Franco y el
Estado
El gran
historiador liberal P. Johnson escribe en su conocida
obra Tiempos modernos: «Antonio Salazar en Portugal y
Franco en España no sólo fueron los dictadores más
duraderos de la preguerra sino, con mucho, los de mayor
éxito, y es probable que la historia formule acerca de
ellos un juicio mucho más favorable que lo que estaba de
moda incluso a principios de los 80». Es curioso que,
precisamente en España, los juicios políticos
dominantes sobre Franco sean, aún más que críticos o
negativos, condenatorios, sobre todo cuando el régimen
actual, que, si se cuenta a partir de su muerte, también
tiene ya veinticinco años de existencia, no sólo es
históricamente una prolongación del suyo, sin el que
resultaría inexplicable, sino que la famosa transición
a la monarquía fue pergeñada por él en sus líneas
maestras. Por ejemplo, resulta difícil creer que sin su
personalísima decisión se hubiera restaurado aquella
institución -a fin de cuentas, la clave del régimen
establecido, continuación del de Franco-, mientras
muchas desaparecían. Es como si la II Restauración, a
falta de un verdadero enemigo político, necesitara
inventar uno imaginario para legitimarse retóricamente.
Las nuevas generaciones, por cierto, bastante más
incultas que las educadas durante la era de Franco, o no
tienen la menor idea de la figura de Franco o, en
general, la que tienen suele ser muy deformada, tanto
respecto a su persona cuanto a su papel histórico. En
verdad, su personalidad política ha sido objeto de
propaganda más que de estudio serio. Los juicios morales
son libres y se puede estar a favor o en contra; pero los
juicios políticos han de atenerse rigurosamente a los
hechos -wie es eigentlich gewesen, según la conocida
expresión de Ranke- y a la lógica de la ciencia
política, comparando en el plano histórico; para lo que
se necesita, por cierto, un sentido histórico político,
sin embargo muy pervertido desde que el leninismo empezó
a falsificar sistemáticamente la historia, habiéndose
generalizado hacia los años sesenta su interpretación
como instrumento predilecto de la ideología.
En la perspectiva histórica actual, el papel de Franco
recuerda bastante al de Cromwell, aunque Johnson prefiere
ver en él un soldado-estadista parecido a Wellington.
Desde luego, ni fue sólo un soldado ni un advenedizo.
Podrán criticársele muchas cosas, pero desde Felipe II,
pocos gobernantes españoles han tenido un sentido del
Estado comparable. Franco consolidó o, quizá mejor,
refundó el Estado instituido por Cánovas del Castillo,
otro de los escasos hombres de Estado hispanos.
La guerra de la Independencia no sólo había evidenciado
que no existía el Estado, sino que acabó con lo poco
que tenía de estatal la Monarquía Hispánica. La
historia española del siglo XIX giró así, quizá un
tanto inconscientemente, en torno al problema de
construir un Estado a la altura de los tiempos. Cánovas
hizo lo que pudo, pero la estatalidad canovista adolecía
de arraigo en la nación. Seguramente, la guerra civil
fue posible por la insuficiencia del Estado canovista,
pues el Estado es, conceptualmente, la antítesis de la
guerra civil.
En una nación poco centralizada políticamente, a pesar
de los intentos borbónicos de conseguirlo
administrativamente, durante todo el siglo XIX se
consideró a la monarquía, evocando la monarquía
Hispánica, una forma política no estatal, fenecida en
1834, el único lazo político existente. Y Cánovas
construyó un Estado monárquico, es decir, un Estado
cuyo centro era la monarquía, en tiempos en que la
estatalidad, aunque la monarquía le conviniese como
institución, no podía tenerla ya como titular de la
soberanía ni siquiera aparentarlo. Pues, desde la
revolución francesa, el soberano es, para bien o para
mal, la Nación, de modo que los titubeos de los
liberales del siglo XIX expresaban el arraigo de la
Monarquía Hispánica, pero no el Weltgeist.
El canovismo resultó ser un arreglo doctrinario entre la
Monarquía, antiguo titular de la soberanía, y el nuevo,
la Nación, con escaso protagonismo de esta última,
quizá porque fuese débil la burguesía, a la que se
consideraba portavoz de la Nación. Pero el resultado fue
que, en vez de enraizar el Estado en la Nación como
pedían los tiempos y poner como garante a la monarquía,
Cánovas trató de ponerla al abrigo de cualquier
contingencia y buscó la conexión entre la sociedad y el
Estado a través del caciquismo, no de la Nación. Tal
vez era imposible hacer otra cosa, pero el Estado no pudo
afrontar las nuevas realidades, que reclamaban el
protagonismo de la Nación como titular colectivo de
pleno derecho de la soberanía. Aun así, el canovismo
duró unos cuarenta años en conjunto fecundos, en tanto
se modernizó la sociedad -comenzó la
industrialización-, que, llegado un momento, iba a la
deriva por delante del Estado.
Franco acometió la tarea de adecuar la sociedad y la
estatalidad nacionalizando el Estado, como reclamaban
muchos regeneracionistas, entre ellos Ortega, poniéndolo
a la altura de los tiempos. Cualesquiera que fuesen sus
opiniones particulares al respecto, los hechos tampoco le
dejaron otra alternativa y, por decirlo así, como
auténtico hombre de Estado, se hizo cargo de la
necesidad histórica.
La II República había dado por bueno el Estado
existente, confundiendo el destronamiento del rey con la
puesta al día de la estatalidad. Además, el
internacionalismo de los partidos que dieron el tono
ideológico a la República tampoco era favorable a lo
estatal; lo que, por otra parte, dejó ver mejor las
carencias del Estado canovista y que la exigencia de
nacionalizar la estatalidad no era un tema retórico,
sino una necesidad objetiva. Es cierto que, iniciada la
contienda, la exaltación del sentimiento nacional -o su
explotación-, que, políticamente, siempre ha sido muy
débil en España, fue común en los dos bandos. Pero es
altamente significativo que el dirigido por Franco se
reconociese expresamente como el nacional desde el primer
momento; el mismo movimiento, símbolo de la
movilización total, fenómeno de masas común en la
época, se denominó nacional, y si fue un instrumento de
Franco, también cumplió el papel ideológico de
nacionalizar la sociedad y el Estado.
Mientras vivió Franco, el régimen fue una dictadura, en
principio de tipo comisario, que difundió y canalizó el
sentimiento nacional al mismo tiempo que construía un
Estado que, por las circunstancias de la contienda, más
que reconstrucción del canovista, fue un Estado nuevo,
rehecho desde la raíz.
Quizá puede esbozarse brevemente cómo se hizo desde el
punto de vista de los que, según ha mostrado Passerin
d'Entrèves, constituyen los tres planos de la
estatalidad: el de la fuerza, el del poder y el de la
autoridad.
La guerra civil, cuya conducción correspondió a Franco,
fue una demostración de fuerza frente a un enemigo muy
concreto que disponía en principio del aparato estatal.
La fuerza se instaló así, desde el primer momento, en
el seno del nuevo Estado. La fase de predominio de la
fuerza abarca, probablemente, el momento de la guerra
frente al enemigo interior y el de la posguerra hasta
1945 frente al enemigo interior latente y al posible
enemigo exterior, pues, durante esta segunda fase, estuvo
siempre presente la posibilidad de que España tuviese
que intervenir velis nolis en la segunda gran guerra
civil europea.
Concluida esta última,dio comienzo una etapa de
reorganización de la fuerza como poder, mediante el
establecimiento de un régimen de derecho que
racionalizaba su acción, que, naturalmente, tal como
preveía el preámbulo de la ley constitutiva de las
Cortes de 1942, ya no se limitaba al aspecto militar. El
ejército siguió constituyendo una base del régimen en
cuanto dictadura, pero el Estado se organizó al servicio
de fines nacionales definidos jurídicamente. El régimen
se consolidó, pues, como una suerte de dictadura
comisaria; es decir, un poder personal que excluía la
libertad política pero garantizaba las libertades
personales y sociales. Esta etapa, que correspondería a
la del soldado-estadista, se consolidó hacia 1958 ó
1959, iniciándose entonces la tercera, en la que el
papel de Franco hace evocar la figura de Cromwell.
Efectivamente, la reorganización del Estado como
indiscutible poder supremo durante la etapa anterior,
había hecho del mismo un elemento eficiente capaz de
marchar por sí sólo. Su nacionalización, alentada
también por la hostilidad exterior, había absorbido con
éxito los nacionalismos particularistas y el Estado
empezaba a poder dirigir a la sociedad con fines
nacionales. Pero durante esa misma etapa, Franco había
comenzado a ganar autoridad, tanto en el interior como
externamente, empezando a retirarse de la dirección
próxima de la vida política. Al final nombró incluso
un presidente del gobierno. Es más que una ironía el
consejo que se cuenta solía dar a los políticos y
colaboradores diciendo que él mismo no se metía en
política: así como Cromwell se intituló Lord Protector
de la República, Franco desempeñó desde entonces hasta
el final el papel de Protector del Estado.
Seguramente, concibió este mismo papel para la
monarquía. Monárquico de sentimientos aunque fuera leal
a la República hasta el último momento, cabe pensar que
su instauración teórica en fecha tan temprana como 1947
fue asimismo una maniobra política para estabilizar el
régimen. En todo caso, finalmente, vio en la monarquía,
heredera de su auctoritas, la manera más segura de
preservar el Estado-Nación por encima de personalismos y
banderías. Una monarquía es, igual que la dictadura,
una forma de mando personal. Un rey con plenos poderes,
protector del Estado, podría mantener el Estado Nacional
aun cuando cambiasen muchas cosas, como inevitablemente
tuvo que barruntar Franco, aunque no en el detalle.
En qué medida no estaba tan atado todo, lo esencial es
que el Estado se desnacionalizó luego hasta el punto de
rebrotar con fuerza los nacionalismos particularistas.
Esa es otra historia.
Dalmacio Negro
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