogo
extensísimo, nunca afrontado de manera total.
Otro necesario análisis es el del urbanismo español,
especialmente el de los grandes núcleos urbanos,
condicionado con excesiva frecuencia, por motivos
económicos y especulativos, que presionan en la
configuración de las ciudades, con excesiva fuerza y
daño a través de las exigencias de los aspectos siempre
conflictivos, que suponen la aplicación de las
plusvalías, y el peso de la financiación en la
constructiva de los proyectos.
La arquitectura española del segundo tercio del siglo XX
ha logrado un reconocimiento exterior, unánime, como lo
pone de manifiesto el hecho de que mereciera las tres
primeras medallas de oro consecutivas de la renacida
Trienal de Milán, a partir de 1951, en 1954 y 1957. Así
como el premio a la mejor arquitectura de Europa,
concedido por la Universidad de Hamburgo en 1978. O que,
por dos veces, los arquitectos españoles fueran
distinguidos con los premios a los mejores Pabellones de
las Exposiciones Internacionales de Bruselas y Nueva
York, en 1953 y 1964.
Este rápido recorrido por la arquitectura española
desde 1940 a 1980 demuestra la brillante posición que
nuestra arquitectura consiguió durante 40 años de paz,
desarrollo e integración social.
Tal vez sea de justicia recordar el Cantar del Mio Cid:
la bondad del buen vasallo cuando tiene buen señor.
Javier Carvajal
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