LIBROS:
Francisco Franco o la venganza de la Historia
Torres,
Francisco: Francisco Franco o la venganza de la Historia,
ed. Criterio Libros, Madrid 2000, 322 págs.
Desde hace un cuarto de siglo, parece que contra Franco
todo vale. Y como ya estaban muy manidos los tópicos del
"páramo cultural" o de la "dictadura
fascista", en los últimos años han comenzado a
publicarse libros y trabajos que han perdido ya toda
relación con la Historia o con el análisis político.
Y, sin viso alguno de seriedad, caen de lleno en el
género bufo (Vilallonga revolviendo entre la basura), la
fabulación (Ansón, con Franco como inconsciente actor
de un plan político diseñado con el conocimiento de los
futuros contingentes y libres, vedado incluso a los
ángeles) o el mero dislate (Blanco Escolá descubriendo
un incompetente allí donde sus mismos enemigos veían,
como único consuelo en la derrota, a un gran militar).
Parece como si el odio cegara a algunos tanto más cuanto
más tiempo pasa desde la desaparición del personaje, lo
cual constituye un caso único en la Historia, y
probablemente de la Psiquiatría.
Esa obsesión tan notoriamente excesiva (pensemos que
sólo los españoles de más de cuarenta años tienen
algún recuerdo) puede explicarse por alguna de los
siguientes motivos: a) el resentimiento citado, que
curiosamente parece más vivo en las personas que
vivieron el franquismo de la prosperidad y la apertura
que en aquellas que conocieron la tensión política y
económica de la guerra; b) la necesidad de una
legitimación del régimen definido en la Constitución
de 1978, que no ha resuelto ninguno de los problemas que
quedaban pendientes en España a la muerte de Franco y,
sin embargo, ha desencadenado otros hasta entonces
desconocidos; c) el deseo de encarnar en un chivo
expiatorio una serie de ideas que se desea combatir, de
modo que puedan ser rechazadas con el tajante apelativo
de "franquistas", suficiente -una vez
convertido Franco en "el conjunto de todos los males
sin mezcla de bien alguno"- para descartarlas sin
ulterior razonamiento.
Sea como fuere, no han faltado para desbaratar la
maniobra estudios y autores (Suárez Fernández, De la
Cierva, Palomino, De Meer, Garrido Bonaño, Casas de la
Vega, entre otros, por no citar la multitud de
esclarecedores trabajos publicados en revistas como
Razón Española) que pusieran los puntos sobre las íes
y rectificaran los tópicos y errores comunes sobre
Franco y su régimen, difundidos, en una campaña
sistemática de desprestigio y damnatio memoriae, desde
instancias oficiales y desde los medios de comunicación.
Faltaba, sin embargo, el punto de vista de los
historiadores más jóvenes, de aquellos cuyo
conocimiento de la era de Franco es producto del estudio
y la reflexión, y apenas de la vivencia personal. Es el
caso de Francisco Torres, quien ya ha dado a la imprenta
trabajos importantes sobre la represión del Frente
Popular o sobre la División Azul, y recientemente ha
publicado una magna obra sobre la designación de Juan
Carlos de Borbón como sucesor de Franco a título de
rey.
Torres ha dividido Franco o la venganza de la Historia en
cinco partes bien diferenciadas:
a) El mito. Es la parte principal del libro, y sirve de
eficaz refutación, sobre todo, a los sinsentidos de
Vilallonga, Preston o Blanco Escolá. En ella el autor
contesta exhaustivamente a la primera pregunta que
podría hacerse un joven de hoy que, desconocedor del
asunto, se acercase a la figura de Franco: ¿Por qué
él? Esto es: ¿Por qué el 16 de julio de 1936 -y de
manera efectiva y legal el 1 de octubre- Franco es
considerado por media España como su salvador y guía, y
se confía unánimemente en él para conducir la guerra
contra la barbarie del Frente Popular?
La respuesta se encuentra, ante todo, en la hoja de
servicios del General Franco, pero no sólo es eso. Su
historial militar apenas tiene parangón en la época
moderna: consiguió todos sus ascenso por méritos de
guerra, llegando a ser el más joven general de su
tiempo, y no sólo dentro del Ejército español. Yno se
trataba exclusivamente de arrojo y valentía, que otros
compañeros suyos demostraron también en la campaña
africana. Franco demostraba una serenidad y visión en el
combate, un conocimiento del terreno y del enemigo, que
le hacían superior a todos los demás. Como es
preceptivo, todos sus ascensos tuvieron el
correspondiente informe contradictorio, alguno de cuyos
expresivos párrafos se reproducen en la obra que
comentamos, para vergüenza de mucho crítico de salón.
Su aureola de héroe de guerra, su labor fundacional en
la Legión, el papel central que desempeñó en la
Academia General Militar (por todos reconocida como la
mejor del mundo mientras él la dirigió), le hicieron
enormemente popular, algo que suele obviarse hoy día.
Francisco Torres cita con profusión noticias y
entrevistas de los años 20 en multitud de revistas, y
sobre todo el momento de su boda en 1923, que constituyó
todo un acontecimiento en Oviedo, con repercusión en la
prensa nacional. Salvo Pedro Sainz Rodríguez, que
(suponemos, si hemos de hacer caso a Ansón) ya preveía
la Dictadura, la República, la Revolución de Octubre y
la Guerra Civil, y conforme a esas previsiones,
proyectaba su engaño al novio, ¿quién podía pensar
que aquel joven teniente coronel sería elegido una
década después como Jefe del Estado?
b) La crisis. Antes habían de pasar los seis años
aciagos de la II República. Franco la recibe como
millones de españoles... ¡los que habían ganado las
elecciones municipales del 31!: con desagrado, pero con
acatamiento, sobre todo porque el vacío de poder que
había creado el Rey al marcharse parecía legitimar en
origen a quienes, ocupándolo, habían comenzado a
mandar. La quema de conventos de mayo y la sectaria y
antirreligiosa Constitución republicana sacudieron la
conciencia de Franco, que comienza a ser no sólo el
militar más popular del Ejército, sino un personaje de
referencia para la derecha española y sumamente temido
para la izquierda en el poder. Cuando finalice el bienio
azañista, Franco pasará a ser el principal colaborador
del Ministro de la Guerra, y será él quien venza en
Asturias a la antidemocrática Revolución de Octubre,
planteada en toda España por el Partido Socialista
Obrero con el objeto de impedir que gobernasen quienes
habían ganado las elecciones de 1933. Poco hay que
añadir al respecto tras el fundamental libro de Pío
Moa.
Cuando en 1936 triunfa el Frente Popular (con el conocido
falseamiento de actas, producto del terror comunista y
anarquista), todo vuelve a estar preparado para que
España sea el segundo país, tras Rusia, en caer bajo la
tiranía del marxismo. ¿A quién miran todos los rostros
esperanzados? A Franco. No a Mola o a Sanjurjo, sino a
Franco. Hasta el punto de que la opinión de muchos jefes
y oficiales, ante la necesidad de un alzamiento que
impida el desastre definitivo, se resume en una frase tan
simple como: "Si Franco está, yo estaré".
Pero Franco todavía confía en que las autoridades
pongan freno al deslizamiento hacia el caos en que vive
España. Su carta al presidente del Gobierno, Casares
Quiroga, es un ejemplo de lealtad hasta el límite hacia
los poderes constituidos, y por sí sola bastaría para
desmentir cualquier protagonismo de Franco en el origen
de la guerra civil. Franco sólo se decide tras el
asesinato de Calvo Sotelo. Quienes hablan de la
"legitimidad republicana", piensen que Calvo
Sotelo es el jefe de la oposición, asesinado por orden
del ministro del Interior, con el consentimiento del
presidente del Gobierno: trasladen los respectivos
nombres y cargos a la actualidad y podrán calibrar la
trascendencia política del magnicidio.
c) La guerra. En estos dos primeros capítulos, pues,
Francisco Torres ha explicado perfectamente, con
abundante documentación y certeros juicios, por qué
Franco se convierte en el Caudillo (en sentido
estrictísimo) militar y político de la zona nacional y
por qué es elegido como tal de forma natural y casi
unánime. Queda ver cómo condujo la guerra.
Haciendo gala de unos conocimientos militares técnicos y
tácticos que no son frecuentes en otros historiadores,
Torres nos muestra a un Franco que se acopla a lo que
tiene y a lo que puede, pero que, contra lo que sostienen
sus recientes críticos, ni maniobra falto de audacia (el
simple paso del Estrecho desmiente esa teoría), ni
ignora el manejo de grandes unidades, como demuestran la
batalla del Ebro o la final campaña de Cataluña. Pudo,
como todos, cometer errores, pero en absoluto puede
achacársele un deseo artificial de prolongar la guerra
por calculadas miras personales o políticas: una guerra
que -parece absurdo tener que recordarlo- ganó, y contra
un enemigo de potencia similar y con una moral de combate
que sólo se desmoronó a mediados de 1938. También
destaca Torres la forma que tuvo Franco de llevar la
guerra desde el punto de vista económico, donde ganó la
partida desde el principio al bando frentepopulista.
Son interesantes, dentro de este capítulo, las
evaluaciones cuantitativas del autor sobre las víctimas
de la guerra civil y de la represión en ambos bandos, y
adelanta sus discrepancias con otro joven y excelente
historiador, Ángel David Martín Rubio, que prometen una
fructífera polémica entre dos investigadores de probada
objetividad.
Como dato especialmente significativo, cita Torres el
siguiente: mientras que en España, entre 1951 y 1975, se
dictaron 79 penas de muerte (la inmensa mayoría por
delitos comunes), en un Estado, Tejas, de población y
extensión similar a las españolas, durante el mandato
como gobernador del que puede ser próximo presidente de
la mayor democracia del mundo, George W. Bush, se
dictaron entre 1994 y 2000 casi 150.
d) El sueño. ¿Qué quiso hacer Franco como estadista?
Siguiendo a Fernández de la Mora, Francisco Torres
sitúa en Ramiro de Maeztu y Víctor Pradera los dos
referentes doctrinales básicos del pensamiento de
Franco, en cuanto a la confesionalidad católica y la
articulación institucional del nuevo Estado; sin
descartar el regeneracionismo ambiente en que se forjó
su personalidad, y cuyo lema de Costa, "escuela y
despensa", será llevado a cabo por primera vez en
España durante su régimen.
El llamado "nacionalcatolicismo", término
habitualmente usado de forma despectiva pero que podemos
aceptar, quitándole su carga peyorativa, por su
extraordinario valor descriptivo, lo bebió Franco en las
páginas de Acción Española, revista de la que era
suscriptor. Se constituirá en uno de los dos ejes de su
política, que recibirá por ello la felicitación de
aquel gran Papa que fue Pío XII. El otro será la
elevación social de los españoles, creando esa gran
clase media que es su principal legado material a
España.
Y lo más destacable, señala Torres, es que todos los
objetivos cardinales de la obra de Franco, desde el
turismo hasta la construcción hidráulica, desde la
justicia social hasta la entrega a la Iglesia de la
formación de tres generaciones de españoles, están ya
en un discurso de 1937. Franco, pues, que sin duda fue un
pragmático, en el mejor sentido de la palabra, no fue en
modo alguno un oportunista: lo que hizo lo hizo por
convicción y conforme a un designio nítido celosamente
trabajado.
También apunta Torres un hecho que no es frecuente ver
reconocido: es durante su régimen cuando termina de
constituirse en España el Estado como entidad
permanente, cuando puede hablarse de verdad de una
Administración independiente de los avatares políticos,
que no tenga que renacer ex novo cada vez que tiene lugar
un cambio de régimen.
e) La razón. Si un régimen debe juzgarse por sus hechos
y de éstos recibe su legitimidad (es la tesis, ya
clásica, del "Estado de obras"), el de Franco
la obtuvo en grado sumo. En este breve capítulo se pasa
revista a sus principales realizaciones, con una
coherente defensa de la política económica seguida por
el Generalísimo, que también ha recibido inconsistentes
ataques. Se habla hoy día de la tragedia de la
emigración, pero no se dice que el período franquista
fue el período de menor emigración española de los
últimos siglos, y donde finalmente se invirtió ese
saldo en sentido positivo. En cuanto al crecimiento
económico, las cifras son todavía más claras: durante
la Restauración se creció al 1,8 por ciento, durante la
Dictadura al 2,7, y durante la República al 0,1 por
ciento; entre 1940 y 1953 el PIB español creció al 3,7
por ciento, al 4,6 entre 1954 y 1959, y hasta la muerte
de Franco al 7,5 por ciento anual. En otras palabras: el
crecimiento de la denostada fase autárquica del
franquismo multiplica por 35 el de la República, sin que
la obviedad de que salíamos de una guerra le quite valor
al dato.
Franco o la venganza de la Historia, obra que va
precedida de un prólogo y un epílogo del autor
(excelentes síntesis ambos), incluye también una
sugerente orientación bibliográfica y una cronología
militar del Caudillo, rematada con el texto de su
testamento político. Es éste un documento tan conocido
que tal vez hemos olvidado releerlo; y es un error,
porque en él se nos muestra Franco tal cual fue. En
palabras de Álvaro d'Ors (La violencia y el orden),
"no son palabras de un tirano, ni de un hombre que
muere con la conciencia angustiada. Son palabras de un
militar, que muere consciente de haber servido. (...)
Haría falta gran perversión moral para no reconocer
grandeza de alma en este testamento de Franco, un
documento histórico en el que brillan las virtudes más
encomiables".
Ése es el Franco real, el Franco que Francisco Torres
nos ha dibujado en una biografía completa, amena y
abundante en datos con los que refutar muchas de las
falacias antifranquistas que, con los objetivos antes
descritos, difunde el establishment partitocrático y
mediático de nuestro país.
Enrique Rodríguez Saavedra
|