LIBROS: El legado de Franco. nº 104 Razón Española

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LIBROS: El legado de Franco. nº 104

Comentarios de A. Landa al libro de V.V. A.A..

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LIBROS: El legado de Franco

VV.AA.: El legado de Franco, ed. Fundación Nacional Francisco Franco, vol. II, Madrid 2000, 428 págs.



Como en el volumen anterior, se recoge en este segundo tomo trabajos de diecisiete autores acerca de distintos aspectos de la persona y de la obra del Generalísimo.

Alfredo Sánchez-Bella se refiere a lo realizado para robustecer la Comunidad Hispánica de Naciones, sobre todo merced al Instituto de Cultura Hispánica, al que ahora, en un pueril intento de expropiación indebida, se ha cambiado el nombre y, lo que es más grave, se ha vaciado de contenido. Entonces, la futura clase dirigente de las repúblicas hermanas se formaba en España y en la solidaridad histórica con ella. Y cita la sentencia del argentino Ernesto Palacios: "Lo nuestro no es hispanofilia, sino hispanofiliación".

José Ignacio de Arrillaga analiza el esfuerzo realizado para desarrollar la que sería la primera industria española, la turística: creación de una gran estructura hotelera, aeropuertos y vías de comunicación, obras hidráulicas y estaciones potabilizadoras y, sobre todo, paz social y cordial acogida. En 1942 nos visitaron un millón y medio de extranjeros, y en 1980 casi veintitrés millones. Había en 1945 tres campos de golf y ahora hay más de doscientos. Y así sucesivamente.

El coronel Eduardo Fuentes estudia los ejércitos españoles desde el potente creado durante la guerra civil hasta el anémico actual, que parece casi en trance de reducción a una policía mercenaria. Y, de pasada, valora el genio militar de Franco como "estratega efectivo" quien luego logró dotar a su patria de una milicia de "gran capacidad defensiva" que actuó como factor disuasorio en la II Guerra Mundial.

Jesús López-Medel rinde tributo a la Milicia Universitaria, creada por Franco y en la que se formaron 120.000 jóvenes españoles que sirvieron de enlace entre la sociedad civil y el ejército.

Jaime de Piniés narra la historia de la reivindicación gibraltareña, que alcanza un momento de apogeo en los años del mandato de Castiella, cuyos sucesores, siempre bajo la inspiración de Franco, mantuvieron el cerco a la plaza y el cierre de la frontera hasta que Marcelino Oreja y Fernando Morán se rindieron ante la presión inglesa y restablecieron las ominosas condiciones de colonización que habíamos padecido durante el siglo XIX. Como escribe el embajador Piniés: "Ni los Acuerdos de Lisboa de 1980 ni los de Bruselas de 1985 sirvieron para nada. Se retrocedió considerablemente".

Juan de Arespacochaga subraya que la instauración de la Monarquía fue una personal decisión de Franco, a pesar de que los falangistas eran mayoritariamente republicanos y los carlistas presentaban una candidatura distinta de la alfonsina. Respecto al golpe militar del 22 de febrero escribe: "Me mantengo en mi postura de siempre de que el Rey no sólo conocía sino que amparaba desde su comienzo una actuación que a principios de 1981 se consideraba absolutamente necesaria por la mayoría". El autor requiere al monarca a que "revise el actual desarrollo ilimitado del plan autonómico"; pero no se tiene en cuenta que fue el propio don Juan Carlos quien por Reales Decretos estableció las autonomías antes de promulgarse la Constitución de 1978.

Angel López de Fez se pregunta por el origen social de los mandos del sindicalismo vertical y aporta una serie de biografías para llegar a la conclusión de que muchos de ellos procedían "de las antiguas CNT y UGT, y todos de la fábrica, el taller, el campo, la mina, la pesca, el comercio". Y cita los resultados de elecciones sindicales en las que participaba más del 80% del censo.

Juan Luis Calleja describe el acelerado proceso de industrialización, gracias en gran parte al Instituto Nacional de Industria, creado por Franco en 1940 y encomendado a Juan Antonio Suances, a quien sus adversarios tachaban de ser un Julio Verne por su imaginación, que luego resultó realista. Sólo un dato: la producción industrial se multiplicó por diez entre 1960 y 1975. Una nación subdesarrollada y agrícola se transformó en gran potencia industrial. En la Edad Contemporánea, mientras los grandes países efectuaban la revolución industrial, España se quedaba atrás a causa de "las disensiones dinásticas, las guerras coloniales, el cantonalismo, las trifulcas, los pronunciamientos...", hasta que Franco superó tal situación. Concluye el autor: "Fue la autoridad imperiosa de un hombre la que dio a su gobierno la dirección terapéutica necesaria para devolver a España la salud".

El ingeniero agrónomo José García Gutiérrez expone la inmensa labor realizada desde 1958 por el Servicio de Extensión Agraria, que permitió elevar en más de un 30% las producciones básicas de cereales, patata, vid, fruta, leche y carne. Se fomentó la empresa familiar, la concentración parcelaria, los precios básicos garantizados, etc.

Carlos de Meer, en un trabajo que es una síntesis estadística sumamente lúcida, explica el "milagro económico español", que transforma un país, en ruinas y con una relativa autarquía impuesta por el bloqueo, en la octava potencia industrial del mundo. Unos datos entre muchos: en 1940 se producía 1.200.000 toneladas de acero y en 1975 se llegó a 11.300.000. En 1940 se consumía 5 kg de papel por habitante y año, y en 1970 once veces más. Y así sucesivamente. El balance económico de la era de Franco es el más brillante de la historia de España. Los efectos sociales son trascendentales: en 1940 la clase media constituía el 18% de la población, y en 1974 esa cifra casi se cuadriplica hasta alcanzar el 66%.

José Zafra Valverde define la derogación de la Ley de Principios del Movimiento como un "atropello" y entiende que cuando se haya superado el actual "espíritu de contradicción" habrá que volver a la esencia de dichos principios.

Licinio de la Fuente entiende que la justicia social fue el propósito principal de la política durante la era de Franco y que las estructuras de la Seguridad Social fueron puestas en pleno funcionamiento entonces. Con un gasto público que era porcentualmente la mitad del actual se construyeron casas baratas, camas de hospital y Universidades Laborales y se logró que la renta por habitante se acercara a la media de los países avanzados de Europa hasta niveles de convergencia luego perdidos por la II Restauración. Y no duda en calificar la gestión de "socialista" en sentido literal, no partitocrático.

Alfonso Álvarez de Miranda insiste en el progreso industrial, que es una de los grandes realizaciones de la era de Franco. Destaca la función del INI y de los Planes de Desarrollo. Un dato: entre 1940 y 1975, la potencia hidráulica instalada se multiplica por nueve, y la térmica por 32. Y se inicia la producción de energía nuclear, ahora paralizada, lo que nos somete a la voluntad de los productores de petróleo. También glosa el Plan Energético Nacional de 1975, luego incumplido.

Luis Suárez y Jesús Suevos argumentan en sus respectivos trabajos que España es una "unidad de destino en lo universal", según la definición joseantoniana. El primero se apoya en la Historia, y el segundo en el análisis sociológico. Suárez destaca que el modelo seguido para la unificación no fue el castellano, como suele afirmarse, sino el aragonés, que era federal.

El volumen se cierra con el extracto de una conferencia de Fernández de la Mora sobre lo que España debe a Franco.

Esta II Restauración se caracteriza por la demonización de la figura de Franco y por el silencio o la desfiguración de lo realizado en España bajo su mandato. Es una vileza y una falacia, como demuestran hasta la saciedad los colaboradores de este volumen, imprescindible.

A. Landa



 

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