Razón de la
historia
El
relato histórico ideal no sería la imagen ofrecida por
un espejo colocado ante un acontecimiento humano. Esa
imagen virtual sería inabarcable por la riqueza de sus
detalles; sería atemporal porque reflejaría momentos y
no procesos; sería superficial porque no revelaría
motivaciones sino resultados; sería irracional porque no
esclarecería causas. Tendría, en cambio, la ventaja de
ser una información minuciosa y fidedigna.
La obligación primaria del historiador es la búsqueda
de datos ciertos y suficientes. No a la tentación
fabuladora para colmar lagunas de las fuentes. No a la
falacia para demostrar hipótesis o prejuicios. El pasado
es inamovible; lo acontecido no puede ser deshecho y hay
que aceptarlo tal como fue. Cabe reescribir una
narración, incluso reconstruir un suceso, pero no
rehacerlo. Es la apodíctica sentencia medieval: Quod
factum est infactum fieri nequit. La exigencia de
información exacta es ardua porque en todo testimonio
laten elementos de subjetividad, y porque hay
acontecimientos importantes sobre los que no aparece
ningún testimonio fiable.
El segundo mandamiento es seleccionar lo significativo y
relegar lo insignificante. A medida que se retrocede en
el tiempo, van escaseando los testimonios hasta un punto
en que todo resulta revelador. Pero, inversamente, en la
contemporaneidad el volumen de los materiales
informativos no cesa de crecer, y lo difícil es
cribarlos para extraer lo realmente esencial. El
anecdotario porteril es cada día más asequible al
cronista; pero rara vez es iluminador del curso de la
Humanidad. Todo pasado es histórico, pero no todo es
Historia. Después de averiguar, hay que ordenar y triar.
El tercer imperativo es dar razón de lo acontecido. Esa
tarea es ímproba porque todo hecho es individual e
irrepetible, y toda acción humana es libre por lo que
ambos son de difícil racionalización. La
indeterminación y la infinita complejidad del acontecer
humano no permiten conceptuarlo como las órbitas de los
astros. Dar razón de sucesos con altas dosis de
arbitrariedad, como son los del hombre, no es mostrar su
necesidad, sino su imbricación dentro de un contexto. No
se trata de justificar los crímenes, las guerras o las
instituciones perversas como la esclavitud, sino de
explicarlos desde las circunstancias en que se
produjeron. No se trata de reducir a ecuaciones las
conductas de minorías y masas, sino de establecer
correlaciones que hagan no sólo intuibles, sino
inteligibles, aquellos sucesos que condicionan el
presente y el futuro. Por ejemplo, ni España se
comprende sin la romanización, ni Hispanoamérica sin la
hispanización.
El cuarto mandamiento es la neutralidad axiológica o
abstención de canonizar o anatematizar en función de
subjetivismos. Desde el modelo institucional de Locke y
de Rousseau ninguna forma política preilustrada se
salvaría de la condenación; desde la ortodoxia
coránica casi ningún régimen aprobaría el examen. La
Historia es maestra de la vida porque enseña que unas
causas produjeron ciertos efectos; pero el historiador
carece de títulos para erigirse en juez universal.
Relatar y dar razón de los sucesos no es sentenciar y
separar a buenos de malos. La más soberbia y gratuita de
las pretensiones historiográficas es la tan frecuente de
exaltar y reprobar, la de predicar en vez de contar.
El quinto imperativo es la independencia. Los líderes
siempre han buscado cronistas áulicos complacientes en
el uso de la palabra y del silencio. Las sociedades
gustan de que los relatos aparezcan calificados, según
los criterios dominantes. Es difícil encontrar
historiadores que se hayan mantenido completamente
independientes del poder o de la presión social. Cuando
se hace la crítica de testimonios del pasado hay que
depurarlos de prejuicios personales o colectivos. Es
arquetípico el caso de las biografías mitificadas de
Alejandro, en menor escala tan repetido.
El sexto mandamiento es no caer en la manipulación de
futuribles, un conocimiento que los teólogos dudan que
lo posea Dios. ¿Qué habría acontecido en la cuenca
mediterránea si Julio César no hubiera sido asesinado,
o en el mundo si los Estados Unidos no hubieran
intervenido en el último conflicto mundial? Hay efectos
inmediatos que son previsibles con una cierta
probabilidad. Por ejemplo, lo que habría sido el
catolicismo español si hubiesen triunfado en la guerra
civil los protagonistas de la persecución religiosa.
Pero, a medio plazo y a gran escala, tales
extrapolaciones son vanas cuando no perversas.
Estos mandamientos no han dejado de violarse desde los
tiempos del padre Herodoto; pero quizás nunca se ha
llevado tan lejos como ahora la politización de la
Historia. Los poderes, cada vez más poderosos, aspiran,
como en la fábula famosa de Orwell, no sólo a que se
les describa según sus deseos, sino a que el pasado se
reinvente a su gusto y se demonice a unos y se beatifique
a otros en función de disimilitudes o de parecidos, y de
conveniencia o inconveniencia con lo presente. ¿Hay una
sola crónica estalinista con elogios a Nicolás II? Han
tenido que pasar tres cuartos de siglo para que la vida
del zar pueda ser contada en ruso sin odio. Aunque con
menos radicalidad, la situación se da en nuestros días.
Tal aberración intelectual no descalifica a las
víctimas, sino a los ejecutores, a los que blanden la
Historia como una tea o un látigo.
Los relatos con odio o a sueldo son un atentado al logos
porque no dan razón, sino sinrazón; pero no suelen
perdurar. Los hechos son tercos y sobreviven a los
manipuladores. Tiempo al tiempo.
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