LIBROS: Francisco Franco o la venganza de la Historia. nº 104 Razón Española

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LIBROS: Francisco Franco o la venganza de la Historia. nº 104

Comentarios de Enrique Rodríguez Saavedra al libro de Francisco Torres.

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LIBROS: Francisco Franco o la venganza de la Historia

Torres, Francisco: Francisco Franco o la venganza de la Historia, ed. Criterio Libros, Madrid 2000, 322 págs.



Desde hace un cuarto de siglo, parece que contra Franco todo vale. Y como ya estaban muy manidos los tópicos del "páramo cultural" o de la "dictadura fascista", en los últimos años han comenzado a publicarse libros y trabajos que han perdido ya toda relación con la Historia o con el análisis político. Y, sin viso alguno de seriedad, caen de lleno en el género bufo (Vilallonga revolviendo entre la basura), la fabulación (Ansón, con Franco como inconsciente actor de un plan político diseñado con el conocimiento de los futuros contingentes y libres, vedado incluso a los ángeles) o el mero dislate (Blanco Escolá descubriendo un incompetente allí donde sus mismos enemigos veían, como único consuelo en la derrota, a un gran militar). Parece como si el odio cegara a algunos tanto más cuanto más tiempo pasa desde la desaparición del personaje, lo cual constituye un caso único en la Historia, y probablemente de la Psiquiatría.

Esa obsesión tan notoriamente excesiva (pensemos que sólo los españoles de más de cuarenta años tienen algún recuerdo) puede explicarse por alguna de los siguientes motivos: a) el resentimiento citado, que curiosamente parece más vivo en las personas que vivieron el franquismo de la prosperidad y la apertura que en aquellas que conocieron la tensión política y económica de la guerra; b) la necesidad de una legitimación del régimen definido en la Constitución de 1978, que no ha resuelto ninguno de los problemas que quedaban pendientes en España a la muerte de Franco y, sin embargo, ha desencadenado otros hasta entonces desconocidos; c) el deseo de encarnar en un chivo expiatorio una serie de ideas que se desea combatir, de modo que puedan ser rechazadas con el tajante apelativo de "franquistas", suficiente -una vez convertido Franco en "el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno"- para descartarlas sin ulterior razonamiento.

Sea como fuere, no han faltado para desbaratar la maniobra estudios y autores (Suárez Fernández, De la Cierva, Palomino, De Meer, Garrido Bonaño, Casas de la Vega, entre otros, por no citar la multitud de esclarecedores trabajos publicados en revistas como Razón Española) que pusieran los puntos sobre las íes y rectificaran los tópicos y errores comunes sobre Franco y su régimen, difundidos, en una campaña sistemática de desprestigio y damnatio memoriae, desde instancias oficiales y desde los medios de comunicación.

Faltaba, sin embargo, el punto de vista de los historiadores más jóvenes, de aquellos cuyo conocimiento de la era de Franco es producto del estudio y la reflexión, y apenas de la vivencia personal. Es el caso de Francisco Torres, quien ya ha dado a la imprenta trabajos importantes sobre la represión del Frente Popular o sobre la División Azul, y recientemente ha publicado una magna obra sobre la designación de Juan Carlos de Borbón como sucesor de Franco a título de rey.

Torres ha dividido Franco o la venganza de la Historia en cinco partes bien diferenciadas:

a) El mito. Es la parte principal del libro, y sirve de eficaz refutación, sobre todo, a los sinsentidos de Vilallonga, Preston o Blanco Escolá. En ella el autor contesta exhaustivamente a la primera pregunta que podría hacerse un joven de hoy que, desconocedor del asunto, se acercase a la figura de Franco: ¿Por qué él? Esto es: ¿Por qué el 16 de julio de 1936 -y de manera efectiva y legal el 1 de octubre- Franco es considerado por media España como su salvador y guía, y se confía unánimemente en él para conducir la guerra contra la barbarie del Frente Popular?

La respuesta se encuentra, ante todo, en la hoja de servicios del General Franco, pero no sólo es eso. Su historial militar apenas tiene parangón en la época moderna: consiguió todos sus ascenso por méritos de guerra, llegando a ser el más joven general de su tiempo, y no sólo dentro del Ejército español. Yno se trataba exclusivamente de arrojo y valentía, que otros compañeros suyos demostraron también en la campaña africana. Franco demostraba una serenidad y visión en el combate, un conocimiento del terreno y del enemigo, que le hacían superior a todos los demás. Como es preceptivo, todos sus ascensos tuvieron el correspondiente informe contradictorio, alguno de cuyos expresivos párrafos se reproducen en la obra que comentamos, para vergüenza de mucho crítico de salón.

Su aureola de héroe de guerra, su labor fundacional en la Legión, el papel central que desempeñó en la Academia General Militar (por todos reconocida como la mejor del mundo mientras él la dirigió), le hicieron enormemente popular, algo que suele obviarse hoy día. Francisco Torres cita con profusión noticias y entrevistas de los años 20 en multitud de revistas, y sobre todo el momento de su boda en 1923, que constituyó todo un acontecimiento en Oviedo, con repercusión en la prensa nacional. Salvo Pedro Sainz Rodríguez, que (suponemos, si hemos de hacer caso a Ansón) ya preveía la Dictadura, la República, la Revolución de Octubre y la Guerra Civil, y conforme a esas previsiones, proyectaba su engaño al novio, ¿quién podía pensar que aquel joven teniente coronel sería elegido una década después como Jefe del Estado?

b) La crisis. Antes habían de pasar los seis años aciagos de la II República. Franco la recibe como millones de españoles... ¡los que habían ganado las elecciones municipales del 31!: con desagrado, pero con acatamiento, sobre todo porque el vacío de poder que había creado el Rey al marcharse parecía legitimar en origen a quienes, ocupándolo, habían comenzado a mandar. La quema de conventos de mayo y la sectaria y antirreligiosa Constitución republicana sacudieron la conciencia de Franco, que comienza a ser no sólo el militar más popular del Ejército, sino un personaje de referencia para la derecha española y sumamente temido para la izquierda en el poder. Cuando finalice el bienio azañista, Franco pasará a ser el principal colaborador del Ministro de la Guerra, y será él quien venza en Asturias a la antidemocrática Revolución de Octubre, planteada en toda España por el Partido Socialista Obrero con el objeto de impedir que gobernasen quienes habían ganado las elecciones de 1933. Poco hay que añadir al respecto tras el fundamental libro de Pío Moa.

Cuando en 1936 triunfa el Frente Popular (con el conocido falseamiento de actas, producto del terror comunista y anarquista), todo vuelve a estar preparado para que España sea el segundo país, tras Rusia, en caer bajo la tiranía del marxismo. ¿A quién miran todos los rostros esperanzados? A Franco. No a Mola o a Sanjurjo, sino a Franco. Hasta el punto de que la opinión de muchos jefes y oficiales, ante la necesidad de un alzamiento que impida el desastre definitivo, se resume en una frase tan simple como: "Si Franco está, yo estaré".

Pero Franco todavía confía en que las autoridades pongan freno al deslizamiento hacia el caos en que vive España. Su carta al presidente del Gobierno, Casares Quiroga, es un ejemplo de lealtad hasta el límite hacia los poderes constituidos, y por sí sola bastaría para desmentir cualquier protagonismo de Franco en el origen de la guerra civil. Franco sólo se decide tras el asesinato de Calvo Sotelo. Quienes hablan de la "legitimidad republicana", piensen que Calvo Sotelo es el jefe de la oposición, asesinado por orden del ministro del Interior, con el consentimiento del presidente del Gobierno: trasladen los respectivos nombres y cargos a la actualidad y podrán calibrar la trascendencia política del magnicidio.

c) La guerra. En estos dos primeros capítulos, pues, Francisco Torres ha explicado perfectamente, con abundante documentación y certeros juicios, por qué Franco se convierte en el Caudillo (en sentido estrictísimo) militar y político de la zona nacional y por qué es elegido como tal de forma natural y casi unánime. Queda ver cómo condujo la guerra.

Haciendo gala de unos conocimientos militares técnicos y tácticos que no son frecuentes en otros historiadores, Torres nos muestra a un Franco que se acopla a lo que tiene y a lo que puede, pero que, contra lo que sostienen sus recientes críticos, ni maniobra falto de audacia (el simple paso del Estrecho desmiente esa teoría), ni ignora el manejo de grandes unidades, como demuestran la batalla del Ebro o la final campaña de Cataluña. Pudo, como todos, cometer errores, pero en absoluto puede achacársele un deseo artificial de prolongar la guerra por calculadas miras personales o políticas: una guerra que -parece absurdo tener que recordarlo- ganó, y contra un enemigo de potencia similar y con una moral de combate que sólo se desmoronó a mediados de 1938. También destaca Torres la forma que tuvo Franco de llevar la guerra desde el punto de vista económico, donde ganó la partida desde el principio al bando frentepopulista.

Son interesantes, dentro de este capítulo, las evaluaciones cuantitativas del autor sobre las víctimas de la guerra civil y de la represión en ambos bandos, y adelanta sus discrepancias con otro joven y excelente historiador, Ángel David Martín Rubio, que prometen una fructífera polémica entre dos investigadores de probada objetividad.

Como dato especialmente significativo, cita Torres el siguiente: mientras que en España, entre 1951 y 1975, se dictaron 79 penas de muerte (la inmensa mayoría por delitos comunes), en un Estado, Tejas, de población y extensión similar a las españolas, durante el mandato como gobernador del que puede ser próximo presidente de la mayor democracia del mundo, George W. Bush, se dictaron entre 1994 y 2000 casi 150.

d) El sueño. ¿Qué quiso hacer Franco como estadista? Siguiendo a Fernández de la Mora, Francisco Torres sitúa en Ramiro de Maeztu y Víctor Pradera los dos referentes doctrinales básicos del pensamiento de Franco, en cuanto a la confesionalidad católica y la articulación institucional del nuevo Estado; sin descartar el regeneracionismo ambiente en que se forjó su personalidad, y cuyo lema de Costa, "escuela y despensa", será llevado a cabo por primera vez en España durante su régimen.

El llamado "nacionalcatolicismo", término habitualmente usado de forma despectiva pero que podemos aceptar, quitándole su carga peyorativa, por su extraordinario valor descriptivo, lo bebió Franco en las páginas de Acción Española, revista de la que era suscriptor. Se constituirá en uno de los dos ejes de su política, que recibirá por ello la felicitación de aquel gran Papa que fue Pío XII. El otro será la elevación social de los españoles, creando esa gran clase media que es su principal legado material a España.

Y lo más destacable, señala Torres, es que todos los objetivos cardinales de la obra de Franco, desde el turismo hasta la construcción hidráulica, desde la justicia social hasta la entrega a la Iglesia de la formación de tres generaciones de españoles, están ya en un discurso de 1937. Franco, pues, que sin duda fue un pragmático, en el mejor sentido de la palabra, no fue en modo alguno un oportunista: lo que hizo lo hizo por convicción y conforme a un designio nítido celosamente trabajado.

También apunta Torres un hecho que no es frecuente ver reconocido: es durante su régimen cuando termina de constituirse en España el Estado como entidad permanente, cuando puede hablarse de verdad de una Administración independiente de los avatares políticos, que no tenga que renacer ex novo cada vez que tiene lugar un cambio de régimen.

e) La razón. Si un régimen debe juzgarse por sus hechos y de éstos recibe su legitimidad (es la tesis, ya clásica, del "Estado de obras"), el de Franco la obtuvo en grado sumo. En este breve capítulo se pasa revista a sus principales realizaciones, con una coherente defensa de la política económica seguida por el Generalísimo, que también ha recibido inconsistentes ataques. Se habla hoy día de la tragedia de la emigración, pero no se dice que el período franquista fue el período de menor emigración española de los últimos siglos, y donde finalmente se invirtió ese saldo en sentido positivo. En cuanto al crecimiento económico, las cifras son todavía más claras: durante la Restauración se creció al 1,8 por ciento, durante la Dictadura al 2,7, y durante la República al 0,1 por ciento; entre 1940 y 1953 el PIB español creció al 3,7 por ciento, al 4,6 entre 1954 y 1959, y hasta la muerte de Franco al 7,5 por ciento anual. En otras palabras: el crecimiento de la denostada fase autárquica del franquismo multiplica por 35 el de la República, sin que la obviedad de que salíamos de una guerra le quite valor al dato.

Franco o la venganza de la Historia, obra que va precedida de un prólogo y un epílogo del autor (excelentes síntesis ambos), incluye también una sugerente orientación bibliográfica y una cronología militar del Caudillo, rematada con el texto de su testamento político. Es éste un documento tan conocido que tal vez hemos olvidado releerlo; y es un error, porque en él se nos muestra Franco tal cual fue. En palabras de Álvaro d'Ors (La violencia y el orden), "no son palabras de un tirano, ni de un hombre que muere con la conciencia angustiada. Son palabras de un militar, que muere consciente de haber servido. (...) Haría falta gran perversión moral para no reconocer grandeza de alma en este testamento de Franco, un documento histórico en el que brillan las virtudes más encomiables".

Ése es el Franco real, el Franco que Francisco Torres nos ha dibujado en una biografía completa, amena y abundante en datos con los que refutar muchas de las falacias antifranquistas que, con los objetivos antes descritos, difunde el establishment partitocrático y mediático de nuestro país.



Enrique Rodríguez Saavedra

 


 

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