Razón Española, nº 104; Franco y el Estado

pag. principal Razón Española

Franco y el Estado

Por D. Negro

Valor, disciplina y lealtad indice El gran estadista

Franco y el Estado

El gran historiador liberal P. Johnson escribe en su conocida obra Tiempos modernos: «Antonio Salazar en Portugal y Franco en España no sólo fueron los dictadores más duraderos de la preguerra sino, con mucho, los de mayor éxito, y es probable que la historia formule acerca de ellos un juicio mucho más favorable que lo que estaba de moda incluso a principios de los 80». Es curioso que, precisamente en España, los juicios políticos dominantes sobre Franco sean, aún más que críticos o negativos, condenatorios, sobre todo cuando el régimen actual, que, si se cuenta a partir de su muerte, también tiene ya veinticinco años de existencia, no sólo es históricamente una prolongación del suyo, sin el que resultaría inexplicable, sino que la famosa transición a la monarquía fue pergeñada por él en sus líneas maestras. Por ejemplo, resulta difícil creer que sin su personalísima decisión se hubiera restaurado aquella institución -a fin de cuentas, la clave del régimen establecido, continuación del de Franco-, mientras muchas desaparecían. Es como si la II Restauración, a falta de un verdadero enemigo político, necesitara inventar uno imaginario para legitimarse retóricamente.

Las nuevas generaciones, por cierto, bastante más incultas que las educadas durante la era de Franco, o no tienen la menor idea de la figura de Franco o, en general, la que tienen suele ser muy deformada, tanto respecto a su persona cuanto a su papel histórico. En verdad, su personalidad política ha sido objeto de propaganda más que de estudio serio. Los juicios morales son libres y se puede estar a favor o en contra; pero los juicios políticos han de atenerse rigurosamente a los hechos -wie es eigentlich gewesen, según la conocida expresión de Ranke- y a la lógica de la ciencia política, comparando en el plano histórico; para lo que se necesita, por cierto, un sentido histórico político, sin embargo muy pervertido desde que el leninismo empezó a falsificar sistemáticamente la historia, habiéndose generalizado hacia los años sesenta su interpretación como instrumento predilecto de la ideología.

En la perspectiva histórica actual, el papel de Franco recuerda bastante al de Cromwell, aunque Johnson prefiere ver en él un soldado-estadista parecido a Wellington. Desde luego, ni fue sólo un soldado ni un advenedizo. Podrán criticársele muchas cosas, pero desde Felipe II, pocos gobernantes españoles han tenido un sentido del Estado comparable. Franco consolidó o, quizá mejor, refundó el Estado instituido por Cánovas del Castillo, otro de los escasos hombres de Estado hispanos.

La guerra de la Independencia no sólo había evidenciado que no existía el Estado, sino que acabó con lo poco que tenía de estatal la Monarquía Hispánica. La historia española del siglo XIX giró así, quizá un tanto inconscientemente, en torno al problema de construir un Estado a la altura de los tiempos. Cánovas hizo lo que pudo, pero la estatalidad canovista adolecía de arraigo en la nación. Seguramente, la guerra civil fue posible por la insuficiencia del Estado canovista, pues el Estado es, conceptualmente, la antítesis de la guerra civil.

En una nación poco centralizada políticamente, a pesar de los intentos borbónicos de conseguirlo administrativamente, durante todo el siglo XIX se consideró a la monarquía, evocando la monarquía Hispánica, una forma política no estatal, fenecida en 1834, el único lazo político existente. Y Cánovas construyó un Estado monárquico, es decir, un Estado cuyo centro era la monarquía, en tiempos en que la estatalidad, aunque la monarquía le conviniese como institución, no podía tenerla ya como titular de la soberanía ni siquiera aparentarlo. Pues, desde la revolución francesa, el soberano es, para bien o para mal, la Nación, de modo que los titubeos de los liberales del siglo XIX expresaban el arraigo de la Monarquía Hispánica, pero no el Weltgeist.

El canovismo resultó ser un arreglo doctrinario entre la Monarquía, antiguo titular de la soberanía, y el nuevo, la Nación, con escaso protagonismo de esta última, quizá porque fuese débil la burguesía, a la que se consideraba portavoz de la Nación. Pero el resultado fue que, en vez de enraizar el Estado en la Nación como pedían los tiempos y poner como garante a la monarquía, Cánovas trató de ponerla al abrigo de cualquier contingencia y buscó la conexión entre la sociedad y el Estado a través del caciquismo, no de la Nación. Tal vez era imposible hacer otra cosa, pero el Estado no pudo afrontar las nuevas realidades, que reclamaban el protagonismo de la Nación como titular colectivo de pleno derecho de la soberanía. Aun así, el canovismo duró unos cuarenta años en conjunto fecundos, en tanto se modernizó la sociedad -comenzó la industrialización-, que, llegado un momento, iba a la deriva por delante del Estado.

Franco acometió la tarea de adecuar la sociedad y la estatalidad nacionalizando el Estado, como reclamaban muchos regeneracionistas, entre ellos Ortega, poniéndolo a la altura de los tiempos. Cualesquiera que fuesen sus opiniones particulares al respecto, los hechos tampoco le dejaron otra alternativa y, por decirlo así, como auténtico hombre de Estado, se hizo cargo de la necesidad histórica.

La II República había dado por bueno el Estado existente, confundiendo el destronamiento del rey con la puesta al día de la estatalidad. Además, el internacionalismo de los partidos que dieron el tono ideológico a la República tampoco era favorable a lo estatal; lo que, por otra parte, dejó ver mejor las carencias del Estado canovista y que la exigencia de nacionalizar la estatalidad no era un tema retórico, sino una necesidad objetiva. Es cierto que, iniciada la contienda, la exaltación del sentimiento nacional -o su explotación-, que, políticamente, siempre ha sido muy débil en España, fue común en los dos bandos. Pero es altamente significativo que el dirigido por Franco se reconociese expresamente como el nacional desde el primer momento; el mismo movimiento, símbolo de la movilización total, fenómeno de masas común en la época, se denominó nacional, y si fue un instrumento de Franco, también cumplió el papel ideológico de nacionalizar la sociedad y el Estado.

Mientras vivió Franco, el régimen fue una dictadura, en principio de tipo comisario, que difundió y canalizó el sentimiento nacional al mismo tiempo que construía un Estado que, por las circunstancias de la contienda, más que reconstrucción del canovista, fue un Estado nuevo, rehecho desde la raíz.

Quizá puede esbozarse brevemente cómo se hizo desde el punto de vista de los que, según ha mostrado Passerin d'Entrèves, constituyen los tres planos de la estatalidad: el de la fuerza, el del poder y el de la autoridad.

La guerra civil, cuya conducción correspondió a Franco, fue una demostración de fuerza frente a un enemigo muy concreto que disponía en principio del aparato estatal. La fuerza se instaló así, desde el primer momento, en el seno del nuevo Estado. La fase de predominio de la fuerza abarca, probablemente, el momento de la guerra frente al enemigo interior y el de la posguerra hasta 1945 frente al enemigo interior latente y al posible enemigo exterior, pues, durante esta segunda fase, estuvo siempre presente la posibilidad de que España tuviese que intervenir velis nolis en la segunda gran guerra civil europea.

Concluida esta última,dio comienzo una etapa de reorganización de la fuerza como poder, mediante el establecimiento de un régimen de derecho que racionalizaba su acción, que, naturalmente, tal como preveía el preámbulo de la ley constitutiva de las Cortes de 1942, ya no se limitaba al aspecto militar. El ejército siguió constituyendo una base del régimen en cuanto dictadura, pero el Estado se organizó al servicio de fines nacionales definidos jurídicamente. El régimen se consolidó, pues, como una suerte de dictadura comisaria; es decir, un poder personal que excluía la libertad política pero garantizaba las libertades personales y sociales. Esta etapa, que correspondería a la del soldado-estadista, se consolidó hacia 1958 ó 1959, iniciándose entonces la tercera, en la que el papel de Franco hace evocar la figura de Cromwell.

Efectivamente, la reorganización del Estado como indiscutible poder supremo durante la etapa anterior, había hecho del mismo un elemento eficiente capaz de marchar por sí sólo. Su nacionalización, alentada también por la hostilidad exterior, había absorbido con éxito los nacionalismos particularistas y el Estado empezaba a poder dirigir a la sociedad con fines nacionales. Pero durante esa misma etapa, Franco había comenzado a ganar autoridad, tanto en el interior como externamente, empezando a retirarse de la dirección próxima de la vida política. Al final nombró incluso un presidente del gobierno. Es más que una ironía el consejo que se cuenta solía dar a los políticos y colaboradores diciendo que él mismo no se metía en política: así como Cromwell se intituló Lord Protector de la República, Franco desempeñó desde entonces hasta el final el papel de Protector del Estado.

Seguramente, concibió este mismo papel para la monarquía. Monárquico de sentimientos aunque fuera leal a la República hasta el último momento, cabe pensar que su instauración teórica en fecha tan temprana como 1947 fue asimismo una maniobra política para estabilizar el régimen. En todo caso, finalmente, vio en la monarquía, heredera de su auctoritas, la manera más segura de preservar el Estado-Nación por encima de personalismos y banderías. Una monarquía es, igual que la dictadura, una forma de mando personal. Un rey con plenos poderes, protector del Estado, podría mantener el Estado Nacional aun cuando cambiasen muchas cosas, como inevitablemente tuvo que barruntar Franco, aunque no en el detalle.

En qué medida no estaba tan atado todo, lo esencial es que el Estado se desnacionalizó luego hasta el punto de rebrotar con fuerza los nacionalismos particularistas. Esa es otra historia.



Dalmacio Negro

 


 

Valor, disciplina y lealtad indice El gran estadista

Cartas a Razón Española

Buzon Pulse aquí para enviar correo


La obra de Razón Española es propiedad registrada
Prohibida la reproducción total o parcial de estos documentos sin previa autorización y acuerdo.