Los Enemigos de
Franco
En su
admirable testamento político, Francisco Franco
declaraba perdonar a cuantos se declararon sus enemigos,
aunque él sólo reconocía como enemigos suyos a los que
lo fueron "de España". Perdonaba como debe
hacerlo un buen cristiano, pero venía a identificarse
con la nación española a efectos de la discriminación
política. Porque, decía Carl Schmitt, la esencia de lo
político está en la discriminación del enemigo; por
eso, la declaración de no tener enemigos personales no
puede conllevar el desconocimiento del enemigo político.
En este sentido, también la Iglesia reconoce tener
enemigos.
Entra también en la naturaleza de la enemistad política
la comprensión de los distintos enemigos dentro de un
único término: se discrimina al enemigo, pero no entre
ellos. Esta simplificación es un gran recurso de la
propaganda política. Piénsese, por ejemplo, en la
eficacia que tuvo, en la propaganda estaliniana, haber
reducido todo tipo de enemigo al término
"fascista": cualquiera que no se adhiriera al
comunismo estaliniano quedaba calificado de
"fascista". Hoy prosigue esa gran propaganda,
aunque estemos lejos del estalinismo; pero esta
perseverancia terminológica favorece eficazmente que,
pese a los cambios estratégicos mundiales, la ética
comunista siga vigente, a cambio, esto sí, de abstenerse
de intervenir en la economía, baluarte intangible del
capitalismo.
También en España, la propaganda política oficial
acuñó el término "anti-España" como común
denominación de lo que se oponía al nuevo régimen
político de Franco. Hasta el extremo de que algún joven
jurista, que luego resultó más político que jurista,
se atrevió a desacreditar un cierto artículo del
Código civil que no se acomodaba en su particular
opinión como norma no vigente por ser de la
"anti-España". Pero si la política necesita
ceñir a todos los enemigos con un término único, es
más propio de nuestro oficio intelectual de jurista no
simplificar, sino analizar y distinguir entre los que se
presentan como "enemigos" en un determinado
momento histórico.
Es frecuente hablar hoy de "antifranquismo",
pero hemos evitado deliberadamente este término. Ya por
un reparo lingüístico, quizás excesivo para conseguir
rectificar un uso muy difundido, que es el de no componer
una palabra híbrida, con un prefijo griego unido a lo
que no es griego. Híbridos de este género, como la ya
inevitable "sociología" o, en razón de la
desinencia, "tanatorio", son hoy
lamentablemente frecuentes, pero insanables. Respecto al
prefijo "anti-", se ha producido una confusión
con el latino "ante-", que no significa
"contra", como el "anti-" griego,
sino "antes" o "delante". Es inútil
ya pretender sustituir el "anti-" por el
"contra" del castellano, y decir
"contrafranquismo".
Pero, sobre todo, aquella otra palabra viene a servir a
la simplificación propia, como hija de la propaganda
política y no del análisis intelectual. Por eso he
preferido hablar, en plural, de enemigos; no "de
España", sino "de Franco", aunque él no
quisiera reconocerlos como "enemigos" si no lo
eran políticos "de España".
No se trata ahora, naturalmente, de confeccionar una
"nómina de enemigos", sino de ofrecer una
pauta para su clasificación, y permitir hacer
distinciones muy atendibles entre los distintos tipos de
enemistad personal. Es claro que esta enemistad tiene
consecuencias políticas, pero, precisamente para poder
distinguir, hace falta considerar la personalidad del
enemigo en relación con la del mismo Franco. También la
amistad, que es algo esencialmente personal, puede
presentarse como política, pero siempre bien
diferenciada por su especialidad.
Debo advertir que, aunque la enemistad pueda traer sus
causas del pasado, la clasificación que ahora presento
se refiere a la enemistad actual, después de haber
muerto Franco, hace ya un cuarto de siglo. Porque los
muertos se llevan su personal responsabilidad, pero dejan
siempre la de sus enemigos vivos.
Una clasificación consiste siempre en hacer grupos y
subgrupos; también ésta. La primera división es de
tres tipos generales de enemigos: los perseverantes, los
purgantes y los ignorantes, y dentro de cada uno de estos
tres grupos hay que hacer otras distinciones.
a) Llamo perseverantes a los enemigos "de
antes", es decir, ''beligerantes'' de la Guerra
Española de 1936-1939, aunque no hay que olvidar que
hubo una preguerra en Asturias, en 1934, de la que ya
Franco había salido vencedor militar, aunque con
consecuencias políticas muy efímeras, pues antes de un
bienio se desencadenó la revolución anárquica que
llevó a la reacción del Alzamiento militar de 1936. En
realidad, como no ha dejado de decirse, la guerra había
empezado ya en 1934; pero la distinción cronológica no
deja de tener interés para la distinción entre los
propiamente beligerantes, que fueron en parte los mismos
en ambos momentos y los adversarios ''distanciados'',
como los exiliados, que sólo aparecen en el segundo
momento bélico.
En rigor, enemigos de la revolución de Asturias en 1934
fueron los comunistas o afines, y sólo desde 1936 se
unieron a ellos los separatistas; pero los de Cataluña
podían considerarse aliados ya desde entonces; en
cambio, los vascos sólo se alinearon con la revolución
en 1936, y por una decisión de última hora; en efecto,
a los vascos se les presentaba el dilema entre religión
y política, que sólo con perplejidad, y hasta
paradójicamente, se resolvió por una razón política.
Es explicable que estos enemigos beligerantes sigan
siéndolo, a pesar de haber sido vencidos por las armas;
las circunstancias políticas de la posguerra mundial han
venido a reparar su derrota con la victoria internacional
contraria. Al cabo de los años, aquellos vencidos han
llegado a sentirse vencedores, pero no olvidan al hombre
que los venció, y no fue, él, nunca vencido. Murió en
su puesto, pero la hostilidad sigue, incluso de forma
bélica; por ejemplo, en el separatismo vasco, aunque sea
a modo de "guerra sucia".
Pero a estos perseverantes enemigos españoles se unen
los beligerantes extranjeros, con lo que el grupo de
perseverantes queda enormemente ampliado. En efecto,
aparte de los que combatieron en las Brigadas
Internacionales, se habían de solidarizar todos los que
se hallaron en guerra, aunque personalmente no fueran
combatientes, contra los aliados del Ejército nacional
de España: principalmente, el "Eje" de
Alemania e Italia.
Quizá pueda decirse que no se trataba de hostilidad
contra estas naciones, sino contra los jefes que las
gobernaban; pero, en aquel momento, era indiscutible que
tales gobernantes, aunque fuera por el respeto que se
debe a todo poder constituido, representaban a la inmensa
mayoría de sus pueblos. No hablo de responsabilidades
colectivas, pues la responsabilidad es siempre personal,
aunque pueda parecer solidaria, sino del hecho
indiscutible de una adhesión popular a los respectivos
jefes.
Quizá, por la deformación inevitable que se produce con
el transcurso del tiempo, puedan pensar algunos que la
adhesión popular a los respectivos jefes fue del pueblo
menos culto, pero no de los intelectuales. Contra esto
hay que recordar que, ciertamente, muchos intelectuales
tuvieron que distanciarse por ser de raza judía,
también, aunque más tardíamente, en Italia, pero que
la intelectualidad, en general, no discrepó del pueblo;
así se explica que los dos más destacados filósofos de
Alemania e Italia, respectivamente, estuvieran con sus
jefes políticos: Heidegger y Gentile, éste
ignominiosamente asesinado por la Resistencia, con la
complicidad inglesa, el 15 de abril de 1944. La
proporción entre exiliados, mayormente judíos, y
conformistas incluso sin reservas, pudo variar según los
lugares y especialidades académicas, pero, por lo que a
mi campo científico afecta, puedo decir que, dejando
aparte a los exiliados judíos, romanistas alemanes e
italianos muy destacados permanecieron adictos a sus
respectivos regímenes políticos. Si he recordado esto
aquí, ha sido por obviar la falsa idea de que los
intelectuales estuvieron siempre contra sus respectivos
jefes "totalitarios".
En fin, la secuela de esa discriminación bélica
internacional amplió enormemente, tras la victoria
aliada, el número de los "enemigos" del que
consideraban "amigo" de los vencidos. Por lo
demás, la perseverancia de la enemistad de estos
beligerantes nacionales o extranjeros había de continuar
en sus respectivas estirpes, que, aunque ajenas ya a la
contienda, mantendrían la enemistad de sus antecesores.
Todo esto aumenta el número de los enemigos de Franco.
Por adversarios distanciados entiendo aquellos españoles
que, sin haber tomado personalmente las armas contra
Franco, optaron por el exilio. Dentro de este grupo las
diferencias son muy notables, pues puede comprender desde
quizá delincuentes huidos, y beligerantes escapados de
la contienda, hasta personas inicialmente adheridas a la
contrarrevolución, pero luego decepcionadas en sus
expectativas de protagonismo político, que prefirieron
alejarse de España en tanto no se aclarara el resultado
de la guerra; algunos de ellos eran liberales
antidemocráticos (aquí el anti- es correcto) que,
perseguidos por el socialismo, huyeron sin aceptar en
modo alguno el nuevo régimen. Entre estos distanciados,
exiliados o no, no dejaba de haber aquellos que,
inicialmente partidarios, quedaron defraudados en sus
expectativas de cierto protagonismo político que las
circunstancias de la guerra y el celo del jefe hacían
inviables. Puede así distinguirse, dentro de este grupo
de enemigos distanciados, los adversarios de los
propiamente rivales. Incluir a todos los distanciados en
el concepto de "exiliados" sería una
simplificación antihistórica, fueran cuales fueran las
asociaciones coyunturales que entre ellos hubieran podido
darse, pues algunos de ellos no huyeron de España.
b) El segundo gran grupo de enemigos es el de los que
denomino purgantes. Son aquellos que, por distintas
causas, se creyeron en la necesidad de "purgar"
su adhesión a Franco y declararse enemigos de él.
Algunos de éstos que llegaron a ser enemigos procedían
de ideolo-
gías liberales e incluso socialistas, pero, ante la
necesidad de optar por uno de los dos bandos enfrentados,
lo hicieron por el "nacional". En muchos casos
esta opción pudo venir determinada por el hecho de
hallarse en la zona nacional al iniciarse el conflicto,
pero también algunos de ellos se encontraban en el
extranjero y optaron por lo que les parecía una
exigencia mínima de orden contra la revolución
anárquica; éste fue el caso de jóvenes intelectuales
que se hallaban pensionados en el extranjero por razón
de estudios, que no sólo optaron por adherirse al
alzamiento militar, sino que también lo hicieron con
fervor político y llegaron a ocupar cierto protagonismo
en el régimen, ya desde antes del final de la contienda;
pero luego, sin esperar la desaparición del nuevo
régimen, reavivaron su antigua ideología y se alinearon
en la oposición. Éste es el grupo de los que llamo
reversos.
Distinto de estos reconvertidos a su anterior ideología
política de juventud es el grupo de los que llamo
tránsfugas. Son aquellos que nunca tuvieron otra
posición ideológica que la favorable a Franco, pero
luego, al decaer la expectativa de continuidad y, sobre
todo, tras la muerte de aquél, optaron por considerarse
como enemigos, con el propósito de tener una mejor
situación en un nuevo régimen político. Quizá la
palabra "tránsfuga" pueda parecer
excesivamente dura, pues es claro que de un hombre
político, por su propio talante, no hay que esperar
siempre una lealtad indefectible que le inhabilite para
su futura carrera en la gestión pública para la que se
cree destinado.
A su vez, distinto del tránsfuga es el que llamo
transeúnte. También éste ha cambiado de orientación
política, pero, no tanto por el deseo de. mantenerse en
condiciones personales de actuar en la vida política,
cuanto por la convicción que no deja de ser apreciable,
incluso patriótica, de servir al tránsito pacífico a
un nuevo régimen inevitable; puede haber ocurrido que
hayan seguido teniendo su papel en el nuevo régimen,
pero su intención principal no era la de procurarse la
continuidad política personal, sino la de salvar sin
violencia el tránsito causado por la imposibilidad de
"sucesión" en la legitimidad fundada en una
victoria militar. En este sentido, hablo de
"transeúntes" y no de "tránsfugas",
pues sería del todo injusto, a pesar de las apariencias,
considerarlos traidores a la causa que venían
defendiendo. Es más, en mi opinión, tampoco como
perjuros, porque los juramentos de fidelidad política a
una persona no pueden prescindir de la relatividad que
les afecta por la naturaleza personal de esa causa y la
consideración de la coyuntura de hecho. Todo juramento
político proviene, históricamente considerado, del
juramento militar; éste obliga a defender a un jefe o a
una bandera como símbolo de un grupo humano, actual o
potencialmente beligerante, pero supone concretamente
esta beligerancia, desaparecida la cual, el juramento
pierde su sentido. Así, cuando la "causa" ha
dejado de ser beligerante, los que juraron defenderla no
pueden quedar indefinidamente obligados por su juramento.
La experiencia bélica muestra cómo, tras la rendición
de un ejército, es lícito que algunos de sus jefes
intervengan en el armisticio sin faltar a su lealtad. Y
creo que esta consideración de la realidad de la lealtad
jurada puede servir para no considerar desertores o
tránsfugas a los que se prestaron a un pacífico
tránsito y por eso llamo "transeúntes";
también ellos intervinieron en un armisticio o arreglo
de paz.
c) Finalmente, los ignorantes. Éstos son los que se
consideran enemigos de Franco por desconocimiento de lo
que éste fue y significó para la historia de España en
el siglo XX: su principal figura, indiscutiblemente, de
la que se puede ser enemigo, pero no debiera ser por
ignorancia. Como siempre, la ignorancia puede ser
inconsciente o voluntaria.
Es comprensible que muchos jóvenes, mal instruidos en la
Historia de España más reciente, tengan una idea tan
superficial como falsa de Francisco Franco y de la Guerra
española que él capitaneó, y que, por ello, sigan
dócilmente la propaganda propalada por los otros
enemigos, a los que irreflexiblemente se asocian por pura
indolencia. Pero hay otros, jóvenes o menos jóvenes,
que, aun presintiendo que la mala fama propalada no
corresponde a la realidad, se niegan a rectificar su
voluntaria ignorancia.
Quizá se diga que nadie reconocerá ser enemigo por
ignorancia voluntaria, del mismo modo que no se puede
esperar un reconocimiento de la propia mala fe. Pero no
podemos dejar de ver el carácter residual de esta
última categoría de enemigos. En efecto, cuantos no se
reconozcan enemigos perseverantes o purgantes lo son por
ignorancia, y, si se obstinan en no revisar su propia
ignorancia, es claro que vienen a quedar en esta otra
categoría residual de enemigos, que es más numerosa de
lo que se podría esperar.
Puede alguien pensar que un juicio adverso sobre Franco,
como sobre cualquier otro personaje de la Historia,
resulta a veces de un estudio desapasionado de ésta;
esto siempre es posible, pero, precisamente por tratarse
de un juicio objetivamente histórico, no resulta
compatible con el sentimiento de una actual enemistad,
como tampoco puede esto ocurrir con un juicio adverso
sobre, por ejemplo, Godoy, Prim, Azaña o cualquier otra
figura de nuestra Historia más reciente.
Es evidente que podríamos señalar ejemplos nominados de
estos distintos tipos de enemistad, pero nada más lejos
de nuestra intención. Como decía al principio, sólo
pretendía ofrecer una clasificación de los distintos
tipos de enemistad. En primer lugar, para evitar la
simplificación de la propaganda política, que trata en
bloque a los que considera enemigos, sin distinguir entre
ellos. En segundo lugar, para facilitar a los que se
declaran hoy enemigos de Franco su inserción en alguno
de los grupos señalados.
Para facilitar esta ubicación de la propia enemistad,
ofrezco la siguiente sinopsis de los grupos que he
distinguido:
| |
|
|
|nacionales |
| |
|
|beligerantes |
| |
| |
|
| |
|extranjeros |
| |
|perseverantes |
| |
|
| |
| |
| |
|adversarios |
| |
| |
|distanciados |
| |
| |
| |
|
|rivales |
| Enemigos |
| |
|
|
| |
| |
|reversos |
|
| |
|purgantes |
|tránsfugas |
|
| |
| |
|transeúntes |
|
| |
| |
|
|
| |
| |
|inconscientes |
|
| |
|ignorantes |
| |
|
| |
|
|voluntarios |
|
| |
|
|
|
| Álvaro
d'Ors |
|
|
|
|