Razón Española, nº 104; El gran estadista

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El gran estadista

Por B. Crozier

Franco y el Estado indice Recuerdos de Franco

El gran estadista

Un obstáculo se presenta al biógrafo de un hombre de Estado: el hecho de que no es fácil evaluar la vida y la obra de estadistas antes de su muerte. En el caso particular del Generalísimo Francisco Franco, quizás sea algo más fácil en el sentido de que sobrevivió a la época más controvertida de su carrera -la guerra civil de España- en casi cuarenta años.

Escribí mi biografía de Franco durante los años 1965-67. En 1966 me instalé en Madrid con mi esposa y dos de mis hijas. Es decir, que me beneficié del hecho de que se había terminado la guerra civil casi veinte años antes -bastante tiempo para tener una perspectiva-. Ahora, como todos los colaboradores de este número de Razón Española, me beneficio de una perspectiva aún mayor, puesto que Franco murió hace veinticinco años.

A mi juicio, en el cuadro internacional y con el fracaso del sistema comunista, claro es que la victoria de los nacionalistas y de su líder, Franco, en la guerra civil era una contribución de mayor importancia no sólo para la victoria de la alianza occidental en la II Guerra Mundial, sino también para el colapso del sistema comunista en el imperio europeo de la URSS.

El mejor método para analizar esos acontecimientos es considerar lo que hubiera podido acontecer en el caso contrario. Imaginemos la situación en Europa occidental en el supuesto de una victoria republicana en España. En mayo de 1937, cuando cayó el gobierno de Largo Caballero, el Partido Comunista casi dominó el nuevo gabinete del socialista Juan Negrín, quien se mostró dispuesto a servir los intereses de la Unión Soviética y lo probó al transferir más de la mitad de las reservas españolas de oro -más de 500.000 $- a Moscú. No cabe duda de que, en la eventualidad de una victoria republicana, el gobierno vencedor habría impuesto un régimen comunista. A partir del fin del verano de 1936, no sólo el régimen soviético, sino también destacados personajes de los partidos comunistas europeos (tales como el italiano Togliatti, el francés André Marty, los húngaros Laszlo Rajk y Ernö Gero) ejercieron un gran influjo sobre el gobierno de Madrid.

Me parece probable que, en tal caso, el efecto de un gobierno comunista en España hubiera sido muy importante en países como Francia e Italia. En tal supuesto, también es probable que la influencia de Stalin hubiera crecido de manera muy peligrosa para la Europa occidental. Tal previsión es hipotética. Pero de todos modos no puede negarse que en el caso de una victoria militar de la República se habría multiplicado la influencia de los servicios secretos de la Unión Soviética, su propaganda y sus "medidas activas", especialmente la desinformación, que fue una de las actividades más importantes del aparato subversivo de Stalin. Etc.

Hay que recordar otro elemento importante en la política exterior de Franco: su decisión de no permitir a Hitler que enviara una fuerza militar alemana a España con la misión de liberar Gibraltar del dominio británico y que el ejército alemán se sirviera de la Península Ibérica para alcanzar el norte de África. También el Führer tenía otro objetivo: persuadir a Franco de que se adhiriera a la Triple Alianza de Alemania, Italia y Japón.

La reunión de los dos líderes tuvo lugar en la villa francesa de Hendaya. Ahora bien, Franco calmo y obstinado, se negó a aceptar las propuestas del Führer, a pesar de largas horas de argumentación traducida al castellano por su intérprete. En cuanto a Gibraltar, no se podía ni pensar en que tropas extranjeras llevaran a cabo tal operación porque el orgullo nacional español no lo permitiría; sólo los españoles podrían liberar la Roca. Más tarde, Hitler confió a Mussolini que preferiría que le sacaran tres o cuatro dientes antes que tener que revivir la entrevista de Hendaya.

Cuando Hitler insistió en Gibraltar, afirmó que unidades alemanas en el sur de Francia ya habían ensayado el asalto sobre una réplica exacta de la Roca; se había logrado la perfección y el éxito era seguro. Franco respondió que España estaba hambrienta y necesitaba cientos de miles de toneladas de trigo inmediatamente. ¿Podía Hitler proporcionárselas? Más dificultades: España no disponía apenas de armamento moderno y necesitaba cañones pesados para el asalto a Gibraltar.

En Londres el Primer Ministro británico, Winston Churchill, había conocido con mucho interés los detalles de las conversaciones entre Hitler y Franco y había expresado su deseo de visitar al representante del gobierno nacional en Londres, el Duque de Alba. La reunión tuvo lugar el 9 de diciembre. Churchill explicó por qué había cambiado de posición. Al principio de la guerra de España, había sido pro-Franco y contra los "rojos". Más tarde, teniendo en cuenta las intervenciones de Alemania e Italia, había decidido, "como un buen patriota inglés", que una victoria de los nacionalistas no podría ser de interés para su patria. Más tarde, decidió que se había equivocado y que esperaba tener las mejores relaciones posibles con España. Añadió: "Yo detesto al comunismo tanto como Vd".

Vistas las acusaciones de la prensa izquierdista: ¿era Franco fascista? Enfáticamente, la contestación es ¡No! Los principios fundamentales de Franco eran sencillamente:la patria, la Iglesia y la familia. Dicho esto, Franco se sirvió de la Falange, tal como aprovechó el apoyo de las potencias nazi y fascista y su ayuda militar.

La División Azul, compuesta de voluntarios españoles, participó en la guerra nazi contra la Unión Soviética. En octubre de 1943, en parte bajo presión inglesa, Franco retiró dicha División de Rusia, durante el repliegue final de las fuerzas alemanas.

En la Cámara de los Comunes en Londres, el 25 de mayo de 1944, Winston Churchill elogiaba al Gobierno del General Franco por haberse negado a plegarse a las amenazas y presiones alemanas. Si lo hubiera hecho -dijo-, el Estrecho de Gibraltar habría quedado cerrado, el acceso a Malta cortado, y las costas españolas convertidas en refugio de los submarinos alemanes. Y también los españoles habían contribuido al éxito de la invasión aliada de África del Norte con su amistad y sangre fría en un momento en que "el poder de España para hacernos daño era máximo".

Los aliados de Franco durante la guerra civil -Alemania e Italia- participaron en el desfile militar en Madrid el 19 de mayo de 1939, pero retiraron todas sus fuerzas entre el 20 y el comienzo de junio. No hubo una presencia permanente en España de los ejércitos del Eje.

Retornemos a la Falange. El 30 de enero de 1938, Franco hizo pública su lista de ministros, durante una pausa de la batalla de Teruel. Una lista notable por su equilibrio ideológico. Había algo para todos los grupos integrantes del Movimiento: entre los monárquicos, para los alfonsinos y los carlistas; para las "camisas viejas" de la vieja Falange y para los nuevos falangistas; y también para el Ejército, sostén fundamental del Generalísimo. Dentro de esta lista, lo más importante es examinar sus designaciones dentro de la Falange. Los dos nombramientos más importantes eran los de Ramón Serrano Suñer como ministro de la Gobernación, y el del general conde de Jordana como ministro de Asuntos Extranjeros y vicepresidente del gobierno. Serrano representaba a la nueva Falange, pero estaba flanqueado de falangistas viejos, tales como Raimundo Fernández Cuesta. Este último, relativamente joven a sus cuarenta y un años, había sido amigo de José Antonio, y el Ausente le había nombrado secretario nacional de la Falange en 1934. Ahora se incorporaba al primer gabinete de Franco como ministro de Agricultura. Es decir que, dentro del partido, Fernández Cuesta había adquirido más poder que Serrano Suñer, mientras que este último ocupaba la cartera de Gobernación, mucho más importante que la de Agricultura. Un falangista nuevo, Pedro González Bueno, fue nombrado ministro de los Sindicatos.

Después de la guerra civil, España se encontró aislada en la comunidad internacional y su economía casi paralizada.

En 1957, Franco nombró tres miembros del Opus Dei para posiciones relevantes dentro de su gabinete: Laureano López Rodó, Alberto Ullastres y Mariano Navarro Rubio, respectivamente, en los papeles de secretario general técnico de la Presidencia, ministro de Comercio y ministro de Hacienda. El Opus Dei era una asociación de fieles cuyos miembros eran civiles laicos, dedicados a servir a Dios por medio de su profesión. Los tres gobernantes se dedicaron a un programa de deflación, con créditos escasos y cortes en el gasto público.

A finales de 1958, dos equipos de expertos extranjeros fueron invitados a España: la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Esa combinación de equipos técnicos extranjeros y de tecnócratas españoles se reveló muy efectiva. También Franco estableció una relación cordial con los Estados Unidos, que culminó con la visita oficial del Presidente Eisenhower a Madrid el 21 de diciembre de 1959. A pesar de alguna dificultad, la amistad establecida entre el líder de España y el Presidente norteamericano facilitó la firma de un Acuerdo de ayuda militar estadounidense por un importe de 100 millones de dólares.

Durante este mismo período, Franco se desembarazó poco a poco de sus ministros falangistas. ¡Viva y éxito a los tecnócratas modernos! El 12 de julio de 1962, Franco retiró de su gabinete a tres falangistas, confirmando a Ullastres y a Navarro Rubio como ministros de Comercio y Hacienda, y nombró a otro tecnócrata del Opus Dei, Gregorio López-Bravo, como ministro de Industria. López Rodó lanzó un primer Plan de Desarrollo Económico y Social en 1964. El éxito de la transformación económica era casi increíble. El alza espectacular del turismo fue uno de los signos de dicha transformación. Cuatro o cinco años antes, España había sido un país "chapado a la antigua"; ahora, era socio del club de países modernos.

No tengo la intención de detenerme sobre los errores de Franco, pero hay que recordar un fracaso importante, el hecho de que sus planes para preservar su esquema constitucional tras su muerte no se realizaron. En 1966, su proyecto mayor, la Ley Orgánica del Estado, llegó a ser la Constitución de la España destinada a sobrevivir al Caudillo. De hecho, la historia decidió de otra manera. El referéndum sobre el texto de la Ley de Reforma Política, fechada el 15 de diciembre de 1977, fue adverso. El franquismo sin Franco no se cumplió.

Bajo las Leyes Fundamentales, los partidos políticos, con la única excepción del Movimiento (que, a decir verdad, no era un partido, sino una integración de varios) estaban prohibidos. Después del referéndum todos los partidos políticos podían existir y funcionar. En poco tiempo (si tengo buena memoria) centenares de partidos surgieron en España, legales y activos. Pronto se redujeron a una decena.

Personalmente, me alegro de esta transformación política, que de ninguna manera disminuye los grandes éxitos de Francisco Franco. El 23 de noviembre, tres días después de la muerte de Franco, el Príncipe Juan Carlos de Borbón fue proclamado Rey de España, en presencia del Consejo del Reino y de las Cortes. El Príncipe había llegado al Palacio de las Cortes en el Rolls-Royce del Caudillo. Era el principio del fin del régimen anterior, sucedido por una Monarquía democrática, aceptable para unos y otros. Después de todo, ése era el mensaje del Valle de los Caídos, símbolo de reconciliación nacional entre los combatientes de la guerra civil.



Brian Crozier

 


 

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