Razón Española, nº 104; Razón de la Historia

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Razón de la historia

Editorial

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Razón de la historia

El relato histórico ideal no sería la imagen ofrecida por un espejo colocado ante un acontecimiento humano. Esa imagen virtual sería inabarcable por la riqueza de sus detalles; sería atemporal porque reflejaría momentos y no procesos; sería superficial porque no revelaría motivaciones sino resultados; sería irracional porque no esclarecería causas. Tendría, en cambio, la ventaja de ser una información minuciosa y fidedigna.

La obligación primaria del historiador es la búsqueda de datos ciertos y suficientes. No a la tentación fabuladora para colmar lagunas de las fuentes. No a la falacia para demostrar hipótesis o prejuicios. El pasado es inamovible; lo acontecido no puede ser deshecho y hay que aceptarlo tal como fue. Cabe reescribir una narración, incluso reconstruir un suceso, pero no rehacerlo. Es la apodíctica sentencia medieval: Quod factum est infactum fieri nequit. La exigencia de información exacta es ardua porque en todo testimonio laten elementos de subjetividad, y porque hay acontecimientos importantes sobre los que no aparece ningún testimonio fiable.

El segundo mandamiento es seleccionar lo significativo y relegar lo insignificante. A medida que se retrocede en el tiempo, van escaseando los testimonios hasta un punto en que todo resulta revelador. Pero, inversamente, en la contemporaneidad el volumen de los materiales informativos no cesa de crecer, y lo difícil es cribarlos para extraer lo realmente esencial. El anecdotario porteril es cada día más asequible al cronista; pero rara vez es iluminador del curso de la Humanidad. Todo pasado es histórico, pero no todo es Historia. Después de averiguar, hay que ordenar y triar.



El tercer imperativo es dar razón de lo acontecido. Esa tarea es ímproba porque todo hecho es individual e irrepetible, y toda acción humana es libre por lo que ambos son de difícil racionalización. La indeterminación y la infinita complejidad del acontecer humano no permiten conceptuarlo como las órbitas de los astros. Dar razón de sucesos con altas dosis de arbitrariedad, como son los del hombre, no es mostrar su necesidad, sino su imbricación dentro de un contexto. No se trata de justificar los crímenes, las guerras o las instituciones perversas como la esclavitud, sino de explicarlos desde las circunstancias en que se produjeron. No se trata de reducir a ecuaciones las conductas de minorías y masas, sino de establecer correlaciones que hagan no sólo intuibles, sino inteligibles, aquellos sucesos que condicionan el presente y el futuro. Por ejemplo, ni España se comprende sin la romanización, ni Hispanoamérica sin la hispanización.



El cuarto mandamiento es la neutralidad axiológica o abstención de canonizar o anatematizar en función de subjetivismos. Desde el modelo institucional de Locke y de Rousseau ninguna forma política preilustrada se salvaría de la condenación; desde la ortodoxia coránica casi ningún régimen aprobaría el examen. La Historia es maestra de la vida porque enseña que unas causas produjeron ciertos efectos; pero el historiador carece de títulos para erigirse en juez universal. Relatar y dar razón de los sucesos no es sentenciar y separar a buenos de malos. La más soberbia y gratuita de las pretensiones historiográficas es la tan frecuente de exaltar y reprobar, la de predicar en vez de contar.



El quinto imperativo es la independencia. Los líderes siempre han buscado cronistas áulicos complacientes en el uso de la palabra y del silencio. Las sociedades gustan de que los relatos aparezcan calificados, según los criterios dominantes. Es difícil encontrar historiadores que se hayan mantenido completamente independientes del poder o de la presión social. Cuando se hace la crítica de testimonios del pasado hay que depurarlos de prejuicios personales o colectivos. Es arquetípico el caso de las biografías mitificadas de Alejandro, en menor escala tan repetido.



El sexto mandamiento es no caer en la manipulación de futuribles, un conocimiento que los teólogos dudan que lo posea Dios. ¿Qué habría acontecido en la cuenca mediterránea si Julio César no hubiera sido asesinado, o en el mundo si los Estados Unidos no hubieran intervenido en el último conflicto mundial? Hay efectos inmediatos que son previsibles con una cierta probabilidad. Por ejemplo, lo que habría sido el catolicismo español si hubiesen triunfado en la guerra civil los protagonistas de la persecución religiosa. Pero, a medio plazo y a gran escala, tales extrapolaciones son vanas cuando no perversas.

Estos mandamientos no han dejado de violarse desde los tiempos del padre Herodoto; pero quizás nunca se ha llevado tan lejos como ahora la politización de la Historia. Los poderes, cada vez más poderosos, aspiran, como en la fábula famosa de Orwell, no sólo a que se les describa según sus deseos, sino a que el pasado se reinvente a su gusto y se demonice a unos y se beatifique a otros en función de disimilitudes o de parecidos, y de conveniencia o inconveniencia con lo presente. ¿Hay una sola crónica estalinista con elogios a Nicolás II? Han tenido que pasar tres cuartos de siglo para que la vida del zar pueda ser contada en ruso sin odio. Aunque con menos radicalidad, la situación se da en nuestros días. Tal aberración intelectual no descalifica a las víctimas, sino a los ejecutores, a los que blanden la Historia como una tea o un látigo.



Los relatos con odio o a sueldo son un atentado al logos porque no dan razón, sino sinrazón; pero no suelen perdurar. Los hechos son tercos y sobreviven a los manipuladores. Tiempo al tiempo.



 

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