Razón Española, nº 105; Arquitectura en la era de Franco

pag. principal Razón Española

Arquitectura en la era de Franco

Por J. Carvajal

Testigo presencial indice El juicio de un Beato

Arquitectura en la era de Franco

En Julio de 1936, la arquitectura española, comprometida con la modernidad, no pasaba de ser un movimiento minoritario, sin calado social, apoyado por un grupo de arquitectos (de indudable empuje polémico) fundado en Zaragoza en 1930, bajo el nombre colectivo de Gatepac (Grupo de arquitectos y técnicos españoles para el desarrollo de la arquitectura contemporánea), en el cual coincidían, en clara voluntad de renovación, arquitectos de muy variada significación: desde los falangistas Aizpurúa y Labayen (de Vizcaya) hasta el madrileño La Casa, que al término de la guerra se exilió a Rusia, llegando a ser embajador de la URSS en Polonia, y junto a los cuales figuraban los nombres del que fue autor del Pabellón de la Confederación Hidrográfica del Ebro (el más interesante de los pabellones españoles junto al pabellón alemán de Mies Van del Rohe); el arquitecto Regino Borobio, cuyo pensamiento político se encuadraba en el centrismo católico, y también el de José Luis Sert (sobrino del Conde de Sert y del muralista José María, que después de la guerra, por encargo de Franco, restauró sus propios murales pintados para la catedral de Vich, destruidos por los marxistas, ligado al capitalismo regionalista catalán); junto a otros arquitectos tan emblemáticos como Mercadal, que no dudó en colaborar activamente, durante muchos años, en la construcción de los hospitales de la Seguridad Social, recién creada al término de la guerra; y arquitectos que muy pronto se incorporaron con notable éxito a la actividad profesional privada de aquellos años, como lo hicieron Gutiérrez Soto en Madrid o Durán Reinals en Barcelona.

Otros arquitectos de igual significación renovadora e innovadora se incorporaron, desde el primer momento, a la restauración de la Ciudad Universitaria de Madrid, como fue el caso de Miguel de los Santos, Aguirre, Pascual Bravo o Blanco Soler, convocados por Modesto López Otero, arquitecto de indudable significación académica, director del equipo encargado de llevarla a cabo.

A estos nombres de anteguerra se incorporaron muy pronto al trabajo profesional los arquitectos de la primera generación de graduados después la guerra, que aportaron su incipiente prestigio, que mantuvieron a lo largo de todos sus años de profesión, hasta el momento actual. Desde entonces los nombres de Cabrero, Aburto, Fernández del Amo, La Sota, Fisac, Moragas, a los que siguieron los de Coderch, Valls, Sáenz de Oiza, Corrales, Molezún, La Hoz, y Paredes. Pasaron a la historia de la mejor arquitectura española contemporánea. Ellos fueron, además de amigos, maestros.

Y es obvio que esos nombres no pueden incluirse en la nómina de los académicos o historicistas. Porque son ellos quienes con su obra encabezan y respaldan una de las arquitecturas españolas colectivas más interesantes, y fueron ejemplo para todos cuantos aprendimos nuestro propio oficio.

Nadie les dijo nunca, ni nadie nos lo dijo más tarde, cómo teníamos que plantear nuestra arquitectura. Ellos hicieron y nosotros hicimos la arquitectura que creíamos que teníamos que hacer, para mejor servir a quienes en nosotros confiaron y a la realidad cultural del momento en el que nos sabíamos inmersos y del que nos sentíamos solidarios, al margen de matices diferenciales.

Sin que ello quiera decir que en determinados casos no se planteara, a otros arquitectos, una imposición de criterios; pero es obvio también que esa situación no respondía a decisiones de política general, sino a casos concretos de intromisión administrativa, como de hecho pueden encontrarse en todos los tiempos y en todas las arquitecturas, de Francia, de Inglaterra, de Italia, de Alemania, o en la misma Rusia.

Las decisiones adoptadas para formalizar la arquitectura de la inmediata posguerra brotaban de la necesidad de abordar la reconstrucción de las destrucciones producidas por la guerra, en toda España, y por los frentepopulistas en la zona republicana.

Los criterios para abordar esa reconstrucción fueron claramente definidos desde el primer momento:

1) Urgencia no sólo para reconstruir en el más breve tiempo posible, sino también para dar respuesta al deseo de la sociedad de recuperar, cuanto antes, las imágenes destruidas o dañadas, para procurar el más rápido olvido del drama de la Guerra y de la Revolución.

2) Economía de medios, para hacer posible extender la acción reconstructora simultáneamente al mayor número de las destrucciones producidas.

3) Adecuación a las tecnologías disponibles y a los materiales de construcción de producción nacional, no sólo por razones de elemental economía, sino también de eficaz disponibilidad inmediata.

Aplicando estos criterios tanto a lo daños causados directamente por las acciones bélicas como por la acción revolucionaria en el Patrimonio de la Iglesia. Y no sólo en sus templos, sino en todo el conjunto de su patrimonio dañado o destruido (monasterios, colegios, universidades, hospitales y residencias).

La aplicación de estos criterios privó a España de un patrimonio general modernizado y de aportaciones adecuadas a la nueva arquitectura; pero a pesar de ello, la arquitectura religiosa española cuenta con un brillante patrimonio, como es el formado por la obra global del arquitecto Fisac, iniciado con la Iglesia del Espíritu Santo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas; el Monasterio y Templo de los Padres Dominicos en Alcobendas, Madrid; o el Teologado de Arcas Reales, de la misma orden, en Valladolid; o las Parroquias de Santa Ana en Madrid y de Nuestra Señora de las Nieves en Vitoria, junto a las obras de otros arquitectos, como son los casos de la Parroquia de la Sagrada Familia, también en Vitoria, o las Basílicas de la Virgen del Camino en León, de Aránzazu en Guipúzcoa, o la Hispanoamericana de Madrid de Laorga y Sáenz de Oiza, o la Parroquia de Málaga construida por García de Paredes, y tantas y tantas otras iglesias de nueva arquitectura, como son las del Padre Damián, o la de San Agustín de Luis Moya, o la notable iglesia del mismo arquitecto, construida para el Colegio del Pilar, o la construida años más tarde por Félix Candela para los Padres Mexicanos en la proximidad del madrileño Parque de Berlín.

Tengo que decir que todas las referencias que se incluyen en estas líneas son siempre incompletas, sin pretender ser un catálogo exhaustivo, dado el extenso número de los edificios públicos de la nueva arquitectura construida en España en el segundo tercio del siglo XX. Tampoco se incluye el extenso número de edificios notables construidos por la iniciativa privada, dedicada fundamentalmente a la arquitectura terciaria, hotelera o de viviendas (de nivel medio y alto), o la vivienda unifamiliar, en la que puede encontrarse un extenso repertorio arquitectónico de excelente calidad, muy especialmente en Madrid, Barcelona, Bilbao, Pamplona, Sevilla y Valencia. Sin que ello excluya la construida en otras localizaciones que, daría lugar a un catálogo extensísimo, nunca afrontado de manera total.

Otro necesario análisis es el del urbanismo español, especialmente el de los grandes núcleos urbanos, condicionado con excesiva frecuencia, por motivos económicos y especulativos, que presionan en la configuración de las ciudades, con excesiva fuerza y daño a través de las exigencias de los aspectos siempre conflictivos, que suponen la aplicación de las plusvalías, y el peso de la financiación en la constructiva de los proyectos.

La arquitectura española del segundo tercio del siglo XX ha logrado un reconocimiento exterior, unánime, como lo pone de manifiesto el hecho de que mereciera las tres primeras medallas de oro consecutivas de la renacida Trienal de Milán, a partir de 1951, en 1954 y 1957. Así como el premio a la mejor arquitectura de Europa, concedido por la Universidad de Hamburgo en 1978. O que, por dos veces, los arquitectos españoles fueran distinguidos con los premios a los mejores Pabellones de las Exposiciones Internacionales de Bruselas y Nueva York, en 1953 y 1964.

Este rápido recorrido por la arquitectura española desde 1940 a 1980 demuestra la brillante posición que nuestra arquitectura consiguió durante 40 años de paz, desarrollo e integración social.

Tal vez sea de justicia recordar el Cantar del Mio Cid: la bondad del buen vasallo cuando tiene buen señor.



Javier Carvajal



 

Testigo presencial indice El juicio de un Beato

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.